Madrugadas de insomnio en “El Paraíso” 31 Marzo 2008
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Si solicitabas el mando a distancia del televisor en el vecino y pequeño bar de Boni, éste te pasaba el palo de la fregona y te advertía de la cautela requerida para tal menester. Sólo así podíamos ver los partidos de fútbol del fin de semana. Vaya fauna que nos llegábamos a juntar allí las madrugadas de los sábados. Cada uno con nuestros complejos y frustraciones particulares, en un universo donde no había otra materia más etérea que el cubata de Larios y la irrespirable atmósfera del tabaco negro. No era un escenario muy apto para mujeres, por más que nos desgastásemos horas y horas tratando de desentrañar los comportamientos femeninos, con escaso éxito, por cierto. Quizás aquella carencia provocase nuestra espectral condición, porque la verdad, daba pena vernos, con esos ojos enrojecidos producto de los excesos espirituosos.
Allí estaba Ricardo, un portento físico de musculación, con su extraña manía de creerse policía secreto, y abriendo la puerta del bar a los clientes que se atrevían a entrar. Luego decía: –” Boni, está limpio. Puede entrar” – ante la atónita mirada del cliente en cuestión y el despelote de todos los que conocíamos sus desvaríos. O el otro Ricardo, Richi, que tomaba vermuts desde las nueve de la mañana hasta las tantas de la madrugada. Juntos hicimos una escapada a Estambul y doy fe de que no probó bocado alguno en los cuatro días que duró nuestro tour. Este hombre se alimentaba de las aceitunas y limones que acompañaban a su mencionado Martini rojo. También recuerdo a Antonio, apodado “Ginantonic“, un tío con el corazón más grande que yo haya conocido. Le solía indicar a Boni que no le sirviera tanto hielo en sus eternos gin-tonics, ya que decía sentirse acatarrado y el médico le había ordenado no ingerir cosas excesivamente frías. En aquellos tiempos se quejaba de que no existiera tónica light, a diferencia de otros refrescos, mostrando su preocupación por la cantidad de azúcares de la bebida en cuestión. Cómo no recordar a John, el corresponsal de la edición irlandesa de The Times, un ser enorme, así como también enorme su capacidad de absorción etílica. Imitaba a la perfección las onomatopeyas del bajo vientre cuando, para picarle, hacíamos alusiones a la Reina Isabel, Su Graciosa Majestad. Jamás le vi discutir con nadie, entre otras cosas, porque no tenía ni idea de español… O a aquel anciano argentino que, según su versión, venía a España cuando se enfadaba con su mujer en Buenos Aires y luego nos encontramos con su foto en los periódicos, arrestado por la policía en Barajas bajo la acusación de ser un camello a sueldo de mafias del narcotráfico. No nos lo podíamos creer.
Exceptuando a Boni, ocupado ya en otros desempeños, todos los antes citados ya no están con nosotros. Sirva esta entrada como recuerdo entrañable para unas personas que, con sus muchos defectos, jamás protagonizaron incidentes violentos y demostraron que sabían mantener las más elementales reglas de comportamiento cívico aún estando empapados en alcohol. Mi homenaje a ellos. Seguro que ya habrán conseguido embolingar a cualquier arcángel, allá por donde dicen que se encuentra el Cielo.
El taxista más sabio de Madrid 31 Marzo 2008
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Todavía recuerdo aquel destartalado Seat 1500 con el que Paco, el taxista, afrontaba la subida de la Cuesta de las Perdices, en tercera, agotando las posibilidades del motor Diésel en tan heroica empresa. – “Paco, que lo revientas” – Le advertía. – “Calla, hombre. Si tú lo hubieras visto con cuatro pasajeros, el maletero y la baca a tope subiendo el puerto de Pajares…”– Y a continuación me ponía a prueba con las declinaciones más retorcidas del griego clásico y el latín. Y con la ciencia matemática. No había fórmula que se le escapase al bueno de Paco, todo un pozo de cultura. Sin lugar a dudas, el taxista más sabio de Madrid.
Daba gusto verle jugar a las máquinas tragaperras en el viejo bar de la calle Alcántara. Se atrevía con dos a la vez y bailaba al son de “los pajaritos” y otras infumables melodías que acompañaban el trajín monetario de semejantes artefactos. Es cierto que tenía algo de vicio con el juego ya que mi padre, muy ceremonioso, solía indicarme: –”Hijo, cuando yo muera, heredarás este bar y el usufructo del taxi de Paco” – Paco subrayaba las noticias más impactantes del Telediario de a mediodía con tal acaloramiento que jamás ningún otro cliente del bar osó discreparle. Y menuda la que se liaba si, súbitamente, enchufaban alguna imagen del Papa Pablo VI. Con el dedo índice en alto, Paco largaba toda una retahíla de frases en latín — con acento salmantino, dicho sea de paso –que ponían en vilo a la sorprendida concurrencia.
Pero su verdadera vocación eran Los Toros. Uno podía localizar con suma facilidad su abono en la andanada del 6 ya que era el último punto exacto donde daba el sol en toda la plaza de Las Ventas bien entrada ya la tarde. Compartí algún que otro festejo con él, cuando yo todavía era aficionado a este espectáculo, y fuimos testigos de la mejor faena realizada en Madrid por su paisano, el llorado Julio Robles. De vuelta, Paco subía la empinada calle de Alcalá toreando con el programa de mano para regocijo de los transeúntes y mayor bochorno mío… Lo más importante es que, ante todo, Paco era y sigue siendo una magnífica persona.
El ángel de Montserrat Nebrera 30 Marzo 2008
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Me da igual que representes a una formación política cuyos ideales se encuentran tan diametralmente opuestos a mis convicciones ideológicas. Quiero que sepas, Montse, que tienes la sonrisa más bonita del mundo y que me enamoras cuando adoptas el bello gesto de escuchar las posiciones contrarias en la dialéctica de las tertulias. Tu sonrisa, mitad expresión de tierno estupor ante las cosas que te dicen, mitad dulce color angelical que subraya tu espíritu, me conquista. Daría años de mi vida por poder compartir un café contigo. Eres una joya. Eres preciosa. Que tu rostro siga siendo el marco de la luz mediterránea que se apoderó de tu alma. Que la magia de la nit catalana no se pierda nunca en tus ojos de poesía. Me desarmo cuando te escucho en las sobremesas del canal CUATRO. Para desesperación de mi querida Celia. Te quiero, Montse.
Siluetas fantasmagóricas 28 Marzo 2008
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No puede decirse que Celia hubiera tenido un buen despertar en aquella mañana primaveral de mayo. Entre las inquietudes del mundo onírico y la realidad más tangible del recordatorio insalvable que define los esquemas femeninos, salió Celia rumbo a la cotidiana lucha por la supervivencia más elemental. Siempre con esa sonrisa que oculta el tropel de sentimientos adscritos a su estirpe legendaria y con los ojos en estado de permanente alerta existencial. Por sus rasgos, bien pudiera afirmarse que Celia hace honor a su origen tangerino; pero sólo los auténticos magrebíes son capaces de reconocer el sello de la alianza hebrea que delata la curva misteriosa de su perfil. Cuestión de razas, tan cercanas y tan distantes a la vez.
Ensimismada en sus pensamientos, Celia miraba sin ver a los transeúntes madrugadores de aquella calle Alcántara que trataba fatigosamente de desperezarse. El ruido de las carretillas metálicas que a duras penas y sin compasión aprovisionaban las estanterías del Eroski Center componía toda la insustancial banda sonora que, a modo de rutina, acompañaba una escena tan marcadamente urbana. Por los callejones de la confluencia con la calle Hermosilla aparecían los espectros de quienes hacían de la noche el día. A Celia le atormentaba el recuerdo de una silueta que se plasmaba en su más reciente memoria. No tuvo tiempo aquella mañana de comentárselo a Leiter, su compañero, tan poco dado él a los misterios subliminales de la especie humana. Pero la figura de un rostro femenino le daba vueltas por todas las esferas de su pensamiento; un rostro que juraba reconocer y con el que había soñado mudamente la pasada noche.
Girando a su derecha, ya en a calle Hermosilla y a la altura del antiguo Baretu, percibió en su alma los vaivenes de la alertadora adrenalina. Aquella mujer… ¡Sí, era ella! La misma con la que había soñado esa noche, con su mismo pelo rizado y ojos de malva. La misteriosa figura adoptó un rictus terrible al cruzar su línea visual con la mirada afilada de Celia. Frenó paulatinamente su acelerado paso y miró sorpresiva a Celia. -”Pero, no puede ser — balbuceó — yo he soñado contigo esta noche” — dijo aquella mujer con un tono de voz que oscilaba entre el temor y la angustia. –” Y, no te conozco de nada. Yo nunca te he visto antes. ¡Eres tú! No puede ser, no puede ser” – Celia empezó a construir su característica e inmensa sonrisa respetando los tiempos, para no asustar a aquella mujer tan aturdida por el encuentro. Y tras una breve pausa, contestó: –” Sí, soy yo. No te asustes. Me ocurre a menudo. Sueño con gente a la que no he visto en mi vida y al día siguiente me la encuentro. Y el fenómeno es recíproco, por lo que se ve. Tú, por lo menos, has sido valiente. Otros se ponen pálidos y cambian de acera… Bueno, me llamo Celia; encantada de conocerte.”
La galerista de Duayer 27 Marzo 2008
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Te voy descubriendo entre anocheceres retardados que van preludiando la primavera, al paso que se demora junto a tu cubículo de impresiones plasmadas. Me pregunto si el brillo que emite tu estancia no será el producto de la sonrisa más elegante que jamás encontré, una sonrisa de fuerza que cautiva los sentimientos ocultos de mi espíritu. Te impones como la joya más apreciada de tu particular museo para desesperación de los llamados a ser protagonistas en el evento artístico y para las celosas parejas que advierten, al instante, el magnetismo poderoso de tu expresión. Yo evito mirarte a los ojos, convencido del embrujo insalvable de tu inducción. Me avergüenza el hecho de sentirme tan ínfimo al lado de tu aristocrática pose de belleza, académica marcialidad que imprimes a los vientos que te escoltan. Me empequeñece la visión de tus sentidos; me embriaga el aroma de tu perfume al vaivén de las distancias.
Ni siquera he osado a intercambiar palabras contigo, si hasta tu figura radiante enmudece los murmullos del manantial sonoro. Cómo me gustaría explicarte los tiempos que viví en aquel local que ahora impregnas con la delicia de tus aires. Con la aquiescencia del bueno de Francis; con las conversaciones de tantos y tantos maestros, como Luis Sevillano o José Antonio Resino. Con el recuerdo meloso de tu predecesora, Nuria. Ah, Nuria, tan bella como tú y a la vez tan conceptualmente distinta… Quizás sea el mejor motivo para intentar grabarte con la calma pausada que tu agreste sensualidad merece. Te intento esbozar en mis deseos y me veo impedido por la firmeza de tu recuerdo. Nunca he imaginado un cruce de mutuas pasiones debido a que jamás hubiera sido capaz de abarcar la plenitud de tu infinita esencia. Sólo me gustaría que supieras que te admiro y te envidio; te envidio a ti y a todo aquel que te tenga, en cualquier momento, en cualquier lugar.
Marian y su dolor de muelas 27 Marzo 2008
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Esta mañana me he encontrado con Marian, la funcionaria de Correos que se encarga de traernos esos sobres que algunos añoran y otros temen. Es nerviosa y vivaracha, algo a lo que favorece la menudez de su cuerpo. Pero sus ojos no tenían el brillo de otras ocasiones, ese brillo de sinceridad que sólo tienen las personas aparentemente sin complejos. Al girar su rostro para leer una dirección pude contemplar el flemón que sobresalía de su mejilla derecha. “Me tomo antibióticos, pero nada. Cuando parece que me baja, me confío, dejo las pastillas y…Otra vez. No me va a quedar más remedio que acudir al dentista. ¡Con el miedo que me da!”. Después de recomendar que probara con el Augmentine, un fármaco que lleva escondiendo mis carencias bucodentales desde hace más de 10 años, intenté animarla con algún comentario absurdo que, al menos, durante la pausa del cigarrillo, le hiciese olvidar la tortura china que supone cualquier dolor de muelas.
Me cae bien esta chica. Es curioso, pero a lo largo de mi vida he tenido una especial relación con las funcionarias de Correos del barrio. Recuerdo con cariño a Raquel, Belén, Sole, Ana y sobre todo a Loli, a quién yo llamaba Valentina y que era conocida como “la marquesa” por sus compañeros. Esta me cautivó tanto que la dediqué, en secreto, mi libro de poemas Mensajes de atardecer. Le regalé una copia y todo. Desde el verano no he vuelto a saber nada de ella. Creo que soy un poco fetichista de los uniformes. Me atraen mucho las mujeres ataviadas con su hábito reglamentario de trabajo (Excepto las monjas, claro). Mi mayor afinidad se produce con las peluqueras y su bata blanca. Si, por lo demás calzan zuecos, me parecen irresistibles. Habré de consultar la Wikipedia para intentar desentrañar esta extraña motivación, pero muchos conocidos lo resumen en un simple” Sí es que estás salido, tío”.
Marian ha cambiado su expresión y está más animada. Me cuenta que su hija se despertó de una horrible pesadilla esta noche que consistía en que mataba a su propia madre. La niña empezó a llorar y se abrazó a la madre con frases al estilo de “Perdóname, Mami. Yo te quiero mucho”. No le he querido decir a Marian lo que puede significar ese sueño según la doctrina freudiana porque no me parecía respetuoso. Aunque la edad adolescente de su hija confirma mis sospechas. Es normal, a todos nos ha pasado, o nos sigue pasando. En fin, Marian me ha confesado algunos secretos de su vida íntima y me ha extrañado su ataque de sinceridad para conmigo. Por una parte me alegra el saber que, en determinadas ocasiones, doy una imagen más próxima a la cercanía humana que lo que una primera impresión pueda sugerir de mi. Lo más importante es que cuando Marian prosiguió con su ruta el dolor de muelas parecía algo pretérito y olvidado. Ah, y se me olvidaba: Toda la familia de Marian es susceptible de padecer dolencias dentales, excepto sus dos hermanos pequeños.
Con mi propia óptica 26 Marzo 2008
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Me gusta ver salir el sol sentado sobre el sillín de mi Rockrider, contemplar la nueva perspectiva de una ciudad invivible pero insustituible, como diría el gran Joaquín Sabina. La bici me otorga ese remanso de libertad que va asociado a una soledad consciente, a una escapada donde sobran las máscaras que se adhieren a nuestra alma como un mal sin remedio. Pedaleo sin brújulas que tracen mi ruta con otras sensaciones que no sean las propias de mi libre albedrío…O, por lo menos, eso es lo que intento. Me dejo llevar por los caminos del destino aunque todos acaben devolviéndome al punto eterno de mi origen. Procuro ser prudente y respetuoso en la circulación, pese a que, con cierto desencanto, observo como no se me corresponde con la misma moneda en casi todas las incidencias de cualquier trayecto. Sufro el esfuerzo propio de un aficionado al coronar las cimas no dejando de esbozar una sonrisa de esperanza en la cumbre. Por contra, me lanzo al descenso sin pensar en hipotéticas averías que den con mi cuerpo en el asfalto. No me preocupa la muerte, puesto que yo ya no estaré cuando ésta decida seducir mi vida. Sólo pienso en el deseo como fuerza vital que me guía por los recovecos de mi personal devenir. Y, contra lo que puedas pensar, hago altos en el camino para buscar las mejores flores que sirvan de adorno a tus inquietudes.
Y ahí me ves, como sombra que rinde homenaje al mito de la caverna. Hace casi un año me incorporé a este mundo de dígitos y avatares, con el ansia de encontrar todo lo que mi espíritu requería. Me daba vértigo asomarme al balcón de las autopistas virtuales hasta que me decidí por expresar mis rutinas en un medio que conectaba con mis convicciones más íntimas y personales. Aprendí mucho de todo cuanto pudo escribirse y comentarse en aquel añorado foro de opiniones, hasta el punto que no pude sustraerme a la idea de su clausura. Cuando me encontraba con el corazón enlutado, un viejo compañero me sugirió que intentáramos perpetuar aquella agonía aunque sólo quedáramos los dos. Y, de momento, ahí sigo. Pero este blog no será una prolongación de EL COLOR DEL CRISTAL. Nace con la única pretensión de ser una pantalla de consuelos; eso sí, con mi propia óptica. Inauguramos, pues, este bar virtual de copas, LEITER´S BLUES.




