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Aguantando la carcajada 30 Abril 2008

Posted by leiter in General.
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 Dicen los expertos en la materia que reírse a pleno pulmón, con el añadido de sonoras carcajadas, es una acción saludable que beneficia y tonifica el espíritu, amén de favorecer el riego cardiovascular a base de eliminar toxinas que retroalimentan el stress acumulado. Sin embargo, los mismos expertos afirman que, por el contrario, aguantar y contener una espontánea y rebelde risa puede provocar riesgos imprevisibles, ya que el organismo es sometido a una dubitativa contradicción, entre el deseo y el censurado rechazo. Debe ser algo parecido a cuando uno, en un estrafalario intento de prolongar los momentos más íntimamente sublimes, intenta contener el inevitable desbordamiento del polen de la vida, a veces con resultados más que lamentables. Pues bien, de esta incontinencia (la referida a los ataques de risa que parecen darse en los momentos más inoportunos) quería yo referirme, puesto que, a lo largo de mi vida he adolecido de la mala virtud de sobreponerme a un traicionero ataque de risa en muchas situaciones donde la ocasión no era precisamente la más propicia para semejante exhibición de improvisada e inexplicable alegría.

 Es por ello que, debido a esta puntual incontinencia, mi presencia en funerales y velatorios no suele ser muy habitual, como consecuencia de que en tal tesitura me sobrevienen diabólicos ataques de risa que a duras penas puedo contener. Basta que me fije en alguna anomalía para que, contra toda mi voluntad, el ataque se geste de la peor manera posible. Recuerdo el proceso de incineración de mi difunto (obviamente) padre, cuando la encargada del procedimiento público confundió en la mesa de mando la tecla de las luces con la de la música ambiental, y luego con la de las cortinillas que escoltaban el féretro… Hube de abandonar la recogida sala simulando un repentino golpe de tos. O aquel velatorio en un pueblo, cuando la brisa que entraba por la ventana provocó la ligera oscilación de la corbata del fallecido… Bueno en esta ocasión hubo un cómplice que coadyuvó a que la situación, desgraciada de por sí, empeorara aún más. Y, claro, uno va cubriéndose de una más que dudosa fama para ser “invitado” a este tipo de eventos, con la cuestionabilidad social que ello conlleva. Además, reconozco que esos incontrolados brotes de risa también pueden originarse en un ascensor, una sala de espera o en el autobús. Consultados mis más íntimos sobre este peculiar defecto, me indican que es producto de un infantilismo no superado con mezcla de algún trauma de juventud. Dada mi edad, esas explicaciones no acaban por convencerme y además me marginan por considerarme que soy yo el único bicho raro al que le ocurren estas comprometidas situaciones.

 Por lo tanto, solicito de todo aquel que pueda leer este escrito su opinión al respecto y, en la medida de lo posible, su remedio para tal menester, si es que lo hubiere. No quisiera que volviera a sucederme lo acontecido hace años en una trascendental entrevista de trabajo, cuando, observando la cara de gilipollas del entrevistador de turno… Me confortaría saber que no soy un caso exclusivo de semejante alteración psicológica. Aunque, bueno, siempre será mejor que me de por reír antes que por llorar u otras cosas todavía peores.

¿Faché gomuá? 29 Abril 2008

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Cuenta la leyenda urbana que nada más tomar posesión de la flamante portería de aquel lujoso edificio, Paco observó con detalle por dónde se ubicaban los bares más cercanos. Al final se decidió por el de mi padre y, así, los vecinos de aquella finca de la calle Alcántara no tenían más remedio que acudir al mencionado bar en caso de que se vieran obligados a solicitar los servicios del empleado del inmueble. Y es que Paco, cordobés de pura cepa y recién llegado de Bélgica, donde había pasado muchos años como emigrante, era el portero más peculiar que jamás se haya visto en el madrileño barrio de Salamanca. Nadie supo cómo se las apañaba para estar completamente bolinga desde las ocho de la mañana, hora en la que comenzaba su jornada laboral. Ciertamente, los vecinos le aguantaban porque Paco no exteriorizaba de forma grosera o impertinente los síntomas de la permanente melopea que siempre acompañaba a sus destinos. Mantenía el tipo a duras penas, erguido como una estaca pese a la más que frondosa barriga que indisimuladamente exhibía, sobre todo durante los meses de la calor. Pero el aspecto vidrioso de sus ojos, sumado al indescriptible aroma del aliento, terminaban por delatar la profunda y persistente embriaguez del bueno de Paco.

 Resultaban más que curiosas las formas de expresión de Paco, el conserje. Recordando sus tiempos de emigrante, solicitaba las consumiciones en francés, con fuerte acento de Córdoba, para la desesperación de la dependencia. Y cuando, quién fuese, le miraba sorprendido por esa surrealista jerga panpirenáica, Paco, con cierta altanería no exenta de comicidad, afirmaba: – “ Farche avec moi?” – ( ¿Está usted molesto conmigo? ). Tanto repetía esta frase que, en el barrio, se le empezó a conocer e invocar con el mote de Paco el “Faché gomuá”, en una alucinante y vulgarizada transliteración fonética de la expresión francesa. No solían variar mucho las costumbres espirituosas de Paco en las innumerables visitas que realizaba pacientemente al viejo bar. Por la mañana, para desayunar, un café en vaso seguido de tres chispazos de Chinchón Seco. Dicha cazalla le acompañaba hasta la media mañana, cuando cambiaba al vino tinto, algunas veces acompañado de “limón” ( agua de gaseosa ). En la sobremesa, junto al socorrido cortado con leche fría, una serie no precisa de “sol y sombra” ( infumable mezcla de anís y brandy ) para pasar, a eso de las seis de la tarde, ( “la zai”, como él pronunciaba ) a las cañas de cerveza. Lo más paradójico de todo fue que muchas de esas consumiciones, prohibitivas por su cantidad para la economía de un humilde portero, eran invitaciones de sus propios vecinos, los mismos que se quejaban luego del lamentable aspecto de Paco, impropio para una finca de tal lustre y representatividad. Lo cierto es que, transcurridos cinco años desde su llegada a la conserjería, estos hábitos tan poco saludables dieron con sus huesos en la sala de operaciones de un hospital, donde, por poco, no falleció. Ya recuperado, se tiró algunos meses sin beber… Pero a la vuelta de las vacaciones estivales, Paco volvió a mostrar la misma nariz colorada de antaño.

 Fue entonces cuando los vecinos terminaron por cansarse de veras del pobre Paco, agobiado además por muchos problemas familiares. Se convocó una junta con carácter extraordinario donde el único punto a tratar fue la manera de cómo despedir a Paco. Como algunos vecinos (los menos) sabían de su penosa situación personal (un hijo tonteaba con las drogas y el otro ya estaba tonto), y dado que no se obtuvo un consenso unánime para poder llevar a cabo el mencionado despido, se acordó que aguantara como fuera los dos años que le quedaban para la jubilación. Quizá sería la solución más humanamente ecuánime. Eso sí, se le obligó a hacer acto de presencia al término de esa junta para informarle de lo comúnmente acordado y, de paso, darle un rapapolvo público por su beoda conducta. Paco acudió en mangas de camisa, totalmente “cocido” y, luego de aguantar el chaparrón recriminatorio por parte del presidente de la comunidad, exclamó ante la insólita mirada del vecindario allí reunido: – “Farche avec moi?”.–

Hernández Mancha: Las ilusiones perdidas 28 Abril 2008

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 Recuerdo, don Antonio, que poco antes de que su nombre circulara entre los mentideros políticos como posible rival de Herrero de Miñón en la disputa del liderazgo de una ensombrecida Alianza Popular, manifestó en una entrevista televisiva que los dirigentes andaluces de AP no podían continuar dando la imagen de “señoritos cortijeros”, que había que ponerse al día en estos asuntos donde la escenificación juega un papel tan fundamental. Algunos quisimos ver ciertos aires renovadores en una formación política que seguía, por desgracia, oliendo a tigre. Y me alegré de que su candidatura se alzase con la presidencia del partido, aunque sólo fuera por el disgusto que cierto periódico se iba a llevar al haber apostado claramente por su rival, don Miguel Herrero. Ya se sabe que en España, la información y la opinión son dos conceptos tan simétricos como simbióticos, según ciertas corrientes mediáticas. Quiso usted, de la mejor de las maneras, modernizar ese partido, extraña mezcolanza de ex-ucedistas, liberales, tardo franquistas y algún que otro requeté disfrazado de lagarterana. Mal asunto, don Antonio; la sombra — y la frente — del legendario Fraga aún continuaba siendo muy alargada. Pronto le llovieron las críticas, algunas de una insolencia impropia de lo que se presume ser una derecha educada y civilizada. Muchos, por lo bajinis, le acusaban de ser un poco “nenaza”, de no tener arrestos. Y las ilusiones, finalmente, se perdieron en aquellas elecciones autonómicas de 1987. Dos años, don Antonio, de dura travesía en el desierto. Los ataques de testiculina pudieron contra todo pretendido aire de renovación. “Una retirada a tiempo, es una victoria” dijo usted a modo de lacónica despedida. Sin embargo, de un tiempo a esta parte no he podido evitar acordarme de usted cuando veo las cosas que pasan en el partido político que se refundó cuando usted decidió arrojar para siempre la toalla. ¡La de vueltas que da la vida, don Antonio!

Remedios caseros 28 Abril 2008

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 Ninguno de los allí presentes albergaba la menor esperanza sobre el delicado estado de salud de la tía Rafaela. Desde aquella tarde donde, con la mayor naturalidad del mundo, afirmó que los espíritus del Más Allá habían decidido que su periplo por esta vida estaba a punto de finalizar, el ánimo de la tía Rafaela se volvió un tanto introspectivo, con una extraña y permanente sonrisa que nadie fue capaz de interpretar. Quienes habían convivido con ella sabían bien de sus excéntricas peculiaridades, una rara suerte de poder intuitivo que originaba situaciones por el todo incomprensibles, como cuando golpeaban repetidamente la puerta del apartamento de Torremolinos y, al abrir, no se encontraba nadie en el espacioso corredor del descansillo.   –”Otra vez los bromistas… ¡Cómo los pille!” – refunfuñaba el sobrino Tinín.  – “No, hijo, no cierres la puerta. Son “ellos” que vienen a verme… ” – Contestaba la tía Rafaela. Tantas veces se repitió este fenómeno que, en una ocasión, Tinín salió al encuentro de los invisibles bromistas con un rifle de repetición…  – ” ¿A dónde vas con eso, calamidad? ¿No te das cuenta de que vas a asustar a mis invitados?  Anda, ábreles la puerta y vete a dar una vuelta… ” – Declaraba con rotundidad la tía Rafaela ante la desesperación de Tinín. Fueran ciertas o no esas extrañas alucinaciones, el caso es que la tía Rafaela dijo aquella tarde que se moría y a la semana siguiente hubieron de ingresarla de urgencia en el Hospital Pascual de Málaga, en el pintoresco barrio del Compás, aquejada por unos fuertes dolores que los facultativos no dudaron en diagnosticar como una terrible metástasis sin remedio alguno.

 El veredicto del equipo médico fue unánime y rotundo: La tía Rafaela no duraría más de una semana, siendo optimistas. Lo peor, sin lugar a dudas, eran los terribles dolores que habría de soportar la tía Rafaela como consecuencia de la invasión cancerígena y que los escasos recursos paliativos de la época no podían remediar. Toda la familia se movilizó para, en la medida de lo posible, hacer compañía a la tía Rafaela durante esos dramáticos momentos. Así, se turnaban sus hijas y sus sobrinas, Celia y Rosa. Y el primo Tinín, por supuesto. Pero pasó una semana, y otra, y otra más, y la tía Rafaela no acababa de mudarse definitivamente al barrio de los “callaos”. Los sufrimientos se multiplicaban por doquier ante la inacabable agonía de la tía Rafaela, por lo que no fue extraño que la familia implorase para que el fatal desenlace tuviere lugar lo antes posible, para evitar más absurdos dolores y padecimientos en un cuerpo carcomido por la más cruel de las enfermedades. Rosa, su sobrina, estaba pasando un calvario muy particular, ya que tía Rafaela era muy querida por ella. La idea de ver padecer a su tía le atormentaba de tal manera que cayó en un estado de depresión del que tardaría meses en recuperarse.

 Una mañana, en la sala de visitas contigua a las habitaciones de los enfermos, se encontraba Rosa un tanto somnolienta como consecuencia de los ansiolíticos que no tuvo más remedio que tomar por su cada vez más incipiente depresión. Se sentía agotada y eso que su turno de vigilancia no había hecho más que empezar. Aunque trataron de reconvenirla, por nada del mundo hubiera abandonado Rosa a la tía Rafaela en esas circunstancias. Casi comenzaba a dar una ligera cabezada cuando por la puerta de la sala apareció una mujer muy mayor que se auxiliaba de dos aparatosas muletas para poder caminar. Se fue aproximando hasta donde se sentaba Rosa, la única persona en la sala hasta esos momentos, y cuando estuvo a su altura, con una vocecilla casi imperceptible, la espetó:  – “Tu eres Rosa, ¿Verdad?. Hay que ver lo que te quiere tu tía… Anda, hija, escúchame atentamente: La tía Rafaela está sufriendo mucho y quiere morirse, pero eso no va a poder ser a menos que tú hagas lo que yo te voy a proponer…” –  Rosa, sorprendida por la presencia de aquella misteriosa anciana a la que no había visto en su vida, escuchó con interés las explicaciones de la vieja:  – “Si quieres que tu tía deje de sufrir, debes ir cuanto antes a la iglesia de la Victoria, que la tienes abajo mismo, y has de rezar tres padrenuestros a la talla de San José. Date prisa; me manda la propia tía Rafaela a decírtelo. — “.  Y la buena señora, sin despedirse ni nada, se dio la vuelta y salió, dificultosamente con las muletas, de la sala de visitas. Rosa, aturdida por esta conversación, por el cansancio y por los fármacos que tomaba, decidió que no se perdía nada por acudir a la Iglesia de la Victoria y rezar esos dichosos padrenuestros al San José, tal y como le había conminado la anciana. Además, se sentía asimismo necesitada en refugiarse en la intimidad espiritual del rezo.

 Habrían pasado unos quince minutos cuando Rosa, de vuelta de la referida iglesia, se encontraba de nuevo en la sala de visitas. De pronto, el médico principal del servicio de urgencias apareció y al ver a Rosa compuso un gesto de impaciencia desatada, acompañado de un profundo resoplido:  — “¡Por fin te encuentro, Rosa! ¿Dónde te habías metido? … Tu tía acaba de fallecer…” –.  Nadie, absolutamente nadie del Hospital Pascual de Málaga dijo haber visto nunca a esa ancianita con muletas, por más que Rosa estuvo preguntando durante el resto del día. Ni conserjes, ni personal de recepción, ni enfermeras, ni celadores, ni familiares de otros pacientes, ni dependientes de la cafetería… Nadie la vio.

Marian y sus fobias caninas 25 Abril 2008

Posted by leiter in Vivencias.
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  Me la encuentro, de sopetón, sofocada con evidentes síntomas de repentina alteración a su ya añadida vivacidad. Me cuenta, luchando contra un desobediente mechero, que acaba de subir a un domicilio de la calle Ayala para entregar un certificado pero que, al oír los amenazantes ladridos de un perro tras la puerta, ha desistido en su empeño y no le ha quedado más remedio que rellenar un formulario de aviso y endosarlo en el correspondiente buzón:  – “No soporto los perros” -- Me comenta — “Me dan pánico y, lo peor, me huelen el miedo y se envalentonan conmigo. Hace poco, sino es por el carro que utilicé a modo de escudo, un pastor alemán me hubiera comido y … ” –  — “Pero, ¿Cómo qué te hubiera comido?” — Interrumpí. – “Que sí, Leiter, que si no le hago frente con el carro se me come viva. Tú no sabes, todos los perros me tienen manía; pero sobre todo, los de color negro. Esos van de todas, todas a por mí” –  Intento tranquilizarla, arguyendo que los perros, en general, son dóciles y que uno ha de procurar ganarse su confianza.  – ” … Y, ni mucho menos, se comen a las personas, Marian” — Añadí.  — “Qué no, Leiter. Si yo te contara… Mira, en Bilbao me acorraló uno en el despacho de un conocido empresario. Ya me estaba santiguando cuando su dueño me lo quitó de encima. Bueno, y en el mismo Bilbao, donde yo vivía, uno le mordió en un ojo al hijo de mi vecina y …” –  — “¿Pero qué me estás contando, Marian?” – Pregunté atónito.  – “Bueno, te hablo de perros grandes, Leiter. Los pequeños no te hacen nada. Si acaso, te dan unos mordisquitos, pero, vamos, nada grave… ” –

 Mientras Marian me estaba hablando no he podido evitar imaginarme la exótica escena de contemplar su menuda figura atada a un poste en un anfiteatro romano del siglo I, rodeada de leones prestos a dar buena cuenta de ella. Estoy seguro que, de haberse dado esta comprometida tesitura, las fieras hubiesen acabado por devorarse entre ellas, ante el torrente dialéctico de mi apreciada Marian… Sorpresivamente, un perro de medianas proporciones pasa junto a ella y Marian arquea su cuerpo en dirección hacia mi, a pies juntos, con más que perceptible tensión que agarrota sus músculos, procurando dejar margen para el paso del mencionado chucho. Ella no se ha dado cuenta, pero con la carpeta azul de los certificados, a modo de muleta, ha compuesto un pase torero con que ni el mismísimo Rafael de Paula hubiera podido nunca soñar. ¡ Vaya empaque !

 Al despedirse, Marian me ha comentado que próximamente va a tener lugar un reajuste en Correos y que, muy probablemente, le darán otra zona de reparto. Es posible que coincidamos con menos frecuencia, aunque se ha juramentado que hará todo lo que esté en su mano para pasar por el barrio y saludarme, si es que me encuentra. La he notado triste; dice que ha hecho muy buenas amistades por este distrito y que le da mucha pena marcharse. Pero a mí me entristece aún más. ¡ Mira que le he cogido cariño a esta chica !  Bueno, por lo menos, siempre nos quedará el socorrido Messenger. Por cierto, hoy Marian estaba muy, pero que muy guapa.

Mi dulce Nadiuska, poema de rosas 24 Abril 2008

Posted by leiter in Ensoñaciones.
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Con tan sólo contemplar la expresión de tu bello rostro, mágico epígono entre tu esencia de mujer y mi recuerdo en tu niñez, ya en la alborada adivino el color de tus inquietudes, la mística de tus desvelos o el torrente de las ilusiones. Porque tu cara es una paleta de cromáticas sensaciones con la que pintas tus más sinceros sentimientos, al brillo perenne de la primavera en tus ojos y con la frescura desprendida de tus labios. Quizás aún no te hayas dado cuenta de que tu boca de golosina anticipa, de manera casi imperceptible, el vaivén de tus ánimos. Es por ello que un breve diálogo contigo supone una galería de contrastes moldeados por el sol de la tarde, empeñado en acompasar cadenciosamente la oscilación de tu espíritu.

 Mi dulce Nadiuska… ¿Cómo evocar tu caprichos de adolescencia sin esbozar una sonrisa con tonos melancólicos?. Lejos quedan los tiempos donde menudeabas en tu habitación con cien muñequitas ataviadas en celeste y azul, con el solitario esfuerzo de quién nunca te hubo de abandonar y al son de las melodías aterciopeladas que ya por entonces acariciaban tímidamente tu corazón. Te imagino como princesa ideal de mis mejores propósitos, como broche de proyectos que murieron en la paciente letanía de los desencantos. Quise explorar los senderos de tu infancia y me perdí por los múltiples vericuetos que tu incipiente madurez desplegaba sin demora. Como una nerviosa batalla entre odios escondidos, la estrofa plateada dio paso a la enmienda del inmortal ancestro que te borró cualquier tatuaje de mi existencia. Tal vez no lo sepas, pero las negras y más amarga lágrimas las derramé en soledad, junto al retrato de tu añoranza, en aquel exilio de imposibles penitencias.

 Sin embargo, cuando me regalas tu sencilla sonrisa de fragancias matinales, íntimo poema de rosas, me convenzo de que mi arriesgada apuesta por ti resultó felizmente confirmada. Que los vientos de la dicha te acompañen allá por donde vayas; que la llama del amor no te abandone por las veredas del devenir; que el espíritu de los dioses impregne por siempre tu alma de eterna juventud.

La ignorancia activa 23 Abril 2008

Posted by leiter in General.
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Pretendemos saber y opinar de todo. Es inevitable, en estos tiempos de libre acceso a la información global. El aforismo socrático –Sólo sé que no sé nada – ha perdido vigencia y en su lugar se ha instalado la ignorancia activa. Porque detrás de un sabiondo de pastelería suele haber, indefectiblemente, un ignorante. Yo lo he venido observando de unos años atrás, sobre todo en este peculiar barrio de Salamanca, donde algunos pretendidos doctores en ciencias urbanas no dudan en dictaminar sentencia sobre cualquier acontecimiento, ya sea científico o humanístico, que sirva de vehículo para la exposición de su indiscutible sapiencia. Así, no es de extrañar que cada vez sean más frecuentes expresiones del estilo: “Mi médico de cabecera es un perfecto cazurro. ¡Si sabré yo lo que me pasa!; — No, señor letrado, usted va a hacer lo que yo le voy a decir; — ¡Qué mal ha aterrizado este piloto! ¿Quién le habrá regalado el carnet?; — ¡Qué no, hombre! Que Alonso se ha equivocado. Te dije que tenía que entrar en boxes la vuelta 22…; — Mi hijo suspendió porque el profesor de matemáticas le tiene manía y, además, es un completo ignorante; — Ese tío es un vago que se pasa el día leyendo libros… “  — De esta manera, acaparamos muchos más conocimientos que los licenciados en derecho, medicina o exactas, que los pilotos de aviación o de Fórmula 1, o bien, que los sufridos opositores a notarías. Es una lástima que la humildad que caracteriza la buena asimilación de todo proceso cognoscitivo se vea desplazada en favor de una inexplicable altanería que presupone el conocimiento apriorístico como si, por generación espontánea, brotase desde lo más profundo de la ignorancia.

 En este madrileño barrio de siluetas decadentes, la capacidad analítica para enjuiciar los fenómenos más diversos se ha venido reemplazando por una mera aseveración ideológica encorsetada en los más disparatados fundamentos e incapaz, de motu propio, de ejercer la autocrítica como sano ejercicio de constante renovación conceptual. El anquilosamiento intelectual y la persistencia en los comportamientos más anacrónicamente retrógrados es consecuencia directa de semejantes actitudes irreflexivas. Cualquier taberna, cafetería, quiosco, heladería… Sirve de improvisado púlpito para quién, en la mayoría de los casos y sin previo requerimiento, gusta de adoctrinar a una concurrencia más proclive a las dotes interpretativas del autor que al insustancial contenido de su perorata. Y lo más abyecto es que edifican su estrafalario discurso en base a manidos ripios, tales como: “Porque yo lo sé, porque a mí me lo han dicho, porque de esas cosas yo entiendo… “ . A buen seguro, ese frustrado académico ni sepa, ni entienda, ni, mucho menos, alguien de relevantes dotes intelectuales haya osado depositar en su persona tan valiosas informaciones, sabedor por experiencia de los irrefrenables deseos de personal y público lucimiento del consabido iluminado.

 El saber no ocupa lugar, evidentemente, pero la ignorancia lo desborda sin aparente remedio. Si hemos nacido con dos pabellones auditivos y una sola boca es, precisamente, para que aprendamos a escuchar y para que hablemos tan solo lo justo y apropiado. Los excesos verbales acaban por contaminar una sana y necesaria atmósfera de pacífica convivencia.

 

Al filo de la baraja 22 Abril 2008

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Quién me iba a decir que aquel tipo un tanto esmirriado, con esa expresión amargada a caballo entre la melancolía gallega y los bajos fondos, el mismo con el que a punto estuve de llegar a las manos — y a las botellas — una solitaria Nochevieja, se iba a convertir en uno de mis más entrañables amigos… ¡Las vueltas que da la vida!. Xosé, trilero de estopa tan baja como de nobles ideales, vivía por y para el juego. No había partida concertada de póker sin su presencia. Se conocía todos los garitos del barrio donde, en clandestinidad, se orquestaban espectaculares timbas de póker con miles de duros de por medio. Xosé, tan solitario como un gato negro abandonado, era tan sincero que jamás fanfarroneaba cuando, a eso de las diez de la noche y como consecuencia de los nocturnos horarios lúdicos, se desayunaba su primer café del día. Por cada partida que ganaba, en otras diez perdía. Y es que Xosé, viviendo siempre al filo de la navaja — aparte de la cinco muelles que llevaba siempre encima “por si las moscas, que nunca se sabe” — adolecía de un defecto incompatible para triunfar en el oscuro y sórdido mundo del juego y las apuestas: Era un tío con un corazón tan grande que le resultaba imposible mentir. El lo negaba, pasándose por un tipo duro y vistiendo como un macarra portuario, con sus inseparables pantalones tejanos, pese a sus más que evidentes cincuenta primaveras. Pero si conseguías aproximarte a él, pronto descubías que bajo esa capa de aparente perdonavidas se escondía una más que buena persona en el sentido machadiano de la expresión.

 Nunca le vi consumir ni hacer acopio de sustancias prohibidas. Tampoco le daba a la frasca con exceso.  — “Hay que tener buenos reflejos, que la noche es larga” – Solía decir con ese deje gallego consistente en retraer las nasales y sonorizar las “eses”. Sólo me alertó en una ocasión, aquella cuando se presentó en el Churchill´s con una moza de unos veintitantos pintarrajeada como una vieja de esas que consumen sus horas en los bingos y con una expresión tan desganada que animaba a las moscas a revolotear alrededor de su cara. – “Qué no es lo que te piensas, Leiter. Esta já es mi prima de Betanzos. ¿Pues no quiere venir a hacer carrera en Madrid? ¿Y con esa cara de alelá?  Ya me la han endiñado… Y, encima, lo poco que habla es para pedir. Ya me ha sacado para un transistor y una cámara de esas donde salen las fotos reveladas… Mira, mañana la monto en el ferrobús y caminito de vuelta a La Coruña…” –. En verdad, la chica no abrió boca en toda la tarde. Xosé no era amigo de broncas, propiamente dicho. Su aspecto de chulo merendero bien podría sugerir lo contrario, pero procuraba no polemizar más que lo justo. Se hacía respetar, como me demostró aquella noche donde, invirtiendo las vueltas de mi consumición obtuve un premio considerable en la tragaperras del Churchill´s y un siniestro personaje que por allí pululaba me exigió, al más puro estilo mafioso, participación en los beneficios. – ” ¡Polilla, deja en paz al chaval si no quieres vértelas conmigo!” –. Y el tal Polilla no volvió a molestarme jamás. Sólo una vez le vi emocionarse de verdad, cuando por los altavoces del Churchill´s escuchó Tatuaje en versión de Rocío Jurado. La copla y el Deportivo eran sus dos pasiones.  – “A ver cuando sube a primera, carajo” –. Una mañana se presentó en el bar de mi padre con una enorme bolsa de viaje que a duras penas manejaba.  — “Chaval” – Me espetó — “Aquí tienes una enciclopedia Durban, como nueva. Se la saqué anoche a un chorbo que ya no tenía con qué pagarme las deudas. Yo sé que a ti te gustan los libros…Si me das mil duros, te la quedas” –. Y se los di, aunque nunca supe dónde diablos colocar aquella enciclopedia tan cronológicamente desfasada.

 Fue hace dos años cuando vi a Xosé por última vez. El no se percató de mi presencia mientras se apeaba de un bonito descapotable y en compañía de una más que atractiva mujer. Me resultó muy llamativa la escena, no tanto por la compañía en sí, sino porque Xosé, en lo que yo sabía, nunca obtuvo el permiso de conducir. Le observé rejuvenecido, pese a que ya andaría por los setenta y tantos, ataviado con un elegante traje, peinado a la moda y pulcramente afeitado. Quién sabe, quizás aquella escalera de color con la que tanto soñaba le visitó en el instante más oportuno de la partida más trascendental de su vida.

Er Arfonzo 21 Abril 2008

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 Pocoh zaben que tu verdaero maehtro fue un guardagarahe de tu Zevilla. Aquer viehete, republicano de toas toas, le ehplicó a un qiyo como tu lah dehgrasia de la guerra y la pozterió reprezió franquihta. Ahí nasieron tu zueñoh y tu guhto po la poítica. Qué mehó coza que eztudiá fizolofía pa ezoh menehtere. Luego conocihte a un abogao ar que llamaban Izidoro, po ezah coza de la clandestindá. Buena la liahtei en aquer congrezo donde Felipe diho que de mahzizta, ná de ná. Argunoh disen que fue iea tusha, que tu preparahte tó… Er cazo eh que er partío zalió fortalesío. Y shegó er triunfo der oshentaydó, con mashoría de diputao y la usedé a tomah po culo. Fue tu mehó momento. A Ehpaña no la iba a reconosé ni la mare que la parió. Pero, mira, Arfonzo, que no e bueno meté a la familia en lah cosah de la poítica, que no tós tién tu talento, leshe. Po ahí vinieron lah degrasiah. Y no queó mah remedio que presentá la dimisió. Tu no queríah, peo er Felipe te obligó y ahí se hodió la amihtá, zi eh que la hubo. Te intentaron apahtá, zin ézito, po que tu nunca te casha y hablah cuando te da la gana, con un pá de cohone. Ar finá, te dieron dehpasho y tó en la fundasió eza der Pablo Igleziah. Y ahí tá zentío aguhto con tu libroh y la ohtia, y con la múzica curta eza que tanto te guhta. Y, cuando vieneh pa Andalusía, ¡Joér lah que líah, qiyo!  Toavía m´a cuerdo de ehta úrtima elesione, cuando te puzihte a hablá de loh curah. Mohtruo, quere un mohtruo. A tu zalú, Arfonzo.

Conexión establecida: En línea directa con… 21 Abril 2008

Posted by leiter in For your eyes only.
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Aquella tarde lluviosa de sábado trastocaba todos los planes previstos por Celia y por mí, y que se reducían, someramente, a una degustación tapística en El Rescoldo, el elegante bar de nuestro querido amigo Antonio. Casi lo agradecí, ya que por diversos motivos no me encontraba especialmente animado durante el fin de semana. No valgo para enmascarar mis estados de ánimo y por ello no me agrada tertuliar con conocidos cuando algún problema enturbia mi mente. Aprovechando la tesitura climatológica, convencí sin ningún esfuerzo a Celia para quedarnos en casa, al resguardo de caprichosas tempestades y valorando el considerable ahorro económico que supondría nuestra decisión. Además, todavía quedaba algo de whisky en casa…  Celia, observando que mi rostro dibujaba siluetas de melancolía, decidió animar nuestra íntima velada. La oí revolviendo unos cajones de nuestro dormitorio y al poco apareció con una tabla de madera donde adiviné a leer unas inscripciones en caracteres hebreos, así como una serie de guarismos y letras. Ya llevábamos algunos años compartiendo nuestras vidas pero jamás vi anteriormente aquella misteriosa tabla: –”Hoy te encuentro especialmente sensible, Leiter. Es justo lo que necesito para que hagamos una ouija. Te aseguro que no te vas a aburrir” — Dijo Celia ante mi perplejidad y desconocimiento, tanto de su propósito como del objeto al uso.

 Y, en efecto, no me estaba aburriendo, pero mi expresión de gilipollas, con el dedo índice apoyado en la superficie de un vaso invertido, a la penumbra de una vela y con la iluminación más tenue que Celia habilitó para la representación, no auguraba nada particularmente emotivo. Celia me reconvino a pensar en alguien ya fallecido, en concentrarme en alguna persona desaparecida con la que yo hubiera mantenido algún vínculo cercano. Me acordé de mi padre pero no se lo dije. Pasados unos diez minutos, cuando ya me estaba incomodando con las palabras y alocuciones de Celia, el vaso comenzó a moverse. Yo estaba seguro que el dedo de Celia era quién lo impulsaba, y así se lo dije, pero con un gesto imperativo me ordenó callar. El vaso fue junto a la letra F y, a continuación, a la letra E. Después retornó al centro del tablero.  – “¿Eres el padre de Leiter?” – Preguntó Celia ante mi sorpresa. Y el vaso se desplazó junto a un carácter hebreo donde, por debajo, se podía leer “Yes” entre paréntesis. Me pregunté interiormente cómo demonios había podido averiguar Celia el objeto de mi pensamiento, pero, la verdad, seguía con la convicción de que era Celia y sólo Celia quién movía el dichoso vasito. Celia comenzó a “interrogar a mi padre” y el vaso sólo se movía a las referidas letras F y E. No aguanté más y, en un momento, le dije a Celia que las letras E y F son contiguas y que no me estaba creyendo nada… Celia cerró los ojos y preguntó de nuevo: –”Tu hijo se muestra inquieto y escéptico. Por favor, danos una prueba de que el espíritu del padre de Leiter es realmente quién está moviendo este vaso… ” –

 Ocurrió algo extraño: De pronto, la llama de la vela comenzó a elevarse y, con un inexplicable silbido agudo, se apagó. Nos quedamos a oscuras, ya que la luz de la habitación anexa que servía para amortiguar el exceso de oscuridad también se apagó. Las luces “display” del vídeo y el televisor, también. Estábamos sin luz. Rápido, saqué un mechero y volví a encender la vela. Con ella me encaminé hacia el cuadro principal de luces de la casa, entre las sonoras carcajadas de Celia, y, paradójicamente, todo estaba en su sitio correcto. – “Pero… ¿Cómo es posible que no haya luz?” – Pensé. Al final, no quedó más remedio que acudir al domicilio del portero para, molestándole a esas horas, solicitar la llave del cuarto de contadores de la finca. Cuando entré en el mencionado cuarto, tan solo la tecla de nuestro contador aparecía con el pulsador bajado.