jump to navigation

La vida te da sorpresas 30 Mayo 2008

Posted by leiter in Vivencias.
add a comment

 

Decididamente, aquel no había sido mi año. Si ya en enero Esther se había cansado de mi desesperante platonismo largándose con otro, a una semana de las navidades, Ana, mi hasta entonces compañera sentimental, decidió imitar a su predecesora y se juntó con un chaval también de veterinaria, dejándome con un palmo de narices y jurándome que jamás habría segunda oportunidad. Cierto es que, al año siguiente, me mandó una preciosa carta que rebosaba sinceridad y que, ante una atenta y repetida lectura, uno sólo podía extraer la siguiente conclusión: Pero entonces ¿Por qué me dejaste? – En fin; el caso fue que ni los conceptos filosóficos ni las dogmáticas religiosas pudieron atemperar mi maltrecho estado anímico y caí en un estado melancólico-depresivo que se agravó aún más por las excesivas y preocupantes ingestas alcohólicas que me administraba por las noches para evitar, en lo posible, la terrible soledad de los insomnios mal avenidos. Mal remedio: Me levantaba aún borracho; continuaba durante todo el día casi borracho y cuando se me pasaban del todo los efectos, ya de noche, lograba de nuevo reconquistar la eterna borrachera. Todavía no sé como pude sacar los parciales adelante (incluso con brillantez) y en cuanto al trabajo… Bueno, de algo me servía ser el hijo del jefe. Me aislé por completo de amistades y conocidos, cosa lógica ya que me sentía enfadado con todo el mundo, al que injustamente consideraba culpable de mis continuos fracasos sentimentales. Pero, como bien se desprende de una atenta lectura del Libro de Job, Dios aprieta pero no ahoga. Y, casi sin querer, conocí en aquellas etílicas madrugadas a dos chicas en el “Y punto” – flamante local de copas de la calle Naciones — que adolecían del mismo problema que a mí me afectaba y con las que, sin ningún tipo de pretensión inicial, entablé una sincera relación amistosa que soliviantaba nuestros más tristes recuerdos y añoranzas. Eran Sorita y Malú, dos mujeres diametralmente distintas entre sí, pero unidas como uña y carne.

 ¡Para qué nos vamos a engañar!  De aquella primitiva ausencia de pretensiones meta-amistosas pasé, en poco tiempo, a un deseo explícito de profundizar en el espíritu íntimo de Malú, verdadera ricura de mujer, que ante su derroche de belleza y simpatía no dudaba en rechazar todas las peticiones amorosas al uso que casi a diario recibía. Estaba convencida de que su ex-novio acabaría volviendo con ella. Y esperaba, esperaba, esperaba… En el “Y punto”. Pero como Cupido debía estar también bolinga ese fatídico año, fue Sorita quién se hubo de encaprichar con el que esto escribe. Y Sorita se las traía. Contrarrestaba su escaso poderío físico con una arrolladora personalidad donde se mezclaban a partes iguales una más que perceptible concupiscencia desenmascarada hacia todo varón sobre el que ponía sus ojos y un tremendo arrebato lujurioso-pasional que a menudo provocaba situaciones harto conflictivas (Aparte, su capacidad etílica no era nada desdeñable). Una noche comenzó a imitar a la bíblica Salomé en la pista de baile del “Y punto” con su mirada clavada en mis sorprendidos ojos. Acabó descalza. La noche siguiente, regalándome innumerables besitos al cuello y dulces carantoñas, me confesó que yo le recordaba al protagonista masculino de la serie que estaba de moda en aquellos tiempos, “El pájaro espino” (???). Malú se tronchaba de risa al vernos y gestualmente me indicaba: “Lo siento, Leiter; no te vas a librar de Sorita” – El éxtasis sobrevino una madrugada cuando, bastante cocida por el alcohol, y sentada frente a mí en un taburete alrededor de una mesa circular, comenzó a palparse por dentro sus pechos al tiempo que me obsequiaba con unos lascivos gestos labio-linguales propios de las más afamadas vedettes pornográficas. Yo me encontraba terriblemente avergonzado y además, aunque sentía por Sorita mucho cariño, no deseaba por nada del mundo compartir una experiencia mística con ella. El delirio de aquella insólita escena se produjo cuando, en un visto y no visto, se sacó el sujetador por el cuello de la camisa y lo plantó encima de nuestra íntima mesa, ante mi bochorno y el delirio de Eddy, principal camarero del “Y punto”, acostumbrado ya a los incomparables modos de Sorita. Como pude, me acerqué hasta donde se hallaba Malú y le comenté que iba a buscar un taxi para depositar a Sorita en su casa, ante el monumental colocón etílico que mostraba la pobre. Malú me miró sonriendo y me dijo: – “Tú mismo, Leiter.” – Me las ingenié de la mejor manera posible para sacar a Sorita del local, en la afanosa tarea de encontrar un taxi libre a esas intempestivas horas. Fue salir del “Y punto” y, frente a un portal de las inmediaciones, Sorita se me abalanzó y me plantó un beso tan desgarrador que, aparte de producirme una muy molesta hemorragia en el labio, a poco me asfixia. No pude esquivarlo y, dada que mi intención era otra bien distinta, decidí seguirle el juego hasta cumplir mi objetivo de dejarla en el portal de su casa sana y salva. Lo conseguí, pero a base de promesas y promesas del todo inciertas y que no hacían sino reflejar el lío en el que me estaba metiendo. Me hizo jurar por Dios que, la noche siguiente, dormiríamos juntos…

 Me desperté avergonzado y arrepentido hasta el punto de no poder asistir a la facultad aquella tarde. Me veía a mi mismo como a un ser despreciable que había abusado del patético estado de Sorita. Me encontraba tan afligido que por la tarde llamé a Malú y le rogué que quedara un rato conmigo para charlar a solas. Necesitaba la ayuda de una amiga común y Malú cumplió perfectamente con ese papel:  – “Leiter, no te atormentes. Cuando la vuelvas a ver le dices que no hay nada entre vosotros, si es que se acuerda, cosa que dudo. Y si insiste, arguyes que lo de ayer fue un mero accidente producto del pedo que llevabais… Por cierto, Leiter, quiero que sepas una cosa: Sorita es así y no la vas a cambiar. Le gusta un tío (en realidad le gustan todos) y se lo intenta ligar a su manera. Se embolinga y luego ni se acuerda. Antes de ayer mismo, me dijo que estaba enamorada de mí y que quería acostarse conmigo. Ya ves tú el caso que la he hecho. Pero como sé que es una tía de puta madre, dispuesta a darte lo que necesites aun a cuenta de que ella se quede sin nada, no se lo tomo a mal. Sigue siendo mi mejor amiga y, ni mucho menos, me enfado con ella. Igual que no me enfadaría contigo si me pidieses rollo — cosa que, por cierto, se te nota mucho, Leiter — y te dijera que no. Lo comprendería. Y, claro, espero que tú tampoco te enfades por mi rechazo… Toma, límpiate con este pañuelo, que tienes como una heridita en el labio.” —

Mi tierra prometida II 29 Mayo 2008

Posted by leiter in Ensoñaciones.
add a comment

 

A bordo de un imaginario tren de libertades
exploro la incógnita de tus íntimos deseos,
una mirada que se pierde entre ventanales
hacia la lejanía de los infinitos llanos,
bajo un sol que busca nubes donde esconderse.

Te regalo una sonrisa pintada de esperanza
y me agradeces el presente, sin despegar los labios,
entre nebulosas que orbitan por tus recuerdos
con la semblanza de una irreparable agonía,
quebrando la armonía de humildes ancestros.

¿Será tan solo un remanso de paz entre inquietudes
o un vano intento de olvidar reciente destemplanza?

Ya nos envuelve la magia de la tierra prometida,
el perfume marino de los retratos flamencos;
dulce sueño oculto que ilumina los anhelos.
Te regalo una sonrisa pintada de esperanza
y me agradeces el presente, sin despegar los labios.

 

Diez pinturas inolvidables I (Museo del Prado) 28 Mayo 2008

Posted by leiter in General.
8 comments

Museo_del_Prado

 Hace apenas unos días estuve leyendo un interesante reportaje que versaba sobre el traslado de ciertos cuadros del Museo del Prado durante los violentos años de la Guerra Civil para evitar una más presumible destrucción a causa de los bombardeos. No pude eludir la cuestión que tal reportaje hizo plantearme y así, tras mucho pensarlo, decidí qué diez cuadros de la sin par pinacoteca salvaría en caso de inminente catástrofe. Obviamente, si de mi dependiera, pondría bajo buen resguardo absolutamente a toda la colección y sus innumerables fondos, pero, con ánimo de ser selectivo, me puse en la disyuntiva de elegir sólo diez obras. He aquí mi lista.

Diego Velázquez Las meninas

1-LAS MENINAS de Velázquez: Sobra cualquier comentario. Es la obra cumbre de la pintura universal.

Francisco de Goya Cabeza de perro

2-CABEZA DE PERRO de Goya: Es una obra adelantada a su tiempo y que nos anticipa la abstracción. La mirada del perro ante un vacío difuminado en ocres claros puede representar bien la insignificancia del ser vivo, bien la angustia ante un imprevisible escenario. Una completa obra maestra que algunos críticos sugieren que es una pieza inacabada. Pues, mejor así.

Rafael El pasmo de Sicilia

3-EL PASMO DE SICILIA de Rafael: Confieso que soy un apasionado de toda la obra del maestro de Urbino. Este cuadro nos abre el camino hacia el manierismo, contrastado por la composición en diagonal de la obra y por la hibridez de los colores. En tiempos, este cuadro fue considerado como la cumbre pictórica del arte occidental.

Corregio Noli me tangere

4-NOLI ME TANGERE de Correggio: Perfecto vínculo psicológico de miradas ante una postura insólita de Cristo. Perfecta armonización de la naturaleza que ocupa el margen superior del cuadro. Inolvidable la actitud dramática en el gesto de la Madalena. El cromatismo de la obra me parece increíblemente bello.

Tiziano Danae

5-DANAE de Tiziano: Magistral exposición colorística de un maestro que dominó como pocos el uso del color en sus obras. Perfecto contraste cromático entre las dos figuras y poética expresión de la figura femenina, uno de los mejores desnudos de Tiziano.

durero Autorretrato

6-AUTORRETRATO de Durero: No es que yo sea precisamente un devoto de Durero pero este cuadro representa el magisterio sin igual del pintor alemán en la faceta del retrato. Fabuloso dibujo y detalle en la mejor tradición de la pintura centroeuropea. Obra de una excepcional sensibilidad y elegancia.

Zurbaran Bodegon

7-BODEGÓN de Zurbarán: El mejor pintor de frailes que haya existido nunca nos regala una pequeña obra en lo que al tamaño se refiere pero enorme en cuanto a su técnica y belleza. La geometría de las formas nos recuerda a un futuro Cezanne. Las texturas, sin llegar al minimalismo de los pintores holandeses, son de una suavidad aterciopelada.

Claudio de Lorena El Vado

8-EL VADO de Claudio de Lorena: Siento predilección por la melancolía que se desprende en toda la obra de este, a menudo, incomprendido autor. El carácter bucólico del cuadro nos sumerge en un estado de pura nostalgia anímica. Magistral la conseguida atmósfera de atardecer. Lo confieso: Amo a este pintor.

Roger van der Weyden El Descendimiento

9-EL DESCENDIMIENTO de Roger Van der Weyden: De no ser por Las Meninas, este cuadro sería la joya del Museo del Prado. Excepcional dramatismo, impresionante uso cromático en unos vestuarios de una elegancia desmedida, vida propia en cada uno de los personajes, fabuloso contraste global… Una obra maestra sin discusión posible.

Nicolas Poussin El Parnaso

10-EL PARNASO de Poussin: Obra de notable influencia rafaeliana. Magistral colorido, heredero de la mejor tradición veneciana. Rigor clasicista en la composición y ecos del mejor Tiziano en la disposición de los angelillos (amorcillos). Perfecto equilibrio visual. Cierta melancolía paisajística.

El glamour de la señorita Trini 27 Mayo 2008

Posted by leiter in Retratos.
add a comment

 

Decían que era una de las mejores modistas de Madrid y, a decir verdad, las numerosas visitas que cada tarde acudían a su domicilio para solicitar sus expertos servicios no hacían sino confirmar esa apreciación. La señorita Trini, con sus más de setenta años, era el vivo ejemplo de una mujer hecha asimismo, autodidacta de los arreglos y las confecciones más difíciles en una época donde la alta costura era un concepto más bien poco asimilado. Soltera, mucho más ancha que alta, fumadora empedernida de “Vencedor” , mal habladísima, con un genio aterrador y un pronto escalofriante, la señorita Trini no se ajustaba al estereotipo ideal de muchacha culta y distinguida que entonces se pudiera dibujar de una mujer dedicada al exclusivo mundo de la moda. Mis padres, debido a sus obligaciones laborales, solían dejarme muchas tardes bajo su custodia a lo largo del año y así pude comprobar, pese a mi menuda edad, como se las gastaba la señorita Trini. Convivía con una hermana algo más joven, que hacía las veces de asistenta, y con un sobrino brutote que tenía más de un tornillo desaflojado. Y allí, entre hilos, patrones, pizarras, dedales y demás utensilios de costura, jugaba o desempeñaba mis tareas escolares, entre los compases de “La Campanera”, versión de Estrellita de Palma, su canción favorita, que siempre hacía subir de volumen en ese vetusto aparato de radio de válvulas que servía para ambientar musicalmente la estancia y que para ello requería de la inmediata presencia de su hermana mediante una campanilla plateada que hacía sonar con vehemencia. Muy pocas veces pude observar a la señorita Trini incorporarse de su recio butacón frente a una mesa donde se encontraba la máquina de coser y la innumerable cantidad de utensilios necesarios para su reparadora labor. A mi me divertía contemplarla con el gesto arrugado y sacando la lengua, con aquellas gafas prehistóricas de medio cristal, a la hora de enhebrar la aguja. Hasta que una tarde, apartó la aguja, se quitó las gafas y me soltó:  – “Oye, mocoso; ¿Por qué no te ríes de tu madre? Como vuelva a pillarte burlándote de mí de nuevo te cruzo la cara de un bofetón… “ –  Y esa fue la última ocasión que tuve para observar el arte de la enhebración de una aguja en versión de la señorita Trini.

 Ocurrió un extraño episodio en el piso de la señorita Trini que fue, durante mucho tiempo, la comidilla de toda la comunidad de vecinos del edificio. Galo, como así se llamaba aquel manceboso sobrino suyo, apareció un día con una aparatosa venda cubriendo buena parte de su cabeza. Nadie podía explicarse qué es lo que le podía haber sucedido, toda vez que Galo, el huérfano sobrino del que la señorita Trini se hizo cargo cuando decidieron instalarse en Madrid desde Santander, era un joven tímido, reservado y en ocasiones hasta huraño. Tuvo que ser doña Lola, la portera, quién finalmente aclaró el misterioso percance ante la cada vez más incipiente curiosidad del vecindario. Al parecer, Galo poseía unos atributos íntimos volumétricamente proporcionales a su robusta constitución corporal, asunto que bien pudo certificar doña Lola cuando, años atrás, se encomendaba de los cuidados e higiene del entonces querubín. Fuera éste u otro el motivo, el caso es que los incontenibles ardores del ahora mozarrón eran soliviantados mediante repentinos e imprevistos ataques de pellizcos hacia las virtudes femeninas de su tía más joven quién, presa del miedo o del gusto, se dejaba torturar como si de un acto místico e irrenunciable se tratara. Tanta afición le cogió Galo a este proceder, que su fogosidad fue en aumento y una noche, exacerbado por una precipitada condensación del complejo de Edipo, no se le ocurrió mejor coyuntura que cambiar de pareja y para ello entró sigiloso en el dormitorio de la señorita Trini. El bastonazo le acabó abriendo la cabeza y de no ser por la afortunada intermediación de su otra tía, la señorita Trini hubiera acabado con el devenir de Galo en este triste valle de lágrimas. Desde entonces, pudimos por fin comprender por qué la señorita Trini se refería siempre a su sobrino con los apelativos de “Cafre” o “Zulú”. Sólo recuerdo haber visto a la señorita Trini asustada en una ocasión, durante la madrugada aquella del terremoto, cuando doña Lola alertó a los vecinos y acabamos todos apretujados en el minúsculo chiscón del portal. Allí, la señorita Trini, sentada en la única silla disponible y en camisón, se aferraba a la mano de mi madre mientras rezaba en un pianísimo tono donde sólo se advertían las “eses”, moviendo la cabeza de arriba a abajo, con los ojos cerrados y con unas cuentas de rosario alrededor de la otra mano.

 Un domingo por la mañana el vecindario se sobresaltó ante los gritos y alaridos de su hermana. A la señorita Trini le había dado un patatús y se encontraba inerte en su cama, boca arriba y con los ojos en blanco. Tal fue el escándalo que casi todos los vecinos subieron al piso de la modista para comprobar in situ el más que presumible óbito de la misma. Una vez más, tuvo que ser doña Lola, la portera, quién nos sacara de dudas, soltando reiterados tortazos en el rostro de la señorita Trini y exclamando con total naturalidad:   — “Nada, muerta. Está de cementerio. Muerta, muerta…” – Pero los allí reunidos pudimos observar como la señorita Trini aún conservaba un aterrador movimiento nervioso en sus labios. Paco, el taxista, que se encontraba desayunando abajo, en el bar, fue requerido para subir al piso y certificar de una vez la presunta muerte de la señorita Trini. Solicitando el silencio de la concurrencia, Paco comenzó con una exploración pulsátil en las muñecas de la costurera para concluir ceremoniosamente que la señorita Trini era puro fiambre. Interrogado por los terroríficos estertores, Paco concluyo afirmando rotundamente que “eran debidos a un eventual proceso cataléptico muy propio de fallecimientos provocados por repentinos ataques de apoplejía” y que él mismo ya había observado en similares sucesos obituarios acaecidos en su pueblo. La posterior confirmación del irreversible estado mortecino de la señorita Trini por parte del médico de guardia confirmó del todo la docta autoridad de Paco, el taxista.

 Seguramente, en ese paradisíaco lugar al que están llamadas las buenas almas y que se conoce como El Cielo, estará la señorita Trini remendando las lustrosas capas de los arcángeles, muy escandalizados ellos ante la iracundia y verborrea insultante de la costurera. Y muy molestos también por el excesivo humo de los cigarrillos marca “Vencedor” que a buen seguro la señorita Trini seguirá fumando.

Gerardo Iglesias: ¡ Maldita la hora en que…! 26 Mayo 2008

Posted by leiter in Semblanzas políticas.
add a comment

 

“Por el camino de Mieres, entre aldeas y montañas; junto al puente de la Perra, puedo verme en la distancia…” — Dicen que cantabas por lo bajo en 1988, cuando renunciaste a seguir comandando un ya muy maltrecho PCE. Nadie como tú, camarada Gerardo, para saber lo que es tener auténtica convicción comunista después de ver, cuando aún eras un chiquillo, como torturaban a tu padre por otorgar su apoyo a los guerrilleros antifranquistas. ¡ Maldita la hora en que te eligieron para relevar nada más ni nada menos que al camarada Carrillo !  Qué desafinadas llegaban las melodías desde Moscú… Aunque nunca renunciaste a los principios más ortodoxos cuando la trascendental disyuntiva solicitaba seguir, bien por este camino, bien por una teoría que jamás entendiste y que se autodefinía como Eurocomunismo. A un tiarrón como tú, fortalecido a base del martillo en la mina, le iban a confundir con extraños experimentos ideológicos… ¡Ingenuos!  ¡Cuando te partiste la cara por defender los derechos de tus compañeros mineros y en consecuencia tuviste que padecer la frialdad de las sórdidas cárceles franquistas! Aún recuerdo, camarada Gerardo, el monumental cabreo que te agarraste cuando te viste implicado en aquella encerrona televisiva donde se esgrimían los argumentos para solicitar el voto a favor o en contra del ingreso de España en la OTAN.  ¡Peste de gente esos sociatas¡ ¡Vendidos!  Quizás ahí comprendiste que la lucha era desigual y que no merecía la pena seguir. Ahora bien, tu ejemplo de volver a la mina tras rechazar cualquier cargo en la nueva dirección de Izquierda Unida es algo que muchos políticos debieran apuntar en sus agendas vitales. Sí señor, todo un modelo de honradez y vergüenza política. Hoy en día muchos te han olvidado pero no dudes, camarada Gerardo, que quién esto suscribe jamás lo hará. ¡ Salud, camarada !

Para que no me olvides 26 Mayo 2008

Posted by leiter in For your eyes only.
2 comments

 Bien puede afirmarse que la sobremesa de aquel 26 de mayo no estaba resultando especialmente distinta de no ser por el hecho de que mi padre estaba agonizando en la fría sala de un hospital. Me encontraba en el apartamento de la calle Montesa, voluntario exilio para causas perdidas, con la reflexiva soledad que me inspiraba tal situación. Sentado, frente a un viejo magnetofón que reproducía una variopinta antología de la copla, fumaba y pensaba, por este orden, sobre la inmensa paradoja que define al ser humano: Nacer para morir. La relación con mi padre no había sido todo lo sencilla que de tal vinculación hubiera podido desprenderse. Un enorme abismo se interpuso entre nosotros a medida que yo fui creciendo y tomando conciencia de mí mismo. Yo entendía que él no soportaba mi arrogante juventud y, por mi parte, nunca fui capaz de asimilar sus rudas formas de expresión. Nos fuimos separando sin remedio. Pero lo más curioso es que supimos conservar un extraño y poderoso hilo de mutua atracción que en los peores momentos servía para apuntalar nuestra más que deteriorada relación. Jamás me negó un consejo, un apoyo o una explicación a mi requerimiento, pero me reventaba el tener que soportar esos mismos consejos cuando no eran expresamente solicitados por mí. Yo sabía — y nunca lo puse en duda — que me adoraba. Pero mi padre jamás tuvo el alma de poeta y yo, por otra parte, no supe asimilar la suficiente madurez como para reorientar una relación que se desvanecía entre nebulosos signos de interrogación. Y, por supuesto, con mi padre nunca me faltó de nada. Al contrario.

 Siempre he sido un maniático de los relojes y, por extensión, de cualquier artilugio capaz de medir los tiempos. Quizás sea debido a una autoprotección que me confiero, sabedor de mi facilidad para sumergirme de lleno en un océano de fantasiosas realidades; o quizás, también, por esa persistente soledad que tiene a bien acompañarme en los momentos más trascendentales de mi vida. Sea lo que fuere, siempre he procurado llegar puntual a las citas que el devenir me depara y, por lo tanto, suelo disponer de muchos relojes con capacidad de alarma para no dormirme en unos imaginarios laureles. En mi menudísimo habitáculo de la calle Montesa hasta cinco relojes distintos, sincronizados al segundo por medio de las emisoras radiofónicas, coadyuvaban a mi solícita ansiedad cronológica. Pero de entre todos ellos, uno de color rojo con caracteres chinos era mi preferido. Aquel reloj era el concertino de mi peculiar orquesta de cámara; el que servía de referencia a todos los demás. La consideración que tenía con aquel reloj llegaba hasta el extremo de haberle adosado en la cara posterior una minúscula tira de papel autoadhesivo donde anotaba la fecha de colocación de las últimas pilas y la futura fecha del necesario recambio. Aquel reloj nunca fallaba, ni un segundo llegó a atrasarse o adelantarse en todos los años que lo había tenido. Y orgulloso presidía, desde la más alta estantería, mi humilde morada.

 Esperaba la fría llamada anunciando el fatal desenlace. No había opciones. De esa tarde no pasaba. El cuadro clínico de mi padre presentaba tantas complicaciones que cualquier leve mejoría de algún factor conllevaba la inmediata precipitación negativa de otro. El cansancio acumulado de muchas jornadas donde se mezclaron las obligaciones laborales y estudiantiles con las meramente familiares, unido al ceremonioso whisky que nunca me abandona en los momentos más íntimos, me provocó una irresistible somnolencia que desembocó en cerrado sueño entre los ambientales acordes de “La farsa monea” en versión de Estrellita Castro… El chirriante y machacón tono del teléfono góndola me sobresaltó. Me incorporé nervioso de la silla que había hecho las veces de cuna y alcé la mirada al reloj chino en un acto reflejo previo a descolgar el molesto teléfono.  — “Las seis y once…” – Pensé.  – “Leiter… Se acabó. Papá acaba de fallecer.” –.  En esos momentos donde un blanco inmaculado inunda por completo la mente procedí a encender un nuevo cigarrillo, al tiempo que volvía a sentarme en la silla. Me mantuve un buen rato con la mirada perdida, dirigida hacia ningún punto concreto del suelo de mi arrendado apartamento. Una vez aplastada la colilla en un rebosante cenicero, me incorporé de nuevo y volví a echar un vistazo a mi reloj… ¡ No podía ser !  Seguía señalando las 18.11. Mi sorpresa fue mayúscula cuando comprobé que le faltaba la tapa donde se alojaba la pila y ésta se encontraba ligeramente desencajada de su correcta posición. Nunca, por más que rebusqué durante los días posteriores, conseguí encontrar la tapa. Un extraño caso de sublimación como consecuencia de las temperaturas cuasi veraniegas de finales de mayo…

 Ya en el hospital, solicité una copia del acta de defunción: PARTE DE DEFUNCIÓN DE DON CAESAR IMPERATOR PATER LEITAERIS, FALLECIDO A LAS 18.11 HORAS DEL DÍA 26 DE MAYO DE…

Sueños de música 23 Mayo 2008

Posted by leiter in Vivencias.
add a comment

 

Fue una idea brillante la de Pedro: Se largó unos días a Nueva York y consiguió traernos un aparatejo portátil donde podían reproducirse los CDs, formato musical algo inédito todavía en España. Pero lo mejor no era el cacharro en sí, verdadero prodigio tecnológico de la época, sino una clavija que permitía que tres auriculares fueran simultáneamente adaptados para escuchar el disco en cuestión. Así, este artilugio se convirtió en un irremplazable compañero nuestro durante aquellas noches de sábados donde, luego de cenar juntos en La Montería, el mencionado Pedro, Juan Miguel y un servidor nos escapábamos al Churchill´s para tomar una copa y de paso conectar el reproductor celular de compactos para poder analizar conjuntamente los distintos CDs de música clásica que poco a poco iban reemplazando a nuestra ya vetusta flota de vinilo. A juzgar por los gestos de la concurrencia, debía ser todo un espectáculo ver de madrugada en un pequeño pub inglés de barrio a tres veinteañeros como nosotros, sentados alrededor de una mesa, con discos y partituras orquestales esparcidas, dirigiendo en ocasiones una imaginaria orquesta con el cigarrillo a modo de batuta y dando cuenta de unos más que numerosos cubatas. Vivíamos por y para la música clásica pero no por ello renunciábamos al placer de tomar unos copazos como cualquier joven de nuestra edad. Además, no molestábamos a nadie por el hecho de escuchar y discutir sobre música culta por medio de unos silenciosos e íntimos auriculares. El poco público que podía albergar el pequeño Churchill´s era mayoritariamente del barrio, compuesto por gente de avanzada edad que no veía con malos ojos nuestra extravagante afición.

 Pero también discutíamos ¡Vaya que si discutíamos! Como en aquella ocasión donde entre los tres recopilamos siete versiones distintas de la Fantástica de Berlioz y no nos pusimos de acuerdo a la hora de valorar cuál era la interpretación más inspirada. Pedro tiraba por Karajan, como siempre. A Juan Miguel le gustaba una infumable –para mí — versión de Abbado y yo trataba de convencerles de las bondades cristalinas de la grabación de Colin Davis. No hubo manera. Nos dieron las cinco de la mañana enfrascados en tal formidable discusión estilística que Xosé, el jugador gallego que a esas horas ya había sido desplumado, nos advirtió: — “¿Qué carajo es eso de la anacrusa?. Oye, no me estaréis insultando…” –.Pero también vivimos momentos inolvidables. Una noche nos tocaba análisis de la Séptima Sinfonía de Bruckner — la obra musical más grandiosa jamás compuesta — y allí estábamos con la voluminosa partitura orquestal y el CD (Versión de Jochum) preparado para la audición. Algo no funcionó y el aparato reproductor de música se negó a trabajar esa madrugada. No desesperamos. Nos despojamos de los auriculares y mentalmente comenzamos a “interpretar” la sinfonía merced a la partitura y al mango de la inseparable cachimba de Juan Miguel que nos iba marcando el compás sobre el papel pautado. Fue la hora y media más alucinante que yo haya podido experimentar nunca en mi vida. Imaginando música, sin música, atentos a cualquier novedoso descubrimiento de tan colosal obra maestra que fuésemos capaces de descubrir mediante la conjunta y pormenorizada lectura. Acabando el Adagio, tras la sólida pompa fúnebre de las ocho tubas wagnerianas, Pedro nos interrumpió; tenía los ojos enteramente nublados:  – “Fijaos… En pianíssimo y va soltando toda la madera… (*Instrumentos de la familia de las maderas: oboes, fagots, clarinetes…) ¡Entra toda la puta orquesta y no te das cuenta! ¡Esto es la hostia! ¡Joder con el Bruckner…! Esto es insuperable” – Hoy en día, cuando vuelvo a escuchar este fragmento, me emociono hasta el llanto íntimo.

 Lo más extraordinario de aquellas veladas fue que algunos clientes que jamás habían oído hablar de Mozart o Bach comenzaron a interesarse por ciertos aspectos de la música clásica y nos pedían asesoramiento o explicaciones más o menos técnicas. Estuvimos encantados de poder otorgar respuestas convincentes a sus curiosas y lógicas preguntas y nos sentimos muy orgullosos de ello. Por contra, otros clientes se preguntaban si no era mejor que a esa edad saliéramos a divertirnos con chicas y abandonáramos esa afición tan aburrida… Nada de eso. Nuestra pasión era la música; ya habría tiempo y lugar para lo otro. Pasaron los años y, en efecto, con nuestras primeras novias formales nos fuimos inevitablemente separando. Hasta cierto punto era ley de vida. En definitiva, sólo éramos tres jóvenes que soñábamos con poder dirigir algún día una orquesta sinfónica.

Siluetas enmascaradas I 22 Mayo 2008

Posted by leiter in Ensoñaciones.
2 comments

Danzan los duendes al vaivén de la tramontana,
noche perfumada con neones de estío,
con brillos de luna al crepitar de las olas
y los deseos ataviados de pasiones pretéritas.

Respiro intimidad en tu alcoba,
bajo sombras que aceleran los impulsos,
bajo ecos de feria que amortiguan los silencios,
silencio de anochecer,
silencio de mudos auxilios…
Buscas mi protección y te ofrezco inteligencia;
suspiras por tu honor,
tamborileas tus dedos al ritmo de la inquietud,
al encuentro del cirio impoluto.

Con escorzo imposible te poseo,
subrayando los esfuerzos con cadencia interminable,
con notas ligadas en calderón
y miradas al levante infinito.

Desmayas tu discurso ahogando los sonidos,
jadeando maniatada en la conciencia
donde la virtud se consume por el fuego,
por el fuego fatuo,
por el fuego de una hoguera de recuerdos.

Y conquisto tu dorada esencia,
me aferro a ella; no la suelto.
Es mía, para mí, para siempre…
Ya no he de imaginarte más
cuando la savia va ascendiendo, compulsiva.

La alborada clarea mis ojos
y sigo aferrado a ella,
para mí, para siempre.

Despiertas asustada por la resaca de los anhelos
y te sientes prisionera de la lujuria,
sin márgenes para la nostalgia.
Ya conoces tu destino
cuando al escorzo imposible te vuelvo a poseer.

Nuevo parque temático: Metro de Madrid 21 Mayo 2008

Posted by leiter in General.
add a comment

 BIENVENIDOS AL NUEVO PARQUE TEMÁTICO, METRO DE MADRID. UN SINFÍN DE ATRACCIONES Y DIVERSIONES QUE LE HARÁN PASAR UNA JORNADA INOLVIDABLE A USTED Y SU FAMILIA: VISÍTENOS Y NO SE ARREPENTIRÁ. ¡TODO UN MUNDO DE SORPRESAS Y EMOCIONES!

-INGENIO Y DESTREZA: ¿Conseguirán nuestros trapecistas introducir una bicicleta en un vagón atestado? Anímese e inténtelo usted mismo. Pases en Línea 10

-MISTERIO: Todos los trenes han sido saboteados, excepto uno. Cuando menos se lo espere, se detendrán en medio del túnel. Adivine qué tren es el único que funciona correctamente. Pases en Línea Circular

-A BAILAR: Un poco de música y … ¡ A bailar la conga !  No se preocupe por seguir el ritmo; el vaivén del tren lo hará por usted. Pases en Línea 2, entre Sol y Ventas.

-MAGIA: Es la hora de nuestro selecto equipo de magos, reclutados de entre los más sabios del mundo. Usted podrá comprobar como su reloj, cartera u otra prenda de valor desaparece en un pis-pas. ¡ No saldrá usted de su asombro !  Pases en Líneas 1,2,3 y 5

-PAYASOS: Para los más peques… ¡ Trenes-payaso que eructan y se tiran pedos !  Diversión asegurada. Pases en Líneas 2 y 5

-FENÓMENOS PARANORMALES: ¿Voces de ultratumba? ¿Sonidos del Más Allá?  Compruébelo usted mismo. Espectáculo no apto para cardíacos. Pases en Ramal Opera-Príncipe Pío.

  Y A CONTINUACIÓN, TÓMESE UN RESPIRO EN NUESTRA MODERNA SAUNA. PURO RELAX. Pases en Línea Circular (Sólo durante los meses de julio y agosto) Y DESPUÉS… ¡ LA ÚLTIMA Y MÁS NOVEDOSA ATRACCIÓN !

¡ PRESSING CATCH !

 Diviértase y disfrute con las espectaculares sesiones de lucha libre que nuestro equipo de seguridad ha preparado para usted. Un maléfico ejército de mendigos e inmigrantes ilegales se intenta apoderar de nuestras instalaciones. Para impedirlo, nuestros cuerpos de seguridad se tendrán que emplear a fondo: Patadas, golpes bajos, carreras, porrazos, escupitajos… ¡ Un auténtico espectáculo !   Pases en cualquier estación (Sólo en horario nocturno)

 

 

 

Siempre a la verita tuya 20 Mayo 2008

Posted by leiter in Retratos.
add a comment

 

 Ya enfilando la calle Alcántara desde Ayala, Ramón avisaba al vecindario de su inminente acto de presencia haciendo sonar rítmicamente el claxon de su viejo y exótico Chrysler  — ¿De dónde habría sacado ese trasto? –, saludando y sonriendo a todos aquellos que observaban la escena. Así era Ramón, el eterno guarda del turno de tarde en el garaje más próximo al bar de mi padre. Canijo, esmirriado, flaco como un espárrago, desaliñado, con un bigotillo canoso a la moda franquista y bien entrado en años. Con Ramón no había lugar para la tristeza o los lamentos. Este hombre, insaciable juerguista, era la alegría personificada, la explosiva e instantánea carcajada. No eran pocas las veces que, ataviado con un mono azul que pedía a gritos un lavado, entraba en el bar chasqueando los pulgares y canturreando el “A tu vera ” de Lola Flores, y no digamos si alguna bella dama se hallaba de rondón en el bar… Porque, pese a su aspecto descuidado y su sospechoso olor corporal, Ramón tenía tal capacidad de labia y seducción que no había hembra, en disposición, que se le resistiese. ¡Menudo Don Juan urbano que estaba hecho el bueno de Ramón!  Sus conquistas amorosas eran sonadas y comentadas en todo el barrio, sobre todo los sábados previos a la libranza, cuando acudía bien trajeado (es un decir) y aseado (sólo las partes visibles) a una sala de baile con orquesta próxima al cine Benlliure. Si entraba solo, salía bien acompañado y si entraba acompañado, salía aún más acompañado… Y de ahí al armatoste del Chrysler y a cenar chuletas a San Fernando. Después, sólo él lo sabía, aunque en la intimidad me contaba tales proezas que dejaban mi ánimo, por comparación, seriamente desconsolado.

 Pero, ciertamente, toda esta vida licenciosa resultaba prohibitiva para la modesta economía de un humilde guarda de garaje, así que Ramón no tenía más remedio que ingeniárselas para conseguir unos ingresos extras, asunto nada complicado ya que Ramón era capaz tanto de desmontar el motor entero de un coche y volverlo a montar, como de acometer la instalación eléctrica de un edificio. Pero también de otros menesteres menos inocentes, como cuando le observé en el garaje pintando una serie de patas de jamón que iba sacando concienzudamente del enorme maletero del Chrysler.  — “No es nada. Doy una manita de pintura negra en la pezuña y así parecen jamones de reserva; de esta forma los puedo revender por más dinero…” –  — “Pero, ¿Ramón?” — Pregunté con ciertos aires recriminatorios. – “¡Qué no, Leiter! No es lo que te piensas. Este método es muy común… Además, ¿No irás tú a desconfiar de mí? Que yo soy un hombre hecho y derecho… Y de derechas” --. Pero yo seguía desconfiando ante el más que sospechoso procedimiento. En otra ocasión me requirió: — “Oye, Leiter, tú que tienes máquina de escribir. A ver si me puedes redactar un anuncio para echarlo en los buzones” –  — “Claro. ¿Qué quieres que ponga?” –  — “Pues… Hum… Se arreglan enchufes, persianas y todo tipo de trabajos caseros…” –. Y justo al dictarme esta última frase, me miró y comenzó a reírse, ladeando la cabeza de izquierda a derecha. Una tarde pude apreciar como mantenía una prolongada e íntima conversación con mi padre en el rincón más apartado del bar. Al día siguiente, Ramón me pidió las llaves del almacén y fue descargando una serie de cajas de licor que extraía dificultosamente del maletero del Chrysler. Nunca pude adivinar qué tipo de negocio se trajeron entre manos, pero lo cierto es que muchos clientes, durante algunos meses, se me empezaron a quejar de que el viejo whisky español con categoría internacional no tenía el mismo sabor de siempre.

 Una sobremesa de sábado, el encargado del garaje se presentó de imprevisto en el local e interrogó a Ramón sobre el origen de ciertos vehículos que no se correspondían con los oficialmente consignados en las respectivas plazas. No resultaron convincentes las explicaciones y Ramón fue fulminantemente despedido. Entró sonriendo en el bar y pidió un moscatel, como de costumbre.  – “¡Qué bien!  Me han largado del puto garaje. Ahora, con lo del finiquito, me llega de sobra para apañarme hasta la jubilación… Bueno, ¿Qué, Leiter? ¿Te vienes conmigo a bailar?. Ya verás qué mozas…” – Pese a las numerosas jaranas y excesivas fárragas que su cuerpo hubo de soportar, Ramón todavía sobrevive. Si alguna vez pasáis por Huete no dudéis en preguntar por él si os encontráis con ganas de diversión. El cachondeo, con Ramón, estará asegurado.