Celia y las cartas del Tarot 30 Junio 2008
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Siempre me he mostrado de lo más escéptico en lo relativo a predicciones basadas en el uso del llamado TAROT. Es más, considero que toda esa pseudociencia no es más que un artificioso procedimiento cuya última finalidad es sacar el dinero de los más incautos en una desvergonzante maniobra que se aprovecha de las inquietudes humanas. Detesto esos anuncios que salen publicados en periódicos y revistas donde, por generosas cantidades de dinero, supuestamente a uno le pueden leer el destino, iluminar los conocimientos ocultos del presente o chorradas de otro tipo. Yo siempre he mantenido que hasta que no sean capaces de adivinar cualquier combinación de la Lotería Primitiva o de la Euromillonaria no creeré jamás en semejantes paparruchadas. Pero mi compañera, Celia, no piensa así. Ella cree firmemente en que el destino de cualquier persona puede leerse por medio de las cartas y en ocasiones realiza lecturas del todo gratuitas a quién se lo solicita, por lo general, amistades íntimas que conocen las “facultades” esotéricas de Celia. Para ser sinceros, Celia nunca utiliza el Tarot, propiamente dicho, sino que se sirve de una simple baraja española de Heraclio Fournier. Yo no sé de qué tipo de argucias se servirá, pero el caso es que los invitados salen plenamente convencidos de que Celia no sólo les ha adivinado el presente sino que también lo relacionado con el futuro. Recuerdo que al poco de conocernos no tuve más remedio que someterme a su vidente análisis y me dijo, con total solemnidad, que las cartas afirmaban que yo sería un hombre rodeado de todo tipo de riquezas, que el dinero me sobraría y que mi vida sería como la de un auténtico bon vivant multimillonario. Sobra decir que no acertó, desgraciadamente, y yo, que tengo una muy buena memoria, cuando se lo recuerdo y recrimino me contesta con que ella nunca me dijo “cuando”. Quizás sea por lo que sigo jugando semanalmente a la Euromillonaria, no sea que algún día tenga que darle la razón.
Hace algunos años, Celia tenía por costumbre regresar del trabajo los viernes a nuestro domicilio junto a unas compañeras que estaban encantadas de las dotes “adivinatorias” de mi pareja. Llegaban, les preparaba la cena y allí se quedaban horas y horas, hasta casi de madrugada, con las dichosas cartas. Yo, que procuraba mantenerme al margen, aprovechaba para leer un rato o escuchar alguna novedad discográfica. Pese a ello, no podía evitar que a veces agudizara el oído para enterarme acerca de lo que estaban hablando y, en general, las adivinanzas y misterios se reducían en casi su totalidad a amores desencontrados, a previsibles rupturas sentimentales o a posibles romances desenfrenados. Entre las amigas de Celia, hallábase una tal Susana que era todo un monumento a la belleza. Irremediablemente, yo siempre la atendía con más efusividad gestual que a las demás y cuando charlaba algún ratillo con ella me brillaban más los ojos. Una noche observé cómo Celia le decía algo relacionado con un rey de copas, adoptando un gesto serio. Más o menos venía a comentar que tenía un hombre que estaba coladito por ella… Cuando las invitadas se marcharon de casa, Celia vino hacia mí y, visiblemente enojada, me soltó, de sopetón: – ” Oye, tú; A ver si te cortas un poco con Susana…” –. Me puse a temblar. – “Lo he visto en las cartas… ¡ Hasta sale tu barba, cretino !” --. Yo intenté tranquilizarla, arguyendo que estaba exagerando y esas cosas, pero… – “No me engañes, Leiter. Sales en las cartas. Eres tú… Y a esa tiparraca le gustas…” –. Yo no sé si sería verdad o no, pero el caso fue que la bella Susi no volvió nunca más por casa y, desde luego, no me atreví a preguntar a Celia por el motivo. Una tarde, Celia me propuso acompañarla a visitar a una vidente de mucho prestigio, consecuencia del boca a boca, pero que no salía anunciada en ningún medio. Luego de discutir con Celia por malgastar el dinero en gilipolleces como esas, accedí para evitar males mayores, aunque bajo el juramento de que jamás Celia acudiría de nuevo a ese tipo de consultas. Al parecer, Celia no estaba interesada en predicciones sobre su persona, sino más bien en métodos. Llegamos al piso y nos hicieron pasar a una salita. Al poco tiempo, entró una señora muy mayor que no tenía pintas de bruja ni nada por el estilo. Se quedó mirado a Celia y, ante mi asombro, dijo: — “Lo siento; no les puedo atender. Usted (refiriéndose a Celia) emite unas ondas muy extrañas que perturban mis facultades. Además, creo que usted no está aquí precisamente para que yo le adivine el futuro…” –. Y, abriéndonos la puerta, nos invitó amablemente a salir de la estancia y del piso. De vuelta, yo me encontraba más cortado que un yogur pasado de caducidad pero Celia, sonriendo, me comentaba: – “Ya me lo decía la Tía Rafaela: Tú, niña, tienes energía, mucha energía…” –
Fue durante unas navidades cuando me encapriché de algo muy costoso que me venía rondando la mente desde hacía ya tiempo. Celia me animó para que lo comprara, como siempre hace, y con ello viera cumplidas mis ilusiones; pero el excesivo gasto de las fiestas y la condición no necesariamente imprescindible de mi capricho en cuestión cercenaban objetivamente mis expectativas. Una noche, de nuevo serví de conejillo de indias para los entrenamientos tarotísticos de Celia. Volvió a decirme que veía mucha fortuna y riqueza a mi alrededor, pero esta vez me comentó que estaba a punto de conseguir un buen pellizco de dinero, algo inesperado, como caído del cielo. No le concedí importancia, pese a su reiterada insistencia. Hasta tres veces repitió la tirada de cartas y, según ella, en todas las series se leía este pecuniario acontecimiento. Yo, por si las moscas, compré algún décimo de Lotería del Niño, pese a que Celia me había dicho que no era precisamente eso lo que intuía a “ver”. La tarde del día de Navidad fue aprovechada por Celia para formalizar algunos de sus más personales e íntimos compromisos. Yo, mientras, me quedé en casa, con el aburrimiento propio de ese día. Decidí salir a dar una vuelta, a pesar del intenso frío invernal que preludiaba una más que posible nevada. Caminé a lo largo de la calle Francisco Silvela, avenida por donde entonces se ubicaba nuestro domicilio, hasta llegar a la Plaza de Manuel Becerra. Me encontraba un tanto bloqueado, sin ningún pensamiento específico que entretuviera mi mente. Al atravesar la citada plaza leí en un rótulo de neón “BINGO ANDE”. Observé la cantidad de venerables ancianitas que entraban en la lúdica sala y sonreí maliciosamente, meneando la cabeza. “¡Con la cantidad de hambre que hay en el mundo para que se tire el dinero de esa manera”. De pronto, me puse a cavilar: – “Dinero, hambre, dinero, capricho, dinero, capricho, Celia, Tarot, capricho, premio…” –. Al rato, estaba compartiendo mesa en el interior de la sala de bingo con un par de señoras quienes, a base de repintado maquillaje, se empeñaban en aparentar menos edad. Estúpidamente, decidí jugarme 5000 pesetas. La sala estaba abarrotada y los premios eran considerablemente altos. A la segunda partida, anunciaron un premio especial acumulado. Como me aburre soberanamente este juego de bolas decidí invertir todo el capital restante en esa extraordinaria partida, para lo cual me senté en una mesa de esas que tienen una máquina para facilitar la lectura de los cartones. Comenzó la partida y, después de cantar línea, aprecié que en uno de los cartones me faltaban sólo cuatro números para hacer pleno. Me puse un poco nervioso y encendí un cigarrillo. Seguidamente, la pantalla me indicaba que sólo me quedaban el 7 y el 70 en un cartón para obtener el bingo, curiosamente, números con las mismas connotaciones judías que la estirpe de Celia. Miré, con mucha inquietud, hacia la pantalla central de la sala donde se ven las bolas que van saliendo y no me dió tiempo a ponerme aún más nervioso. Primero salió el 70 y a continuación el 7… Unas 325.000 pesetas gané. Luego de obsequiar con una generosa propina al personal de servicio me largué de allí con el dinero. A la semana siguiente, una lujosa edición de la Encyclopaedia Britannica presidía la biblioteca de mi hogar.
¡ Menudo harén ! 27 Junio 2008
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Esta entrada se la dedico a mi buen amigo José “McCoy”, en el día de su aniversario
Aquel año dejamos a los curas y nos inscribimos en una modesta academia para cursar el preuniversitario. Mi amigo McCoy y yo habíamos entablado una bella y sincera amistad durante los últimos años de nuestro particular devenir entre los escolapios y decidimos ir juntitos y de la mano a la academia, que no era asunto como para separarse ante los nuevos retos que la existencia nos tenía reservados. La única mujer que habíamos visto durante los sucesivos años de enseñanza piadosa era la señora de la limpieza, por lo que estábamos expectantes de ingresar en un centro mixto, con chicas por compañeras, toda una excitante novedad para nuestros temperamentos postadolescentes. El primer día de curso observamos, con la ardorosa concupiscencia propia de nuestra edad, que nosotros dos éramos los únicos varones de una clase repleta de chicas que nos parecieron auténticas preciosidades y que, sin duda, debieron serlo. McCoy me miró emocionado y me dijo: – “Menudo harén, Leiter” –. Salvo dos rezagadas, Alicia y Victoria, siempre ataviadas con unos estrafalarios modelitos protopunkies, el resto conformaba un colectivo monumento elegíaco a la belleza femenina: Marisa, Marien, Solín, Katu, Marta… Pese a nuestra sólida formación escolapia, la primera evaluación suspendimos unas cuantas, aletargados por el derroche artístico de unas mujercitas que impedían que nos concentrásemos en lo estrictamente académico. Yo me las prometía muy felices pero, como siempre me ha sucedido en estos menesteres, no me comí una rosca, todo lo contrario de mi amigo McCoy, que pronto se convirtió en objeto de deseo por parte de Marien, una espectacular chica que a sus 18 años exhibía un cuerpo tremendamente desarrollado y que llamaba la atención de los viandantes allá por donde fuera. Tonteaban, pero no se decidían; hasta que una víspera del Día de los Muertos, cuando nos encontrábamos un buen grupo de compañeras y compañeros de la academia en una conocida discoteca de la época, les vi besarse con pasión. Me dolió. Me puse un tanto celoso al pensar que, con esa relación, perdería una parte de la buena amistad que tenía con McCoy. Nada de eso. Más bien, sucedió todo lo contrario: Aparte de McCoy, gané la amistad de Marien, un encanto de mujer que al poco me contaba todas sus confidencias. Un día, incluso, me invitó a comer a solas en su domicilio. La chica, en la intimidad de su hogar, comenzó a aligerarse de prendas, para comodidad suya y calentón mío. El caso es que en un ataque de sinceridad, le comenté esta coyuntura a mi amigo McCoy y el muy cachondo se la transmitió a Marien, asunto que provocó que ésta fuese aún más melosa conmigo, ante la cómplice sonrisa de su dichoso novio.
Con el tiempo, conseguí que las chicas de mi clase se fijaran un poco más en mí, sobre todo a la hora de prestar apuntes o de explicar algún problema puntual de matemáticas. Marien y McCoy me advirtieron de que una tal Begoña, inseparable amiga pija de María, me miraba con excesiva insistencia, pero nunca me lo llegué a creer del todo. Por extraños azares, mantuvimos una buena relación con los miembros de otra academia y me acabé enamorando de una chica llamada Eugenia. Marien y McCoy me animaron a que tratara de ganarme algo más que su amistad y vieron con buenos ojos que yo iniciase una relación sentimental con Eugenia. Una tarde, Marien me dijo que esa chica estaba loquita por mí y que yo tenía que ser un poco más espabilado. Vamos, que debía tomar la iniciativa. Y así lo hice, siguiendo sus instrucciones, pero el bofetón que me dio Eugenia al intetar besarla por sorpresa pudo ser escuchado en todo lo ancho de la Plaza de España. Algo parecido me sucedió con Ruth, la antigua novia del “chino”, aunque esta vez sin beso y sin el correspondiente tortazo. Me entristecía ver como todos mis antiguos amigos se echaban novia y yo, mientras, seguía más solo que la una. Sólo me consolaba el hecho de que el señor Serna, profesor de Historia del Arte, afirmara públicamente que yo era el mejor alumno de esa asignatura y que, seguramente, todos los bombones que había en clase estarían encantadas de charlar sobre esta materia conmigo. Era obvio que el señor Serna se pitorreaba de mí.
Pero, sin lugar a dudas, la chica más guapa de todas las joyas de aquella inolvidable clase fue una tal Marta que vino ya comenzado el curso. Era tal la belleza que desprendía esta mujer que en ocasiones, incluso hoy en día, me suelo encontrar con su rostro en ciertos anuncios publicitarios. Marta nunca se apuntaba a las fiestas que organizábamos los fines de semana o a las improvisadas quedadas que arreglábamos en alguna discoteca. Dedujimos que tenía que tener un novio muy formal, ya que ella era muy discreta en referencia a ese tema. Acabado el curso, Marta nos invitó a toda la clase a una fiesta en su casa, un impresionante chalet situado en los alrededores de la calle de Arturo Soria. Allí nos quedamos todos con la boca abierta, no ya por el lujo y esplendor de la mansión de los adinerados papás de Marta, sino por descubrir que su misterioso novio era un fornido chico de color, algo bastante extraño en aquellos tiempos. Unas cuantas chicas y McCoy comenzaron a jugar al mentiroso, con un cubilete de dados, y el bromista de mi amigo no paraba de gritar, cuando le correspondía el turno, “¡Póker al negro!”, provocando alguna que otra sonrisilla de muy dudosa catadura moral. Superamos, felizmente, los exámenes finales y, exceptuando a Marien y McCoy, nunca volví a saber más de Pepa, Minuca, Solín, Sonia, Virginia, Mayte, Alicia, Victoria, Begoña, la otra Begoña, María, la otra María — una pequeñaja que salía con un cuarentón barbudo –, Katu, Margarita, Marisa, la otra Marisa y, cómo no, la bellísima Marta. Marien y McCoy siguieron juntos pero apenas duraron medio año y, desde entonces, tampoco he vuelto a saber nada de Marien. En honor a la verdad, fueron todas unas chicas estupendas y guardo un gran recuerdo de ellas y de aquel mágico año. Yo, por mi parte, seguí sin comerme un Sazi. Bueno; la verdad es que ese verano conocí a una chica durante una cola que hicimos para ver un concierto en el Teatro Real y, sorpresivamente, aceptó mi romántico beso de madrugada. Algo raro debió ver en mí ya que sólo duramos una semana y me dejó en plena celebración de mi cumpleaños. Pero eso corresponde ya a otra vivencia…
Mi tierra prometida IV 26 Junio 2008
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Me decoras el despertar de sobremesa
con un cielo remojado de ilusiones,
de recuerdo en los paseos,
de incertidumbre en las esperas.
Allí se recrean los tránsitos de gloria a pena,
tu figura de porcelana en millones de fantasías,
escenas de paraíso que nunca lograste descifrar.
Lánguida agonía de amores desbordados,
una postal de misteriosos sortilegios,
un beso fugado a la sombra de soportales.
Deliciosa expresión de soledades
a los bordes de la añorada alberca.
¿Qué manjar de lujuria probaron tus golosas enmiendas?
Si la fortuna se prostituye con sostenes de invidencia,
si de lujos derramados se pinta tu olvidada pobreza.
Sólo un bálsamo de antojos intermitentes,
una amistad de insolentes apariencias.
Me abro a tu circuito improvisado
entre losetas de áspera adherencia,
con tu montaña de miel como horizonte
y los cánticos que la tarde encierra.
Allí se recrean las estampas de sueños dorados,
la frágil miniatura de espumosa efervescencia,
retoños que se mancipan al vértigo de los abismos,
cómplices susurros de terciopelo en la intimidad;
una chispa emocionada de clareadas resonancias,
una interrogante nebulosa de tacto incognoscible…
Deliciosa expresión de soledades
a los bordes de la añorada alberca.
Un bichito muy molesto 26 Junio 2008
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Desde luego, don Jesús, que la vida a veces tiene condicionantes de muy difícil explicación y por más vueltas que uno le da, no se entienden bien las paradojas del destino. Su trayectoria política fue intachable, si exceptuamos aquella mácula franquista tan históricamente disculpable en los mismos hombres y mujeres que nos regalaron posteriormente la Democracia. Como buen doctor en ciencias físicas, supo ocupar altos cargos en aquel experimento político que fue la UCD, de donde llegó a ser el ministro que prometió más de un millón de pisos de protección oficial… No sé en qué quedó todo aquello, don Jesús, pero, al menos, la intención fue buena. De ahí, al ministerio de Trabajo, Sanidad y Seguridad Social, convirtiendo su nombre — Jesús Sancho-Rof — en uno de los más influyentes de toda la escena política de la época. Incluso algunos hablaron de un posible delfinato… Pero llegó aquella desgracia de la colza. En unas declaraciones, sin duda para intentar tranquilizar a una población que se estaba intoxicando de no se sabía bien qué, afirmó que el bichito ese de la colza era tan pequeño e inofensivo que si se caía al suelo se moría. ¡Madre del Amor Hermoso la que se lió con aquellas polémicas frases!. Se le acusó de ser insensible ante un problema que afectaba globalmente a la ciudadanía, de ser un mentiroso… En fin, don Jesús, que la política tiene esos oscuros recovecos que manchan sin remedio toda una brillante trayectoria. ¡Qué le vamos a hacer!
Diez pinturas inolvidables III (Galería de los Uffizi) 25 Junio 2008
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Ya estaba presto a viajar a Londres para salvaguardar los diez mejores cuadros de la National Gallery cuando, de sopetón, me llama Marian, la funcionaria de Correos, y me trae un telegrama procedente de Galicia: LEITER. stop. CATASTROFE INMINENTE. stop. OLVIDA LONDRES Y VE A FLORENCIA. stop. FIRMADO.stop. AMALIA. stop. La batalla cósmica es inevitable y parece que en Italia se están empezando a dar los primeros síntomas de la conflagración. La tarea es difícil y complicada: Tengo que salvar las diez mejores pinturas de la Galería dei Uffizi, como ya hice con la del Prado y el Louvre. Me encuentro abrumado y terriblemente responsabilizado por tamaña empresa. Espero que mi selección sea lo más acertada posible. O, por lo menos, que sea del gusto de Amalia. Ahí van esos diez cuadros:

1- MADONNA RUCELLAI de Duccio: Próxima al estilo artístico de Cimabue. Obra muy polémica que pone en cuestión el origen sienés del pintor. Armoniosas líneas angelicales, elegencia mayestática y ecos de lo que será la posterior evolución pictórica. Exquisita interpretación formal. Preciosa obra.

2- LA ANUNCIACIÓN de Simone Martini: La expresión de la virgen es una de las creaciones más poéticas y sublimes de toda la historia universal del arte. Gran ligereza en las soluciones lineales y perfecta armonización del colorido con el oro. Obra de máxima sensibilidad. Os cuento un secreto: Es la cara de mujer que más me gusta de toda la producción artística. Otra obra para arrodillarse.

3- MADONNA DE OGNISSANTI de Giotto: Uno de los pintores más importantes de la historia. Giotto es el auténtico vanguardista del arte pictórico. Existen rasgos de un futuro Miguel Angel, por el apretado enmarce y la robustez de las figuras. Grandiosidad del elemento central frente a las formas angélicales propias de una época superada (Cimabue y Duccio) El cuadro es un epígono entre dos movimientos artísticos. Una joya.

4- TRIPTICO PORTINARI de Hugo Van der Goes: Espectacular cromatismo y alto sentido del simbolismo, muy presente en esta obra. Enorme detallismo y sensibilidad. Observen la sandalia en la parte inferior izquierda (es una alusión al sacrificio de Isaac) y la columna (anuncio de la futura flagelación). Este cuadro encierra tanta vida que bien pudiera dedicársele toda una tesis doctoral. Una obra maestra.

5- EL BAUTISMO DE CRISTO de Verrocchio: Un hombre polifacético que, entre otras virtudes, fue maestro de Leonardo, Botticelli e, incluso se afirma, de Miguel Ángel. Dicen que esta obra lleva la mano del propio Verrocchio y de Botticelli y Leonardo. Es inconfundible el sello del de Vinci en la figura del Bautista y de uno de los ángeles. Intensidad colorística y dinamismo. Una obra para salvar dada la cantidad de genios que intervinieron en su elaboración: Ah, se dice que Verrocchio rompió los pinceles al ver los manejos de Leonardo… ¡ Seguro !

6- EL NACIMIENTO DE VENUS de Botticelli: ¿Se puede dibujar mejor? Es un cuadro que no tiene una académica perspectiva, lo que realza su valor. El rostro de la Venus enamora, induce y seduce. Genial técnica. Claridad de líneas en un esquema de marcado acento neoplatónico. Es el triunfo del dibujo frente a la masa cromática. Obra de madurez. Uno de los más grandes cuadros de todos los tiempos.

7- TONDO DONI de Miguel Ángel: Arrodillense de nuevo, que estamos ante una de las escasas obras pictóricas “portátiles” del gran genio florentino. Pronto se percibe la robustez plástica del maestro: La Virgen bien podría servir para ilustrar un anuncio de fitness-club. Perfecto modelado y arriesgadísimo sombreado. Obra clásica de configuración escultórica. Asombrosa belleza formal. Sigo de rodillas. ¡Viva el dibujo! (ahora que Tiziano no me oye)

8- RETRATO DE LEON X de Rafael: Obra de madurez del inmortal maestro de Urbino. Uno de los mejores retratos de todos los tiempos. La mala baba de los retratados se hace bien patente, lejos de los antiguos convencionalismos pictóricos. Grandiosa la gama de bermellones, el “color” preferido de Rafael. Insólita perfección en los ropajes del Papa, de pulcra e inmejorable técnica. Si me lo permiten, me llevo a casa este cuadro. Soy un enloquecido fan del gran Rafael. ¡Un pedazo de pintor! Le pese a quién le pese.

9- LA VENUS DE URBINO de Tiziano: Genial la incorporación de un perrito en sustitución del manido Cupido. Preciosa estampa compositiva en uno de los grandes desnudos de Tiziano. Perfecta disposición cromática, contrapuesta al dibujismo de Miguel Ángel y Botticelli. Magistral composición volumétrica. Figuras forzadas en escorzo impecablemente bien resueltas. Grandiosa obra.

10- LA ANUNCIACIÓN de Leonardo: ¿Creían que me iba a olvidar del Genio? Voy a ser pecaminosamente sincero: Salvo a esta obra de la catástrofe por el hecho de llevar la firma de Leonardo. Punto. Me gusta su composición… Y se acabó. Lo siento. El inigualable Leonardo se encuentra en otras obras.
Le llamaban Castellanito 24 Junio 2008
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Le llamaban Castellanito por su tremenda afición y fidelidad a una conocida marca de anisados. Durante muchos años fue el quiosquero más famoso del barrio gracias a sus excentricidades, provocadas de buen grado, por la excesiva ingesta del ya mencionado licor. Castellanito tenía un problema: Servía diariamente la prensa en casi todos los bares de alrededor y, fiel a su noble espíritu, en cada uno de ellos daba cuenta de una buena copa del transparente y dulzón líquido. De esta forma, el pobre Castellanito se encontraba ya bastante atufado cuando, a eso del mediodía, dejaba a un suplente en el quiosco y salía otra vez de ronda para pasar a los tercios de refrescante cerveza. Y como resultaba que Castellanito, pese a sus preocupantes dependencias, era una magnífica y sensible persona, dispuesto a ofrecer su desinteresada ayuda a todo aquel que lo solicitase, a veces era víctima de los malos hábitos de cierta gente que se aprovechaba de su ingenuidad. Así, uno que decía ser su amigo, se ofrecía diariamente para echarle una mano en las labores de venta del quiosco. Y, por lo que se vio, no le tembló el pulso para echarle mano también a la caja. Sorprendido por los extraños desajustes contables que no se correspondían con la venta diaria y alertado también por algún anónimo que de buena fe contemplaba semejante atropello, Castellanito descubrió el pastel mediante un pequeño anzuelo que el otro no tardó en morder en su compulsivo afán de apropiarse de lo ajeno. Castellanito estimó que la broma le había salido por unos cincuenta mil duros de la época, cantidad nada desdeñable. Pero ni denunció ni amenazó a tan falso amigo. Incluso le disculpaba: – “Si no es mal chico, lo que pasa es que…” –. Así era de buenazo Castellanito. Pero la diaria rutina, sin ninguna jornada de decanso, que conllevaba la dura tarea del quiosco empezó a hastiar a un Castellanito que poco a poco se iba agobiando y cayendo en un estado de crisis existencial, amplificado por los vapores etílicos que, lejos de aminorarse, se incrementaban de forma directa y consecuentemente proporcional a su progresiva depresión vital. Quería dejar el quiosco y buscarse un trabajo menos sacrificado. En muchas ocasiones comentaba que él era, en realidad, electricista y, gracias a la ayuda que le dispensaron sus hijos en el quiosco, empezó a acometer alguna que otra chapucilla por las tardes, con el objeto de labrarse una merecida reputación en el barrio e iniciar una nueva trayectoria laboral más amena. Todo parecía funcionar según lo previsto hasta que una tarde dejó sin luz a medio barrio y si no llega a ser por la intervención de Andrés “el chispa”, el electricista oficioso de la barriada, aquello hubiera acabado como el rosario de la Aurora.
Fue entonces cuando a Castellanito, cada día más sumido en su propia introspección, le dió por estudiar los comportamientos más insólitos del género humano. Y para ello no dudó en tirar de ciencia empírica, experimentando en su propia persona las distintas categorías conductivas. Así, entraba en los bares dando tumbos, simulando estar borracho. El problema surgía cuando, bien entrada la mañana y como consecuencia de los excesos alcohólicos, Castellanito se encontraba ya un tanto mamado y la gente no sabía discernir bien si la presunta borrachera era producto de una magistal interpretación dramática o bien era una penosa realidad. Se inclinaban mayoritariamente por esta segunda opción. En otras ocasiones, Castellanito se empeñaba en sostener verdaderos ejercicios de retórica y dialéctica con conocidos personajes del barrio cuyo denominador común era, precisamente, la falta de luces, con lo que las conversaciones desembocaban en un auténtico diálogo entre besugos. Y, claro, como no podía ser de otra manera, los clientes de los bares pensaban que Castellanito, de tanto pimplar, se había adherido definitivamente a tan patético subgrupo de perturbados. Pero lo peor sobrevino cuando decidió imitar a los numerosos mendigos que pululaban por los alrededores de la Iglesia de los Dominicos y fue visto y observado por numerosos conocidos que, ignorantes de los arrebatos interpretativos de Castellanito, dedujeron que el pobre quiosquero había degenerado en ídem. Como ya se sabe que a perro flaco son todo pulgas, los comentarios y chismorreos no tardaron en extenderse entre el vecindario y, como suele ser habitual en el madrileño barrio de Salamanca, de los hechos puntuales se pasó a las maliciosas exageraciones; todo aquello repercutió negativamente en el negocio y Castellanito pudo constatar como las ventas iban cayendo paulatinamente en picado, lo que le hundió más en su arraigada depresión. Esto, a su vez, provocó que comenzara a descuidar su aspecto personal, lo que se tradujo en una nueva oleada de rumores infundados. Para colmo de males, los comentarios acerca de los estrepitosos comportamientos de Castellanito llegaron a oídos de su entorno más íntimo y, desde entonces, el bueno del quiosquero vagaba más bien sin rumbo y tristemente solitario.
Quizás fuese para mitigar en lo posible esa dolorosa soledad, pero el asunto fue que Castellanito adoptó a un perrillo como compañero fiel de sus andanzas y desventuras. En casi todos los bares del barrio se le autorizó a permanecer con el perro, a sabiendas de que no presentaba mayores problemas que alguna aislada y puntual queja. El conflicto empezó a gestarse cuando Castellanito descubrió que el perro se zampaba todos los aperitivos de los tercios cerveceros y, como este hombre tenía un corazón tan bondadoso, comenzó a pedir raciones mixtas de jamón y queso exclusivamente para su perro, que si bien el can devoraba con envidiable apetito, desataba la reprobación general y unánime de una clientela que no entendía de privilegios zoológicos y, mucho menos, en un local de público servicio. Pero Castellanito, lejos de amilanarse ante tal afrenta, se enrocó aún más en sus tesis libertarias de canina restauración y una tarde solicitó una ración de chuletas de cordero para el ilusionado y babeante animalillo. El tema se salió de cauce y con todo el dolor de nuestro corazón nos vimos obligados a denegar dicha petición, para visible enfado de Castellanito y desventura del desdichado perrillo que se las prometía muy felices ante semejante y opíparo banquete. Poco a poco, con paciencia y algún que otro disgusto, Castellanito se fue desligando del quiosco, que pasó a ser gestionado por sus hijos. Se colocó como guardia de seguridad y, al menos, pudo ver cumplido su sueño de tener un trabajo con sueldo fijo, pagas, vacaciones y días de libranza. Hace tiempo que no sé nada de Castellanito. Si en alguna ocasión me lo encuentro, me gustaría preguntarle sobre el destino de aquel perrillo tan glotón.
Un respeto, por favor 23 Junio 2008
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Don Senén se sintió indispuesto volviéndo de misa aquel tórrido sábado por la tarde. Ya en el interior del portal, doña Lola observó el mal aspecto de aquel vecino tan solitario como huraño. – “¡Se encuentra usted bien, don Senén?” – Preguntó doña Lola, la portera. – “No… Estoy como mareado” – Acertó a responder. Y doña Lola, que de estas cosas entendía un montón, pensó: — “Este hombre está más tieso que la mojama. Hace ya dos meses que no me paga los recibos. Le haré una pipirrana, que apetece con esta calor…” — Y una vez que hubo doña Lola cerrado el portón de acceso a la finca, preparó la pipirrana y bajó con ella al piso de don Senén. Llamó a la puerta, pero nada, no hubo contestación. Doña Lola insistió, infructuosamente. — “¡Ay, pijo! ¡Qué a éste le ha dado algo!” –. Sin dudarlo, bajó al bar y telefoneó a la policía… Las sospechas se confirmaron cuando el agente de la Policía Armada logró forzar la puerta y, ante el agudo chillido de doña Lola, efectivamente, don Senén se encontraba más tieso que la mojama, desnudo de cintura para arriba y tumbado en la cama con la lengua hacia afuera. Tras las pesquisas, que duraron más de la cuenta al producirse el óbito durante el fin de semana, se averiguó que don Senén no tenía familia conocida, ni amistades, ni nada de nada. En un alarde de bondad, doña Lola solicitó al juez de guardia que, al menos, dejaran velar allí el cadáver para que los vecinos pudieran presentar sus respetos, ya que — “Pobrecico mío, está tan solico él y era tan buena persona… ¡Qué penica me da que se vaya al otro mundo sin que nadie le rece un Padrenuestro…!” –. El juez, conmovido ante las expresivas condolencias de doña Lola, accedió a sus peticiones. Con las primeras luces del domingo, se presentaron los de la funeraria con el arcón. Doña Lola los esperaba en el portal. – “Buenos días, ¿Dónde está el muerto?” –. — “Segundo izquierda” — Contestó Doña Lola. – “Muchas gracias” –.
Dispusieron el féretro con los restos del infortunado don Senén en el salón principal de la estancia, ligeramente inclinado de arriba hacia abajo mediante dos frágiles soportes de madera y escoltado por cuatro roñosos portavelas que doña Lola se apresuró a encender. Fue por la tarde, tras las calurosas horas de la siesta, cuando casi la totalidad de los vecinos acudieron al piso del fallecido para rezar algún que otro Rosario y, de paso, enterarse de algún chismorreo sobre la vida de don Senén. Doña Angustias, la nonagenaria madre de doña Lola, la portera, no paraba de decir: – “Guarden silencio, que está de cuerpo presente. Guarden silencio, que el Señor nos va a castigar” –. Pronto comenzaron algunos a trastear en los cajones y armarios del piso, siguiendo la iniciativa de una curiosa doña Lola. Sobre un aparador, la señorita Trini, la costurera, halló unas tijeras italianas. Doña Lola sentenció: — “Guárdelas usted, señorita Trini; total, van a ir a la basura…” –. De pronto, el tío Belarmino apareció en el salón portando una aparatosa gramola. — “Mirad lo que he encontrado… Esto… Si nadie la quiere…” –. Doña Balbina, la antigua propietaria del futuro bar de mi padre, puntualizó: – “Las botellas de aguardiente que hay sobre la repisa están sin empezar. Yo las podría dar salida en el bar…” –. Y, mientras, doña Angustias con su letanía: — “Un respeto, un respeto, que nos va a castigar el Señor” --. Iba transcurriendo la tarde cuando el sofocante calor del mes de julio motivó a que doña Lola abriera las puertas del balcón de par en par, al tiempo que murmuraba a la anciana de doña Angustias: – “Madre, échele unas goticas de anís al muerto, que empieza a oler…” –. Don Pío y doña Lola mantuvieron un conato de discusión acerca de sobre quién de los dos tenía más derecho a quedarse con una cubertería. Finalmente, llegaron a un acuerdo y la cubertería fue a parar a doña Lola mientras que don Pío se quedó con la suntuosa lámpara del dormitorio principal. Bien entrada la tarde, doña Angustias solicitó de su hija “un bocadillico de chuchaina, que le estaba entrando el apetito”. Doña Lola, en un gesto de impecable cortesía, preguntó a los allí reunidos si les apetecía picar algo y viendo como era tan satisfactoriamente recibida su propuesta, subió a su piso de la azotea a preparar unos cuantos bocadillos, llevando consigo dos pesadas maletas repletas de trastos que habían pertenecido al allí presente fallecido. Para no ser menos, doña Balbina abrió un par de botellas de vino que formaban parte de la extensa bodega que se había apropiado. Ante las peticiones y súplicas de don Pío, también desprecintó una botella de Anís del Mono. Y allí se encontraba todo el vecindario junto al cadáver, dando buena cuenta de los generosos bocadillos que había elaborado doña Lola y catando los buenos caldos de las botellas que se habían descorchado. – “No beba usted tanto, madre, que le va a sentar mal. Y el anís, ni lo pruebe” – Advertía doña Lola a su anciana madre. Esta replicaba: — “Solo un poquico, sólo un poquico… Tengan un respeto, señores, que nos va a castigar el Señor” –. Como era inevitable, los ánimos subieron del todo como consecuencia de la ingesta de vino y anís. Doña Balbina, muy a su pesar, no tuvo más remedio que abrir otra botella, esta vez de cognac. Ya de noche y, aliviados por una confortable brisa que entraba por los ventanales del balcón, doña Lola sugirió: – “Ande usted, señor Mino; ponga a funcionar la gramola esa, que tiene usted ahí muchos discos…” –. Y el tío Belarmino empezó por Luco Gatica, pasando por Jorge Negrete, para acabar pinchando pasodobles en la gramola. Algunos de los presentes se echaron un bailecito y todo, ante el aplauso de los reunidos y la total despreocupación del muerto. Doña Angustias advertía: — “Un respeto, por favor, que nos va a castigar el Señor… Ande, don Pío, écheme un poquico más de anís” –.
La brisa dio paso a un considerable viento producto de la tormenta eléctrica que se desató. No pareció preocuparles a los allí presentes, que seguían con su improvisado jolgorio. Doña Lola se arrancó con sus picantes acertijos… Y, de pronto, un descomunal golpe de viento seguido de una formidable detonación sonora, consecuencia de la caída cercana de un rayo, acabó derribando por completo el catafalco del muerto, que cayó del féretro ante el pavor de los allí presentes. De no ser por la rápida intervención de doña Lola, las velas rodando por el suelo hubieran acabado por provocar un incendio. Al pobre don Senén tuvieron que recolocarle de nuevo en el ataúd. Mientras procedían con tan macabro ejercicio, doña Angustias comentaba: – “¡Ay, que nos ha castigado el Señor! ¡Ay, que nos ha castigado el Señor!… Don Pío; mire usted a ver si queda una miajica más de anís… “–.
Los hechos aquí descritos tuvieron lugar unos pocos años antes de que un servidor viera la luz por primera vez. Me fueron dados a conocer en dos distintas versiones correspondientes a dos testigos directos. No pude apreciar diferencias sustanciales entre las mismas.
Una historia de altos vuelos 20 Junio 2008
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Siempre he sido un enamorado de todo lo relacionado con la aviación. Ya en mi adolescencia, muchos sábados tenía por costumbre escaparme al aeropuerto de Barajas y tirarme allí horas y horas viendo despegar y aterrizar todo tipo de aeronaves comerciales desde una preciosa terraza que luego, por desgracia, cerraron. Incluso hoy en día suelo escaparme algún sábado, también, con la bici hasta la cabecera de la pista 33L, para obtener buenas instantáneas de los aviones aterrizando. Quizás debido a las fantasías de lugares lejanos y exóticos que los aviones me inspiraban, quizás debido a otro tipo de fantasías más mundanas que acariciaban mi subconsciente al comprobar la sugestiva forma fálica de los aparatos en pleno despegue (sobre todo, los de motores traseros, tipo DC9 ó 727), el caso es que soñaba con poder volar algún día en uno de esos cacharros. Sin embargo, nunca me planteé convertirme en un admirado piloto debido a que, desde niño, utilizaba gafas como consecuencia de una progresiva miopía y, en aquellos tiempos no existían las técnicas láser-quirúrgicas que en un santiamén corrigen este defecto óptico. Además, yo siempre he sido más de letras que de ciencias… Con los años fui recopilando enciclopedias, libros y revistas de aeronáutica que devoraba con pasión y que, aún hoy, constituyen una sección considerable de mi biblioteca personal. Más adelante, con la llegada de los ordenadores personales, salieron al mercado numerosos programas de simulación de vuelo, algunos de ellos de excepcionales cualidades técnicas y visuales. Uno en concreto, el Flight Simulator de Microsoft, se convirtió en objeto de culto. Era un programa tan realista que algunas escuelas de aviación utilizaban el mismo software para introducir en los aspectos más básicos de la aviación a los alumnos. Este programa se sigue renovando cada tres o cuatro años y, la verdad, no deja de sorprenderme. No es broma. Para manejar aceptablemente bien este “juego” y sacarle partido se necesitan años de práctica. A mí no se me da mal del todo, después de tantísimas horas.
Con el tiempo, pude cumplimentar sobradamente mis sueños de viajar en avión; en una ocasión, incluso, unos amables pilotos turcos me dejaron acceder por unos momentos a la cabina viniendo de Estambul. Pero seguía sintiendo la necesidad de volar, aunque fuese en avioneta, y precisamente de eso me habló un amigo. Me comentó que había un tipo en el Aeródromo de Cuatro Vientos que se ofrecía a dar paseos de una hora en una pequeña monomotor a un precio que estaba dentro de mis posibilidades. Dicho y hecho. Contacté telefónicamente con aquel individuo y, lleno de ilusión, me presenté bien temprano en el aeródromo. Pronto conocí al piloto que habría de pasearme por la gorra que usaba, cuestión sobre la que incidió en nuestra anterior conversación telefónica. Y pronto, también, me di cuenta de que era un tipo muy peculiar. — “Esto… Sí, claro. Venga, que vamos retrasados. Luego tengo otro vuelo y he de repostar” – Este buen piloto era un hombre muy nervioso, acaparador de cualquier tesitura posible y muy hablador, con un incesante monólogo que impedía cualquier comunicación que excediera dos frases mías. Con estas, salimos hacia la avioneta y comenzó con la inspección visual. — “No olvides mirar los flaps. A veces se puede colar una serpiente… ” –. Yo asentía a todas sus inesperadas explicaciones y, puestos a decir verdad, agradecía tal torrente informativo. — “… Y los calzos. Nunca olvides retirarlos, ya que puedes capotar al dar gas” –. Por fin nos metimos en cabina. Era una pequeña Grumann de ala baja, algo frágil a simple vista – “… Pero robusta como un toro” – Añadió el piloto. Tanto los cuernos como el cockpit presentaban síntomas evidentes de desgaste. El aviador volvió a sorprenderme: – “Lista de procedimientos: Mezcla, bien; compensador, bien; timón, bien… Estupendo. No olvides ser amable con la torre. Escúchame como pido autorización… ” –. Me empezaba a caer simpático este hombre, con su inagotable verborrea explicativa que, dicho sea de paso, complementaba mis teóricos conocimientos. El piloto siguió con su clase magistral. – “Venga, toma ya el mando. No olvides que tienes rueda loca y has de compensar con frenos” –. Ilusionado, agarré los cuernos. ¡Me iba a dejar rodar en tierra! Pero lo más sorprendente llegó a la hora del despegue: — “Bueno, ya sabes. Incrementa poco a poco, suelta pedales y vete corrigiendo hasta 45 nudos con pié. Luego con cuernos. Cuando pases de 65 nudos, tiras suavemente… ¿ok? ” –. Yo creía estar soñando. Aquel loco quería que iniciase la maniobra de despegue… Comprobé que tenía mando en cuernos y, siguiendo sus constantes instrucciones, conseguí que aquello despegara sin mayores sobresaltos. Flotaba, tanto física como mentalmente. Alucinaba.
El vuelo consistió en ir y volver a Toledo. — “Muy bien… Esto… Leiter, te llamas, ¿no?. Estupendo. Ahí, hasta 3500 pies. Sigue el ADF. ¡No agarrotes los brazos, coño! Observa como yo lo hago… Así.” – Yo creía estar viviendo un sueño. Aquella avioneta estaba bajo mi mando (bueno, para ser sinceros, el piloto estaba continuamente corrigiéndome) — “Venga, llegando a Toledo. Giros. Ya sabes: Cuerno y pedal, suave. Mira como yo ataco y sigues… Así. ¡Muy bien! Vigila la altitud. No se te olvide nunca mirar antes de dar un giro. Correcto. Sintonizamos ADF de nuevo. Vuelta a casa. Estupendo… Leiter te llamas, ¿No?” – Pero una cosa es volar y otra aterrizar, lo más complicado sin duda. Ahí me corté. — “No, no. No me atrevo… “ –. – “¿Cómo que no te atreves, cagueta? Tanta instrucción para que ahora te rajes… ¡Ni hablar! Tu toma los cuernos que yo te compenso motor” –. Aquello ya no me hacía gracia. Estaba pálido. – “En paralelo. Bien. Poco a poco. Espera que meta un poco de flap. Bien. Ahora, una milla y giro final de aproximación. Vigila siempre la velocidad, que entras en pérdida sin darte cuenta… No, así no. Atiende como se da el giro.. Ahora. Toma la referencia que te he dicho… Ya está. En planeo. Despacio. No te preocupes ahora del motor, que lo tengo controlado. Más flap. Bien, bien…. Vete levantando para provocar pérdida… bien ¡Suave, suave! Ya casi está. Cuando toques suelo empuja timón para que no rebote… Ahí. Muy bien. ¡Bravo¡ Ya freno yo, ya freno yo… Con esto te valdrá… Leiter me dijiste que te llamas, ¿No? ” – Pero un servidor esaba mudo, sudoroso y con el corazón alta y peligrosamente revolucionado. Sólo me tranquilizaba saber que, en caso de algún riesgo, el tenía también el control del aparato. Fueron los peores momentos que pasé en mi vida. Pero lo mejor estaba por llegar. — ” Bueno, muchacho. Procura relajarte… Estás un poquillo verde aún, pero será suficiente con otra clase. Por cierto ¿Cuándo tienes el examen de VFR?” – Es imposible poder narrar la cara que puso aquel tipo cuando cayó en la cuenta de que me había confundido con un alumno de prácticas…
Juro por mi conciencia y honor que esta historia aconteció en 1991 y que es absolutamente verdadera pese a la inverosimilitud de la narración. Jamás he vuelto a contratar servicios aéreos semejantes. Una vez y va que chuta…
Siluetas enmascaradas III 19 Junio 2008
Posted by leiter in Ensoñaciones.add a comment
Cautiva de resignación te consideras,
expuesta a la punzante dentellada que el amor te ha compuesto,
al resplandor enamorado de tus sueños,
festín de fantasmas enloquecidos
que aterrorizan tu espíritu primerizo,
espíritu de resignación, cautiva de resignación.
Me contagias una fiebre bondadosa que no deseo
pues, todavía gira la ruleta
de mi expectante destino;
persistes en compadecerte recreando viñetas tenebrosas
con el placentero cosquilleo
del miedo instantáneo,
afilado colmillo que acecha tu cuerpo desnudo.
Y al clímax de tu inquietud,
cuando asumes los perfiles de la extravagancia,
rompo tus cadenas de plata y desventura
y me libero entre vítores imaginados;
me abrazo a la luz que ciega los desánimos
y me dejo seducir por traviesas siluetas enmascaradas
donde no llega el corazón,
donde las distancias se dilatan infinitas…
¡Con qué ingenuidad pretendes abarcar una frágil justicia!
Esbozando, incluso, una sonrisa lasciva,
tránsito a dimensiones majestuosas,
honor, poder y gloria…
Mas, a tus pies, se derrama como vino consagrado
el elixir de tu frustración;
te detienes en la frontera del riesgo
y los murmullos de ironía certifican de nuevo tu condena,
tu condena a permanecer, eternamente,
cautiva de resignación.
En primera persona del presente 18 Junio 2008
Posted by leiter in General.2 comments
Voy paseando por la calle del Conde de Peñalver, posiblemente la travesía urbana más paradigmática del peculiar barrio de Salamanca, esto es, con mayor número de venerables (y no tan venerables) ancianitos por metro cuadrado, y me encuentro con mi buena amiga Azucena, mujer de expresión poética que en absoluto delata su nervioso espíritu. Parece visiblemente alterada. Me comenta que acaba de asistir a una junta de vecinos del bloque donde habita y que el presidente de la comunidad, muy vivo él, ha solicitado una cantidad nada desdeñable de dinero en concepto de “gastos de representación”. Pago mensual y en efectivo. Como ningún otro vecino desea cumplimentar con esa obligación, han decidido, por mayoría, que el tipo siga en el cargo y han aceptado sus monetarias pretensiones. Dudo que sea legal. Azucena se muestra indignada. — “Mira, Leiter; a mí es que estas cosas me sacan de quicio. Ese sinvergüenza hace y deshace a su antojo, se lleva comisiones por todas las reparaciones comunitarias y, encima, pide un sueldo. ¡Vaya caradura! Pero a mí me va a oír. Voy a ir a su casa y le voy a decir: ¿Pero tú quién demonios te has creído que eres aquí? ¿Acaso el rey del mambo?” –. Azucena alza el tono de voz. – “Tú eres un canalla que se lo está llevando por la jeta. ¿De verdad piensas que yo también soy gilipollas? ¿Te crees que no sé cuánto te llevaste de comisión por encargar a esos amigos tuyos la reforma de la fachada?” –. La gente que pasa a nuestro alrededor se nos queda mirando. Empiezo a sentirme un poco incómodo. Y Azucena prosigue con su desahogado relato: — “De verdad, Leiter, es que es un desgraciado el tío ese… Pero ¡Con buena ha ido a dar! ¡No sabe quién soy yo! Esta misma noche subo a su casa y le digo: Pero ¿Cómo puedes tener tanto rostro?” –. Azucena vuelve a levantar el tono de voz. – “Como me entere de que cobras un duro por ejercer la presidencia te pongo una denuncia en comisaría. ¡Tú eres un jeta y un aprovechado!” –. Azucena, incluso, empieza a apuntarme con el dedo, en pleno desenfreno narrativo. – “… Y cada vez que se vaya a acometer una obra quiero y exijo ver todos los presupuestos. Se te acabó eso de que tienes un conocido que nos va a llevar muy poco. ¡Ladrón! ¡A saber la cantidad de dinero que habrás robado de la finca en comisiones!” –. Me ruborizo. La gente no deja de mirarnos y algunos hasta menean la cabeza al verme. Con la mano, intento calmar a Azucena y me ha de rogar para que, por favor, no me relate así sus vivencias, que parece que es a mí, precisamente, a quién está echando la bronca. Azucena me interrumpe, sonríe… Pero nada; no se entera. – “Que sí, Leiter, que yo soy muy buenaza hasta que un tío de esos me toca la fibra… Mira, al salir, me he cruzado con él y le he dicho, claramente: ¿Pero tú te crees que porque sólo vivan viejos en esta comunidad vas a poder abusar de ellos?” – Azucena vuelve, irremediablemente, a elevar el tono de voz. – “¡Que poca vergüenza tienes! No me extraña ni que tu mujer ni tus hijos quieran saber nada de ti. ¡Eres un mierda! Pero, ¡Ojo!, que yo tengo abogados, eh, y Ay de ti como yo me entere de que falta un céntimo en las cuentas. ¡Te juro que te meto en la cárcel!” –. Se formó algún corrillo junto a nosotros. Yo me sentía totalmente abochornado. Imaginaba que todo el mundo estaría pensando: Vaya rapapolvo que le está echando la mujer al pollo ese. Normal. Fíjate, si hasta tiene cara de mala persona. Y le ha amenazado la mujer con denunciarle. Seguro que es un maltratador; o un traficante; o uno de la ETA… ¡Menudo sinvergüenza!
En determinadas ocasiones, cuando exponemos algún relato a nuestro interlocutor, tenemos la costumbre de levantar un escenario virtual donde, a modo de grandes intérpretes, sacamos a relucir nuestras dotes dramáticas, con alocuciones en primera persona del presente que dan forma a nuestro preestablecido guión mental. Utilizamos a nuestro receptor como una mera representación de la subliminal e hipotética conversación que quizá ya haya tenido lugar o tal vez no, sirviéndonos, en este último caso, para liberarnos de la más que lógica frustración de unos deseos que se quedaron en el limbo y que, posiblemente, no seamos capaces de articular con tanta naturalidad si afrontamos tal referida situación en su cruda realidad. Si nos valemos de estos recursos para la elaboración de nuestro discurso en ámbitos de estricta intimidad, no existe el más mínimo problema. Pero otro asunto bien distinto es que en plena vía pública apliquemos tan elocuente teatralidad. Podemos dejar en apuros a nuestro infeliz interlocutor, máxime si adolece de cierta timidez existencial.








