Carta de amor para mi princesa favorita 31 Julio 2008
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Me puedo perdonar el hecho de cometer muchos errores en mi vida, pero jamás tendría consuelo si supiese que mis palabras te han podido herir o si te has entristecido por intentar ser sincero contigo. Me gusta poner las cartas boca arriba, en esa impresión que tu compañía me inspiró desde el primer día en que te conocí. Quiero poder contar contigo, ser tu compañero cuando las lágrimas enturbien tu felicidad existencial, tu cobijo cuando sientas que la soledad te amenaza o cuando tus propios problemas se conviertan en una pesada losa que no puedas aguantar. Quiero abrazarte y protegerte siempre que lo necesites, que sepas que yo estaré ahí preparado para acogerte en todo momento; quiero que entiendas que siempre estaré a tu lado cuando más lo necesites. En eso consiste la traducción de un “te quiero”. Al menos, desde mi punto de vista. Y no olvides, princesa, que yo te quiero, quizá más de lo que tú desearías y menos de lo que yo quisiera. Pero te quiero, así de sencillo; nunca lo olvides.
Amistad y amor son conceptos que en ocasiones se interconectan. No te preocupes por nada que ahora no seas capaz de entender. Apareciste en mi vida en el momento y lugar precisos, con tu sonrisa a flor de piel que cautivó mi desconsolado corazón. Con tu sinceridad y pragmatismo vital que provocó que mi ardor pasional preguntara por ti durante madrugadas repletas de signos de interrogación. Tú no tienes culpa de nada, y menos, de mis circunstancias. Estás ahí, tan cerca y tan distante a la vez, y el destino quiso que nos encontráramos. Nada más. Bajo ningún concepto quiero perderte porque sabes muy bien que eres una de las personas más importantes que se han cruzado en mi vida. No quiero encadenarte con falsas promesas y engalanadas palabras. Sólo quiero que seas mi amiga. Nunca haremos nada más de lo que únicamente tú y yo queramos hacer.
Repican aún en mi mente tus líneas dialogadas en vísperas de una alborada de sueños rotos e ilusiones perdidas. Princesa, la ilusión es lo único que puede hacer que los seres humanos seamos mejores personas día a día. Quiero darte las gracias por haberme enseñado tantas cosas durante estos tiempos en que nuestros particulares devenires se han cruzado como por arte de magia. Quiero decirte que eres una mujer adorable, que induces a la felicidad a todo aquel que tiene la virtud de poder estar en tu compañía y que me paso las horas del día mirando las manecillas del reloj y componiendo la mejor melodía. Sólo para ti. Quiero que sepas que me tu compañía me hace ser feliz, me hace ser el hombre más dichoso del mundo por el simple hecho de haberte conocido.
Imagino un mundo de olas y fantasías donde te miro a los ojos y te deseo como nunca a nadie he deseado, con tu figura viva acariciada por la brisa marinera y tu cuerpo menudo abrazado al mío. Déjame soñar, princesa, y déjame que te cuente lo que he soñado. Y déjame decirte también que el viento y el mar fueron testigos de la más hermosa melodía que mis oídos nunca escucharon y que para mi desgracia no pude apuntar en el pentagrama al precipitarse la realidad en forma de insolente despertador. No me moriré sin escribir una sinfonía, pero quiero que sepas que el compás lo estás poniendo tú. Como seguiré soñando contigo, estoy seguro de que estaré más atento para grabar en mi mente la música que tu recuerdo me inspira.
Ahora bien, como soy tu amigo sólo deseo tu felicidad. Será también la mía. Diviértete, se feliz, ponte el mundo por montera y disfruta, princesa, disfruta de todo aquello que estás deseando. Sólo te pido lo que tú ya sabes. No quiero llorar de infelicidad cuando la luna me sonría con aires de decadencia, cuando las estrellas del universo dibujen en mi soledad las cartas enamoradas de lo que pudo haber sido y no fue. Pase lo que pase, estaré siempre a tu lado y me faltará el tiempo para arroparte, para besarte en la frente y para decirte lo mucho que te quiero. Para que luego, con tu ironía, me llames “sultán”
No quiero perderte, así de simple y sencillo. He caminado mucho para encontrarte y no quiero ahora perderte bajo una aureola de estúpidos prejuicios que impregnan nuestra vida con espinas que hieren los sentimientos. Tú eres la rosa que da fragancia a mis pensamientos, que inunda de color mi vida y que llevo en mi corazón cuando tu imagen baña la melancolía que siento al verte desaparecer. Cuenta siempre conmigo, princesa. Y, por favor, no cambies. Deja que me siga enamorando de ti.
Los diez mejores conciertos para piano 30 Julio 2008
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Proseguimos con la responsable tarea de rescatar los mejores manuscritos musicales ante la cada vez más próxima catástrofe que se nos avecina. Hoy vamos a seleccionar los diez mejores conciertos para piano y orquesta, dada la trascendencia que tiene este instrumento a lo largo de toda la historia de la música. Nos hemos permitido incluir un pequeño concierto para clavecín de Bach por el motivo de que existen numerosas versiones disponibles para pianoforte y es habitual su interpretación con este instrumento en las salas de conciertos. Espero que os guste la selección que ya ponemos a buen recaudo. No me dejan descansar: Me están llamando para que seleccione las mejores suites y poemas sinfónicos… ¡Van a acabar conmigo!
1- CONCIERTO PARA CLAVECÍN EN FA MENOR (BWV 1056) de Johann Sebastian Bach: Existen series dudas sobre si el origen de esta preciosa obra es un original para violín o para oboe. Trabajo conciso y de difícil ejecución. Se suele interpretar sustituyendo el clavecín por un pianoforte o un simple clave que a menudo adultera el concepto inicial de la obra. El segundo movimiento — Largo — es uno de los movimientos más poéticos y sublimes del compositor alemán. VERSIÓN RECOMENDADA: Trevor Pinnock (director y clave) con la English Concert. ARCHIV.
2- CONCIERTO PARA PIANO Nº20 EN RE MENOR (K 466) de Wolfgang Amadeus Mozart: Dentro de la dificultad que supone decidirse por alguno de los 27 conciertos mozartianos para piano, he optado por el número 20. Temperamental y tenso primer movimiento, perfectamente estructurado. La Romanza del segundo movimiento es una de las páginas más brillantes de Mozart. Último movimiento de gran lucimiento introductorio orquestal, con magistrales diálogos sabiamente modulados entre piano y orquesta. De los mejores conciertos del salzburgués. VERSIÓN RECOMENDADA: Alfred Brendel con la Academy of St Martin in the Fields dirigida por Neville Marriner. PHILIPS
3- CONCIERTO PARA PIANO Nº4 EN SOL MAYOR, Op.58 de Ludwig Van Beethoven: Es mi concierto favorito del maestro alemán y uno de los mejores de toda la literatura escrita para piano. Suave inicio del piano que introduce a una orquesta que despliega toda una lluvia temática. El segundo movimiento es un contrastado diálogo entre una férrea orquesta y un piano que intenta amansarla. Lo consigue, en un final sublime. Tercer movimiento con hermosos y difíciles floreados para el lucimiento del pianista. Vigoroso y efectivo, con una coda monumental donde la orquesta se convierte en un simple cuarteto de cuerdas. Sensacional y equilibrada obra. VERSIÓN RECOMENDADA: Maurizio Pollini con la Filarmónica de Berlín dirigida por Claudio Abbado. Deutsche Grammophon
4- CONCIERTO PARA PIANO Nº2 EN FA MENOR, Op. 21 de Frederic Chopin: A pesar de que la orquesta juega un mero papel de acompañante, con escaso protagonismo, la partitura para piano es inmensa, una de las cimas de todo el período romántico. Primoroso primer movimiento, con larguísimos desarrollos melódicos. El segundo movimiento nos sumerge en una emotiva declaración de amor, de excepcionales cualidades armónicas y conseguidísimos rubatos. Tercer movimiento para valientes, donde la digitación de la mano derecha ha de ser perfecta para una correcta interpretación. Una obra que enamora desde el primer compás. VERSIÓN RECOMENDADA: Murray Perahia con la Filarmónica de Israel dirigida por Zubin Metha. CBS SONY
5- CONCIERTO PARA PIANO Nº2 EN SI BEMOL MAYOR, Op. 83 de Johannes Brahms: Auténtica sinfonía concertante con piano, es la obra cumbre de este género de concierto. Obra de grandes pretensiones. Un solo de trompa con eco pianístico introduce el primer movimiento, de gran desarrollo y perfectamente estructurado. Inconfundible aroma cíngaro en el segundo movimiento, con marcados contrastes entre piano y orquesta. Tercer movimiento de resonancias melancólicas, con gran protagonismo del cello. Culmina con una cristalina coda de sensaciones nostálgicas y llorosamente amorosas. De lo más inspirado de Brahms. El último movimiento contrapone el lirismo del piano a una melodía vigorosa de cuerdas en octavas de incomparable belleza. Obra imprescindible para todo aquel pianista que quiera labrarse una merecida reputación. VERSIÓN RECOMENDADA: Daniel Barenboim con la Orquesta New Philharmonia dirigida por sir John Barbirolli. EMI
6- CONCIERTO PARA PIANO EN LA MENOR, Op. 54 de Robert Schumann. Puede que sea la obra más profunda del autor. Más que un concierto, es un diálogo del piano con todas las secciones orquestales. Inolvidable tema expuesto por el oboe en el primer movimiento. Segundo movimiento delicado, tierno e íntimo. El tema estalla en el piano en el tercer movimiento, que concluye con una sensacional recapitulación. Una joya. VERSIÓN RECOMENDADA: Geza Anda con la Filarmónica de Berlín dirigida por Rafael Kubelik. Deutsche Grammophon.
7- CONCIERTO PARA PIANO EN LA MENOR, Op. 16 de Eduard Grieg: Obra de juventud que anticipa el genio del autor. Brava introducción del piano en el primer movimiento, con grandiosa cadenza final. Destacado protagonismo del viento en el segundo movimento, de gran lirismo. Tercer movimiento de marcado acento nacionalista nórdico. Arriesgadísimas armonías ingeniosamente resueltas. Obra muy “concertable”. VERSIÓN RECOMENDADA: Claudio Arrau con la Sinfónica de Boston dirigida por sir Colin Davies. PHILIPS
8- CONCIERTO PARA PIANO EN SOL MAYOR, de Maurice Ravel: Obra de gran virtuosismo pianístico, muy superior a la orquesta. Lucha de tonalidades en el primer movimiento. El segundo movimiento es una de esas piezas que nos invitan a la paz y a la bondad entre semejantes. De lo más bello que se haya escrito jamás para piano y orquesta. Fabulosa orquestación, de gran variedad tímbrica. Tras cuatro acordes, el piano inicia una carrera alocada en el último movimiento. Luego de una enconada lucha, el piano gana la batalla. Obra para verdaderos virtuosos. VERSIÓN RECOMENDADA: Martha Argerich con la Sinfónica de Londres dirigida por Claudio Abbado. Deutsche Grammophon
9- CONCIERTO PARA PIANO Nº2 de Bela Bartok: Riqueza inventiva y versatibilidad. Primer movimiento donde sólo interviene el viento y la percusión. Espectacular arranque del piano. Por contra, es sólo la cuerda la protagonista del segundo movimiento, magistral composición de mágica y envolvente atmósfera. De lo mejor de Bartok. Gran sonoridad pianística en el tercer movimiento, ya con toda la orquesta incorporada. Obra clave del autor. VERSIÓN RECOMENDADA: Maurizio Pollini con la Sinfónica de Chicago dirigida por Claudio Abbado. Deutsche Grammophon
10- CONCIERTO PARA PIANO Nº2 EN DO MENOR, Op. 18 de Serguei Rachmaninov: Polémico autor, desplazado de las vanguardias musicales de la época. Es, posiblemente, el último “romántico” de vida y obra. El concierto, guste o no, es de una belleza incontestable. Primer movimiento de grandes proporciones, con enormes acordes que requieren la mano de un gigante para su resolución. Dificilísimo. El segundo movimiento es de un lirismo sobrecogedor, un vivo retrato de la melancolía que envolvió al autor durante toda su vida. Inolvidable conclusión. Tercer movimiento con vuelta temática del primero. Espectacular apoteosis final. Es una obra que me enamoró desde el primer día. VERSIÓN RECOMENDADA: Vladimir Ashkenazy con la Orquesta del Concertgebouw dirigida por Bernard Haitink. PHILIPS
Vamos a ver si Alejandro… 29 Julio 2008
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Si por la calle Alcántara y sus alrededores era posible contemplar aún vetustos modelos automovilísticos que parecían sacados de una película de postguerra, se debía en parte a los buenos oficios de Alejandro, el mecánico y socio principal de un conocido taller de reparación y suministro para todo tipo de vehículos que estaba situado en la calle Ayala. Para Alejandro, aquel descomunal hombretón que era un vivo calco del cantante heleno Demis Roussos — pero sin la barba y el consabido bigote — no había avería de coche o moto, por enrevesada que fuera, que no tuviese solución. Y así le observábamos en el bar, ataviado siempre con aquel sucio y desgastado mono de trabajo azul, plagado de lamparones de grasa, y con la cabeza de una enorme llave inglesa sobresaliendo de uno de los bolsillos del referido mono. Alejandro era un hombre hecho a sí mismo, tosco, de rudas maneras, campechano, con ciertos ecos rurales en su forma de expresarse y con una generosa humanidad que le hacía granjearse el cariño y reconocimiento de toda la barriada. Solía aparentar que se enfadaba cuando le referían su enorme parecido físico con el mencionado Demis Roussos. – “¿Cómo coño voy yo a parecerme al pelangas ese?” – Decía con su grave y agrietado vozarrón – “Con la voz de mariquita que tiene… ¡Anda ya!” –. Aunque, durante las navidades, cuando por medio de aquella máquina juke-box de pinchar discos se escuchaba “El tamborilero”, Alejandro, con la mirada cabizbaja, componía un serio semblante y murmuraba: — “Desde luego, como canta esto Raphael no lo canta nadie…” –. Alejandro venía a comer al bar todos los días de labor, incluso algún domingo se dejaba también caer. Quizá fuese, porque, por el precio de un menú le servíamos dos primeros platos, dos segundos, una barra de pan y tres o cuatro piezas de fruta que devoraba como si tal cosa y con envidiable apetito. Y que no vieran sus ojos que en alguna otra mesa sirviéramos algo que le llamase la atención, que entonces no dudaba en solicitar: – “Oye, échame un poco de eso que le has puesto al vecino, que tiene muy buena pinta y hace mucho que no lo pruebo.” –. El buen saque gastronómico de Alejandro se correspondía con su formidable complexión física y con las energías que derrochaba a diario en su trabajo. Se decía de él que era capaz de levantar un palmo del suelo las ruedas de un coche con una sola mano y una vez le vi cargar a sus espaldas con dos pesadísimas bombonas de aire comprimido con destino a su taller. – “Alejandro, que te vas a herniar.” – Le decían. — “Que sabréis vosotros… Esto no pesa una pluma de paloma. Si me hubierais visto cargar en el pueblo con sacos de aceitunas, acabada la guerra. Esos sí que pesaban… Y más de diez kilómetros teníamos que caminar con ellos a las espaldas, con un calor que hacía que hasta las ranas llevaban cantimplora….” –. En el comedor-reservado del bar, Alejandro organizaba tertulias durante el almuerzo con taxistas y algún que otro mecánico de la EMT sobre las características técnicas de los coches de la época. – “¡Qué no, Paco, qué no! Quítate de la cabeza eso de cambiarte al Renault 12. Sigue con el 1500, que con dos o tres cosillas que le voy a hacer tendrás taxi para años.” – Le advertía a Paco, el taxista. No lo digo por desmerecer pero muchos de esos mecánicos de la EMT, hombres curtidos en mil batallas y cuya capacidad y recursos técnicos estaban fuera de toda duda, escuchaban con atención las explicaciones ofrecidas por Alejandro, un autodidacta que jamás había leído un libro sobre mecánica. Una sobremesa, en plena hora de los “cafés”, la vieja cafetera del bar se negó a ejercer su trabajo. Mi padre, con evidentes síntomas de nerviosismo, me dijo: – “Nada, no hay manera. Está atascada. Vamos a ver si Alejandro…” –. Y el bueno de Alejandro, con la primera de sus dos Farias en la boca, pasó al interior de la barra y comenzó a desmontar la cafetera, para desesperación de mi padre y de unos impacientes clientes. Al cuarto de hora, aquel cacharro volvió a expulsar café sin mayores problemas. – “Han sido los filtros, que los tenéis que limpiar más a menudo. Y la válvula del pistón, que está floja. Ahora mando al chico a que te traiga una goma del taller para que la sujete mejor… ” --. Por este tipo de milagrosas intervenciones, Alejandro era algo más que un respetable cliente para nosotros.
Pero hablar de Alejandro supone hablar también del que fue su noble y más fiel compañero, Skip, un precioso perro de acentuados caracteres dálmatas que le acompañaba allá por donde Alejandro fuese. Skip ha sido el perro más inteligente que yo jamás haya visto; sólo le faltaba hablar. En aquellos tiempos no existían las actuales normativas que impiden el acceso de los perros al interior de bares y cafeterías, por lo que era habitual que muchos clientes entraran a tomarse el aperitivo con su perro. Alejandro siempre venía con Skip, quién, lejos de molestar, buscaba el rincón más despoblado para tumbarse y, con un ojo semiabierto, controlar cualquier movimiento de su amo. Skip entendía a la perfección todas las indicaciones que le daba Alejandro: – “¡Ven!” – Y Skip venía. – “Siéntate” – Y el perro se sentaba. – “Saluda con la patita” – Y Skip saludaba con la patita. – “Vete al taller y tráeme el periódico, que me lo he dejado encima de la mesa” – Y Skip… Fue un sábado de mañana. Estaban Alejandro y Skip en el bar y surgió la duda acerca de a qué hora iban a retransmitir esa misma noche la final copera de fútbol. Ante la generalizada discrepancia, Alejandro quiso zanjar la cuestión por lo sano. – “Espera, que he comprado el As y ahí debe venir el horario… ¡Me cachis! Me dejé el periódico en el taller… ¡Skip! Vete al taller y dile al chico que te de el periódico, que está encima de la mesa de herramientas… ” –. Soy testigo de que Skip, mirando fijamente a Alejandro con la cabeza levantada, se dio media vuelta y salió por la puerta del bar rumbo al taller, que estaba cruzando la esquina de la calle Ayala. No pasaron ni cinco minutos y Skip regresó con el As entre sus mandíbulas… Pero, aparte, Skip coleccionaba cromos. Todas las tardes, con la segunda Faria, Alejandro, no satisfecho con todo lo que se había metido entre pecho y espalda para comer, se pedía un café en vaso y una serie de pastelillos de una conocida marca de repostería que llevaban en su envoltorio unos cuantos cromos con los que se podía completar una interesante y amena colección. Al abrir el plástico del pastelillo, Alejandro extraía los cromos y se los acercaba a Skip: — “¿Lo tienes?” –. Y el perro asentía o negaba con la cabeza según el cromo fuese una novedad o estuviese ya repetido. Ante la incredulidad de una atónita clientela, Alejandro repetía la operación cambiando aleatoriamente el orden de los cromos y volviéndoselos a mostrar a Skip. Y el perro repetía la selección con idénticos resultados. Según Alejandro, sólo le llegaron a faltar tres cromos para completar el álbum que guardaban en el taller. Pasados los años, una mañana hizo Alejandro su aparición en el bar con los ojos humedecidos. — “Skip… Estaba ya muy mayor y apenas veía… Se me murió anoche. Vengo del campo, de enterrarlo” –. Es imposible describir la impresión que daba el contemplar a Alejandro, todo un tiarrón, llorar a lágrima viva. Desde que Skip desapareció, Alejandro nunca volvió a ser ese hombre desenfadado y socarrón que todos habíamos desconocido.
Llegó el momento de la jubilación y Alejandro vendió a su socio las acciones del taller, que no tardó mucho en ser definitivamente clausurado. Sus visitas al bar eran ya del todo testimoniales y costaba hacerse a la idea de ver a Alejandro con ropa de paisano, sin su habitual mono de trabajo repleto de grasientas manchas. Entre visita y visita, observamos que Alejandro estaba cada día más delgado. Una tarde entró en el bar con una especie de pañuelo rodeándole el cuello y presentando notables dificultades para poder conversar. Aquel cáncer de garganta acabó finalmente con su vida. Es muy posible que en algún lugar del universo Alejandro se encuentre manipulando el mecanismo de combustión de alguna estrella que se niega a iluminar como Dios manda. Y es muy posible, también, que Skip esté recostado a su lado, haciendo como que duerme pero con un ojo abierto para controlar en todo momento lo que Alejandro se trae entre manos.
Encuentros muy casuales 28 Julio 2008
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Según se afirma en la filosofía reiki, la casualidad nunca define el encuentro entre dos personas, por muy eventual y breve que pueda llegar a ser. Cuando alguien se cruza en nuestras vidas significa, siempre según esta interpretación, el desarrollo de un complejo entramado de redes cuya dirección, en última instancia, corresponde a unos seres (entes) que se escapan a cualquier localización espacio-temporal propia del género humano. Encontrarse o reencontrarse con un semejante obedece a una causalidad desconocida por el ser humano y que se fundamenta en un intercambio de datos imposible de cuantificar en el estrecho parámetro de nuestra capacidad cognoscitiva. En fin, con independencia de estas teorías claramente influenciadas por la filosofía oriental, voy a narrar cuatro situaciones que se corresponden a otros cuatro encuentros experimentados por un servidor y cuya casualidad es un tanto recurrente. No sé si serán acciones casuales o causales; que cada cual saque sus propias conclusiones.
1- Durante al menos un año y medio, todas las mañanas, a las 09.10 horas, realizaba el mismo trayecto en el Metro de Madrid, concretamente en la línea 5. Me montaba en Diego de León y me apeaba en Callao. Tengo la costumbre de viajar siempre de pie en ese medio de transporte urbano y aprovecho el recorrido bien para divagar, bien para escuchar alguna novedad musical, antaño fuese en el walkman, hogaño en el digital reproductor MP3. Pronto me llamó la atención aquella chica rubia de tonos platinos y labios poéticamente sensuales que coincidía conmigo durante el viaje todas las mañanas. No es que fuese una mujer especialmente llamativa o de poderosísimo atractivo físico. Más bien, poseía esa belleza oculta que uno va descubriendo a diario, como cuando contemplamos un lienzo que nos cautiva y enamora. Comprendo que puede llegar a ser molesto que uno se sienta observado por otra persona sin ningún motivo aparente, así que me serví de forzar mucho el reojo, en un complicado escorzo visual para poder contemplar a esa chica, que debería tener mi edad, sin llamar mucho la atención. También me ayudaba en esta chismosa tarea el reflejo de las acristaladas lunas del vagón, pudiendo mirar sin problemas a modo de espejo. En resumidas cuentas, yo hacía un poco el gilipollas hasta la estación de Chueca, que era donde esa joven se apeaba. Jamás intercambié palabra alguna con ella durante aquel año y medio en que duró nuestra diaria coincidencia en el mismo vagón cuarto y puerta tercera y, pese habérselo rogado mucho al destino, nunca tuve la fortuna de que a aquella chica se le cayese el libro que leía o algún otro objeto para agacharme y recogérselo y, de esta forma, poder mirarla fijamente a los ojos aunque sólo fuesen unos segundos. Nunca supe ni quién era, ni como se llamaba, ni nada de nada. Ni siquiera conocí el timbre de su voz, aunque aquella mujer acabara por seducirme sin ella saberlo. Dejé de viajar por aquella línea de Metro y pasaron los años; y, por lo tanto, me olvidé por completo de aquel fugaz y platónico flechazo subterráneo. Una tarde, bajando a través del ascensor de mi finca, como un imprevisto “flashback”, me vino a la mente un repentino recuerdo de ella. Fue abrir la cancela del portal para salir a la calle e, instintivamente, miré hacia la derecha. Habían transcurrido unos siete años de aquellos casuales encuentros en el Metro de Madrid e, incomprensiblemente, por allí venía ella. Estaba tan preciosa como siempre y sus labios me parecieron irresistibles. Esta vez si nos miramos silenciosamente a la cara durante unos breves pero mágicos momentos. Pasados tantos años y en otra zona de Madrid, ¿Fue realmente un encuentro casual? ¿Por qué instantes previos a nuestro inesperado reencuentro me volví a acordar de ella?
2- Me llamó poderosamente la atención su forma de cantar en el Karaoke, así como sus bellísimos ojos verdes. Muchos viernes por la noche acudía a ese Karaoke sólo para escucharla cantar. Y si de paso surgía el rollito y ligábamos, pues mejor, ya que nunca la vi en compañías que prohibiesen tal coyuntura. No ligamos; ni llegamos a hablar, ni nada por el estilo, ya que yo soy lo suficientemente retraído para semejantes acuerdos, pese a que nos cruzábamos cómplices miradas, ella desde el escenario y yo acodado en la barra. Creo que nos atraíamos mutuamente pero fuimos tan bobos que no quisimos darnos cuenta. Pasaron algunos años, estando yo ya con Celia, y me la volví a encontrar una noche en una sala rociera próxima al Parque de El Retiro, zona un tanto alejada de donde se encontraba el citado Karaoke. Allí se encontraba bailando al son de “El desamor”, en la nueva y melancólica versión que acababan de estrenar los incomparables Amigos de Gines. Celia me dijo: – “Mira a esa chica, la rubia. Baila como forzada y se agarrota. No acaba de conjuntarse con su amiga…” –. Nos volvimos a mirar, jugando a que no nos estábamos mirando… Volvieron a pasar unos años. Una tarde sonó mi teléfono móvil. Era Miguel Ángel, colega de un departamento paralelo al que yo ocupaba en el centro de trabajo. — “Leiter, tengo a una chica en mi grupo que se está estropeando, no se encuentra a gusto. Es muy buena y tiene cualidades más que acreditadas, pero no acaba de encajar en el grupo. Ha solicitado el cambio… Tal vez contigo funcionase mejor.” –. Al día siguiente, en mi despacho, entró y me quedé de piedra. – “Hola, señor Leiter. Soy Isabel; ya le habrá contado Miguel… ¿Me acepta en su grupo?” –. Tras sacudirme la sorpresa que me provocó ver en mi despacho a aquella chica del Karaoke y de la sala rociera y, tras pedirle que se dejase de “don” y que me tratara de “tú”, mantuve una conversación de casi una hora donde le expliqué los procedimientos de mi grupo. Una vez concluida esta especie de “briefing”, bajamos a la calle a tomar un café. Pronto adquirimos mutua confianza y no tardé en desenfundar: — “El caso, Isabel, es que yo a ti te conozco de antes. Te he visto actuar en el karaoke de la calle Francisco Silvela… ” –. Isabel me dedicó una bella sonrisa y con total naturalidad, me dijo: – “Claro, tú eras aquel que no paraba de mirarme embobado desde la barra ¡Cómo no me voy a acordar! Se te iban los ojos tras de mí, pillo… Pero, tranquilo, eh, que les pasa a todos los hombres. Como yo soy tan guapa y atractiva…” –. Isabel tenía unas cualidades extraordinarias pero su problema residía en que se creía una diva. Si paseábamos por la calle y alguna avioneta publicitaria sobrevolaba nuestras cabezas era porque el piloto se había fijado en ella. En el Metro, solía decirme: – “Jo, Leiter, no te has dado cuenta de cómo me ha mirado el conductor… ¡Qué descaro! Como si una tuviera la culpa de ser tan guapa…” –. Intenté reconducir su carrera pero no pude conseguir tal pretensión. Isabel, pese a ser una chica estupenda, tenía un concepto muy sobrevalorado de sí misma, resultándome imposible moldear su personalidad en beneficio de su trayectoria profesional. Una mañana, Joaquín, el director del centro, me propuso si quería dedicarme única y exclusivamente a la formación, con unas condiciones económicas mejoradas. No lo dudé un instante y ello conllevó a que tuve que disolver mi propio grupo, fusionándolo con los de otros compañeros. Isabel se enfadó y se largó, no sin antes pasar por el flamante despacho del director general. Al día siguiente, Joaquín, en plan padrazo, me invitó a comer en La Taberna del Alabardero. — “Leiter, ¿Qué te ha ocurrido con Isabel?. Siento decirte que me habló mucho de ti, pero nada bueno…” –. Me dolió y me frustró. Hice todo cuanto pude por reorientar la carrera de Isabel, consentí con ella aspectos que a nadie más se los hubiera permitido, y cualesquiera de sus peticiones, algunas estrambóticas, fueron siempre por mí aceptadas. Era un diamante por pulir, pero no hubo manera de inyectar algo de modestia en sus modos. Ese fue mi fallo. Años después, nos volvimos a encontrar en el interior de un vagón de Metro (Está visto que ese subterráneo ferrocarril tiene extrañas vinculaciones esotéricas conmigo). Volvimos como al principio, con ese estúpido juego de mirarnos aparentando que realmente no nos mirábamos. Sentí pena y, a su vez, me sentí culpable. No hay situación que más me moleste en este mundo que el dejar de saludar a alguien. ¿Fue casualidad que nuestras vidas se cruzasen una y otra vez? ¿Y para epílogo tan triste?
3- Buenos Aires, Argentina: Me escapé unos días desde Sao Paulo para conocer mejor la capital platense. Nada más registrarme en la recepción del hotel contratado, el conserje se queda leyendo mi pasaporte y me dice: – “Escuchá, señor. Veo que mora usted en la cashe Alcántara de Madrid, España. Ashá tengo Sho un amigo. Si vos querés…” –. Pues bien, resultó que su amigo era un conocido mío del barrio, quién se puso muy contento con el álbum de fotos que su amigo argentino me rogó que le entregase a mi vuelta a España. ¿Fue casual que yo sirviera de enlace entre dos amigos que hacía lustros que no se veían y cuya ubicación distaba unos 10.000 kilómetros de uno con respecto al otro? ¿Fue casualidad que yo conociese de vista a uno de ellos y que viviese cerca de mi casa?
4- Anteriormente comenté la extraña y peculiar relación, diríase que misteriosa, que mantengo con el ferrocarril suburbano de Madrid. Quizás haya sido conductor de tren en vidas pasadas… ¿Quién sabe?. En esta ocasión, descubrí que esa relación era extensiva a los metropolitanos de otras ciudades del mundo. Me encontraba a bordo de un vagón del Metro de Sao Paulo, viniendo desde la Plaza del Seé en dirección a Santa Cecilia, en el barrio de Pacaembú. De pronto, un tipo y yo nos quedamos mirando. Se me acercó con circunstancial cara de dudas: – “Perdona… ¿No eres tu Leiter, el hijo de Caesar Imperator, el del bar de la calle Alcántara?” –. ¡ Mira que ir a encontrarme con un antiguo cliente del bar de mi padre en el Metro de Sao Paulo !. Resultó que aquel individuo tenía familia residiendo en el Brasil y había efectuado un viaje para reencontrarse con ellos. – “Bueno, bueno” – Me dijo – “Vamos a tomarnos unos chopis de cerveza… Oye, Leiter, de verdad, dejé de entrar en el bar de tu padre desde aquella vez que me quiso cobrar de más y… Hombre, si yo os aprecio mucho a todos vosotros y me dolió tener que tomar esa decisión…” –. Ya en Madrid, también hemos coincidido (¡¡Estaría bueno!!) y nos hemos tomado juntos unos chopis… Bueno, en Madrid se dice “cañas” de cerveza. ¿Fue casualidad que tuviera que encontrarme con aquel tipo en el Brasil para que por fin supiese por qué motivo había dejado de entrar en el bar?
Años de turismo 25 Julio 2008
Posted by leiter in Vivencias.2 comments
Sólo aquellas personas con las que he mantenido o mantengo una íntima relación saben que también soy diplomado en Turismo, actividad a la que, dicho sea de paso, jamás me he dedicado durante mi trayectoria laboral salvo una brevísima y tangencial colaboración autónoma con una empresa del sector. Durante algunos años, viajé mucho a lo largo de Europa y América y puede que de ahí me entrara el gusanillo de profundizar en la empresa y actividad turística. Observé que los contenidos de la diplomatura en turismo no eran especialmente difíciles e incluso mucha de su materia ya la había estudiado yo en anteriores épocas. Así que, tras sopesar los pros y los contras, decidí matricularme en el turno de tarde de una reconocida escuela de turismo, alternando esta actividad con mis matutinas obligaciones laborales. Por más que insistí en el centro de estudios sobre la posibilidad de que me convalidasen alguna que otra asignatura, presentando la acreditada documentación al respecto, no dio lugar y pasé por el aro como todo el mundo. Me asignaron por apellidos a un grupo de unos 25 jóvenes, casi todos recién terminado el COU. Por esta razón yo duplicaba en edad a casi toda la clase, incluso superando a la gran mayoría de docentes. Esta circunstancia me hizo sentirme el centro de atención del aula durante aquellos tres años que duró la carrera por parte de unos compañeros que no entendían muy bien qué pintaba allí un tío con barba, chaqueta y corbata, y tan mayor, compartiendo clase con ellos. Intenté comportarme como un alumno más, sin buscar en ningún momento protagonismo alguno o afán de privilegio, pero pronto me di cuenta de la gran diferencia sociológica que me separaba del resto de alumnos quienes, contra mis iniciales pretensiones de no inmiscuirme en sus asuntos o camarillas, me fueron incorporando poco a poco a su tren de vida, lo que me llevó a compartir experiencias, algunas agradables y otras no tanto. Ya durante el primer año académico noté una especial animadversión hacia mí por parte de un grupo de tres chicas, muy amigas entre sí, y que tenían en común la férrea defensa de los postulados feministas. No sé muy bien por qué motivo la tomaron conmigo aunque intuyo que quizás les molestase mi vestimenta o mi costumbre de tomarme medio whisky en el bar durante la media hora de descanso que teníamos todas las tardes. Quizá también se debiera a que, por la edad, mantenía animadas charlas con los profesores en los pasillos y con alguno de ellos llegué a tener una muy buena relación que se extendió fuera del ámbito estrictamente académico. Como yo había vivido épocas de estrecheces durante mi primera etapa de estudiante sabía lo duro que eso significa y así, muchas tardes, le pedía al camarero del bar la cuenta de lo que estaban tomando mis compañeros de clase durante el descanso, que nunca llegó a ser elevada y menos para los bolsillos de una persona sin compromisos y bastante desahogada económicamente por aquellas fechas. Vivía solo, no tenía excesivos gastos y ejercía un trabajo muy bien remunerado. Ese grupo de chicas era el que, veladamente, criticaba mi supuesta soberbia económica en lo que no significaba nada más que un arrebato un tanto paternalista para con mis compañeros. Aunque, por otra parte, jamás hacían ascos a mi invitación, claro está. Conseguí aprobar todos los exámenes parciales con inmejorable nota debido, como ya he comentado, a que muchas de las materias que se impartían eran del todo conocidas por mí. Además, a mi edad, yo me tomaba los estudios como algo estrictamente académico, sin las lógicas presiones de otros compañeros que iniciaban su andadura en la universidad con vistas a labrarse un futuro y, como consecuencia, acometía los exámenes con total naturalidad. Puede que esto provocase el recelo de algunos compañeros, por lo que pronto observé que a aquel grupo inicial de tres chicas que no estaban muy amistosas conmigo se fueron sumando nuevos efectivos. Se formó una extraña dualidad en el grupo, una manifiesta y clara separación entre chicas y chicos, estos últimos más amables y simpáticos en todo momento conmigo (Y, siendo sinceros, los que más se dejaban caer por el bar…) No le di importancia y trataba de mantenerme al margen pero las pocas veces que traté de extender el brazo hacia mis “enemigas” salí escaldado. Paradójicamente, me sentaba junto a ellas y, pese a todo, mantenía alguna que otra charla insustancial en los descansos entre clase y clase. Procuraba ser lo más correcto posible, pero me acusaban de ser un niño pijo del barrio de Salamanca y, también, de ser muy “facha” (????), apreciaciones diametralmente opuestas a mi particular forma de entender el mundo. Una tarde comprendí que eran del todo inútiles mis esfuerzos por intentar aplacar las deterioradas relaciones. Se presentó una de las chicas — la que solía sentarse justo a mi derecha — ataviada con un modelo en cuero negro, muy elegante y a contraestilo de como tenía por costumbre vestir. En plena clase, le dije con toda mi buena conciencia – “Te sienta muy bien ese modelo. Estás muy sexy” – Al oído, me contestó: – “Pues ya sabes lo que tienes que hacer: Te la coges con pinzas y.. ¡Hala!” –. No dejó de parecerme una vulgar ordinariez que no venía a cuento para nada. De todas formas, siempre tuve la sospecha de que algo no estaba haciendo bien para provocar esas airadas reacciones. Superé ese primer curso sin excesivos problemas y con brillantes calificaciones.
El segundo año fue el más dificultoso para mí, no ya por las materias a tratar, similares a las del curso anterior, sino por circunstancias personales que hicieron que no me encontrase en mi mejor momento anímico. Quizá por ello cometí uno de mis mayores y más imperdonables errores de toda mi vida. Ocurrió que, al empezar el curso, a una bella joven de veinte años que venía rebotada de otra escuela y que destacaba por su gran personalidad y madurez, le dio por sentarse junto a mí en las clases, conectando enseguida, por lo que nos hicimos muy amigos. Como yo siempre he tenido el defecto de que me acabo enamorando hasta de las moscas que sobrevuelan mi cabeza, intenté tontear un poco con ella, cosa que al principio no pareció desagradar a aquella chica. El asunto fue a más y una tarde, fuera ya de clase, la propuse que se fuese a cenar conmigo. Acabamos sentados en una terraza de su barrio a las cinco de la mañana y con claros síntomas de mutua embriaguez. No caí, o mejor dicho, no quise darme cuenta de que aquella joven, pese a su gran capacidad humanística y su contrastada personalidad, pertenecía a otro mundo muy diferente al mío, con su fresca juventud, y yo, en una actitud tan torpe como estúpida, pretendí llevarla a través de los senderos propios de mi edad, casi el doble que la suya. La dije que si quería inicia una relación conmigo. Incluso la animé para que se trasladara a vivir a mi apartamento. Creo que la chica se asustó aunque, a pesar de ello, estuvo charlando conmigo hasta las referidas horas de la madrugada, haciéndome ver lo equivocado que yo estaba. La noté muy disgustada por momentos y pienso que la decepcioné. Quizás ella buscaba una buena amistad conmigo y yo iba por otros derroteros bien distintos. El asunto fue que, posteriormente, estuvo sin dirigirme la palabra durante casi un mes y, con una ejemplar honradez no exenta de inteligencia, siguió sentándose a mi lado en clase, como si nada, para evitar rumores o suspicacias ajenas. Aquella situación me preocupó y me entristeció, cayendo en la cuenta de que yo había cometido un garrafal error del que estaba sinceramente arrepentido. Su conducta de seguir sentándose a mi lado fue una hermosa lección que aquella joven le dio a todo un “experimentado” ser como yo. Una tarde, al finalizar las clases, esperé a que todo el mundo se fuera y quise hablar con ella. Al principio se mostró reacia, pero tanto la supliqué que me escuchara que finalmente accedió a tomarse una cerveza conmigo. Aceptó mis disculpas y, sorpresivamente para mí, dijo reconocer que ella también había tenido parte de culpa por intentar jugar conmigo, aunque – “Leiter, se te notaba mucho que yo te hacía tilín…” –. Afortunadamente, firmamos la paz y desde entonces fue la mejor amiga que tuve durante todo el resto de la carrera y salimos varios viernes por ahí juntos, divirtiéndonos un montón y sin ningún arrebato que pudiera hacer peligrar de nuevo nuestra preciosa amistad. Me puso al día en música pop, de la que era toda una entendida. El binomio resultó del todo acertado en materia académica y superamos el curso sin agobios. El destino quiso que nos volviéramos a encontrar unos años después en la calle donde descubrimos que ambos trabajábamos. En más de una ocasión aprovechamos para ir a comer juntos y recordar los viejos tiempos. Su carrera en el mundo del turismo era más que prometedora y estoy completamente seguro de que hoy estará ocupando algún alto cargo en alguna prestigiosa empresa turística. Una semana antes de los exámenes finales ocurrió un hecho insólito: Me fui de copas con dos profesores con los que ya tenía mucha relación y confianza. Nos liamos y acabamos los tres en una barra americana — juro que no fui yo quién lo propuso –. No sé si algo tuvo que ver esta simpática aventura para que ambos me calificasen con matrícula de honor en las notas finales de sus respectivas asignaturas… Así se lo hice saber, con posterioridad, y me dijeron que una cosa no tenía nada que ver con la otra. Esa misma noche también nos liamos, pero sin pasarnos de lo políticamente correcto.
Poco antes de empezar el último año, durante el verano previo, conocí a Celia quién, con su paciencia, interés, sinceridad y sabiduría, consiguió reorientar mi vida, la cual se encontraba en un estado un tanto tumultuoso. Aquel curso me despreocupé del todo de la carrera y me dediqué más bien y por completo a mis asuntos laborales y a los derivados de compartir tu vida con otra persona. Hablé con la directora del centro de estudios y me consintió que sólo fuese a clase un par de días a la semana para recoger apuntes y demás. Apenas estudié y todavía no sé cómo pude sacar adelante el curso — estoy seguro de que muchos de los profesores me dieron un “empujón”. Lo mejor fue que, a punto de finalizar el curso y la diplomatura, se organizó una fiesta en casa de una de esas chicas que se llevaban tan mal conmigo desde el primer año (En concreto, la que me contestó con aquellas formas tan dialécticamente violentas). Fui insistentemente requerido para asistir y, al final, gracias a Celia que fue quién me convenció de acudir, accedí y pasamos una entrañable velada donde, aunque fuese ya al final, limamos en buena parte todas nuestras asperezas, al tiempo que yo también pude comprender los comportamientos lógicos de gente mucho más joven que yo. Por supuesto, jamás les llegué a contar lo de aquellos dos profesores y yo en un local de alterne…
Mi tierra prometida VI 24 Julio 2008
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Súbito relámpago,
sin avisar te presentas
e iluminas la noche de mi morada.
La hondura de tu grito me despierta
con los temores de la infancia
y a los brillos de tu celestial sinfonía
me traes como esposa a la alborada.
Desde mi terraza te contemplo,
orgía de luminarias desatadas,
abrochando las solapas de mis miedos,
refrescando las orillas de mi alma.
Me acaba seduciendo tu conquista de los cielos
en el tortuoso devenir de la húmeda mañana.
Se enfatiza el recuerdo
de tormentas ya lejanas
en el correr de los vientos.
Cuando los amores de blanca inocencia
tomaron por rumbo la discordia,
en soledad en corazones arrinconados,
en la esquina de un adiós como leyenda.
Donde la agonía de ilusiones enfermas
se humilló a los instantes del deseo,
con arrebatos de odio enmascarado,
entre lágrimas de cruel remordimiento.
Y a la inquieta sombra de pesados nubarrones
tu inspirada silueta se me fue diluyendo…
El ángel de María Dolores de Cospedal 24 Julio 2008
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Siempre se ha dicho que las mujeres de derechas son más guapas que las de izquierdas. La verdad, doña Lola, nunca me he mostrado del todo partidario de esta recurrente aseveración pero, en lo que a usted respecta, la norma se cumple y ¡ Vaya que si se cumple !. Ni los más viejos del lugar — y mire que abundan en su formación política — recuerdan a una secretaria general tan deliciosa y femeninamente bella. Yo creo que lo han hecho con cierta malicia: ¿Quién se va a negar a seguir sus directrices ante ese derroche de aterciopelado encanto que exhibe su rostro?. Porque, para ser sinceros, ver reflejarse la luz de un sol de atardecer en sus ojos debe ser algo así como una evocadora y poética experiencia mística. Yo no sé si su nombramiento obedecerá a esa nueva línea que han decidido marcar en su partido pero, desde luego, no han podido acertar mejor que con usted, doña Lola, con esa mirada de ensueño que cautiva incluso a las mentes más revolucionarias. Ya sabemos que las comparaciones son odiosas, pero ¡Qué diferencia entre su angelical espíritu y la horrenda y macabra sonrisa de su predecesor!. Cuídese y consérvese, doña Lola, porque pocas veces se ha visto mayor despliegue de embriagadora sensualidad en un cargo tan relevante dentro de su propio partido. ¡ Guapa, guapa, más que guapa !
Diez pinturas inolvidables IV (London National Gallery) 23 Julio 2008
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Por fin le llegó el turno a una de las mejores y más valiosas galerías de pintura del mundo. Mucho he recorrido con estos cuadros a mis espaldas pero, finalmente, están a buen recaudo. La catástrofe que amenaza a la humanidad puede pasar tranquilamente por Madrid, París, Florencia y Londres. Tengo en mi poder las mejores obras pictóricas de las pinacotecas más representativas de esas ciudades. No ha sido nada fácil componer una selección en la National Gallery aunque, gracias a los ánimos de mi amiga AMALIA, la empresa ha sido realizada con presumible éxito. Estos cuadros no acabarán siendo destruidos. Aquí están. Os dejo. Me llaman urgentemente del Rijsmuseum…

1- LA VENUS DEL ESPEJO de Velázquez: Vamos a empezar poniéndonos de rodillas, que estamos ante una de las grandes obras del mejor pintor de todos los tiempos. Único desnudo femenino del autor, lógico si tenemos en cuenta la época que le tocó vivir. Magistral juego de cromáticos contrastes entre las telas que escoltan a la diosa y su propio cuerpo. Formidable efecto difuminado del espejo, de gran rigor técnico. Escorzo sensual y poético. Nótense los distintos matices entre las pieles de Cupido y de la diosa. La cara de Cupido es totalmente impresionista. Un prodigio de cuadro.

2- EL MATRIMONIO ARNOLFINI de Jan Van Eyck: Quizás la mejor obra del pintor flamenco. Cuadro lleno de simbolismos. Impresionante maestría técnica en la utilización de un espejo cóncavo como punto de fuga. Entrada lateral de luz que nos anticipa a un futuro Vermeer. Detallismo y pulcritud cromática. Obra maestra entre las obras maestras. Me lo llevo a mi casa.

3- LA VIRGEN DE LAS ROCAS de Leonardo: Para muchos, mejor ésta versión que la del Louvre. Ejemplares gradaciones lumínicas. Cuadro de supuestas connotaciones esotéricas. Deliciosa la expresión del ángel, uno de los rostros más bellos de Leonardo. Extraordinario el efecto logrado de profundidad, aunque se nota la mano de algún discípulo. Ingenioso contraste entre el cálido primer plano y la gama fría de los fondos.

4- EL BAUTISMO DE CRISTO de Piero Della Francesca: Preciosa gama de tonos claros y transparentes. Los personajes llevan ropas de Umbría, posando de una manera casi distante con la escena. Cuadro “futurista” que nos intenta recordar la geometría abstracta, a la manera de un muy posterior Cézanne. Aspecto genérico de serenidad y armonía. De lo mejor del maestro de Arezzo. Un detalle para los amantes de lo enigmático: Las nubes, ¿Son tales o son ovnis?

5- LOS EMBAJADORES de Hans Holbein: Adivina, adivinanza: ¿Qué objeto misterioso aparece cruzado en primer plano? Obra maestra del autor y de todo el género del retrato. Grandiosa plasticidad y simbolismo. Los personajes se encuentran en los lados, dejando ver el centro del aparador, en una solución muy ingeniosa. Magnífico tratamiento de los ropajes. Una joya de cuadro.

6- LA CARRETA DEL MERCADO de Gainsborough: ¿Cómo no ponerse melancólico ante la contemplación de este cuadro magistral? Obra de madurez, con la que Gainsborough consigue plasmar todo el esplendor y riqueza de la naturaleza, su pasión. Paisaje otoñal de incomparable riqueza. Conseguidísimos efectos lumínicos. Perfecta pincelada. Magistral obra

7- LLUVIA, VAPOR Y VELOCIDAD de Turner: Nuevamente de rodillas, que merece este cuadro tal pleitesía. Torbellino luminoso donde Turner logra reunir los tres elementos que define el cuadro. Arriesgadísimo contraste de claroscuros. Magisterio en el empleo del color y perfecta combinación “alocada” de gamas y gradaciones. Una pena que Turner no pudiera pintar el olor a vapor… ¿Seguro que no? Dicen que Turner se asomaba a la ventana los días lluviosos para experimentar el golpeo de la lluvia…

8- VENUS Y MARTE de Botticelli: Insuperable maestría en el dibujo de Marte, de lo mejor del maestro, que nos recuerda al gran Miguel Ángel. Perfecta composición resolutiva culminada por la lanza que transportan los faunos. Contraste de estados entre la diosa y Marte, vida y pausa. Cuadro alegórico del matrimonio. Botticelli es un genio del dibujo y ésta es una de sus mejores muestras. Perfecto.

9- LA CENA DE EMAUS de Caravaggio: Voy a ser sincero: Caravaggio es un pintor que se ve muy favorecido en las ilustraciones y que decepciona un tanto al natural. Luego de esta pecaminosa advertencia, admiremos este cuadro. Las figuras de los tres discípulos superan totalmente la de un insustancial Cristo. Calidad pictórica fuera de toda discusión en las viandas de la mesa. Los personajes parecen sacados de una película italiana de posguerra. Buenísima la expresión del tipo que está de pie, a la izquierda. Inconfundible atmósfera tenebrista. Gran cuadro.
10- EL MAIZAL de Constable: Genial paisaje de resonancias bucólicas. Precisa y cuidada técnica. Hay un especial recuerdo a Claudio de Lorena en el tratamiento de la luz. Cuadro de infinita añoranza, demuestra el amor del autor por la naturaleza. Cuidadoso detallismo en la escena del niño junto al arroyuelo. Obra muy trabajada y felizmente resuelta.
José, el gerente más temible 22 Julio 2008
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Desde hacía alguna que otra semana no se hablaba de otra cosa en las tertulias que los mozos, reponedores, cajeras y demás personal del economato anexo al bar de mi padre organizaban a la hora del desayuno. Y tal persistente comidilla se refería al hecho de que el gerente de dicho supermercado estaba a punto de de jubilarse y, por lo que se rumoreaba, el sustituto no iba a tener tanta manga ancha como su predecesor. Una mañana, bien temprano, entró un hombre al bar con aspecto muy sombrío, de voluminosa complexión física, con el pelo totalmente engominado hacia la retaguardia y con ciertos aires agitanados que subrayaban las doradas cadenas que en cuello y brazos exhibía orgulloso. Me pidió, de forma un tanto sobrada, un café solo y una Castellana con hielo, que posteriormente resultaron ser dos. A la hora de pagar, con excesiva flema, me soltó: – “Oye, tú; atiéndeme bien si quieres que sea cliente habitual… Vaya birria de copas que me has puesto. En Villaverde Bajo, donde vivo, me echan el doble y me cobran la mitad… Pues sí que empezamos bien. A todo esto: Soy el nuevo gerente del economato y hoy es mi primer día.” –. Para ser sinceros, sus modos déspotas y altaneros no ayudaron a que José, que así se llamaba el hombre, se ganara mis simpatías desde un principio, aunque, debido a sus reiteradas visitas al bar, estábamos irremediablemente condenados a entendernos mutuamente. A su segundo día de estreno, José coincidió en el bar con los charcuteros del súper. Tras observarles un rato en silencio y con la mirada un tanto afrentosa, les espetó, delante de toda la clientela: — “¿Qué pasa con vosotros? ¿Es qué hoy no trabajamos?” –. Y los pobres charcuteros, ingratamente sorprendidos, no dejaban de mirar la copa de Castellana que empuñaba José en su mano izquierda. Peor suerte corrieron después las chicas de la limpieza que estaban tranquilamente desayunando en grupo alrededor de una mesa: – “¿Qué pasa? ¿Qué, vamos a estar toda la santa mañana de cháchara?. Levantad el nido ya, que está todo el local lleno de mierda…” –. Las mujeres palidecieron y una de ellas parecía estar al borde del llanto. Aquel tipo se las traía, con sus malos modos y su desbordada petulancia. Escuché decir a un mozo que “Había sido una lástima que a Carmela la hubiesen trasladado el mes anterior, que sino a ese cabrón le hubiera puesto las pilas…”. Llevaría poco más de quince días ejerciendo como gerente en el economato, cuando una mañana llegó al bar sin apenas saludar, como tenía por costumbre, y como yo ya sabía lo que tomaba — era un cliente de piñón fijo — le serví, sin que me dijera nada, el café y la copa de Castellana. Al terminar de beberse el café, miró hacia la copa y me dijo: – “Oye, tú. Y esto ¿Quién te lo ha pedido?” –. Me quedé de piedra. – “Es lo que usted suele tomar todas las mañanas, don José” — Argumenté. Arqueó las cejas, meneó la cabeza y con una chulería propia de un sheriff del condado me dijo: – “Nunca me vuelvas a servir una copa hasta que yo no te la pida, listillo” –. Fui a retirarle la maldita copa y me cogió de la mano: – “¿Pero a dónde vas tú, chaval? Deja esa copa ahí…” –. Me empezaban a cansar estas absurdas demostraciones de fuerza. Pero al día siguiente, por si yo tenía poco, me la volvió a liar: Entró en el bar y sólo le puse el café. Al cabo de un rato me dice: – “Tú, listillo. ¿Qué pasa con mi copa? ¿Todavía no te has aprendido qué es lo que yo tomo? ¡Qué no te enteras, chaval, que no te enteras!” –. El muy desgraciado me estaba vacilando sin complejos. Llegué a cogerle verdadera inquina a este individuo, del que no iba a estar dispuesto a que a mí me tratase tan despóticamente como a los empleados bajo su mando.
Una mañana tuve que entrar de urgencia en el economato para aprovisionarme con unas viandas de las que momentáneamente carecía en el bar. Al llegar a la cabecera de las cajas, caí en la desesperación ante las enormes filas de gente que pacientemente aguardaban su turno. En estas, llegó José hasta donde yo me encontraba. — “¡Coño, mira quién está aquí!” –. Inesperadamente, me pasó un brazo por el hombro y sonriéndome, me dijo: – “Ven, acompáñame” –. Llegamos hasta una de las cajas y, saltándonos todos los protocolos, le dijo a una de las cajeras: – “Tícale esto a Leiter, que luego paso yo a cobrárselo al bar. Tiene prisa el muchacho…” –. A decir verdad, pude escuchar alguna queja de los que esperaban la cola, pero agradecí la mano que me echó un extrañamente amable José. Con el tiempo, José fue dulcificando un poco su carácter y, pese a sus rudas maneras, no era ya insólito verle departir en el bar con algunos de sus empleados. Según me contaron, en el trabajo se mostraba duro y estricto con los empleados, pero les defendía a muerte en caso de que algún cliente expresara alguna queja a todas luces injustificada. Y tanto fruteros, charcuteros, panaderos, etc… Se lo acabaron reconociendo y agradeciendo. Fue al principio de otra jornada cuando cambiaron diametralmente mis iniciales prejuicios para con José. – “Buenos días, don José. ¿Café?” –. — “Sí, Leiter, buenos días… Y una copita de esas que tenemos por ahí. Oye, por cierto, déjate ya de milongas con el Don José, joder. Que yo no soy tan viejo. A mí me llamas de tú. Lo de usted lo dejas para esos carcas que viven en este barrio de señoritos y a los que tanto les gusta que se les dore la píldora.” –. Pronto me di cuenta de que, bajo esa capa de altanería y soberbia, bajo esos ademanes chulescos a más no poder, pese a esa apariencia de hombre temible y duro como una roca, frío, seco y cortante, se escondía un ser de enormes cualidades humanas, así como de un inmenso corazón. Y lo pude corroborar una vez que entró en el bar y observó a mi padre sentado junto a una mesa con los primeros síntomas de la enfermedad que acabaría por llevarle a la muerte. – “Oye, Leiter, tu viejo está muy mal… No debería permanecer aquí, en el bar.” –. — “Ya lo sé, José. Qué más quisiera yo que convencerle de eso; pero esta es su vida y sólo le van a poder sacar de aquí con las piernas para adelante.” –. No pasó ni media hora y José se presentó con un señor que portaba un maletín médico. – “Leiter, este es el médico de la empresa. Aprovechando que estaba por aquí le he dicho que pase un momento a observar a tu padre. Venga, don Caesar Imperator, vamos al reservado, que le van a tomar la tensión… Olvídese ya del negocio, hombre, que su hijo sabe defenderse de sobra.”–. Aquella tarde, en el tanatorio, cuando estábamos velando el cadáver de mi padre, me llevé una gratísima sorpresa al ver aparecer a José, en horas de su trabajo y con el uniforme de la empresa puesto. — “Lo siento, Leiter. Pero mejor así que como estaba… Bueno. Por cierto, ¿Aquí no hay bar?” –. Nunca me sentó mejor, y de hecho lo estaba necesitando, el tomarme un cubata con una persona como José en aquella calurosa y triste tarde de confusos sentimientos. Con su peculiar maestría y embrutecidas maneras, me aclaró muchas dudas existenciales que hasta entonces tenía.
José acabó por ganarse la unánime confianza y gratitud de sus empleados cuando ocurrió aquel suceso del que se habló durante días en todo el madrileño barrio de Salamanca. Estaba a punto de cerrar sus puertas el economato, ya casi de noche, cuando de un vehículo descendieron tres individuos portando unas escopetas recortadas. — “¡¡Esto es un atraco!! ¡¡ Rápido, el dinero!!” – A José, que estaba haciendo las cuentas entre la hilera de cajas, le encañonaron directamente. Según los posteriores testimonios de unas angustiadas y llorosas cajeras, el drama estuvo a punto de desencadenarse cuando José, con un terrible rictus de ira, le dijo al que le estaba apuntando: – “Coged todo el dinero de las cajas. Pero como se te ocurra hacer daño a alguno de mis empleados te juro por mi madre que no paro hasta dar con tus huesos, hijo de puta” –. Consumado el penoso incidente y al tiempo que toda la calle estaba repleta de coches-patrulla de la policía, José se escabulló como pudo y entró en el bar, pidiéndome una Castellana con hielo. Acto seguido, se metió en el reservado y se puso a llorar como una Magdalena. Cerré las puertas del reservado y prohibí terminantemente el acceso al mismo. Llegaron tiempos de cambio, de incomprensibles privatizaciones, y por aquel economato empezaron a merodear todo tipo de técnicos de ventas, de marketing y sabe Dios de qué más. A José acabaron por hartarle. En un receso, durante unos cursillos que la nueva dirección del economato estaba impartiendo para reciclar a sus empleados, coincidieron en el bar José y una joven que era la encargada de dar las clases sobre recursos humanos. José estalló: – “Oye, tú tendrás muchos estudios y todo lo que quieras, pero a mí no me vas a enseñar en tu vida a dirigir un supermercado. Esto hay que mamarlo desde pequeño y tú, perdona que te diga, no tienes ni puta idea. Mucha teoría y mucha hostia, pero hay que estar ahí, al pie del cañón, peleándote a diario con clientes, proveedores y empleados vagos…” –. José no duró una semana y aceptó la oferta que le propusieron en una reconocida marca de la competencia. Nunca he vuelto a saber más de él. Apuesto a que, dondequiera que esté, los empleados bajo su mando acabarán sintiendo admiración por él.
El lenguaje de las luces 21 Julio 2008
Posted by leiter in Acerca de Tánger, For your eyes only.2 comments
Ciertamente, el hermano Enrique nunca había podido superar su ancestral miedo a la oscuridad. Quizás fuese debido a las misteriosas y fabulosas leyendas que envolvían el devenir tanto de la abuela Valentina como de la tía Rafaela, pero lo cierto es que Enrique tenía pavor a ser víctima de algún sobredimensional encuentro con seres que en algún momento habían pertenecido a este mundo y que, ahora, sólo Dios sabe por dónde vagan sus ánimas. Por ello, el retorno hasta el patio Eugenio acabada la jornada laboral en pleno centro de Tánger, se convertía en una dramática experiencia justo al enfilar la calle Sevilla para, bajando unos escalones, acceder a dicho patio. No había ni una triste bombilla que alumbrara esa travesía, con lo que al caer la medianoche, momento aproximado en que tenía lugar el regreso, a Enrique se le alteraba tanto el corazón y entraba con tal palidez de rostro en casa que toda la familia comenzó a barruntar algunas ideas para evitar en lo posible los miedos y fobias nocturnas del hermano Enrique. La abuela Valentina aún conservaba alguna que otra influencia de aquellos tiempos donde su difunto marido era uno de los principales accionistas de la compañía de luz que abastecía a Tánger. Pero esas influencias no dejaban de ser eso, meras influencias, ya que un desalmado se aprovechó de la funcional ignorancia de la abuela Valentina a la hora de fallecer su marido y, mediante artimañas, consiguió que la pobre abuela estampara su firma en unos documentos que no eran otra cosa que la cesión de sus acciones a aquel despreciable ser, con lo que, de un día para otro, se vio despojada de todo cuanto su marido le dejó para criar a su extensa familia y poder vivir con cierta dignidad. En aquellos años, fue muy comentado en todo Tánger lo acontecido en aquel humilde patio durante la ejecución de unas obras de remodelación eléctrica. Esos trabajos suponían un desembolso económico inasumible para una desdichada abuela Valentina. – “¡Ay, Señor, Señor!. Con todo lo que mi marido luchó en aquella compañía y ahora nos vamos a ver a oscuras…” — Se lamentaba la abuela. Pero su hija, la tía Rafaela, se mostraba del todo confiada: – “Tranquila, madre. Papá no va a consentir que nos quedemos a oscuras. Me lo ha confesado en sueños.” –. Las labores de acondicionamiento eléctrico comenzaron y fueron cortando la luz a medida que se acometían las instalaciones por los barrios. Sólo mediante aquel desembolso y, una vez finalizada la obra, se volvía a dar el correspondiente suministro energético. Nadie, ningún ingeniero, ningún operario… Absolutamente nadie pudo saber cómo en aquella casa del patio Eugenio donde habitaba la abuela Valentina con su familia seguía disponiendo de luz eléctrica pese al corte de suministro en todo el barrio. Sorprendidos por esta misteriosa incidencia y atendiendo a las peculiares circunstancias con que la abuela Valentina había sido injustamente desposeída de sus acciones, los actuales responsables decidieron exonerar del pago a la misma, con lo que aquel problema, gracias a que siempre aparecen personas de buena voluntad en los momentos más difíciles, pudo felizmente resolverse. Aunque, como dije anteriormente, nadie supo nunca por qué motivo la casa de la abuela Valentina seguía con energía eléctrica pese al corte general. Bueno, la tía Rafaela sí que lo sabía: – “Ya os dije que papá me había dicho en sueños que no nos preocupásemos…” –
Las gestiones efectuadas por la abuela Valentina dieron sus frutos y unos operarios instalaron un pequeño farol de una sola bombilla para iluminar la entrada al patio por las noches, consiguiendo así que el hermano Enrique no pasara por los diarios apuros y miedos a la hora de volver del trabajo por las noches. Sólo había un pequeño reparo: Aquella luminaria debía ser accionada a las doce en punto de la noche, momentos antes de que el hermano Enrique regresara a casa, para ser luego desconectada por él mismo. Aquella luz no dejaba de ser un regalo de las autoridades municipales tangerinas y no era cuestión de derrochar luz a todas horas, máxime teniendo en cuenta que podía levantar las suspicacias de algún vecino envidioso. Así, todas las noches, y como si de una rutina se tratara, la abuela Valentina salía puntualmente al patio para enchufar el farol y de esta forma evitar los temores de Enrique. Aquella humilde instalación eléctrica supuso todo un bálsamo para el bueno de Enrique, de quién se dice que hasta le cambió el carácter y que llegaba silbando por las noches. Además, Lucero, el precioso perro pastor alemán que se instaló a vivir con la familia, le esperaba justo a la hora de la diaria venida de Enrique, con esa fidelidad y sentido de la orientación cronológica que sólo los perros saben tener. Curioso fue también el caso de Lucero. Pasados los años y en vista de que aquel animal no parecía poner freno a su sorprendente crecimiento, la familia decidió que lo mejor era que el perro se instalase en una finca de un conocido e íntimo de la familia, ya que este era mucho mejor hábitat para un can de sus dimensiones. Aquello le costó un enorme disgusto a Celia, cuya relación con Lucero llegó a ser tan fraternal como con la de cualquier otro de sus hermanos. Al poco de separarse de Lucero, Celia abandonó, como tantos otros, una ciudad de Tánger donde las cosas se empezaban a poner difíciles tanto para la comunidad española como para la hebrea. Celia no regresó de visita a Tánger hasta pasados siete años y entonces ocurrió un hecho tan magnífico como inexplicable: Se encontraba junto a las puertas del Hospital Español, atendiendo una visita, cuando a lo lejos divisó la figura portentosa de un extraordinario ejemplar de pastor alemán. Celia comenzó a pensar: –”No puede ser… Es Lucero; es mi Lucero.” –. Celia se encaminó hacia donde se encontraba el animal y, ya más segura que en sus iniciales dudas, pasó de las íntimas reflexiones a las abiertas exclamaciones: – “¡Lucero, Lucero!” –. Y aquel perro se abalanzó sobre ella, dándole todo tipo de lametones y cariñosas cabezadas. Efectivamente, aquel perro era Lucero y el noble animal tampoco había olvidado a Celia. Cuentan que fue difícil separarlos y no se sabe muy bien si al perro de Celia o a Celia del perro…
Una mañana, la tía Rafaela amaneció con el rostro serio y muy desencajado. Algo extraño le ocurría y toda la familia se temió lo peor. A la semana siguiente la abuela Valentina falleció plácidamente… Todo el barrio español de Tánger lloró la pérdida de una persona que había hecho mucho, bueno y desinteresadamente, por los demás y que con su conducta contribuyó a forjar la leyenda de un Tánger abierto a todos, donde nadie, viniese de donde viniese, se sentía extranjero o desamparado. Se celebraron las exequias fúnebres dentro de la intimidad familiar, aunque riadas de gente acudieron procedentes de todas las barriadas tangerinas al patio Eugenio para expresar sus condolencias a la familia. Pero la vida seguía y todos hubieron de volver al tajo. Fue precisamente aquella primera noche, ya enterrada la abuela Valentina, cuando Luisa, la hermana mayor que se hizo cargo de la familia, observó como “algo” la estaba tirando del pelo, ya acostada en la cama. – “Lucero, deja mi pelo en paz, que estoy muy cansada y quiero dormir, anda… ” –. Pero, lejos de aminorarse aquel tirón capilar, se acentuó y se volvió molesto y doloroso por momentos. — “¡Lucero, por favor; Deja ya de tirarme del pelo!” –. A Luisa le extrañó el gran silencio que rodeaba la estancia. Inquieta por tal circunstancia, se levantó de la cama y vio, con sorpresa, como allí no se encontraba el perro. Salió hasta el recibidor y contempló como Lucero se hallaba recostado en el suelo, con los ojos semicerrados. Luisa miró hacia el viejo reloj de pared y dio un respingo: – “¡Son casi las doce de la noche! ¡Dios mío, el farol! ¡He de enchufar el farol, que está a punto de llegar Enrique…!” –
Enrique falleció hace ya más de un año en Málaga tras varias semanas de dura y triste agonía. Tal y como fue su deseo, sus cenizas fueron depositadas bajo un olivo… Quiero que esta entrada sirva de homenaje en su recuerdo.


















