Las diez mejores sinfonías 9 Julio 2008
Posted by leiter in General.24 comments

No hay manera. Voy vagando con mi bicicleta con las diez mejores obras pictóricas de la National Gallery que he podido salvar de la catástrofe inminente que nos amenza y recibo un correo de AMALIA donde se me sugiere — para mí, las sugerencias son sinónimo de obligaciones — que intente salvar también los manuscritos de las mejores obras de la llamada música clásica. Y yo aquí con mis cuadros… Accedo a la petición pero juro que la próxima semana depositaré los cuadros londinenses, que ya me están empezando a pesar y no puedo subir bien las cuestas. Además, me han llamado también del Rijksmuseum, del Orsay, del Thyssen, del… Bueno, hoy he empezado buscando por los conservatorios de música de toda Europa y he rescatado de la catástrofe estas diez sinfonías. Ya tengo los manuscritos, son estos:
1- Sinfonía nº41, “Júpiter” , K 551 de MOZART: De los mejores legados del genio salzburgués. Ya se escuchan ecos del incipiente romanticismo. Obra perfecta tanto en estructura como en desarrollo. Su último movimiento, con magistrales modulaciones y arriesgadas fugas, representa la cima sinfónica mozartiana; un verdadero prodigio con un motivo tan aparentemente sencillo. Imprescindible. VERSIÓN RECOMENDADA: Karl Böhm con la Filarmónica de Berlín. Mejor con la de Viena en una grabación posterior. Deutsche Grammophon.
2- Sinfonía nº7 op. 92 de BEETHOVEN: “La apoteosis de la danza” en palabras de Wagner. Obra que requiere de una equilibrada ejecución por parte del director orquestal. Representa el lado optimista de Beethoven, apasionado por el ritmo. Magistral desarrollo de los temas. El trío del tercer movimiento es de lo más inspirado que haya compuesto jamás Beethoven. El cuarto movimiento, desenfrenado, delata al mal director de orquesta. Toda una explosión rítmica. VERSIÓN RECOMENDADA: Rudolp Kempe con la Filarmónica de Munich. EMI

3- Sinfonía nº2, op. 73 de BRAHMS: La más lírica y poética de las cuatro sinfonías del compositor hamburgués. Todo el primer movimiento se construye en base a un simple motivo de cuatro notas y su posterior desarrollo es algo sólo reservado a genios. Bellísimas combinaciones tímbricas en todo el conjunto. Obra dulce, melosa y melancólica. Paradisíaco epílogo del primer movimiento. Sinfonía que nos sirve de apertura a un Brahms más profundo. VERSIÓN RECOMENDADA: Herbert Von Karajan con la Filarmónica de Berlín (grabación de los años sesenta). Deutsche Grammophon
4- Sinfonía nº2, op. 61 de SCHUMANN: El tercer movimiento – adagio – es una de las cumbres artísticas de todo el período romántico. Magnífico arranque del primer movimiento, con un leitmotiv en salto de quinta que se reproduce a lo largo de toda la obra. Sinfonía entrañable y pastoralmente bucólica por momentos, de fácil y agradecida audición. Contra todo lo que se ha escrito al respecto sobre Schumann, es una sinfonía exquisitamente orquestada. A mi juicio, la mejor de su colección. Es la obra de un ser profundamente enamorado… VERSIÓN RECOMENDADA: Giuseppe Sinopoli con la Filarmónica de Viena. Deutsche Grammophon
5- Sinfonía nº9, D.944, “La Grande” de SCHUBERT: Algunos, maliciosamente, afirman que si bien la 8ª es la “Inacabada”, la 9ª es la “Inacabable”… Obra de grandes pretensiones, supone un monumento a la estructura formal de la sinfonía. Grandioso primer movimiento, trabajadísimo desde el punto de vista compositivo. Arriesgadas armonías en algunos pasajes, perfectamente resueltas. Monumental sinfonía que nos hace imaginar hasta dónde hubiera sido capaz de llegar este músico de no fallecer tan prematuramente. VERSIÓN RECOMENDADA: Sir George Solti con la Sinfónica de Chicago. DECCA.
6- Sinfonía Fantástica, op. 14 de BERLIOZ: Un precioso experimento que en cierto modo puede considerarse como un bello “poema sinfónico”. Insistente leitmotiv a lo largo de toda la obra. Buenísima orquestación, muy aparatosa para la época. Obra que facilita el lucimiento orquestal, requiere de un conjunto muy disciplinado para una correcta ejecución. Brillantísimos los movimientos 2º y 4º. VERSIÓN RECOMENDADA: Sir Colin Davies con la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam. PHILIPS
7- Sinfonía nº7 de BRUCKNER: En mi opinión, la sinfonía más grandiosa y perfecta jamás compuesta. Obra de trascendente inspiración, revela el carácter pusilánime del autor. Es un grito, una súplica, un deseo, un adiós… La orquesta trabaja por secciones, delatando al Bruckner organista. Fabulosos desarrollos, tremenda potencia de las cuerdas y gran protagonismo de maderas y metales. El adagio, de connotaciones funerarias y cuasi místicas, es de una belleza inigualable, magistral monumento a la MÚSICA. Su interpretación es todo un reto para cualquier director. VERSIÓN RECOMENDADA: Carlo María Giulini con la Filarmónica de Viena. Deutsche Grammophon.
8- Sinfonía nº5, Op. 64 de CHAIKOVSKY: Sin ser uno de mis compositores predilectos, he de reconocer que esta obra me enamora. Extraordinaria orquestación que se corresponde a un magnífico tratamiento melódico. El segundo movimiento es la joya sinfónica del maestro ruso, inolvidable introducción en solo de trompa sobre fondo aterciopelado de cuerdas en pianíssimo. También hace uso de un leitmotiv a lo largo de la obra. A diferencia de otros trabajos del autor, las transiciones son bellamente resueltas… VERSIÓN RECOMENDADA: Lorin Maazel con la Filarmónica de Viena. DECCA
9- Sinfonía nº1 “Titán” de MAHLER: Quizá no sea la sinfonía más completa de Mahler pero sí la más atractiva y ligera (junto a la cuarta). Espectacular arranque en agudo pianissimo de cuerdas sobre el que brota el motivo principal que nos mete de lleno en el mundo fantástico del autor. Excelente tratamiento orquestal con una conseguidísima instrumentación. Osadas armonías que dejan entrever el alto nivel técnico-compositvo de Mahler. Obra de profundos contrastes. Apoteósico final. VERSIÓN RECOMENDADA: Bernard Haitink con la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam. PHILIPS.
10- Sinfonía nº1″clásica”, op. 25 de PROKOFIEV: Deliciosa obra a modo de homenaje al clasicismo formal vienés (Haydn). Es una miniatura magistralmente cimentada en base a un rigor académicamente clásico. Obra modernista que resulta muy agradable de escuchar. No es la cima, ni mucho menos de Prokofiev, pero a mí me encanta esta obra. Perfecta orquestación. Singular y genuina como ninguna otra sinfonía. VERSIÓN RECOMENDADA: Sergiu Celibidache con la Filarmónica de Munich: TELDEC
Sobre el cuerpo y la belleza 9 Julio 2008
Posted by leiter in General.2 comments
No hará dos semanas que me encontré con una antigua amiga que, por circunstancias de la vida, no veía desde hacía un más de lustro. Clara nunca fue una mujer de esas que consiguen que los hombres cambiemos la orientación de nuestras miradas de cruzarnos casualmente por la calles. Con unos problemas cutáneos que salpicaban su cara con toda una suerte de molestos y antiestéticos corpúsculos, sumados a un descuidado de por sí aspecto personal, Clara siempre fue una estupenda chica que escribía poemas en sus solitarias noches, que gustaba de escuchar la brumosa música de Brahms y que, con preocupante frecuencia, caía en unos estados melancólico-depresivos que la postergaban varios días en cama, enfadada con el mundo y con su presuntamente irremediable desventura. Según me confesó en repetidas ocasiones, Clara soñaba desde niña con fundar una larga y numerosa familia, subrayando así su amor por la pedagogía y la docencia, sus dos pasiones académicas. Pero, desgraciadamente, sus evidentes problemas físicos daban al traste con todas sus aspiraciones de conocer varón para tal menester, al menos, de la manera en que ella siempre soñó, muy en el tono de leyendas exóticas y príncipes azules. Lamentablemente, los años fueron pasando y Clara no acababa de cristalizar una relación estable. Tuvo algunos romances, pero una maldición parecía presidir todas y cada una de sus relaciones, ya que los pretendidos con los que ella soñaba, no le hacían ni caso; y, por contra, sus pretendientes, no parecían ser del gusto de Clara. Ella siempre fue un tanto rebelde y prejuiciosa… ¡Jamás pude imaginar que la persona con la que me reencontré el otro día fuese Clara! ¡Estaba físicamente reconvertida! Ella se percató de mi extrañeza y me dijo: — “Leiter, ¿A que estoy guapa? Una amiga me recomendó acudir a un salón de belleza allí en mi barrio, en Moratalaz, y te puedo decir que mi vida ha cambiado…” –
Siempre he sido un declarado enemigo de esas personas que, inconformes con los aspectos físicos que la naturaleza ha tenido a bien en dotarles, acuden a centros clínicos y de belleza para solventar unas carencias que, en la mayoría de los casos y paradójicamente, sólo ven ellas mismas. Pero el caso de Clara me ha hecho replantear este inicial concepto mío, todo por el hecho de observar que el cambio que produce en una persona no se ciñe sólo y exclusivamente a aspectos físicos, sino también a una reordenación de sus planteamientos psico-afectivos. Clara había conseguido, y esto es lo más importante de esta cuestión, sentirse por primera vez en la vida “gustada” y “deseada” y ello coadyuvó en un cambio de carácter, pasando de ser una mujer que se enfrentaba a la defensiva en sus relaciones sociales a saber llevar la iniciativa y, sobre todo, poder elegir entre las nuevas y diferentes disyuntivas que ahora la vida parece querer otorgarla. Cierto es que existen personas absolutamente obsesionadas con el ideal de belleza, cuyos testimonios, en ocasiones, resultan del todo patéticos, por insustanciales y superfluos. Recuerdo a una artista — por ser amable con mi definición — que se vanagloriaba públicamente de las veintitantas operaciones de cirugía estética a las que se había sometido. Esto me parece una auténtica barbaridad y denota, no ya una enfermiza obsesión ante un ideal estético que probablemente dicha artista nunca alcanzará, sino un verdadero ultraje a la propia personalidad de la interesada. Una cosa es querer mejorar nuestro aspecto para poder sentirnos mejor consigo mismos, con en el caso de Clara, y otra bien distinta es caer en afán de pretendida y constante superación estética que roza, como toda obsesión descontrolada, el marco de lo pura y elementalmente esquizofrénico. Es más, la naturalidad puede admitir retoques, como los que en ese “milagroso” salón de belleza hicieron con Clara, pero se pierde por completo si de ahí caemos en la obstinación por alcanzar una perfección ideal que, como su complemento indica, no es posible lograr nunca en el mundo material en que vivimos y nos movemos. Al menos, Platón así lo pensaba.
Hace algunos meses que dieron por un canal de televisión una serie de episodios que relataban las peripecias de unas mujeres poco agraciadas, como Clara, que se sometían voluntariamente a los consejos de reputados y reconocidos esteticistas. Comparar la apariencia con la que entraban las tristes mujeres con el resultado final, irreprochablemente atractivas, era una curiosa forma de apercibirse de que todos aquellos retoques, no puras cirugías, que sirven para resaltar algo tan precioso y poético como es la inigualable belleza femenina no son ya meramente contingentes, sino incluso necesarios. Lo más importante de un ser humano es su propia forma de ser y eso no nos lo van a arreglar en ningún centro estético, pero si es posible que, a determinadas personas muy negativamente influenciadas por sus escasos recursos físicos –aún sabiendo que la belleza es un concepto meramente subjetivo – el hecho de sentirse más guapas les puede ayudar a mejorar tanto su forma de ser como su capacidad de autoestima. Y esto es un asunto muy trascendental; al menos, yo lo he podido felizmente observar en mi amiga Clara.









