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CERRADO POR VACACIONES 16 Agosto 2008

Posted by leiter in Actualidad.
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ABRIREMOS DE NUEVO EL DÍA 1 DE OCTUBRE

No nos podemos quejar: Abrimos este pequeño bar en marzo y ya podemos presumir de una clientela fiel que a buen seguro nos va a exigir cada día más. No todos los que visitan nuestro local dejan propina en forma de comentario, pero los libros de contabilidad no mienten y cada día que pasa la afluencia de público es mayor. Es un motivo de orgullo para nosotros y también un acicate. Por ello, vamos a aprovechar estos días de cierre para hacer alguna reforma en el local. Muchos clientes me han sugerido la posibilidad de aprovechar el reservado en las horas posteriores a las comidas para habilitar alguna exposición o muestra. Tomamos nota: Todas las semanas analizaremos alguna composición musical relevante o bien algún cuadro cuya maestría en la ejecución esté lo suficientemente acreditada. Para complementar estas actividades, hemos decidido suscribirnos a una publicación quincenal que versa sobre la vida y obra de los principales compositores y que pondremos a disposición de nuestros distinguidos clientes. También os informamos de que estamos reparando una vieja Jukebox que teníamos guardada de los tiempos del bar de mi padre y que servirá para ambientar musicalmente el bar, eso sí, con un tipo de música más ligera. Por lo tanto, cada quince días hablaremos de algún solista o grupo y comentaremos algunas de sus obras. Por supuesto, seguiremos con nuestras tertulias y en ellas hablaremos de todo un poco, como hemos venido haciendo hasta ahora; de situaciones misteriosas, de personajes del barrio, de aspectos generales, de vivencias propias, de profesionales de la política (eso sí, sin faltar nunca al respeto y en primera persona) y también, de amores y sueños. Este bar de copas sólo se abrió con la pretensión de poder viajar al pasado, de disfrutar y mucho del presente y de soñar con el futuro.

 Vamos, pues, a tomarnos un merecido descanso y a ponernos cuanto antes con las reformas que os acabamos de comentar. Queremos que este modesto bar, Leiter´s Blues, sea vuestro lugar de encuentro cuando queráis tomar una cerveza o un buen combinado, lejos de las presiones cotidianas. Sinceramente, y a tenor con los resultados, creo que vamos por el buen camino. Por último, queremos informaros de que el consejo de administración de Leiter´s Blues ha acordado nombrar, de forma unánime, a AMALIA como Madrina de Honor de este bar y a MARIAN, la funcionaria de Correos, como Musa Oficial. ¡Nos vemos en octubre!

Los estrechos márgenes de la amistad 15 Agosto 2008

Posted by leiter in Vivencias.
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 Con apenas veinte años cumplidos no se podía decir que mi vida sentimental fuese un camino de rosas sino más bien todo lo contrario. Las reiteradas negativas que recibía de las chicas a quienes pedía salir terminaron por acomplejarme del todo, máxime cuando en el círculo de mis amistades quién más y quién menos tenía sus ligues pasajeros. Muchos fines de semana me tocaba quedarme a solas en casa ya que el grupo de mis amigos se iba por ahí “de parejitas” y yo no me encontraba muy a gusto del todo protagonizando la excepción. Aunque, sin yo saberlo entonces, bien que me vinieron esas melancólicas soledades de tardes sabatinas para fortalecer ciertos aspectos de mi vida de los que hoy me siento muy orgulloso. Además, creo que en esos tiempos era un poco cenizo; la primera chica a la que había besado en mi vida me dejó a la semana siguiente, en el mismo día de mi cumpleaños. Bonito regalo, ¡Sí, señor!. En estas circunstancias me encontraba cuando una tarde de viernes me presentaron a Ana, una chica morena y preciosa cuya sonrisa contrastaba mágicamente con la aceitunada tez de su rostro. Me gustaron su atractivo y forma de ser desde el principio, sobre todo cuando estando yo jugando a una de esas máquinas Texaco de bolas, también llamadas Flipper, Ana se agarró cariñosamente de mi brazo. A pesar de que debido a repetidos y continuados fracasos anteriores no me gustaba hacerme vanas ilusiones, sentía como yo también a ella le resultaba atractivo. Decidí invitarla a una pequeña fiesta que organicé para el día de mi cumpleaños — el destino me debía una explicación por aquella jugarreta de años anteriores — y acudió, preciosa como siempre, y escoltada por nuestra común amiga que anteriormente nos había presentado. Observé que Ana era quién más reía mis gracias y la que más poéticamente me miraba en todo momento. Al día siguiente, iniciaba yo un viaje en tren a lo largo de toda la Europa del Telón de Acero y me despedí de Ana prometiéndole llamar nada más regresar. Así lo hice y un tarde quedamos a solas en el último piso de la Torre de Madrid, en la madrileña Plaza de España, que por entonces albergaba la Casa de Cantabria y desde donde la panorámica de Madrid era todo un espectáculo; uno se sentía el amo y señor de toda la Villa desde aquella terraza de vertiginosos encuentros. Ana me empezó a gustar en serio, con su anacarada sonrisa y la suave textura de su piel morena. Esa tarde sólo me atreví a cogerla unos breves instantes de la mano y pude apreciar el calor sensual que su alma emitía. No quería arriesgar con una chica que me encantaba y a la que, siendo de todo objetivo, parecía que yo también le gustaba. Fue la siguiente vez que quedamos, en mi barrio, en un local llamado El Cafetín, cuando intenté besarla. Increíblemente, me rechazó:  — “Leiter, no te he dicho nada para no decepcionarte… Estoy saliendo con un chico.” –. Mi cara debió parecer todo un poema dramático, ya que al instante añadió, cogiéndome de la mano:  – “Pero quiero ser tu amiga. Eres un tío muy valioso y contigo me lo paso muy bien y descubro muchas cosas. No te quiero perder. Tal vez, algún día… ” –. Al despedirnos, pensé que no la iba a volver a ver más ya que todo eso que me dijo no dejó de parecerme una justificación. Maldije de nuevo mi mala suerte sentimental; otra vez me había ilusionado en vano. Al día siguiente, compuse una pequeña bagatela para piano, una de las obras más inspiradas que jamás haya creado y que hoy en día me parece sorprendentemente buena para la edad que por entonces tenía. Estaba finalizándola cuando me llamó por teléfono Ana y me pidió que quedáramos. No la quería volver a ver pero necesitaba verla de nuevo. Me presenté a la cita con una rosa envuelta en la partitura y se la regalé. Ana cambió la expresión al ver aquello y estuvo muy cariñosa conmigo, al tiempo que volví a ilusionarme con ella. Fue entonces cuando empezamos a salir regularmente todos los fines de semana. Yo, por mi parte, nunca volví a preguntar por aquel fantasmagórico novio y a lo más que me atrevía era a cogerla de la mano en algún momento. Cada cierto tiempo, le enviaba flores a domicilio –doce rosas amarillas y una roja –, con un simple “te quiero” como leyenda, adornándolo con un corazón en el punto de la “i”. En otra ocasión, pasamos por delante de un bazar y se ilusionó con un enorme oso de peluche. Al día siguiente, lo tuvo en su casa. Cualquier cosa que ella pidiera era poco para mí. El día que escuchó la interpretación de mi composición dedicada observé como sus ojos se humedecían. Se agarraba de mí como una amante enamorada, pero de ahí no pasaba. En Navidades, me hizo su mejor regalo: Una simple entelequia que ya ni recuerdo pero acompañada de una nota donde se leía: “Yo también te quiero”, con el mismo corazón adornando la “i” que yo siempre le escribía. Formalmente, éramos ya una pareja.

 Ana era una chica amable, aunque muy tímida y algo pusilánime en determinados comportamientos de su vida. Le encantaban los animales y estudiaba veterinaria, siendo hoy en día una reputada profesional con dos centros clínicos a su cargo en la zona norte de Madrid. Siendo niña, la única hermana que tenía falleció trágicamente en un accidente y creo que eso la marcó para toda su vida. En mí no veía a un novio o a un amante, sino a esa figura de “hermano mayor” que inconscientemente buscaba. Jamás exteriorizaba sus enfados y siempre hacía gala de una sonrisa que me derretía por su dulzura. Le encantaba el cine y siempre acudíamos a la primera sesión de algún estreno cuando quedábamos. (Yo jamás he vuelto a pisar una sala de cine desde que salía con Ana. Ahora, me cuentan, que ya no hay No-Do…). Luego íbamos a jugar al billar americano, actividad que también era de su mayor agrado, y posteriormente cenábamos algo y tomábamos algunas copas. Sin embargo, no hablábamos mucho de nosotros mismos ni, mucho menos, exteriorizábamos nuestro amor. Era mi pareja oficial para el grupo común de amigos pero, más allá de esa deliberación, existía una franca y sincera relación de amistad, según ella, y de amor, según mi modo de entender. Esta rutina acabó por enfriarnos un poco y a mediados de abril claramente la propuse profundizar más en nuestra relación sentimental, sin que eso significase necesariamente que me quería acostar con ella. Ana se negó, mostrando síntomas que consideré de inseguridad. Fue nuestro primer enfado serio y, para colmo, por esas fechas, se cruzó una muchacha francesa de Lyon en mi camino. Cuando a Ana la creí del todo perdida, volvió a llamarme y reiniciamos de nuevo nuestra peculiar relación. Supo a medias mi lío con Mireille y desde ese instante estuvo más cariñosa y animada conmigo, al tiempo que a mí me sirvió para olvidarme de la francesa y de mi destartalado primer encuentro sexual, precisamente con ella. Pero paulatinamente, Ana y yo caímos en la misma rutina de siempre, dándome la impresión de que los márgenes de nuestra amistad se estrechaban irremediablemente hasta provocar mi asfixia. Me sentía cada día más atraído por el irresistible encanto físico y personal de Ana y deseaba con todas mi fuerzas refrendar mi amor por ella y, de paso, poner en práctica la reválida de mi primer y suspenso examen en Lyon. Desde ese momento pude comprobar como Ana se fue distanciando cada vez más de mí, buscando escusas para no quedar y mostrándose excesivamente fría cuando ya no tenía más remedio que salir conmigo. Por mi parte, se me alteraba la sangre cada vez que la veía, sentía una atracción casi metafísica por ella. Simplemente, me moría por ella, la deseaba, y me llegaba hasta a obsesionar con ella. Un sábado por la mañana nos llamamos y acordamos quedar para esa tarde. Era la semana previa a las Navidades, cuando los romances, bien acaban cristalizando, bien acaban por romperse del todo. Durante las horas previas a nuestra cita, estuve dándole vueltas a todo y decidí que lo mejor era que nos dejáramos ya de rutinas y formalizáramos de una vez por todas nuestra relación. O todo o nada. No estaba dispuesto a seguir asumiendo el papel de “hermano mayor” y mucho menos desde que la actitud de ella se había tornado reacia, distante e incluso insensible. Quedamos y estuvimos una hora sin apenas cruzarnos palabra, cada uno tomándonos nuestras respectivas cervezas en silencio. Su semblante era serio pero con tonalidades manifiestamente melancólicas. Desesperado por tal incomprensible actitud, desenfundé:  — “Vamos a El Cafetín, Ana. Allí empezó todo, de alguna manera, y allí va a terminar también todo…” –. Nos sentamos junto a la misma mesa donde lo hicimos la primera vez que acudimos a ese local y comencé a exponer mi plática:  – “Ana, así no podemos seguir. Yo te quiero y te deseo con todo mi corazón, pero tú no te decides a dar…” –. Ana, con los ojos conteniendo a duras penas sus lágrimas, me interrumpió:  – “Leiter… Estoy saliendo con un tío… Es de la facultad…” –. Ana empezó a sonreír al mismo tiempo que lloraba, componiendo una lírica y nostálgica expresión que nunca olvidaré.  – “Joder, ¡Qué paradojas! Cuando te conocí, salía con un chico, y ahora que nos dejamos, también… ” –. Ana no podía articular palabra; su llanto se lo impedía. Yo no sentí nada, fui incapaz. No sentí dolor, ni lástima, ni amargura, ni ingrata sorpresa; no sentí nada. Me quedé bloqueado y casi sin poder respirar… Quise llorar y no pude; quise gritar y no pude; quise morirme y no pude; quise sufrir, y tampoco pude. Sólo sé que me miré en un espejo y vi al ser más desgraciado del mundo. Salimos, paré un taxi y la dije:   – “Hasta siempre, Ana” –. Ana entró en el vehículo y, entre lágrimas, balbuceó:  — “Perdóname, Leiter…” –. El taxi arrancó y no la volví a ver en muchos años.

 El mes siguiente fue uno de los peores que he pasado en mi vida, cayendo en una profunda depresión y abusando del alcohol de manera harto preocupante. Si una chica me había dejado en el mismo día de mi cumpleaños, otra hacía lo mismo en Navidades. Nunca había llegado a tener tan baja la autoestima, necesitando del apoyo de mis más íntimos amigos y sobre todo de Pablo, el empleado del bar, que ya también me animó cuando lo de Mireille. No podía quitarme la idea de la cabeza de imaginar a Ana y a su novio juntos, de pasear juntos, de besarse juntos. Y de gozar juntos… Pasado un año, durante las siguientes Navidades, recibí una carta sin remite. Era de Ana:  – “Todo pasó hace ahora un año. Nos dijimos adiós casi sin darnos cuenta. Gracias por todo y, por favor, perdóname” — Ana se casó con aquel chico y ahora son padres de dos preciosas criaturas. Hoy en día, aunque nos vemos con menos frecuencia de lo que yo quisiera, mantenemos una hermosa amistad. Al final, Ana se salió con la suya.

Vientos de desamor 14 Agosto 2008

Posted by leiter in Ensoñaciones.
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Qué más daño puedo ya cometer
si en el amor se esconde mi ternura
y tus ojos me otorgan la amargura
de un deseo que no quieres conocer
cuando te ofrezco mi don de hermosura
y me niegas tu luz de amanecer.

Sólo fue un arrebato de ilusión
si tu mirada me incendió la vida
con los aires de tu alma decidida
y el fuego que adorné con la pasión
al dibujar tu flor desconocida
en los rincones de la incomprensión.

Y al buscar tu luna de fantasía
me encontré con vientos de desamor
que ahogaron mis anhelos con temor
de perderte entre sombras de alegría
por soñar con tus luces de color
despertando al sol de melancolía.

¡Qué tu recuerdo muera en el olvido!
¡Qué mi pena llore al anochecer!
Si hacia tu cuerpo ya no he de volver
con regalo de aroma incomprendido
que fracturó mi consuelo en tu ser
y cubrió en destemplanza mi sentido.

Soy príncipe de causas invencibles,
soy víctima en honor de mi verdad;
y vuelvo a padecer la ingenuidad
de acariciar estrofas insensibles
que ocultan con destellos de amistad
los trazos de unos versos imposibles.

 No tardaré en volver a perseguir
la siniestra estela del desengaño
cuando me expulses con ecos de antaño
de aquel mar que suplica el porvenir
donde las olas cuidaron mi daño
con arpegios de tu dulce elixir.

¡Mírame con deseo de voluntades!
Arrima tu aliento en mi corazón,
rompe los moldes de la maldición,
ilumina el pozo de soledades…
Ardiendo por soñar con tu emoción,
nadando en tormenta de tempestades.

Sólo te pido una gota de esencia
que aplaque la sed que envuelve tu amor
cuando grite en las noches de furor
con locura por tu infinita ausencia
y me soplen vientos de desamor
al llorar tu recuerdo en la impotencia.

Los diez mejores conciertos para instrumentos de cuerda 13 Agosto 2008

Posted by leiter in General.
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 Este es uno de los retos más difíciles que se me han encomendado ante la inminente y cósmica catástrofe que nos amenaza. He de recoger las partituras de los diez mejores conciertos para instrumentos de cuerda. (No incluyo aquí los de cuerda pulsada). La tarea es sumamente complicada ya que existen verdaderas obras maestras del género y una simple selección de diez piezas siempre resultará irremediablemente defectuosa por dejar fuera cientos de inolvidables partituras. Sigo en la línea de no repetir autor por lo que en algunos casos la elección me ha supuesto tremendos quebraderos de cabeza. Pero, en fin, se me ha asignado esta labor salvadora y espero no defraudar. Ojalá sean de vuestro agrado.

1- CONCIERTO PARA DOS VIOLINES Y CUERDA EN RE MENOR, BWV 1043, de J.S.Bach: Posiblemente, la mejor obra instrumental de Bach. Los solistas parecen mucho más “cantar” que tocar, con una línea melódica sublime. Movimiento central de referencias místicas, muy propio del Kapellmeister de Leipzig, enmarcado entre dos tiempos repletos de vida y energía. Mágica e inolvidable atmósfera. VERSIÓN RECOMENDADA: David e Igor Oistrakh con la Royal Philharmonic dirigida por Erik Goossens. Deutsche Grammophon.

2- CONCIERTO PARA VIOLÍN Y ORQUESTA EN RE MENOR, Op. 61 de Beethoven: Cuatro silenciosos toques de timbal introducen el tema principal, sereno, lírico y amable, que desemboca en otro tema, aparentemente simple, pero rítmicamente ligado a la inicial exposición de los timbales, cadencia que marcará todo el primer movimiento, de noble y sobrado desarrollo. Quizá nunca Beethoven fue tan seductor con la melodía cantábile del segundo movimiento. Fogoso final con tema encubiertamente sincopado. Un lujo de concierto: VERSIÓN RECOMENDADA: Izthak Perlmann con la Orquesta Philharmonia dirigida por Carlo María Giulini. EMI.

3- CONCIERTO PARA VIOLÍN Y ORQUESTA EN MI MAYOR, Op. 64, de Mendelssohn: Pocos saben que en realidad este es el segundo concierto para violín del maestro judioalemán, cuya fama ha eclipsado al primero, una obra de juventud sin pretensiones. El violín no tiene ganas de esperar y comienza su canto en la anacrusa del primer compás. Pocos conciertos para violín pueden ser tan poéticos y sentimentales como este, auténtica obra maestra del repertorio. Delicado y sensual, presenta una magnífica estructura que culmina con un magistral desarrollo del tercer y último movimiento. Imprescindible. VERSIÓN RECOMENDADA: Nathan Milstein con la Filarmónica de Viena dirigida por Claudio Abbado. Deutsche Grammophon.

4- CONCIERTO PARA VIOLÍN Y ORQUESTA EN RE MAYOR, Op. 77, de Brahms: La joya de la corona (Ya se sabe que a mi Brahms me pone). Sólo escuchar como contesta la madera en el noveno compás a la propuesta de la cuerda escoltada por una trompa nos anticipa el torrente evolutivo de esta inolvidable pieza. Heroica lucha entre una orquesta soberbia y orgullosa y un violín solista que trata de poner paz. Equilibrio, ponderación, armonía… Pura maestría compositiva. El segundo movimiento es de lo más lírico que se haya escrito nunca para un violín. Ecos zíngaros en el tema final. Inspirada obra de un Brahms enloquecido de amor hacia Clara Schumann, la mujer de su mejor amigo. VERSIÓN RECOMENDADA: Christian Ferras con la Filarmónica de Berlín dirigida por Herbert Von Karajan. Deutsche Grammophon.

5- CONCIERTO Nº1 PARA VIOLÍN Y ORQUESTA EN SOL MENOR, OP. 26, de Max Bruch: Sólo el movimiento central de esta obra, una de las cumbres violinísticas de todos los tiempos, hacen merecedora a esta composición de figurar entre las elegidas. Los restantes dos movimientos desmerecen mucho aunque son agradables y fáciles de escuchar. La parte nuclear de esta obra es una de esas romanzas inolvidables que nos transportan inmediatamente a un mundo de sueños y fantasías. Ha sido la elección más complicada. VERSIÓN RECOMENDADA: Itzhak Perlmann con la Orquesta del Concertgebouw dirigida por Bernard Haitink. EMI

6- CONCIERTO PARA VIOLONCELO Y ORQUESTA Nº2 EN SI MENOR, Op. 104, de DVORAK: Si para que un instrumento cante debemos abrazarlo, caso del violoncelo, para ejecutar este concierto hemos de abrazarlo con los ojos cerrados, apretándolo contra nosotros con fuerza. Es, probablemente, la cima del género, verdadera obra maestra del autor checo. Dvorak extrae toda el alma de este mágico instrumento en una pieza singular que no admite comparaciones. Las melodías desarrolladas por el instrumento, en especial las del primer movimiento, son de una indescriptible e inimitable belleza. El violoncelo parece tener vida propia, engulle al intérprete. VERSIÓN RECOMENDADA: Jacqueline Du Pré con la Sinfónica de Chicago dirigida por Daniel Barenboim. EMI.

7- CONCIERTO PARA VIOLÍN Y ORQUESTA EN RE MAYOR, Op. 35, de CHAIKOVSKY: Obra de exhibición propia del repertorio romántico de la época. Es el mejor concierto del maestro ruso quien, para su composición y elaboración, contó con la ayuda del célebre violinista Auer (Aunque luego se negó a estrenarlo). Aquí nos encontramos con el mejor Chaikovsky, el compositor elegante e inspirado que maneja la orquestación con rigor y maestría, lejos de manidos recursos rítmicos que enmascaran insípidas modulaciones. Poderoso y lírico a la vez, es obra de muy difícil ejecución y piedra de toque de cualquier violinista. Suele ser obra obligada en los exámenes de fin de carrera de los principales conservatorios del mundo. VERSIÓN RECOMENDADA: Christian Ferras con la Filarmónica de Berlín dirigida por Herbert Von Karajan. Deutsche Grammophon.

8- CONCIERTO PARA VIOLONCELO Y ORQUESTA EN MI MENOR, Op. 85, de Elgar: Obra de madurez, es la cima compositiva del autor. De nuevo en esta pieza el movimiento central es la joya, un cántico a la vida y un guiño al inevitable adiós vital. Obra conmovedora desde el principio, con una extraordinaria técnica compositiva que resume todo el legado del compositor oficial de un imperio en franca decadencia. Elgar no es sólo “Chim-púm”; es también el autor de esta obra maestra sin posible discusión. VERSIÓN RECOMENDADA: Jacqueline Du Pré con la Sinfónica de Londres dirigida por Sir John Barbirolli. EMI

9- CONCIERTO Nº2 PARA VIOLÍN Y ORQUESTA SZ 112 de Bartok: Un crítico de la época afirmó que la audición de la música de Bartok le ocasionaba los mismos sufrimientos que una visita al dentista… En fin, Bartok conecta esta obra con la inigualable sonata para violín, la mejor partitura del genio húngaro. Este concierto representa la tozudez de Bartok a la hora de desarrollar su técnica compositiva, fundamentalmente basada en un literalismo de la música folklórica. Bartok imita gaitas, cencerros, aleteos de mariposa — una de sus aficiones — en una obra quizá difícil pero de un contrastado colorido y riqueza tanto melódica como rítmica. VERSIÓN RECOMENDADA: Yehudi Menuhim con la Orquesta Philharmonia dirigida por Wilhelm Furtwängler. EMI

10- CONCIERTO PARA VIOLÍN Y ORQUESTA “A la memoria de un ángel” de Berg: Compuesto a la memoria de la hija de Gropius, es una obra de fuertes connotaciones elegíacas. Violentos contrastes que preludian la muerte de la infortunada chica. Obra de renovada estructura — dos movimientos y tema final fugado –exhibe el inigualable magisterio del autor al fusionar los esquemas clásicos de Bach con la nueva arquitectura compositiva del siglo XX. Obra fundamental de un Alban Berg que supo en todo momento acercar la modernidad musical a un público escéptico. Preciosa composición: VERSIÓN RECOMENDADA: Yehudi Menuhim con la Sinfónica de la BBC dirigida por Pierre Boulez. EMI.

Remigio, la esponja humana 12 Agosto 2008

Posted by leiter in Retratos.
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De toda la extensa lista de variopintos camareros y dependientes que hayan trabajado en los distintos bares, tascas y cafeterías de este peculiar barrio de Salamanca, sin duda alguna, Remigio, el eterno y delgaducho empleado del bar de don César, ha sido el personaje más pintoresco del referido gremio, un empleado de tan extravagantes hábitos que no pocos clientes acudían al mencionado bar para disfrutar con las excentricidades de Remi, como comúnmente se le llamaba. Gallego de Lugo, esmirriado, siempre peinado al agua con el típico tupé manoletino y con un asombroso parecido físico con Calleja, aquel jugador del Atlético de Madrid, Remigio era un ser tan emotivo y nervioso que no podía evitar que su gesticulación delatase sus más íntimos pensamientos; en otras palabras: Remi hablaba consigo mismo, sobre todo cuando se enfadaba o le azuzaban los clientes más dicharacheros, y suponía todo un espectáculo ver como su cabeza y manos se agitaban al tiempo que componía extrañísimas muecas con la boca. En un extremo de la barra del bar de don César encontrábanse todas las chacinas y jamones colgadas mediante ganchos y hasta ahí se desplazaba Remigio cuando se mosqueaba. Por tanto, era muy habitual verle mantener animadas conversaciones con el jamón serrano y los chorizos, para jolgorio y sorpresa, ya fuese de clientes conocidos o nuevos según el caso. En parte, este insólito comportamiento de Remigio obedecía principalmente a su desmesurada afición por el alcohol, en concreto hacia el ron caribeño de una conocida marca. Según palabras de don César, aún teniéndole vigilado, Remi no finalizaba su jornada laboral sin haberse metido en el cuerpo una botella entera del mencionado ron. Hasta por debajo del fregadero escondía Remi los cubatas ante cualquier eventual descuido de su patrón, don César. Famosa y muy comentada fue aquella apuesta que unos seres sin escrúpulos le propusieron a Remi aquel sábado en el bar, tradicional día de libranza. Le retaron a que se tomase una botella entera de Moriles en menos de una hora. Para sorpresa de todos los allí congregados, Remi se despachó hasta tres botellas del referido oloroso en la consiguiente hora. No satisfecho con eso, a continuación pidió una botella de whisky y una cubitera con hielo, dando cuenta de dos lustrosos tragos largos – “Para bajar el Moriles, que la verdad sea dicha, a mi no me gusta” –. Y tan pancho se quedó. Desde aquel entonces, a Remi se le conoció como la esponja humana, un ser cuyas capacidades de resistencia etílica no parecían tener límites. Pero Remigio, ejemplar empleado que nunca faltó a su trabajo y al que nadie se le escapaba sin pagar, era un muchacho ignorante y de escaso calado cultural, por lo que a menudo fue víctima de las tramas que gente indeseable le organizaban para sacarle dinero. Ocurrió a finales de los años setenta: Una espectacular mujer rubia, argentina de procedencia, le propuso matrimonio al bueno de Remi para únicamente adquirir la nacionalidad. Pactó con él 500.000 pesetas de la época, cantidad nada despreciable entonces, como pago por prestarse a semejante coyuntura. Ambos acabaron ante el juez en la calle Pradillo. Pero la lista aquella no cumplió su promesa y sólo le pagó 100.000 pesetas. Al ser requerido Remigio sobre tal circunstancia, con su nerviosa sonrisa declaraba:  – “Bueno, sí… Pero ¡Me la he tirado, eh!, no te vayas a pensar que soy gilipollas…” –. Hay que ver las vueltas que da la vida: Un par de años después de aquel estrafalario apaño, Remigio recibió una notificación judicial informándole de que “su” mujer había fallecido súbitamente y Remigio era el único y legítimo heredero de una gran extensión de terreno en la Argentina, además de numerosas fincas urbanas en la capital platense. Puso el asunto en manos de un abogado y algo extraño debió ocurrir, porque el abogado desapareció y Remigio siguió trabajando como siempre en el bar de don César.

 Una tarde, quién esto escribe, fue testigo de uno de los hechos más surrealistas y estrambóticos que hayan acontecido nunca en un bar de este barrio de ricos que ya no lo son tanto. Remigio tenía una personalísima perspicacia para con cualquier nuevo cliente que se decidiese a entrar en el bar de don César. Si Remigio sonreía al dar las “buenas tardes” no existían mayores problemas. Pero ¡Ay! si Remi torcía el gesto y, luego de servir al cliente, se iba a discutir con el jamón. Algo raro veía Remi que los demás no acertábamos a intuir. El caso fue que un cliente fue recibido por Remigio de esta preocupante e incierta manera. Al poco de ser servido, el tipo preguntó y posteriormente se encaminó a la zona de aseos. No habían pasado tres minutos cuando observé como Remigio salía de la barra y se dirigía asimismo a la mencionada zona de servicios. Yo me encontraba hojeando tranquilamente el periódico cuando, de pronto, me sobresalté ante la sarta de insultos e improperios procedentes de aquella zona del bar. Apareció de nuevo Remi hablando solo y se volvió a introducir tras el mostrador. Como yo sabía que bajo ningún concepto había que molestar a Remigio cuando le daba por conversar consigo mismo, esperé a que transcurriera un tiempo prudencial para preguntar qué demonios había ocurrido en los lavabos del bar de don César. No tardó en salir el cliente, colorado como un tomate y con palpables muescas de indignación e ira:  – “¡Eh, usted, venga, venga para acá!” – Le espetó a Remi — “¡Quiero que me haga entrega ahora mismo del libro de reclamaciones! ¡Esto no se va a quedar así!” –. Como en aquel momento no estaba don César en el bar y ante la gravedad del requerimiento y la imposibilidad de explicarle a ese individuo las peculiaridades de Remi, traté de intermediar.  — “Pero, disculpe, ¿Qué ha pasado? Sea cual sea el motivo, ¿No será tan fuerte como para pedir el libro de reclamaciones?”  — Pregunté, tratando en lo posible de excusar al pobre Remigio, quién seguía con su animada charla con el jamón como interlocutor. – “¿Qué no será tan fuerte?” – Me respondió exaltado aquel sujeto.  – “Mire usted por donde me ha entrado un repentino apretón y quise aliviarme en algún servicio público, dada la urgente incontinencia. Vi este bar a lo lejos y me decidí a entrar, solicitando previamente una consumición, que yo soy un hombre educado y de principios y no me gusta entrar por la cara en los servicios de los bares. Con las prisas, olvidé poner el pestillo en la puerta del excusado y, estando ya sentado sobre la taza, va el cretino este y me abre la puerta, sin llamar ni nada y, como quién no quiere la cosa, se pone a cambiar el rollo de papel delante de mis narices… ” –. Tuve que realizar ímprobos esfuerzos para no caer redondo y muerto de risa al escuchar la versión de los hechos según aquel tipo y gracias a que en esos momentos no se encontraba nadie en el bar excepto nosotros tres, pude contener la carcajada a duras penas. Al final, desplegué todos los recursos posibles para que aquel señor desistiera en su actitud de solicitar el fatídico libro de reclamaciones. Insistiendo mucho, haciéndole ver que Remi tenía algún que otro tornillo suelto, pude convencer a aquel indignado cliente, sorprendido en plena faena evacuativa, quién se largó lanzando amenazadoras advertencias por su boca. Una vez fuera el individuo, Remi se acercó hacia mí y me dijo:  — “¡Tío hijoputa ese! Vamos, encima, ¡No te jode!, Si no le llego a poner el papel, ¿Con qué se hubiera limpiado, eh? ¿Con qué?” –. Ya no pude contenerme más y mis risotadas llamaron la atención de los transeúntes que pasaban junto a la puerta del bar de don César. Afortunadamente, Remi pareció contagiarse con mis estruendosas risas y, hecho inédito en él, me invitó a un cubata.

 Pasaron los años y los excesos espirituosos de Remi acabaron por pasarle factura. Con resignación, don César me comentaba que no había día donde no le “colocaran” un billete falso de mil pesetas a un Remi que ya andaba algo más que despistado. Remi cayó en la más absoluta decadencia y abandono personal cuando conoció a aquella cubana quién, lejos de intentar contener los desvaríos alcohólicos de quién se suponía era su enamorada pareja, acabó por desplumar del todo al pobre Remigio, quién acabó por tener problemas para pagar la pensión donde se alojaba. Ya no hubo quién se hiciera cargo de Remigio, una torpe marioneta manejada con precisión por toda la familia de cubanos que, poco a poco y mediante los ahorros de Remi, fueron instalándose en España. Cumplido el objetivo, la cubana mandó a Remi a freír espárragos y el pobre camarero no se recuperó nunca de tan incalificable desengaño. Se presentaba totalmente embriagado en el trabajo y empezó a mostrar síntomas de delirium tremens al no poder beber ante la estricta vigilancia que dispuso don César. Finalmente, no quedó más remedio que prejubilarle y, con la intermediación de los servicios sociales, arreglarle el cobro de una pensión vitalicia. Remi se largó a su tierra y, según algunas informaciones, logró recuperarse en parte de su adicción al alcohol. Los cubanos siguen en Madrid.

Campos de oro 11 Agosto 2008

Posted by leiter in For your eyes only.
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 Es mi constante y recurrente soledad. Cuando más te deseo, más te alejas. Si te ignoro, me llamas. Si me olvido, vienes. Si te echo en falta, desapareces. Quiero prescindir de ti, de tus extraños condicionamientos para con mi causa perdida. Quiero volver a ver las olas del mar imaginario que llevo en el fondo de mi corazón, con ese salitre que me provoca sed, sed de ti. Agarro mi bicicleta, escucho en mis auriculares la música de Sting y salgo por esos caminos donde hasta ayer mismo me sonreían las flores y los pajarillos de alborada. Quiero encontrarte de nuevo, aunque sea bajo otra apariencia y otro destino, aunque sea desde mi condición más humilde. Quiero curarme de tu contagiosa enfermedad. Quiero amarte sin conocerte, quiero verte en la oscuridad. Quiero quererte… “Dame una prueba de tu cariño, Señor. Tú nunca me has abandonado. Quiero que derrames tu esencia sobre mi mente. Quiero sentirme acompañado, quiero tu verdad, mi verdad, nuestra verdad”

ME RECORDARÁS CUANDO SOPLE EL VIENTO DEL OESTE

SOBRE LOS CAMPOS DE CEBADA

OLVIDARÁS EL SOL EN SU CELOSO CIELO

MIENTRAS CAMINAMOS POR LOS CAMPOS DE ORO

 No puede ser que yo vuelva a vivir este momento de irreverentes armonías. Cuando todo se precipita, cuando te crees que eres un emperador a la vieja usanza, sobreviene el golpe seco de la distancia y el olvido. Pedaleo por esos campos de Dios con la única esperanza de que mi bicicleta no rompa su cadena. Me rodean camiones y autobuses en la recta infinita de mis desencuentros. Me esfuerzo por enderezar el manillar cuando pasan tan cercanos, tan amenazadores… “Señor, dime que no estoy solo. Dame otra oportunidad para sentirme feliz”

ASÍ QUE ELLA SE APROPIÓ DE SU AMOR

PARA CONTEMPLAR UN RATO

SOBRE LOS CAMPOS DE CEBADA

EN SUS BRAZOS CAYO MIENTRAS SU PELO BAJABA

ENTRE LOS CAMPOS DE ORO

No hay mayor distancia que la del desconsuelo cuando trato de llegar al final de esa recta que se me antoja infinita. Allí me espera el agua refrescante que calma mis sudores de pretendida conquista, la mejor virtud para olvidar tu luna seminconsciente de amenazadores reflejos. Esbozo tu silueta por las sonrientes nubes que más tarde se oscurecerán, dando paso a la tormenta. Siento que te conozco desde siempre, de mucho antes de lo que seas capaz de imaginar… “Señor, quiero ilusionarme. Dame una prueba.”

¿ESTARÁS CONMIGO? ¿LO HARAS MI AMOR?

ENTRE LOS CAMPOS DE CEBADA

OLVIDAREMOS EL SOL EN SU CELOSO CIELO

MIENTRAS YACEMOS EN LOS CAMPOS DE ORO

Aparco la bici junto a un poste y se escora como a mí me gustaría que lo hicieras tú. Te imagino de mi mano por esos campos eternos donde la felicidad sólo significa el aislamiento vital frente a todo un torrente de cotidianas vivencias. Miro hacia las cumbres de la Sierra y te veo recostada sobre el pico más alto, sonriendo a los vientos que perfilan tu dulce rostro de mujer comprometida con las causas más adorables, con las causas que dan origen a todo un cosmos de bondadosa esencia… “Escúchame, Señor, y concédeme tu inspiración para imaginar melodías celestes. No me digas que tan solo es una ilusión…”

OBSERVA EL VIENTO DEL OESTE MOVERSE COMO UNA AMANTE

SOBRE LOS CAMPOS DE CEBADA

SIENTES SU CUERPO ASCENDER CUANDO BESAS SU BOCA

ENTRE LOS CAMPOS DE ORO

Miro hacia el arroyuelo cristalino que serpentea entre las piedras y me abrazo al recuerdo de tus labios. Quiero besarte y sentir tus manos apretando mi espalda, sentir las profundidades de tu corazón acelerado por los ritmos que inspiran el bello sentimiento de compartir besos de fuego y agua. Porque un beso de amor es como una solitaria melodía que va abriendo los caminos de toda nuestra orquesta corporal de emociones y sentidos, como una arrebatadora fuga que gira y gira sin cesar… “Inspírame, Señor, inspírame con esos labios que necesito, concédeme su beso.”

NUNCA HAGO PROMESAS CON FACILIDAD

Y HA HABIDO ALGUNAS QUE HE ROTO

PERO JURO QUE EN LOS DÍAS QUE QUEDAN

CAMINAREMOS EN LOS CAMPOS DE ORO

CAMINAREMOS EN LOS CAMPOS DE ORO

Te siento en la palma de mi mano como una fina gota de lluvia que sobrevive al desierto de las voluntades. Necesito tu cercanía para sentirme importante, para armar los deseos de una felicidad que se me escapó desde el primer día que vi el sol reflejado en tus cabellos, desde el primer día que me sonreíste sin querer, desde el primer día en que te amé sin estar dándome cuenta. Puedo escuchar en tu mirada las notas que llevo esperando toda mi vida, las más bellas notas que jamás se hayan compuesto… “Ilumina mi oscuridad, Señor, dame esa prueba final que llevo tanto tiempo esperando, déjame ser feliz…”

MUCHOS AÑOS HAN PASADO DESDE ESOS DÍAS DE VERANO

ENTRE LOS CAMPOS DE CEBADA

OBSERVA A LOS NIÑOS CORRER MIENTRAS EL SOL SE VA

ENTRE LOS CAMPOS DE ORO

La luz de tu cuerpo me abre las puertas de las sensaciones más íntimas y reconfortantes. ¡Ya escucho los sonidos celestiales! ¡Ya siento en mi interior las armonías más recónditas! Es la música más bella que haya escuchado nunca el ser humano, la que tú me inspiras cada día, a cada instante. Cierro los ojos y respiro el paraíso ideal de mis anhelos, pero… ¡No!, ¡No puede ser! Brotan llamas de mis oídos, están candentes, como mi pasión por ti, ¡No!… ¡Van a estallar! ¡No puedo aguantar más esa vibración! ¡Voy a enloquecer…! “Señor, ¿Por qué me abandonas a mí también? ¿Por qué me apartas de lo que más quiero?, Dime, señor”

RECORDARAS CUANDO SOPLE EL VIENTO DEL OESTE

SOBRE LOS CAMPOS DE CEBADA

PUEDES DECIRLE AL SOL EN SU CELOSO CIELO

CUANDO CAMINAMOS EN LOS CAMPOS DE ORO

CUANDO CAMINAMOS EN LOS CAMPOS DE ORO

CUANDO CAMINAMOS EN LOS CAMPOS DE ORO

“¡Leiter, Leiter, vamos, ya pasó!. Estás otra vez con esas pesadillas… Estás sudando y nervioso. Tienes el pulso muy acelerado, estabas gritando… ¿Con qué soñabas? ¿Con quién? Estabas canturreando muy dulce y, al final, empezaste a gritar… Y decías cosas raras, como, dame una prueba, o algo así… ¿A quién le pedías una prueba? Venga, mi amor, tranquilízate. Llevas unos días muy nervioso. Tú no te das cuenta, pero yo te lo noto enseguida… ¡Una prueba, una prueba! ¡Ay, qué loco estás!”. Me levanté y fui a leer un rato, al tiempo que encendía un cigarrillo en medio de la sobresaltada madrugada. Abrí el libro… No podía ser cierto… Ya no estaba soñando… Justo a la altura del dedo pulgar de mi mano izquierda, se leía: “Ahí tienes la prueba…” Y, justo a la altura del correspondiente a la mano izquierda, se podía leer: “No, es pronto, todavía no…” Miré al cielo y me dije: “Gracias, Señor”

Pasión por el arte 8 Agosto 2008

Posted by leiter in Vivencias.
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Posiblemente fueron los años en los que mayor conocimiento tuve de las artes en general, desde el momento en que en las proximidades del bar de mi padre se instaló una pequeña y modesta galería pictórica. Allí conocí de primera mano a muchos artistas, algunos consagrados, otros en camino y los más, lamentablemente incomprendidos. Muchos pintores tuvieron a bien explicarme el desarrollo y estructura de los cuadros que conformaban sus respectivas exposiciones. Todo ello fue posible gracias a Nuria, la directora por entonces de aquella galería, una joven encantadoramente dulce y extraordinariamente sensible que lloraba a lágrima viva cuando se enamoraba de algún cuadro en concreto. Una tarde, Nuria entró en el bar y me dijo, con viva emoción:  – “Leiter, esta tarde inauguramos una exposición de un tal Sevillano. Es una delicia, unos cuadros buenísimos; te espero luego. Y, de paso, si no te importa, me ayudas a preparar y servir el cóctel… Te presentaré al autor, una persona estupenda.” –. En efecto, aquella tarde acudí a la exposición — luego de preparar la mesa de cóctel — y me pareció sensacional. Aquello supuso mi primer contacto con Sevillano quién, desde ese momento, se convirtió en uno de mis más queridos e íntimos amigos. Sevillano era un pintor naturalista, más dado a los interiores, que trabajaba como nadie la perspectiva aérea, mostrando sus cuadros un aroma inconfundible a Vermeer. Poco a poco, Sevillano me fue explicando quién era este pintor, cómo era el proceso elaborativo de sus obras y muchos otros aspectos que provocaron que desde entonces sea un auténtico devoto del pintor de Delft. Sevillano, un hombre unos veinte años mayor que yo, era todo un pozo de cultura sociológica, filosófica y artística. Pese a que su trayectoria era dilatada y había sido galardonado con numerosos premios no era un pintor lo suficiente y merecidamente reconocido. Aún vivía en casa de sus padres y aunque no pasaba estrecheces económicas tampoco se podía decir que nadara en la abundancia. Vivía exclusivamente por y para la pintura, manteniéndose gracias a los cuadros que iba vendiendo en las distintas exposiciones y a algún que otro encargo que puntualmente recibía, como aquella decoración de la bóveda de una capilla salmantina que le reportó un buen pellizco. Mi amistad con él adquirió una nueva dimensión cuando decidí hacerme con uno de los cuadros que estaban expuestos, un pequeño lienzo que mostraba la fachada de un céntrico edificio de Madrid atravesada en diagonal por una línea de luz solar vespertina. “Sol de la tarde”, se titulaba el cuadro, que aparecía también retratado en el catálogo oficial de dicha exposición. A mi juicio, era el mejor cuadro que allí se exhibía. Sevillano se llevó una gran sorpresa al conocer que yo era el comprador y desde entonces estrechamos aún más nuestra amistad, algo que yo deseaba y perseguía porque Sevillano era una de esas personas con las que todos los días acababas aprendiendo algo nuevo. Me explicó la historia de esa obra:  – “Este lienzo me lo inspiró la lectura de un poema de Kavafis, uno de mis poetas preferidos. Como sabes, Kavafis era homosexual y durante algunos años compartió apartamento con un amante. La relación terminó mal, se separaron y abandonaron la vivienda. Kavafis superó de mala manera aquel trauma y en su poema viene a exponer la nostalgia que le producía ver de nuevo aquel edificio cuando paseaba, reconvertido después en una sucursal de oficinas. Decía que sólo le quedaba como testigo de lo que fue su gran amor el sol de la tarde, que puntualmente acariciaba la fachada de aquel edificio con ese melancólico sol de atardecer…” –. Me pareció una historia preciosa, estremecedoramente sensible, y desde ese mismo instante Kavafis se convirtió también en uno de mis poetas favoritos. Por cierto, ese cuadro de Sevillano que adquirí siempre ha presidido las estancias más nobles de las distintas casas donde he habitado.

 Paulatinamente, Sevillano me fue introduciendo en los ámbitos propios de artistas y colegas suyos. Visité con él numerosos talleres de pintura de amigos suyos, pero en especial, el de uno de sus mejores amigos, Resino, un pintor de características similares a las de Sevillano, si bien más orientado a exteriores urbanos. Durante algún tiempo mantuvimos una inolvidable y preciosa simbiosis cultural. Ellos me explicaban todos los secretos del mundo de la pintura y yo, a su vez, les iba introduciendo en el de la música. Fue curioso cómo tanto Sevillano, Resino y yo coincidíamos en los más que evidentes paralelismos que se dan en estas dos nobles artes. Según Sevillano, Goya y Beethoven eran almas gemelas; según Resino, Mozart y Velázquez; y según un servidor, Brahms y Vermeer. Con Sevillano acudí a numerosos museos de Madrid y a infinidad de exposiciones. Nunca le podré agradecer por completo todo cuanto pude aprender de Sevillano a la hora de visualizar y analizar un cuadro. Sus explicaciones eran clases magistrales para mí y recuerdo, especialmente, aquella tarde en el Museo de Prado donde estuvimos más de una hora delante de “Las Meninas”. Era tal la sabiduría de mi amigo a la hora de ofrecer sus comentarios que muchos de los que allí paseaban se acercaban indisimuladamente a nosotros para escuchar la incomparable plática de Sevillano. Muchas noches nos quedábamos hasta altas horas de la madrugada hablando sobre arte o filosofía, nuestras comunes y auténticas pasiones, ya fuera en el estudio de Resino o en algún lugar de sus inmediaciones, la Plaza de Santa Ana. Una tarde fuimos los tres a la inauguración de una muestra que un conocido de ellos, Santana, afamado pintor de aguamarinas, exponía en la prestigiosa sala de Ansorena. Me habían hablado de él pero no le conocía personalmente. Este aspecto fue lo que provocó uno de los episodios más bochornosos que haya podido protagonizar en primera persona. Por entonces, escribía un crítico de arte en las páginas de un conocido y tradicional periódico de orientación conservadora cuyos artículos no eran muy del agrado del colectivo de artistas vinculados a Sevillano y Resino. Me comentaron que iba a acudir a la inauguración y que les fastidiaba un poco el hecho de tener que mostrarse ante él un tanto serviles para que su crónica sobre el evento fuese lo más amable posible. Después de estar visionando la colección de aguamarinas de Santana, extraordinaria, por cierto, observé como un señor con canosa barba era frecuentemente saludado y felicitado, por lo que deduje que se trataba del autor. — Según me dijeron, llevaba barba –. Ni corto ni perezoso, me trasladé hasta donde se encontraba y, llegado el turno, le dije:  – “Muy buena, excelente. Me encanta su obra. Quisiera expresarle mi más sincera enhorabuena.” –. El tipo estuvo muy cordial y me dio un apretón de manos. Cuando regresé hasta donde se encontraban mis dos amigos, Sevillano me preguntó: – “¿Qué demonios has estado diciéndole al capullo del crítico?” –. Las carcajadas de Resino y Sevillano se escucharon a lo largo de toda la galería.

 El destino nos fue separando paulatinamente y mis citas con Sevillano vieron notablemente reducidas su frecuencia. Gracias a él, pude entender los entresijos de pintores como Velázquez, Vermeer o Turner. Sus apreciaciones eran un auténtico curso de doctorado que iban mucho más allá de los iniciales conceptos teóricos que uno previamente atesoraba. Un día quedamos para comer y posteriormente nos fuimos a dar un paseo por las inmediaciones del Museo del Prado, sin llegar a acceder al mismo. Empezamos a discutir sobre la figura de Claudio de Lorena y la polémica subió de tono. Tal vez, no nos encontrábamos los dos en nuestro mejor momento anímico pero el caso fue que aquel estúpido malentendido fue el origen de una ruptura que permanece hasta estos días. Con los cambios de domicilio perdí su teléfono y, sinceramente, nunca me he atrevido a visitar el estudio de Resino para preguntar por él. Sólo me queda el triste consuelo de poder y querer agradecerle todo cuanto pude aprender de él, mucho más que lo que he podido abarcar sobre arte en general a lo largo de toda mi vida. Quizás algún día nos reencontremos en la sala de algún museo y podamos reiniciar nuestra antigua amistad. Ojalá que así sea. Pero, por mi parte, seguiré pensando que Claudio de Lorena fue un excelente pintor de poéticos atardeceres, con esa luz previa al ocaso que me cautivó de la misma forma que lo hizo el cuadro de Sevillano que compré y el poema de Kavafis que lo inspiró.

Don Blas: Firmeza en las convicciones 7 Agosto 2008

Posted by leiter in Semblanzas políticas.
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 Aunque pueda parecer sorprendente, don Blas, no dejo de admirar la firmeza de sus convicciones ideológicas en estos tiempos de contrastados travestismos políticos y enmascaramientos doctrinales que tanto pervierten y confunden a la opinión pública. Usted es una persona de las de siempre, donde su discurso nunca ha sido maquillado para suavizar la dureza y pétrea autoafirmación que siempre ha caracterizado su línea maestra de pensamiento: A las cosas hay que llamarlas por su nombre, al pan, pan y al vino, vino, por más que a algunos les duela. No hace falta sino echar un simple vistazo a las hemerotecas para comprobar cómo su trazado argumental no ha variado una coma desde los últimos treinta años hasta la más viva actualidad, para descrédito y sonrojo de muchos políticos — de todo el arco ideológico — que han ido dando tumbos según las iban viendo venir: Unos, pasándose al contrario y siendo tan radicales bajo otra bandera muy distinta a la que antaño sirvieron. Y otros, incluso, disfrazándose de demócratas bajo una piel no de cordero precisamente, auténticos cínicos del circo político. ¡Cuánto deberían haber aprendido de usted, don Blas, que jamás renegó de sus ideales! Su tiempo político pareció extinguirse y haber pasado de moda, pero viendo lo que se ve estos días por Europa, cuando las diversas coyunturas a muchos les hacen volverse a mirar el ombligo, me da que usted aún no ha dicho su última palabra. Será una cuestión de tiempo, don Blas. Desde mi más diametralmente opuesta opción política, mi admiración y respeto por la firmeza y convicción de sus ideales. Que Dios le guarde a usted por muchos años.

Diez pinturas inolvidables V (Rijksmuseum de Amsterdam) 6 Agosto 2008

Posted by leiter in General.
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 Rijksmuseum_Amsterdam

 

 Estoy en Holanda para poner a resguardo las diez mejores pinturas del Rijksmuseum de Amsterdam ante esa catástrofe cósmica que va a arrasar cualquier vestigio que quede de la humanidad. Aprovechando mi estancia por tierras holandesas, me he escapado a La Haya, al museo de Mauritshuis, y he cargado en mi bicicleta las obras de un tal Vermeer, con lo que mi visita a está siendo muy bien aprovechada. Lo malo es que llevo la bici hasta los topes y no sé como me las voy a apañar para transportar tanto cuadro… Recuerdo que ya tenemos una selección del Museo del Prado, del Louvre, de la Galería de los Uffizi y de la National Gallery de Londres. Menos mal que París, próxima parada, y la galería de Orsay me pillan cuesta abajo. Estoy muy fatigado, pero todo sea por la labor humanitaria de conservar las mejores obras pictóricas. El mundo y AMALIA me lo sabrán reconocer. Os dejo; empiezan a caer meteoritos. Espero que os guste mi selección.

Rembrandt La ronda de noche

1- LA RONDA DE NOCHE de Rembrandt: Empecemos advirtiendo que el título de esta obra maestra es todo un error. No es “de noche”, sino que la acción transcurre de día y la luz entra por un portalón en el interior de un sótano por donde disurre la escena. Cuadro de composición un tanto peculiar, muy apartada del estilo de su época. Sensacionales gradaciones lumínicas, en una obra que incorpora todo lo asimilado por el pintor holandés en tantos años y que supone el inicio de su personal declive. Es una pintura que pone de manifiesto la maestría del pintor a la hora de plasmar efectos crepusculares. Espectaculares pinceladas de preciso y firme trazo. Uno de los cuadros más grandiosos de todos los tiempos.

Frans_Hals El alegre bebedor

2- EL ALEGRE BEBEDOR de Franz Hals: Es imposible plasmar en un lienzo de mejor manera de como lo hace Hals el espíritu borrachín de este personaje. Genial contraste entre el iluminado rostro y la oscuridad del tocado. Perfecto empaste y pincelada. Se ha querido ver la figura del príncipe Mauricio de Orange en esta representación, pero para nada es un retrato de tipo cortesano.  El gesto es fotográfico, como sorprendido en una pose de confianza inspirada por el exceso alcohólico. Con su permiso, me llevo este cuadro a mi casa.

Vermeer La lechera

3- LA LECHERA de Vermeer: Pónganse de rodillas, que aquí está una de las obras maestras de uno de los mayores genios de la pintura universal. Algunos autores opinan que el maestro de Delft se sirvió de un espejo para pintar esta obra, pero más bien, es un homenaje a la teoría newtoniana de la luz como fenómeno corpuscular. Si se fijan bien, la luz incide como grumos en los objetos y se materializan con irresistible protagonismo. La atmósfera que se respira en el cuadro es de una mágica y encantadora intimidad, denominador común de muchas de sus obras. El canastillo y el otro objeto de latón que aparecen colgados en la pared están tratados con una insuperable maestría cromática. Cuadro de melancólicas evocaciones. Obra maestra indiscutible.

Goltzius Lot y sus hijas

4- LOT Y SUS HIJAS de Goltzius: Precioso cuadro de este inolvidable grabadista holandés. La conexión de las miradas es antológica: Lot mira con desenfadada concupiscencia a una de sus hijas mientras que la otra, en un bellísimo y poético escorzo, parece animar a su hermana para que siga emborrachando a su padre. Al fondo se ven las llamas de Sodoma o Gomorra, contrastando violentamente con la tonalidad general del cuadro. La masa carnosa está excepcionalmente bien tratada, iluminando el cuadro a base de  geniales gamas cromáticas. Ingeniosa la armonía colorística mediante la sabia colocación de dos esteras, azul y roja, en ambos extremos del cuadro. Bellísimo lienzo.

Steen La Familia Alegre

5- LA FAMILIA ALEGRE de Jan H. Steen: Luz crepuscular que entra por la ventana de la izquierda, muy en la escuela holandesa, aunque con un tratamiento muy distinto al que le da Vermeer. La escena, aparentemente desordenada, está muy trabajada desde el punto de vista compositivo. La arriesgada y un tanto confusa perspectiva se ve dulcificada por el extraordinario tratamiento del color. El cabeza de familia se nos muestra muy espirituosamente desenfadado por el sutil detalle del artista de colorear maliciosamente sus mejillas. El perro, con su sorpresiva mirada hacia el viejo, impide que el cuadro se “caiga”, confiriéndole un ajustado equilibrio. Simpática obra que parece poder ser incluso escuchada.

Liotard La bella lectora

6- LA BELLA LECTORA de Jean Liotard: Leotard fue uno de los mejores retratistas de su época y este maravilloso cuadro da buena fe de ello. Precioso el azul del vestido interior de la dama, exquisitamente tratado, con minucioso detalle. Poética expresión de la joven al leer, seguramente, una carta de amor. El autor arriesga con el movimiento de cabeza de la protagonista, agrandando el cuello a lo “Parmiggianino”. La intimidad y ternura que se desprende en la obra es una muestra del buen y aristocrático gusto del autor. Con todos los respetos, a uno le dan ganas de plantarle un beso a la joven… Me encanta esta pintura.

Ruysdael El molino ded Wijck

7- EL MOLINO DE WIJK de Van Ruysdael: Uno de los más grandes paisajistas que han dado los Países Bajos. Obra de madurez que resume toda su carrera artística. Impresionante gama cromática que hace vibrar a la atmósfera, verdadera protagonista de esta obra maestra. Genial recurso de perspectiva ante un cielo tan cargado de nubes: Las aspas del molino nos señalan y dirigen al punto de fuga, la orilla del río. La visión general es de un preciosismo sublime, dándonos la impresión de que vemos el cuadro a “cámara lenta”. Obra maestra sin posible discusión.

Hooch Mujer con niña

8- MUJER CON NIÑA de Hooch: Excepcional pintor holandés de interiores que tuvo la mala fortuna de coincidir con el genio de Vermeer. Bellísima y minuciosa obra que nos muestra una dulce escena dentro de la más íntima cotidianeidad. Inolvidable sonrisa maternal hacia una niña que parece pertenecer a otra clase social. Genial tratamiento del ajedrezado del suelo, propio de la escuela interiorista de Delft. El autor hace entrar la luz desde dos planos distintos, en una original variación sobre lo que suele ser habitual en esta escuela. Algunos creen adivinar un autorretrato del pintor en el cuadro situado al fondo, pero parece muy poco plausible esta conjetura. Mágico equilibrio entre las tonalidades doradas y grises. Enorme obra de un pintor que debería ser mucho más considerado por la crítica.

Dou Anciana leyendo un libro

9- ANCIANA LEYENDO UNA BIBLIA de Gerrit Dou: Si Hooch tuvo la “desgracia” de convivir con el genio de Vermeer, a Dou le tocó la china de Rembrandt. Exquisito y finísimo cuadro que nos recuerda al mejor Rembrandt. Minuciosa mirada de la anciana al leer un pasaje bíblico, de donde, por su fijación, se puede extraer que padecía de astigmatismo. Magistral tratamiento de la luz, con un claroscuro perfectamente resuelto. La minuciosidad del artista se aprecia bien en el sutil detallismo tanto en el tocado como en el forro del abrigo. Obra íntima de gran riqueza y recurso técnico.

Van Gogh Autorretrato con sombrero de fieltro

10- AUTORRETRATO CON SOMBRERO DE FIELTRO de Van Gogh: Voy a ser sincero: Van Gogh no es un pintor que desate mis simpatías, pero creo justa su inclusión en este apartado. Enorme masa pictórica y nervioso trazo. Gran sentido de la mezcla cromática en el desarrollo del rostro, con un inmejorable tono pardo de bigote y barba. Extraordinario y muy arriesgado sombreado, con ciertos toques de escondido lirismo. El tono gris azulado del fondo, añadido a la curvatura compositiva, delata el estado maníaco depresivo del autor. La mirada sugiere ruptura, catarsis, vacío existencial, incomprensión… En definitiva, uno de los mejores autorretratos de Van Gogh. Magnífica plasticidad global.

Antonio, el Chaparrito 5 Agosto 2008

Posted by leiter in Retratos.
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El primer recuerdo que tengo de Antonio, el Chaparrito, es el de su inolvidable Seat 600, color amarillo canario, que según muchos testigos, clientes a su vez del bar, alcanzaba los 150 Km/h de velocidad punta. Antonio decidió llevarlo al taller de Alejandro y éste, trocándole una biela por aquí, desmontándole un pistón por allá, logro hacer del simpático “pelotilla” un bólido del que su propietario, el Chaparrito, se sentía más que orgulloso. ¡Había que ver lo fanfarrón que era el bueno de Antonio! En las tertulias que se organizaban en el bar, contaba soberbio lo que le ocurrió aquella tarde de domingo regresando a Madrid por la antiguamente llamada Carretera de Burgos:  – “Iba  a todo trapo, en bajada, y no vayáis a creer que el 600 sufría, qué va. Enfilé la recta que va paralela a la del Circuito del Jarama y allí estaban disputando el Gran Prix de Fórmula Uno. Se puso en paralelo conmigo el Ferrari de Lauda y, no veas, no pudo con el 600… Llegamos casi justos a la curva…” –. Antonio, el Chaparrito, un cuarentón castizo natural del barrio de Lavapiés, era un tipo socarrón, franco, sincero (según se mirase), abierto, más chulo que un ocho y con una natural predisposición al optimismo. Su infancia había sido muy dura; huérfano desde niño — inclusero, según otras versiones — había tenido que sacarse el solo las castañas de fuego desde su más incipiente juventud. Pese a todo, Antonio exhibía siempre un excelente humor y era muy aficionado a gastar bromas, nunca pesadas, por lo que su presencia en el bar era motivo de alegría para mí cuando yo no era más que un niño. Con Antonio llegué a tener una relación propia de un chavalín con su hermano mayor, una relación de total y profunda admiración no exenta de inocente cariño. Aconteció que siendo yo muy crío todavía, Antonio le empezó a tirar los tejos a la hija de doña Lola, la portera del edificio donde habitaban mis padres. Antonio siempre había tenido fama de juerguista y mujeriego en el barrio, por lo que aquella sentimental relación no fue bien vista por doña Lola y mucho menos por su marido. El asunto llegó a tan insostenible extremo que mi madre, amiga personal de doña Lola, se prestó a hacerle el juego a su hija, muy enamorada del Chaparrito, y con la excusa de que me llevaban al médico, mi madre solicitaba que Mary, la hija de doña Lola, nos acompañase para distraerse un rato. Una vez en la calle, Mary y Antonio se veían durante unas horas en la más melancólica clandestinidad hasta que luego volvíamos los tres al edificio, como si tal cosa. Recuerdo los temores que suscitaban en mi infantil conciencia las advertencias de mi madre cuando regresábamos:  – “Leiter, no se te vaya a ocurrir decirle a doña Lola que nos hemos encontrado con el Chaparrito.” –. Cuando por fin llegábamos al edificio, yo estaba tan asustado por la posibilidad de meter la pata que salía disparado hacia el ascensor mientras que mi madre y Mary se quedaban comentando a doña Lola “las indicaciones del médico” acerca de mi presumible y frágil estado de salud, toda vez que esta tragicomedia se repetía con preocupante frecuencia… Yo juraría, si la memoria no me falla, que en alguna ocasión no visitamos médico alguno. Poco a poco, doña Lola y su marido fueron haciéndose a la idea de que los destinos que el amor cruza son imposibles de contener, por lo que la boda del Chaparrito con Mary no tardó en llegar. Se instalaron en un piso de Delicias, propiedad de doña Lola, y Antonio siguió con su trabajo de chófer, el mismo que curiosamente también ejercía el renegado de su suegro. Pero, como Mary ayudaba a doña Lola en las tareas de la portería, todos los días venían bien temprano a la calle Alcántara y desde entonces, Antonio se convirtió en uno más de la familia. A mí me cambiaba el carácter cuando le veía, siempre quería estar con él, quién se pasaba todo el rato gastándome bromas o contándome historias de su infancia. Decididamente, Antonio era de esas personas que se saben ganar el inocente cariño de los niños, como el que yo a esas edades era.

 Sacar un negocio adelante supone muchos sacrificios y, no digamos, si este negocio es un bar. Mis padres casi nunca cerraban en verano por lo que yo, en ocasiones, me iba de vacaciones con doña Lola y su familia, llegando hasta este punto la amistad entre mis padres y los porteros de la finca. Del primer año recuerdo que nos fuimos a la llamada Sierra Pobre de Madrid, en las proximidades del embalse de La Pinilla. No es que yo me sintiera desatendido por parte de doña Lola y su marido, todo lo contrario, pero a mí lo que en realidad me gustaba era cuando Mary y Antonio se presentaban allí los fines de semana. Yo era un niño feliz con Antonio, no me separaba de él ni un solo instante. Me enseñó a nadar en el pantano a pesar de la palidez que yo mostraba al contemplar la oscura profundidad del agua; me enseñó también a conducir el 600 por el campo, colocando un ladrillo por encima del asiento para que pudiera alcanzar a ver por el parabrisas. Por las tardes, dábamos, cayado en mano, caminatas por el monte y me iba explicando la utilidad de muchas de las plantas que veíamos, así como las características y costumbres de los insectos y otros bicharracos que se cruzaban en nuestro camino. Los domingos por la tarde me entristecía al verles marchar y contaba las horas que faltaban hasta el nuevo fin de semana, cuando volvían a aparecer, pese a los esfuerzos de doña Lola y de su marido por tenerme siempre contento y atendido. Dos años después, doña Lola se compró un apartamento en una conocida playa valenciana y Antonio dejó de ser chófer para instalarse como taxista autónomo, con coche y licencia también pagados por doña Lola — Hay que ver lo que daba una portería de sí en aquellos tiempos –. Los dos veranos que pasé con ellos en la playa fueron inolvidables para mí, en un período que supuso mi tránsito de la infancia a la adolescencia. Muchas mañanas, Antonio alquilaba un pedalón y nos íbamos adentrando en el mar. Mientras que yo disfrutaba de un baño en alta mar — Gracias a él, había perdido todo el miedo al agua — Antonio se tumbaba boca arriba en el pedalón para tomar el sol. Una vez me confesó:  – Esto es lo que más me gusta del mundo, estar aquí, a solas con la mar…” –. Imborrable en mi recuerdo resultó aquella tarde que fuimos a ver una playa nudista que se había inaugurado, exclusivamente para extranjeros, en Xeraco… Si no llegamos a salir corriendo nos hubieran lapidado para mayor desvergüenza nuestra. Con el paso de los años, pude apreciar como Antonio, el Chaparrito, pese a su intachable actitud como buen y trabajador marido, no era aún del agrado de su suegro, el marido de doña Lola. Quizás por el hecho de que nunca llegaron a tener hijos, el caso fue que en numerosas ocasiones me encontré metido en medio de un tenso debate entre doña Lola y su marido, una empeñada en defender a Antonio y el otro obcecado con su presunta e inundada holgazanería. Todos los años tengo por costumbre acudir al piso de doña Lola el día previo a Nochebuena, donde como con ellos. Recuerdo muchos años donde, a la vuelta, el marido de doña Lola se daba un paseo conmigo y tras un insustancial intercambio de frases, siempre acababa terminando en el mismo y molesto punto para mí:  — “Mira, Leiter; es que no soporto al Chaparrito. Llega el día de libranza, se sienta en el salón, se pone a leer el periódico, con su vinito… ¡Tú verás! En vez de sacar a su mujer por ahí… Este vino aquí sin tener donde caerse muerto y ahora, que si piso, que si taxi, que si licencia… Y no creas que hace por devolver todo lo que le hemos prestado…” –. Siempre tuve la impresión de que existía un enorme abismo generacional entre Antonio y su suegro. Además, me parecía que el suegro tenía un extraño temor al día en que ellos faltasen, si no sería capaz el Chaparrito de dejar a su hija y largarse por ahí con otra… Nada más lejos de la realidad; Antonio siempre fue un marido ejemplar, trabajador y sacrificado, cuyo único “delito”, si es que así  de riguroso se lo puede calificar, fue el ya mencionado de no poder tener descendencia con Mary.

 Hace unos doce años sucedió algo inexplicable: Antonio no tuvo más remedio que acudir al odontólogo, aquejado de unos repentinos y molestos dolores de muelas. Ya le quedaba muy poco para la jubilación y su sueño era retirarse con Mary para vivir perpetuamente en aquel apartamento de la costa levantina. El dentista, tras una breve inspección, le mandó de urgencia a un otorrinolaringólogo. El diagnóstico no pudo ser más desolador: Antonio padecía un severo cáncer de garganta que se mostraba ya preocupantemente extendido. No quiso pudrirse en un hospital y sus últimos días los pasó en casa, rodeado de su mujer y suegros. Una tarde bajé a verle. Hablaba con mucha dificultad, quejándose continuamente de agudos dolores en el cuello. Me bloqueé, no supe qué decir… Aquel hombre había sido para mí como un hermano mayor, o quizás, como un padre rejuvenecido. Siempre me animó a hacer mi vida y jamás me dio de lado, pese a que yo había sido un mocoso y él un hombre acostumbrado a todo tipo de juergas, no precisamente infantiles. Le regalé un frasco de colonia, de su marca de siempre. Con los ojos humedecidos me dijo, con mucha dificultad:  – “Gracias por todo, Leiter, gracias por todo” –. No le volví a ver más con vida. Al mes perdió el habla y al otro el oído. Al tercero, por fin, falleció, poniendo punto final a una terrible agonía de tan estúpidos como estériles sufrimientos. No quise contemplar lo que quedó de su cuerpo y cerré los ojos al pasar por la puerta donde se encontraba su cadáver en el domicilio. Pero no me quedó más remedio que hacerlo a través de la cristalera de la sala del Tanatorio Sur de Madrid. Aquel ser no era el Chaparrito, tan sólo un patético recuerdo corpóreo de su persona. El verano siguiente, nos adentramos Celia y yo en la mar por medio de una pequeña canoa con motor que alquilamos. Fuimos a la misma zona por donde muchos años atrás Antonio y yo habíamos salido tantas veces con el pedalón. Abrí la urna y deposité sus cenizas en la mar, al tiempo que Celia  — quién no llegó a conocerle — iba arrojando unas rosas rojas. De alguna manera, tanto su familia como yo quisimos que viera cumplidos sus sueños.

– “Esto es lo que más me gusta del mundo, estar aquí, a solas con la mar…” –