Don Fidel: Variantes y altramuces 21 Octubre 2008
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Tres eran las teorías que circulaban de boca en boca entre los vecinos de este peculiar y madrileño barrio de Salamanca sobre los orígenes de la supuesta fortuna que había logrado amasar don Fidel, el veterano fundador de la tienda de Frutos Secos más popular del distrito: A- La tienda era un mero escaparate de un comercio a nivel mayorista que abastecía de género a todas las tiendas del sector en Madrid; B- A don Fidel le había tocado una fortuna considerable en las Quinielas y C- Era de los del “puño cerrado”. Esta última conjetura era la que mayor consenso reunía, pero hemos de aclarar que no significaba que don Fidel hiciese causa con los comunistas (¡Menudo sacrilegio!) sino más bien que era un tipo de los que disfrutaban más amasando que gastando. Y es que don Fidel, de poco pelo y menos estatura, con rasurado y canoso bigotillo a la moda de la época y con una inquietante sonrisa analítica, era un hombre de rígidos principios franquistas, un ex-combatiente que no tenía reparos en adoctrinar a su fiel clientela mientras servía un cuarto de variantes o altramuces. Los más viejos del barrio aún recuerdan la que se organizó aquella tarde, cuando un tipo fornido que había entrado en la tienda se atrevió a realizar un comentario despectivo sobre El Alcázar, periódico que diariamente exhibía orgulloso don Fidel en una esquina del mostrador de su tienda. – “Ya me dio mal ojo aquel tipo nada más entrar.” – Relataba don Fidel. – “Iba tocado con una chapela de esas que llevan los vascos y sus ademanes eran muy chulos, como de tipo sobrado. Pues bien, mientras le servía, el tipo se pone a manosear “El Alcázar” y me suelta: ¡Vaya birria de periódico!. Entonces le chisté para que se callara y añadí que bajo ningún concepto iba yo a permitir en la tienda ese tipo de comentarios despectivos sobre el único periódico que dice las verdades como puños, que eso era más propio de “rojos” y que en este local sólo se permite la entrada a gente de buenos principios. Pero el muy sinvergüenza, tras pagarme, me suelta: Agur… Yo, con todas mis fuerzas, repliqué: ¡¡Adi-os!! ¡Vamos, hombre! Que se iba a creer aquel ganso que yo me iba a amilanar… ” –. Pero don Fidel, con independencia de sus ideas políticas, era un comerciante de los de antes, capaz de vender una postal a un ciego. Poseía una agresividad comercial digna de ser analizada en el programa de estudios de cualquier Máster de ventas que se imparta en las mejores escuelas de negocios de hoy en día. Tanto es así que los chiquillos del barrio íbamos a comprar en su tienda con el dinero justo, ya que nunca nos daba las vueltas en pecunio sino en especies (Chicles, Kikos, Caramelos Sazi, cromos, sobres que contenían un destacamento de pequeños soldaditos pintados del mismo color, etc… ). Además, don Fidel no vendía sólo los artículos propios de una tienda de Frutos Secos, encurtidos aparte, sino que también ofertaba todo tipo de variopintos artilugios que hacían de nuestra infantil fantasía una enorme piñata. Con frecuencia, los chavales de la calle Alcántara nos retábamos a partidillos de fútbol callejero con los grandullones de la perpendicular Ayala y don Fidel era quién nos proveía de los “balones” para tan importante evento deportivo. Por dos pesetas te vendía una pelota muy pequeña de plástico que iba atada a un cordel de fibra elástica y cuya función era cualquiera menos la de servir de objeto codiciado en un partido de fútbol. Don Fidel tiraba de tijeras de pescador y seccionaba el molesto engarce, dejando la esfera lisa y apta para la práctica balompedística. Desgraciadamente para nosotros, cada partido nos costaba nuestras buenas pesetas ya que Paco Fachegomuá, el conserje de la acera de enfrente, se incautaba cada dos por tres de la bola, momento en el que realizábamos una colecta y volvíamos a donde don Fidel para comprar una nueva. (Llegamos a pensar que el conserje y don Fidel actuaban en descarada connivencia, ante el entusiasmo de este último por vendernos más y más pelotas). Aunque para mí, el mayor tesoro que guardaba don Fidel en su tienda era una colección de coches de plástico duro en miniatura de la marca Eko, similares a los famosos “pulguitas”, pero de mucha más calidad y mejor diseño. Hicieron las delicias de mi primo Javi y de un servidor, llegando los dos a poseer sendas colecciones completas. El todavía la conserva mientras que la mía acabó a golpe de martillo durante un adolescente arrebato. (Para que luego digan que no tengo vena artística… )
Don Fidel, aun siendo seguidor del Atlético de Madrid, no era lo que se dice un especial aficionado al fútbol. Su pasión eran Los Toros, poseyendo una cifra indeterminada de abonos en la Plaza de Las Ventas y que en plena Feria de San Isidro cedía lucrativamente, claro está. En los tiempos en los que yo era aficionado a la llamada Fiesta Nacional no me quedaba más remedio que acudir a don Fidel para conseguir un abono de feria. – “No sé, Leiter… Me parece que este año no va a poder ser… Tengo infinidad de peticiones… ¡Menuda Feria!. Fíjate que vienen Paco Camino y Paquirri… Va a ser imposible… Bueno, anda, dame 20.000 pesetas y te doy este del Tendido 4… Pero por ser para ti, eh… “ –. Generalmente yo adquiría el abono por casi el doble de su valor intrínseco pero nunca se lo tomé a mal. Además, como don Fidel solía comentar: – “Yo hago mucho por la Fiesta. Gracias a mí la gente del barrio puede ir a Los Toros… “ –. De todas maneras, Paco, el taxista, estudió seriamente la posibilidad de demandar a don Fidel por contravenir la normativa de sólo dos abonos por persona. El asunto no pasó de una simple amenaza. Las tardes de Corrida suponían toda una ceremonia para don Fidel, quién se vestía con un lustroso traje (Algo pasado de moda, la verdad) a juego con la corbata. Más que caminar, corría a lo largo de la calle de Alcalá aprovechando el descendente desnivel de dicha travesía superando ya la plaza de Manuel Becerra. Si coincidía con algún conocido solía obsequiarle con un puñado de caramelos Sazi que sacaba de un bolsillo de su chaqueta. A la vuelta, siempre venía acompañado de un grupo, llevando la voz cantante: — “¡Qué no, hombre, qué no! ¡Qué te digo yo a ti que se ha acojonado! Tenía toro para hincharse a dar pases, pero le ha dado el canguelo…” –. En las tardes de triunfo era muy habitual verle improvisar pases con el programa de mano a modo de muleta mientras caminaba. Era todo un entendido en la materia, pese a lo cual, mi padre solía decirme con frecuencia: – “Sí, sí… Entendido… ¡Entendido por los cojones! ¿Pues no dice que le gusta El Cordobés?. Ya me dirás tú que sabe ese de toros… ” –. Con mi padre, aunque en el fondo se admiraban mutuamente, se las traía más tiesas que tiernas. El primero acusaba al otro de no acudir a tomar el café al bar, mientras que don Fidel se defendía arguyendo que mi padre había dejado de comprarle los panchitos y las patatas fritas para los aperitivos. Lo peor venía cuando mi padre me ordenaba ir a por cambio en monedas a “donde Fidel”. Este, muy malhumorado, me lo acababa dando, pero no sin antes soltarme toda una sarta de frases al estilo de: – “Oye, dile a tu padre que sea él mismo quién venga a por el cambio, que dé la cara… ¡Mira que mandar a su hijo!” –. En fin, reconozco que esta sencilla labor era todo un suplicio para mí. Don Fidel, tan absorbido por su negocio, era un hombre muy dado a excentricidades. Así, tenía por costumbre acudir todas las mañanas al antiguo banco Hispanoamericano de la calle de Ayala portando los dineros en el interior de una lata circular de atún en escabeche. Y, cuando cambiaba de vehículo, siempre una berlina Citroën, negaba haberlo comprado y afirmaba que le había tocado en una tómbola. De todas las maneras, don Fidel me dio la oportunidad de conocer de primera mano cómo había que reaccionar ante posibles clientes problemáticos, siendo en ocasiones testigo de los particularísimos usos que empleaba ante tal menester. De esta forma, una tarde estaba yo echando un vistazo a unos nuevos y originales artilugios que había recibido cuando en la tienda entró un tipo que solicitó un par de berenjenas aliñadas. Don Fidel se las despachó en un cucurucho de papel cartón y el señor se fue tan contento, presto a dar buena cuenta de semejante manjar. No habían transcurrido ni dos minutos cuando el referido caballero volvió a entrar en el local: – “Oiga, esta berenjena está podrida. Le he dado un bocado y mire… ” –. Dirigiendo mi vista hacia la prueba de cargo, observé como unas pequeñas manchas de color blanco parecían tener vida propia. El aspecto era realmente repugnante y no concordaba con la buena calidad que solía caracterizar a cualquier producto puesto a la venta por el tendero. Don Fidel agarró el cucurucho y se puso las gafas para ver de cerca, las de pasta marrón. Comenzó a sonreír, exhibiendo un diente de plata, al tiempo que meneaba la cabeza. — “¡Pero si esto no es más que un ojo de gallo, hombre!” –. Del bolsillo de la chaquetilla sacó una navaja y empezó a trastear en la vulva del vegetal, provocando en mí ciertos sudores fríos debido a la forma fálica que mi calenturienta y adolescente mente asociaba con la mencionada verdura. Luego de la “fimosis” efectuada por don Fidel el tipo se marchó con la circuncisa berenjena, adoptando una expresión de escepticismo. ¡Había que ser muy atrevido para atreverse a replicar a don Fidel!. Una vez fuera aquel individuo, don Fidel seguía con su plática: – “Desde luego… ¡Mira que los hay señoritos!. Por un ojo de gallo mira cómo se ha puesto, el muy finolis… Ese seguro que no probó las lentejas del rancho que nos daban en la Guerra… ¡Ahí sí que había bichos!” –. En otra ocasión, se hartó de suministrar petardos y otros artículos de pirotecnia (antiguamente, estaba permitido) a una pandilla de mozalbetes con más pinta de gamberros que de otra cosa. Ya formalizada la venta, don Fidel les advirtió solemnemente: — “Id por ahí, calle arriba, a prenderlos. Aquí, en frente de mi tienda, está terminantemente prohibido. ” –.
Muy a su pesar, los años fueron trascurriendo y a don Fidel no le quedó más remedio que delegar todas las responsabilidades del negocio en su hijo Fide, quién ha heredado las mejores virtudes comerciales de su padre y ha modernizado por completo la tienda, abriendo incluso otra sucursal, y convirtiendo la marca de su Frutos Secos no ya en un referente del sector en el Barrio de Salamanca sino en todo Madrid. Don Fidel se retiró a su pueblo a disfrutar de una merecida jubilación tras toda una vida de sacrificios. En el año 2000 falleció de un colapso mientras dormía, a una edad ya muy avanzada. Estoy seguro de que en algún lugar recóndito del universo estará don Fidel, ataviado con su chaquetilla azul marino, intentando convencer a los ángeles para que le compren unas figuritas de chocolate en forma de diablillo. Seguro que lo conseguirá. Ah, y también estará discutiendo con San Pedro de toros en más de una ocasión: — “¡Qué no, hombre, qué no! Si usted hubiera visto torear a El Cordobés aquella tarde de las cuatro orejas… ” –.
Franz Joseph Haydn: Golpes de fortuna 20 Octubre 2008
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* Nacido en Rohrau, región fronteriza entre Austria y Hungría, el 31 de marzo de 1732
* Fallecido en Viena el 31 de mayo de 1809
Su padre era carretero y ejercía eventualmente como juez de paz y, aunque no tenía ni idea de música, apreció la buena voz de su hijo y se lo confió a un hermanastro para que se encargara de su educación musical. Con apenas siete años, Haydn salió de Rohrau y no regresó jamás. Aquel tío, con acreditados conocimientos musicales, le insufló el arte de Orfeo a Haydn a base de leña, que para eso vivían en ambientes rurales, pero el bueno de Haydn nunca guardó rencor por ello y siempre reconoció en su tío a su primer y más importante maestro musical. En 1740 superó las pruebas de admisión para el Coro de Viena y fue inscrito como Niño Cantor, feliz circunstancia que conllevó que Haydn pasara más hambre que Carpanta como consecuencia del escaso presupuesto que dicha institución tenía para la manutención de los críos. Y, como donde no come uno tampoco lo hacen dos, a partir de 1745 tuvo que apechugar con su hermano menor Michael, quién también pasó a engrosar las filas de los Kindersinger. Al pobre Haydn le cambió la voz con la edad, por lo que todos los méritos familiares eran para su hermano. Y, por si fuera poco, los regidores del Coro no sabían cómo despedirle y tuvieron que aprovechar una pesada broma que gastó a uno de sus compañeros — Le cortó la peluca a golpe de tijeras — para expulsarle de la institución. Así, en 1749, Haydn se vio solo en Viena, con el mismo hambre de siempre y sin un céntimo en los bolsillos.
Allí, se tuvo que ganar la vida tocando el órgano y el violín y trabajando como criado del compositor Pórpora, quién pagaba sus servicios con zapatos remendados y camisas usadas. Haydn siempre fue un hombre que tuvo la extraña virtud de recibir golpes de suerte en los momentos más delicados y así no tardó en llegarle una oferta del conde Morzin, en 1758, como compositor particular, con la única condición de que no podía contraer matrimonio estando bajo su servicio. Como basta que a uno le prohíban algo sin motivos para que se sienta más atraído por ello, Haydn se enamoró de la hija de un peluquero, pero ésta se acabó metiendo (o la metieron) a monja. Haydn, preso del amor y contraviniendo las órdenes del conde, decidió entonces casarse con su hermana (Hay que ver cuánta mala leche pueden tener algunos personajes) y, en otro golpe de suerte, al conde le empezaron a ir mal las cosas y tuvo que romper los compromisos con todos sus músicos. Lo que parecía una desgracia se tornó en una gran alegría, ya que Haydn fue recomendado al príncipe Esterházy, quién necesitaba un ayudante de maestro de capilla, y fue contratado el 1 de mayo de 1761, comenzando una vinculación con esta noble casa que duró casi todo el resto de su vida. Aunque, para que no todo fueran venturas, el estrafalario matrimonio de Haydn pronto comenzó a hacer aguas por todos los sitios.
Haydn se alojó en Eisenstadt y anualmente recibía un buen salario, mas los golpes de suerte continuaron: En 1762 falleció el Príncipe y le sucedió su hermano Nikolaus, amante del lujo sobre el lujo, quién decide que él no va a ser menos que nadie y construye la fastuosa mansión de Esterháza, en donde en 1768 Haydn y sus muchachos de la orquesta se instalan. Allí siguió componiendo sinfonías y conciertos a un ritmo que nadie hoy en día puede explicarse y, mucho menos, si tenemos en cuenta su calidad. Ello provocó las envidias de su superior, el Maestro de Capilla Werner, un chivato que le tenía envidia y que le fue al Príncipe con no sé que cuentos y otras historias que cuestionaban la labor de Haydn. Haydn recibió una amonestación del Príncipe en la que venía a decir que se dejase ya de componer tantas sinfonías y conciertos y se pusiera de una vez a componer para la gamba, que no es lo que a primera lectura uno pueda imaginar, sino que se trata de un instrumento de la familia de las violas. Es posible que sea este el motivo de las numerosas composiciones de Haydn para gamba. Pero, en otro golpe de suerte, Werner murió y Haydn fue nombrado Maestro General de Capilla. Pese a la subida de categoría y de salario, no todo fue un camino de rosas para el maestro. Haydn se vio obligado a litigar en innumerables peleas tabernarias entre los miembros de su orquesta. En una de esas riñas, un flautista perdió un ojo y todo. Y estás peleas ocurrían, en buena medida, porque los músicos debían abandonar a sus mujeres durante la temporada de verano. En aquel de 1772, la estancia del Príncipe se demoraba día tras día sin aparentes motivos, provocando los lógicos ardores humanos de unos músicos que, entre otras cosas, eran también seres de carne y hueso. Por lo tanto, en las tabernas, las riñas estallaban con progresiva y preocupante frecuencia. Dicen que la Sinfonía 45 “Los Adioses”, fue una petición reivindicativa de Haydn para que el Príncipe se largara ya de una vez por todas (La obra concluye con la salida de la escena de un músico tras otro… Así hasta toda la orquesta) y que de esta forma los músicos pudieran aplacar sus incontinencias pasionales. Al parecer, el Príncipe se dio por aludido y se fue con viento fresco, por lo que aquella misma noche Haydn y sus chicos no tocaron precisamente la gamba.
Pasaron los años y Haydn se empezó a sentir preso en Esterháza aunque, la verdad, allí hacía lo que le venía en gana la mayor parte del año. Pero anhelaba viajar a Viena con más frecuencia, sin las obligaciones corporativas de su cargo. Durante los últimos años, y sin él saberlo, Haydn se había ganado una merecidísima reputación en toda Europa como compositor y, con permiso del Príncipe, comenzó a trabajar en encargos que le llovían del exterior, aunque tuvo que hacer frente a desalmados que falsificaban su firma en obras del todo infumables. Se cuenta que pudo conocer personalmente a Mozart en 1784 y que se quedó embobado con su música, como les ha ocurrido a todos los músicos, claro. El siguiente golpe de fortuna no tardó en llegar: El príncipe Nikolaus murió en 1790 y su sucesor pasaba olímpicamente de la música, por lo que Haydn se vio por fin libertad de todo compromiso, tras casi 30 años de relación con los Esterházy.
Haydn no desaprovechó su estrenada libertad y partió raudo para Viena, pero pronto (de nuevo la Diosa Fortuna) recibió una invitación para ir a Londres con un contrato de ensueño. No se lo pensó y en el mismo 1790 arribó a las islas. Allí fue recibido como una auténtica figura de renombre y así, el viejo Haydn, pudo vivir una nueva juventud. De esta época son sus Sinfonías Londinenses y mucha más obra aunque, para ciertos especialistas, no es precisamente lo más selecto del maestro. Tal fue el éxito que llegó a alcanzar en las giras de conciertos por las tierras británicas que fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Oxford en 1792. Para celebrarlo, comenzó a filtrear con la esposa de un famoso compositor. En ese mismo año, regresa a Viena no sin antes pasar por Bonn, donde conoció a un tal Beethoven, un joven músico que al parecer prometía. Haydn le indicó que fuese a Viena a recibir sus lecciones y tan fecunda colaboración duró hasta 1794, aunque con altibajos. En una carta, Haydn afirmó que Beethoven sería uno de los grandes y que estaría orgulloso de haber sido él su maestro. (La verdad, que un poco vanidoso resultó Haydn). Pero al viejo maestro le iba la marcha londinense — Y sus correspondientes ganancias monetarias — y para allí que volvió en 1794, estrenando sus últimas sinfonías. Regresó en 1795, con su amasada fortuna, y curiosamente volvió a colaborar para un Esterházy, aunque sin las estrictas obligaciones de antaño. Treinta años pesan mucho en la mente de cualquier individuo. De esta época son sus principales oratorios.
En sus últimos años la salud le comenzó a abandonar pero no así el torrente de inspiración creativa aunque, desgraciadamente, no pudo plasmarlo del todo. En marzo de 1808 hizo su última aparición pública en Viena, en una interpretación de La Creación dirigida por Salieri (Este Salieri tenía la manía de perseguir a los genios en sus últimos días). Allí fue donde se despidió de Beethoven. Murió un par de meses más tarde, el 31 de mayo de 1809, mientras Viena era de nuevo ocupada por las tropas de Napoleón. Como una triste ironía del destino, sus restos reposan hoy en Eisenstadt, en un mausoleo que el príncipe Paul Esterházy mandó erigir en el siglo pasado, concretamente en 1932. Al final, Haydn regresó a la cárcel.
La música de Haydn está compuesta para su uso instantáneo y placer inmediato, sin enormes ni trascendentes pretensiones. Sus obras son prodigiosamente discretas y de gran belleza melódica. Es difícil superar lo que hizo Haydn: Componer tantísimo y, además, hacerlo meridianamente bien.
OBRAS
- 104 Sinfonías, destacando la 45, 48, 99 y 102.
- 24 Conciertos para diversos instrumentos, destacando dos para violoncelo y uno para trompeta. También una Sinfonía Concertante.
- 83 Cuartetos de cuerda, destacando los Op. 76 y 77
- 32 Tríos para piano, violín y violoncelo.
- 126 Tríos para Baryton, viola y violoncelo, destacando el 63
- 52 Sonatas para piano, destacando la 52
- Docenas de partitas, serenatas, divertimentos y obras similares
- 20 Óperas, destacando La Isla Desierta
- 13 Misas, destacando la Harmoniemesse
- 6 Oratorios, destacando La Creación y Las Cuatro Estaciones
- Cantatas, canciones y otras obras para voz sola. Además, unos 450 arreglos de canciones populares británicas.
Bolero de Maurice Ravel 17 Octubre 2008
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* Compuesto a petición de la famosa bailarina Ida Rubinstein.
* Estrenado el 22 de noviembre de 1928 en la Ópera Garnier de París, con la orquesta dirigida por Walter Straram y la coreografía de Bronislava Nijinska.
* EFECTIVOS ORQUESTALES: Dos flautas, flautín, dos óboes (uno de ellos toca también el óboe de amore), un corno inglés, dos clarinetes, un pequeño clarinete en mi bemol, un clarinete bajo en si bemol, dos fagots, contrafagot, cuatro trompas, tres trompetas, una pequeña trompeta en do, tres trombones, tuba, saxo sopranino en fa, saxo soprano en si bemol, saxo tenor en si bemol, tres timbales, dos tambores (cajas orquestales), bombo, címbalos, tam-tam, celesta, arpa y cuerdas.
* Duración aproximada de la ejecución: Entre 15 y 17 minutos.
El BOLERO de Maurice Ravel es una composición que aglutina tras de sí muchas y variadas características: Es, probablemente, la obra musical más conocida de la llamada Música Clásica (Prácticamente, cualquiera puede tararear de memoria o silbar sus dos temas y tamborilear con los dedos su ostinato ritmo); es, asimismo, una de las piezas más ejecutadas en las salas de conciertos (A veces, incluso, como propina, fuera de programa); pero, en términos estrictamente musicales, el Bolero de Ravel, con su crescendo piramidal y su progresiva dinámica sonora, es la mayor lección de orquestación que jamás un músico haya escrito. Ravel fue uno de los más grandes orquestadores que haya dado la historia de la música, creador y experimentador de inéditas combinaciones tímbricas. Nunca, tras la muerte del compositor, su legado instrumental fue superado o renovado sino más bien se ha atomizado dentro de la llamada tonalidad. Posteriormente, las vanguardias musicales derivaron hacia un nuevo lenguaje armónico que llega incluso a prescindir tanto de la tonalidad como de la barra del compás. Pero la maestría artesanal de Ravel supuso un cierre de página en la historia instrumental. Toda la música tonal compuesta hoy en día se basa en el sello orquestal que Ravel nos legó como su lección más hermosa.
Cuentan que en el estreno de la obra en París, una mujer gritó: – “¡Al loco, Al loco!” – y Ravel, sonriendo, declaró que esa mujer había comprendido perfectamente la obra. En efecto, hay que estar muy “loco” para escribir una obra de esas características, para lograr que en ningún momento la reiterada repetición temática nos aburra, más bien todo lo contrario, y para tener tanta fe en un triunfo creativo. El tema del Bolero se hizo célebre en todo el mundo. Un día, se encontraba el maestro en casa de una amiga cuando escucharon como por la calle un obrero silbaba una de las dos melodías. Ravel se emocionó y declaró: – “Vaya, parece que me estoy convirtiendo en una celebridad…” –. Como vínculo para su audición, he enlazado a un vídeo con la magistral interpretación en directo de Christoph Eschenbach y la Orquesta de París. A mi humilde juicio, este director es hoy en día uno de los más grandes maestros de la batuta. La interpretación viene solapada en dos vídeos.
DESARROLLO: Dos temas inmutables, el primero en Do mayor y el segundo en do menor, cada uno de ellos en dos partes de ocho compases con ritmo constante de 3/4 en Tempo de bolero moderato assai. El tambor, a veces tañido con dedos, en ppp marca el ritmo y la primera flauta expone el tema para recogerlo el clarinete, pasando la segunda flauta a unirse al tambor para subrayar las notas repetidas del ritmo. El tema pasa luego a fagot solo y lo recoge el pequeño clarinete en mi bemol, mientras que el ritmo se enriquece con toques de arpa. Entra a continuación el óboe de amor (¡Qué timbre más melancólicamente bello!) mientras el acompañamiento se refuerza con contrabajos y segundos violines en pizzicato. El tema pasa ahora a la flauta y a la primera trompeta, sustituyendo las trompas a los fagots en la parte rítmica, a la que se unen también los primeros violines. Entran en escena saxo tenor, recogiendo el testigo el saxo sopranino, mientras que el acompañamiento se enriquece con flauta, óboe, corno inglés, trompetas, trompa, trombones y tuba, sumándose después los fagots. A continuación, del tema se apoderan la celesta, sostenida por trompa y flauta piccolo en una atrevidísima armonía, marcando la primera flauta y la segunda trompa el ritmo con la cuerda (a excepción de los primeros violines) y con la suma de fagots, clarinete bajo y arpa. Llega ahora el primer tutti de maderas para la exposición del tema (Óboes, oboe de amor, corno inglés y clarinete) a los que se suman en el siguiente motivo el clarinete bajo, los fagots, la primera trompeta (ensordinada) mientras que el ritmo lo complementan la segunda trompeta y cuarta trompa, uniéndose a los divididos arpegios de segundos violines y violas (Magistral efecto). Sin darnos casi cuenta, hemos partido del pianissimo al mezoforte. Le llega el turno al trombón solista (Es una ejecución mucho más difícil de lo que a simple vista parece. No pocas “meteduras de gamba” he visto yo en directo… ) con unos desenfadados glissandi que ponen en vilo al director. A continuación el tema es recogido, en el segundo tutti de maderas, por flauta, óboe, clarinete, corno inglés y saxo tenor. Ya hemos pasado el ecuador. Entran ahora, con arco, los primeros violines para, a continuación, unirse divididamente los segundos. Al ritmo se suman arpa y timbales. El tema ahora lo recogen primeros y segundos violines y la primera trompeta en octavas, a los que seguidamente se unirá el trombón. No se nota que hemos llegado ya al fortissimo. (Queda aún una fff). Ahora el tema es un lleno donde destacan las agudas maderas, mientras que se suma a la fiesta el segundo tambor. El primer motivo es a continuación, dentro del lleno orquestal, recogido por flautas, saxofones trompetas, trompeta pequeña y primeros violines, uniéndose después el primer trombón. Llega la sorpresa en esta grandiosa fiesta: Se produce la modulación a Mi mayor, que se mantiene durante ocho compases para retornar de nuevo al Do mayor, en Piu fortissimo (fff) donde el protagonismo lo adquieren el bombo, los címbalos, el tam-tam (Gong) y unos guasones glissandi de trombones. Tras un acorde disonante, todo parece precipitarse en una demolición orquestal. El director y los profesores se miran, generalmente bajo el mar de aplausos de un enfervorizado público, y parecen querer decirse: — “Jopé, la que hemos liado…” –. Prodigiosa composición que parece desafiar al tiempo.
VERSIONES RECOMENDADAS:
- Pierre Monteux con la Sinfónica de Londres. PHILIPS. (De absoluta y total referencia)
- Charles Munch con la Sinfónica de Boston. RCA (Maestría sin discusión posible)
- Sergiu Celibidache con la Filarmónica de Berlín (presuntamente). ARKADIA. (Colección de conciertos públicos con varias orquestas. Polémica, pero insuperablemente edificada)
- Ernest Ansermet con la Orquesta Suisse Romande (Versión muy técnica)
- Pierre Boulez con la Filarmónica de Berlín. DG. (Sensacional. Posiblemente, la mejor grabación moderna)
- Jean Martinon con la Orquesta de París. EMI. (Equilibrada, muy bien planteada)
Desconozco si existe alguna grabación disponible de Christoph Eschenbach con la Orquesta de París, la misma que hemos vinculado anteriormente.
Por contra, no me satisfacen las grabaciones de Herbert Von Karajan con la Filármónica de Berlín (A mi gusto, algo precipitada) ni las de Seiji Ozawa con la Sinfónica de Boston (Para experimentos, ya está la propia partitura). Tengo muchas dudas con la de Claudio Abbado y la Sinfónica de Londres.
Baladas por componer 16 Octubre 2008
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¿ Cómo entender lo que siento
si al brillo en tu estrella de anochecer
mi espíritu se altera al recorrer
la estela de mi lamento
por bucear en la esencia de tu ser
y no beber de tu aliento ?
Me abrazo a la idea precisa
de unos labios pintados de emoción
que consuelan mis horas de aflicción
cuando el frescor de la brisa
acaricia mi débil corazón
con la luz de tu sonrisa.
Alma de niña traviesa
que transformas mi paz en tempestad
si en tus ojos descubro la verdad
de una pasión con sorpresa
cuando derramas aires de bondad
en tu rostro de princesa.
Raras son las ocasiones
donde el destino nos canta el rumor
de una desdicha larvada en dolor
que estalló en sus intenciones
de querer sepultar un nuevo amor
macerado en ilusiones…
Ilusión… Es tu alegría
cuando te asomas silente en mi altar
y me brindas las olas de tu mar
con ecos de fantasía
si al momento quisiera imaginar
tu suave mano en la mía.
Alivias mi penitencia
con murmullos que mecen mi compás
y en dudas por saber si volverás
a mi cárcel de impotencia
cuando he de preguntarme dónde estás
al recuerdo de tu ausencia.
Nunca me hallarás distante
si en las veredas de tu devenir
se levantan espinas por sufrir
en una flor mendigante
pues, no evitaré tener que morir
por tu causa en cada instante.
Solo en mi aposento espero
tu hermosa presencia de amanecer
para ir soñando con volverte a ver,
envuelta en amor sincero,
y al son de baladas por componer
para decirte: Te quiero.
Cuida nuestra tierra 15 Octubre 2008
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Hoy me encuentro muy triste y desanimado. Hace unos cuatro años, una vecina mía, muy mayor y con evidentes síntomas de Alzheimer, deambulaba sin rumbo fijo por la calle de Alcántara. No iba sola; Pepito, su fiel perro caniche color melocotón, le acompañaba. Celia y yo decidimos hacernos cargo del animal, pese a que ya teníamos un enorme gato negro en casa, Winston. Pero Pepito llenó de alegría nuestro hogar, con sus cabriolas, sus ganas de entusiasmarnos y su insaciable apetito. Como todo buen caniche, tenía su genio y en ocasiones marcaba claramente su territorio. Pero jamás dejó de recibirnos con saltos, volteretas y cuanto pudo hacer para alegrarnos en nuestros diarios reencuentros. Pepito es ya muy mayor y poco a poco su vida se va apagando, aunque él nos intenta demostrar lo contrario. No ve; apenas puede oír; Tiene que olfatear para reconocer a las personas. Intenta jugar subiéndose a nuestras piernas, pero ha de desistir ante el intempestivo ahogo que le asfixia. Tiene los pulmones encharcados.
El veterinario me ha confesado que es muy probable que Pepito no llegue a Navidades. Es más, sería casi milagroso que lograra sobrevivir un solo mes. Me ha sugerido la posibilidad de que Pepito se vaya de este mundo dormido y sin apenas darse cuenta. Quizás ahora sea pronto, aunque si los síntomas se agravan habrá que empezar a replantearse esta opción, exclusivamente para que el animal deje de sufrir. El doctor me ha dicho que si tomamos esa decisión estemos con el perro en sus últimos instantes. Yo sé que Celia será incapaz de aguantar ese trance y que no me quedará más remedio que asumirlo. De todas formas, no quiero pensar en acontecimientos que aún están por venir. Ahora mismo, Pepito padece la ansiedad que todo animal siente cuando, no me preguntéis por qué, sabe que su fin está próximo. Afortunadamente, no sufre dolores físicos aún. O, al menos, son soportables, según el veterinario.
Luego del fatal e irreversible diagnóstico del veterinario, Pepito y yo hemos caminado juntos hasta nuestra casa. Iba alegre y feliz, sabiendo que nos alejábamos de la consulta diaria que le hace temblar. Ahora mismo está en el sofá, enroscado, durmiendo y soñando… Sabe Dios con qué o con quién. Está tranquilo y relajado. La mayor parte del día se le pasa tosiendo, casi ahogándose, por lo que, tras tomar sus pastillas, acaba derrotado.
Sé que este perrito no es más que el grano de arena de un mundo donde más de 2.000 millones de personas pasan hambre a diario, donde la explotación infantil en el Tercer Mundo es el patético pan nuestro de cada día y donde miles de niños mueren a diario por falta de medios para subsistir. Pero Pepito es mi perro y jamás me negó un nervioso movimiento de cola cuando abría la puerta de mi casa, con independencia de mi estado de ánimo. Buceando en la red, me he encontrado con esta canción de ANDREA BOCELLI. Me estoy volviendo mayor sin darme cuenta. No es mi estilo de música, pero la visión de este vídeo que os dejo me ha hecho pensar y casi llorar. Estoy muy sensible. Ah, Pepito sigue durmiendo.
El Entierro del Conde de Orgaz – El Greco 14 Octubre 2008
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* Oleo sobre lienzo
* 460 x 360 cms
* Realizado entre 1586 y 1588
* Ubicado en la Iglesia de Santo Tomé, Toledo.
La historia de este suntuoso lienzo arranca en 1579, cuando El Greco recibe dos trascendentales encargos: De parte del cabildo de la Catedral de Toledo se le encomienda pintar una obra sobre el tema del “Expolio de Cristo”, obra actualmente expuesta en la Catedral de Toledo y, de parte de Felipe II, como prueba para una posible colaboración como pintor del flamante Monasterio de El Escorial, “El Martirio de San Mauricio ó La Legión Tebana”. Esta obra, desgraciadamente, no fue del agrado del rey y acabó por apartar al artista de los encargos oficiales, sumiéndole en una introspección mística que dará como fruto, entre otras obras, “El Entierro del Conde de Orgaz”, la cumbre pictórica del autor y uno de los mejores óleos del siglo XVI.
A la hora de analizar cualquier cuadro de El Greco hemos primeramente de tener en cuenta sus características como artista y sus condicionamientos pictóricos. El Greco, de inicial formación eminentemente bizantina, tiende a la composición espiritualizada de la realidad visual. Las extrañas perspectivas, a menudo invertidas, el alargamiento proporcional de las figuras y la estrechez espacial son aspectos genéricos de la estética bizantina, con cuyos conceptos se familiarizó tempranamente el autor. Pero, ya en Venecia, varios pintores influyeron decisivamente en la formación de su peculiar e indiscutible estilo. De Tiziano aprendió el concepto del color como referencia fundamental de un cuadro, en oposición al dibujismo de Miguel Ángel. De Tintoretto adopta el empleo de las luces artificiales, inexistentes en la naturaleza, y que sirven para la representación religiosa conforme a las visiones místicas. También de Tintoretto es la influencia de los llamados dobles puntos de vista (Diopsia). El Greco viajó posteriormente a Roma y tuvo contacto con la pintura de Rafael, de quién admiró su sentido de la composición.
Como pintor religioso, El Greco hace uso de la descomposición volumétrica de las figuras, de la asimetría y de los movimientos serpenteantes. Al artista no le interesa en sí el carácter histórico de los relatos que acomete sino más bien su significado espiritual. El “santo” es un ser agitado que siente la llamada de Dios y esa presunta “agitación se traduce en un alargamiento de las figuras, casi hasta el punto de la estilización, como plena voluntad del artista y no siendo debido, como reiteradamente se ha comentado, a un presumible defecto óptico del autor. Algunos críticos afirman que El Greco tomaba apuntes de locos, de enajenados, y luego se servía de maniquíes a los que iluminaba escenográficamente para resaltar el contenido expresivo. También debemos apuntar que El Greco estuvo influenciado en buena medida por la corriente manierista y su alargamiento de figuras se corresponde igualmente a esta circunstancia.
El Entierro del Conde de Orgaz se inspira en una leyenda toledana según la cual don Gonzalo Ruiz, Señor de Orgaz, a la hora de su muerte fue milagrosamente colocado en el sepulcro por unos santos, agradecidos por las buenas obras que dicho noble realizó en vida, como fueron las de favorecer económicamente a los agustinos y levantar una iglesia en honor a San Esteban. El milagro ocurre ante un distinguido grupo de nobles y frailes toledanos entre los que se autorretrata el autor (La única de estas figuras que nos mira frontalmente). Mientras el párroco prosigue ensimismado con sus rezos, el sacristán observa la llegada a los cielos del alma del Señor de Orgaz. No deja de ser una alegoría de la muerte como principio de la vida eterna. Dos son las partes en las que se divide estructuralmente el cuadro: En la superior, vemos una representación celestial con la llegada del alma del Conde, quién transmite su respeto ante un Cristo escoltado por ángeles y apóstoles. Separada por la línea que forma la numerosa fila de nobles, se encuentra la parte inferior, donde se aprecia el milagro descrito de los dos santos colocando el pálido cuerpo del Conde en el sepulcro. La figura infantil inferior de la derecha es un retrato del hijo del autor. El contraste entre el colorido de las dos partes del cuadro es magistral, predominando la claridad en la superior toma espiritual frente a la mayor oscuridad de la escena más mundana.
Si nos fijamos, entre los elegidos que aparecen a la izquierda del Cristo Triunfal y Juez, se encuentra la anciana figura de Felipe II, con la característica mano en el pecho a la manera de El Greco. Al parecer, el autor incluyó esta figura a la muerte del monarca en 1598, en un acto bondadoso, rechazando cualquier rencor contra la figura de Felipe II pese a no haber resultado elegido por éste como pintor oficial para El Escorial. Los mayores detalles técnicos se perciben mejor en la parte inferior del cuadro. El detallismo en los ropajes que visten los santos que sostienen el cadáver del Conde es de una perfección inusitada, donde el artista se permite el lujo de recrear incluso la lapidación de San Esteban, en clara referencia a las obras acometidas por el Conde en vida, en la casulla del santo más joven. Magistral el efecto conseguido de transparentar las telas blancas del sacristán, de espaldas a nosotros, cuya expresión está a caballo entre el asombro y la piadosa admiración. Como ya nos hemos referido anteriormente, El Greco acentúa a propósito la palidez del rostro del fallecido, contrastándola genialmente con el plano diametralmente superior iluminado por la infinita luz celestial de Cristo (Ego sum lux mundi). La armadura del fallecido, exquisitamente elaborada, es un pequeño homenaje al gran Tiziano y en los numerosos rostros de los nobles que contemplan el entierro se han querido ver retratos de personajes famosos de la época, pero este asunto es ya materia de acreditados especialistas.
En resumen, una obra grandiosa cuya contemplación justifica de por sí una escapada a la bella ciudad de Toledo. Si es en otoño, fuera de los agobios propios de la época estival, mejor que mejor.
De ti tampoco me olvido 13 Octubre 2008
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Celia, Alberto y Rosa en instantánea tomada por el autor este mes de septiembre en La Carihuela, Málaga
Toda, absolutamente toda la familia tangerina de los Treceño decía haber visto o hablado en sueños con la abuela Valentina. Desde Celia a Luisa pasando por el recordado Enrique y Rosa; también Federico, por supuesto. Pero el hermano Alberto, el más guasón de toda la prole, negaba la mayor, arguyendo que todo eso no eran más que cuentos y patrañas y que él jamás había conversado en sueños con la abuela Valentina. Nadie le creía, pero como Alberto siempre fue tan dicharachero pensaron que algún motivo debía de tener para ocultarlo. Yo siempre tuve problemas para guardar la compostura delante de Alberto. Recuerdo que a la media hora de habernos visto por primera vez ya se me estaban saltando las lágrimas de risa por sus graciosas y estrafalarias ocurrencias. Alberto es capaz de contar más de cien chistes en menos de media hora y, la verdad, no es que sean muy ingeniosos, pero tal es la forma en que los narra, con ese deje tangerino-malacitano, que hasta la persona más seria y recatada que uno pueda imaginar no tarda en desternillarse de la risa. Desde luego, con Alberto no hay lugar para la tristeza aunque Celia siempre se enfada con él porque se refiere a ella como “La cucaracha”. – “Yo que tenía ilusión por tener una hermana rubia de ojos azules y mira… ” – Me suele repetir. Quién si era rubia como los destellos solares y tenía los ojos color mar al atardecer era la abuela Valentina, carismático personaje que dejó huella en Tánger. Quienes la conocieron no dudaron en afirmar que era una mujer con desarrolladas capacidades extrasensoriales, las cuales fueron heredadas, en mayor medida, por su hija, la muchas veces aquí mencionada tía Rafaela. Como otras tantas personas dotadas de enigmáticas facultades sobrenaturales, los orígenes de la abuela Valentina están envueltos en una aureola de leyendas y misterios, pero a ciencia cierta todo el mundo en Tánger conocía la verídica historia de su nacimiento. La Abuela Valentina vio la luz por primera vez en un río, el conocido como Arroyo Judío de Tánger: Una mañana, Mariana, su madre, fue como otras muchas a lavar la ropa y al regresar trajo consigo, liada entre las prendas, a Valentina. Las excelentes predicciones auguradas por los maestros de la Cábala parecieron cumplirse durante buena parte de su vida, pero la abuela Valentina soñaba reiteradamente con tinieblas, con una oscuridad que lo iba devorando todo. Y, desgraciadamente, así ocurrió al poco de fallecer su marido, un inquieto y emprendedor hombre de aventuras que a base de fe, coraje e insistencia consiguió llevar el alumbrado público a las callejuelas de Tánger. De esta manera levantó una notable industria que garantizaba la futura educación de sus hijos pero, prematuramente muerto, unos desalmados se aprovecharon de la ignorancia de la pobre abuela Valentina y se apoderaron de todas sus heredadas acciones en la próspera compañía de alumbrados de Tánger. De esta manera, la abuela Valentina y su familia se quedaron sin ningún medio de subsistencia en aquellos tiempos tan difíciles.
Pero la abuela Valentina, gracias a su seguridad en sí misma y a la tradicional solidaridad de casi todos los tangerinos, consiguió sacar adelante a su familia y ¡Vaya si lo consiguió!. Y lo que es más paradójico, no sólo en vida sino también después de fallecida. Su hija, la tía Rafaela, aseguraba hablar con ella en sueños todas las noches y no pocas recomendaciones dictadas desde un hipotético Más Allá fueron llevadas a la práctica en la realidad cotidiana con contrastada fortuna. También, desde donde quiera que se encontrase la abuela Valentina, tenía la virtud de alertar sobre futuros riesgos que podían hacer peligrar a todos los miembros de su familia. Algunos piensan que incluso intervenía directamente en las situaciones más complicadas. Fue hará unos diez años, cuando su nieta Celia se dirigía a una de esas interminables jornadas de promoción a bordo de su pequeño utilitario en la llamada M-30 de Madrid. Paulatinamente, fue reduciendo la velocidad de su vehículo y buscando el carril situado más a la derecha ante la próxima y obligada salida. El tráfico era denso, pero fluido para lo que solía ser habitual durante esa hora por la vía de circunvalación madrileña y la maniobra no presentaba mayores dificultades… No así para aquel camión articulado que, de pronto y sin señalizar su maniobra, se escoró como una exhalación hacia el carril derecho emparedando, literalmente, entre el propio camión y la valla de seguridad el coche de una aterrorizada Celia. Instintivamente, Celia pisó a fondo el freno en un desesperado intento de evitar la colisión, pero el Renault no respondía. Al primer contacto entre el camión y el vehículo, las enormes ruedas del primero engancharon las aletas del coche y lo fueron arrastrando bajo una nube de humo de los neumáticos bloqueados, un destello de infinitas chispas por el roce y un insoportable chirrido de frenada que preludiaba la tragedia. 50 metros, 100 metros… Y el seto de separación, mortal en caso de impacto, quedaba entre los márgenes de la trayectoria del vehículo de Celia, quién sintió como el tiempo parecía ralentizarse. Aquel seto se hacía cada vez más grande y Celia sólo tuvo tiempo, desentendiéndose ya del volante, de proteger su cabeza entre las manos a la espera de la inevitable colisión final. De pronto, sintió un impulso, una llamada interior y, por entre los dedos, levantó la mirada hacia el espejo retrovisor. Allí contempló reflejada la figura de la abuela Valentina, con esos cabellos tan dorados y esos ojos tan celestes… — “¿Se encuentra bien, señora? ¡Rápido, avisen a una ambulancia y a la Policía! ¡Señora, señora! ¿Me escucha?” –. El coche se detuvo a escasos veinte centímetros del seto, según podía leerse en el atestado policial. Los allí presentes no daban crédito a que Celia hubiese salido ilesa y sin ningún rasguño del accidente, dada la aparatosidad del mismo y del estado ruinoso en que quedó el pobre Renault (Siniestro total). – “La vi, Leiter, te juró que la vi por el espejo… Y me dijo: Tranquila, ya ha pasado… ” –. Pero aquellas insólitas apariciones supradimensionales de la abuela Valentina no sólo alertaban de futuros peligros, sino que también avisaban de próximos acontecimientos, algunos del todo imprevisibles. Como aquella noche durante la que Rosa, la hermana de Celia, se sobresaltó: En sueños, la abuela Valentina le había advertido de la inminente llegada desde Israel del padre de ambas. Muchos años habían transcurrido desde su partida, tantos que ya casi nadie se acordaba de él. Con el primer café de la mañana, Rosa descolgó el teléfono ante el molesto e insistente vibrar del mismo. — “Vaya, ¿Quién será ahora tan temprano?” –. Su rostro palideció: – “Rosa, soy Maimón, tu padre. Esta misma noche he llegado desde Tel-Aviv. Quiero veros, a ti y a Celia…” — Por cierto, Celia se quedó sin palabras al descubrir el asombroso parecido físico que tenía con una, hasta el momento, desconocida hermana por parte de padre en Tel-Aviv. Cotejando sendas fotos, ni yo mismo fui capaz de distinguir una de la otra. Ambas tenían hasta el mismo y simpático lunar en la nariz… ¡Increíble!. Como también fue increíble lo que ocurrió la otra noche cenando Celia y yo con su hija Gema y su novio en un restaurante. A poco de tomar asiento, Gema se levantó y dijo: – “¡Andá, mi amiga Belén está allí!. Jo, mira que hacía tiempo que no nos veíamos. Sabía que me iba a encontrar con ella… Esta noche lo soñé…” –. Decididamente, estas cosas vienen de familia.
En ocasiones, la vida se empeña en maltratar a la gente de buen corazón, como lo es el hermano Alberto. Una serie de circunstancias acumuladas le hicieron caer en un profundo desánimo, aunque nunca dejó de regalar una sonrisa y unos chistes a nadie. Una noche, de vuelta a su domicilio en Alhaurín, se tumbó en la cama y reflexionó a solas: – “Ayúdame, abuela Valentina. Todos los hermanos hemos soñado contigo menos yo… Necesito tu ayuda.” –. Alberto fue cerrando los ojos… Pronto vio la fachada de su propia casa como reflejada en un espejo que estaba ardiendo. Rápido, se adentró en la misma, con la intención de apagarlo. Dentro, en medio de las llamas, estaba incorporada la abuela Valentina en la propia cama de Alberto, con sus ojos azules y su cabello dorado. — “No me vais a dejar nunca tranquila” – Escuchó Alberto. – ” Enciéndeme unas velas para que pueda descansar en paz, Alberto. Enciéndeme unas velas… “–. Como casi todas las mañanas, al día siguiente Alberto fue a visitar a su hermana mayor, Luisa, la mujer que de hecho crió a toda la familia. — “Hola, Alberto… ¡Qué cara más pálida traes hoy! Escucha, he pensado que por qué no le enciendes unas velas a la abuela Valentina… Quizás te sirvan de ayuda para tus problemas.” –. Desde aquel día, Alberto enciende una vela diaria junto a un viejo retrato de la abuela Valentina. Las cosas ya le van mucho mejor.
Cuando el diablo se viste de deseo 10 Octubre 2008
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Acababa de regresar del Brasil y Boni nos presentó en El Paraíso: – “Mira, Malena, este joven acaba de volver de tu tierra… ¿No es en México donde has estado, Leiter?” –. El inefable Boni no andaba muy ducho en geografía que digamos y, tras aclararle que Brasil estaba a una considerable distancia de México, comencé a charlar con Malena, la chica mexicana que apareció por el barrio unas semanas atrás, de marcadas facciones aztecas, y que se había unido sentimentalmente a Pepe el Pulpo. Malena y yo conectamos muy bien desde el principio y lo que empezó siendo una insustancial charla de café, acabó prolongándose un par de horas. Malena me contó su personal historia: – “Leiter, las cosas están muy mal en México. Las personas con pocos recursos y de clase humilde no tenemos ninguna otra salida que no sea trabajar de sol a sol por unos salarios miserables… La vida allí es muy difícil. Todo es corrupción, desde las más altas instancias hasta las pequeñas relaciones cotidianas. Mi madre y yo hemos estado ahorrando con mucho sacrificio durante años para que yo pudiera viajar a España y encontrar un porvenir más decente del que mi país está en condiciones de ofrecer. Vine con la visa turista y tan solo me quedan unos días para retornar. Menos mal que conocí a Pepe, un chico estupendo que está intentando buscarme algún trabajo; pero no hay manera. No tengo más permiso de residencia que el que me concede el boleto de avión. Además, por si no fueran pocos los problemas, los padres de Pepe no quieren que duerma con él en su casa y ya no nos queda plata para pagarme una pensión hasta que me vaya, en tres días.” –. Traté de consolar a Malena, quién mostraba en su exótico rostro los evidentes síntomas de una penosa aventura de objetivos fracasados. A punto ya de despedirme, apareció por El Paraíso su circunstancial novio, Pepe el Pulpo, quién regresaba del trabajo. Pepe era una magnífica persona, un tanto reservada e introvertida, con el que yo tenía una amistad vecinal, más que de tratarse de un amigo, propiamente dicho. Me despedí: – “Bueno, ya sabéis, Malena y Pepe: Si no conseguís solucionar el tema de vuestro alojamiento podéis venir a dormir a mi casa.” –. Aquella relación entre Malena y Pepe no me pareció muy fundamentada en el amor sino más bien en mutuos intereses. A la mañana siguiente, durante la hora del aperitivo, Pepe se presentó de improviso en El Paraíso. – “Leiter, por fin te encuentro. Esto… Si no te importa, te tomamos la palabra en tu ofrecimiento de ayer. ¿Puede quedarse Malena a dormir un par de noches en tu casa?” –. Me quedé un poco sorprendido. – “Pero, y tú también…¿No?” — Pregunté. — “No, va a ir ella sola. Mis padres, ya sabes cómo son, quieren que yo esté en casa por las noches y a Malena no quieren verla por allí ni en pintura… ” –. Aquella exposición de motivos no me cuadraba. — “Pepe, ¿No te da cosa que Malena se quede sola a dormir en mi casa conmigo?” –. El Pulpo sonrió pícaramente: — “No, Leiter, por Dios, no digas tonterías… Yo sé que tú eres un tío muy legal” –. — “No es que yo sea más o menos legal, es que Malena sea legal, ¿Me entiendes?. Ella va a estar sola en mi casa y no la conozco apenas de nada. Una cosa es que estéis los dos juntos y otra es que sea ella sola…” –. Pepe me interrumpió. — “Tranquilo, Leiter. Yo te respondo por ella.” –. Acordamos en que me traería su maleta a casa en una hora y sólo puse una condición: – “Malena ha de estar, como muy tarde, a la medianoche. Yo suelo salir de noche, ahora que estoy de vacaciones, y no tengo más que este juego de llaves. Que se tome lo que quiera, que vea la tele, que escuche música… Lo que quiera, pero ha de estar antes de las doce en casa.” – No pusieron pegas y aceptaron. Se les notaba muy desesperados a los dos. Tras esas dos noches, Malena regresaría a México a la espera de que Pepe encontrase algo mejor aquí para ella.
Por aquellas fechas, yo llevaba poco más de un año tonteando con una enfermera mucho mayor que yo, aunque no terminábamos por dar un necesario paso adelante. Existía un insalvable problema: Cada vez que invitaba a cenar a mi pareja debía llevar también a su hermana y a la madre de ambas. Esta insólita situación, que daba pie a muchos y jocosos comentario por toda la barriada, acabó por hartarme. De Brasil le traje a mi chica (por decirlo de alguna manera) un precioso abrigo que me costó una fortuna y que, a mi entender, era un regalo de despedida. En el fondo, éramos muy distintos el uno del otro y nuestra relación no podía continuar de esa manera. La enfermera se lo tomó muy mal y estuvimos mucho tiempo sin hablarnos. Hoy en día, por ventura, nos volvemos a saludar cuando nos encontramos y, curiosamente, Celia y ella se han hecho muy amigas y salen por ahí juntas de vez en cuando. Pese a que le empiezan a pesar los años, como a todos, sigue siendo una mujer extraordinariamente atractiva, de gran y poderoso magnetismo. Sentimentalmente, sigue sola. Bueno, mejor dicho, sigue compartiendo su vida con su madre y con su hermana… Esta finiquitada relación me entristeció y, por momentos, me hizo caer en un estado de reactiva depresión personal. Muchas noches, pasaba las horas enteras acodado en la barra de algún que otro bar de copas del barrio, intentando aliviar mis continuos fracasos sentimentales con el White Label. La primera noche en que Malena se vino a dormir a mi domicilio fue una de esas. Llegué un poco tostado a casa, pero menos que en similares ocasiones y con esa tranquilidad que te da el hecho de no tener que madrugar al día siguiente por estar de vacaciones. Me dispuse a abrir la puerta sigilosamente, para no molestar a Malena a esas horas de la madrugada y, ante mi sorpresa, Malena estaba en el salón, con una bebida en la mano y escuchando a Serrat, con el volumen muy bajo, en mi equipo de música. – “Leiter, no podía dormir… Te he estado esperando. Me he servido un trago y vi que tenías cintas de Serrat. ¡Me encanta Serrat! En México se le adora… No te importará que haya llamado por teléfono ahorita mismo a mi mamá, en México, para tranquilizarla…” –. Malena tenía ganas de conversación por lo que, como yo no tenía prisa alguna, me serví también una copa. La invité a salir a la terraza, ya que corría una agradable brisilla estival que animaba a ello. Allí nos recostamos sobre las losetas, brindando cada dos por tres y canturreando las inolvidables melodías de Serrat. Nos pusimos muy sentimentales y observé como Malena se acercaba cada vez más a mí, mirándome dulcemente a los ojos mientras entonaba los estribillos de Mediterráneo. Es posible que eso fuese debido a que yo también me acercaba cada vez más a ella y también la miraba a los ojos. Tanto nos acercamos que el beso no tardó en llegar. — “¡Oh, Leiter, no lo puedo evitar… ¡Dios mío! Me estoy acordando de Pepe, pero tú me gustas también y …” –. Yo pensé en el lío en el que me estaba metiendo, pero quise ser realista: – “¡Yo que sé, Malena! Tú misma… Lo importante es que estamos tú y yo ahora solos. Será un simple arrebato… ” –. Malena siguió con su indecisión sentimental, de tal manera, que acabamos juntos en el dormitorio. Cuando al día siguiente, bien tarde, nos despertamos, lo primero que pensé fue: – “Joder, Leiter, la que has liado… ¿Cómo puedo ser tan hijo de puta?” –. Con el primer café algo resacosos, me decidí a hablar con Malena: – “Mira, esto que nos ha pasado es producto de tu frustración por tener que marchar de nuevo a México y por la mía con aquella enfermera de la que te hablé. Tú y yo somos culpables. Vamos a olvidarlo todo y esperemos que el bueno de Pepe no se dé cuenta de nada. Actuemos con naturalidad, Y esta próxima noche, nada de nada, eh. Tú en tu cama y yo en la mía…” --. Bajaba por la escalera del portal, un tanto aturdido, y me crucé con mi vecina asturiana, Llera, con quién me unía una fraternal amistad. Ella sabía que Malena iba a pasar dos noches a solas conmigo en mi casa. — “Qué, Leiterín, ho. ¿Qué tal anoche con la manita?” –. No lo pude evitar y le confesé todo a Llera. – “Lo sabía, sabía que os ibais a liar…” –. Le supliqué a mi amiga que me acompañara por la tarde en el rencuentro con Pepe el Pulpo, para que su compañía pudiera despejar sospechas. Cuando Pepe y Malena aparecieron por El Rojo me dio un ataque de risa al contemplar la pálida y agarrotada cara de Malena. Llera me dijo al oído: — “Leiter, por el amor de Dios, compórtate.” –. Para acabar de arreglarlo, no tardó en aparecer por aquel local de la calle Naciones la enfermera, acompañada de su peculiar y familiar tropa. Al observar ésta que yo estaba dialogando con Malena y Llera me lanzó una mirada de indescriptible desprecio. Llera se quedó hablando con la mexicana mientras El Pulpo y yo bromeábamos. — “Oye, Leiter, ¿No te la habrás tirado, eh?… ¡Jajajá! ¡Que te lo digo en broma, joder…!” –. A la salida, Llera se me acercó y me dijo con disimulo: – “Tranquilo, Leiterín. Esta noche no tendrás problemas. Me ha dicho la manita que está con el período…” –.
En efecto, aquella noche no sucedió nada particularmente extraño. Malena se marchó a México llevando más pena que gloria y yo me quedé con la sensación de ser un sinvergüenza con trazas de chulomerendero. Se empezó a extender el rumor por el barrio acerca de que “algo” había ocurrido entre Malena y yo. Más tarde me enteré que Malena le había largado toda la historia a un matrimonio conocido por Pepe y un servidor. Un día, Pepe el Pulpo me dijo: — “Oye, Leiter, por ahí se va comentando alguna cosa rara… Tú tranquilo, que ya sabes cómo son de cotillas en este barrio.” –. Pasados algunos años, durante una noche en la que coincidí con El Pulpo en un pub de la calle Hermosilla, no pude seguir callándome aquella aventura y decidí contárselo todo a Pepe: — “Dame de hostias, si quieres; rómpeme la cara… Pero, Pepe, te juro que aquella tía era un poco buscona.” –. Pepe ni se inmutó: — “Ya lo sé, Leiter. Nada, tranquilo. La verdad es que yo estaba con ella por lástima. Me la quise quitar un poco de encima cuando tú nos ofreciste amablemente tu apartamento para que ella durmiera…” –. Con posterioridad, viajé a México en alguna que otra ocasión. Las dos primeras veces me reuní con Malena en el Distrito Federal. ¿Qué ocurrió?. Pues eso, que cuando el diablo se viste de deseo… Desde hace trece años no he vuelto a saber nada de Malena.
El político del barrio 9 Octubre 2008
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Seré sincero, Fernando: No comulgo mucho con las ideas que tu formación política defiende pero ello no es motivo para que me congratule con tu imparable ascenso en el mundo de la política madrileña. No todo el mundo puede presumir de tener un vecino concejal al que se le ha visto crecer desde las posiciones más modestas hasta llegar a casi lo más alto del Gobierno Regional de Madrid. Porque, créeme Fernando, que la Presidencia de la Comunidad de Madrid algún día estará en tus manos, estoy totalmente seguro de ello. Y, después de eso… ¡Dios dirá!. Pero, aparte del ser político, existe en ti otro ser que derrocha amabilidad y simpatía por las calles de esta barriada, siempre exhibiendo una sincera y educada sonrisa a todo el mundo, con independencia de su mayor o menor relevancia social, asunto que en este barrio, como bien sabrás, no es ni mucho menos baladí. Eso lo he comprobado yo personalmente y dice mucho de ti y de tu exquisita educación, que hago extensiva a todos los miembros de tu familia, una de las más unánimemente apreciadas del barrio. Enhorabuena por ello, Fernando. Sigo convencido de que algún día te veremos en La Moncloa. Y nos congratularemos de ello… Pese a las inevitables discrepancias ideológicas, claro está. Mis mejores saludos.
Tamara: Si nos dejan 8 Octubre 2008
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Fue en 2000 cuando la artista sevillana nos regaló un disco excepcionalmente grabado, GRACIAS, donde se incluye una de las mejores baladas que ha dado la música en toda su historia: SI NOS DEJAN. Esta canción, obra del mexicano José Alfredo Jiménez, fue compuesta inicialmente como una ranchera y ha sido fusilada en cientos de versiones, algunas muy buenas y otras no tanto. La versión que nos ofrece en este disco TAMARA es un prodigio tanto de arreglo como de interpretación. La canción se abre con la introducción magnética de un sintetizador imitando a una marimba, con logrado eco, en ritmo de 4/4 ligeramente sincopado, creando una preciosa y romántica atmósfera a base de repetir las notas cambiando tan solo la inicial del acorde desarrollado (bajo). Tamara canta de forma aterciopelada, con ese característico timbre de voz que integra tanto un modo apasionado como una fresca y desnuda personalidad. El enlace que pongo no es precisamente de TAMARA en lo visual, pero es un montaje que me encantó por su vena romántica y melancólica. Yo, le pese a quién le pese, soy un romántico, algo caduco, pero romántico y me moriré siéndolo. La letra es la siguiente:
Si nos dejan
nos vamos a querer toda la vida.
Si nos dejan
nos vamos a vivir a un mundo nuevo.
Yo creo
podemos ver un nuevo amanecer
de un nuevo día.
Yo pienso
que tú y yo podemos ser felices todavía.
Si nos dejan
buscamos un rincón cerca del cielo.
Si nos dejan
haremos de las nubes terciopelo.
Y ahí, juntitos los dos
cerquita de Dios
será lo que soñamos.
Si nos dejan
te llevo de la mano, corazón
y, ahí nos vamos.
BIS
Si nos dejan
de todo lo demás nos olvidamos
¿Quién ante este derroche de amor no tiene ganas de comerse el mundo?



