Alberto Cortez – Distancia 29 Noviembre 2008
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A nadie se le puede escapar el hecho de que Alberto Cortez ha sido y es uno de los cantantes más elegantes que han surgido dentro de la lengua española, con un acento poético de gran calidad y unas composiciones cargadas de vigor, dramatismo e intensidad. El cantautor argentino tiene la virtud de que nos pinta en sus inolvidables baladas retratos de personajes reales o de vivencias propias, en un tremendo alarde de sinceridad y humanidad. De todo su extenso catálogo hemos escogido una de sus piezas más hermosas, DISTANCIA, melancólica canción que da nombre también al LP editado en 1970 y que supone una de las cimas creativas del autor. Esta obra es un delicioso poema nostálgico que habla de la infancia, de la juventud, de los primeros amores dentro de un entorno geográfico que le vio nacer y que el autor recuerda con el conmovedor sentimiento de alguien que se encuentra tan lejos de su amada tierra.
La canción es muy sencilla desde el punto de vista meramente compositivo. Tras unos compases de apertura e introducción en los que ya se refleja el carácter marcadamente melancólico de la pieza, el autor expone de manera elegante el tema principal, en tono mayor y compás de 4/4, amplio y cadencioso, que desemboca en otro motivo, esta vez en tono menor, casi paralelo al anterior. Tras esta exposición, unas breves notas (Un corazón de guitarra quisiera… ) enlazan de nuevo, desembocando en modo mayor, hacia la introducción, con una sencillez en los recursos propia de un tipo de composición que en absoluto se pierde por derroteros insalvables y que requiere de una pausada interpretación, aspecto en el que Cortez es un consumado maestro. El tema se reexpone de manera idéntica y en ningún momento da la sensación de sobrecargarse. El resultado final es una pieza conmovedoramente nostálgica que nos hace inconscientemente dirigir la mirada hacia atrás en un abierto ejercicio de sentimientos y recuerdos.
Distancia es una canción muy querida por los tangerinos, tanto por su letra como por el hecho de ser el himno oficial de una de las mejores páginas web sobre Tánger y los tangerinos, TANGERJABIBI, la personal e inconfundible obra de Carlos Hernández, un hombre que vive por y para el recuerdo de Tánger y cuya web ha sido el punto de reencuentro de muchos tangerinos dispersos a lo largo y ancho del mundo. La letra de la canción de Cortez, Distancia, está marcada en el corazón de todos aquellos que nacieron y vivieron su infancia y juventud por las callejuelas de un Tánger que perdurará para siempre en su más íntimo recuerdo. Os dejo el enlace a una versión muy agradable del propio Alberto Cortez y Los Sabandeños. La letra es la siguiente:
Vientos, campos y caminos… Distancia,
¡Qué cantidad de recuerdos!
De infancia, amores y amigos… Distancia,
que se han quedado tan lejos.
Entre las calles amigas… Distancia,
del viejo y querido pueblo
donde se abrieron mis ojos… Distancia,
Donde jugué de pequeño.
Un corazón de guitarra quisiera
para cantar lo que siento.
Allí viví la alegría… Distancia,
de aquel primer sentimiento
que se ha quedado dormida… Distancia,
Entre la niebla del tiempo.
Primer amor de mi vida… Distancia,
que no pasó del intento;
primer poema del alma… Distancia,
que se ha quedado en silencio.
Un corazón de guitarra quisiera
para cantar lo que siento.
¿Dónde estarán los amigos… Distancia,
que compartieron mis juegos?
¿Quién sabe dónde se han ido… Distancia,
lo que habrá sido de ellos?
Regresaré a mis estrellas… Distancia,
les contaré mi secreto:
Que sigo amando a mi tierra… Distancia,
cuando me marcho tan lejos.
Un corazón sin distancia quisiera
para volver a mi pueblo.
Sinfonía nº3 en Mi bemol mayor, Op. 97, “Renana” de Robert Schumann 28 Noviembre 2008
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Robert Schumann y su mujer, Clara Wieck
* Escrita en un tiempo record en diciembre de 1850 y estrenada en Düsserldorf el 6 de febrero de 1851 bajo la dirección del compositor
* Cronológicamente, pese a estar catalogada como la nº3, es la SEGUNDA del ciclo sinfónico de Schumann
* EFECTIVOS ORQUESTALES: Dos flautas, dos óboes, dos clarinetes, dos fagots, cuatro trompas, dos trompetas, tres trombones, timbales y sección de cuerda
* Duración aproximada de la ejecución: Entre treinta y dos y treinta y cuatro minutos
Lamentablemente, la obra sinfónica de Robert Schumann siempre ha estado puesta en entredicho debido a la superioridad creativa de sus obras para piano y lieder, por una parte, y a la “discreta” orquestación de sus composiciones, asunto este que ha dado mucho que hablar y que ha provocado no pocas polémicas y discusiones en los ambientes musicales. Schumann no siguió las huellas que marcaron Beethoven y Schubert, ni tampoco las poemáticas de Berlioz o Liszt, sino que dictó un discurso propio, muy próximo al de su gran amigo Mendelssöhn, aunque sin quizás alcanzar sus cotas estéticas. Pero, pese a ello, lo más extraordinario de la obra sinfónica de Schumann es que preparó el terreno a Brahms en un ejercicio que, sin apartarse del todo de las formas clásicas preestablecidas, tuvo como principal característica la cohesión de pequeñas células musicales que confieren unidad a la obra. De esta manera, es muy frecuente la repetición de un motivo a lo largo de toda la sinfonía o la peculiaridad de enlazar movimientos sin solución de continuidad.
Como comentamos anteriormente, la música sinfónica de Schumann ha sufrido los juicios despreciativos sobre sus procedimientos de orquestación, severamente criticados por la utilización de armonías muy poco trabajadas y de opacas sonoridades masivas, entre otras acusaciones. Pero, en lo subjetivamente cierto que pueda haber en estas arriesgadas afirmaciones, a nadie se le puede escapar que una de las mayores autoridades de la escuela alemana de dirección, el mítico Wilhelm Furtwängler, declaró en numerosas ocasiones que la instrumentación schumanniana es original, bella y, en absoluto, pobre. En mi humilde opinión, Schumann dio prioridad al enriquecimiento melódico por encima de la forma académica de orquestación, sobre todo en una época de continua innovación tecnológica de los distintos instrumentos musicales. Criticar con simpleza la pretendida carencia orquestativa de Schumann aludiendo a su poco sentido “tímbrico” es algo que puede hacerse extensivo incluso a Bruckner, de ahí lo precipitado de ciertos juicios apriorísticos sobre la manida y ya molesta idea de la ”mala” orquestación de Schumann. Ciertos pasajes de su obra sinfónica (Sobre todo en la Segunda Sinfonía) son verdaderos prodigios de instrumentación.
Como vínculo para la audición he optado por un enlace a la versión del, a menudo, injustamente olvidado Carl Schuricht, maestro de nuestro siempre llorado Ataúlfo Argenta, dirigiendo a la Orquesta de la Radio de Stuttgart. Desgraciadamente, el vídeo no nos ofrece la actuación visual del maestro sino que sobre el fondo musical de la interpretación se van alternando numerosas instantáneas, algunas muy emotivas, del director. La versión es de absoluta referencia.
PRIMER MOVIMIENTO: Vivace, en compás de 3/4 y Mi bemol mayor, arranca de manera brillante e impetuosa el tema principal, rítmicamente sincopado, y supone todo un ejemplo de monotematismo a lo largo del movimiento, sacrificando de alguna manera la variedad temática. Este precioso e inolvidable tema (al que Brahms hace un guiño en el arranque de su tercera sinfonía) es continuamente impulsado a través de las distintas secciones orquestales, frecuentemente apoyadas por los nerviosos trémolos de la cuerda. Un staccato enlaza al lírico segundo tema, expuesto por las maderas bajo la atenta escolta de la cuerda. El desarrollo posee una notable cohesión orgánica, con una elevada dosis de vitalidad rítmica que se deriva de los continuos saltos de cuarta con que arranca en sí la obra. El segundo motivo melódico no puede evitar la intromisión del tema principal a lo largo de todo el desarrollo, sobre todo cuando la trompa llama al orden jerárquico de dicho primer tema en el ecuador del movimiento. La coda no deja de ser la continuación natural de la reexposición, impregnada en todo momento por el referido monotematismo que abarca el núcleo principal del movimiento. A mi juicio, este movimiento es toda una explosión de alegría y supone, de alguna manera, un homenaje a la vieja Alemania. Uno no puede dejar de imaginar sus ríos, paisajes, leyendas… Al escuchar esta bellísima pieza.
SEGUNDO MOVIMIENTO: Scherzo, en Do mayor, y originalmente titulado “Mañana en el Rin”. Realmente tiene poco de Scherzo, propiamente dicho, siendo en mayor medida un vals con variaciones. Es expuesto por violas y violoncelos y repetido posteriormente. El trío, en la menor, es una bella melodía de fuertes contrastes, llevando la voz los instrumentos de viento mientras que los bajos prolongan un continuo trémolo en do. Todo el movimiento adquiere una connotación ensoñadora que paulatinamente se va autodisolviendo.
TERCER MOVIMIENTO: Andante, en La bemol mayor. Brevísimo, tan solo 54 compases. Es una cancioncilla muy directa, presentada por la madera y elaborada por la cuerda, que sirve de transición entre los movimientos segundo y cuarto. El violín concertino adquiere un cierto protagonismo en todo el movimiento, que concluye de forma poética y sensual. Posiblemente, la exposición tan abierta de este movimiento requiera de otro movimiento “lento”, el que vendrá a continuación, y ello implica la peculiar construcción de esta sinfonía en cinco movimientos en vez de los cuatro tradicionales. Obviamente, esto no es más que una mera hipótesis.
CUARTO MOVIMIENTO: Maestoso, en mi bemol menor, es una magistral página sinfónica que demuestra a las claras el notable dominio del compositor en la expresión orquestal. Fue inspirado a Schumann por la contemplación de la catedral de Colonia y tiene pinceladas químicamente programáticas que anticipan, en la expresión estática de esta especie de himno, algunos pasajes de Mahler. El contrapunto, trabajadísimo y en claro homenaje a Bach, se construye en un único motivo cuya melodía progresa en cuarta ascendente. Toda la escritura musical tiene fuertes reminiscencias de la música catedralicia de fines del Renacimiento. Los trombones adquieren un trascendente protagonismo y no dejan de impresionar, ante las conmovedoras respuestas de la cuerda. (Particularmente, veo también al futuro Bruckner en esos trombones). El movimiento concluye con unos grandiosos acordes. Una de las cumbres del autor.
QUINTO MOVIMIENTO: (En el enlace del vídeo del cuarto movimiento viene también el quinto, por eso no lo vinculo en este apartado). Tempo de Vivace, es un movimiento, también, bellamente contrastado. Retoma al ambiente constructivo del movimiento inicial de la obra, con un tema de excepcional fuerza rítmica. El ya mencionado intervalo de cuarta sirve de armazón para el desarrollo de todo el movimiento. Preciosa atmósfera de danzas y alegría popular aunque hacia el final se recupera el motivo religioso del movimiento precedente, esta vez en modo mayor. La coda, piú vivace, es una lograda síntesis temática de toda la sinfonía, aspecto que confirma el ideal orgánico con el que Schumann elaboró su material sinfónico. La obra concluye con un brillo radiante y optimista. Es una sinfonía amable, contrastada y útil para ser escuchada en cualquier momento. Deliciosa obra.
VERSIONES RECOMENDADAS
- Carl Schuricht con la Orquesta de la Radio de Stuttgart. ADES. (Insuperable versión, de obligada referencia)
- Wolfgang Sawallisch con la Staatskapelle de Dresde. DG. (Luminosa, aterciopelada, bien tratada)
- Carlo María Giulini con la Filarmónica de Los Ángeles. DG. (Sentida, dirigida desde el corazón)
- Rafael Kubelik con la Filarmónica de Berlín. DG. (Precisa, abordada con seguridad. Tal vez, sea aún mejor su otra versión con la Orquesta de la Radiodifusión Bávara. SONY.)
- Giuseppe Sinopoli con la Staatskapelle de Dresde. DG. (Gran especialista de Schumann el llorado Sinopoli. De las mejores grabaciones modernas)
- Herbert von Karajan con la Filarmónica de Berlín. DG. (Poderosa, llena de matices, bello sonido)
- Bruno Walter con la Filarmónica de Nueva York. SONY. (Excepcional, cristalina, el legado de un maestro de la batuta)
Por contra, no acaban de satisfacerme las versiones de Armin Jordan con la Orquesta de la Suisse Romande. ERATO. (Decepcionante, aburrida, opaca) y la de Nikolaus Harnoncourt con la Orquesta de Cámara Europea. TELDEC. (Gélida, insípida, algo precipitada). Por supuesto, esto tan sólo es una opinión subjetiva mía.
Garaicoetxea, crónica de una escisión anunciada 27 Noviembre 2008
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No tuvo que resultar nada fácil para usted, don Carlos, la decisión de escindirse del PNV para formar otro partido de carácter aconfesionalista y socialdemócrata, no ya por ciertas discrepancias de origen en torno a las competencias del gobierno vasco que la Ley de Territorios Históricos delimitaba, sino más bien por su educación escolapia, posteriormente confirmada en la prestigiosa Universidad de Deusto. Muchos nacionalistas de base no llegaron nunca a entender que la religión, tan arraigada en el País Vasco, fuera un elemento casi accesorio en sus postulados. Recuerdo que un día casi le abofetean en la calle por este motivo, según se dijo, aunque supongo que no sería el único. Nunca ocultó sus anhelos independentistas en una época donde dicha pretensión era mucho más difícil de entender y aceptar que en la que hoy vivimos, pese a que ahora siguen existiendo personas que confunden la libertad de pensamiento con la imposición ideológica, triste circunstancia que afecta a todos los nacionalismos, vengan de donde vengan. Pero el caso fue que su nueva formación, EA, se comió literalmente al PNV en su Navarra natal en aquellos autonómicos comicios de 1987, para sorpresa de propios y extraños. Con el paso de los años, muchas de sus tesis han sido adoptadas por el PNV, aunque de forma manifiestamente encubierta, lo cual no deja de significar que usted, don Carlos, fue un visionario dentro de su propio y antiguo partido. En la actualidad, no son pocos los que reclaman una fusión entre EA y PNV, aunque su hijo Carlos, flamante dirigente de la formación que usted fundó, no esté mucho por la labor. De cualquier manera, usted es de esa clase de políticos que una vez que abandonan la militancia activa de la formación a la que pertenecen, ésta sufre un considerable descenso de apoyos electorales. Modestamente, pienso que eso es señal de que se tienen las ideas muy claras, pese a que muchos no las lleguemos a compartir. En eso mismo consiste la discrepancia ideológica. Mis saludos, don Carlos.
El lied más bello jamás compuesto: “Morgen”, Op. 27 de Richard Strauss 26 Noviembre 2008
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Si alguien no es capaz de conmoverse ante la belleza de la música, poesía e interpretación de Elisabeth Schwarzkopf de ESTE LIED de Richard Strauss, MORGEN, Op. 27 Nº4, decididamente no tiene sensibilidad.
Si alguien no es capaz de imaginar un mundo ideal de felicidad escuchando esta breve pieza de apenas tres minutos, decididamente no tiene esperanza.
Si alguien no es capaz de soñar con una persona amada paladeando las notas de esta inolvidable conjunción de música y poesía, decididamente no podrá nunca enamorarse.
Si alguien no es capaz de anhelar una paz global en este mundo en el que vivimos ante la audición de esta pieza musical, decididamente carece de humanidad.
Disfrutadlo. Os dejo el texto del poeta John Henry Mackay y su traducción al español. La lectura y audición de la grabación os hará sentiros mejores personas en vuestro interior. Estoy seguro de ello.
Und morgen wird die Sonne wieder scheinen
und auf dem Wege, den ich gehen werde,
wird uns Glücklichen, sie wieder einen
inmitten dieser sonnenatmenden Erde…
Um zu dem Strand, dem weiten, wogenblauen,
werden will still und lagsam niedersteigen,
stumm werden wir uns in die Augen schauen,
und auf uns sinkt des Glückes stummes Schweigen…
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Y mañana el sol volverá a brillar;
y por el camino que yo recorreré,
nosotros nos reuniremos otra vez, los bienaventurados,
en el seno de esta tierra que respira la luz del sol.
Y a la inmensa playa, bañada por olas azules,
bajaremos despacio y silenciosamente,
calladamente nos miraremos a los ojos,
y sobre nosotros descenderá el mudo silencio de la felicidad.
Retrato de Inocencio X – Diego Velázquez 25 Noviembre 2008
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* Óleo sobre lienzo
* 140 x 120 Cm
* Compuesto en 1650
* Ubicado en la Galería Doria Pamphili, Roma
A primera vista, cualquier observador de la obra de Velázquez puede llegar a la conclusión de que el maestro sevillano no hacía sino captar escrupulosamente lo que tenía frente a sus ojos, a la manera de una moderna cámara fotográfica. Esta aparente superficialidad refleja la absoluta maestría técnica del pintor, un artista de quién apenas conservamos dibujos o esbozos previos (Notable el paralelismo creativo si lo comparamos con Mozart) y que parece enfrentarse al lienzo sin ningún tipo de preámbulo. Es en eso, precisamente, en lo que Velázquez se distingue — Y se sitúa a un nivel muy superior — de toda una pléyade de pintores de su misma época (Entonces, teniendo algunos de ellos más consideración) aún cuando sus cuadros adoleciesen de una afectación constructiva que resta solidez a la obra terminada. Velázquez, por contra, es un modelo de destreza, desahogo y rápida ejecución. Para él, lo fundamental, por encima de laboriosas ejecuciones, es la plasmación de la idea, concepto que termina en el mismo cuadro: Velázquez termina la obra y se va, no nos quiere decir nada más, no nos da claves para hipotéticas interpretaciones posteriores; es un pintor “silencioso”. Este aparente vacío es lo que otorga a sus cuadros un aspecto casi “contemporáneo” para todo aquel que los contempla. Velázquez pinta, ante todo, la VERDAD, y lo hace eliminando cualquier asomo de amaneramiento. (Caravaggio)
Velázquez es el pintor de la atmósfera, de la “tercera dimensión” aunque ello obligue en ocasiones a un pequeño esfuerzo añadido por parte del espectador. Y este trabajo nos deja descubrir la grandiosa técnica creativa del pintor sevillano, resumida en la sabia degradación de los tonos, el uso magistral del gris plata como color de intersecciones y las pinceladas sueltas y distantes. Por ello, no es extraño el atributo de pre-impresionista que desde siempre se le ha otorgado a Velázquez. Esa idea obsesiva de plasmar la veracidad tal y como se nos presenta provoca un perfeccionamiento técnico que induce a pintar la realidad en su máxima expresión, como lo es la rueda en movimiento del cuadro de Las Hilanderas. De ahí al impresionismo, en lógica consecuencia, sólo resta un paso.
Las excepcionales dotes pictóricas de Velázquez se reflejan de manera inequívoca en su faceta de retratista. Como pintor real, nombrado en 1623, Velázquez tuvo la oportunidad de realizar diversos encargos regios con la plena seguridad económica del cargo, lo que conllevó que el artista pudiese trabajar sin ningún tipo de inquietud personal en ese aspecto. Pero Velázquez no se limita tan solo a pintar a los nobles personajes de la corte sino que también se interesa por los seres que ocupaban el escalafón más bajo en la sociedad de su tiempo, enanos, bufones, figuras deformes, a quienes retrata con un profundo respeto y comprensión. Es aquí donde se plasma la extraordinaria y penetrante percepción psicológica que supo tener el maestro a la hora de elaborar cualquier retrato. Pese al carácter de instantáneo que define muchas de sus obras y de lo que podría derivarse como una cierta frialdad a la hora de abordar un retrato, Velázquez se nos presenta como un retratista sensible, capaz de halagar tanto a las personas de pompa como a los pobres enanos, a quienes pinta con el objeto de que el espectador se encariñe de ellos.
Por encargo del monarca Felipe IV, Velázquez realiza un nuevo viaje a Italia a comienzos de 1649 con el objeto de adquirir diversas obras artísticas con destino a los palacios reales. Fue en Roma donde Velázquez llevó a cabo uno de sus mejores retratos, sino el mejor, y una de las obras cumbres en este género de toda la historia universal de la pintura, el Retrato del Papa Inocencio X, un cuadro de majestuosa veracidad, tanta que el propio Papa exclamó nada más contemplar la obra definitiva: ¡Demasiado real!. Lo primero que se aprecia en este incomparable cuadro es la influencia y admiración velazqueña hacia Tiziano, cuya esencia elaborativa parece flotar en el lienzo, sobre todo en la precisa armonización de los tonos rojos. La pincelada suelta resuelve de manera prodigiosa toda la gama de rojos existentes tanto en el bonete como en el mantelete papal. El contraste con el roquete blanco es atrevido pero de un detallismo técnico insuperable, siendo extraordinariamente bien conducido por la posición de la mano derecha papal, que hace de improvisado e ingenioso puente entre las dos masas cromáticas. Pero la joya de este cuadro reside en el rostro del retratado, donde Velázquez consigue captar magistralmente el alma del Papa. De Inocencio X se ha dicho que era un ser desconfiado por naturaleza y el artista sevillano ha plasmado esa condición anímica con una expresión papal repleta de duda y misterio. Da la impresión de que el Papa, en plena pose, está cuestionando la habilidad del pintor. En muy pocos retratos podemos ver esa tremenda interacción silenciosa entre los ojos y los labios del retratado, quién parece que en cualquier momento se va a levantar enfadado o malhumorado. No es de extrañar, como anteriormente comentamos, que el propio Papa quedase sorprendido ante la veracidad del retrato. Obra inmortal de un artista también inmortal.
Miedo de valientes 24 Noviembre 2008
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Siempre hubo un especial y mutuo feeling entre Carlos, el veterano y retirado piloto militar de cazas, y yo, pese a nuestra diferencia de años y de caracteres; él, un hombre curtido en mil batallas y yo, un simple veinteañero con toda la vida por delante. Desde siempre me gustó todo lo relacionado con el mundo de la aviación y cuando me dijeron quién era ese tal Carlos y a qué se había dedicado, puse todo mi empeño en tratar de ganarme su confianza y amistad, algo que logré sin mayores esfuerzos. Carlos era un ser solitario, algo brusco en sus maneras, pero sobre todo reservado y muy introvertido para desconocidos. Supe romper el hielo demostrándole mis autodidactas conocimientos teóricos de aeronáutica y de esta forma, escuchando mucho y hablando poco, conseguí pasar de simple conocido a ser su amigo. El jamás acudió a mi bar, ya que nos veíamos en la taberna andaluza situada al final de la calle Alcántara, casi en la misma esquina de la calle Francisco Silvela, lugar muy próximo a donde se ubicaba mi apartamento de soltero. Como ya he narrado en otra ocasión, Carlos me contaba historias y relatos inverosímiles que ponían en cuestión su credibilidad, pero como muchas veces me los repetía, nunca llegué a tener la sensación de que Carlos estuviese improvisando sino, más bien, contando unos relatos que probablemente le habían ocurrido, como aquel, ya comentado en estas páginas, donde juró escuchar a los marcianos hablar en su propia jerga… ¡Qué locura!. Era sobre todo durante los fines de semana cuando Carlos y yo coincidíamos en la taberna. El se alegraba al verme y, en el mismo instante en que yo por allí aparecía, juntaba su taburete junto al mío, dando paso a una tertulia que podía prolongarse durante horas y horas. Casi siempre nos veíamos a media tarde y Carlos, muy contento, me decía: – “Hombre, Leiter, te estaba esperando. Venga, que tengo ganas de tomarme unas gambas y no quiero pedir una ración completa, por lo del ácido úrico, ya sabes… Así que me acompañas y la compartimos.” –. Era muy extraña aquella argumentación, ya que la ración inicial se doblaba e incluso triplicaba. Y, claro, ante tal derroche, a mí no me quedaba más remedio que devolverle la invitación, por lo que en más de una ocasión fueron cuatro las raciones de incomparables gambas que nos hubimos de zampar, para alegría de unos camareros que me empezaban a llamar de “usted” y de “don”, con más coña que reverencia en sí. Carlos conoció los sinsabores de una separación matrimonial, con hijos de por medio, que nunca hicieron mucho por saber de él. Quizás fuera ese uno de los motivos por los que se sentía a gusto conmigo, ya que seguramente yo le recordaba a los mismos, quienes tenían más o menos mi edad. Me costaba mucho llevar a Carlos a mi terreno, a los chascarrillos aeronáuticos y a algún que otro fenómeno paranormal que había vivido en el interior de la cabina de un caza. A Carlos le gustaba mucho hablar de política (era muy de derechas), de mujeres y de sexo, cosa que a mí tampoco me desagradaba, pero prefería que entrase en la materia en la que yo tenía más interés. Después de cenar, a la segunda copa de whisky, ya empezaba con el discurso aeronáutico, para mayor alegría mía. La relación de Carlos con los aviones había sido tan peculiar como rocambolesca. Como muchos otros pilotos militares, llegado el momento, dio el salto hacia la aviación civil y un día se vio a los mandos de los más modernos reactores comerciales. Esta situación era del todo entendible ya que, como poco, suponía triplicar los ingresos monetarios. Pero fue ahí cuando realmente vinieron los problemas personales que desembocaron en la tragedia personal y afectiva de Carlos: Más dinero, más lujos, más horas muertas en habitaciones de hoteles, más desunión familiar, más desatención inconsciente a los hijos… En suma, una situación que debiera haber significado un progreso derivó en un insalvable e irresoluble conflicto. Además, por si no fuera poco, Carlos nunca se sintió a gusto del todo en los aviones de línea comercial. — “No tiene nada que ver un caza con un DC-9, Leiter. Es como pasar de pilotar un Fórmula Uno a un autobús polvoriento de esos que van por los pueblos…” –. Carlos se cansó del todo y un buen día decidió solicitar el reingreso en la vida militar. Aquello no fue aceptado de buen grado por su familia y le costó la separación. No obstante, ya en la reserva, Carlos no vivía mal del todo. No nadaba en la abundancia pero se permitía lujos que pocos convecinos podían imitar. Además, era amigo de sus amigos. Un día le conté mis apuros económicos por una inesperada rotura de la cafetera de mi bar, justo un día antes de cerrar por vacaciones. Al día siguiente, sin decirle ni, mucho menos, pedirle yo nada, me entregó un sobre. – “Toma, para el arreglo. No te agobies para devolvérmelo. Cuando buenamente puedas, después de que te pongas en órbita tras las vacaciones.” – Pese a mis reticencias, me obligó casi militarmente a coger aquel sobre que contenía 50.000 pesetas…
Una tarde de sábado acudí a la taberna sin más pretensiones que la de tomarme una copa y largarme. Había tenido accidentalmente que trabajar esa mañana en el bar sustituyendo a uno que dijo haberse puesto enfermo y, la verdad, no había tenido yo un buen día. A Carlos le chafé la ración de gambas. – “¿Pero qué te pasa, Leiter? ¿No me jodas que hoy no vamos a tomarnos unas gambas?” –. Pese a que me había pedido un cubata le hice saber que le acompañaría de todas formas. – “Perdona, Carlos, es que he tenido una mala mañana. Hoy me ha tocado trabajar por sorpresa y encima tuve problemas en el bar con un cliente. Fue un tipo joven de esos que salía de los pubs que están al lado, en los sótanos, y quiso seguir la juerga acumulada en mi bar, nada más abrir. Venía con una chica espectacular, rubia de esas que a ti te gustan, y el hijo de puta la tomó conmigo. Dijo que yo no la quitaba ojo de encima — lo que era algo cierto, para ser sinceros –. ¿Sabes qué ocurrió, Carlos? ¡Me sacó una pistola el muy cabrón! ¡Me llegó a encañonar! Me cagué en los pantalones… Sentí impotencia. No me robó, simplemente me amenazó con pegarme un tiro en los huevos… Tal y como yo me encontraba, hubiera tenido que apuntar muy bien…” –. Carlos me miró con cara de circunstancias y me dijo: – “Pero, bueno ¿Tú eres gilipollas o qué?. Para empezar, ese imbécil debía ir mamado del todo, después de estar toda la noche por ahí de copas, sin reflejos ni agilidad. Si me pilla a mí, le cojo la pistola en un descuido y le rompo los dientes con la culata. Cuando una pistola se desenfunda es para usarla. Quién no la usa en ese preciso momento no la va a usar después. Tenlo en cuenta por si te ocurre una situación similar otra vez…” –. Afortunadamente, nunca me ha vuelto a pasar una situación de esas a lo largo de mi vida, pero estoy seguro de que ni por asomo habría de seguir los consejos del bueno de Carlos si ésta se repitiese. Esta narración mía dio paso a que empezáramos a hablar de situaciones de miedo y angustia. Le conté lo mal que lo había pasado como pasajero durante un vuelo a Foz de Iguazú, en Brasil, cuando el avión rozó las ramas de los árboles al aterrizar. – “Bufff, eso no es nada, hombre. ¡Si yo te contara!. En Madeira, tienes que pegar un giro a derechas en final, a pelo, y planear sin ayudas con todo el flap sacado. Como te pases un pelo, te vas con el avión acantilado abajo… Con una avionetilla lo haces hasta tú, pero ¡Ay, amigo!, si vas con un reactor. Y ya no te digo nada si hace mal tiempo, que no veas como soplan los vientos por ahí…” –. Con el segundo whisky, Carlos se animó y me contó una de esas historias inolvidables, donde se mezclan lo humano y, quién sabe, si también lo divino.
– “Mira que a mí me han pasado cosas raras por ahí arriba. Creo que ya te he contado alguna vez cuando perseguí un cacharro de esos no identificados y juro como escuché a sus tripulantes hablar en marciano, los muy cabrones, ja, ja, já… Pero cuando más me he asustado fue aquella otra vez, pilotando como segundo el Convair Coronado, el mejor avión de línea que se haya jamás fabricado. ¡Vaya máquina! Con cuatro motores, aquello volaba que daba gloria verlo y sentirlo. ¡Cómo subía! Lamentablemente, hubo problemas con el aparato aquel. Decían que era un avión muy costoso y encima uno de ellos se la pegó en Tenerife… Total, que acabaron por retirarlos de la flota, aunque alguno se quedó. Bueno, el asunto es que estábamos en un vuelo que venía de Hamburgo, creo recordar, con destino Madrid y luego Mallorca, un vuelo chárter de tantos. Era una tarde tranquila, con alguna nube de desarrollo que no presentaban mayores problemas. En la vertical de Pamplona, más o menos, el cielo se encapotó y nos tuvimos que desviar un poco para evitar una formación tormentosa que ya era activa del todo. Nos metimos en plena bruma y, de pronto… ¡Todo el sistema electrónico se nos vino abajo! Ni Compás, ni VOR, ni Radio, ni ADF… Todos los instrumentos dejaron de funcionar. La brújula magnética se puso a girar como una peonza. El comandante me miró con cara de escepticismo; no sabíamos qué demonios estaba ocurriendo. Instintivamente, tiramos de palanca para ganar algo de altura… Todas las precauciones son pocas. Si esto nos llega a ocurrir en aproximación final, nos la hubiéramos pegado de todas todas. Fueron algo así como diez minutos volando a ciegas y tratando de buscar una salida para intentar visualizar referencias. Yo sudaba en frío, Leiter, pero más al ver que el comandante no sabía qué coño hacer. Tras unos instantes angustiosos, fue clareando y, como por arte de magia, todas las esferas de indicación volvieron a funcionar de nuevo. Y, lo más cojonudo del tema, seguíamos en plena aerovía, en la misma ruta, como si no hubiera pasado nada. Increíble, pero espera, que aún no he acabado. Según nuestros relojes, llegábamos a Madrid con diez minutos de adelanto sobre la hora prevista… Lo comunicamos a Control y nos respondió que no, que no podía ser, que estábamos justo en hora. Tanto el reloj del comandante como el mío marcaban la misma hora. Y también el del avión, en hora GTM. Era todo muy extraño. Llamamos a la sobrecargo y, joder, que también tenía la misma hora que nosotros… Con total discreción, le pedimos que mirase con disimulo la hora que marcaban los relojes de cuantos pasajeros pudiera… Igual, todos tenían la misma hora, con leves e inapreciables diferencias. Ya en tierra, no nos lo podíamos creer… Nuestros relojes estaban todos diez minutos retrasados con la hora oficial, justo los diez minutos en que estuvimos volando a ciegas dentro de esa nube. ¿Dónde estuvimos metidos realmente durante aquellos minutos que hasta los relojes, ¡Qué coño los relojes!, que hasta el tiempo se nos paró?” –.
¿Se perderá el recuerdo de Tánger? 22 Noviembre 2008
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Primeramente, es de justicia constatar que toda la pléyade de tangerinos que se encuentran dispersos a lo largo y ancho del mundo mantiene viva la llama de una ciudad que significó el punto de partida de multitud de historias familiares, algunas dramáticas, y no siempre narradas en el corpus cultural de los artistas que han tenido vinculación con la inolvidable ciudad norteafricana. Afortunadamente, en estos tiempos que vivimos, la globalización informativa de las nuevas redes universales de comunicación ha impulsado la creación de nuevos canales de contacto entre tangerinos y ha posibilitado el reencuentro de muchas gentes entre sí tras muchos años de distancia. El recuerdo de Tánger ha perdurado en la mente de todos aquellos que nacieron y se criaron en dicha ciudad como una especie de paradigma ideal de educación, respeto y convivencia, aspectos que hoy, por desgracia, vemos como se van diluyendo en una sociedad que se define como avanzada aún a consta de ir perdiendo los valores esenciales que dignifican la ética del ser humano. Por eso mismo, Tánger no es tan sólo un recuerdo de localización geográfica en los particulares devenires de sus antiguos habitantes sino que supone, además, una dimensión superior que encierra todo un conjunto de vivencias que marcaron la educación y el destino de tantos tangerinos y que han sabido transmitir, en la mayoría de los casos, a sus descendientes. Siendo así, la cuestión, aunque incómoda, es inevitable: ¿Sobrevivirá el recuerdo de Tánger a la generación de los tangerinos que hubieron de abandonar dicho enclave a partir de la segunda mitad del siglo pasado? ¿Permanecerá vivo su espíritu en la descendencia que ni nació ni llego a vivir nunca en Tánger?
En las conversaciones que he podido mantener con muchos tangerinos y, asimismo, en la lectura de los foros digitales que versan sobre la ciudad norteafricana y sus antiguos habitantes, he venido observando la constante transmisión familiar que los padres inculcan a sus hijos en todo lo referido a Tánger y su circunstancia histórica. Resulta especialmente entrañable leer cómo una de las características más comunes a todos los improvisados comentaristas es la de llevar a sus hijos de viaje para conocer la cuna de sus ancestros tangerinos. Y es aún más grato percatarse de la magnífica impresión que éstos reciben de una ciudad que, si bien ha ido perdiendo parte de esa incomparable y peculiar entraña que resulta irremediable con el paso de los años, conserva todavía el aroma cosmopolita de antaño y la atmósfera de buen entendimiento entre sus actuales habitantes. Creo que es muy importante que las nuevas generaciones de hijos de tangerinos conozcan in situ el entorno geográfico de su ascendencia como base fundamental para mantener vivo el recuerdo de lo que significó Tánger para tantas y tantas personas. También hemos de señalar el hecho de que algunos tangerinos han invertido recientemente una parte de sus ahorros en la adquisición de una vivienda en Tánger aprovechando la coyuntura de precios, relativamente barata en comparación a otros lugares de Europa y el resto del mundo. Particularmente, en España tenemos el privilegio de vivir a tiro de piedra de Tánger y ello ha servido para que muchos se decidan, no sólo a dar la obligada escapada anual para suavizar los recuerdos (Tánger es como una droga para muchos) sino también a hacerse con una vivienda para pasar largas temporadas allí. Tras una etapa de injustificable olvido por parte de las autoridades marroquíes, sobre todo durante el reinado de Hassan II, parece que ahora corren otros vientos y que se han ido aprobando nuevos planes de urbanismo y expansión para dotar a la ciudad de unos servicios mínimos acordes con la categoría histórica que se le presupone. De todas maneras, queda aún mucho camino por recorrer.
En mi opinión, sería fundamental que se iniciase un proceso de auténtica apertura democrática en Marruecos para lograr, en lo que a Tánger respecta, un marco de plenas garantías tanto para potenciales inversores como para los tangerinos cuyo único deseo es el de pasar sus últimos días en aquel enclave. Estoy plenamente convencido de que en esta hipotética tesitura el recuerdo del espíritu estaría plenamente garantizado. Siempre pongo el ejemplo de Israel: Los judíos, tras más de dos mil años de diáspora, regresaron a un entorno que en absoluto se correspondía con el marco histórico de su nación y supieron edificar un estado en el que, tomando como epicentro a Jerusalén, depositaron los recuerdos y circunstancias de decenas de generaciones que vivieron y sufrieron en el exilio. Quizás sea un tanto aventurado por mi parte, pero pienso que los tangerinos han de salvaguardar esos valores de tolerancia y respeto en sus familias para que las futuras generaciones conserven la huella de un peculiar “milagro” en la historia de la convivencia humana de todos los tiempos: Tánger. Me consta que lo están haciendo… Y muy bien, por cierto. Que así sea, que el recuerdo de Tánger como emblema de la pacífica y plural convivencia no se pierda nunca en la memoria y, mucho más, en estos tiempos en los que nos ha tocado vivir, tan diferentes al ideal con el que los tangerinos siguen soñando a todas horas.
La leyenda del primer beso (Y III) 21 Noviembre 2008
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Nunca fui proclive a celebrar con excesos y de una manera especialmente rimbombante la fecha de mi aniversario, siendo también habitual esta característica en mi entorno familiar. En aquellas adolescentes fechas me limitaba a reunir a mis mejores amigos y les invitaba a cañas y refrescos en cualquier bar que no fuese el de mi padre, ya que bastante cansado estaba yo de verlo todos los días. (Me refiero al bar… Bueno, y casi también a mi padre). De esta manera, no tenía nada previsto para la celebración de mi decimoctavo cumpleaños. Llamé a Elena el viernes para que me diese su opinión acerca de lo que pretendía que hiciéramos el domingo, fecha de mi aniversario. A través del auricular telefónico la noté tremendamente desganada conmigo, con muy poca voluntad para querer prolongar la conversación. — “Ah sí, el domingo… Tu cumple, claro. Pero te advierto, Leiter, que no voy a poder quedarme mucho tiempo. Tengo que recogerme pronto en casa esa noche. ” –. Desmotivado por la falta de interés de Elena, propuse quedar un rato con ella y con mi amigo Alfonso para luego, si hubiese lugar y ganas, irnos los dos por ahí a cenar solos. Elena aceptó sin muestras de entusiasmo. El domingo amaneció como un bello día soleado y muy luminoso, con una claridad estival de la que se contagió mi maltrecho estado de ánimo ante la distante actitud que Elena venía últimamente mostrando conmigo. De manera inocente y para tratar de que se sintiera del todo contenta decidí vestirme con lo más selecto que encontré en el ropero, cuidando hasta el último detalle mi apariencia. Por la tarde, habíamos quedado a las siete en la Puerta del Sol aunque antes pasé a recoger a Alfonso en su domicilio de la calle Castelló. Durante el trayecto en el Metro le fui contando a Alfonso los pormenores de mi última conversación telefónica con Elena. No quiso otorgarle importancia y me dijo que todo se arreglaría esta noche cuando pudiese hablar a solas con Elena durante el transcurso de una romántica cena. Llegamos por fin a Sol y allí estaba Elena esperándonos con una bolsa que debía contener el regalo pactado, un LP de la Fantástica de Berlioz. Su semblante era polar, gélido, pese a la bochornosa temperatura de aquella tarde de julio. Al ir a besar a Elena noté como sus labios parecían querer retirarse de los míos, protegiéndose con un suave giro facial. Alfonso, una persona cuya madurez estaba muy por encima de su edad, se dio cuenta enseguida e hizo un amago de retirarse prematuramente de la escena, pero tanto Elena como yo se lo impedimos. Acordamos en ir a tomar una refrescante sangría a unos mesones tradicionales que estaban situados muy cerca de la Plaza Mayor. Creo que esta fue la peor velada que he pasado en toda mi vida, sintiendo un desprecio mayúsculo y nada enmascarado por parte de Elena, quién se puso a hablar con Alfonso ignorándome del todo. Alfonso supo conducir muy bien la situación y pese a que intentaba incorporarme a la tertulia no tardó en sentirse muy molesto con aquella estúpida pantomima en que se estaba convirtiendo mi celebración de cumpleaños. En ocasiones noté que su dialéctica era muy dura, haciendo incurrir a Elena en muchas contradicciones. Yo, mientras tanto sonreía (Por no llorar) miraba y fumaba con una completa sensación interior de estar haciendo el gilipollas con Elena. Durante una ausencia de ésta con motivo de una visita al excusado, Alfonso me declaró: – “Leiter, esta tía parece como si quisiera ligar conmigo delante de ti… Yo me largo en cuanto vuelva. No me gusta nada la actitud que está teniendo contigo. ¡Joder, qué es tu cumpleaños! A ver si demuestra tener un poco de educación… ” –. Regresó Elena de los lavabos e intenté reconducir la situación: – “Bueno, Alfonso ya se tiene que ir… ¿Dónde quieres que vayamos a cenar, Elena?” –. Ante mi sorpresa y la de Alfonso, Elena contestó: – “No, no… Yo también me tengo que ir ya. Ya te advertí que hoy no me podía quedar mucho tiempo” –. Me quedé estupefacto y, sintiéndome completamente humillado ante tal afrenta, me expresé de la forma más seria y severa que pude: — “Bueno, como tú quieras, Elena. Tú sabrás… Salgo un momento contigo que quiero decirte unas cosas… Alfonso, por favor, espérame un minuto. ” –. Alfonso asintió mientras Elena y yo abandonábamos aquel mesón. Ya en la calle, me dispuse a hablar muy decididamente con Elena pero, de manera imprevista, fue ella quién inició la charla. En ningún momento me miró a los ojos.
– “Leiter… mm… Lo dejamos. No quiero salir más contigo y no quiero que me vuelvas a llamar. Tú y yo somos muy distintos… ” –. Me quedé como paralizado; intenté componer un gesto firme y serio pero terminé por derribarme anímicamente, perdiendo los papeles en aquella batalla dialéctica. – “Pero, Elena, no puedes hacerme esto… ¡Y en el día de mi cumpleaños!… Vamos por ahí a algún sitio, nos sentamos y hablamos. No quiero dejarte. Me gustas y quiero seguir siendo tu novio.” – Elena bajó aún más su mirada, negando con la cabeza. No veía una sola mota de luz en su expresión; parecía estar llena de un inexplicable y contenido odio hacia mí. Con la cabeza aún agachada me respondió: – “No, Leiter, te he dicho que no… Ya está. Lo dejamos… Bueno, me voy, que tengo mucha prisa.” –. Percibí unas extrañas sensaciones en Elena, como si repentinamente quisiera separarse no ya sólo sentimentalmente de mí, sino también físicamente. No entendía aquel ataque de desprecio hacia mi persona, aquel decidido impulso por querer huir de mí. Elena, la misma chica que apenas quince días atrás parecía enloquecer de risa ante mis ocurrencias, ahora mismo me trataba con el mayor de los desdenes. ¿Qué habría hecho yo? ¿Qué motivos le habría dado para que transformase sus sentimientos hacia mí de manera tan drástica? ¿Por qué tenía que ocurrirme esto a mí? ¿Por qué se tenía que romper esa ilusión que tanto tiempo me había costado encontrar?. Al borde del llanto, supliqué por última vez a Elena: – “Por favor, Elena, démonos una tregua. Por favor te lo pido. Sabes que te quiero con todo mi corazón.” –. Elena negó en silencio, esquivando en todo momento mi mirada. – “Me voy, Leiter. Adiós…” –. Puse mis manos sobre sus hombros y acerté a decir: – “Por lo menos, concédeme un último beso.” –. Inesperadamente, Elena me besó en los labios, como quién besa a una fría reliquia… Elena se dio media vuelta y se marchó con el paso muy acelerado. Yo me encaminé hacia el mesón para encontrarme de nuevo con Alfonso, quién estaba junto a la puerta de entrada del local. – ” Me ha dejado, tío. ¡En el puto día de mi cumpleaños me ha dejado!” –. Comenzaron a brotar lágrimas de mis ojos y Alfonso me abrazó. — “Vamos a dar una vuelta, Leiter.” –. Fuimos paseando por la Plaza Mayor donde, en un improvisado escenario, estaban representando unos números de zarzuela. Alfonso no pudo contener la risa cuando los intérpretes se arrancaron con el intermedio de La leyenda del Beso, de Soutullo, compositor quién curiosamente había nacido en la víspera de la fecha de mi cumpleaños y cuya muerte coincidía casi en fecha con el aniversario de Elena. – “Joder, Leiter, parece como si te estuvieran dedicando el intermedio… ” –. Esbocé una amarga sonrisa. Llegamos luego hasta la Plaza de la Ópera, el lugar donde nos habíamos conocido Elena y yo. Alfonso me estaba sometiendo a una sentimental terapia de choque. – “Venga, Leiter; tienes que ser fuerte y superarlo. Esta – señalando el edificio del Teatro Real – va a seguir siendo nuestra casa, nuestro teatro, nuestra sala de conciertos, nuestra música… ¡Aquí está nuestra vida! Elena simplemente pasó de visita por aquí… Pero este siempre será nuestro escenario de ilusiones. ¡Nunca lo olvides¡ Anda, vamos a tomar algo a la terraza de El Café de Oriente.” –. Nos sentamos y al momento vino un camarero para tomarnos nota: — “Dos cervezas” – Acerté a balbucear. — “No” – Dijo Alfonso. – “A mi amigo sírvale un buen whisky. Es su cumpleaños y lo necesita en estos momentos.” –. Alfonso y yo estuvimos allí sentados conversando hasta que el encargado nos avisó de que iban a cerrar. Dentro de la hiriente punzada que sentía en mis entrañas, me reconfortaba la sincera compañía de Alfonso.
Afortunadamente, conseguí recuperarme pronto de aquel golpe que supuso mi ruptura con Elena. En el otoño siguiente, durante el intermedio de un recital de Barenboim en el Teatro Real, me encontré en el vestíbulo con el hermano de Elena. De reojo, observé que ella también estaba por allí, manteniéndose a una prudencial distancia de nosotros. Tuve la sensación de que su hermano sabía lo que nos había ocurrido y quizás eso condicionó a que nuestra charla fuese tan anecdótica como pasajera. Esa fue la última vez que vi a Elena y su recuerdo se me ha ido diluyendo con el paso de los años, resultándome hoy en día especialmente difícil dibujarla en mi mente. Sólo me queda una vaga idea de su nariz poblada de pequitas, de su negro y brillante cabello, de sus ojos color miel y de su menuda figura, algo regordeta. Nunca le guardé rencor por lo sucedido y pienso que todo fue producto de una precipitada ilusión inicial que derivó en la mayor de las decepciones, a juzgar por su extraño y cambiante comportamiento conmigo. Con el transcurso del tiempo, el entorno geográfico delimitado por Sol, Callao, la Plaza de la Ópera, la Plaza de Oriente, la calle Atocha… se convirtió en el epicentro de muchas de mis actividades, incluidas las estrictamente profesionales, siendo el marco de innumerables episodios que condicionaron mi trayectoria personal. Creo que hoy sería incapaz de reconocer a Elena en caso de toparme con ella y pienso que esta hipotética situación también sería recíproca. Aunque tal vez nuestras miradas se hayan vuelto inconscientemente a cruzar en algún momento, quién sabe. De lo que sí estoy seguro es que me encantararía compartir un café con ella algún día y rememorar aquellos tiempos ya tan lejanos, los tiempos de mi legendario e inolvidable primer beso.
THE END
Mi tierra prometida VII 20 Noviembre 2008
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Me injurias sin darle importancia,
como un natural exceso de tus ingenios;
entierras mis palabras bajo losas de suficiencia
en cada instante, en cualquier momento.
Y te vas adentrando en la espesura
mientras yo cabalgo hacia playas doradas de celeste cielo
¡Joya de sensaciones mutantes!
Desenvuelta en los quebraderos de la ignominia,
faro de agonía entre tinieblas;
¿A qué propósito te enmiendas
si tu vida ya no adquiere
flores de primavera?
No por temor al reparo
te enmascaras con caretas de tristeza,
cuando mi grito no es ajeno
al desdén de tu inconsistencia.
Preso de tu ansiedad compulsiva
busco un refugio entre tempestades,
oscuros rincones del alma
donde se aletargan los amores.
Y dices guardar mi llanto
cuando atisbas el umbral de la insolencia;
¡Misteriosos recovecos de la inercia!
En los aciertos me embelesas
con melosos balbuceos que despiden la estridencia,
si la noria de tus desvelos
flota entre las nubes de mi larga ausencia.
Y te vas despojando de etiquetas pudorosas
mientras yo cabalgo hacia playas doradas de celeste cielo.
El Jardín de María: No era un lago 19 Noviembre 2008
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Esta vez sí se han despejado todas las dudas con respecto al trabajo de Carlos Moraleda, antiguo componente de LOS FORAJIDOS. Tras una transición que ha vuelto a poner luz a un período de cautivos de la noche, Moraleda nos ha brindado un trabajo comprometido e ilusionante, algo que sólo los buenos músicos pueden y saben hacer. Esta canción, NO ERA UN LAGO, es de lo mejor que he escuchado en el panorama de la canción pop en estos últimos años y (Con todos los perdones por mi poca falta de modestia) esto lo afirma alguien que procede de un mundo tan lejano — y a la vez tan cercano — como lo es de la llamada música clásica. Carlos Moraleda es un compositor seguro de sí mismo, sin dudas trascendentes que enturbian el contenido y mensaje de su creación, como desgraciadamente suele ocurrir en otros autores. Muy claro en sus concepciones estilísticas, Carlos se resuelve en esta canción como un músico inspirado que ama la música como pocos, que sabe a dónde quiere llegar y que exhibe su propio estilo tanto en composición y arreglos como en interpretación, brillante y con sabor a buena música. Ya en su etapa de FORAJIDOS — de estilos muy distintos– vimos trazos de interesante inspiración creativa que este nuevo tema no ha hecho sino confirmar.
Como en todas las grandes canciones una introducción, a mitad de camino entre lo esotérico y lo meramente especulativo, nos conduce a un flashback interpretativo ligera y desenfadadamente desarrollado, con dos frases cruzadas (A- No era un lago …y B- Que los peces…) sabiamente enlazadas mediante un acorde — Con asomo de modulación tonal — que desemboca en el estribillo (Amiga déjame entrar, sumergirme en tus abrazos…), amplio, con logrado eco en la repetición (El universo…) y con una transición vocal en acordes (Mágicamente visualizada con escenas del lago) que reconduce el tema hasta su final conclusión. En la reexposición, enriquecida con unas estrofas (Fui una criatura en el vientre de la mar…) que puentean el tema principal con el estribillo, el autor nos sorprende gratamente con una inédita tercera frase (Ordenado el paisaje de la mar…) relacionada tanto rítmica como melódicamente con los temas precedentes. El resultado global es una canción que, si bien está fundamentalmente escrita en tono mayor, produce un efecto de melancolía en consonancia con la introducción (Donde se deja entrever que el grupo sufrió un accidente automovilístico en el que sólo sobrevivió el batería y cuyo fondo sonoro es un antiguo tema del autor).
Con este trabajo, Carlos Moraleda y EL JARDÍN DE MARÍA se reivindican como uno de los mejores grupos de la actualidad musical, con un sonido cristalino, decidida frescura en las exposiciones, naturalidad y excelente calidad compositiva. Sin lugar a dudas, ahora todos les vamos a exigir esas mínimas cualidades en sus trabajos posteriores. Estaremos muy atentos. Por cierto, Carlos, espero que tras esta improvisada crítica me invites a unos pelotazos en LA FLAUTA… Y que sigamos componiendo melancólicos temas a las tantas de la madrugada, que es cuando la inspiración fluye. Ya te puse los acordes en el piano. Ahora te toca poner letra y entonar. Un abrazo, maestro.
Aquí os dejo la letra.
No era un lago; vi que era el mar.
A mi lado no había nadie más
que los peces, supuestamente de colores, vuelven,
revolotean todos a mis pies.
Amiga, déjame entrar,
sumergirme en tus abrazos,
y sentir de cerca hoy
la sal que hay en tus trazos.
Nunca tuve esa sensación,
el universo… Desnudos en un mar de copas
sin temor.
Me arroparon
sábanas de agua, sin reparos,
a esa alegre soledad.
Fui una criatura
en el vientre de la mar;
alguien quién volvió al lugar
del que pudo despertar… ¡Por primera vez!
Amiga, déjame entrar,
sumergirme en tus abrazos,
y sentir de cerca hoy
la sal que hay en tus trazos.
Nunca tuve esa sensación,
el universo… Desnudos en un mar de copas
sin temor.
Ordenado el paisaje de la mar,
de la vida, de la historia,
de la luna y del mismo cantar.
Conectado al ritmo universal,
de los tiempos, de las rocas,
del silencio en la oscuridad.
Amiga, déjame entrar,
sumergirme en tus abrazos,
y sentir de cerca hoy
la sal que hay en tus trazos.
Nunca tuve esa sensación,
el universo… Desnudos en un mar de copas
sin temor.
Amiga, déjame entrar,
sumergirme en tus abrazos,
y sentir de cerca hoy
la sal que hay en tus trazos.
Nunca tuve esa sensación,
el universo… Desnudos en un mar de copas
sin temor.




