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Jean Baptiste Lully: Un compositor fallecido en acto de servicio 28 Febrero 2009

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lully 

 En el vídeo que os dejo de enlace podemos contemplar una secuencia de la película francesa Todas las mañanas del mundo en la que se aprecia como el compositor Marin Marais dirige vehementemente y sirviéndose de un bastón una famosa pieza, La Marcha por la Ceremonia de los Turcos, correspondiente a la ópera El Burgués Gentilhombre, de Jean Baptiste Lully. Esta forma de dirigir la orquesta tuvo unas consecuencias fatales para el autor de la pieza. Por cierto, la música es magnífica e inolvidable.

 Jean Baptiste Lully fue la figura más importante e influyente de la música francesa del siglo XVII. Nacido en Florencia — de nombre Giovanni Battista Lulli — el Chevalier de Guise lo conoció en Italia y lo llevó consigo a la casa de la sobrina de Luis XIII, mademoiselle de Montpensier, ya que necesitaba un profesor de italiano. Lully perfeccionó en muy poco tiempo sus conocimientos del violín y así, en 1652, ya tuvo acceso a la corte de Luis XIV, donde ejerció como uno de los 24 violons du roi. Con frecuencia, el propio monarca participaba en las sesiones de danza organizadas por el propio Lully, quien también actuaba de comediante. Pronto fue nombrado sucesor del compositor de música instrumental de la corte, Lazarin, pero, pese a su nuevo cargo, siguió ejerciendo como maestro de baile al tiempo que su fama como compositor crecía. En 1656 fue nombrado director del conjunto que el rey había formado para él, los 16 petit violons, un grupo severamente preparado que muy pronto superaría en calidad a los ya existentes 24 violons du roi. En 1671 obtiene el cargo de superintendente de la Música de Cámara y, tras serle otorgada la nacionalidad francesa, se convierte en maestro de música de la familia real, casándose con la hija del que fue su profesor, Michael Lambert, renombrado laudista y maestro de canto. Durante un cuarto de siglo, el que fuese hijo de un humilde molinero italiano, tuvo poder absoluto sobre la vida musical francesa, incluidas la ópera, el ballet y la música teatral, así como cualquier publicación musical.

 A causa de una visita de un enviado turco a la corte francesa, en Francia surgió un insólito interés por todo lo relacionado con la cultura turca. Fue entonces cuando Lully, con la colaboración de Molière, con quién ya había trabajado en anteriores ocasiones, compone una de las cumbres la comedia-ballet francesa, El Burgués Gentilhombre. La obra contiene interludios musicales entre los actos, como el mostrado en el vídeo, que en realidad forman parte de la misma obra. El estilo tanto del texto como de la música es tan alegre como satírico, con frecuentes referencias un tanto irónicas al estilo turco y a otras modernas tendencias musicales.

 Lully no sólo fue un gran compositor; fue además un formidable director que, como ningún otro, gustaba de cuidar la exactitud y la precisión rítmica de las obras que dirigía. Su temperamento, auténticamente italiano, le llevaba a dirigir con un excesivo rigor, valiéndose de un bastón para marcar los tiempos del compás, de la misma forma en que vemos a su colega Marin Marais en el vídeo. Durante la interpretación de su famoso Te Deum, con el cual se celebraba la curación de una enfermedad que había padecido el rey, dirigió con tanta vehemencia a la hora de señalar el compás con el bastón que acabó atravesándose un dedo del pie. Fue tan considerable la herida que se le formó una irremediable gangrena que diez semanas más tarde le enviaría al sepulcro. Podemos por tanto afirmar que Lully fue, sin duda, el primer músico del que se tiene constancia de haber fallecido prácticamente en acto de servicio. Su influencia posterior fue extraordinaria y sus óperas — especialmente Alceste y Armide — se representaron por toda Europa e inspiraron a compositores de la talla de Gluck y Rameau. La publicación de sus oberturas instrumentales y suites de danza dio lugar a la Suite Francesa, género cultivado por Bach y Haendel.

Mi primer periplo hacia la otra Europa (y IV) 27 Febrero 2009

Posted by leiter in Vivencias.
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Zagreb 

 Nada más llegar a Belgrado pregunté por la posibilidad de llegar hasta Zagreb en otro medio que no fuese el tren, vistas las experiencias tan insufribles de días pasados. Me indicaron dónde se encontraba la estación de autobuses principal y hasta allí que me fui andando y cargado con mi mochila. Mala suerte: El precio del trayecto en autobús hasta Zagreb superaba mis diez dólares… Pero no así el trayecto hasta el pueblecito de Drazen, mi verdadero destino. Sólo me quedó dinero para una sufrida botella de agua mineral y con ella me mantuve casi ocho horas sentado en un destartalado autobús, cómodamente, eso sí, pero pasando más hambre que en la Mili. Una vez en el pueblo de Drazen, éste se alarmó mucho con mi relato del atraco sufrido en Bucarest y, para dejarme más intranquilo aún, me garantizó que había tenido una enorme fortuna de que sólo se hubiesen llevado dinero. De madrugada, hice cuentas y todavía me quedaba una cantidad de dinero considerable como para pasar el resto de días de aquel periplo por Europa. Fue una magnífica idea la de preservar buena parte de mi dinero en casa de Drazen. Pese a las sugerencias de mi amigo croata para que visitase Budapest, por mi mente ya sólo pasaba la idea de retornar a España. Habían sido muchos días viajando en soledad, durmiendo en compartimentos de trenes y alimentándome de cualquier manera, y ello me hacía sentirme anímicamente un tanto derrotado. Aunque la causa principal de mi desánimo era, sin duda, el recuerdo del penoso incidente vivido en la estación de Bucarest. Aquello me afectó profundamente y me precipitó de nuevo a ese estado de melancolía que ya había mostrado sus primeros síntomas en tierras rumanas. Decidí regresar a España. Fuera se había quedado Grecia pero a cambio había podido conocer la maravillosa ciudad de Dubrovnik, sin duda la joya de mi excursión. Los dos últimos días que pasé con Drazen en su pueblo fueron tremendamente felices para mí, sintiéndome arropado en todo momento por sus amigos croatas. Antes de salir, la última noche, Drazen me comunicó lo siguiente: –”No estaría mal que organizáramos una fiestecilla de despedida. Tú invita a la cerveza y nosotros traeremos pollo y paprika. Como en España… Por cierto, Leiter. He visto un anuncio en la JAT (Antiguas líneas aéreas yugoslavas) ofertando billetes a Madrid desde Zagreb, vía París. Es muy barato y tal vez te pueda interesar, teniendo en cuenta que sólo sería un trayecto”–  La verdad es que me abrumaba un tanto el tener que soportar otras tres noches de tren y sus correspondientes días pateando por distintas ciudades hasta llegar a mi destino. Sopesé la alternativa y decidí reservar telefónicamente un billete aéreo cuyo importe no excedía de los 200 dólares, algo extraordinariamente barato en aquellos tiempos donde el transporte aéreo aún no estaba liberalizado. Aún así, todavía me quedaban de fondo otros 200 dólares; Con tan solo 50, estuvimos bebiendo cerveza en el bar del amigo de Drazen hasta altas horas de la madrugada, acabando todos con una borrachera de escándalo. Me declaré a Tanija y le juré amor eterno, para regocijo de los allí presentes. Desgraciadamente, con el primer y resacoso despertar al día siguiente, tuve la sensación de haber hecho el más espantoso de los ridículos… Obviamente, y para su fortuna, Tanija no aceptó mis amorosas pretensiones, aunque ella fue la encargada de darme el regalo colectivo de despedida que entre todos habían comprado, un disco de Rock & Roll yugoslavo, algo verdaderamente insólito en aquellas tierras de Dios y que creo que hoy debe valer una fortuna por ser pieza rara para coleccionistas. Lamentablemente, durante uno de mis cambios de domicilio, se perdió aquella reliquia. (Era verdaderamente delicioso escuchar una pieza de Rock en serbo-croata…)

 Drazen y yo nos despedimos aquella mañana en la estación de tren de su pueblo como lo suelen hacer las personas que se estiman mutuamente, sin grandes aspavientos pero con cierto melancólico brillo de ojos. No sé hasta qué punto él se lo había pasado bien en su anterior visita a Madrid pero lo que sí puedo afirmar es que su comportamiento conmigo durante toda mi estancia en su pueblo fue digno de elogio. Prometimos volver a vernos en un futuro no muy lejano aunque aún tengo la impresión de que los dos sabíamos que era muy difícil que volviéramos a coincidir algún día. Tras un viaje de aproximadamente una hora en tren, y luego de tomar un autobús desde allí, finalmente llegué al aeropuerto de Zagreb con tiempo suficiente como para realizar unas llamadas telefónicas a España y advertir de mi inminente llegada, toda vez que mi familia me esperaba unos días más tarde. Observé que reinaba una gran desorganización en el aeródromo a la hora de formalizar los trámites para obtener la tarjeta de embarque, de tal manera que, una vez  pasado el control de pasaportes, nos dejaron tirados literalmente en una de las pistas a todo el grupo de personas que allí estábamos a la espera de subir a bordo de una de las dos aeronaves que se encontraban frente a nosotros, de fabricación norteamericana, para mi sorpresa. Creo que ha sido la única vez en mi vida dónde me he visto obligado a preguntar hacia dónde se dirigía cada uno de los aviones, como si me encontrase más propiamente en una estación de autobuses de pueblo que en un aeropuerto internacional. Ya aclaradas las dudas e instalado en mi correspondiente asiento, lo que sucedió a continuación es uno de esos extraños episodios que nunca he adivinado a comprender, sin duda por desconocer la lengua eslava del lugar. Tras una media hora de vuelo, el avión comenzó a descender a una velocidad que provocó más de un susto en el pasaje, con dubitativos cruces de mirada entre los pasajeros acompañados de conversaciones del todo incomprensibles para mí. Mi sorpresa fue mayúscula cuando, desde la ventanilla, observé como el avión se disponía a aterrizar en un aeropuerto de proporciones considerables. No podía ser posible que, tras media hora de vuelo, el avión ya hubiese llegado a París, trayecto calculado en aproximadamente dos horas y media. Mientras la aeronave rodaba por las pistas pude leer, en grandes caracteres, una leyenda que me dejó atónito: FERIHEGY – BUDAPEST. Llegué a ponerme pálido ante la más que probable circunstancia de que me hubiese equivocado de aeronave… Pero pronto observé como el resto de pasajeros se revolvían nerviosos de sus asientos y trataban de buscar con la mirada a las azafatas intentando obtener una respuesta. La megafonía del avión, acompañada de unos molestísimos pitidos de acoplamiento sonoro, explicó algo en croata que no debió de resultar muy del agrado del pasaje en tanto que fue recibido con una fortísima tanda de pitos y abucheos. Allí estuvimos estacionados, sin poder bajar del avión, unas dos horas, aproximadamente, tiempo durante el cual las azafatas no paraban de ofrecernos zumo de naranja. Yo solicité un whisky, recibiendo una firme negativa: – “No alcoholic drinks”.  Ni mostrando un billete de cinco mil dinares conseguí mi espirituosa y relajante pretensión. Como nadie de mis vecinos de asientos más próximos hablaba en inglés, jamás supe qué diablos había ocurrido pero el caso es que, tras esas dos aburridas horas allí sentados en el interior de la aeronave, nos fuimos de nuevo al aire. Esta vez sí que aterrizamos posteriormente en París. (Yo ya estaba tan alucinado que pensé que volvíamos a Zagreb). Afortunadamente, la conexión del vuelo con destino a Madrid estaba prevista para la media tarde, con lo que no hubo ningún problema ocasionado por la incomprensible demora de Budapest. El vuelo a Madrid lo efectuamos a bordo de un avión de Iberia, según me explicaron, por compartir código con la JAT yugoslava. Atrás quedaban París, Munich, Zagreb, el pueblecito croata de Drazen, Dubrovnik, Belgrado y Bucarest. Ah, y Budapest, claro. Al llegar al domicilio de mis padres descubrí con horror como a mi madre le había dado por efectuar una obra integral en la vivienda, aspecto que me ocultó en las distintas conversaciones telefónicas que mantuve con ella durante mi excursión. No me quedó más remedio que irme a casa de una tía y residir allí de huésped durante unos días que se me antojaron insufribles. Menos mal que al día siguiente pude quedar con Ana…

 Dos años más tarde regresé a tierras yugoslavas, si bien no llegué a ver a Drazen debido a que en esta ocasión los motivos del viaje fueron distintos. Pero Drazen sí que pasó fugazmente por Madrid en compañía de un amigo y de esta forma pudimos volver a vernos durante unas horas sentados alrededor de una terraza de verano y dando buena cuenta de innumerables cervezas. Pasados unos años y, como consecuencia del estallido de la guerra independentista de Croacia, telefoneé a Drazen con preocupación: Su pueblo había salido en los periódicos como escenario de violentos combates. Me tranquilizó y me hizo saber que, efectivamente, habían tenido allí lugar algunos episodios bélicos pero que afortunadamente ni él ni ninguno de sus amigos habían resultado heridos. Eso sí, aquel mítico bar por donde pasábamos las noches de tertulia fue enteramente destruido por un proyectil. Después de aquella conversación telefónica, nunca volví a saber nada más acerca de Drazen… Bueno, la verdad es que, gracias a Internet, sí he podido conocer que actualmente trabaja y vive en Zagreb. Su profundo conocimiento de los idiomas y su buena disposición como estudiante le han hecho llegar muy lejos en su trayectoria profesional y hoy en día es un personaje de cierta relevancia en lo relativo a la vida cultural de la capital de la República de Croacia. Quizás algún día volvamos a coincidir… ¿Quién sabe?

THE END

Siluetas enmascaradas XI 26 Febrero 2009

Posted by leiter in Ensoñaciones.
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Te acuerdas de mi bondad,
no así de mis incisivos anhelos;
respiro con agrado tu espontánea atmósfera,
aire que determina la vetusta estirpe de tu encanto
y que discurre entre el orgullo y la humildad,
entre la paz y el pecaminoso arrebato.

Nos gusta la intimidad de velados interiores
cuando decidimos animar las carencias del amor.

Descubro equilibrio inmaculado en mis deseos,
inagotable fuente de aventuras placenteras,
la pureza de un realismo natural
o de una preciosa estampa que no he de idealizar.

Me intentas rejuvenecer cargando de años tus escusas
mientras nos amamos en un lecho de blancas reminiscencias.

Te divierte el vaivén de mi pasión incontrolada
y bromeas al relato de mis sortilegios;
ignoras el axioma de mis desvelos
con risueña burla al paso de mis trayectos;
sonríes con ingenua inseguridad
cuando imito la vorágine sobre tus dones.

Mas, cuando el letargo se confunde con el oprobio
despiertas angustiada entre lamentos
que ligan tu destino con trazos de superchería.

Y observas que me oculto entre infinidad
de siluetas enmascaradas,
de murmullos transportados por la brisa;
por fin comprendes la suntuosidad de los complejos axiomas
que definen tu tesoro más oculto.

Tu mirada se va elevando hacia los confines del cielo
mientras maquillas tu rostro con trascendente expresión;
escuchas, a lo lejos, la sagrada letanía del placer.

Un brillante concierto de EL JARDÍN DE MARÍA 25 Febrero 2009

Posted by leiter in Actualidad.
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 Una sala mítica — el Honky Tonk — un público fiel y entusiasta, unas copas nocturnas con sabor a buena música y unos artistas que tienen muy claro lo que quieren. Con estos ingredientes no resultó difícil presagiar que una reunión de buenos amigos se convirtiese en un excelente concierto, una nueva y brillante exhibición de El Jardín de María, formación liderada por un incombustible Carlos Moraleda, sin lugar a dudas, uno de los mayores talentos musicales del actual panorama artístico madrileño.

  Durante aproximadamente dos horas — que a todos los allí presentes se nos antojaron tan intensas como breves — El Jardín de María nos brindó una selección de sus éxitos de siempre intercalados con algunas piezas inéditas que conectaron desde el primer instante con un público totalmente entregado a su causa. Desde la inicial Canción Jardín hasta una desenfadada versión de Moris del Sábado en la Noche (Que fue bailada hasta por los camareros) los componentes de El Jardín de María exhibieron un nivel tanto técnico como estrictamente interpretativo que provocó la incondicional adhesión de incluso los más escépticos, personas que no se pierden una sola actuación en esta sala y que mostraron su asombro ante el derroche de facultades mostrado en todo momento por estos excepcionales músicos.

 Una vez más, Carlos Moraleda, la voz solista, demostró sus tablas sobre un escenario y su extenso catálogo de recursos para meterse al público en el bolsillo desde el primer compás de una actuación que bajo ningún concepto ha de pasar desapercibida para los ejecutivos de una general industria fonográfica sumida en la crisis que, si bien es de carácter económico, también lo es a nivel creativo, aspectos absolutamente relacionados entre sí.

 En definitiva, un lujo de concierto del que os dejo las siguientes instantáneas.

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Niños en la playa – Joaquín Sorolla 24 Febrero 2009

Posted by leiter in Análisis pictórico.
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* Óleo sobre lienzo
* 118 x 185 Cm
* Realizado en 1910
* Ubicado en el Museo del Prado, Casón del Buen Retiro

 

 Si bien Sorolla participa de la revolución pictórica que trajeron consigo los impresionistas, aparcando en buena medida unos comienzos caracterizados por temáticas un tanto superadas (Cuadros de contenido histórico o de denuncia social), evitó en lo posible una total asimilación de los mismos, como se refleja en su poco afán científico y en una negativa a romper con los gustos establecidos y con sus canales de comercialización. Aunque Sorolla es impresionista en aspectos como la pincelada suelta y rápida o en la concentración de efectos atmosféricos, también podríamos encuadrarle, como así lo han hecho muchos relevantes críticos, en el grupo de los llamados “realistas a plena luz”, artistas que suavizan las tendencias tenebristas de aquellos con una visión más sensual de la realidad.

 Absolutamente nadie como Sorolla ha expresado con tal maestría los efectos de la luz sobre los cuerpos húmedos o la brisa del mar oscilando las telas. Nadie captó como él la radiante luminosidad del aire levantino o las transparencias de las figuras sobre el agua. Pese a la excesiva amplitud de su obra — condición que le convirtió en un pintor irregular y bastante desaprovechado — la calidad de su paleta y su capacidad de observación, latentes en sus mejores obras, le hacen ser una de las figuras más interesantes e influyentes de la pintura española, amén de un artista que por sí solo define a una región, la valenciana.

 Los colores de Sorolla son vivos, luminosos y buscan un enriquecimiento con el movimiento de las figuras, como intentando que las manchas que conforman las mismas ofrezcan una gran variedad de facetas y matices dentro de un mismo color. Sus toques de pincel son alargados, delatando su extraordinaria facilidad de ejecución y evitando caer en la técnica de una pincelada menuda e intrínsecamente aglutinante de efectos cromáticos interconectados. Pero quizás lo más destacado de su obra es su capacidad para recrear sombras luminosas (O simplemente sin sombras, en el sentido estricto de la expresión). Para Sorolla, la sombra no es en sí la negación de la luz sino un grado inferior de afirmación de la misma. Esa sombra — esa luz cambiante, tal vez deberíamos decir — consigue sensaciones de movilidad y vibraciones únicas.

 La pintura de Sorolla recoge los cuatro elementos originales de los filósofos de la Antigüedad: Aire, tierra, agua y fuego, y combinándolos con la luz, alcanzan unas cualidades sensitivas que nos resultan casi tangibles, pudiéndose afirmar que los cuadros de Sorolla “huelen a mar”. Precisamente el agua, y más concretamente el mar, es el elemento constante de su pintura. La inimitable luz de la costa valenciana se plasma en los cuadros de Sorolla de manera harto reconocible, quizás con más extensión que intensidad, pero con un extraordinario hálito creativo. Por desgracia, aún hoy en día existen círculos residuales donde la pintura de Sorolla es duramente criticada por su presunta profusión de amplios planos lineales monocromáticos y por un cierto “folclorismo”. Nada más injusto; Sorolla fue un exponente de la burguesía de fines del siglo XIX, muy aficionada a esa temática popular, y la técnica de ejecución del maestro valenciano está muy por encima de ciertos convencionalismos pictóricos propios de épocas artísticas plenamente superadas.

 Niños en la Playa corresponde con una de las etapas más fecundas y exitosas del autor, tras su inolvidable exposición de Nueva York en 1909 en la que consigue vender casi 200 cuadros por unas cantidades de dinero que le aseguraban su futuro económico de por vida. Representa a uno de los géneros más populares que cultivó Sorolla y donde se plasma lo mejor de su arte, la figuración de personajes al borde de la línea de olas de la playa. Lo que más llama la atención del cuadro es aquello que comentábamos anteriormente en referencia a las sombras, con una peculiar manera de pintarlas en tonos azules y violáceos. El pintor logra captar, de manera magistral, las sensaciones del aire al evaporarse sobre los cuerpos mojados, consiguiendo transmitir calidades esmaltadas, al tiempo que la luz solar, al estar dentro del agua, parece como palpitar en los reflejos acuosos de los cuerpos. Otra característica que preocupó siempre al maestro Sorolla fue la captación de las expresiones, que aquí resuelve con la mirada del chico que está en medio aunque con una cara en absoluto definida. En este cuadro, ya no sólo es posible “oler” a mar, sino que también podemos “escuchar” el sonido de las olas regresando de nueva al mar.

 Sorolla es uno de los pintores más importantes de principios del siglo XX, con independencia de las críticas que pueda suscitar en algunos sectores que se autodefinen como ortodoxos. Difícilmente un pintor pueda conseguir lo que hizo Sorolla con total maestría: Pintar el sol y la luz mediterránea de una manera tan original que, dicho sea de paso, su influencia posterior se redujo a una corriente que en absoluto logró alcanzar unas mínimas cotas de supervivencia histórica y estética.

Sergei Prokofiev: Un músico enamorado de Rusia 23 Febrero 2009

Posted by leiter in Galería de músicos.
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prokofiev

* Nacido el 23 de abril de 1891 en Sonsovka, enclave ucraniano a orillas del Don
* Fallecido el 5 de marzo de 1953 en Moscú

 

 Hijo de un ingeniero agrónomo y de una eficiente pianista, de pequeño le gustaba pasar horas y horas sentado junto al piano y dando rienda suelta a su imaginación. De forma comprensible, su madre le da las primeras lecciones musicales y con tan sólo 6 años escribe su primera composición para piano. Afortunadamente, su madre, María Grigorevna, le sometió a un extraordinario aprendizaje musical basado más en lo pedagógicamente divertido que en el aburrido rigorismo académico, con tal acierto que en poco tiempo fue capaz de interpretar por sí solo algunas sonatas de Mozart y Beethoven. Ante estos progresos, los padres deciden contratar a un reconocido músico, Reingold Grier, quién durante tres meses perfeccionó los rudimentos musicales del pequeño Sergei. Fue en aquella época cuando Prokofiev tuvo contacto con las melodías populares de campesinos ucranianos, circunstancia que contribuyó posteriormente en su desarrollo compositivo.

 A los 14 años, ingresa en el Conservatorio de San Petersburgo, ciudad donde se había instalado con su madre un año antes, en 1904. Desgraciadamente, el profesor Rimski-Korsakov era un docente tan magnífico que casi ningún alumno le entendía, incluido el joven Sergei. Allí aprendió, de mala gana, armonía y contrapunto, superando los exámenes de puro milagro. De esta época, concretamente de 1909, data su Sonata nº1 para piano, una obra importantísima con la que abre su ciclo de nueve sonatas, fundamentales en el legado compositivo del autor. Con 18 años consigue el diploma musical aunque prosigue dando clases de composición por poco tiempo, ya que descubrió que su gran maestro era él mismo en su faceta creativa. Decide complementar su formación pianística con la profesora Esipova y, fruto de aquellos fructíferos cinco años de aprendizaje, consigue ganar el Premio Rubinstein del Conservatorio. Su madre, dichosa y contenta por el hecho, decide regalarle un viaje a Londres (No andaban precisamente mal de rublos en la familia) donde coincidió con su compatriota Diaghilev, el empresario de los Ballets Rusos, quién le recomienda que componga un ballet. Aquello se plasmó en la Suite Escita. Como agradecimiento, Diaghilev le organizó en 1915 un concierto en Roma donde dio a conocer internacionalmente su extraordinario Concierto para piano nº2. No pareció afectar mucho la época prerrevolucionario que se estaba viviendo en Rusia, ya que a principios de 1918 estrenó las Visiones Fugitivas y las Sonatas para piano 3 y 4. Sin embargo, en ese mismo año decide abandonar Rusia, no por motivaciones políticas, sino buscando un lugar donde pudiera trabajar con tranquilidad. De hecho, cuando quince años después decide retornar a su país lo hace por idénticas razones, dada la inestabilidad política que se vivía en Europa en los primeros años treinta.

 Prokofiev se instaló en Nueva York, donde la acogida no fue todo lo bien deseada. Desilusionado, prueba suerte en Chicago y aquí las cosas parecen irle mucho mejor, ya que pudo ofrecer El Amor de las Tres Naranjas y el fabuloso Concierto para piano nº3. En 1922 da un nuevo giro de tuerca y se instala en un pueblo de los Alpes Bávaros; allí conoce a una cantante de origen español, Lina Llubera, y se gustan tanto que acaban casándose al año siguiente. A finales de 1923 se instalaron en París, donde el nombre de Prokofiev era el de toda una estrella consagrada, mayormente en su faceta de concertista de piano. Realiza giras a lo largo y ancho del mundo, incluida Rusia en 1927, con inmejorable éxito de crítica y público. Durante su estancia en París, Prokofiev empezó a encapricharse con la politonalidad y las armonías disonantes y fruto de ello fueron concebidas la Segunda Sinfonía y el Quinteto, Op. 39.

 Tras unos repetidos viajes a la URSS, el compositor decide afincarse definitivamente en Moscú, aunque su mujer nunca llegó a adaptarse del todo. Fue entonces cuando el artista abandona toda pretensión “modernista” y se reafirma como compositor melódico y lírico (Condición, por otra parte, indispensable para agradar a las autoridades culturales soviéticas). Igualmente, y con el objetivo de que los tíos esos pesados del Politburó no le diesen continuamente el tostonazo, compuso la insólita Cantata para el XX Aniversario de la Revolución de Octubre. También de 1936 es Pedro y el Lobo. En 1941, tras la declaración de guerra alemana, Prokofiev es evacuado junto con otros artistas a las Repúblicas del Sur. Fue en esta época cuando las relaciones con su esposa Lina se convirtieron del todo imposibles. Lina se convirtió en persona non grata para el régimen y fue posteriormente deportada a un campo de concentración. Pero mucho tuvo que ver en esta separación la relación que se estableció entre el músico y una joven colaboradora, Mira Mendelson, mujer de la que ya no se separó nunca, aunque las fuentes oficiales soviéticas nunca llegaran a reconocer a Mira como segunda esposa “oficial” del compositor.

 Pero no por ello se libró el bueno de Prokofiev de los rigores estalinistas, muy mosqueados con el autor tras la composición de la Sonata nº9 para piano. En 1948, el Comité Central condenó la ópera La Gran Amistad, de Vano Muradeli, y de paso advirtió sobre la peligrosa tendencia “formalista y antipopular” manifestada en las obras de compositores como Shostakovich, Khachaturian y el propio Prokofiev. El estreno de la ópera Un Hombre Auténtico desencadenó todo el despropósito. El mismo Comité Central declaró que “Dicha obra presentaba graves defectos desde el punto de vista ideológico y artístico; que la música se encontraba en contradicción con el texto; que la ópera era poco melódica…” Y otras estupideces por el estilo. Por si eso no fuera poco, en el diario Izvestia fueron aún más lejos: “Ejemplo claro de separación entre el artista y la vida real, componiendo aquel al abrazo de su torre de marfil”. No obstante, las autoridades, a diferencia de con Shostakovich, siempre tuvieron en cuenta el gran e incontestable amor del autor hacia Rusia y la Revolución, por lo que sus disputas no llegaron a alcanzar las cotas de gravedad de otros colegas.

 A partir de 1950 la salud del compositor se resintió y por ello pasó largas estancias hospitalizado. Llegó a trabajar simultáneamente en siete obras distintas que no llegaron a completarse del todo. Finalmente, el 5 de marzo de 1953 murió como consecuencia de una hemorragia cerebral, siendo enterrado en el moscovita cementerio de Novo Devichi. La información que apareció en el periódico Sovietskoie Iskustvo no tiene desperdicio: “El compositor soviético Prokofiev murió al día siguiente en que fue anunciada la trágica noticia de la enfermedad del gran Stalin. Por ello, el anuncio de su muerte no ha podido aparecer en la prensa soviética hasta algunos días más tarde”. ¡Delirante!

 La mayor parte de la música de Prokofiev es melódica, fácil al oído y de un romanticismo sazonado con armonías inesperadas y ritmos vivaces del siglo XX. Es cierto que su música fue a veces intelectual y disonante, sobre todo la escrita entre los veinte y treinta años, en la que experimentó con ásperas disonancias, tonalidades acumuladas y estridentes sonidos orquestales. Pero lo mejor de su producción se caracteriza por el sentido fluido, la placidez y la inspirada melodiosidad.

OBRAS

- 8 Óperas, destacando El Amor de las Tres Naranjas y Guerra y Paz
- 7 Ballets, destacando Romeo y Julieta y La Cenicienta
- 7 Sinfonías, destacando la Nº1, Clásica, y la Nº5
- Sinfonietta y media docena de Obras orquestales más breves, destacando la Suite Escita
- 5 Conciertos para piano, destacando el Nº3
- 2 Conciertos para violín
- 2 Conciertos para violoncelo
- 10 Sonatas para piano y otras más obras para el mismo instrumento
- 2 Cuartetos de cuerda
- Una Sonata para violoncelo y otras obras de cámara
- Diversas obras corales, destacando la cantata Alexander Nevski
- Una serie de Canciones

¿Tiene futuro la Unión Europea? 22 Febrero 2009

Posted by th23 in El comentario de Theniger.
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Con las sucesivas ampliaciones de los miembros de la UE va quedando más en evidencia lo difícil (o imposible) del andar de lo que en sus orígenes parecía un camino inexorable y beneficioso para la vieja Europa que languidecía.

La guinda del postre la puso Vaclav Klaus a cargo de la presidencia temporal de la UE con su intervención de días pasados.

Recordemos que la Unión Europea se creó como respuesta a siglos de enfrentamientos donde los Estados miembros resolvieron reencausar sus relaciones y fundarlas sobre un principio de cooperacion y de ayuda mutua.

La pregunta es: ¿Estamos realmente en ese camino?

La idea que parecía auspiciosa se va complicando y diluyendo en el tiempo quedando solamente el forjado de una superestructura de funcionarios, sedes y  comisiones que mucho cuestan a los europeos y poco resultado ofrecen a la luz de contramarchas, dilaciones y palos en la rueda.

Por parte de los ciudadanos de a pie  a la hora de elegir sus representantes la manifestación palpable es la indiferencia a la hora de concurrir a las urnas o la oposición a refrendar las pocas decisiones que se toman.

Por parte de los Estados miembros ocurre algo parecido, desde el jugar desde fuera del campo, salvo en los temas que me interesan como Reino Unido, Italia con su sondeo de salir del euro o sus decisiones sobre NO derechos humanos, hasta pretender hacer una extensión de su ambito de gestión territorial por caso la presidencia temporal de Francia.

Pero para entender lo que ocurre vale previamente hacerse las siguientes preguntas: Quienes la impulsaron, ¿Qué objetivos se plantearon ? ¿Están hoy presentes? ¿ A quién sirve la UE y para qué?

Como síntesis de respuesta diría que lo esencial se ha perdido pues no existe  AFECTUS SOCIETATIS entre sus miembros.

Particularmente creo que lo que estamos viviendo es una unión de desiguales cuya única manifestación es la lucha por el control apelando a alianzas circunstanciales, pero se ha perdido el rumbo pues no se distingue lo coyuntural de lo trascendente y por tanto en vez de establecer lineamientos macros donde cada miembro pueda adaptarlo a la realidad de sus territorios, se abocan a pretender normatizar lo que es potestad de los miembros.

Para ver más claro el tema tomemos como ejemplo el MERCOSUR, que nacido como una idea de zona común ampliable que uniera la región hoy languidece por las asimetrias de sus miembros y las disputas por la hegemonía de su conduccíon (Brasil versus Argentina, hoy claramente inclinada la balanza hacia la primera) que han hecho de la idea de bloque económico un simple sello de goma.

Lanzo una idea (que seguro no es original): Si queremos reencauzar la UE porque no empezar desde lo regional .

Es decir: Sin eliminar la idea de países intentar permeabilizar las fronteras que hoy dividen buscando elementos comunes que aglutinen.

Así entonces podríamos rescatar aspectos tales como historia, economía, cultura, intereses, proyecto común, rol a desempeñar en el mundo, etc. Los beneficios serían: Acercamiento de pueblos, sinergias, pensamiento común, resurgir de la identidad europea y algo que en un mundo como el actual define el futuro: Incremento de productividad.

Para nuestro caso por ejemplo hay más afinidad entre el noreste de España y el sur de Francia que el que existe entre los respectivos estados, o con Portugal que con otros estados miembros. Sería entonces llegar al consenso a nivel UE con el trabajo medio hecho pues las posturas serían menos y más sólidas

ESCUCHO OFERTAS !!!!!!!

un saludo a todos

Henry Purcell: Esta joya (When I am lied in earth) se compuso en 1689 21 Febrero 2009

Posted by leiter in Guiños musicales.
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henry_purcell 

En el enlace al vídeo que aquí os dejo podemos contemplar la antológica interpretación de Dame Janet Baker del famoso recitativo y aria Thy hand Belinda… When I am laid in earth, correspondiente a la ópera Dido y Eneas, en una representación habida en 1966 en el Festival de Glyndebourne bajo la dirección del australiano Charles Mackerras. Tanto el recitativo como el aria constituyen un fragmento memorable de la más pura y simple expresión de dolor en la historia de la música occidental y representa la tristeza de Dido, dispuesto a suicidarse después de que Eneas le haya abandonado. Esta pieza fue compuesta por Henry Purcell en 1689 y tiene tal carácter emotivo y profundo que conecta directamente con la reforma que Gluck hizo de la ópera… ¡Un siglo más tarde!

 El género de la ópera, tal y como hoy la conocemos, arrancó en 1600 con el estreno de Euridice, obra debida a Jacopo Peri y posteriormente retocada por Giulio Caccini sobre un texto de Ottavio Rinuccini. La obra se interpretó el 6 de octubre de 1600 en Florencia con ocasión de la boda de María de Médicis y Enrique IV de Francia. Característico de aquellas primeras óperas era el recitativo — que no debe ser confundido con el posterior parlando napolitano — y que sigue minuciosamente el texto acompañado por el bajo continuo. No sólo en Florencia surgieron “óperas”, sino también Roma, Bolognia, Turín y sobre todo en Mantua, donde un genial Claudio Monteverdi compone la primera ópera que ha pasado a formar parte de la historia y cuya influencia posterior has sido del todo decisiva, L´Orfeo, estrenada en 1607. Seis años después de este estreno, Monteverdi se instala definitivamente en Venecia y con ello traslada el epicentro de la producción operística a esta ciudad, donde se estrenan Il ritorno d´Ulisse in Patria y L´incoronazione di Poppea, otras dos obras maestras del mismo autor. Otros dos grandes operistas venecianos fueron Francesco Cavalli y Marco Antonio Cesti.

 En Francia, la ópera auténticamente autóctona comienza con el compositor Robert Cambert y el poeta y libretista Pierre Perrin, aunque la figura más representativa en la segunda mitad del siglo XVII fue un italiano llamado Giovanni Battista Lulli que se nacionalizó posteriormente francés y que es hoy conocido por su asimilado nombre galo, Jean Baptiste Lully. Durante casi un cuarto de siglo, Lully fue el dueño y señor de la música francesa en la corte del Rey Sol y sus óperas Alceste y, sobre todo, Armide, sentaron las bases de la ópera nacional francesa, donde el ballet tenía un papel primordial. Por cierto, Lully es el primer compositor conocido muerto en acto de servicio… Ya hablaremos de esta curiosa y no menos lúgubre anécdota en otra entrada.

 Inglaterra se incorporó tarde al “mundo de la ópera” debido al desinterés que reinaba en aquella nación por la música bajo el gobierno de Cronwell. Tras la restauración de 1660, se establecieron en Inglaterra diferentes compañías italianas que hicieron despertar en el público británico el interés por este incipiente género. El primer compositor inglés de óperas fue John Blow, cuya obra Venus y Adonis, supuso el primer intento de crear una ópera propiamente autóctona. Pero sin lugar a dudas, fue Henry Purcell el músico más importante que dio Inglaterra en toda la segunda mitad del siglo XVII. El padre de Purcell era músico en la corte de Carlos II y tanto sus dos hijos, Henry y Daniel, entraron al servicio real cuando eran muy jóvenes. La ascensión de Henry fue del todo meteórica: A los quince años era afinador de órganos y a los dieciocho “compositor de los violines del rey”. A los veinte, fue nombrado, nada más ni nada menos, que organista de la Abadía de Westminster. Purcell compuso música del tipo adecuado a cada uno de sus nombramientos: Suites y danzas orquestales, música de cámara para el entretenimiento de la corte, odas y piezas para las celebraciones de las ceremonias estatales y otras obras sacras. Pero lo que más le gustaba era el teatro. Dido y Eneas, ópera breve compuesta en 1689 para el internado infantil que en Chelsea dirigía un tal Josias Priest, es completamente distinta a la tediosa combinación de recitativos y arias de las óperas italianas de la época. En esta obra, así como en los numerosos anthems y coros dramáticos que también compuso, se pueden reconocer los cimientos del heroico estilo británico que más tarde, un genial compositor alemán llamado Haendel, llevaría a su más alta perfección. Desgraciadamente, el talento de Purcell se vio interrumpido en 1695, cuando falleció con tan sólo 36 años.

 En 1754, Christoph Willibald Gluck fue nombrado compositor principal del Teatro Imperial de Viena. Allí, con cuatro colegas de ideas similares, fundó un “grupo de reforma operística” que tenía como objetivo aproximar la ópera al estilo de la antigua tragedia griega. En concreto, el grupo quería reducir las arias tipo espectáculo y reducir los recitativos con el fin de obtener un efecto que fuese continuamente dramático en vez de constituir una secuencia de “momentos” con una débil vinculación entre sí. La ópera de Gluck preparó el terreno a los grandes operistas del siglo XIX (Verdi, Wagner, Puccini…) aunque sus propias óperas puedan resultar hoy en día un tanto frías, al estilo de los mitos griegos que eligió para su música. De cualquier manera, Gluck es actualmente reconocido como el primer gran reformador de la ópera, alejándose de la fácil oratoria francesa y, particularmente, de la italiana. Sin embargo, 65 años antes, Henry Purcell había dado, quizás inconscientemente, los primeros pasos y esta impresionante aria que hoy aquí comentamos, When I am lied in earth, es buena prueba de ello. Disfrutadla; es una de las piezas más conmovedoras de toda la historia de la música.

Mi primer periplo hacia la otra Europa (III) 20 Febrero 2009

Posted by leiter in Vivencias.
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 Según me había informado Drazen, las dos principales ciudades yugoslavas, Zagreb y Belgrado, no estaba comunicadas a nivel ferroviario con una imaginada y virtual línea recta, sino que desde ambas capitales los principales trayectos en tren tomaban la dirección sur rumbo a Sarajevo, punto neurálgico de comunicaciones de aquella Yugoslavia, y desde allí se enlazaba de nuevo, atravesando buena parte de los Balcanes, con las dos urbes más importantes, en una especie de triángulo isósceles invertido. Así, un trayecto que no debiera emplear más de unas cinco o seis horas, ampliaba su duración hasta las doce o incluso trece insoportables y sufridas horas. Y ese tiempo fue el que nuevamente hube de aguantar estoicamente de pie a bordo del tren rumbo a Belgrado, tan abarrotado como el que me trajo y con la incertidumbre de saber si en Sarajevo habría de duplicar su aforo. Así fue, desgraciadamente. Por lo menos, durante este penoso trayecto, estuve más distraído por conocer a unos jóvenes yugoslavos que, advirtiendo mi condición española, no pararon de hacerme preguntas (En una rudimentaria mezcla de italiano e inglés) acerca de distintos aspectos de la vida social española. Lo más sorprendente fue que esos muchachos estaban afiliados a la liga comunista yugoslava y tenían conocimientos nada desdeñables sobre personajes como Santiago Carrillo o La Pasionaria… Afortunadamente, en el espacio situado entre dos vagones, pudimos sentarnos y charlar amigablemente sobre las cuestiones referidas. Al final, y ante mi sorpresa y la de muchos de los viajeros, se pusieron a cantar sin ningún tipo de rubor La Internacional, siendo la primera y única ocasión donde he tenido la oportunidad de escuchar este histórico y musicalmente bello himno en serbo-croata. Los últimos compases fueron también tarareados por mí (En español, claro) puño en alto y eso motivó que me rogaran que les cantase la versión en español, asunto que me provocó la mayor de las vergüenzas posibles, no por el contenido de la canción, ni mucho menos, sino por mis escasas cualidades líricas de barítono. Además, no era cuestión de negarse ante sus reiteradas peticiones, sobre todo cuando ya habían — habíamos — vaciado una botella de Rakija, un fortísimo aguardiente de aquellas tierras. En estas condiciones de amistad y franca camaradería llegamos por fin a Belgrado a eso de las cinco de la mañana. A pesar de jurarles de que les iba a llamar atendiendo a su cortés proposición de hacer de cicerones en la capital yugoslava, opté por descartarlo y nunca más supe de aquella simpática pandilla. Afortunadamente, el albergue que había reservado para mi estancia en Belgrado se ubicaba junto a la estación, por lo que me dio tiempo para, una vez depositados allí mis enseres, tomar una gratificante ducha e incluso dormir un par de horas que me sentaron divinamente (Y ayudaron a evaporar los excesos de la Rakija). A eso de las nueve de la mañana, tras desayunar en el albergue, salí a pasear por las calles de Belgrado, una ciudad que me defraudó un poco, sobre todo porque fue enteramente reconstruida tras las Segunda Guerra Mundial y su aspecto era un tanto frío visualmente, con multitud de edificaciones cimentadas bajo los parámetros de la más pura arquitectura popular y funcional de los países del este. Contra lo que me había advertido Drazen, sus habitantes, por lo general, me parecieron educados a más no poder, siempre atentos a mis requerimientos callejeros para preguntar por tal calle o monumento. Observé, además, que en aquella ciudad se vivía la práctica del juego del ajedrez con verdadera pasión, no habiendo esquina donde no se encontraran dos jubilados en plena partida, algunas de ellas, sobre todo en un parque, seguidas con enorme interés por un grupo numeroso de personas también de edad avanzada. En ningún momento me dio la impresión de que se estuviesen apostando dinero, y así me lo indicó un lugareño en perfecto español (Había combatido en la Guerra Civil Española dentro de las llamadas Brigadas Internacionales) con el que luego me tomé unos excelentes vinos en una curiosa taberna a la que me llevó. Aquel hombre mayor, del que por desgracia ya no recuerdo su nombre, mostró verdadero interés por España, un país del que se declaraba enamorado y con la ilusión de regresar algún día de visita turística. Me llegó a sorprender cuando empezó a entonar canciones españolas del frente republicano, haciendo todo un alarde de memoria. Posiblemente ese fue uno de los momentos más entrañables de mi periplo. A pesar de que le dejé mi dirección y teléfono de Madrid, nunca supe más de él. Quizás esos recuerdos de España que me brindó aquel entrañable anciano precipitaron mi primer bajón anímico de aquella gira y me vi envuelto en una extraña sensación de melancolía que mi hizo añorar un tanto mi país de origen y que, afortunadamente, se disipó tan fugazmente como vino.

 Para acometer la siguiente etapa del viaje, Rumanía, tuve que trasladarme hasta otra estación ferroviaria, la conocida como Dunav, que era el lugar de donde salían los trenes con destino a aquel país. Sorpresivamente, y en comparación con las más recientes experiencias, no había apenas pasajeros esperando la partida del tren que allí estaba estacionado. El convoy, que debía ser rumano a tenor con las indicaciones que aparecían grabadas en su interior, parecía mucho más moderno que los hasta ahora probados en Yugoslavia y carecía de esos compartimentos express que estaban resultándome del todo incómodos. A la hora de partir, ya de noche, sólo pude contemplar a dos personas en el interior del espacioso vagón y durante el trayecto hasta la frontera rumana no efectuó ninguna parada. Ya en la aduana, la demora se me hizo muy pesada desde el momento en que un oficial de fronteras rumano estuvo casi veinte minutos leyendo y tomando notas en mi visado. Aproveché para formalizar el obligado cambio de divisas correspondiente a cuatro días para así poder despreocuparme de tan molesta empresa. (Ya anticipo que me dieron 6 lei por dólar, cuando en pleno centro de Bucarest y de forma clandestina, me llegaron a ofrecer hasta 35 lei por dólar). Cuando por fin el tren volvió a rodar, alrededor de la medianoche, seguíamos los mismos individuos en el vagón. Tras dar cuenta de un bocadillo de queso (O algo parecido a queso) y una cerveza tibia que compré a una señora ya entrada en años que transportaba un carrito con viandas de esa guisa, me tumbé sobre los dos asientos contiguos al mío y de esta forma llegué a Bucarest, en lo que supuso uno de los viajes más cómodos que he realizado nunca en tren. Finalmente, a eso de las nueve de la mañana, el tren hizo su entrada en la estación de Bucarest, ciudad cuya primera impresión por medio de lo contemplado a través de las ventanillas parecía diferir notablemente con todo lo visto hasta ahora y no precisamente para mejor. Sin embargo, jamás podría haber imaginado el penoso incidente que me ocurrió a continuación y que marcó, en buena medida, todo el devenir del resto de mi gira: Después de asearme en un lavabo de la estación me vi de pronto rodeado por tres individuos bastante mayores que yo y cuyos rostros no parecían exhibir ningún atisbo de amabilidad. No me dio tiempo para mayores análisis desde el instante en que uno de ellos me golpeó violentamente en el estómago provocando que me hincara humillantemente de rodillas. Un bofetón con la mano extendida terminó por tumbar mi cuerpo sobre el encerado. Aterrado, pronto comprendí el propósito de aquellos malhechores y la imposibilidad de defenderme, por lo que instintivamente saqué de mi bolsillo un puñado de dólares y los tiré lo más lejos posible para intentar que desviaran su atención hacia mí. Afortunadamente, los tipos se fueron tras los billetes, momento que aproveché para incorporarme, magullado, dolorido y con una pesada mochila a cuestas, y salir de allí pitando, en la desesperada búsqueda de una salida. Pude escuchar como los delincuentes corrían tras de mí, gritando en rumano (supongo), y provocándome una aceleración de mis pulsaciones cardíacas al borde del infarto. Con el corazón en un puño, vi una puerta de salida y no lejos de allí a alguien que parecía ser personal de la estación. Corrí hacia él con todas mis fuerzas y gritando: –”Please, help me, help me!!” – Ya estando a su lado y de manera acelerada, le conté en inglés lo que acababa de ocurrirme, no dejando de mirar a mi alrededor para ver si aquellos ladrones aún me estaban siguiendo. El hombre, sorprendido y sin dejar de examinarme de arriba a abajo, no parecía entenderme y dio la impresión de asustarse ante mi atolondrada presentación. Finalmente, aparecieron otros dos empleados uniformados y, ante mis mímicos gestos intentando hacerles comprender que había sido objeto de un asalto, me acompañaron hasta una garita donde se hallaban tres policías rumanos para los que pasé a ser más un sospechoso, a juicio con las intimidantes miradas que me brindaron, que la pobre víctima de un atraco. Tras estar media hora revisando mi pasaporte, visado y pertenencias, me “dejaron” en libertad. La situación era preocupante: Los cacos se habían apoderado de buena parte de mi dinero en efectivo, dejándome tan sólo con cien dólares en Travel Checks que guardaba ocultos entre mi pasaporte. Drazen ya me había advertido de los peligros que podía encerrar mi estancia en Rumanía y me recomendó distribuir el dinero aunque, según él, lo más importante era salvaguardar bajo cualquier circunstancia mi pasaporte, objeto muy apreciado por las bandas de cacos rumanos. Afortunadamente, no dieron con aquel conducto que mantenía guardado junto con lo más íntimo y telescópico de mi anatomía y además tuve la buena suerte de haber dejado bajo custodia de Drazen una cantidad considerable de dinero. Como ya había efectuado el obligatorio cambio oficial de divisas en la frontera rumano-yugoslava, no tuve más remedio que recurrir al mercado negro para estirar cuanto pudieran dar de sí los 100 dólares. Conseguí cambiarlos por 3.000 lei, cantidad más que suficiente para pasar sin mayores apuros un par de días en Rumanía.

 Aquel penoso incidente en el que me vi envuelto trastocó todos los planes que tenía previstos para Rumanía y de esta forma, acortando mi visita obligatoriamente a causa del dinero robado, me fue imposible visitar la ciudad costera de Constanza, a orillas del Mar Negro, un lugar que me recomendó encarecidamente mi amigo Drazen. Quizás por este motivo mi estancia en Bucarest se vio envuelta en una extraña sensación de sentirme perseguido y observado, con un irracional miedo a pasear solo por calles apartadas ante la posibilidad de que fuese nuevamente asaltado. Llegué a obsesionarme tanto que en absoluto disfruté de mi visita, buscando siempre cualquier grupo de jóvenes estudiantes en donde cobijarme, con lo que voluntariamente coarté un tanto mi libertad de movimientos. Tampoco ayudó mucho a elevar mi ánimo la estampa que me ofreció la capital rumana, una ciudad que me pareció tristísima, sin vida y como aletargada en el tiempo. Particularmente penosa me resultó la imagen de un enorme edificio que se estaba construyendo el entonces dictador Ceaucescu en medio de una avenida fantasmagórica rodeada de verdaderos lodazales, un símbolo que en absoluto tenía que ver con lo que se suponía debían ser unos ideales socio-políticos basados en la igualdad de todos y cada uno de los ciudadanos y que contrastaba violentamente con el resto de callejuelas de Bucarest, muy sucias y pésimamente iluminadas al caer la tarde (En ocasiones, con una humilde bombilla para toda una manzana de edificios). Por ese mismo motivo, me recogía pronto en el albergue, evitando pasear por calles tan tristes como desiertas. Además, se dio la circunstancia de que no paró de lloviznar durante esos dos días en los que permanecí en Bucarest, aspecto que sin duda coadyuvó a que mi estado de ánimo no consiguiera resarcirse del todo. Por si no fuera todo esto suficiente, la comida me resultó extraña y difícil de asimilar (Particularmente, recuerdo una especie de albóndigas en una salsa como de mahonesa que se mi hicieron del todo indigeribles) y no menos la cerveza, casi siempre a una temperatura excesivamente cálida para mis gustos carpetovetónicos. Es probable que el robo que sufrí nada más pisar tierra rumana condicionase mi pesimismo con respecto a este país, una nación que nunca he vuelto a visitar y de la que estoy seguro que no me volvería a causar ese profundo desánimo. Aunque no me cuesta reconocer que aquella visión de Bucarest trastocó mis juveniles ideales un tanto revolucionarios hacia posiciones políticas más moderadas y acordes con la social democracia, ideas que hoy en día sigo manteniendo.

 Tras aquellos dos días donde mis expectativas se vieron un tanto defraudadas en Bucarest llegaba la hora de volver al pueblo de Drazen en Yugoslavia. El hecho de pensar en la más que probable incomodidad del viaje de retorno, sobre todo en el tramo comprendido entre Belgrado y Zagreb, me hizo sopesar la idea de una alternativa en lo referido al medio de transporte a utilizar, aunque todos mis propósitos chocaban con la cruda realidad de encontrarme sin apenas dinero para poder llevar a cabo tal pretensión. Antes de partir desde la estación de Bucarest rumbo a Belgrado volví a cambiar los lei que aún me quedaban por dinares yugoslavos, algo que no me resultó en absoluto fácil toda vez que descarté los abusivos cambios oficiales. Finalmente, una pareja de rumanos que venían precisamente de zona yugoslava accedieron a mi petición de trueque de divisas por un importe ligeramente superior al oficial. Con una cantidad cercana a los diez dólares en moneda yugoslava y un tanto cansado tanto física como mentalmente, subí a bordo del tren en el que, afortunadamente, pude tomar asiento sin ningún tipo de contratiempos. Unas diez horas me separaban de Belgrado, tiempo suficiente como para descansar y reflexionar acerca de cómo serían mis últimas jornadas de aquel primer gran viaje por la otra Europa.

TO BE CONTINUED

Partieron desde Tánger… 19 Febrero 2009

Posted by leiter in Acerca de Tánger.
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 Una vez más nos vemos obligados a contemplar estas patéticas imágenes que se quedarán por siempre grabadas en nuestras retinas. De las 25 personas que perdieron la vida al naufragar esa patera junto a las costas canarias, 20 correspondían a menores de edad, como el joven que ilustra esta espeluznante foto. Tan reiterados llegan a ser estos episodios que parecen no provocar sino un silencio en las privilegiadas personas que hemos tenido la suerte de nacer en un país tan cercano y a la vez tan distante. En la medida en que formo parte de esta sociedad, presuntamente del bienestar, asumo mi porción de culpa cada vez que un suceso de estos tiene lugar. Me repugna pensar que mis cotidianos problemas son una completa gilipollez comparados con las carencias más básicas y elementales que sufren millones de personas en este globalizado mundo, millones de seres cuyo único delito es haber nacido en un lugar y bajo unas circunstancias del todo desfavorables, millones de seres que por el hecho de nacer de su padre y de su madre han de tener las mismos derechos y oportunidades que cualquier otra persona y que, sin embargo, no son sino unos desgraciados con la única pretensión de poder sobrevivir día a día en un mundo que se presenta ciego y sordo a sus súplicas.

 Estos seres que se han ahogado a tan solo a veinte metros de la costa, como si de una cruel y terrorífica maldición se tratase, partieron desde Tánger. La bella e inolvidable ciudad norteafricana ya fue testigo en su tiempo del éxodo obligado de tantos y tantos tangerinos que partieron rumbo a España, Francia, América, Israel u otras partes del mundo y que dejaron tras de sí el recuerdo de su tierra, vecinos e infancia en la búsqueda de un desarrollo personal que Tánger ya no estaba en condiciones de ofrecer. Ahora, muchos años después, Tánger contempla con desolación como parten las ignominiosas embarcaciones rumbo a la muerte, rumbo a un destino que jamás habrá de llegar y que sepultará el océano bajo su inmenso manto de frialdad.

 Mientras que una sola persona tenga la necesidad de abandonar su tierra de origen por algo tan simple como el hecho de poder subsistir, este mundo no podrá considerarse como justo. Mientras que la vida sea una especie de lotería donde el mero hecho de nacer en un lugar u otro condicione el posterior desarrollo de cada persona, este mundo estará mal planteado. Mientras que el cadáver de un niño sea rescatado de las aguas, a semejanza del que ilustra la imagen, en su desesperado intento de alcanzar una tierra donde poder labrarse un porvenir sin pasar calamidades, este mundo será un puro camelo.