John Dowland: In darkness let me dwell 29 Noviembre 2009
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En el enlace al vídeo que hoy os dejo podemos escuchar una de esas canciones agridulces de John Dowland, la conocida como In darkness let me dwell, perteneciente al conjunto de los tres Books of Songs of Ayres, colección escrita entre 1597 y 1603 y que abarca 87 canciones para voz y laúd. La interpretación corre a cargo de Christina Högman, soprano sueca especializada en música barroca y del siglo XVIII, acompañada al laúd por su paisano Jakob Lindberg, uno de los mejores intérpretes de laúd de la actualidad. La pieza, terriblemente melancólica, destaca por sus disonancias y por presentar una armonía inestable. John Dowland se caracterizaba por un tipo de composición denominada multidireccional que permitía a solistas y a grupos leer con gran facilidad los fragmentos, ya fuesen simples o combinados, lo que favoreció en buena medida el éxito que tuvo en vida. Excelente laudista, Dowland despertó admiración por esa melancolía que sabía imprimir a sus canciones y que provocó que el poeta Richard Banfield afirmara que “su manera celestial de tañer el laúd embriaga a la razón”.
El siglo XVI creó una nueva época basada en la revolución científica, en la expansión del mundo y en el pensamiento grecolatino renovado que vivificó las artes plásticas, la literatura y la música, dentro de un escenario que el conflicto religioso recorrería por entero. El Renacimiento llegó al ensayo político inglés con Tomás Moro, estadista cuyo pensamiento social se plasmó en su célebre Utopía, que se vio envuelto por el conflicto religioso del siglo y que fue ejecutado por orden de Enrique VIII. En el terreno de la poesía lírica, destacó Philip Sydney (1554-1586) con un estilo italianizante cuyo máximo referente fue Astrophil and Stella. Sin embargo, el poeta que mayor eco tuvo en la música inglesa posterior fue Edmund Spenser (1552-1599) con su poema isabelino La reina de las hadas. El cambio a una iglesia nacional en Inglaterra no impidió el desarrollo de una rica polifonía y el florecimiento de una escuela madrigalista de primerísimo orden. Pero aún más importante fue el salto cualitativo y cuantitativo que el renacimiento inglés produjo en la música instrumental, sobre todo en el laúd y en el virginal. John Dowland fue el mejor laudista de su tiempo y, aparte de sus canciones para voz y laúd, transcribió para este instrumento mucha de su música vocal anteriormente escrita.
Aún no se sabe con certeza si Dowland nació en Londres o en Dublín en 1563, ya que de sus primeros años de vida se sabe realmente poco. Parece ser que en 1580 marchó a París para trabajar al servicio del embajador inglés en la corte francesa y allí se mantuvo hasta 1587, convirtiéndose al catolicismo. Posteriormente marchó a Italia y allí se mezcló con ingleses católicos conspiradores, circunstancia por la que posteriormente tanto le costaría encontrar trabajo en Inglaterra, una de sus máximas aspiraciones. El músico trató de convencer en vano a las autoridades inglesas de que su conversión había sido del todo forzada y ello le provocó una irritabilidad que le acompañaría durante toda su vida. Tras pasar varios años en la corte del rey Christian IV de Dinamarca, Dowland regresó a Inglaterra en 1606 aunque tuvo que esperar otros seis años para obtener por fin un puesto como laudista en la corte del rey Jacobo I. Allí se resolvió como el mejor laudista del momento y su influencia a nivel internacional fue muy importante. Entre su obra, aparte de muchísimas piezas para laúd sólo, sobresalen los ya mencionados tres Books of Songs of Ayres; una serie de obras instrumentales compiladas en Lachrimae y otra en A Pilgrims Solace. John Dowland falleció en Londres el 20 de febrero de 1626. Nuestro humilde homenaje a un músico excepcional.
El negocio de la muerte 28 Noviembre 2009
Posted by th23 in El comentario de Theniger.add a comment

Pensar que de algo tan triste como la muerte se puede hacer negocio es algo que no cabe en la cabeza de todos, entre los que me incluyo, pero en un mundo como el que nos toca vivir (o sufrir) no es un tema baladí. Para tener idea de lo que puede significar este mercado cabe decir que solamente en España tenemos que hablar de alrededor de 400.000 defunciones al año. La crisis, como no podía ser de otra manera, también ha tocado este mercado y las empresas del rubro extreman sus estrategias para sobrevivir.
En primer lugar citemos que en nuestro país está muy difundido el llamado seguro de sepelio. Se calcula que más del 50% de las familias lo poseen para todos sus integrantes. Para los que no lo conocen, sucintamente consiste en tomar una póliza de seguro que se paga durante toda la vida del beneficiario y que a su muerte el asegurador se hace cargo de los gastos que depare el servicio de sepelio. Amén que las compañías prestan tal servicio con restricciones ( no se puede elegir tanatorio y el servicio como tal está estandarizado) significa un pingüe negocio pues durante la época de cotización se paga varias veces el servicio (además los pagos se van incrementando en la medida que el beneficiario envejece).
No obstante lo señalado, las aseguradoras (tres compañías manejan más del 80 % del mercado) están extremando sus estrategias y fruto de la globalización están trayendo cajas mortuorias de China donde las compran a un 20% de lo que cuestan en España y a decir de los proveedores locales la calidad no difiere de las que ellos fabrican. Esta decisión está impactando fuertemente en Galicia, donde localidades como Piñor de Cea dependen de esta industria para su subsistencia. No obstante el ahorro el costo final del servicio para los usuarios no se ha visto alterado y ronda en promedio los 3500 euros. La vieja estrategia de trasladar los mayores costes pero no los ahorros. La diferencia de precios entre el entierro tradicional y la cremación es notable pero aún si se opta por ésta última estamos cercanos a los 2000 euros.
La otra cara de la crisis está en buscar otros “servicios” creando “nuevas necesidades” que rayan con lo superfluo, esnobismo u hortera. Algunos ejemplos que se van instalando en nuestra sociedad y otros que lamentablemente no tardarán en llegar les aclararán sobre que estoy hablando:
-Una empresa de pompas fúnebres de Valladolid, celebrando su 75 aniversario, ha decidido ayudar a los afectados por la crisis y hasta fin de año se hará cargo de todos los gastos de sepelio y la incineración de aquellos fallecidos que en el momento del deceso se encontraren en paro. ¿Estamos en presencia de una empresa solidaria o es una estrategia de marketing para fidelizar a las familias?
-Un ejemplo curioso es la inclusión de la moda y el diseño al mundo de los ataúdes. El modisto Catalán Antonio Miró, en colaboración con la empresa Marcs Urnas Bach, comercializa actualmente ataúdes con el lema ‘Toda una Vida’. Lo que se pretende es incursionar en el mercado de ataúdes con cajas de diseño. En boca de los impulsores se trata de una propuesta “ innovadora y rompedora”. SIN PALABRAS .
-El concepto “ecológico” no podía estar ausente y hablamos entonces de cajas biodegradables, urnas de arena y lo último, coches eléctricos no contaminantes para los traslados.
Pero si nos vamos de España encontramos lo siguiente
-En EEUU ya se comercializa un servicio para ser sepultado en el espacio (cenizas)
-La firma Vic Fearn (Gran Bretaña) comercializa una línea de cajas mortuorias llamadas Crazy Coffin con formas de coche, guitarra, zapato o lo que se le ocurra al solicitante. Como lo que mostraba el gracioso spot de Aquarius.
- Desde Rusia nos llega el servicio asociado a las nuevas tecnologías con lápidas interactivas (¿ ?) con pantalla integrada, cámara web y micrófono.
Alguien dijo que una buena acción de marketing pasa por crear la necesidad de un producto y luego inventarlo. Será por eso que algunos dicen que hay vida después de la muerte.
Un abrazo para todos
THENIGER
El caballero de la rosa (Der Rosenkavalier) – Richard Strauss 27 Noviembre 2009
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* Comedia musical en tres actos
* Libreto de Hugo von Hofmannstahl
* Estrenada en Dresde el 26 de enero de 1911
* Lugar de la acción: Viena, segunda mitad del siglo XVIII
* FIGURACIÓN:
- MARÍA TERESA, princesa von Werdenberg y mariscala Furstin – Soprano lírico-spinto
- BARÓN OCHS VON LERCHENAU, su primo – Bajo
- OCTAVIO, joven noble amante de la mariscala – Mezzo o soprano dramática
- SOFÍA, hija de von Faninal – Soprano ligera o lírica
- HERR VON FANINAL, nuevo rico – Barítono
- MARIANNE, aya de Sofía – Soprano lírico-spinto
- VALZACCHI, intrigante italiano – Tenor ligero
- ANNINA, su cómplice – Soprano ligera
- EL COMISARIO DE POLICÍA – Bajo
- EL MAYORDOMO DE LA MARISCALA – Tenor
- EL MAYORDOMO DE LOS FANINAL – Tenor
- EL NOTARIO – Bajo
- EL POSADERO – Tenor
- UN CANTANTE ITALIANO – Tenor lírico
- LA MODISTA – Soprano
- UN VENDEDOR DE ANIMALES – Tenor
- Músicos, peluqueros, un paje negro, huérfanos, criados, camareros
Tras la composición del libreto de Elektra, una obra que sumió al literato en una profunda depresión, Richard Strauss afirmó que su próxima ópera sería escrita al modo de Mozart. La familia de Hofmannstahl procedía de la antigua aristocracia austríaca y los últimos acontecimientos históricos que preludiaban la inevitable caída del Imperio Austrohúngaro sumieron al dramaturgo en la tristeza. El caballero de la rosa sería como un regalo para un artista cuya principal motivación era la de perpetuar los signos de identidad de una sociedad en proceso de extinción y a la que él mismo pertenecía. La obra de Strauss, además, marcaba el comienzo de un proceso que llevaría a ambos genios a tomar un nuevo rumbo estético, el que va de Elektra a El caballero de la rosa: Del descenso a las cloacas del alma humana a la elegante recreación de un mundo de humor, dulce erotismo, disfraces, amor y equívocos. Con El caballero de la rosa quedó atrás aquel lenguaje convulso de impronta wagneriana y de descarnada expresividad. Mientras que Salomé y Elektra habían llamado a las puertas de la atonalidad — sin llegar a atravesarlas – El caballero de la rosa se entregaba a un incipiente Neoclasicismo aunque muy moldeado por el Romanticismo. Mientras que el público fiel a Strauss celebró su cambio de actitud, la intelectualidad centroeuropea le tildó de traidor.
Hofmannstahl ideó el argumento de El caballero de la rosa en colaboración con el conde Harry Kessler, y parece muy probable que ambos se basaron en el diario íntimo del mayordomo imperial austríaco Johann Joseph Khevenhüller-Metsch, escrito entre los años 1742 y 1749. En el mismo, aparecen los nombres utilizados por el poeta en su comedia: Lerchenau, Faninal, etc. Otras fuentes de inspiración fueron Los amores del caballero Faublas de Louvret de Couvray y Monsieur de Pourceaugnac de Molière. Aunque surgieron algunas diferencias entre ambos durante la creación de la obra, Richard Strauss y Hugo von Hofmannstahl disfrutaron de lo lindo dando vida a Der Rosenkavalier, y el compositor tardó aproximadamente un año en concluir la partitura. Strauss comentaba, con cierta ironía, que le había dado pena escribir la palabra telón tras la doble barra del compás final de la obra. La ópera fue estrenada el 26 de enero de 1911 en la Königlisches Opernhäus de Dresde con un éxito apoteósico y colgándose el cartel de “no hay billetes” durante las 50 representaciones previstas. Los ensayos de la obra tuvieron como testigo a un jovencísimo aprendiz de dirección de orquesta llamado Karl Böhm. El triunfo de la ópera fue tal que incluso llegaron a fletarse trenes especiales que partieron de Leipzig, Berlín y Praga, y cuyo paquete turístico incluía el trayecto de ida y vuelta y la entrada al espectáculo. Un día después de su estreno en Dresde, la obra fue representada en Munich, ciudad natal del compositor, con un éxito similar.
Para esta admirable reconstrucción de una época y una atmósfera mozartianas, Strauss ideó un estilo nuevo de creación lírica: A lo largo de las más de tres horas y media que dura El caballero de la rosa su argumento se desarrolla en todo momento en una especie de conversación musical que sólo en los instantes más líricos o sentidos se eleva a la condición de canto propiamente dicho, encargado de plasmar una melodía infinita que flota por encima de la orquesta y en la que brilla la pureza de los timbres de las voces. En este nuevo universo de Strauss, que se prolongará en sus obras teatrales posteriores, el sentido del humor y el buen gusto se equilibran de tal manera que el músico jamás se deja llevar por alguno de estos dos polos, limitándose a servir siempre al magnífico texto. Sólo un leve y delicioso tono de melancolía y nostalgia tiñe a veces sus compases. La instrumentación es mucho más refinada y transparente que la de anteriores óperas del compositor y, mediante el uso de diversos e inolvidables valses, Strauss construye una textura musical tan bella como el mismo estilo de canto usado. La caracterización de todos los personajes está a una altura incluso superior a la de Salomé y aunque el lenguaje musical es absolutamente tonal, se encuentran en algunos fragmentos numerosos y muy atrevidos cromatismos.
DESARROLLO ARGUMENTAL
ACTO I: Dormitorio de María Teresa. Luego de la Obertura, la escena presenta a Octavio y María Teresa conversando después de haber cumplimentado su amor mientras el marido se halla de cacería en Viena. Ninguno de los dos amantes quiere separase porque presienten que su unión no durará mucho tiempo, tal vez por la diferencia de edad que les separa: Octavio tiene 17 años y María Teresa 32. Al poco tiempo de entrar un criado con el desayuno — por lo cual Octavio se ha escondido — se oyen ruidos fuera. El joven no sabe qué pensar y cree que es el marido de la princesa que ha regresado. Entonces se disfraza de doncella. Cuando la puerta se abre, aparece el barón Ochs que, pese a lo temprano de la hora, se presenta para saludar a su prima. El barón se siente atraído por la figurada doncella e incluso intenta pedirle una cita, pero la joven no le hace ni caso. Entonces pregunta a María Teresa si por fin ha designado al caballero que presentará la rosa a su prometida, Sofía, ruego que le comunicó por carta. La princesa disimula ya que, a pesar de haberla recibido, aún no la ha leído. El barón también le ruega que le recomiende un abogado para la redacción del contrato matrimonial; luego se dedica a acosar descaradamente a Octavio disfrazado de doncella, ya que cree que no debe desaprovechar ninguna ocasión para pasar un buen rato. La princesa sugiere a su primo que el joven Octavio podría ser el portador de la rosa de plata, a pesar del enojo que demuestra “la doncella”. El barón acepta encantado al ver su retrato, aunque se queda asombrado por el parecido con la camarera. Es la hora en que María Teresa recibe las visitas de los sirvientes, criados y vendedores. La habitación se llena de gente: El abogado, el notario, el peluquero, un cantante y dos intrigantes italianos, entre otros. Mientras Ochs trata de redactar el contrato con el abogado, el peluquero termina de arreglar a María Teresa y el cantante entona un aria italiana, los intrigantes ofrecen sus servicios a Ochs, quien los contrata. Todos se marchan. María Teresa, en su soledad, piensa que los años no pasan en vano y que llegará el momento en que Octavio la abandonará. Cuando el joven regresa de nuevo vestido de caballero, la princesa le confía sus pensamientos. A pesar de que Octavio le asegura de que nunca dejará de amarla, la princesa sabe que es ley de vida que eso suceda. Cuando se marcha, María Teresa se acuerda de que ni siquiera se ha despedido de él; los criados no lo encuentran por ninguna parte. Entonces la mujer le envía con un paje negro la rosa que ha de presentar a la prometida del barón.
ACTO II: Salón en casa de los Faninal. El nuevo rico, muy nervioso ya que su hija se va a casar con un noble de alta alcurnia, da los últimos toques para la recepción del portador de la rosa, mientras su hija y el aya miran por las ventanas la llegada de Octavio. Aparece el muchacho vestido de tejido plateado con la rosa en la mano. Al verse, los muchachos caen prendados el uno del otro. Luego Sofía le cuenta al noble que sabe todos los pormenores de su vida por las gacetillas de sociedad, lo que halaga y enamora aún más a Octavio. Llega el barón Ochs, tras proceder a decirle a su futura esposa que condesciende a casarse con una inferior, demuestra sus malos modales con todos los presentes hasta que el notario se retira con él y Faninal para dar los últimos retoques al contrato. Cuando los jóvenes se quedan solos, Sofía afirma que jamás se casará con el barón y luego ambos se declaran el amor que sienten. Valzacchi y Annina los sorprenden in fraganti y llaman a todos los habitantes de la casa. Octavio le dice al barón que Sofía jamás se casará con él y luego le recrimina su falta de modales. Ambos se baten a duelo y Octavio le causa un rasguño. Faninal le dice a su hija que la encerrará en un convento, pero Octavio, con la complicidad de los italianos, decide salvar a Sofía. Cuando todos se marchan, el barón se recupera del susto bebiendo vino. Annina entra con una carta en la que “la doncella” de María Teresa le da una cita para esa noche en una posada. El noble se relame de gusto con la aventura que le espera.
ACTO III: Habitación de una posada. Valzacchi termina de disfrazar a Annina de señora mayor. Llega Octavio vestido de doncella y les da una bolsa de dinero. Luego el italiano sitúa a varios hombres detrás de las diversas puertas de la habitación y procede a encender las velas, tarea en la que le ayudan los camareros. Aparece Ochs con un brazo en cabestrillo, acompañado de Octavio. Al ver tantas luces ordena apagarlas para ahorrar un poco de dinero. Cuando se quedan solos, galantea groseramente a la doncella, quien con remilgos le esquiva. De pronto una señora mayor — Annina — entra seguida de varios niños que aseguran que Ochs es su padre, mientras que por las puertas empiezan a aparecer los hombres. El alboroto es tal que un desesperado Ochs pide que venga la policía. Cuando el comisario se presenta e interroga al barón, éste sale del apuro diciendo que está con la hija de Faninal. Entonces aparece su futuro suegro — al que los italianos han avisado por orden de Octavio — y al verle, Ochs afirma no conocerlo, lo que enfada en extremo al nuevo rico. Acto seguido llega María Teresa a la que un criado del barón ha comunicado que todo es una broma; los presentes se marchan no sin antes hacerle pagar al barón los gastos ocasionados: Velas, músicos, etc. Éste se va deprimido por haber perdido a Sofía y a “la doncella”. María Teresa retiene a Octavio y a la joven, dando a entender que sabe que se aman. La pobre mujer reflexiona para sí acerca de que ni ella misma se esperaba reaccionar así, de una manera tan civilizada, cuando llegase el momento de perder a Octavio. Mientras, éste también comprende que es a Sofía a quien realmente ama, sintiéndose la joven conmovida por el noble gesto de María Teresa (Es el momento cumbre y más emocionante de la ópera, el famoso Trío). La princesa se retira. A solas, los amantes se juran amor eterno (Memorable página). Al salir, Sofía deja caer un pañuelo y un instante después, entra el criado negro, lo recoge y sale.
VERSIONES RECOMENDADAS
- Gwyneth Jones, Fassbaender, Popp y Ridderbusch. Coro y Orquesta del Estado de Baviera. Carlos Kleiber. LEGENDARY
- Watson, Fassbaender, Popp y Ridderbusch. Coro y Orquesta del Estado de Baviera. Carlos Kleiber. ARKADIA
- Lear, Fassbaender, Popp, y Ridderbusch. Coro y Orquesta de la Scala de Milán. Carlos Kleiber. MYTO
- Dernesch, Fassbaender, Popp y Moll. Coro y Orquesta del Estado de Baviera. Carlos Kleiber. LIVING STAGE
- Jones, Fassbaender, Popp y Jungwirth. Coro y Orquesta del Estado de Baviera. Carlos Kleiber. DG
- Lott, Von Otter, Bonney y Haugland. Coro y Orquesta del Metropolitan de Nueva York. Carlos Kleiber. MEMORIES
- Reining, Jurinac, Gueden y Weber. Coro de la Ópera de Viena y Filarmónica de Viena. Erich Kleiber. DECCA
- Schwarzkopf, Ludwig, Stich-Randall y Edelmann. Coro y Orquesta Philharmonia de Londres. Herbert von Karajan. EMI
- Crespin, Minton, Donath y Jungwirth. Coro de la Ópera de Viena y Filarmónica de Viena. Sir Georg Solti. DECCA
- Jones, Ludwig, Popp y Berry. Coro de la Ópera de Viena y Filarmónica de Viena. Leonard Bernstein. SONY-CBS
Helmut Kohl: ¡Marchando una reunificación a toda máquina! 26 Noviembre 2009
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De ninguna manera pudo usted dejar pasar esa histórica oportunidad, Herr Kohl. Nada de plazos ni de mandangas de otro tipo: Reunifiquemos las dos Alemanias lo antes posible y luego Dios dirá. Y así se hizo, para alegría de muchos y perplejidad de los más escépticos. La verdad es que fue usted un vivo, Herr Kohl: Entre un Erich Honecker que estaba más caducado que un yogur de merendero, un Egon Krenz que bastante tenía con sus problemas hepáticos, y un Lothar de Maizière que supo estar a la altura de las circunstancias políticas del momento, la reunificación dinamitó cualquier calendario y fue un hecho posible en tiempo record. Muchos se asustaron, no crea usted, cuando algún “listillo”, embriagado de tanto éxito, comenzó a hablar de Polonia y de los Sudetes… Pero usted, Herr Kohl, zanjó cualquier oportunismo al respecto con su proverbial sabiduría. Sin embargo, luego llegaron tiempos de crisis, con un tema relacionado con la financiación de su partido que le tuvo en jaque por unos 300.000 eurillos de nada que al parecer cobró de un magnate mediático. Nada por lo que preocuparse, Herr Kohl. Esas no son sino simples banalidades de la política y créame si le digo que en España sabemos mucho de esto… Lo realmente importante es que usted pasará a la historia por la reunificación alemana… ¡Y por aquellos tanques de cerveza con los que era fotografiado a menudo! A eso se le llama hacer patria, Herr Kohl. Mi saludo y mis respetos.
EMPIRE STATE BUILDING 25 Noviembre 2009
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Tres tomas exteriores del edificio
Situado en el 350 de la neoyorquina Quinta Avenida, entre las calles 33 y 34, el Empire State Building sigue siendo símbolo del brillo, la excitación y el exceso de la ciudad de Nueva York. Pese a que durante más de cuarenta años fue considerado el edificio más alto del mundo, siendo en la actualidad superado por otros rivales americanos y asiáticos, este edificio es posiblemente el más emblemático de todo el planeta.

La manzana de la Quinta Avenida en donde se alza el Empire State Building era el centro de la sociedad elegante de los años sesenta del siglo XIX, con las mansiones de dos miembros de la dinastía Astor, Johan Jacob Astor III y William Backhouse Astor Jr. Ambos habían construido sus respectivas casas una junto a la otra y otras familias acaudaladas de la época, como los Vanderbilt y los Morgan, se trasladaron a esta zona. La esposa de William Backhouse Astor era la reina de la alta sociedad neoyorquina pero acabó discutiendo con su sobrino, William Waldorf Astor. Este, enojado, derribó su casa, situada junto a la de la dama, y en el solar edificó el famoso Hotel Waldorf, por lo que a la mujer no le quedó más remedio que mudarse de barrio. Imitando a su primo, el hijo de esta dama, Johan Jacob Astor IV, derribó la casa de su madre y construyó el Hotel Astoria. Ambos hoteles se unieron a finales del siglo XIX bajo la denominación de Waldorf-Astoria, el más lujoso y selecto de la ciudad hasta que fue demolido en 1929 para dejar espacio al Empire State Building.

Trabajos de construcción en el edificio
Las proporciones del edificio resultan realmente impresionantes, con 102 pisos que se alzan hasta una altura de 381 metros y que se prolonga hasta los 449 con la torre de televisión. En principio pensó destinarse el tejado como base para un helipuerto pero la idea finalmente se desechó. El edificio cubre unas 0,8 hectáreas de la Quinta Avenida y aunque pesa unas 331.000 toneladas métricas sólo tiene dos niveles de profundidad, eso sí, sujetos por vigas de acero de 54.400 toneladas. Contiene cerca de 10.000.000 de ladrillos y los cables de la instalación eléctrica miden aproximadamente unos 692 kilómetros. Las ventanas ocupan una superficie cercana a las dos hectáreas y limpiarlas supone un trabajo de plena y constante dedicación. La escalera que va desde el bajo hasta la parte superior tiene 1.860 peldaños y actualmente se celebra una carrera anual en la que el ganador invierte unos veinte minutos en recorrerlos en sentido ascendente. El edificio alberga espacio de oficinas con capacidad para 15.000 personas y las filas de ascensores pueden transportar unas 10.000 personas por hora.


Vestíbulo y zona de ascensores
Como está rodeado de otros edificios muy altos, resulta ciertamente complicado verlo bien desde el suelo y el turista que viaja a Nueva York suele delatarse de esta manera, adoptando complicadas posturas para lograr una buena instantánea. Es de estilo Art Decó, sencillo y elegante, y la fachada, de piedra gris, está recorrida por tiras de acero inoxidable mientras que los pisos superiores siguen una disposición escalonada. En el interior se extiende el vestíbulo, revestido de mármol, de 30 metros de longitud y tres pisos y que se encuentra decorado con paneles que representan las siete maravillas clásicas del mundo antiguo a las que se les ha añadido una octava que no es otra que el propio Empire State. El edificio alberga también la Sala de Exposiciones de los Records Guinnes, con numerosas fotografías de quienes ostentan algún galardón. Los miradores se encuentran en los pisos 86 y 102.

Bautizado en honor del Estado de Nueva York (Que tiene el apodo de Empire State – Estado del Imperio), diseñado por Gregory Johnson y su empresa Sherve, el costo total del edificio fue de 41 millones de dólares (Mucho menos de lo que se había presupuestado) y fue erigido con una rapidez jamás superada, a una media de cuatro pisos y medio por semana, llegándose a añadirse otros diez pisos en tan sólo quince días de trabajo. Fue inaugurado el 1 de mayo de 1931 aunque, en plena recesión económica, resultó muy difícil alquilarlo y por ello empezó a conocerse como Empty State Building (Edificio vacío del Estado). Tuvieron que transcurrir diez años para que se ocupasen todos sus pisos.

El Empire en el momento de ser alcanzado por un rayo
El edificio también tiene su leyenda negra: En 1933 se produje el primer suicidio (Un trabajador que había sido despedido) y no quedó más remedio que poner una valla de seguridad en su terraza luego de que cinco personas tratasen de saltar en el corto intervalo de cinco semanas. El intento más curioso de suicidio ocurrió en 1979, cuando una mujer saltó desde el piso 86 e, incomprensiblemente, “aterrizó” en el 85. Se calcula que más de treinta personas se han suicidado desde su inauguración, siendo el más reciente el de un abogado que saltó desde el piso 69 un viernes 13 de abril de 2007. Pero el suceso más luctuoso ocurrió el sábado 28 de julio de 1945, cuando un avión militar se estrelló en medio de una densa niebla a la altura del piso 79, provocando 14 víctimas mortales y daños materiales por valor de un millón de dólares de la época. Por increíble que pueda parecer, el edificio reabrió sus puertas al lunes siguiente (Estas cosas sólo pasan en América…). Sin embargo, la imagen más delirante del edificio fue la de un monstruoso gorila llamado King-Kong soltando manotazos y mandobles a los aviones que le atacaban. Afortunadamente, esto sólo ocurrió en el mundo del celuloide.
WILHELM FURTWÄNGLER 24 Noviembre 2009
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Hablar de Furtwängler significa hablar del prototipo de director de orquesta alemán surgido del espíritu de la filosofía idealista y del Romanticismo. Como personalidad de músico conservador, polifacético y fascinante, por disposición natural, Furtwängler se convirtió en figura de culto para un público musical compuesto por la burguesía cultivada de su época. En sus actuaciones se reflejaba la creciente distancia entre el arte “productivo” y el arte “reproductivo”, la insoportable tensión entre tradición y modernismo, y los problemas de la confrontación con la transmisión técnica del sonido. El papel desempeñado por Furtwängler durante el nazismo — primero fue crítico con el Tercer Reich; luego, en circunstancias poco aclaradas, solicitó el puesto de director de la Ópera de Berlín (En lo que pareció ser una hábil jugada de Goering); pero nunca dio su público apoyo al partido nazi. Es más: Dicen que siempre se limpiaba la mano luego de estrecharla con el Führer – induce a no olvidar la cuestión de la responsabilidad política del artista.
Wilhelm Furtwängler nació el 25 de enero de 1886 en Berlín; su padre era un conocido profesor de arqueología, una dedicación que en la Alemania guillermina de los magníficos museos — y del incesante trasiego hacia Europa de los bienes culturales de los países más pobres — no era ninguna extravagancia académica, sino que representaba el concepto cultural imperante que tenía su punto de referencia en la Antigüedad clásica. En el caso de Furtwängler, la impronta que le dejó el humanismo arqueológico fue tan profunda como la clara aversión que sintió por el mismo. Furtwängler buscaba, de manera un tanto improcedente dada su condición de artista imbuido en la creencia de los valores transmitidos, la espontaneidad de la interpretación musical, sospechando de la repetitividad y rechazando la validez de lo ya logrado, anotado y sellado. Llegó incluso a cuestionar la propia escritura de notas en la partitura.
Su padre no confió durante mucho tiempo la educación intelectual de su hijo en las instituciones de enseñanza pública y así lo dejó en manos de brillantes mentores del arte y de las ciencias, como el escultor Adolf Hildebrand o el historiador Ludwig Curtius. Al ir perfilándose más claramente su talento musical, Furtwängler se puso bajo la tutoría de compositores generalmente apreciados, como Joseph Rheinberger o Max von Schillings. Probablemente también fue decisivo el encuentro con el director de orquesta Félix Mottl (Un apasionado wagneriano) bajo cuyo mandato Furtwängler se convertiría en correpetidor y director en Estrasburgo, enclave alemán en aquel entonces.
El hecho de proceder de una burguesía culta constituía una dote intelectual inhabitual para un músico en aquellos tiempos. Sin embargo, durante los años de aprendizaje de la dirección de orquesta no se pudo apercibir nada excepcional en Furtwängler. Como tantos y tantos directores de su tiempo, Furtwängler también adquirió experiencia en su oficio de provincias (Lübeck, de 1911 a 1915 y Mannheim, de 1915 a 1920). En esta última ciudad ya fue un destacado director de ópera y desde aquí llegó su nombre por primera vez hasta las grandes metrópolis germanas. Furtwängler rondaba la treintena de años cuando le empezaron a ofrecer puestos de cierta relevancia en la actividad musical alemana (Wiener Tonkünstlerorchester, de 1919 a 1924, y los conciertos sinfónicos de la Ópera del Estado de Berlín y de la Asociación de Amigos de la Música de Viena, de 1920 a 1922). En ese mismo año de 1922, fallece Arthur Nikisch — director nada menos que del Gewandhaus de Leipzig y de la Berliner Philharmoniker — una de las personalidades más relevantes al ostentar los dos cargos más importantes de la actividad musical alemana. Con ello, a Furtwängler se le despejó el camino para su ascenso hacia la cima de la interpretación germana. Furtwängler se hizo cargo de los dos puestos y realizó una gira de conciertos que le llevaría hasta los EEUU. Ya estaba en la cúspide.
Al tomar el poder los nazis en Alemania en 1933, Berlín era el centro cultural de la nación y el lugar de trabajo de artistas de la dirección de la talla de Bruno Walter, Otto Klemperer o Erich Kleiber. Pero mientras que éstos dieron la espalda a los nacionalsocialistas en el poder y emigraron, Furtwängler prefirió quedarse. Ya en el mismo año de 1933, Furtwängler fue nombrado director de la Ópera de Berlín, vicepresidente de la Cámara de Música del Reich y consejero del Estado de Prusia, expresando así su voluntad de asumir el papel de máximo responsable de los asuntos musicales alemanes en el nuevo régimen. Sin embargo, un año después “renunció” a los cargos citados debido a que se vio sometido a fuertes ataques oficiales como consecuencia de su apoyo al “señalado” Paul Hindemith. Durante un breve espacio de tiempo parece ser que Furtwängler consideró la posibilidad de retirarse totalmente de la vida pública, pero se lo pensó “seriamente” y en abril de 1935 se presenta nuevamente con la Filarmónica de Berlín. Durante el período siguiente no pudo evitar que en el extranjero se le encasillase como representante artístico del nazismo alemán.
Furtwängler tuvo la ilusoria esperanza de poder permanecer alejado de la funesta política nazi cuando en la práctica esto era más bien misión imposible. Quien participaba culturalmente desde un puesto tan elevado estaba integrado, de un modo u otro, en el sistema de dominación política. Sin embargo, Furtwängler no fue una persona capaz de pasar por alto las prácticas corruptoras de la política cultural nazi en su ámbito de actividad y, de esta manera, no fue especialmente apreciado por los grandes nombres del nazismo alemán. Algunas fuentes afirman que fue cierta la frase de Goebbels: –”No hay en Alemania un asqueroso judío al que Furtwängler no haya ayudado”– En cualquier caso, hay que constatar inequívocamente que Furtwängler, al contrario que otros colegas como Karajan o Böhm, no utilizó sin escrúpulos el nacionalsocialismo para su propia carrera. Además, eso no le hacía ninguna falta, ya que era desde tiempo atrás una autoridad indiscutible en el panorama musical alemán. No existen pruebas fundadas de que Furtwängler hubiese gozado de una posición monopolista tras el alejamiento de los directores competidores de la misma categoría. Más bien, Furtwängler vacilaba entre colaborar o negarse y probablemente tuvo mucho que ver con ello su rígida mentalidad. Para muchos, la actitud de Furtwängler durante el nazismo suponía una salvaguardia del legado musical en los malos tiempos, aspecto que resulta un tanto ingenuo y presumiblemente condescendiente.
No obstante, en la conciencia musical de Furtwängler había algo que secretamente sí le acercaba a la ideología nacionalsocialista, aun sin llegar a las terribles consecuencias de su aplicación autoritaria: Furtwängler era un alemán ultraconservador en lo estrictamente musical, representando la música no alemana un papel totalmente accesorio y rudimentario en sus programas. Furtwängler tenía una relación extremadamente escéptica hacia el modernismo. Ya a finales de los años veinte abogaba porque las grandes instituciones concertísticas alemanas, como la Filarmónica de Berlín, tuviesen la obligación de ofrecer en primer lugar las obras maestras clásicas del Romanticismo. Con Schönberg no tuvo una relación especialmente amistosa, aunque fue de hecho el encargado de estrenar las Variaciones para orquesta en Weimar. Pero Furtwängler nunca puso el corazón en Schönberg, Stravinski o Bartok, quedando dichos autores en la periferia de su horizonte musical. Si acaso, se entusiasmó algo más con Hindemith.
La fobia de Furtwängler por el modernismo radicaba en algo más profundo que la estulticia o el deseo de virtuosismo de un director de orquesta. Una idea sobre su origen la ofrecen, junto a sus múltiples escritos y conversaciones recogidas, sus propias composiciones, unas obras que revelan una enorme altura musical. En una pieza monumental como su Sinfonía nº2 en mi menor (1947), Furtwängler parece dirimir un conflicto del lenguaje coral, elevándose a una síntesis que está a medio camino entre Brahms y Bruckner. No hay dudas de que Furtwängler debió sentir como una tragedia personal en que en vida no se le prestase una mayor atención a sus composiciones. Pero este hecho envuelve de forma trágica y misteriosa las actividades de dirección de orquesta y su halo de singularidad e irrepetibilidad. Los éxitos interpretativos de Furtwängler pertenecieron a un período en que los medios técnicos de reproducción, radiodifusión y discografía poseían ya una gran importancia. Así, la casa discográfica Electrola se aseguró desde muy pronto al director en exclusiva, por lo que su repertorio ha quedado de este modo documentado en múltiples grabaciones para la posteridad. Pero, a pesar de que algunas versiones de Furtwängler se encuadran dentro de los documentos sonoros más fascinantes de su época — auténticos Patrimonios de la Humanidad — no se puede valorar a Furtwängler como un mero “director de medios de comunicación”. Su dominio real no era el estudio, la conserva sonora, sino la representación viva en ópera y concierto, el acontecimiento sonoro distinto en cada caso, surgido de la inmediatez de la ocasión y pudiendo ser retenido sólo mediante el recuerdo.
Así se puede explicar la aparente contradicción de que Furtwängler estimó hasta la tozudez sólo una pequeña serie de obras consideradas como maestras: Las sinfonías de Beethoven – especialmente la Quinta y la Novena — de Brahms, de Bruckner, de Schubert y de Schumann; también algunos poemas sinfónicos de Richard Strauss. En lo relativo a la ópera, las mejores muestras de Mozart, Von Weber y el Wagner más tardío. Para Furtwängler estas obras poseían una identidad un tanto oscilante y por ello en cada reproducción tenían que ser de nuevo recreadas. Con esto, las obras permanecían iguales. Así, Furtwängler prácticamente comenzaba cada vez desde el principio, fijando de modo subjetivo un comienzo creador a pesar de que trabajaba una y otra vez con las mismas obras.
Los últimos años de Furtwängler tuvieron tan poca tranquilidad como en los años anteriores de la Alemania hitleriana. Como eminencia cultural implicada en la política nazi, se le prohibió dirigir en la Alemania ocupada por los aliados en 1945. Entre aquellos que aportaron testimonios en su descargo ante los tribunales de desnazificación se encontraba, con una grandeza de corazón inigualable, Sergiu Celibidache, cuyos días como director interino de la Berliner Philharmoniker quedaron así contados. Después de que Walter Legge — el jefe supremo de EMI — hiciese dirigir a Furtwängler en Inglaterra para grabar algunos discos mientras aún duraba la prohibición alemana, el maestro se puso de nuevo al frente de la Berliner Philharmoniker en mayo de 1947, siendo nombrado su director vitalicio en 1952, pese a que las huellas de una cruel enfermedad ya eran evidentes en su rostro. Envejecido prematuramente, llegó a sufrir perturbaciones del equilibrio e incluso le falló el oído (La firma Siemens le instaló en el atril de dirección un amplificador de volumen). Después de varios desmayos y estancias hospitalarias, Furtwängler falleció el 20 de noviembre de 1954 en Baden-Baden. Su muerte señaló para el mundo de la música alemana el final de una época. Había desaparecido el verdadero mago de una interpretación genialmente improvisada y profunda.
Furtwängler fue un director de orquesta para quien no había directrices inequívocas, no había figuras de puntuación que indicasen limpiamente los modos del compás. Odiaba la dirección orquestal entendida como un catálogo de órdenes aceptadas complacientemente por los músicos de la orquesta y en consecuencia creó un instrumental comunicativo diferenciado. Sus gestos y su mímica fueron siempre expresión, representación enfática de la música, reproducción preparatoria del evento musical. Una cierta vaguedad o indeterminación del movimiento servía para activar la iniciativa de los profesores de la orquesta y de ahí resultaba una imagen sonora bastante distinta de la rigidez cuasi militar de otros maestros, como por ejemplo, Toscanini. Furtwängler gustaba de permanecer en una postura de aspecto un tanto meditabundo, especialmente durante las primeras entradas al inicio de una pieza, mientras que sus brazos estirados palpaban el aire en líneas serpenteantes, desprendiéndose de esta tensión un primer acorde con aquella concisión indirecta que buscaba. Sus tempi se adaptaban perfectamente a las condiciones acústicas de la sala y jamás presentó nunca algo ensayado sin más: Los profesores y los espectadores siempre podían esperar alguna sorpresa. Pero esto no significaba que reinase lo no deliberado, sino una lógica del sentimiento rigurosa en extremo. Pese a esa evidente subjetividad — posicionamiento totalmente contrapuesto a su coetáneo Toscanini — Furtwängler se sintió siempre como servidor de las obras que interpretó, ensalzando una “verdad” siempre renovada.
Pero en Furtwängler, la pasión e intelecto no formaban una unidad precisamente apacible, sino siempre tensa y amenazada por la ruptura. Y este aspecto también formaba parte de la fascinación en su arte de dirigir una orquesta. En sus relaciones personales, a menudo difíciles y con ciertas actitudes de divo, Furtwängler extendía también su poder de atracción sobre aquellas capas del público que no se dejaban de seducir fácilmente. Era virtuoso y estrella al mismo tiempo, como una encarnación de la antigua y magistral esencia germana. Con su pasión por lo irrepetible, por lo efímero, por la felicidad del instante, Furtwängler destacó como último exponente de un tiempo que ahora comienza a aburrir con la fijación y conservación de las interpretaciones.
Comprobando la Ley de Murphy 23 Noviembre 2009
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Definitivamente, hay días en los que uno parece predestinado a convertirse, sin comerlo ni beberlo, en una especia de cobaya experimentable de las extrañas e invisibles energías que parecen regir el devenir humano en un período determinado de tiempo. En el ámbito de la sociología, existen una serie de teorías que tratan de revestir con una capa más o menos científica un fenómeno consistente en la sucesión reiterada de un conjunto de episodios que implican a un colectivo o a un ser humano en concreto y que, en apariencia, escapan de la más simple y elemental circunstancia aleatoria. Desde una vertiente positiva, el fenómeno en cuestión puede resultar extraordinariamente grato y beneficioso en la persona u objeto sobre el que recaen sus derivadas y felices consecuencias. Así, todos hemos escuchado en alguna ocasión la curiosa noticia de algún individuo al que, en una misma semana, le ha correspondido un premio millonario en la lotería y otro no menor en las apuestas de tipo deportivo, como la popular quiniela. De más que anecdótico puede calificarse lo que le aconteció a un cliente del bar de mi padre hace unos años: Con tan sólo las monedas del cambio con las que había pagado su consumición, consiguió un premio nada desdeñable en la máquina tragaperras del bar. Feliz por tan dichosa circunstancia, aquel buen hombre decidió invertir el dinero ganado probando suerte en una sala de bingo; la ocurrencia resultó del todo productiva, ya que consiguió multiplicar por algunos enteros el dinero anteriormente obtenido en el bar de mi padre. Pero ahí no acabó todo: Con la lógica euforia del momento, no dudó en comprar un par de décimos de lotería a la señorita que también vendía tabaco entre las mesas de los jugadores y cuya numeración coincidió unos días más tarde con el primer premio del sorteo de la Lotería Nacional… Sin embargo, son muchos más frecuentes los casos en los que la insólita sucesión de episodios tiene consecuencias negativas. Hace relativamente poco, un conocido de mi pareja perdió su empleo en la empresa donde llevaba toda la vida trabajando. Víctima de una más que comprensible depresión emocional, aquel hombre acudió a un terapeuta en busca de auxilio espiritual ante los negros nubarrones que se cernían sobre su vida y circunstancias. El psiquiatra, observando unas extrañas anomalías en la constitución física del individuo, le reenvió a otro facultativo cuyo dictamen, tras largos y complicados análisis, no pudo ser más desolador: –”Padece usted un cáncer de páncreas”– Estando de vacaciones mi pareja y yo en la provincia de Málaga, una llamada telefónica a deshoras nos informó de su fallecimiento… Una de esas teorías a las que antes aludíamos es popularmente conocida como la Ley de Murphy que, más o menos, viene a decir que ante la disyuntiva de que un suceso se resuelva aleatoriamente entre dos consecuencias, inevitablemente desembocará en la más negativa de las mismas. Yo creo que todos nosotros hemos podido constatar en alguna ocasión el enunciado de esta mal llamada ley: Si se nos cae accidentalmente una tostada al suelo, siempre se posará sobre la superficie donde está untada la mantequilla o la mermelada; si vamos a una cita muy justos de tiempo y decidimos utilizar el suburbano para evitar los atascos, siempre aparecerá primero el convoy correspondiente al andén contrario; si se nos cae un pequeño objeto susceptible de rodar — una moneda o un botón, por ejemplo — en el salón de nuestra propia casa, dicho objeto tenderá a desplazarse por el suelo hasta detenerse en un lugar oculto, imposible de observar con nuestros ojos si no nos agachamos… Yo no sé si lo que me ocurrió hace unos diez años fue producto de la tan cacareada Ley de Murphy o de alguna otra extraña e inexplicable conjunción de factores. Nunca he sido muy dado a los juegos de azar y a lo sumo me gasto cinco euros, como mucho, cuando se acumula algún considerable bote en los sorteos de la Lotería Primitiva o del famoso Euromillón (Si algún día me ha de sonreír la suerte, que sea a lo grande). Pero en aquellas fechas, Félix, el encargado del bar que se encontraba justo debajo de nuestra entonces vivienda de la calle Francisco Silvela, se empecinó conmigo hasta conseguir su propósito: –”Ya sé que me has dicho que no te gusta jugar a la Lotería Nacional, Leiter, pero hazme caso. Toma este décimo. He comprado un billete entero para distribuir entre mis clientes y, como estoy seguro de que nos va a tocar, no quiero verte luego maldiciendo tu mala estrella y muriéndote de envidia cuando lo estemos celebrando. Esta misma noche tendrá lugar el sorteo y si tú no lo compras me voy a ver obligado a ofrecérselo al primer extraño que entre. Así que nada, nada; dame las mil pesetillas que cuesta el décimo y no seas tan tacaño…”– Así lo hice, presionado también por la insistencia de Celia. Al salir del bar de Félix, Celia se fue al cine con unas compañeras de trabajo mientras que yo regresé de nuevo a nuestro domicilio con la perspectiva de asimilar el aparatoso manual de instrucciones del teléfono portátil que recientemente había adquirido. Tras unas horas en las que lo único que saqué en claro fue que aquel artilugio era endemoniadamente difícil de utilizar, el cacharro empezó a vibrar y a emitir una chirriante y molesta melodía en tono mayor. La voz de Celia, casi chillando, me sobresaltó: –”¡Leiter, Leiter! ¡El décimo de Félix! ¡Nos ha tocado el décimo de Félix! Hemos salido del cine y estamos en una cafetería picando algo… Por la televisión he visto el número premiado… ¡Es el nuestro! ¡El 40.580! ¡Aún lo recuerdo de esta tarde cuando Félix te lo estaba mostrando! ¡Leiter, nos ha tocado la lotería! ¡Veinte millones de pesetas! ¡Pon el teletexto de la televisión y compruébalo tú mismo! ¡La de cosas que me voy a comprar! ¡Vuelvo a casa enseguida!” – Boquiabierto y enmudecido, opté por una mejor solución que la del teletexto y bajé a toda prisa y con el corazón en un puño hasta el bar de Félix. Allí lo estarían celebrando a lo grande… Sin embargo, la cara de Félix era todo un poema: –”¿Pero tú has visto qué putada, Leiter? ¡Por un puto número! Llevamos el 41.580 y ha salido el 40.580… ¡Dios mío, qué mala suerte! Espera… Déjame ver tu décimo por curiosidad, que me estoy temiendo algo… ¡Bueno, esto ya es el colmo! ¡La serie y fracción de tu décimo coinciden también con las del Premio Especial…! ¡La 3 y la 6! ¡Por un puto número no te han tocado 500 millones! Anda, tómate una copa, Leiter, que te invito…”– Ya os podéis imaginar la cara de Celia cuando se enteró de todo… Pues bien, una situación similar volvió a repetirse la semana siguiente (Esta vez, a Félix y a mí nos falló el último número para el segundo premio, unos dos millones de pesetas). Y, como no hay dos sin tres y de forma absolutamente increíble, la misma circunstancia volvió a darse quince días después, aunque esta vez en el bar de mi querido amigo Antonio, El Rescoldo. Era el Sorteo de Navidad y… Un nuevo número bailado, un 0 por un 9, impidió que nos tocara el Gordo. Como llevaba dos décimos — siempre, por amistad y tradición juego dos décimos para Navidad en este bar — estuve a un paso de ganar 60 millones de pesetas (Unos 360.000 euros de hoy en día). Salvo los dos décimos que tradicionalmente juego en este bar en esas fechas, nunca he vuelto a adquirir un décimo de lotería. Ya estoy lo suficientemente escarmentado.
Sucedió el pasado mes de agosto. Durante aquella inolvidable jornada debí ser el infortunado hombre sobre el que recayó toda la inexplicable experimentación de la Ley de Murphy o, bien, sufrí en mis propias carnes lo que más comúnmente se denomina “un mal día”. La jornada anterior, Celia se había trasladado a Málaga para poner a punto nuestro recién comprado apartamento de vacaciones mientras que yo aún debía permanecer en Madrid por diversos motivos hasta septiembre. Durante el mes de agosto, los pocos vecinos que permanecemos en la finca de Madrid nos encargamos de regar por turnos las plantas que el resto de propietarios depositan en uno de los patios del edificio para evitar que se sequen, habida cuenta que la finca se encuentra sin empleado ese mes también debido a las vacaciones estivales. Es una tradición que realizamos voluntariamente y que pone de manifiesto las buenas relaciones existentes, salvo las inevitables excepciones de turno, entre los vecinos de la comunidad. Aquella mañana me tocaba a mí cumplir con tal ceremonioso menester y, bien temprano, bajé hasta el patio para proceder con el riego, algo que no suele demorarse más de diez minutos. Una vez allí, y al ir a accionar el grifo que conecta la verdosa manguera, un potente e imprevisto chorro de agua impactó de lleno en mi cara y dio con las gafas en el suelo. Totalmente sorprendido ante tal inesperada y no deseada ducha, pronto descubrí el origen de semejante despropósito: La cañería de agua vertical había reventado justo por donde conectaba la acometida del grifo y un enorme chorro de agua salía despedido sin control alguno. Yo, que de temas de fontanería no entiendo absolutamente nada, sólo acerté a cortar una pequeña llave de paso pero no percibí efecto alguno: El agua seguía escapando con gran fuerza por la visible grieta — más bien un enorme agujero — que presentaba la cañería. Alarmado por tal contingencia, salí de allí en busca del conserje aunque a medio camino caí en la cuenta de que si yo estaba ahí era precisamente porque el bueno de don Francisco se hallaba en su pueblo disfrutando de sus merecidas vacaciones. Volví al patio y observé horrorizado como un inmenso charco se había formado en el suelo al estar obstruida la arqueta central de desagüe. El agua seguía saliendo con inusitada fuerza y el charco avanzaba inmisericorde hasta la puerta de acceso al patio. Quise echar mano del teléfono móvil pero descubrí que lo había dejado en casa, por lo que tuve que subir hasta mi domicilio, un sexto piso. Al regresar al patio la situación era ya más que preocupante. El agua había desbordado la puerta de acceso y empezaba a inundar los pasillos vecinales, con el consiguiente riesgo de que empezara a filtrarse por el umbral de los pisos más cercanos. No podía explicarme qué demonios estaba sucediendo y cómo podía salir tanta agua si la llave de paso estaba cerrada. No me lo pensé dos veces y telefoneé a los bomberos, pero éstos me comentaron que les volviera a llamar más o menos cuando me estuviese ahogando. Llamé también al administrador de la finca y no obtuve respuesta, posiblemente por las tempranas horas en las que se estaba desarrollando este angustioso episodio. La imagen era patética y las pobres plantas eran ya tristes náufragos a la deriva dentro del océano en que se había transformado el patio. De pronto, uno de los pocos vecinos que permanecían en la finca acudió al patio alarmado por el fuerte olor a humedad y por el inconfundible ruido de un escape de agua: –”¡Buena la ha liado usted, señor Leiter! ¡Se nos va a inundar toda la finca!”– Para este buen señor, estaba meridianamente claro que a mí me encantaba romper las cañerías generales en mis ratos libres… Por un instante, se me encendió la luz y recordé que en algún cajón de mi casa debería haber una tarjeta del fontanero que habitualmente se encarga de las reparaciones de la comunidad y que recientemente había efectuado una pequeña intervención en mi vivienda por unas filtraciones. Afortunadamente, el señor Montilla — así se llamaba el fontanero — no se había marchado de vacaciones y, ante el nerviosismo de mi tono de voz, acudió con premura al rescate. Al volver al patio, vi como extrañamente el nivel del agua no había aumentado y que el flujo del escape tenía una menor intensidad. El señor Montilla me lo aclaró todo: –”Claro, usted cortó la llave de paso pero todo el agua remanente de la tubería es lo que precisamente se ha desbordado. Tenga en cuenta que esto es un bajo y la finca tiene seis alturas”– También pude escuchar como el señor Montilla comentaba para sí mismo: –”Mucho barrio de Salamanca y mucha hostia, y tienen las bajantes hechas una puta mierda…”– El señor Montilla sí que pudo contactar telefónicamente con el administrador y consecuentemente se puso manos a la obra y se hizo cargo de la situación. Yo me encontraba tremendamente azorado por la situación, con todas las plantas ahogadas y con parte del agua a punto de filtrarse en los pisos más próximos, pero el señor Montilla me tranquilizó: –”No se preocupe usted, hombre, que estas cosas son habituales. Dígale al presidente cuando vuelva de vacaciones que tienen ustedes que cambiar el plomo por PVC… Ya le traeré yo un presupuesto al tacaño ese de don Celedonio… Usted márchese tranquilo, que ya me hago yo cargo de esto. No, no, usted no tiene que pagar nada, hombre, esto es cosa del seguro. Ya le pasaré yo la nota al administrador y que sea él quien se pelee con los del seguro, no sea que me quede yo sin cobrar… ¡Mohamed! ¡Tráete la radial de la furgoneta! ¡Y unos baldes!” – Gritó el señor Montilla a su ayudante magrebí.
Abochornado, aun calándome el agua hasta las rodillas, subí de nuevo a mi piso para cambiarme y vi como Marian, la funcionaria de Correos, estaba esperándome frente a la puerta: –”Leiter, por el amor de Dios, ¿Dónde te has metido? Llevo un cuarto de hora esperándote… Te traigo un certificado de Málaga… No sé, no me gusta un pelo. Es de la Consejería de Hacienda de la Junta de Andalucía… Por cierto, ¡Vaya pintas que traes! ¿No te has dado cuenta cómo huele a humedad en el edificio? A ver si algún vecino se ha dejado un grifo abierto…”– Ya a solas, al abrir el certificado descubrí con sorpresa como la Oficina de Recaudación de Hacienda de Benalmádena me exigía el pago inminente de una elevada suma de dinero en concepto de la revisión catastral del apartamento que recientemente había adquirido en aquella localidad malacitana. En la gestoría donde habitualmente me llevan los papeles me lo aclararon todo: –”Claro, compraste a un precio tan bajo que ahora te reclaman una porcentaje mayor del Impuesto de Transmisiones que ya abonaste… Eso lo hacen con tablas… Bueno, alégrate, hombre; eso significa que has hecho una muy buena inversión… ¿El pago? Ufff, eso tiene mal arreglo, Leiter. Son cosas de la Administración y… Nada, nada, toca pagar… Sí, si tienes razón, son unos hijos de… Pero, macho, están tiesos y tienen que recaudar…”– Malhumorado y desolado del todo, decidí bajar a la calle para tomarme el aperitivo al único bar que estaba abierto por la zona, que no era otro que el mismo donde yo había trabajado tantos años y que había pertenecido a mi padre. Al ir a masticar unas almendras que me habían servido junto a la caña de cerveza sentí un punzante dolor en el interior de la boca. Al palpar con mis propios dedos el origen de la molestia descubrí que la dichosa almendra había quebrado el filo de una de las muelas y me había dejado un pico afilado en la misma que al rozar con la lengua me hacía ver las estrellas. A las pocas horas, de tanto rozar, se formó una pequeña herida que me provocaba agudos dolores incluso al hablar. Decididamente, aquel no era mi día. Una chirriante llamada telefónica me sacó del estado somnoliento en que me encontraba tras haber intentado comer en vano a causa del maldito pico de la muela. Mi proveedor habitual de Internet me ofertaba de manera gratuita durante tres meses una mayor velocidad de acceso a la red. Acepté, aunque la sorpresa llegó por la noche, después de descubrir que mi odontólogo de confianza estaba de vacaciones, cuando me puse frente a la pantalla del ordenador y noté como el potente antivirus suministrado por el mismo proveedor de telecomunicaciones no funcionaba. Llamé al teléfono de Atención al Cliente y me informaron que con el cambio de velocidad dicha protección ya no resultaba efectiva y que tenía que contratar un paquete adicional, en absoluto barato. Aquello me pareció una estafa y exigí que me dejaran todo en su estado original, pero la señorita que atendía el teléfono me advirtió que eso supondría una penalización de unos 40 euros… Perdiendo el control y gritando como un loco pedí de muy maleducados modos un teléfono de reclamaciones (Cada vez que gritaba, el pico de la muela se clavaba en la encía y me provocaba un agudísimo dolor). Me instaron a telefonear a un número de pago compartido para exponer mi queja. Tras más de media hora en la que tuve que demostrar que yo, Leiter Caesaris Imperatores Filius, era realmente quien solicitaba la queja, el problema por fin quedó subsanado y todo volvió a funcionar con normalidad. Miré hacia el reloj de pared y vi que eran ya cerca de las dos de la madrugada. El dolor de mi boca era tan insoportable que decidí servirme un chorrito de whisky, a secas, en un desesperado intento de mitigar la molestia. Me veía obligado a hablar sin apenas abrir la boca para evitar en lo posible la molesta rozadura. El teléfono volvió a sonar a esas horas tan intempestivas. Era Celia: –”¿Se puede saber qué mosca te ha picado hoy, que ni siquiera me has llamado en todo el día? Ya me imagino dónde y con quién habrás estado… Por ahí de juerga con los amigotes… Y yo aquí sola y preocupada por ti… ¡Anda, no me cuentes milongas! Si se te nota al hablar que le has pegado al frasco…”–
Beethoven: La consagración del hogar, obertura en Do mayor, Op. 124 22 Noviembre 2009
Posted by leiter in Guiños musicales.6 comments

Me atrevería a afirmar sin temor a equivocarme que la pieza que hoy os dejo en el enlace al vídeo, la obertura Zur Weihe des Hauses — La consagración del hogar – de Ludwig van Beethoven, no es muy conocida entre vosotros. Incluso puede que alguien ni siquiera haya escuchado nunca esta sensacional pieza. Pues bien, fijaos en el número de opus que lleva marcado esta obra, el nº 124, esto es, una de las últimas obras compuestas por Beethoven. Eso ya es una señal de lo que hoy os dejo es algo realmente sensacional, una obra inolvidable. Se trata de una música festiva escrita a la manera de Haendel, el músico al que más admiraba Beethoven (La introducción parece escrita por el espíritu del propio Haendel, con esas trompetas marciales sobre las graciosas semicorcheas del fagot). Pero el principal interés de esta obra reside en el impresionante Allegro fugado que bajo la pluma del último Beethoven alcanza dimensiones colosales, recordándonos en ocasiones los pasajes fugados de la Novena del mismo autor. La versión — magnífica — corresponde al maestro Claudio Abbado dirigiendo a la Orquesta Filarmónica de Viena. La música es una verdadera delicia y estoy seguro que al mayor beethoveniano que frecuenta este bar de copas virtual, nuestro querido Kapellmeister Ángel Guirao, le va a encantar.
Zur Weihe des Hauses fue la última de las obras escritas para escena por Ludwig van Beethoven, en septiembre de 1822, para la reapertura del Josephstädter Theater de Viena y fue publicada en 1825 con una dedicatoria al príncipe Galitzine. El 3 de octubre de 1822, fiesta del Emperador de Austria, sirvió de pieza preliminar a una paráfrasis de Las ruinas de Atenas, obra del escritor Kotzebue, para la cual Beethoven había compuesto una ilustración musical diez años antes, Die Ruinen von Athen. Señalemos que sobre la obertura que hoy comentamos, La consagración del hogar, existe también una versión para coro y orquesta. Disfrutad con esta música tan maravillosa.
La edad es lo de menos 21 Noviembre 2009
Posted by th23 in El comentario de Theniger.3 comments

Una de las cosas que diferencia a Oriente de Occidente es el tratamiento y consideración que hacen las sociedades de sus mayores (la edad a partir de la cual nos consideran mayor no es relevante). Claro está que sería muy simplista el análisis si no lo consideráramos de doble vía, es decir, cómo nos vemos y cómo nos ven. Está claro que hoy aspectos como el hedonismo, el individualismo, narcisismo y egocentrismo a ultranza son aspectos que dominan el pensamiento de las sociedades desarrolladas de Occidente y ello hace que todo lo que signifique ver o pensar mas allá de nosotros no entre en nuestros cerebros. Otra explicación no cabría a la luz de cierto debate que ha surgido con la designación de Alberto Oliart como máximo responsable de RTVE. A contrario de lo que sucede con la mayoría de los temas políticos de nuestro país, en esta oportunidad tanto el gobierno como la oposición coincidieron en el candidato y el debate surge entre los que cuestionan la designación por la edad del designado.
Es cierto que el señor Oliart, con sus 81 años, no es un joven de los que en las empresas americanas podrían HIPO (high potencial), pero usando el slogan del mediático Leopoldo Abadía es un chaval de 81. El tema de fondo es entonces cuál es el factor determinante para una designación y cuáles son los expertises necesarios para desempeñar una función ejecutiva. A la primera pregunta la respuesta es obvia, su cerebro está integro, a la segunda, debería cubrir lo siguiente: Visión general del negocio-liderazgo-gestor de equipos multidisciplinarios-negociador…
Sus antecedentes indican que los cubre con holgura
Otro de los cuestionamientos es su desconocimiento del medio televisivo. En este aspecto la tendencia del management de las últimas décadas ha dado por el suelo el concepto de conocer el negocio en profundidad para la alta dirección. Por el contrario, cada día más en los puestos claves de las organizaciones se fichan a ejecutivos ajenos a la actividad, con formaciones disímiles y en el caso de los ejecutivos de carrera cuando llegan a posiciones muy altas los hacen participar en programas de desestructuración con el objetivo de ampliar su visión de negocio. Hace unos años trabajé en una multinacional cuyo CEO, luego de asumir culminando una brillante carrera interna, fue integrado durante 2 años a un programa de formación en música y arte — la empresa era lider mundial en industria del aluminio — con el objetivo de hacer más permeable y creativo su proceso decisorio.
Pero volviendo al tema de la edad, particularmente creo que es un error de tamaño mayúsculo desperdiciar el know how de aquellos que lo tienen en grado sumo. Y no estoy proponiendo hacer un culto a la ancianidad (ganas no me faltan) sino, y dado que estamos en una sociedad tan mercantilizada, aprovechar todo el conocimiento de esa gente que luego de una dilatada carrera acumulan lo que no se puede aprender en un curso o un master. Las sociedades más viejas del planeta respetan y valoran el saber de sus mayores, quienes forman parte de un consejo permanente al que se recurre cuando las decisiones a tomar son trascendentes. Considerando que en España hay casi dos millones de octogenarios y los mayores de 65 años suman 8,5 millones, su capital humano no se puede despreciar simplemente por un modismo o cuestión de imagen. Los 65 años de ahora no tienen nada que ver con los de antes. Las personas mayores de 65 años están muy activas, aunque algunos, llegada la jubilación, repitan miméticamente la conducta de sus antepasados.
Para quien no este convencido solo queda ver los casos de Santiago Carrillo o Manuel Fraga, a quienes muchos los toman en solfa pero demuestran (más allá de que coincidamos con su pensamiento) la lucidez de pensamiento y la visión del momento en que viven… Y que decir entonces del recientemente fallecido Francisco Arias. Por caso, también si el trabajo depende sólo de la edad, el Papa tendría que dejar su puesto. Por tanto, a las personas mayores como al resto de los mortales hay que evaluarlas una a una y decidir su capacidad para el puesto que han de desempeñar sin el prejuicio del carné. Por supuesto que existen ámbitos donde existe una edad cronológica para desempeñar la función pero hasta en ello los “viejos” son tan sabios que se autoexcluyen.
Buen fin de semana
THENIGER
ANGELS, LOLITAS, BOYLOVERS, PRETEENS… Free access and links 20 Noviembre 2009
Posted by leiter in Actualidad.8 comments

ANGELS, LOLITAS, BOYLOVER, PRETEENS… Si algún hijo de puta ha tecleado estas sucias palabras en su miserable ordenador, con intenciones tan sucias como depravadas, y por casualidad le ha salido este enlace, que no espere encontrar aquí el canallesco material que busca para satisfacer unos instintos propios de un cerdo sin escrúpulos y de un amoral cobarde de mierda. Si lo que has pretendido es hallar en esta página esas pérfidas fotos que tanto te gustan, lamento decirte que te has equivocado, eunuco mental. Y es más que seguro que hoy te pase más de lo mismo en tu asquerosa búsqueda a través de la red. Porque somos cientos de miles los que estaremos ahí, golpeando tu conciencia y vigilando tu innoble actitud, ya seas un “respetado” padre de familia, un simple estudiante o un sinvergüenza que oculta su rostro en el anonimato. En definitiva, ya seas un fracasado proyecto de ser humano, que es lo que en realidad eres.
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…If any son of bitch has drummed these dirty words in his rotten personal computer, with vile and depravity purpose and, by chance, he discovered this link, do not expect to find here the despicable material that you are looking for to satisfy your pig instincs of a shit bastard coward. If what you have attempted is to find in this page those treacherous pictures that you like so much, I regret that telling you have wrong, mental eunuch. And, probably, today you will find the same when you will be searching these disgusting things in the Net. Thousand of people will be there, striking your moral sense and supervising your ignoble attitude, whether you are a respetable father of a family, an ordinary student or a villain that hide your face in the anonymity. In short, a failed proyect of human being, what you are in fact.
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LEITER´S BLUES se suma hoy, DÍA INTERNACIONAL DEL NIÑO, a la Blogcampaña 2009 contra la Pornografía Infantil promovida por nuestros amigos de LA HUELLA DIGITAL y VAGON-BAR y dedica su espacio en exclusiva a esta loable iniciativa.