Moisés – Miguel Ángel 7 Diciembre 2009
Posted by leiter in A golpe de martillo y cincel.Tags: Miguel Ángel, Renacimiento
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Miguel Ángel fue el arquetipo del artista universal que sobresalía en todas y cada una de las artes, arquitectura, pintura y escultura, amén de destacar también como un extraordinario poeta, autor de más de trescientos madrigales y sonetos. Cono escultor, Miguel Ángel sobrepasa el equilibrio ideal de los cánones grecorromanos en cuanto a expresividad y perfección, tal y como se puede apreciar en muchas de sus obras, especialmente en el portentoso Moisés. El soberbio cardenal Della Rovere, vuelto de nuevo a Roma y elegido papa con el nombre de Julio II, encarga a Miguel Ángel en 1505 la obra de su sepultura, un trabajo que supondrá un verdadero tormento para el inmortal artista de Caprese. Julio II, violento y extremado por naturaleza, proyectaba una sepultura gigantesca que habría de ser colocada en el centro de la iglesia empezada por Bramante, más o menos en el mismo lugar donde se encontraba el sepulcro de San Pedro. Más tarde aceptó un proyecto menos ambicioso según el cual su sepultura sería un monumento rectangular adosado al muro y proyectado en tan sólo tres fachadas. En las fachadas laterales habría nichos con estatuas de Virtudes y Prisioneros, de las cuales Miguel Ángel sólo llegó a ejecutar dos que actualmente se encuentran en el Museo del Louvre. En lo alto del monumento sepulcral, en el centro, se colocarían dos ángeles sosteniendo un simulacro funerario y cuatro profetas situados en los ángulos. Uno de ellos es el famoso Moisés, la única estatua de Miguel Ángel que habría de adornar la sepultura definitiva de Julio II en 1542, veintinueve años después de su fallecimiento.
Para muchos especialistas, el Moisés es un autorretrato idealizado y a su vez un símbolo de los elementos que componen el cosmos, significando la barba el agua y los cabellos las llamas del fuego. La imponente figura de mármol, inspirada en el San Juan de Donatello, está dotada de una gran energía y expresa su asombro ante el esplendor de la luz divina. Destaca el minucioso detallismo del cuerpo y de los pliegues de la ropa, en una representación claramente neoplatónica que contrasta el lado derecho, lleno de serenidad e inspiración, con el izquierdo, en clara tensión afrontando los potenciales peligros. Los famosos y polémicos “cuernos” de la cabeza obedecen, según consenso mayoritario de los especialistas, a un persumible error de traducción bíblica, confundiendo los términos “cuerno” (Keren) con “rayo de luz” (Karan). Parece ser que la representación del Profeta — con las Tablas de la Ley bajo el brazo al tiempo que acaricia con sus manos la barba — corresponde al pasaje veterotestamentario en el que Moisés, una vez que ha recibido los Mandamientos, observa con tremebunda ira como su pueblo se ha entregado durante su ausencia a la prohibida idolatría. Resulta verdaderamente impactante observar las venas rígidas del personaje, en claro estado de tensión, circunstancia que delata la ira contenida del mismo al contemplar la desviación doctrinal del pueblo al que guía. Hasta tal punto la elaboración de esta obra llegó a desquiciar a su autor, el no menos tremendo Miguel Ángel, que la leyenda cuenta que, una vez terminada la escultura, el artista golpeó con un mazo una de las rodillas del Moisés, exclamando: –”Parla cane!” – (¡Habla, perro!). Dicha leyenda parece atestiguarse en una pequeña marca que aparece en la rodilla derecha de la estatua… Y, tratándose de Miguel Ángel, yo casi estoy por creérmelo del todo.
Auriga de Delfos – ¿Pitágoras de Regio? 9 Noviembre 2009
Posted by leiter in A golpe de martillo y cincel.Tags: Grecia y Roma
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La estatua de la Auriga de Delfos pertenece a un grupo escultórico de la alta época clásica griega probablemente realizado por Pitágoras de Regio y que formaba parte de un encargo como exvoto solicitado por el tirano griego Polizalo de Gela — hermano de Gelón y Hierón de Siracusa – con ocasión de una victoria en una carrera de carros celebrada en el 474 A.C. La estatua fue descubierta de manera fortuita en 1896 por un grupo de arqueólogos franceses que se encontraban realizando una serie de excavaciones en el santuario de Delfos al producirse un corrimiento de tierras. Lo realmente peculiar y trascendente de esta bellísima escultura es que se trata de una de las escasas esculturas originales griegas que ha llegado hasta nosotros. De tamaño natural, aproximadamente 180 centímetros de altura, la escultura pertenecería a un grupo formado por el auriga que sostiene las riendas de la cuadriga, cuatro o quizás seis animales, un mozo de cuadra y un guerrero detrás suyo. La escultura está fundida en varias piezas separadas y soldadas posteriormente, tal y como era costumbre en las representaciones de grupo de la época. El material empleado para su construcción es el bronce (El mismo que se empleó para el resto de las más famosas esculturas clásicas del siglo V A.C. y de las que hoy sólo conocemos sus posteriores copias romanas en mármol) aunque también presenta restos de plata en la diadema y de cobre en los labios, amén de las piedras coloreadas en los ojos. Hoy en día se expone en el Museo Arqueológico de Delfos.
La escultura conserva rasgos propios del arcaísmo: Figura erguida, rostro impasible, rigidez volumétrica y facciones geométricas. Sin embargo, la cabeza, esférica y luciendo en ella una diadema ajustada que produce un magnífico efecto plástico, anticipa claramente a la del Discóbolo, con el pelo ligeramente rizado sobre las sienes y cuello. Pese a la actitud de reposo, la figura está en tensión como así lo refleja la expresión del rostro mediante los ojos que aún conserva. A estas cualidades se unen las del plegado, verdadero y portentoso exponente de la categoría de los mejores broncistas griegos. Existen además una serie de matices que dotan a la figura de una mayor tridimensionalidad, como los pies oblicuamente situados con respecto al cuerpo y que acentúan ligeramente la torsión natural. Pese a que ha sido atribuida a Pitágoras de Regio, algunas voces reclaman dicha autoría a Sótades de Thespiai o a Onata de Egina. La representación corresponde al momento del desfile triunfal, luciendo la larga túnica (Xystis) ceñida al cuerpo por correas, propia de los aurigas. Sus ojos incrustados de pasta vítrea siguen inquietando a quien trata inútilmente de cruzar con ellos la mirada, ya que la suya propia se pierde en un punto indefinido, tal vez en el intemporal de la fama.