Proserpina – Dante Gabriel Rossetti 15 Diciembre 2009
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* Óleo sobre lienzo
* 126 x 61 Cms
* Realizado en 1874
* Ubicado en la Tate Gallery; Londres
Por paradójico que pueda resultar, el Pre-Rafaelismo es vulgarmente definido como un presunto escapismo de la vida hacia lo ideal cuando su más sincera intención y realización fue precisamente traer lo ideal hacia lo realista dentro de una escrupulosa objetividad estética. Como todos los grandes movimientos artísticos, el Pre-Rafaelismo nace como una reacción contra lo admitido, concretamente contra la pretendida simpleza de la pintura victoriana. En 1848, a un paso del Museo Británico, se reúnen tres jóvenes pintores de muy diversos temperamentos y clases sociales: John Everett Millais, hijo de una adinerada familia y propietario del local; William Hunt, un joven cuya familia puritana reniega del arte, y Dante Gabriel Rossetti, miembro de una familia italiana de emigrados políticos entusiasta del arte y la poesía. A tenor con el entusiasmo iconoclasta propio de la incipiente mocedad de todos ellos, reniegan del academicismo londinense – Reynolds — y estigmatizan la figura de Rafael Sanzio, “el gran corruptor de los pintores”. Paralelamente, muestran su admiración por los artistas góticos y del primer Renacimiento. Es entonces cuando adoptan el esquema de una confraternidad o cofradía de pintores medievales a la que definen como Pre-Raphaelite Brotherhood (Hermandad Pre-Rafaelita), en su intento de volver a la sinceridad religiosa de las fuentes medievales.
El primer Pre-Rafaelismo pretendía dar al arte la sinceridad e ingenuidad de antaño con una temática, ya fuese antigua o moderna, real o poética, presentada con colores vivos y con un objetivismo extraordinario en la reproducción de hasta los más insignificantes accesorios. Cuadro de capital importancia por aquel entonces fue el famoso lienzo de John Everett Millais, La muerte de Ofelia, que se basó en el modelo de una dependienta, Elisabeth Siddal, que causó la admiración de los jóvenes artistas por su “gótica” belleza: Rostro alargado, frente despejada, barbilla saliente y cuadrada, ojos azules, cabellos rubios… Rossetti se enamoró tanto de ella que, luego de acapararla como modelo, se casó con la misma en 1860. Por desgracia, Elisabeth falleció dos años más tarde — sobredosis de somníferos — y Rossetti pintó la Beata Betrix en su homenaje, en el momento del tránsito hacia la eternidad. Fue en este preciso momento cuando la obra de Rossetti se volvió más evanescente, menos detallista y con mayores concesiones hacia lo simbólico y lo poético, cayendo incluso en lo “rafaelesco” en algunas ocasiones. En esta segunda época, Rossetti se resuelve como un simbolista de consistencia melancólica, fatal y trágica, muy alejado de las directrices que siguieron sus antiguos colegas de la Hermandad Pre-Rafaelita. (Hunt viajó hasta Palestina para pintar su Chivo expiatorio mientras que Millais regresó a la pintura tradicional y llegó a ingresar en la Royal Academy).
Una vez disuelta y sin solución de continuidad la Hermandad en 1863, Rossetti siguió pintando y componiendo poemas. Su estilo se hace cada vez más ornamental y para ciertos especialistas supone un claro precedente del Art Nouveau (Modern Style). Es en 1874 cuando decide abordar el tema de Proserpina, para lo que se sirvió como modelo de Jane Burden, esposa de su amigo William Morris. Proserpina — la Perséfone de los griegos — era hija de Ceres, la diosa de las cosechas, y vivía en Sicilia. Allí fue a raptarla Plutón — hijo de Saturno — a quien había correspondido el reino del Infierno por ser el menor de los hermanos — Júpiter y Saturno — que ya habían elegido previamente los imperios del Cielo y el Mar. Plutón se hundió en la tierra con su presa y la hizo reina de las tinieblas de los misterios subterráneos. Con el nombre de Hecate, Proserpina presidía las ceremonias mágicas. En vista de ello, Ceres fue a quejarse a Júpiter, Rey de los Dioses, de la acción de su hermano Plutón. Consecuentemente, Júpiter dispuso que Proserpina volviera a la superficie de la tierra con la condición de que no hubiese comido ningún fruto del infierno. Desgraciadamente, ella ya se había comido unos granos de granada; sin embargo, tras las súplicas de su madre, Júpiter consintió en que repartiese su existencia inmortal entre infierno y tierra. En el lienzo vemos como Proserpina lleva en su mano la granada fatal; ante ella asciende el incienso, atributo de Dios. La hiedra, símbolo de la memoria, de la eterna amistad y también de la desolación, le sirve de ornamento.
El cuadro de Rossetti — del que existen hasta ocho versiones, siendo ésta y otra del Museo de Birmingham las más famosas — muestra a Proserpina totalmente compungida por el hecho de que un rayo de luz penetra en el submundo a través de una grieta, recordándole su libertad perdida. La precisión en la pincelada de Rossetti resulta del todo admirable, contrastando los hermosos efectos de difuminado con la riqueza ornamental del conjunto. En pocos cuadros podemos apreciar la incontestable belleza de un rostro completamente idealizado y con una enorme carga simbólica. En efecto, el tema elegido por el autor presentaba no pocas connotaciones personales: Rossetti estaba completamente enamorado de la modelo Jane Burden, indecisa a su vez entre su marido y el pintor. Rossetti decidió equiparar la situación a la del mito estableciendo un paralelismo entre los períodos de cautividad de Proserpina y el tiempo que Jane pasaba junto a su marido. El cuadro refleja incluso la indecisión de Jane: Con una mano, Proserpina se lleva la granada a la boca mientras con la otra intenta detenerse… El lienzo es de una melancolía desesperante, vaporosa y hasta obsesiva. A mi juicio, estamos ante la obra más conseguida de Rossetti. Sólo resta comentar que contemplando la lírica musicalidad en la expresión del mágico rostro de la retratada, no me extraña en absoluto que Rossetti acabara enamorado hasta la médula de ella. A mí me hubiera ocurrido lo mismo.
Maiestas Domini – Sant Climent de Taüll – Anónimo 17 Noviembre 2009
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* Fresco
* Ábside central de cuatro metros de diámetro
* Realizado en el siglo XII
* Ubicado en el Museo Nacional de Arte de Cataluña, Barcelona
A finales del siglo XI llegaron a Cataluña grupos de artistas de corriente ítalo-bizantina que dejaron sus trabajos en amplias zonas en donde las autoridades eclesiásticas y políticas favorecieron la cultura y el desarrollo artístico. En toda la cornisa catalana se estaban desarrollando construcciones y reconstrucciones de muchos templos, de ahí el carácter itinerante de muchos artistas cuyas obras anónimas son todo un exponente de originalidad, personalidad y carácter. Los artistas seguían la técnica de pintar al fresco las masas de colores y las figuras principales. A continuación, remataban al temple y creaban los elementos lineales con negro. Se adaptaban perfectamente a los espacios, ya fueran bóvedas, arcos, frisos o columnas. El estilo era hierático y se repetía continuamente. El modelado se obtenía mediante los matices tonales y la división de franjas, los plegados de los ropajes, etc. Son artistas que demuestran un gran dominio del dibujo; será precisamente el dibujo lo que va a permitir distinguir unos maestros de otros. La pintura románica catalana más representativa se encuentra en los murales de las iglesias del Valle del Boí, sin olvidar la importancia que tiene la pintura en tabla y de algunos frontales de altar conservados. El ejemplo más antiguo conservado en este valle pertenece a la iglesia de Sant Joan de Boí con un tema que discurre sobre la lapidación de San Esteban. Posteriormente, ya en la segunda mitad del siglo XII, aparecieron otros maestros con una clara influencia bizantina, entre los que sobresale el conocido como Maestro de Mur, autor de las pinturas del ábside de la iglesia de Santa María de Castell de Mur. Pero, sin lugar a dudas, las pinturas murales de las iglesias de Taüll fueron las más importantes no ya sólo del entorno catalán, sino de prácticamente toda Europa.
Tanto Santa María de Taüll como Sant Climent de Taüll son obras de dos grandes maestros que alargaban sistemáticamente las figuras, estilizaban los rasgos faciales hasta convertirlos en un grafismo, buscaban un vivo realismo y además poseían colores de excelente calidad. Estas dos decoraciones murales fueron trasladadas al Museo Nacional de Arte de Cataluña para protegerlas y conservarlas adecuadamente. En su lugar, fueron dispuestas en el ábside de la iglesia unas reproducciones idénticas y exactas. Aunque los artistas son anónimos, el maestro que pintó el ábside central de la iglesia de Sant Climent de Taüll es mundialmente reconocido en la actualidad como Maestro de Taüll, un pintor muy bien formado y que reconocía la iconografía de la época. Por otra parte, el pintor de los absidiolos de dicha iglesia es de mucha menor categoría. El Maestro de Taüll está considerado como el más importante de los pintores románicos de toda Europa. En 1123, el obispo Ramón de Roda consagró la iglesia de Sant Climent de Taüll y parece más que probable que entrara en contacto con este maestro, encargándole la decoración de la misma. Dentro de sus características más notables destaca la portentosa manera que tenía el maestro para articular los espacios, dibujando los rostros de las figuras con un conseguido equilibrio entre realismo y estilización. Se ha llegado a pensar que el artista se trajo consigo desde Italia tanto las herramientas como los materiales necesarios para su trabajo.
La semicúpula del ábside central de la iglesia de Sant Climent de Taüll estaba adornada con su tradicional Pantocrátor o Maiestas Domini, en el que Cristo aparece con toda su majestad rodeado de los cuatro evangelistas. En esta asombrosa composición, la gran figura de Cristo está sentada, con su mano derecha alzada en un inequívoco gesto de bendición mientras que la izquierda sujeta un libro en el que están escritas las palabras: Ego sum lux mundi (Yo soy la luz del mundo). Los pies reposan sobre un hemisferio decorado con hojas de acanto, una alusión al mundo terrenal y al arco iris del Libro de las Revelaciones. Los cuatro evangelistas están representados por ángeles alados: Mateo sostiene su evangelio y Juan acuna un águila; Por otra parte, tanto Marcos como Lucas aparecen plasmados como figuras de medio cuerpo y están acompañados por los animales que les simbolizan, un león y un toro, respectivamente. Un serafín apocalíptico — la más alta jerarquía de los ángeles — monta guardia a cada lado de la composición, llevando las alas cubiertas por una infinidad de ojos. En el registro inferior, el más dañado, aparecen la Virgen María y los apóstoles Tomás, Bartolomé, Juan, Santiago y Felipe. Pese a la contrastada impronta bizantina de la composición, la cualidad dramática del tema, sumada a los ropajes ondulados y al dinamismo compositivo, hacen suponer que el pintor conocía los frescos franceses contemporáneos. Este mural forma parte, por derecho propio, de las más grandes obras maestras medievales.
Impresión, sol naciente – Claude Monet 20 Octubre 2009
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* Óleo sobre lienzo
* 48 x 63 Cms
* Realizado en 1873
* Ubicado en el Museo Marmottan Monet, París
Monet es el gran patriarca de los pintores llamados impresionistas. Sincero, directo y completamente desintelectualizado, su labor va a constituirse en una verdadera revelación del trabajo artesanal y paciente que elude cualquier teoría y discusión de salón para ir conformándose, día a día, frente al motivo. De este modo, embriagado en el inmenso espectáculo de la naturaleza, su visión se va a agudizar hasta extremos verdaderamente imprevisibles, percibiendo sus ojos antes que nadie los efectos de los rayos solares sobre todos los elementos del paisaje. Sin embargo, espontáneo y natural a la vez, Monet va a saber conciliar perfectamente este aspecto mutante de lo natural con lo que su propia visión le está transmitiendo. Así, de manera ciertamente inevitable, este discurrir acabará conduciéndole a la impotencia de no ver jamás trasladadas al lienzo esas impresiones directas que su ojo le transmite y ello pese a la portentosa educación de su sensibilidad.
Paulatinamente, Monet va a prescindir de cualquier tipo de mistificación literaria para ahondar directamente en la naturaleza. Con ello, el artista pretende inscribirse en la escuela más realista y como tal empieza por repudiar el color negro — en realidad, dicho color no “existe” — aunque pronto se dará cuenta de que verdaderamente no existe color alguno, sino que estos son visibles por efectos de los rayos solares a través de las masas de aire, adoptando la misma forma infinidad de variaciones que la sitúan como en una instantánea entre multitud de transiciones. Consciente de esta realidad, Monet elige como tema capital de su obra la luz y mayormente a través de sus reflejos sobre el agua. Para ello, incluso se hizo construir un pequeño barco-estudio con el que va a recorrer continuamente las orillas del Sena tratando de reflejar ese mismo hecho de inestabilidades y de realidades eternas que constituyen la misma esencia del agua. De esta forma, su pintura se concreta en tres aspectos básicos: La atmósfera, la intensidad lumínica y los reflejos acuosos. Consecuentemente, yuxtapone o superpone pequeñas pinceladas en una suerte de rasgueo sobre la tela hecho casi de comas puntillistas que le acercan a la visión del natural como vivencia eterna e inagotable. Así, Monet comienza a penetrar en el gran secreto de la estética impresionista, la posibilidad no sólo de sugerir un instante, sino incluso también la de mostrar sus pasados e inmediatos futuros. Para ello, el agua posee una superficie hecha de movilidades que reflejan la luz como ninguna otra materia por su propia naturaleza inmutable y transparente. Una materia capaz de desmaterializaciones semejantes es imposible de encontrar fuera del agua y por eso Monet refuerza su mirada para descubrir el movimiento incesante de su superficie.
Sin embargo, y a pesar de esta portentosa facultad de captar verdades fugitivas en cada silueta, Monet comprendió pronto su incapacidad para poder captar en toda su plenitud el instante, ya que no existe la posibilidad de conseguir que un lienzo detenga y pormenorice un momento. Para solucionar el problema, Monet emprendió entonces su trabajo a través de series, es decir, un número indeterminado de cuadros que reflejan el mismo motivo a diferentes horas del día, pasando de una obra a otra conforme se modifiquen las circunstancias solares y lumínicas. Gracias a este sistema, Monet se acercó cada vez más a su objetivo de comunicar lo verdaderamente incomunicable, sucediéndose las series sobre diversos motivos.
Impresión, sol naciente fue pintado por Monet durante una breve estancia en El Havre en 1873. El cuadro se presentó al año siguiente en la primera exposición de la Sociedad Anónima de Pintores — muestra alternativa al tradicional Salón que dependía del estado — y que acogía a todos aquellos artistas deseosos de una renovación profunda de las artes. El lienzo motivó que el periodista Louis Leroy escribiera poco después un artículo burlón en el que definía a aquellos pintores como “impresionistas”, término que caracterizó definitivamente al nuevo grupo. La reacción de Leroy fue comprensible porque la pintura de Monet violaba numerosas convenciones artísticas. Ciertamente, la obra parece un esbozo debido a que su pincelada suelta no define lo que representa. La técnica es, en gran medida, el resultado del propósito impresionista de captar un momento fugaz al aire libre. Como ya señalamos, la obra se realizó desde una ventana frente al muelle de El Havre, a través de la cual Monet pintó con brío la ciudad moderna al amanecer para plasmar el panorama antes de que cambiara. El cuadro es una cascada de pinceladas sueltas que dan cierta sensación de instantánea improvisación. Al artista no le interesa el detalle, como así se aprecia en las barcas negras o en los fondos resueltos con nerviosos trazos grises, sino el instante de una escena en concreto. La sensación de movimiento acuoso se consigue de forma magistral mediante la discontinua plasmación de las pinceladas en la superficie y el reflejo anaranjado solar que evita en todo momento una proyección estrictamente lineal. Impresión, sol naciente es una obra calculada que muestra un enorme interés por la llamada teoría del color. Si bien parece que el sol horada la neblina matutina a causa de su intenso color naranja, en realidad posee la misma luminosidad de su entorno. No en vano, en una fotografía en blanco y negro, el sol casi no se distingue y ese mismo efecto fue aprovechado de forma portentosa por Monet. Dadas las implicaciones y posteriores repercusiones que tuvo este cuadro para el desarrollo del impresionismo y sus movimientos derivados, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que Impresión, sol naciente, pese a sus reducidas dimensiones y a la aparente sencillez compositiva, es una de las pinturas más importantes de toda la historia del arte occidental.
La Crucifixión (Altar de Isenheim) – Matthias Grünewald 11 Agosto 2009
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* Óleo sobre tabla
* 269 x 307 Cms
* Realizado entre 1512 y 1516
* Ubicado en el Museo de Unterlinden, Colmar, Alsacia; Francia
Tanto en sus orígenes como en su trayectoria, la pintura de Grünewald permanece dentro del último estilo gótico, cuyos ecos recoge una y otra vez en sus arquitecturas flamígeras, en las tracerías curvilíneas de los ventanales y en todo tipo de adornos de la concepción arquitectónica flamígera. Pero Grünewald, aclamado por los expresionistas germánicos como su más glorioso antecesor, es la figura más representativa del Renacimiento alemán, junto a Durero, Holbein y Cranach, y su obra es la protesta más encendida y solitaria del siglo de la Reforma. Por ello, la mayor dificultad que encontramos en Grünewald consiste en enmarcarle dentro de los parámetros de un estilo determinado, ya que su tremenda personalidad desborda las fórmulas fijadas por sus antecesores y tampoco resulta del todo acertado situarle en paralelo con su coetáneo Alberto Durero.
Con su exaltado naturalismo, Grünewald traspasaba los límites del sustrato gótico en que surge su arte — tributario de Schongauer, de Memling, de Witz y de Holbein — y arma un mensaje que, pese a su incontestable arcaísmo, sonaba a asombrosa novedad y que llevaba además implícito una declaración de protesta, de ruptura con los viejos moldes y de apertura a los nuevos horizontes sociales y religiosos del programa de la Reforma luterana. Su arte refleja un clima de eclosión mística, una vertiente de heterodoxia que le hace sentirse como profeta en un mundo moderno, máxime cuando el artista sufrió en sus propias carnes las acusaciones de pertenencia al luteranismo que a la postre conllevaron su fulminante cese como pintor de cámara mediante sentencia del cardenal Albrecht von Brandeburg. De ahí también el silencio que demasiado pronto veló su pintura y anegó un magisterio sin discípulos, hasta que los ya citados expresionistas lo redescubrieron en los albores del siglo XX. (Aunque, con posterioridad, fuese de nuevo denigrado por el nazismo)
Grünewald fue un pintor naturalista eminentemente religioso: En toda su producción no consta tema alguno dedicado a la fábula pagana o a los mitos del mundo clásico. Su obsesión por el motivo de la Crucifixión, tantas veces tratado por el artista, supone una magnífica ocasión brindada por la clientela para dar rienda suelta a su temperamento inestablemente dramático. Sus personajes adquieren tal monumentalidad y presencia que más de una vez evocan la impronta de la gran escultura borgoñona (Claus Sluter) mediante un prodigioso y atrevido colorido que une a seres animados y paisaje como si ambos procedieran de una misma sustancia común. Es por ello que Grünewald no sólo supo sobreponerse a las ataduras flamígeras, sino que, saltando por encima del Renacimiento, proporcionó argumentos y estímulos como antecedentes del Barroco y del Expresionismo. Para algunos especialistas, los extraños monstruos que aparecen en algunas tablas de Grünewald sólo tienen parangón con las agónicas criaturas de todo un Francisco de Goya o incluso de la onírica imaginación de los posteriores surrealistas.
En 1512, Grünewald se encontraba en la alsaciana Isenheim para acometer la ejecución de su más importante obra, el altar para la iglesia de la abadía de los antonianos, orden que había sido fundada en Francia en 1495 y que en poco tiempo había extendido su influencia por toda Europa. Para la decoración del altar primeramente contrataron a Schongauer, quien realizó un retablo que no acabó de satisfacer a los rectores de la iglesia, con lo que no quedó más remedio que llamar a Grünewald para que se encargara de la ejecución definitiva de la obra. Sin embargo, en lugar de realizar un simple tríptico, Grünewald levantó un complejo conjunto con dobles pares de paneles. El retablo, actualmente en el Museo de Unterlinden de Colmar, presenta tres aspectos distintos: Cerrado, ofrece el tema de la Crucifixión flanqueado por dos estrechas tablas que representan a San Sebastian — al parecer un retrato del artista — y a San Antonio Abad — un retrato del abad de Isenheim. En la predela, una representación del Llanto por el Cristo muerto. Al separar la tabla de la Crucifixión, aparecen en escena la Alegoría de la Natividad, en el centro, y la Anunciación y Resurrección a los lados. Finalmente, una tercera representación surge al abrirse las segundas portezuelas, apareciendo un grupo escultórico central obra de Nikolaus Hagenauer y flanqueado por dos pinturas de Grünewald que muestran sendos episodios de la vida de San Antonio. En la Crucifixión, la tabla central del retablo, se abandona tanto el irracionalismo perspectivo y espacial del Gótico como la idea de espacio del Renacimiento italiano, importada en Alemania por Durero. La construcción es totalmente original, en la que las alusiones al paisaje son las imprescindibles para situar la escena en un entorno real, aunque deformado al máximo debido al uso dramático de luces y colores y, también, a la exageración de expresiones y actitudes. El modo de representar el cuerpo de Cristo suspendido en la cruz llega a tal realismo y brutalidad que no tendrá similar reflejo posterior ni en los lúgubres lienzos de Valdés Leal o en las más escalofriantes versiones de la estatuaria policromada castellana. Grünewald parece obsesionado con exaltar lo más despiadadamente sádico y voluptuoso del sufrimiento humano: Desmenuza la piel sanguinolenta de Cristo, sus carnes laceradas, deformación de pies y manos horadados por la horrible incisión de los clavos, heridas en la cabeza con una corona de tallos espinosos y penetrantes… Todo ello con una insistencia que linda con la paranoia y la blasfemia, aunque con el indudable propósito de provocar el escándalo. La figura de Cristo muerto — o a punto de fallecer — aparece rodeada por San Juan Bautista (Quien señala al crucificado Maestro con un dedo), María Magdalena (En desesperada oración) y por la Virgen María (En brazos de San Juan Evangelista)
Con La Crucifixión — y todo el retablo del Altar de Isenheim — Grünewald nos ha legado una de las mayores obras de la pintura religiosa de todos los tiempos. Poderoso e impactante, el retablo combina la imaginería religiosa gótica con los avances técnicos renacentistas, aunque deja trazos de un ardoroso barroquismo que serán ampliamente admirados por los expresionistas alemanes cuatro siglos más tarde.
El Lavatorio – Tintoretto 4 Agosto 2009
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* Óleo sobre lienzo
* 210 x 533 Cms
* Realizado en 1547
* Ubicado en el Museo del Prado
A Jacopo Robusti, más conocido como Tintoretto, le tocó asumir — al contrario que a Tiziano — la incertidumbre e inquietud de una Venecia antaño fortalecida en la mente de Italia y ahora amenazada por la flota turca y una hambruna inimaginable años atrás. La dilatada actividad de Tintoretto y sus continuos tanteos artísticos nos dejan entrever en su obra la tremenda conmoción histórica que sacudirá la península italiana cuando quede abierto el conflicto entre Reforma y Contrarreforma. Por ello, este contenido histórico precipitó la inclinación de Tintoretto hacia todo lo que fuese novedad o radicalismo, no ya inventando un nuevo procedimiento, sino más bien apropiándose del vocabulario de los manieristas en el que, por medio de los grabados llegados de Roma a Venecia, el artista encontró los elementos necesarios para expresar sus primeras inquietudes artísticas. Pese a esta circunstancia, existe también en Tintoretto una fuerte influencia miguelangelesca desde sus comienzos, lo cual evidencia un más que probable viaje a Roma y quizá a Florencia en su primera etapa de actividad.
Ciertamente, Tintoretto funde como ningún otro pintor las notas de su enérgico miguelangelismo con los elementos tomados de los manieristas, todo ello interpretado con extraordinaria originalidad. De esta manera, el manierismo adoptado por Tintoretto desde fechas tempranas está en relación dialéctica con el cromatismo cuyo sentido ya había sido demostrado por Tiziano, con lo que sus obras pueden aún enmarcarse en el ámbito veneciano por la riqueza del color y de superficies. Pero Tintoretto va a avanzar y profundizar en las posibilidades que le ofrecen los pintores manieristas, adoptando consecuentemente un método tan brillante como arbitrario. De esta manera, el color va a ser mágicamente expresado con una dimensión poética a la que se llega mediante recursos ópticos también muy originales. Sin embargo, esta primera fase da paso a un comportamiento mucho más moderado que le conecta directamente con el clasicismo veneciano. Ello no implica que el pintor haya desistido en la búsqueda de insólitos efectos, sino supone que la obra de Tintoretto va a aparecer dominada por la preocupación de inventar y desarrollar artificios estéticos, pero desde una concepción absolutamente intelectual. Así, Tintoretto transforma la solución anteriormente dada a la estructuración perspectiva del espacio otorgando al mismo una vida agitada y excéntrica, paralela a la de sus figuras, mediante el empleo del dibujo y el color. El Lavatorio, cuadro que hoy comentamos, es una de las mejores pruebas de lo anteriormente expuesto.
Con el paso de los años, Tintoretto aumentó no sólo la gama y maestría de sus recursos pictóricos, sino la propia estructura compositiva, vivificada con actitudes llenas de originalidad: Espacios profundos, intensa y casi dramática perspectiva iluminado por claroscuros del todo extravagantes, y continua subordinación del color a la luz, quedando reducido aquel a un mero esquema de pálidas irradiaciones. A partir de ahora, la luz va asumir el completo protagonismo de su obra, sobre todo en la decoración de la Scuola de San Roco; una luz nocturna con la que Tintoretto quiso representar, seguramente, las crisis que le tocó vivir, traduciendo con ello en su pintura las incertidumbres y las dudas que el mundo le ofrecía como modelo.
El Lavatorio corresponde a una época en la que Tintoretto se aproximó a Andrea Schiavone, un pintor más joven que él y que ya se había abierto camino dentro de la pintura. Es una fase en la que Tintoretto dispone sus figuras con acusado movimiento dentro de un marco de estructuras arquitectónicas, reflejo del interés del artista por los temas narrativos y la vivacidad cromática asimilada de Schiavone. En El Lavatorio, Tintoretto va a separar el esquema manierista de la superficie, enlazando sus sinuosidades con las formas que distribuye en el espacio. Dichas formas se adentran en la perspectiva, enlazando cada una de ellas con la anterior y formando una silueta continua que parece controlada por cierto impulso rítmico. Pintado para el presbiterio de San Marcuola en Venecia, el cuadro fue comprado por Felipe IV al rey de Inglaterra y colgado en El Escorial. Posteriormente pasó a su actual emplazamiento en el Museo del Prado. Su compleja disposición espacial, en función de una visión lateral desarrollada en profundidad con secuencias de zonas luminosas y sombreadas, se apoya en un audaz y complicado montaje escénico con detalladas arquitecturas como fondo. La disposición en abanico de los personajes, caracterizados de forma vigorosa y realista, se completa por el enlace e intersección de los mismos, según se adentren en la perspectiva, formando así una silueta continua controlada según el impulso rítmico impuesto. Los esquemas cromáticos, fruto de un estudio cuidadosamente elaborado, parecen el producto de un diseño netamente florentino. Toda la conjunción de estos elementos — complejidad espacial, estudio del color, alternancia de zonas luminosas con sombreadas, inserción de los personajes en un gran aparato escénico — se nos presenta como una genial solución para resolver la composición en un lienzo de grandes proporciones como este. Pero además, podríamos afirmar sin reservas que Tintoretto utiliza un componente, llamémosle “abstracto”, y que no es otro que la estilización de la maniera, evitando que se repriman las formas en aras de un preciosismo estéril, y otorgando a la composición un rebosante vigor y energía. En El Lavatorio, todas las figuras tienen su propio valor independiente. Su colocación ha sido cuidadosamente elaborada hasta conseguir un conjunto de gran efecto visual, dotado además de una cierta y serena melancolía. He de reconocer que esta pintura resulta algo compleja de analizar, pero ello no justifica de ninguna manera que numerosos visitantes que acuden al Museo del Prado pasen casi de puntillas por ella. En mi humilde opinión, el cuadro ganaría muchos enteros si se colgase en un fondo adecuado y no en el lateral del pasillo donde a día de hoy se encuentra ubicado.
Retrato de un hombre – Antonello de Messina 28 Julio 2009
Posted by leiter in Análisis pictórico.Tags: Antonello da Messina, National Gallery, Pintura, Renacimiento
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* Óleo sobre tabla
* 35,5 x 25,5 Cms
* Realizado hacia 1473
* Ubicado en la National Gallery de Londres
Desde los primeros años del siglo XV, tanto la pintura italiana como la flamenca se vienen reafirmando mediante concepciones tan originales como, en un principio, divergentes. Si en 1428 Masaccio concluye los trabajos de la Capilla Brancaci en Florencia, cuatro años más tarde Jan van Eyck ultima su monumental Políptico del Cordero Místico. Sin embargo, con el correr del siglo, el encuentro entre estas dos corrientes va a ser posible debido, en buena medida, a los viajes que algunos primitivos flamencos (Van der Weyden) realizaron a Italia, provocando con ello que las obras flamencas empiecen a formar parte de las colecciones principescas y nobiliarias de Florencia y Nápoles. A todo esto ha de añadirse la disputa que sobre Nápoles — reino que integraba a Sicilia, la provincia natal de Antonello — mantenían Renato de Anjou, gran amante de la pintura flamenca y francesa, y su rival, Alfonso de Aragón, no menos admirador del arte flamenco, quien mandó enviar a Flandes al pintor Luis Dalmau para que estudiase la posibilidad de implantar en Aragón un taller de tapicería. En estas circunstancias hubo de comenzar su formación Antonello de Messina, alumno de Colantonio, un pintor muy influenciado en su técnica por el Maestro de Flémalle (Robert Campin).
Una de las claves para entender la influencia de los maestros flamencos — mucho más directa de la que pudo asimilar de Colantonio — es tratar de averiguar si Antonello llegó a viajar a Flandes — tesis sostenida por Vasari — o si, por el contrario, conoció la obra de Van Eyck en la colección real de Nápoles, opción menos probable que el propio Vasari señala como previa al viaje del pintor siciliano. Sea como fuere, los documentos sobre la vida del pintor en esos primeros años escasean, no datándose su primera obra hasta 1465. Pero de lo que no cabe ninguna duda es que su ligazón con lo flamenco se plasma de forma muy especial en el retrato. Ya la elección de la presentación del sujeto con el busto cortado por los hombros procede directamente de Van Eyck, como también la moldeadora iluminación del rostro sobre un fondo de tonalidad relativamente sombría. Sin embargo, el punto de originalidad de Antonello consiste en incidir en la firmeza de la mirada dirigida hacia el espectador. Mientras que los flamencos se mantenían fieles a los retratos de donantes dialogando con Dios, o vueltos hacia el Niño Jesús, Cristo o la Virgen María, Antonello pinta representaciones absolutamente profanas sin el menor ánimo de devoción. (Es preciso aclarar que en este sentido ya había sido precedido por algunos flamencos, como el famoso Hombre del turbante de Van Eyck).
El principal mérito de Antonello reside en la adaptación de las fórmulas flamencas a una visión italiana. Sus cuadros poseen la nobleza y la amplitud de la ejecución italiana; sus paisajes son absolutamente meridionales y sus elementos figurativos se suelen integrar en una disposición de paneles muy cercana al concepto de Piero della Francesca. En su modelo, el realismo flamenco no se aplica tanto a la decoración de la vida, no trata de introducir una dimensión alegórica complementaria. Por contra, trata de acrecentar la desnuda humanidad de los personajes a través de una punzante presencia física, buscando que el espectador sienta la vida y la calidad humana del retratado.
Retrato de un hombre data de, aproximadamente, 1473, fecha en la que Vasari da por bueno el nunca probado viaje de Antonello a Flandes. Lo cierto fue que en esta época el artista siciliano realizó muchos óleos sobre tabla, a la manera flamenca, que fueron muy considerados por la clientela de aquel tiempo. El Retrato de un hombre que se conserva en la galería londinense fue, sin duda, uno de ellos. La tabla siempre ha estado rodeada de una cierta polémica, ya que una antigua inscripción en el reverso la tiene como autorretrato del artista. Pero esta indicación ha sido puesta en tela de juicio por la crítica, si bien con un argumentario poco riguroso. De esta manera, y a falta de otros documentos, la cuestión de saber si se trata de un autorretrato o no es difícil de resolver. Conviene señalar que Vasari nos habla de un retrato de Antonello que en todo caso se trataría de una composición en perfil y de fecha posterior. Un análisis radiográfico de la pintura delató que tanto la posición de la cabeza como la de la mirada habían sido rectificadas durante el curso de la ejecución, pudiendo esto significar que fuesen las del propio pintor examinando su rostro en el espejo. Pero entonces el problema surge en que dicho retrato tendría que ser forzosamente una obra de madurez, algo que parece imposible según el personaje representado. Si nos fijamos detenidamente en el cuadro, existe algo de escultórico en el mismo, claro exponente de la influencia de la época clásica. La pronunciada verticalidad de los pliegues de las ropas se asemeja a la de las togas clásicas, aunque el retrato es del Quattrocento italiano y no de la Antigua Roma. Lo que sí guarda el retrato es una gran similitud con los retratos de la escuela flamenca, como anteriormente comentamos. Antonello nos muestra al modelo — o a su propio retrato, según se quiera entender – sentado y en una clásica postura de tres cuartos, permitiendo una mayor conexión entre observador y sujeto. El detallismo en el cuello y en los pliegues de la ropa es de una clara influencia de la pintura de Van Eyck, como también el modelado sobre un fondo oscuro. Pero la comunicativa mirada entre retratado y potencial espectador, de donde parece desprenderse un diálogo sordo, es una característica propia del maestro de Messina. Retrato de un hombre supone una de las cimas del arte del retrato de todo el Renacimiento italiano.
La Asunción de la Virgen – Tiziano 14 Julio 2009
Posted by leiter in Análisis pictórico.Tags: Pintura, Renacimiento, Tiziano
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* Óleo sobre tabla
* 690 x 360 Cms
* Realizado entre 1516 y 1518
* Ubicado en la Iglesia de Santa Maria Gloriosa dei Frari; Venecia
Hoy ya nadie duda de que los orígenes pictóricos de Tiziano se encuentran en Giorgione, maestro con quien trabajó en la decoración al fresco de la Lonja de los Alemanes. Hasta tal punto recibió Tiziano la influencia de Giorgione que, a la muerte de éste, en 1510, se le consideró como su heredero espiritual, finalizando con su pincel las obras que el maestro tenía ya comenzadas. Pero sobre este primer sustrato “giorgionista”, se va a ir incorporando una íntima unión entre el sentimiento y la razón que le conducirá a encontrar un ideal de belleza figurativa caracterizada por la racionalidad expositiva y, mayormente, por las vibraciones cromáticas que proporcionan los amplios planos de color.
Sensualidad y religiosidad van a ser los dos elementos fundamentales que van a conjugar la personalidad artística de Tiziano aunque, sin embargo, también será un pintor exquisito e inigualable de mitologías, creando unos desnudos que fueron imitados por muchos colegas en su tiempo y que dieron justa y pronta fama al pintor de Pieve di Cadore. Pero quizás fuese como retratista — una modalidad en la que Tiziano nos dejó un legado de más de cien obras — donde el artista adquirió mayor relieve. Tiziano revolucionó los anteriores modelos de Bellini y Giorgione, reflejando en sus cuadros un modo cada vez más veraz y una plasmación de las condiciones sociales y sus presumibles valores morales. La nueva relación que inserta entre la figura y el espacio le ayudará a introducir una faceta existencial acorde con los ideales renacentistas que centran su interés en el hombre. Si bien no es estrictamente el creador del retrato de cuerpo entero, es cierto que Tiziano sienta las bases de la escuela en esta nueva visión del retrato gracias, primordialmente, a los sobresalientes ejemplos realizados en torno a dos de los más importantes monarcas de su tiempo, Carlos I y Felipe II.
Un hecho decisivo va a marcar la trayectoria de Tiziano y este no es otro que la muerte de Bellini en 1516, circunstancia que va a hacer posible su nombramiento como pintor oficial de la Serenísima República de Venecia, cargo para el que astutamente se preparó Tiziano declinando la oferta realizada por Pietro Bembo para que colaborase con un ya muy anciano Giovanni Bellini. Tiziano, ya como pintor oficial, se va a convertir en el receptor de los encargos religiosos más importantes y, de esta manera, el prior de los Frari le contrata para realizar el retablo de la Asunción, al mismo tiempo que Jacobo Pesaro, obispo de Pafos, le confía la creación del altar de Santa María dei Frei para conmemorar la victoria naval sobre la flota turca en la batalla de Santa Maura. Si tenemos en cuenta que ya en el mismo año de 1516, esto es, el de la muerte de su antecesor Bellini, a Tiziano se le encarga esta obra, ello nos delata el gran rigor artístico que había atesorado antes incluso de cumplir los treinta años. La Asunción constituyó su primera obra religiosa importante con la que inaugura una serie de grandes retablos para altar. En su composición introdujo unas novedades que no eran costumbre en la pintura religiosa tradicional, por lo que en un principio los frailes franciscanos se negaron a admitirla. Aunque, gracias a los buenos oficios del embajador austríaco, finalmente acabó siendo colgada en el lugar que aún hoy ocupa. Con esta maravillosa obra, Tiziano queda absolutamente liberado de las enseñanzas de Giorgione, demostrando una capacidad de equilibrio compositivo admirable y un empleo de la luz para acentuar un tanto el temperamento dramático no menos prodigioso. De esta manera, el potentísimo foco amarillo de gran luminosidad recorta la figura de la Virgen al tiempo que la atrae hacia el cielo, creando unas zonas de sombras que otorgan un mayor movimiento a la masa de apóstoles que permanecen en tierra.
La Asunción de la Virgen es un gigantesco cuadro que está concebido para verse desde lejos, en un intento de atraer al espectador hacia el altar desde el otro extremo de la iglesia. La obra es un ejemplo extraordinario de ejecución colorista a una escala más que considerable, pese a ser una obra relativamente temprana dentro de la extensísima producción de un pintor que vivió cerca de noventa años, y nos revela a un artista genial que va a hacer del uso cromático el auténtico núcleo central de su obra genérica, frente a la preeminencia del dibujo planteada por Miguel Ángel en Roma. La madera, desde un punto de vista estrictamente compositivo, se divide en tres partes: La inferior representa el plano terrenal, en la que unos sorprendidos apóstoles representan la asunción mariana. El juego de luces y sombras que envuelve este plano inferior es tan eficaz como extraordinario, dotando de una mayor intensidad dinámica, y a la vez dramática, a la escena. En el plano intermedio, La Virgen, magistralmente retratada en una toma de abajo a arriba que no es en absoluto fácil de llevar a cabo, aparece rodeada entre ángeles y una serie de amorcillos que van a ser característicos del pintor a lo largo de toda su trayectoria. La forma arqueada del plano, en absoluto recargada, permite al espectador centrar su atención en la protagonista del cuadro envuelta en un potente foco de luz amarilla que contrasta formidablemente con la base de nubes que parecen sostener los amorcillos. Por último, el tercer plano es el registro en donde Dios espera a la Virgen, quien con su magistral coloración roja centra el cuadro y sirve de nexo entre el nivel terrenal y el celestial. La intensidad de los colores, junto con el tono dorado de la luz y la imponente gesticulación de los figurantes, hacen de esta tabla una de las primeras obras maestras de uno de los mejores pintores de todos los tiempos. No extraña en absoluto la sensación que causó el cuadro en el momento de ser expuesto por primera vez en 1518.
La Flagelación de Cristo – Piero della Francesca 7 Julio 2009
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* Óleo y temple sobre tabla
* 59 x 82 Cms
* Realizado hacia 1455
* Ubicado en la Galería Nacional de las Marcas; Urbino
A pesar de que en la pintura de Piero della Francesca aparece una inconfundible evocación de su tierra natal, no hay nada en él de provinciano o arcaico, no presenta ningún compromiso con el pasado; al contrario, Piero della Francesca se resuelve como un artista enteramente del Renacimiento, nutrido de la más alta filosofía y ciencia de la época. Aunque en su juventud se trasladó durante un breve espacio de tiempo a Florencia, descubriendo la arquitectura de Brunelleschi y Alberti y su correspondiente aplicación a la pintura por parte de Masaccio, por un lado, y las geometrías de Ucello o la luminosidad de Fra Angélico por otro, su primer maestro, Domenico Veneziano, no fue florentino sino portador de una mayor sensibilidad colorística como su origen patronímico sugiere. También Pietro estudiará la pintura flamenca durante una coronación por las cortes del centro y norte de Italia. Pero su estilo, lejos de ser inicialmente angustioso o fatigado por tales influencias, es absolutamente coherente y bajo la impronta de ideales formales que estudiará hasta el final con el máximo rigor.
La principal diferencia entre el estilo de Piero y del resto de los maestros florentinos se articulaba sobre la intuición de que el espacio en el que se mueven las figuras no es sólo un fondo representado según las leyes de la perspectiva, sino que existe una íntima relación entre formas y espacio, una plena identificación entre humanidad y naturaleza. Sus composiciones están reguladas sobre la base de las leyes absolutas del número y de la “divina proporción” estructurada tanto en las relaciones geométricas como en las gradaciones tonales de luz y color. Una intensa luz va a iluminar de manera uniforme la representación, desde las figuras humanas hasta los elementos del paisaje, apareciendo ambos ante el espectador de una manera individualizada, armonizada, nítida y estática. El color se funde con los otros elementos de la pintura para lograr el sentido de la profundidad a través de los distintos planos desde el fondo hasta la superficie. Por otra parte, Piero va a simplificar al máximo sus figuras, inexpresivas, graves y majestuosas como estatuas, que de esta manera se van a insertar perfectamente en la construcción espacial. Su existencia está, por regla general, privada de afanes e incertidumbres, participando en episodios sagrados con impasividad, hieratismo y serena devoción. Aunque gran parte de la crítica quiso ver una especie de fría soberbia en esta aparente impasibilidad, es quizás su más típica virtud, propia de los escultores clásicos griegos que ni siquiera dejan caer una pequeña sombra de sentimiento. Y, sin embargo, es posible que no exista un tratamiento del tema de la Flagelación de Cristo más emocionante que el suyo.
En 1451, Piero della Francesca se hizo cargo de la ornamentación del coro de la iglesia de San Francisco de Arezzo, sucediendo a Bicci di Lorenzo, fallecido repentinamente justo cuando acometía los trabajos. Parece ser que La Flagelación de Cristo, una obra de incierta datación, pertenece a este primer ciclo de Arezzo y se sitúa su elaboración en torno al año 1455. No menos controversia adquiere la interpretación de dicha pintura, en la que algunos especialistas sostienen que el joven rubio de la derecha representa a Oddoantonio, el hermanastro de Federico de Montefeltro, y los dos personajes de su lado a sus pésimos consejeros que le condujeron a la ruina. También se ha querido ver en el personaje de la barba que aparece en primer plano la figura de un turco, símbolo de un imperio que dos años antes había tomado Constantinopla y que amenazaba con conquistar toda Europa, con lo que el cuadro sería una alegoría de la iglesia amenazada. La obra fue ignorada en el momento de su creación — su existencia no fue documentada durante 300 años — y no fue hasta comienzos del siglo XX cuando se empezaron a apreciar sus cualidades. En la actualidad, La Flagelación está considerada como una de las pinturas más enigmáticas y formalmente sofisticadas de Piero della Francesca.
La Flagelación de Cristo es una pequeña tabla dividida en dos zonas asimétricas aunque unidas por una relación armónica que los griegos llamaron “áurea”. El tratamiento que otorga Piero della Francesca a este tema es poco convencional, situando la violenta escena que define el cuadro en el fondo izquierdo, en una galería de baldosas y en donde se aprecia un extraordinario dominio de la perspectiva y el escorzo. La representación de la derecha se desarrolla al aire libre con la luz directa de un jardín soleado. Resulta admirable del todo la sutil y excelente luminosidad en el tratamiento de la cabeza de rubios cabellos del personaje central, contrastado genialmente con la maleza oscura del árbol del fondo. La propia escena de la flagelación aparece inmersa en una luz indirecta, proyectando reflejos azules sobre el pavimento enlosado y creando múltiples variaciones cromáticas en los casetones de madera del techo. El esquema geométrico y proporcional de la composición está realizado con sumo detalle y tanto el color como la luz lo transfigura, vivificándolo con sus infinitos reflejos. Por ello, estos brillos constituyen el único elemento vivo en una representación cuyos personajes aparecen con esa quietud e impasibilidad anteriormente referida, con una estatuaria frialdad, como si el drama ya se hubiera cumplido a la manera de un fatal destino. Es precisamente la luz la que, subrayando la dirección diagonal de la perspectiva, indica la alegórica unión entre los dos momentos de la escena. Y gracias al baño de luz en que se halla inmerso, el grupo del fondo asume un carácter de recuerdo en el alto silencio de la logia. En esta obra maestra de la pintura universal, ya no sólo apreciamos al Piero della Francesca pintor, sino también al matemático y geómetra.
El Temerario remolcado a su último destino – Turner 23 Junio 2009
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* Óleo sobre lienzo
* 91 x 122 Cms
* Realizado en 1839
* Ubicado en la National Gallery de Londres
La grandeza de Turner, pese a haber llegado más lejos en sus audacias lumínicas, no reside en haberse adelantado a los impresionistas. Pero no hay duda de que es uno de esos genios que han desarrollado un modelo conceptual similar al de los artistas nacidos casi un siglo después, desafiando cualquier tentación psicológica o sociológica de plausible explicación. Los cuadros de Turner producen en el espectador la impresión de algo absolutamente contemporáneo, con esas, en general, atmósferas de crepúsculo que parecen adormecidas. Este privilegio creativo de mantenerse “eternamente joven” justifica el apelativo de “genio” que anteriormente le hemos aplicado. Quizás este particular misterio de Turner puede ser desentrañado si nos paramos a leer su biografía, sobre todo sus años de juventud, y descubrimos que la madre del artista era una mujer loca que acabó encerrada en el manicomio y que llenó los 25 primeros años del pintor con una realidad envuelta de temor y dudas, en una clara proyección vital introspectiva. A diferencia de Constable, su principal competidor, Turner compone sus paisajes en medio de violentas tormentas y suntuosas arquitecturas, representando una especie de reverso de una moneda cuya principal muestra el estudio de las variaciones de luz natural que define el campo de actuación paisajística de Constable.
Uno de los factores más importantes que contribuyeron al peculiar desarrollo paisajístico de Turner fue su absoluto dominio tanto del óleo como de la acuarela, dando a veces al primero la transparente luminosidad de la segunda y viceversa. También es un excelente grabador, como se demuestra por el hecho de que en 1799 recibió el título de miembro asociado de la Real Academia con tan sólo 27 años. Entre los paisajes de Turner, cabría distinguir entre los que captan un simple efecto natural y los que se basan en un argumento mítico o histórico, siguiendo el ejemplo de Claudio de Lorena. Pero un capítulo aparte, acaso más rico en valores pictóricos originales, es el de los cuadros basados en un suceso contemporáneo, como el óleo del Temerario que hoy nos ocupa. A este apartado también pertenecen los dramáticos Incendio en el mar e Incendio en el Parlamento.
Turner significa un nuevo concepto del paisaje: Es un paisaje hecho de luminosidad y color, más que de relieves. A menudo, sus nubes u oleajes parecen irresistiblemente empujados hacia una curva, ya sea centrífuga o centrípeta, que quiebra el tradicional sentido de la perspectiva renacentista de líneas rectas de fuga convergentes hacia un punto del fondo. El paisaje ya no es una vista de óptica inmóvil — a semejanza de Canaletto — sino una agitación, un torbellino que parece chocar contra el marco. En sus últimos cuadros — que no se expusieron en vida del autor y que fueron casualmente descubiertos, enrollados, en un barracón del Támesis — hay una especie de locura dinámica que parece prepararnos, más que al propio Monet, a la llamada Action painting de Pollock. Estos paisajes son una confesión eufórica y desesperada del artista al tratar de advertir a su hipotético espectador toda la vertiginosa sublimidad de lo creado por Dios.
El Temerario remolcado hacia su último destino fue expuesto por primera vez en la Royal Academy en 1839 (Con la indicación en el catálogo “La bandera con la que desafió la batalla y la brisa ya no le pertenece”) y representa a un célebre navío, el Fighting Téméraire (Nombre de otro barco francés capturado en Lagos en 1759) que se distinguió en la batalla de Trafalgar a las órdenes del capitán Harvey, en 1805, y que en 1838 fue separado del servicio militar y desguazado. En la escena, vemos el antiguo navío de guerra, alto y dorado, como una aparición, arrastrado por un remolcador negro cuya chimenea le envía su humareda para ser destruido. Un par de barcos veleros se apartan a su paso y forman una especie de escolta de homenaje al viejo héroe. La puesta de sol, más que un accidente meteorológico — fue duramente criticada por su imposibilidad dada la dirección del barco — es como una alegoría de su propia muerte. Turner, mediante un formidable contraste de colores a la manera de una sinfonía, ha sabido producir la impresión de una marcha lenta y majestuosa, una verdadera marcha fúnebre y triunfal, como seguramente la hubiera definido Berlioz. Turner siempre estuvo muy apegado a esta formidable pintura – “Ni por cuestiones de dinero ni de favores volvería a prestar a mi querida” – y en ella el autor quiso servir de testimonio a los profundos cambios tecnológicos que se estaban produciendo en su época. El cromatismo y la factura son propios de sus últimas obras, las que permiten considerarlo como el más revolucionario de los pintores de paisaje. El cuadro, además, muestra la fascinación de Turner por los temas elementales: El agua, el aire y el fuego. La criticada y ya referida “imposible” puesta de sol es un homenaje tanto a la gloria pretérita del buque como una demostración virtuosística del autor. Se trata de una obra de cuando el pintor ya había rebasado los sesenta años y estaba a punto de entrar en su fase final, casi por completo abstracta y que los críticos de la época no terminaron de comprender. Turner abunda en los contrastes que tanto le gustaban: La pincelada suelta y el color empastado del cielo en contraposición con el detallismo del barco; los colores fríos del lado izquierdo frente a los cálidos del derecho; y, por último, la evidente confrontación entre el mundo antiguo y el moderno. En obras como El Temerario es donde mejor se aprecia la disolución de la forma, el énfasis en la luz y el color y la pincelada emotiva de Turner, características que marcarán posteriormente a los impresionistas y a tantos y tanto pintores abstractos. Pocas veces en la historia del arte un objeto inanimado y a punto de ser destruido adquiere tanta “vida” interior.
