ENRIQUE GRANADOS 14 Diciembre 2009
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De padre cubano y madre cántabra, Enrique Granados nació el 27 de julio de 1867 en Lleida, en donde el padre ejercía como oficial del ejército. De esta manera, ya de niño recibe sus primeras lecciones musicales a cargo de don José Junceda, director de la banda militar. La progresión del pequeño Enrique fue tan considerable, sobre todo en el aspecto pianístico, que ya con la familia destinada en Barcelona, Granados ingresa en la Escolanía de la Merced y se pone bajo la tutoría musical de Francesc Xavier Jurnet. También toma clases particulares de perfeccionamiento técnico en la academia de música dirigida por Joan Baptista Pujol, en donde también se inició en la composición merced al eminente Felipe Pedrell. Por si no fuese poco con esta inestimable formación de altura, Granados recibe también el patrocinio económico del famoso doctor Andreu. Con trece años, Granados logra un premio de piano y actúa en diversas salas de Barcelona a la par que continúa con sus estudios. En 1886 obtiene su primer gran éxito como concertista de piano y desde esta fecha inicia su actividad como reputado pianista, toda vez que vio frustrado su ingreso en el Conservatorio de París por motivos de salud. De cualquier forma, en la capital francesa conoce a Ricardo Viñes, el pianista español de mayor proyección internacional en aquellos momentos, quien consigue que sea admitido en las clases de su colega Charles de Bériot. En 1889, Granados retorna a Barcelona y se entrega a la composición y a la enseñanza. De esta época son sus Danzas españolas y también su matrimonio con Amparo Gal. En 1895, y luego de una fase un tanto apartada, decide volver a la actividad pública y viaja a Madrid, en donde estrena su ópera María del Carmen. Sin embargo, su principal virtud como músico adquiere mayor fuerza en lo relativo a su condición de pianista, en donde desata la admiración mundial por sus sentidas interpretaciones de Chopin y Schumann, especialmente. Ya en 1901 funda la Academia Granados, foco artístico de capital importancia para el desarrollo de la moderna escuela pianística española, que fue dirigida por su alumno Frank Marshall y cuya línea se prolongó con figuras de la talla de Alicia de Larrocha o Rosa Sabater. En 1909, Granados colabora asiduamente con un conjunto de cámara formado por Pau Casals y Jacques Thibaud, consiguiendo una enorme reputación en los círculos musicales europeos. En 1911 estrena en el Palau de la Música Catalana su Suite Goyescas a la par que sus Tonadillas triunfaban en París. Su carrera como concertista se incrementa con numerosos de recitales por toda Europa, consiguiendo destacarse como uno de los pianistas más solicitados del continente.
En 1914, la declaración de la Primera Guerra Mundial le sorprende de gira por Suiza al tiempo que preparaba la ópera Goyescas, basada en las mismas páginas escritas para la suite de piano. Dicha ópera debía haber sido estrenada en París, pero el comienzo de la Guerra frustró aquella pretensión. Es entonces cuando Granados recibe la oferta de presentar la ópera en Nueva York y allí que acude, pese a su fóbico miedo a los viajes por barco. La ópera fue extraordinariamente bien acogida en el Metropolitan de Nueva York, en donde se prolongaron los conciertos y homenajes al compositor. El matrimonio Granados pensó en regresar a España a bordo de un buque español; pero la casualidad, en forma de invitación formal del presidente norteamericano Wilson para actuar en la Casa Blanca, retrasó el viaje. Aquello resultó una verdadera fatalidad: Al volver de los EEUU días más tarde, la pareja transborda en Liverpool y toma el ferry Sussex para finalizar su viaje rumbo a España. En plena travesía por el Canal de la Mancha, el buque es torpedeado por un submarino alemán el 24 de marzo de 1916. Ya a salvo en un bote, el compositor observa horrorizado como su mujer se debate entre las aguas. No se lo piensa dos veces y se arroja al mar dispuesto a salvarla. Ambos fallecen ahogados. La noticia conmociona al mundo y el propio rey Alfonso XIII organiza una suscripción internacional para su familia. Granados, ese magnífico compositor de profunda huella romántica, murió también de una manera no menos noble y romántica. Su cuerpo, junto con el de su mujer, aún sigue reposando en el fondo marino.
Dentro del panorama musical español, Enrique Granados apareció como una figura apasionante, romántica y en cuya obra se propone continuar el modelo musical de sus admirados Chopin y Schumann. Sus obras de piano más ligeras fueron tan populares que mucha gente las conocía pese a no haber oído nunca hablar de su autor. Pese a sus afinidades con Albéniz, la música de Granados es mucho más refinada de lo que esto puede sugerir y presenta una sensibilidad y una sutileza que recuerdan más a Chopin. Sin sacrificar el carácter español de su melodismo, sus composiciones se adentran en un mundo de sentimientos meridianamente íntimos. Se puede afirmar que Granados representa la quintaesencia del modernismo español por excelencia. Su temprana muerte impidió que explotara al máximo su potencial creativo. Dentro de su obra podemos destacar las óperas Goyescas y María del Carmen, de un total de seis compuestas; las famosas y multiversionadas 12 Danzas españolas; la suite para piano Goyescas; y la serie de canciones conocida como Tonadillas. Nuestro humilde homenaje a este sensacional músico.
JOAQUÍN ACHÚCARRO 16 Noviembre 2009
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Joaquín Achúcarro es uno de los más grandes pianistas que ha dado la interpretación española en toda su historia. Nacido en Bilbao el 1 de noviembre de 1932, se puso por primera vez delante de un piano con tres años de edad y poco después se matriculó por libre en el Conservatorio de Bilbao. Ya con tan sólo trece años, ofrece un concierto con motivo del cincuentenario de la Orquesta Filarmónica de Bilbao, concretamente el 20 de mayo de 1946, en el que interpreta un concierto de Mozart. Tras completar brillantemente sus estudios en dicho Conservatorio, se traslada a Madrid, en donde estudia con José Cubiles, y posteriormente ingresa en la Academia Chigiana de Siena y en la Hochschule de Sarrebruck. Debuta en el Premio Massaveu en 1950 y tres años más tarde consigue el Premio Viotti. Pero su primer gran galardón de prestigio internacional lo obtiene en 1959, al conquistar el famoso Concurso Internacional de Liverpool, circunstancia que le abre las puertas de los principales escenarios europeos. Desde entonces, ha venido actuando como concertista acompañado de las mejores orquestas sinfónicas del mundo, como la Sinfónica de Londres, Sinfónica de Chicago o Filarmónica de Berlín. En 1992, obtuvo el Premio Nacional de Música de España y en 1996 la Medalla de Oro de Bellas Artes. Joaquín Achúcarro también es miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y comendador de la Orden de Isabel la Católica. En 2000, la UNESCO le nombró Artista por la Paz por sus numerosas contribuciones a dicha causa. Es profesor de la Accademia Chigiana de Siena y también imparte clases en la Universidad Metodista de Dallas. Reside habitualmente en Lejona, provincia de Vizcaya.
Achúcarro se ha destacado como un excepcional intérprete de la música española – Albéniz, Granados, Falla — y también de Mozart, Brahms, Chopin, Ravel, Debussy y Rachmaninov. Sus grabaciones con el sello discográfico RCA en lo relativo a música española son consideradas de auténtica referencia por la crítica especializada. Pero Achúcarro también se ha destacado por ser un excepcional intérprete de música de cámara, acompañando al piano a reconocidas figuras musicales de los instrumentos de cuerda. De cualquier manera, Joaquín Achúcarro se nos presenta, aparte de como un magnífico pianista, como una persona entrañablemente cercana, sencilla, hasta cierto punto campechana y amante de su profesión. Rubinstein, Horowitz, Gieseking y Schnabel fueron sus pianistas más admirados. Dentro de una lista que supera los 310 maestros de dirección orquestal con los que Achúcarro ha colaborado a lo largo de su carrera, el pianista vasco destaca especialmente a Boult, Metha, Abbado y Rattle. Ha colaborado también con más de 200 agrupaciones orquestales de todo el mundo, recordando con especial cariño el concierto ofrecido con la Filarmónica de Berlín, dirigida por Yehudi Menuhim.
Para el maestro Achúcarro, interpretar es “encontrar siempre un punto culminante y único en cada pieza, en cada obra y en cada frase. Interpretar es precisamente eso, interpretar es encontrar ese punto, encontrar el por qué de ese punto. Interpretar siempre es dar algo a alguien, es decir, no es tocar aquí y me voy a la cama y no me oye nadie. Cualquier artista, quiéralo o no, necesita un público y piensa en un público. No se puede pensar aisladamente en el artista sin el público. Es una simbiosis que se establece para convencer a ese público. Entonces, el músico debe de tocar para el público; sino, ¿para quién va a tocar?” A la hora de enfrentarse por primera vez con una pieza, Achúcarro “intenta leerla y dejar un poco el instinto ver cómo las manos negocian las dificultades que hay. Lo primero es eso, desbrozar un poco lo que hay. Y luego poco a poco ir entrando en detalles, es decir, el ir especulando con digitaciones diferentes o con pedales diferentes. Al mismo tiempo, a fuerza de estar encima de una obra, uno la va entendiendo mejor y entonces las cosas que te han parecido bien el primer día, al cabo de un mes de estudiarlo, te pueden parecer de otra manera. Yo creo que no habría una regla fija, pero el tocarla de arriba abajo varias veces da una idea, sin duda”.
Achúcarro recuerda un gran número de anécdotas a lo largo de su dilatada carrera artística: Salir al escenario sin corbata — no podía abrochársela — o actuar con unas insólitas botas de agua en vez de zapatos, una vez ya vestido de frac (Esto le sucedió en Santa Fe, Argentina, al olvidar recoger sus zapatos en Buenos Aires). Pero la historia más curiosa le sucedió en México: En un trayecto desde León hasta Guadalajara, el taxista que lo trasladaba se puso enfermo en pleno desierto y el maestro Achúcarro tuvo que agarrar el volante del vehículo so pena de sufrir un severo accidente. La cosa no quedó ahí; con Achúcarro al volante y el taxista durmiendo en el asiento de atrás, llegaron a Guadalajara a las cuatro de la mañana, estando previsto el ensayo del Concierto de Ravel a las diez horas de esa misma mañana. El maestro se puso a ensayar la cadencia del Concierto para la mano izquierda de Ravel cuando un intendente entró a la sala y le indicó que aquella música era muy bella, pero que en realidad el concierto programado era el Concierto en Sol Mayor del mismo autor. Lo realmente extraordinario fue que, instantes previos al concierto, al maestro le indicaron que había recibido una equivocada información sobre la obra a ejecutar: La pieza que estaba finalmente programada era Noche en los jardines de España de Falla… Achúcarro se armó de valor y ejecutó la obra sin ensayos previos (La tenía bien aprendida). Al parecer, los profesores de la orquesta no entendieron bien la obra de Ravel y desistieron de tocarla, echándole todo el “marrón” al maestro Achúcarro, que salió más que airoso de la complicadísima e improvisada actuación. Pero lo más genial fue como Achúcarro se adaptó estoicamente a cualquier imprevisto cambio: –”Bueno, pues si hay que tocar esa otra pieza, se toca y ya está”– Genio y figura. Nuestro humilde homenaje desde esta página, maestro.
NICANOR ZABALETA 19 Octubre 2009
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Nicanor Zabaleta nació en San Sebastián el 7 de enero de 1907 y empezó a tocar el arpa a los siete años gracias a que su padre, el pintor Pedro Zabaleta, le regaló un pequeño ejemplar con motivo de su cumpleaños. Con sólo nueve años ofrece su primer recital en público y con trece aprueba todos los cursos de arpa del Conservatorio de Madrid examinándose por libre. Tras graduarse en Comercio en el navarro Colegio de Lecaroz, viaja a París con la intención de profundizar en sus estudios musicales, recibiendo clases de arpa del profesor Marcel Tournier y de contrapunto y fuga por medio de Marcel Rousseau. En 1925 debuta como concertista en París y a la vuelta a España aspira a ser profesor de arpa en el Conservatorio de Madrid debido a la jubilación de la por entonces su titular, doña Vicenta Tormo de Calvo. Como en aquellos años no existía el precedente de un concertista de arpa en toda Europa, Zabaleta parte para los EEUU en busca de reconocimiento internacional. Allí contacta con el pianista valenciano José Iturbi, quien se encontraba en el momento más álgido de su carrera, y éste le arregla una serie de conciertos en Nueva York al aire libre y ante diez mil personas… Pero sin cobrar un céntimo. Lo mismo ocurrió en Filadelfia. Sin embargo, aquellos conciertos supusieron un gran estímulo para el artista donostiarra quien, en 1933, emprende una gira de conciertos (Por fin remunerados) por EEUU y América del Sur. Zabaleta pasó muchos años en el continente americano y en Puerto Rico conoció a Graziela Torres, una bella mujer con la que terminaría casándose. Luego de enseñar en el Conservatorio de Caracas durante la Segunda Guerra Mundial, Zabaleta regresó a España a mediados de los años cincuenta, realizando giras por toda Europa. De 1956 a 1962 impartió clases de perfeccionamiento en la prestigiosa Accademia Chigiana de Siena y muchos compositores de la época le dedican obras pensadas para el arpa. De entre todos los trabajos sobresalió el Concierto Serenata de Joaquín Rodrigo, la obra más divulgada y vendida de toda la extensa discografía del solista vasco. En 1966 recibió la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio y al año siguiente la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo. En 1981 fue galardonado con la Medalla de Oro de Bellas Artes y en 1983 se le concede el Premio Nacional de Música. Zabaleta actuó con asiduidad hasta sobrepasados los ochenta años. El 16 de junio de 1992 actúa junto a la Orquesta de Cámara Española en el Auditorio Nacional de Madrid y, tras finalizar el concierto, anuncia emocionado que se retira de los escenarios para siempre. Falleció el 1 de abril de 1993 en San Juan de Puerto Rico víctima de un cáncer de páncreas. A día de hoy, Nicanor Zabaleta es considerado el más grande intérprete de arpa de todos los tiempos.
Nicanor Zabaleta dedicó toda su vida al arpa y gracias a ella se convirtió en un mito viviente, en un músico aclamado en todos los rincones del planeta. Sus magistrales y brillantes interpretaciones al arpa elevaron este instrumento al mismo grado de interés que el que ostentan otros instrumentos tradicionales de la orquesta. Nunca le gustó que le llamasen virtuoso, un término que detestaba. Se consideraba, ante todo, un “juglar del arpa”, una persona que intentaba la expresión, la profundidad y la fluidez del lenguaje musical. Según su criterio, Debussy y Ravel fueron los compositores que mejor entendieron la capacidad colorista y expresiva del arpa, y siempre fue contrario a la manida tesis de que a Mozart no le gustaba dicho instrumento. Su legado discográfico contiene grabaciones que pertenecen al capítulo de lo memorable, obteniendo galardones tales como el Grand Prix National du Disque Français, el Gran Premio Edison de Holanda y el Harriet Cohen International Music Prize. Sus versiones de Haendel, Albrechtsberger y Von Dittersdorf son insuperables, así como sus adaptaciones de obras de Bach y Mozart. Entre lo más selecto de su discografía cabe destacar el Concierto para flauta y arpa de Mozart, acompañado por la Filarmónica de Viena dirigida por Karl Böhm, en el sello Deutsche Grammophon; el Concierto-Serenata y la adaptación del Concierto de Aranjuez del maestro Rodrigo acompañado por la Orquesta Sinfónica de la Radio de Berlín dirigida por Märzendorfer, en el sello PHILIPS; y los recitales El arte de Nicanor Zabaleta editados por SAGA. En 1977, la firma Deutsche Grammophon anunció que las ventas discográficas de Nicanor Zabaleta realizadas para este sello superaron el millón de ejemplares vendidos, toda una proeza para un intérprete de arpa. Pero además, en el cómputo del maestro Zabaleta figura el haber actuado con más de 300 orquestas sinfónicas de todo el mundo y de haber ofrecido, desde su debut en Nueva York en 1934, más de 6.000 actuaciones entre recitales y conciertos.
Zabaleta poseía tres arpas de ocho pedales que Obermayer — un destacado luthier bávaro — le construyó en madera de caoba siguiendo fielmente las instrucciones del artista español. Pero, además, tenía otras dos arpas Érard, de tipo antiguo, que según el maestro Zabaleta producían un bellísimo sonido. Solía viajar siempre con una de sus arpas, facturándola bien en una caja, bien mediante una protección especial en cuero. El maestro solía cambiar con frecuencia las cuerdas de la misma, no ya por su fragilidad (Las cuerdas, generalmente construidas en tripa, absorben fácilmente la humedad al ser muy porosas y acaban por romperse) sino porque con el uso pierden calidad de sonido. Por otra parte, Nicanor Zabaleta fue un gran aficionado a la numismática, a la pintura, a la arquitectura y, especialmente, a la poesía. (De hecho, fue íntimo amigo de Juan Ramón Jiménez). Jorge Guillén y Rafael Alberti eran sus poetas predilectos. Apasionado de la naturaleza, gozaba tanto con las puestas de sol de la meseta castellana como de las idílicas playas caribeñas. Su matrimonio con Graziela Torres constituyó una feliz circunstancia, toda vez que la pareja supo sobreponerse a las prolongadas ausencias del artista con motivo de sus actuaciones, unas 100 al año. Fruto de ese feliz matrimonio fueron sus hijos Pedro y Estela. Quien esto escribe, tuvo la oportunidad de conversar momentáneamente con el maestro Zabaleta en Madrid a mediados de los años ochenta. Descubrió no sólo a un excepcional músico, sino también a una excelente y educada persona. Sirva este humilde homenaje en su recuerdo.
In memoriam: Alicia de Larrocha 3 Octubre 2009
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La noticia me sorprendió mientras estaba escuchando el boletín informativo en la radio la mañana del viernes 25 de septiembre. Una música de Albéniz dio paso al triste comentario de Carlos Francino: –”Esto que ustedes están escuchando es un fragmento de la Suite Iberia interpretado por Alicia de Larrocha, la célebre pianista española que ha fallecido esta madrugada en Barcelona…”– Es posible que no me creáis pero, mientras me estaba duchando, recordé mentalmente esa música de Albéniz y mis ojos se nublaron hasta el llanto. Alicia de Larrocha fue la mejor intérprete pianística española de todos los tiempos. Con su desaparición se cierra una de las páginas más brillantes de la historia de la interpretación en España. Alicia de Larrocha fue, sin lugar a dudas, la intérprete que con más ahínco se dedicó a la divulgación de la música española, con grabaciones discográficas verdaderamente antológicas y dignas de consideración. Nacida en Barcelona el 23 de mayo de 1923 en el seno de una familia profundamente marcada por la música — su madre y su tía fueron alumnas de Enrique Granados — Alicia de Larrocha dio muestras de un precoz talento y a los cuatro años de edad inició sus estudios musicales con Frank Marshall, discípulo de Granados y continuador de su escuela en Barcelona. Sólo dos años más tarde debutó en concierto público con obras de Bach, Mozart y, por supuesto, de Granados.
Uno de los hitos más destacados de sus primeros años como pianista fue su debut en el Palau de la Música Catalana el 14 de diciembre de 1930 con piezas de Beethoven, Schumann y Granados. La pequeña Alicia empezó a ser toda una celebridad en el mundo musical barcelonés y su sensibilidad musical, impropia para una chiquilla de su edad, fue alabada por toda la crítica. Durante cuatro años de duros estudios Alicia fue ampliando repertorio y llegó a debutar con orquesta en el mismo Palau el 28 de octubre de 1934 interpretando un concierto de Mozart junto a la Banda Municipal de Barcelona dirigida por Lamote de Grignon. En ese mismo año, Alicia dio muestras de su faceta como compositora y presentó en el Conservatorio de la capital catalana dos pequeñas obras, Fantasía y Choral. La década siguiente fue la de su consolidación como artista fuera de serie, con numerosas giras de conciertos a lo largo de toda la geografía española y con un repertorio ampliado que abarcaba a Mozart, Beethoven, Falla, Albéniz, Schumann, Franck, Chopin y Granados, entre otros.
Un hecho importante ocurrió el 17 de mayo de 1943, durante un concierto de presentación de un discípulo de la escuela de Frank Marshall en el que Alicia de Larrocha tocó la recreación pianística de la parte orquestal de Noche en los jardines de España, obra con la que se dio a conocer Juan Torra, el mencionado alumno de Marshall. Este primer encuentro artístico entre ambos pianistas acabó en matrimonio poco tiempo después. Juan Torra, un magnífico pianista, decidió sacrificar su prometedora carrera como concertista en pro de la su esposa, quien en aquellos tiempos tenía unas condiciones más favorables para triunfar. Juan fue el encargado de la educación de los hijos que fue otorgando el matrimonio ante las inevitables y numerosas giras de Alicia. En 1947, Alicia de Larrocha ofrece su primer concierto en el extranjero y un año después debuta en París con un gran éxito. Sus giras por Francia, Bélgica e Inglaterra fueron cimentando paulatinamente su fama internacional pero fue en 1968 cuando su estrella se consagró definitivamente durante un recital en el neoyorquino Carnegie Hall en el que interpretó obras del padre Soler, Schumann, Chopin y Ravel. El famoso — y temido — crítico de The New York Times, Harold. C. Schonberg, otorgó su bendición a la artista española con las máximos elogios. Sin embargo, en ese mismo año de 1968, Alicia de Larrocha sufrió un estúpido accidente que por poco no la obligó a abandonar los escenarios: Al apearse de un taxi en Nueva York su dedo pulgar derecho fue pillado con la puerta del vehículo, ocasionándole lesiones de gravedad. Los médicos norteamericanos rechazaron operar la mano dañada al no poder garantizar el éxito de la intervención quirúrgica. Afortunadamente, Alicia visitó en Barcelona al doctor Trueta, un prestigioso cirujano que acababa de jubilarse de su cátedra de Oxford. El profesor Trueta decidió operar a la artista y la intervención constituyó un gran éxito, quedando recompuesta la mano de la pianista quien, a modo de agradecimiento, homenajeó al doctor con un recital íntimo celebrado en enero de 1969.
Durante la década de los setenta, Alicia de Larrocha se dio a conocer en el continente oceánico por medio de dos triunfales giras por Australia. A partir de estos años su fama traspasó fronteras y fue constantemente requerida por los mejores directores de orquesta y por los gerentes de las más prestigiosas salas de conciertos del orbe. Su emotiva interpretación en 1988 del Concierto nº4 de Beethoven en el Palau de la Música Catalana fue unánimemente considerada por la crítica como “extraordinariamente difícil de superar”. Con esta impecable trayectoria, no resulta extraño que a lo largo de su carrera Alicia de Larrocha obtuviera infinidad de premios y distinciones: Llave de la Ciudad de Barcelona (1968); Lazo de la Dama de Isabel la Católica (1972); Premio Liszt de Budapest (1980); Musician of the Year (Nueva York, 1982); Premio Nacional de Música (1984); Commendeur dans l´Ordre des Arts et des Lettres (París, 1988); Premio Príncipe de Asturias (1994); Premio de la Unesco (1995); Premio de la Fundación Guerrero (1999)… Además, fue doctora honoris causa de las universidades de Michigan, Vermont y Pittsburg y Académica de Honor de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Su legado discográfico la hizo merecedora del Grand Prix du Disque, el no menos prestigioso Deutsche Schallplattenpreis y cuatro Premios Grammy. Alicia de Larrocha puso punto y final a su carrera en 2002 como consecuencia de una enfermedad.
Por su exquisita sensibilidad, Alicia de Larrocha fue considerada como una excelente intérprete del repertorio romántico aunque su mayor afinidad la encontró siempre en la música española, especialmente en Albéniz y Granados, compositores que siempre estuvieron estrechamente ligados a la dilatada trayectoria artística de la pianista catalana. El legado discográfico de Alicia de Larrocha es excepcional, destacando su portentosa grabación de Iberia de Albéniz (DECCA); la integral de la obra de Granados (DECCA); Noche en los jardines de España de Falla, acompañada por Sergiu Comissiona y la Suisse Romande (DECCA); y las Cançons i danses de Mompou, así como muchos de sus preludios (RCA). Pero Alicia de Larrocha también nos dejó un monumento discográfico en algunos conciertos de Mozart (Especialmente el 9, 20, 21, 23, 24 y 25) grabados con la English Chamber y Sir Colin Davis (RCA) y en muchas de sus sonatas (RCA).
La noticia del fallecimiento de Alicia de Larrocha fue prácticamente ignorada en muchos informativos de televisión españoles, más preocupados por las andanzas de una conocida “presentadora” en relación a unas denuncias que ponían en cuestión la Ley del Menor, por los habitantes de la casa de un popular programa que se aburren tanto de estar encerrados que sólo saben hacer “edredoning” o por las disputas entre dos familias a causa de la herencia de un famoso torero fallecido ahora hace 25 años. Esto es lo que hay. Perdónanos, Alicia. No tenemos remedio. Aún así, sé que en algún recóndito lugar del universo los ángeles estarán alucinando con tus interpretaciones de Albéniz y Granados. De eso, estoy completamente seguro. Nuestro humilde homenaje desde esta no menos humilde página a quien ha sido, fuera de toda discusión, la mejor pianista española de la historia, Alicia de Larrocha.
El sábado que viene, salvo imprevistos, volveremos a contar con el habitual COMENTARIO DE THENIGER