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HERBERT VON KARAJAN 22 Diciembre 2009

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Herbert von Karajan

Et ait Deus: “Faciamus hominem ad imaginem et similitudinem nostram…”

 Indudablemente, Herbert von Karajan ha sido el más brillante y típico de los directores de orquesta mundiales de la era tecnológica y mediática. Ya en su juventud se apasionaba por la técnica — llegó incluso a matricularse en la Escuela Superior Técnica de Viena — y los deportes de alta competición. Los automóviles ultramodernos, los yates y los aviones fueron durante toda su vida un necesario complemento a sus actividades artísticas. Por eso, resulta natural que Karajan se encontrase siempre abierto en lo musical a las técnicas de reproducción más modernas. Por otro lado, la novedad tecnológica que supuso la grabación digital, el disco compacto y el DVD  (En tiempos de Karajan, el conocido como lasser-disc, hoy completamente olvidado) le sirvieron como “renovada” justificación para volver a fijar una vez más su ingente repertorio (Dinero aparte: Se calcula que la fortuna acumulada de Herbert von Karajan al morir fue de las mayores de Europa en su tiempo).

 Herbert von Karajan nació el 5 de abril de 1908 en Salzburgo — de nacimiento, Heribert Ritter Karajanis, apellido de antecedentes griegos: Su tatarabuelo procedía de Korzani, localidad macedonia que pertenecía al Imperio Otomano — en el seno de una familia de clase alta. Su padre era médico y la familia había llegado a Austria 250 años antes procedente de Grecia. Con la caída del Imperio de los Habsburgo se abolieron en Austria los títulos nobiliarios, reforma a la que se atuvieron nombres de músicos como Anton Webern o Nikolaus Harnoncourt. Sin embargo, Karajan siguió llamándose Herbert von Karajan, lustroso apellido — Von — de connotaciones aristocráticas. Para compensar ese exceso, Heribert perdió la letra “i” para siempre…

 Karajan recibió a los cuatro años sus primeras clases de piano, ofreciendo sus primeros conciertos en público a los nueve. Al mismo tiempo que iba a la escuela se dedicaba también a estudios de música en el Mozarteum de Salzburgo. Años después, Karajan estudió Ciencias de la Música y Dirección de orquesta en Viena. Entre sus profesores se encontraban Franz Schalk y Bernard Paumgartner, autor de una celebérrima biografía sobre Mozart. En 1927, Karajan debuta en Salzburgo dirigiendo Fidelio, pero en ese mismo año fue al teatro de la ciudad de Ulm donde, en siete años, fue ascendiendo por su trabajo desde repetidor hasta director de ópera.

 En 1933, Karajan se afilió al Partido Alemán Nacionalsocialista de los Trabajadores (NSDAP, Nationalsozialistische Deutsche Arbeiter Partei) y además por partida doble, una vez en Austria y otra en Alemania. Mucho se ha escrito sobre este episodio: La propia actitud del maestro nunca fue del todo aclaratoria al respecto, entre otras cosas, porque nunca gustó hablar de aquellos episodios y menos aún que se le preguntase por los mismos. Pero una cuestión sí que ha quedado clara y fue que Karajan nunca negó su adscripción al partido nazi, si bien siempre trató de justificarla. Por ello, la inicial controversia se centró sobre si Karajan se había afiliado en 1933 en Salzburgo o bien en 1934 en Aachen. Los documentos y archivos sostienen lo primero, mientras que los propios testimonios del director defendían lo segundo. De esta forma, parece del todo demostrado que Karajan se afilió por partida doble. Pero esto tiene también una doble lectura: Si la afiliación se hubiese producido realmente en 1933 en Salzburgo, ello habría implicado que Karajan habría asumido una completa identificación con el ideario nazi (En 1933, el partido nazi estaba en situación de ilegalidad en Austria). Asunto bien distinto hubiera sido que Karajan hubiese llevado a efecto la afiliación en Aachen, un año después. Esta decisión hubiera podido interpretarse como un hecho “oportunista”, como una “necesidad” dadas las presiones sufridas a la hora de asumir unas funciones que implicaban una considerable responsabilidad y unos no menores niveles de decisión. En tal caso, esta última opción no hubiera necesariamente implicado compromiso ideológico o político plenamente asumido. Pero los archivos no mienten y, pese a los enmarañamientos, constatan casi con absoluta certeza la adscripción de Karajan en 1933 en Salzburgo, libre y voluntariamente.

 Sea como fuere, Karajan marchó en 1934 a Aachen donde un año más tarde sería nombrado Generalmusikdirektor. Su carrera musical no presentaba obstáculos y así, en 1937, Karajan es el director predilecto en Berlín, la capital del Reich. También con Fidelio se presenta en la Ópera del Estado, logrando además apoteósicos éxitos con la orquesta estatal, de tal manera que con motivo de una representación de Tristán en la Ópera del Estado se acuña la frase “el milagro Karajan”, que serviría casi treinta años después para el título de una bondadosa biografía escrita por Karl Löbl. A partir de 1938, Karajan mantiene un contrato como invitado con la Ópera del Estado de Berlín que tres años más tarde se convertiría en un compromiso permanente. Ese mismo año, Karajan abandona Aachen para concentrarse en la dirección de la Orquesta Estatal de Berlín. Dentro del juego político y cultural de fuerzas e intrigas del Tercer Reich, a Karajan — como protegido de Goebbels — se le asigna el papel de “contrapunto y antípoda” de Furtwängler, director de la Filarmónica.

 Tal vez la carrera de Karajan hubiese resultado brillante de igual manera bajo cualquier circunstancia política. De hecho, en la Alemania nazi, artísticamente desangrada, las condiciones parecían ser especialmente favorables para el despliegue de un joven director de extraordinario y contrastado talento, y Karajan aprovechó esta circunstancia de forma hábil y resuelta. Nunca consideró Karajan, años más tarde, un defecto el haber resuelto su carrera en el contexto de una política musical de corte más que autoritario. Los escrúpulos morales, que tanto hubieron de conmover a un conservador político como Furtwängler, le fueron del todo ajenos.

 La plena ascensión del “milagro Karajan”, sin embargo, no se consumó hasta después de la guerra. El director, identificado como la eminencia artística nazi, se ve obligado a suspender sus actividades durante unos años pese a sus intentos — nunca corroborados — de demostrar que en 1943 había sido expulsado del NSDAP a raíz de su segundo matrimonio con Anita Gütermann, mujer de sangre judía. Tras permanecer en Italia en 1945 junto a su mujer, regresa a Austria el año siguiente y, a poco de reiniciar su actividad, se le prohíbe formalmente dirigir (Al parecer, por la presión soviética que formaba parte de la comisión cuatripartita que gobernaba Austria). Fue entonces cuando Karajan se auto-exilia en la londinense Orquesta Philharmonia y realiza innumerables grabaciones para el sello EMI, propiedad del mandamás Walter Legge. (Para muchos, este conjunto de grabaciones discográficas de Karajan es el mejor de su carrera). En 1948 Karajan aparece de nuevo en los Festivales de Salzburgo y un año más tarde es nombrado director de orquesta vitalicio por la Sociedad Vienesa de Amigos de la Música. Los teatros de ópera de Milán, Buenos Aires, Londres y los festivales de Lucerna y Edimburgo se pelean por contar con sus servicios. En 1951 y1952, Wieland Wagner le reclama para la reinauguración de los Festivales de Bayreuth, en una clara demostración de que la ruptura de los nietos de Wagner con el pasado había sido, más bien, una quimera.

 La muerte de Furtwängler en 1954 aceleró la carrera de Karajan en la posguerra. Tras muchos dimes y diretes en los que Sergiu Celibidache sintió como “le hacían la cama” entre todos, Karajan asciende a director artístico vitalicio de la Filarmónica de Berlín, con lo que ostenta uno de los puestos más poderosos y de renombre en la actividad musical europea (¿Os imagináis a la Filarmónica de Berlín sin grabar un puñetero disco, en consonancia con la filosofía de quien pudo haber sido su titular, el rumano Celibidache?). Al mismo tiempo, Karajan se convierte en el número uno entre los directores de ópera internacionales. Estuvo ligado a La Scala entre 1949 y 1955 y fue director artístico y principal de la Ópera de Viena entre 1957 y 1964. Su modo de llevar el cargo, ambicioso y disponiendo generosamente de medios económicos, sobrepasó las posibilidades reales y conllevó a una dura ruptura, causa por la que Karajan esquivó Viena durante muchos años. (Apuntemos en su descargo que, tradicionalmente, todos los directores de la Ópera de Viena suelen renunciar en medio de fuertes polémicas. Karajan, a fin de cuentas, fue uno de los que más tiempo aguantó…). Tampoco su participación responsable en la dirección de los Festivales de Salzburgo transcurrió sin problemas; en 1960, Karajan se apartó luego de tres años en este comité, aunque en 1964 volvió a tomar esa responsabilidad, consciente de que sus paisanos no merecían tal desprecio.

 Karajan, a sus cincuenta años y merced a su actividad operística, a su titularidad con la Berliner y a su intensísima actividad viajera como director invitado, se había convertido en un director descollante y omnipresente. Sus actividades no sólo le reportaron la asombrada admiración del mundo de la música, sino también las críticas. El deseo de poder de Karajan se ramificaba crecientemente hacia la valoración de la labor directiva — y escénica — apoyada por los medios técnicos modernos. Con empresas de producción y sociedades de inversión propias, Karajan aseguró a sus interpretaciones un valor duradero con conservas sonoras y de imagen. En 1968, se puso en marcha la Fundación Karajan con la iniciativa de investigar científicamente la objetividad de los “secretos interpretativos”. Desde entonces, dicha Fundación financia concursos de dirección y de orquestas, así como una academia de canto internacional en Salzburgo.

 En otoño de 1982 se perfila un serio conflicto entre la Orquesta Filarmónica de Berlín y su vitalicio jefe: La razón fue la implicación personal de Karajan para que la orquesta aceptase incorporar a su plantilla a la clarinetista Sabine Meyer. La formación, que tradicionalmente gozaba de autonomía artística, era una orquesta “exclusiva” de hombres y, consecuentemente, se rebelaron contra la entrada de una mujer en sus filas. La cosa pasó a mayores cuando el intendente de la orquesta, Peter Girth, fue fulminantemente despedido por haberse colocado de parte de Karajan. El conflicto terminó en 1984 con la mediación del anterior intendente de la orquesta, el anciano Wolfgang Stresemann, quien actuó como comisario: Sabine Meyer quedó fuera y Karajan, de manera un tanto insólita dado su particular ego, da su brazo a torcer. Sin embargo, la explicación de esto no admite dudas: Karajan vio como sus tentativas para asegurarse el concurso de la Filarmónica de Viena y de la Staatskapelle de Dresde de cara a una serie de proyectos resultaron del todo frustradas. El maestro se sintió acorralado en un callejón sin salida y no tuvo más remedio que dar marcha atrás. Sin embargo, el binomio Karajan-Berlín ya nunca volvió a ser igual que antes. El matrimonio se había roto y la herida jamás se cerraría.

 El capítulo final de ese desamor se representó en abril de 1989: Karajan, anciano y exhausto, cada vez más encerrado en su residencia salzburguesa de La Torre de Marfil, manifiesta que no está en condiciones de cumplir con las obligaciones que su cargo implica con la ciudad de Berlín y, consecuentemente, dimite como director de la Filarmónica. (El carácter vitalicio de su cargo sólo permitía la ruptura en esa dirección y no en la contraria). Los argumentos parecieron insuficientes — pese a que el maestro ya sólo podía dirigir sentado — y se pensó que no quería prolongar más una relación que estaba viciada desde hacía tiempo. El 16 de julio de 1989, cuando los ecos y consecuencias de su reciente dimisión aún no se habían apagado, Karajan dejó de existir en su ya citada residencia de Salzburgo. Quizás fue el último paso para que su figura entrase de lleno en el mundo de la leyenda y el mito.

 Las facultades interpretativas de Karajan son indudables. Su repertorio debe ser uno de los más extensos que jamás un director de orquesta haya podido abarcar. Tanto en ópera como en concierto, Karajan dominó de memoria todo lo habitual entre Bach y Richard Strauss. Siempre insistió en que consiguió su íntimo conocimiento de las partituras por medio de un tenaz e incansable trabajo, una aplicación que en su juventud debió rayar en la obsesión. Pero esa férrea disciplina y fanática voluntad de trabajo no se hubo de moderar con el paso del tiempo; nunca canceló un concierto a no ser por una forzosa razón de salud. Tampoco Karajan fue uno de esos directores que cambian la batuta por un confortable retiro. Precisamente la vejez y la enfermedad parecieron aumentar en él el impulso por la dirección de orquesta hasta convertirlo en una pasión en el sentido más amplio de la palabra. Por ello, algunas de sus interpretaciones más tardías adquirieron una perfección más emotiva que muchas de sus piezas maestras tempranas. Su actuación — por primera vez en su dilatada carrera — en el tradicional Concierto de Año Nuevo en Viena en 1987 resultó del todo emotiva: “Paz, paz y aún más paz para todo el mundo” — fueron las palabras dirigidas a un emocionado auditorio durante el discurso previo a la interpretación de El Danubio Azul.

 Desde luego, el horizonte musical de Karajan no fue ilimitado. Con referencia al modernismo se mostraba esquivo y así, dirigió las obras de la escuela de Schoenberg más por obligación que por entusiasmo (Al igual que Furtwängler). Con el sinfonismo de Mahler no se relacionó hasta el momento en que, en cierto modo, Mahler fue “redescubierto” en los años sesenta del siglo XX. No existió una tendencia musical, ni siquiera una única obra fuera del repertorio estándar internacional por la que Karajan hubiera abogado apartándose de los caminos habituales de la cultura musical. En la ópera y en los conciertos se interesaba generalmente por aquello que de cualquier modo pertenece a la galería de las “obras maestras” renombradas y con éxito. Un ejemplo: Poco después de la Guerra, realizó unas grabaciones modélicas de algunas sinfonías de Sibelius con la London Philharmonia; sin embargo, posteriormente, nunca volvió a molestarse mucho por otorgar mayor resonancia en Centroeuropa al menospreciado compositor finlandés. Pero Karajan logró nuevos puntos de referencia en una época en que la perfección de la técnica de ejecución y la meticulosa sensibilidad detallista se habían convertido en objetivo común. Siempre siendo las mismas obras las que ejecutaba (Aunque fuese en gran número), en cada ocasión procuraba aportar perspectivas renovadoras por medio de la colaboración de jóvenes talentos que no dudaba en apadrinar. Para sus producciones wagnerianas en Salzburgo renunció a la tradicional guardia de los cantantes wagnerianos de fama internacional; los cantantes y solistas instrumentales que descubrió, desde Josep Carreras a Anne-Sophie Mutter, forman hoy una auténtica legión.

 El hábito directivo de Karajan se apartó definitivamente del director conservador-autoritario. Ante el atril, Karajan gustaba de la alternancia entre enérgicas iniciativas y un vibrar al unísono en apariencia sonámbulo, aunque en realidad despierto y atento a los sonidos procedentes de la orquesta. Sus movimientos no se enzarzaban en innumerables entradas o directrices, sino que reflejaban los grandes trazos de la música con elegancia y energía. Paulatinamente, sus gestos fueron disminuyendo o escaseando aunque, como siempre, estuvieron dotados de una inmensa tensión de voluntad. Gracias a los medios técnicos el público de Karajan se cuenta por millones a lo largo y ancho del mundo. A fin de cuentas, y salvando las peculiaridades interpretativas y sus “retoques” en la orquesta, Karajan consiguió que el nombre de Beethoven fuese tan conocido como el suyo mismo, como irónicamente escribió Bernd Plagemann en un ensayo en 1983. En Salzburgo — y, en menor medida, también en Berlín –  Karajan reunió una especie de “comunidad” en torno suyo, una comunidad claramente diferenciada de la burguesía culta a la que pertenecieron los antaño seguidores de Furtwängler, esto es, una “comunidad” de aristocracia de dinero internacional, de establishment muy conservador, jet-set con capacidad de deleite cultural. Vivir a Karajan “en persona” era caro; pero como estrella discográfica penetró, y a un precio asequible, hasta en el último pueblo.

 Von Karajan fue uno de los directores más controvertidos de su tiempo y su capacidad como director sólo se puede comparar a su capacidad comercial. Sus detractores criticaron tanto su colaboración con la Alemania nazi como su desmesurado afán comercial. Sin embargo, no se puede negar que muchas de sus interpretaciones, sobre todo las del primer período de su carrera, siguen siendo de referencia en nuestros días. En la evolución de su carrera se hizo cada vez más fanático de las sonoridades hedonistas, pero ello no significa que sus versiones más modernas tengan el mismo nivel que las interpretaciones del primer período. El número de discos grabados por Karajan sobrepasa la cifra de 300, algo realmente excepcional, y abarca casi todo el repertorio desde Bach hasta Schoenberg. Resumirlo aquí sería materia de un blog específico al respecto. De cualquier manera, voy a intentar resaltar las grabaciones que considero más destacadas del maestro. Los enlaces al vídeo no corresponden necesariamente con la versión a la que nos referimos, pero sí a la obra ejecutada.

 Karajan llegó a grabar hasta cuatro veces el ciclo sinfónico de Beethoven — que a mi me conste – tres con la Filarmónica de Berlín y uno, el mejor, con la Philharmonia de Londres. Por curioso que pueda parecer, a mayor lejanía en el tiempo, mejores son las versiones. De esta manera, señalamos la integral de las 9 Sinfonías de Beethoven, dirigiendo a la Orquesta Philharmonia (EMI) aunque también son muy buenas las versiones realizadas en 1963 con la Berliner Philharmoniker (DG) y las de mediados de los años setenta (DG); La última integral, grabada a mediados de los ochenta, parece la más floja; existe además una quinta versión grabada exclusivamente para vídeo y antiguo lasser-disc, hoy transferida a DVD; el Triple concierto de Beethoven, dirigiendo a la Filarmónica de Berlín y acompañado por Oistrakh, Rostropovich y Richter (EMI); el Concierto para violín y orquesta de Beethoven, interpretado por Anne-Sophie Mutter y la Filarmónica de Berlín (DG); Fidelio de Beethoven, interpretado por Dernesch, Donath, Kélémen y Van Damm. Orquesta Filarmónica de Berlín (EMI); las 4 Sinfonías de Brahms, dirigiendo a la Filarmónica de Berlín (DG, versión de mediados de los años setenta); el Doble Concierto de Brahms, interpretado por Meneses y Mutter, y dirigiendo a la Filarmónica de Berlín (DG); el Te Deum de Bruckner, interpretado por Muller, Molinari, Perry y Wimberg y dirigiendo a la Filarmónica de Viena y el Coro de la Sociedad Amigos de la Música de Viena (DG); Lucia di Lammermoor de Donizetti, interpretado por Callas, Di Stefano, Panerai y Zaccaria y dirigiendo a la Orquesta RIAS de Berlín (EMI); la Sinfonía nº8 de Dvorak, dirigiendo a la Filarmónica de Viena (DG); el Concierto para piano de Grieg, interpretado por Zimerman y dirigiendo a la Filarmónica de Berlín (DG); Cavalleria Rusticana de Mascagni, interpretado por Bergonzi, Cossotto, Martino y Allegri, y dirigiendo a la Orquesta y Coro de La Scala (DG); el Concierto para violín de Mendelssohn, interpretado por Anne-Sophie Mutter y dirigiendo a la Filarmónica de Berlín (DG); La bohème de Puccini, interpretada por Freni, Pavarotti, Panerai y Ghiaurov, y dirigiendo a la Filarmónica de Berlín (DECCA); Madama Butterfly de Puccini, interpretada por Callas, Gedda, Danielli y Borriello, y dirigiendo a la Orquesta y Coro del Teatro de La Scala (EMI); la Sinfonía nº8 de Schubert dirigiendo a la Filarmónica de Viena (DG); las 4 Sinfonías de Schumann, dirigiendo a la Filarmónica de Berlín (DG); el Concierto para piano de Schumann, interpretado por Dinu Lipatti y dirigiendo a la Orquesta Philharmonia (EMI); Muerte y transfiguración de Richard Strauss, dirigiendo a la Filarmónica de Berlín (DG); El caballero de la rosa de Richard Strauss, interpretado por Schwarzkopf, Ludwig, Stich-Randall y Edelmann, y dirigiendo a la Orquesta Philharmonia (EMI); el Requiem de Verdi, interpretado por Freni, Baltsa, Carreras y Raimondi, y dirigiendo a la Filarmónica de Berlín (DECCA); y, finalmente, Los maestros cantores de Nuremberg de Richard Wagner, interpretado por Edelmann, Schwarzkopf, Hopf, Kunz, Dalberg, Unger y Malaniuk, y dirigiendo a la Orquesta del Festival de Bayreuth (EMI).

Abril de 1987: Un joven estudiante se encontraba encargando una tarta Sacher en un emblemático local situado junto a la Ópera de Viena para satisfacer los deseos de un glotón amigo de España. Mientras la dependienta estaba envolviendo con sumo cuidado el pedido en una caja de madera, observé un extraño revuelo en el interior del local. Aparecieron numerosos hombres con walkie-talkies en sus manos y la dependienta que me estaba atendiendo, junto con el resto de sus compañeras, salieron del mostrador y se pusieron en una improvisada fila india. Al ver llegar a aquel anciano, sostenido por dos ayudantes, no pude evitar mi deseo y extendí mi mano con escasas esperanzas: –”Maestro…”-  Tan sólo acerté a murmurar, en español. Durante menos de un segundo, Karajan no sólo estrechó mi mano sino que me miró fijamente a los ojos… Y sonrió. Horas después, en la soledad de una habitación, pensé que esa mano que se había tocado con la mía, tal vez tocó la de Furtwängler en algún momento; y la de Furtwängler hubo de tocar la de Arthur Nikisch; la de Nikisch tocó en alguna ocasión la de Bruckner, quien a su vez tocó la de Wagner y éste la de Liszt; todo el mundo sabe que Beethoven besó al niño Liszt en la frente luego de terminar un recital pianístico; aquella mano de Beethoven llegó a tocar la de Mozart en el encuentro más trascendente de la historia de la música… Aquella mañana sentí que había estrechado mi mano con todos los dioses de la música.

WILHELM FURTWÄNGLER 24 Noviembre 2009

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Furtwangler

 Hablar de Furtwängler significa hablar del prototipo de director de orquesta alemán surgido del espíritu de la filosofía idealista y del Romanticismo. Como personalidad de músico conservador, polifacético y fascinante, por disposición natural, Furtwängler se convirtió en figura de culto para un público musical compuesto por la burguesía cultivada de su época. En sus actuaciones se reflejaba la creciente distancia entre el arte “productivo” y el arte “reproductivo”, la insoportable tensión entre tradición y modernismo, y los problemas de la confrontación con la transmisión técnica del sonido. El papel desempeñado por Furtwängler durante el nazismo — primero fue crítico con el Tercer Reich; luego, en circunstancias poco aclaradas, solicitó el puesto de director de la Ópera de Berlín (En lo que pareció ser una hábil jugada de Goering); pero nunca dio su público apoyo al partido nazi. Es más: Dicen que siempre se limpiaba la mano luego de estrecharla con el Führer –  induce a no olvidar la cuestión de la responsabilidad política del artista.

 Wilhelm Furtwängler nació el 25 de enero de 1886 en Berlín; su padre era un conocido profesor de arqueología, una dedicación que en la Alemania guillermina de los magníficos museos — y del incesante trasiego hacia Europa de los bienes culturales de los países más pobres — no era ninguna extravagancia académica, sino que representaba el concepto cultural imperante que tenía su punto de referencia en la Antigüedad clásica. En el caso de Furtwängler, la impronta que le dejó el humanismo arqueológico fue tan profunda como la clara aversión que sintió por el mismo. Furtwängler buscaba, de manera un tanto improcedente dada su condición de artista imbuido en la creencia de los valores transmitidos, la espontaneidad de la interpretación musical, sospechando de la repetitividad y rechazando la validez de lo ya logrado, anotado y sellado. Llegó incluso a cuestionar la propia escritura de notas en la partitura.

 Su padre no confió durante mucho tiempo la educación intelectual de su hijo en las instituciones de enseñanza pública y así lo dejó en manos de brillantes mentores del arte y de las ciencias, como el escultor Adolf Hildebrand o el historiador Ludwig Curtius. Al ir perfilándose más claramente su talento musical, Furtwängler se puso bajo la tutoría de compositores generalmente apreciados, como Joseph Rheinberger o Max von Schillings. Probablemente también fue decisivo el encuentro con el director de orquesta Félix Mottl (Un apasionado wagneriano) bajo cuyo mandato Furtwängler se convertiría en correpetidor y director en Estrasburgo, enclave alemán en aquel entonces.

 El hecho de proceder de una burguesía culta constituía una dote intelectual inhabitual para un músico en aquellos tiempos. Sin embargo, durante los años de aprendizaje de la dirección de orquesta no se pudo apercibir nada excepcional en Furtwängler. Como tantos y tantos directores de su tiempo, Furtwängler también adquirió experiencia en su oficio de provincias (Lübeck, de 1911 a 1915 y Mannheim, de 1915 a 1920). En esta última ciudad ya fue un destacado director de ópera y desde aquí llegó su nombre por primera vez hasta las grandes metrópolis germanas. Furtwängler rondaba la treintena de años cuando le empezaron a ofrecer puestos de cierta relevancia en la actividad musical alemana (Wiener Tonkünstlerorchester, de 1919 a 1924, y los conciertos sinfónicos de la Ópera del Estado de Berlín y de la Asociación de Amigos de la Música de Viena, de 1920 a 1922). En ese mismo año de 1922, fallece Arthur Nikisch — director nada menos que del Gewandhaus de Leipzig y de la Berliner Philharmoniker — una de las personalidades más relevantes al ostentar los dos cargos más importantes de la actividad musical alemana. Con ello, a Furtwängler se le despejó el camino para su ascenso hacia la cima de la interpretación germana. Furtwängler se hizo cargo de los dos puestos y realizó una gira de conciertos que le llevaría hasta los EEUU. Ya estaba en la cúspide.

 Al tomar el poder los nazis en Alemania en 1933, Berlín era el centro cultural de la nación y el lugar de trabajo de artistas de la dirección de la talla de Bruno Walter, Otto Klemperer o Erich Kleiber. Pero mientras que éstos dieron la espalda a los nacionalsocialistas en el poder y emigraron, Furtwängler prefirió quedarse. Ya en el mismo año de 1933, Furtwängler fue nombrado director de la Ópera de Berlín, vicepresidente de la Cámara de Música del Reich y consejero del Estado de Prusia, expresando así su voluntad de asumir el papel de máximo responsable de los asuntos musicales alemanes en el nuevo régimen. Sin embargo, un año después “renunció” a los cargos citados debido a que se vio sometido a fuertes ataques oficiales como consecuencia de su apoyo al “señalado” Paul Hindemith. Durante un breve espacio de tiempo parece ser que Furtwängler consideró la posibilidad de retirarse totalmente de la vida pública, pero se lo pensó “seriamente” y en abril de 1935 se presenta nuevamente con la Filarmónica de Berlín. Durante el período siguiente no pudo evitar que en el extranjero se le encasillase como representante artístico del nazismo alemán.

 Furtwängler tuvo la ilusoria esperanza de poder permanecer alejado de la funesta política nazi cuando en la práctica esto era más bien misión imposible. Quien participaba culturalmente desde un puesto tan elevado estaba integrado, de un modo u otro, en el sistema de dominación política. Sin embargo, Furtwängler no fue una persona capaz de pasar por alto las prácticas corruptoras de la política cultural nazi en su ámbito de actividad y, de esta manera, no fue especialmente apreciado por los grandes nombres del nazismo alemán. Algunas fuentes afirman que fue cierta la frase de Goebbels: –”No hay en Alemania un asqueroso judío al que Furtwängler no haya ayudado”–  En cualquier caso, hay que constatar inequívocamente que Furtwängler, al contrario que otros colegas como Karajan o Böhm, no utilizó sin escrúpulos el nacionalsocialismo para su propia carrera. Además, eso no le hacía ninguna falta, ya que era desde tiempo atrás una autoridad indiscutible en el panorama musical alemán. No existen pruebas fundadas de que Furtwängler hubiese gozado de una posición monopolista tras el alejamiento de los directores competidores de la misma categoría. Más bien, Furtwängler vacilaba entre colaborar o negarse y probablemente tuvo mucho que ver con ello su rígida mentalidad. Para muchos, la actitud de Furtwängler durante el nazismo suponía una salvaguardia del legado musical en los malos tiempos, aspecto que resulta un tanto ingenuo y presumiblemente condescendiente.

 No obstante, en la conciencia musical de Furtwängler había algo que secretamente sí le acercaba a la ideología nacionalsocialista, aun sin llegar a las terribles consecuencias de su aplicación autoritaria: Furtwängler era un alemán ultraconservador en lo estrictamente musical, representando la música no alemana un papel totalmente accesorio y rudimentario en sus programas. Furtwängler tenía una relación extremadamente escéptica hacia el modernismo. Ya a finales de los años veinte abogaba porque las grandes instituciones concertísticas alemanas, como la Filarmónica de Berlín, tuviesen la obligación de ofrecer en primer lugar las obras maestras clásicas del Romanticismo. Con Schönberg no tuvo una relación especialmente amistosa, aunque fue de hecho el encargado de estrenar las Variaciones para orquesta en Weimar. Pero Furtwängler nunca puso el corazón en Schönberg, Stravinski o Bartok, quedando dichos autores en la periferia de su horizonte musical. Si acaso, se entusiasmó algo más con Hindemith.

 La fobia de Furtwängler por el modernismo radicaba en algo más profundo que la estulticia o el deseo de virtuosismo de un director de orquesta. Una idea sobre su origen la ofrecen, junto a sus múltiples escritos y conversaciones recogidas, sus propias composiciones, unas obras que revelan una enorme altura musical. En una pieza monumental como su Sinfonía nº2 en mi menor (1947), Furtwängler parece dirimir un conflicto del lenguaje coral, elevándose a una síntesis que está a medio camino entre Brahms y Bruckner. No hay dudas de que Furtwängler debió sentir como una tragedia personal en que en vida no se le prestase una mayor atención a sus composiciones. Pero este hecho envuelve de forma trágica y misteriosa las actividades de dirección de orquesta y su halo de singularidad e irrepetibilidad. Los éxitos interpretativos de Furtwängler pertenecieron a un período en que los medios técnicos de reproducción, radiodifusión y discografía poseían ya una gran importancia. Así, la casa discográfica Electrola se aseguró desde muy pronto al director en exclusiva, por lo que su repertorio ha quedado de este modo documentado en múltiples grabaciones para la posteridad. Pero, a pesar de que algunas versiones de Furtwängler se encuadran dentro de los documentos sonoros más fascinantes de su época — auténticos Patrimonios de la Humanidad — no se puede valorar a Furtwängler como un mero “director de medios de comunicación”. Su dominio real no era el estudio, la conserva sonora, sino la representación viva en ópera y concierto, el acontecimiento sonoro distinto en cada caso, surgido de la inmediatez de la ocasión y pudiendo ser retenido sólo mediante el recuerdo.

 Así se puede explicar la aparente contradicción de que Furtwängler estimó hasta la tozudez sólo una pequeña serie de obras consideradas como maestras: Las sinfonías de Beethoven – especialmente la Quinta y la Novena —  de Brahms, de Bruckner, de Schubert y de Schumann; también algunos poemas sinfónicos de Richard Strauss. En lo relativo a la ópera, las mejores muestras de Mozart, Von Weber y el Wagner más tardío. Para Furtwängler estas obras poseían una identidad un tanto oscilante y por ello en cada reproducción tenían que ser de nuevo recreadas. Con esto, las obras permanecían iguales. Así, Furtwängler prácticamente comenzaba cada vez desde el principio, fijando de modo subjetivo un comienzo creador a pesar de que trabajaba una y otra vez con las mismas obras.

 Los últimos años de Furtwängler tuvieron tan poca tranquilidad como en los años anteriores de la Alemania hitleriana. Como eminencia cultural implicada en la política nazi, se le prohibió dirigir en la Alemania ocupada por los aliados en 1945. Entre aquellos que aportaron testimonios en su descargo ante los tribunales de desnazificación se encontraba, con una grandeza de corazón inigualable, Sergiu Celibidache, cuyos días como director interino de la Berliner Philharmoniker quedaron así contados. Después de que Walter Legge — el jefe supremo de EMI — hiciese dirigir a Furtwängler en Inglaterra para grabar algunos discos mientras aún duraba la prohibición alemana, el maestro se puso de nuevo al frente de la Berliner Philharmoniker en mayo de 1947, siendo nombrado su director vitalicio en 1952, pese a que las huellas de una cruel enfermedad ya eran evidentes en su rostro. Envejecido prematuramente, llegó a sufrir perturbaciones del equilibrio e incluso le falló el oído (La firma Siemens le instaló en el atril de dirección un amplificador de volumen). Después de varios desmayos y estancias hospitalarias, Furtwängler falleció el 20 de noviembre de 1954 en Baden-Baden. Su muerte señaló para el mundo de la música alemana el final de una época. Había desaparecido el verdadero mago de una interpretación genialmente improvisada y profunda.

 Furtwängler fue un director de orquesta para quien no había directrices inequívocas, no había figuras de puntuación que indicasen limpiamente los modos del compás. Odiaba la dirección orquestal entendida como un catálogo de órdenes aceptadas complacientemente por los músicos de la orquesta y en consecuencia creó un instrumental comunicativo diferenciado. Sus gestos y su mímica fueron siempre expresión, representación enfática de la música, reproducción preparatoria del evento musical. Una cierta vaguedad o indeterminación del movimiento servía para activar la iniciativa de los profesores de la orquesta y de ahí resultaba una imagen sonora bastante distinta de la rigidez cuasi militar de otros maestros, como por ejemplo, Toscanini. Furtwängler gustaba de permanecer en una postura de aspecto un tanto meditabundo, especialmente durante las primeras entradas al inicio de una pieza, mientras que sus brazos estirados palpaban el aire en líneas serpenteantes, desprendiéndose de esta tensión un primer acorde con aquella concisión indirecta que buscaba. Sus tempi se adaptaban perfectamente a las condiciones acústicas de la sala y jamás presentó nunca algo ensayado sin más: Los profesores y los espectadores siempre podían esperar alguna sorpresa. Pero esto no significaba que reinase lo no deliberado, sino una lógica del sentimiento rigurosa en extremo. Pese a esa evidente subjetividad — posicionamiento totalmente contrapuesto a su coetáneo Toscanini — Furtwängler se sintió siempre como servidor de las obras que interpretó, ensalzando una “verdad” siempre renovada.

 Pero en Furtwängler, la pasión e intelecto no formaban una unidad precisamente apacible, sino siempre tensa y amenazada por la ruptura. Y este aspecto también formaba parte de la fascinación en su arte de dirigir una orquesta. En sus relaciones personales, a menudo difíciles y con ciertas actitudes de divo, Furtwängler extendía también su poder de atracción sobre aquellas capas del público que no se dejaban de seducir fácilmente. Era virtuoso y estrella al mismo tiempo, como una encarnación de la antigua y magistral esencia germana. Con su pasión por lo irrepetible, por lo efímero, por la felicidad del instante, Furtwängler destacó como último exponente de un tiempo que ahora comienza a aburrir con la fijación y conservación de las interpretaciones.

ARTURO TOSCANINI 27 Octubre 2009

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 En muchos sentidos, Arturo Toscanini fue el maestro de la dirección orquestal del siglo XX. Fascinó a varias generaciones de músicos por su incorruptibilidad, intensidad y autoridad. Desarrolló, legitimándose en la partitura, un estilo de interpretación severo y objetivo que parecía más moderno que las artes de interpretación tradicionalmente románticas. Y descubrió, además, el significado y potencial valor tanto de la radio como del disco, a los que adecuaba su modo claro y objetivo de cultivar la música. En efecto, la música siempre fue lo más importante para él y nunca quiso que su persona se situase en un primer plano; en cierto sentido, podemos afirmar que fue una anti-estrella absoluta.

 Ciertamente, la leyenda de Toscanini conoce más bien al irascible tirano del podio que llegaba a romper las batutas en las cabezas de los profesores de la orquesta o que destrozaba las partituras y se salía de los ensayos mesándose los cabellos. Resulta evidente que la furia formaba parte del temperamento de Toscanini. Y, precisamente, el que no siempre pudiera dominar su carácter indicaba una enorme presión interior, una poderosa tensión impulsora; de hecho, Toscanini no fue un puro pedante o un simple metrónomo encarnado en figura humana. La transparencia de su dirección difícilmente hubiera podido brotar de una personalidad pacífica o armónica; más bien, pareció producto de un trabajo vehemente y racionalizado consigo mismo. Toscanini impuso exigencias altísimas para sí mismo y para los demás, resultándole del todo inasequible la felicidad del quehacer musical a través de senderos más bien cómodos y oportunos. Sin interesarse nunca seriamente por alguna otra cosa que no fuera la música, Toscanini estuvo, sin embargo, poseído del espíritu de lo absoluto. Como primer director de orquesta italiano que alcanzó fama mundial, fue una personalidad musical universal que abandonó resueltamente el marco de la tradición de la que procedía. Y esto no sólo puede afirmarse del lugar en el que Toscanini desarrolló su trabajo, sino también de su amplísimo — desde un principio — horizonte musical.

 Indudablemente, Toscanini fue un artista producto de su origen italiano y de su tiempo. Hoy en día, sería realmente difícil que se diera este tipo de director: Las tendencias burocratizantes y prudentemente democráticas de la cultura orquestal actual restarían posibilidades a los directores déspotas y autócratas. Los modos de relación paternalistas y autoritarios entre el director y los profesores de la orquesta han cedido el paso, sin apenas excepciones, a un estilo de comunicación objetivo y colegiado. El orden y la obediencia, que aún se conservan — al menos, simbólicamente — en la relación óptica entre la acción del director y la reacción de los músicos, son reducidos a una unidad de funcionamiento técnico que conserva muy poco de la brillante demostración del poder de los directores y de la simultánea actitud subordinada del colectivo orquestal. En la época de Toscanini, la fe en la competencia de la dirección de un solo hombre todavía era absolutamente inquebrantable. Y en este sentido, el director era producto de una “época de genios”, necesitando casi la “simpleza” de unos músicos “incultos” y no inspirados por la musa para desarrollar su productividad crítico-interpretativa. Esto no significa que Toscanini no sufriera con las orquestas mediocres, aunque este sufrimiento perteneciera a su particular camino del perfeccionamiento de la interpretación musical. Toscanini percibió muy bien esa discrepancia, calificándose como un aristócrata de la música mientras que su corazón burgués latía por la democracia. Años más tarde fue enemigo de los regímenes totalitarios de la época. La libertad musical sólo sería posible si todos, absolutamente todos, los comprometidos en la producción de la música hubieran logrado el mismo grado de conocimiento y amor por ella. Pero como esto no deja de ser una utopía, será entonces bien justificado el dominio autoritario de la voluntad del más competente.

 Toscanini tuvo fundadas razones para sentirse como un pionero. La dirección italiana era, en los años de su juventud, poco más que una mera y vacía rutina. Las partituras tenían sólo una validez limitada, aunque una praxis de interpretación frecuentemente descuidada introdujo no pocas convenciones: La arbitrariedad subjetiva, provista de la aureola de una genialidad romántica, fue muy apreciada por la estética de la interpretación alemana, derivada en buena medida de Wagner. Toscanini percibió con meridiana intuición el peligro de esta tendencia: Las divergencias tradicionales con respecto a una misma partitura se convertían al poco en malos convencionalismos que amenazaban con ocultar progresivamente la verdadera forma de las obras. Sin embargo, una reproducción lo más “fiel” posible a la obra era más fresca, más intensa, más emocionante y, posiblemente, estaría más cerca de lo que realmente el compositor hubiera querido expresar. Pero, para Toscanini, la “fidelidad a la obra” fue la fidelidad a todos y cada uno de los detalles de la partitura. En su tiempo, Toscanini fue un intérprete y lector de partituras de insuperable exactitud filológica, llegando incluso a reprochar a su colega Gustav Mahler un excesivo trato liberal en determinadas obras maestras. En la actualidad, la praxis de la interpretación basada en la investigación de la música es, en muchos aspectos, mucho más rigurosa de lo que fue en tiempos de Toscanini. Pero ello no significa que su mérito, como profeta defensor de la reproducción auténtica de las partituras, tenga que ser injustamente disminuido.

 Toscanini fue — precisamente como músico apasionado y colérico — un trabajador obsesionado por el orden racional de las obras. Nunca convirtió la música en un cauce para sus propios sentimientos o en un espontáneo gesto expresivo. La música era planteada como una arquitectura sonora por completo cuyo principal componente de ordenación fue la estructuración de los tempi. Toscanini se basó en medidas del tiempo iguales, en general rápidas, y sostenidas durante largos períodos. Ello otorgó claros contornos a la silueta sinfónica, evitando que la obra se diluyese en bellos pasajes (De igual manera hizo en la ópera, suprimiendo una línea melódica autónoma). Uno de los secretos de la sensibilidad de su arte fue precisamente que nunca marcó rígidamente el compás en la ópera, sino que logró una línea de dirección viva que estimulaba a los cantantes a ejecutar de un modo superior la expresión musical. Sus lecturas, a veces criticadas como frías, no presentan en absoluto nada de plano o neutral.

 Arturo Toscanini nació en Parma el 25 de marzo de 1867, en una ciudad de intensa tradición operística. El chico, inscrito en 1876 en el conservatorio de su ciudad natal, se tuvo que someter a la disciplina monacal de aquella casa como alumno de violoncelo. Algo de aquel estilo monacal-ascético que vivió en su juventud ejerció una influencia posterior en su manera de trabajar y en su concepción de la vida. Es conocida la historia del debut de Arturo Toscanini como director de una orquesta: El joven violoncelista había viajado con una compañía de ópera a Río de Janeiro en 1886 y en la segunda noche, al ser abucheado el director durante la interpretación de Aida, Toscanini decidió subir al podio — el director titular se había retirado compungido del mismo — y se puso a dirigir toda la obra de memoria. (En sus casi setenta años de actividad como director, Toscanini casi nunca acometió una dirección mirando a la partitura. Un motivo circunstancial de ello fue su miopía. Sin embargo, el minucioso dominio de las obras formaba parte de su intransigente carácter artístico, opuesto a todo compromiso).

 Aquella salida a escena en Brasil no quedó sin consecuencias: Al volver a Italia, el joven maestro se había convertido de pronto en un acontecimiento nacional y así le confiado el estreno en Turín de la ópera Edmea del compositor Alfredo Catalani. Se le disputaron con ahínco muchas ciudades italianas: En 1892 dirigió en Milán el estreno de Pagliaci de Leoncavallo; en 1895 dirigió el estreno italiano de El ocaso de los dioses, también en Turín; en 1897, el estreno de La bohème de Puccini; y en 1898 inauguró la temporada de La Scala de Milán con Los maestros cantores de Wagner. A fines de siglo, se presentó en La Scala con un amplio repertorio operístico. Varias veces fue interrumpida brevemente su etapa de Milán para dirigir en el Teatro Colón de Buenos Aires. Pero la carrera de Toscanini alcanza un primer punto culminante entre 1908 y 1915, cuando trabajó en el Metropolitan de Nueva York y el tenor estrella de entonces, Enrico Caruso, formaba parte del equipo. Entre los hechos gloriosos de Toscanini en Nueva York cuenta el primer estreno americano de Boris Godunov en 1913, pocos años después de que esta obra hubiese repercutido como un terremoto en los ambientes musicales parisinos. En 1915, abandonó precipitadamente el Metropolitan y Nueva York, al parecer porque un perfeccionista musical de su clase no estaba muy por la labor de atender unos compromisos artísticos que en la frenética ciudad norteamericana estaban a la orden el día.

 Entre 1921 y 1929, Toscanini dirigió de nueva las riendas de La Scala de Milán, simpatizando en un principio con el emergente fascismo italiano, circunstancia de la que se avergonzó posteriormente. El hecho de mayor relieve en esta nueva etapa milanesa fue el estreno de Turandot, no acabada aún del todo por Puccini. Desde 1926 a 1928, Toscanini fue el director de la primitiva Orquesta Filarmónica de Nueva York, formación que en 1928 se vio reforzada mediante su fusión con la Orquesta Sinfónica de la misma ciudad. Con esta nueva formación, Toscanini efectuó una muy celebrada gira por Europa en 1930. En 1930 y 1931, Toscanini dirige en los Festivales de Bayreuth, con un Parsifal reposado que sorprendió a unos aficionados de la música que veían en el director italiano a un mero ejecutante de compases vivaces. Con las aproximadamente dos horas de duración del primer acto de Parsifal, Toscanini batió un record. Ya mundialmente famoso, entre 1931 y 1937 fue el invitado de honor en los Festivales de Salzburgo, aunque posteriormente evitó los dos ya mencionados festivales por su animadversión y enemistad declarada hacia el nacionalsocialismo. Por tal motivo, una de las principales razones que le impulsaron en los años siguientes a trabajar en intensa colaboración con los músicos israelitas en Jerusalén, Haifa y Tel-Aviv fue su absoluto desprecio hacia la política racista nazi. Como ya señalamos, pese a unos iniciales escarceos, el director nunca quiso tener que ver en nada con los fascistas italianos desde mediados de los años veinte. Eludió totalmente el ejercicio de la música en su patria hasta el fin de la guerra.

 Un hecho significativo e histórico en el devenir tanto de Toscanini como de la música fue la fundación, en 1937, de la Orquesta Sinfónica de la NBC de Nueva York, una formación con la que Toscanini pudo llevar a cabo como nunca antes sus ideas musicales. Los 17 años de cooperación entre Toscanini y la Orquesta de la NBC produjeron no sólo una gran cantidad de grabaciones radiofónicas, sino también importantes ejemplos de ópera italiana. La mayoría del exponente y estilo de dirigir de Toscanini está presente hoy en día en numerosos documentales de la época. Hay que poner de relieve las grabaciones de las sinfonías de Beethoven, flexibles y delicadas, pero nunca faltas de dramatismo, así como la enérgica y depurada versión de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak.

 A los músicos con los que colaboró, seguramente Toscanini no les infundió siempre sólo admiración y afecto, sino con frecuencia también temor y temblor. Nunca hizo las cosas fáciles ni para sí ni para otros. Tanto más conmovedor fue el final de su carrera: Desde 1950, ya había hecho público en numerosas ocasiones su intención de retirarse como director y ese momento llegó el 4 de abril de 1954, pocos días después de su 87 cumpleaños. En el programa figuraba la Obertura de Tannhäuser y durante la transmisión radiofónica los oyentes notaron de repente que el tempo era cada vez más lento y que los grupos orquestales se estaban descoordinando. Toscanini, el director de la memoria infalible, no había sabido continuar y dejó de dirigir, absorto y mirando al vacío. El ingeniero de sonido puso a toda prisa una sinfonía de Brahms para enmendar en lo posible la accidentada circunstancia. Al poco tiempo, Toscanini pudo recuperarse y la interpretación de Wagner pudo continuar en el estudio. Pareció como si el subconsciente mismo de Toscanini hubiera puesto un violento punto final a su carrera como director. Tres años después, el 16 de enero de 1957, Toscanini desaparecía para siempre en Nueva York.

 La singularidad de Toscanini fue debida a que trabajó con todo su ser en el perfeccionamiento, en el cambio de situación con la que se encontró. Nunca se sintió por completo satisfecho en instituciones tradicionales, como la ópera. Los nuevos medios técnicos le depararon por primera vez una serie de condiciones en las cuales era capaz de trabajar a conciencia. Sólo en este preciso aspecto puede afirmarse que Toscanini fue un “artista de los medios de comunicación”. Estos medios tenían el exclusivo fin de hacer sus mensajes musicales lo más claros posibles. Pero Toscanini fue también un preceptor de la interpretación objetiva, adelantándose a su tiempo. Es cierto que en su generación hubo también influyentes directores que rechazaron de plano el subjetivismo interpretativo, como Félix Weingartner o Richard Strauss, pero donde éstos tendieron a cierta frialdad e impersonalidad, Toscanini estuvo animado, al contrario, por un sentimiento estrechamente vinculado a la proporción y al ritmo. (Puntualicemos que a Toscanini le resultaba particularmente odioso llevar el compás vacío de expresión).

 Muchos críticos y especialistas han reprochado a Toscanini el que no se ocupase lo suficiente de la música moderna, aunque en sus principios adquirió cierto compromiso con la misma, siendo el número de los estrenos protagonizados relativamente amplio. El repertorio de Toscanini permaneció esencialmente en la música compuesta hasta 1900, el tardío apogeo de la ópera italiana y el impresionismo orquestal hasta Debussy y Ravel. Sin embargo, anteriormente a él, no hubo directores italianos que conocieran tan a fondo y de forma tan polifacética la ópera y el concierto, el sinfonismo alemán y el italiano, el arte orquestal ruso y el francés. Exceptuando al malogrado Guido Cantelli (Fallecido prematuramente en 1956 en un accidente de aviación en París) Toscanini no tuvo ningún alumno. A pesar de ello, su influencia en la línea de tradición del estilo moderno objetivo — clásico — de interpretación fue enorme. En vista de la diversificada e incluso difusa interpretación del presente, no cabe esperar que la ortodoxia a la fidelidad de la obra postulada por Toscanini pueda llegar a ser la técnica dominante en las próximas décadas.

 Con esta entrada inauguramos una nueva sección, ESCUELA DE DIRECCIÓN, que como el resto de categorías tendrá una frecuencia mensual. Sin embargo, anteriores entradas publicadas en la sección de GUIÑOS MUSICALES bien pueden también formar parte de esta nueva categoría. Os dejo los enlaces de las mismas: Sergiu CelibidacheKurt Masur Hans KnappertsbuschErich y Carlos KleiberValery Gergiev

Kurt Masur y Robert Schumann: El binomio perfecto 1 Febrero 2009

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 Siempre lo he afirmado: Schumann es un extraordinario sinfonista; aunque criticado, denostado, encasillado como secundario, menospreciado por su defecto cualitativo orquestal, difamado por su frío rigor academicista… Me da igual. Un compositor capaz de crear esta pieza sublime que corresponde al cuarto movimiento de la Sinfonía Renana debe pasar por derecho propio a la historia de la creación sinfónica. En este vídeo que os he servido de enlace contemplamos a un sensacional Kurt Masur dirigiendo este fragmento a la Orquesta Filarmónica de Nueva York en un concierto celebrado en 1995. Masur es, posiblemente, uno de los más grandes intérpretes del período romántico alemán y sus versiones de Schumann son consideradas de total y absoluta referencia. Este vídeo es una simple muestra de lo que es capaz de transmitir este fabuloso director ante una de las joyas más perfectas jamás escritas.

 Masur nació en Brieg, Baja Silesia, territorio actualmente administrado bajo la tutela polaca, en 1927. Pronto demuestra unas extraordinarias aptitudes musicales y de esta forma consigue graduarse en piano, composición y dirección orquestal en Leipzig, uno de los tradicionales y mejores centros musicales de Alemania. Sus comienzos artísticos son fulgurantes y en poco tiempo se ve al frente de los teatros de ópera de Erfurt y Leipzig. Pero su primera gran labor como músico le llega en 1955, cuando es nombrado titular de la Filarmónica de Dresde, uno de los conjuntos más relevantes de la “otra Alemania”.  Masur es consciente de que son años de difícil y duro aprendizaje, de que la carrera de un director orquestal no consiste en llegar, sino en aprender. Así, tras tres años de estudio y asimilación, retorna a otros puestos presuntamente más bajos de nivel, como Mecklenburg y la Ópera Cómica de Berlín Este, en un convencido proceso de afirmación y asimilación musical. Tras unos años en la sombra, vuelve, con más experiencia y conocimientos, a la titularidad de la Filarmónica de Dresde, sabedor de que es el mejor trampolín para dar el salto a la más prestigiosa orquesta de la antigua República Democrática Alemana, la mítica Gewandhaus. No tarda en llegar su oportunidad y en 1970 es nombrado, por fin, titular de la orquesta más representativa de la Alemania comunista.

 Masur se convierte en el icono musical e interpretativo de la DDR, el contrapunto al todopoderoso Karajan. A Occidente llegan sus versiones de las sinfonías de Beethoven y no tardan en convertirse en una valiosa y admirada alternativa a lo que hasta entonces se consideraba una referencia discográfica. La fama de Masur y la Gewandhaus traspasa fronteras y las autoridades de la Alemania Democrática le exhiben como a un héroe y un símbolo de los inmejorables métodos pedagógicos de la misma. De todas formas, como excelente músico, Masur sabe que el lenguaje musical no entiende de ideologías y, con un admirable sentido de la nobleza, se declara entusiasta de Karajan. Ello no impide que exhiba su orgullo por su país y de esta forma se implica como un acérrimo defensor del régimen comunista de Honecker y, consecuentemente, es galardonado con el Premio Nacional de las Artes de la DDR en 1982, en lo que parecía un feliz matrimonio del artista con las autoridades germánicas del este. Paralelamente, su actividad artística es encomiable y ya por entonces se empieza a hablar de su posible postulación a la Filarmónica de Leningrado, la mejor y más prestigiosa orquesta del bloque comunista, ante la más que preocupante e irreversible enfermedad del mítico Mravinsky. Masur, por entonces, es considerado como el mejor director de orquesta de la Europa del Este. Nunca un juicio de opinión tuvo semejantes dosis de objetiva veracidad.

 Septiembre de 1989: Masur conoce de primera mano el injusto arresto de un músico ambulante en Leipzig por parte de la policía política de la Alemania comunista. El maestro se va dando cuenta de que un sistema político nunca puede ser justo cuando impide la libre expresión de las personas y de esta manera no sólo se va apartando de las tesis comunistas de Honecker sino que incluso encabeza manifestaciones antigubernamentales, poniendo en riesgo su propia vida. Tras la caída del Muro, un idolatrado Masur acepta la jugosa oferta que le hacen para dirigir en calidad de titular a la prestigiosa Filarmónica de Nueva York. A pesar de los fortísimos enfrentamientos que mantuvo con parte de la cúpula directiva de la orquesta, la labor de Masur, que concluyó en 2002, superó con creces a la de su predecesor, Zubin Metha. Su salida fue más bien forzada y por ello, los agradecidos músicos neoyorquinos decidieron nombrarle Director Musical Emérito, un cargo creado exclusivamente para homenajear a Masur. Posteriormente, Masur se hizo cargo de la Orquesta Filarmónica de Londres y de la Nacional de Francia, mejorando por enteros el nivel de esta última y siendo también obsequiado con el título de Director Honorario de dicha formación. Actualmente, a sus 81 años de edad, permanece desvinculado de cualquier compromiso regular con alguna agrupación sinfónica y únicamente dirige en calidad de invitado.

 Masur es un director de trazo firme, capaz de desconectar las dos manos a la hora de dirigir — como en el caso de Pierre Boulez —  y dotado de una especial sensibilidad para abordar el período romántico alemán. Muy pocos saben penetrar en el espíritu de las piezas de la manera en que Masur lo hace, con meticulosidad propia de un músico cuya técnica está fuera de toda discusión. A causa de un accidente automovilístico ocurrido en 1972 en el que perdió la vida su primera esposa y él sufrió graves heridas, dirige habitualmente sin batuta, pero su presencia en el podio derrocha personalidad y sus versiones resultan admirablemente claras. Es uno de los directores más grandes surgidos de la escuela centroeuropea y está vinculado, por derecho propio, con los más insignes predecesores de la tradición germánica. Pero ante todo Kurt Masur es un MÚSICO, efectivamente, con mayúsculas.

Knappertsbusch en tiempos de guerra 11 Enero 2009

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 knappertsbusch

 Hasta hace relativamente poco, todavía en Alemania y Austria se solía amenazar a los niños que empezaban a formarse musicalmente con la terrible frase: — Estudia, niño, que sino va a venir Knappy… Era el mejor remedio para las presumibles y puntuales faltas de atención de los menudos estudiantes. Knappertsbusch era esa especie de ogro sobre el que se ceñía toda una temible leyenda muy apta para preservar las conductas de los niños teutones más traviesos, algo así como un “hombre del saco” a la española. Su mera mención implicaba miedo, respeto y temor incluso entre los más valientes. Y es que la imagen de Knappy, con esa insólita batuta de casi un metro de longitud, con esos ademanes circunspectos y rígidos, con esa  desmesurada altura que le hacía sobresalir muy por encima de la orquesta y con ese rictus terrorífico — pómulos faciales hundidos y siniestra coletilla capilar — se prestaba mucho para tal temible fabulación.

 En el vídeo que os dejo de enlace podéis ver una grabación, al parecer de 1942 ó 1943, con los últimos instantes de la interpretación de la Novena Sinfonía de Beethoven. Obviamente, es una filmación de marcado carácter propagandista de la Alemania nazi en unos momentos en los que la Segunda Guerra Mundial no parecía tener aún un claro vencedor ante los dramáticos episodios que se estaban desarrollando en el Frente Oriental. El concierto, aunque da la sensación de ser público, es un montaje donde se nos muestra una toma frontal del director alemán que se va alternando con vistas totales y parciales de las distintas secciones orquestales de una formación que presumiblemente es la Filarmónica de Berlín. En uno de los travelling de la cámara se aprecia fugazmente como no se encuentra público alguno en las primeras filas de la sala Philharmonie, lo que confirma la idea del montaje claramente propagandístico. Además, la inusual toma de los gestos del director, en ocasiones mirando fijamente hacia el objetivo de la cámara, parece no corresponder con una grabación convencional sino, más bien, con una serie de distintos planos que en el proceso de montaje final se han logrado ensamblar con irreprochable ingenio, teniendo en cuenta la época en la que se gestó dicha filmación. A la mitad del vídeo, y como no podía ser de otra manera, se nos presenta toda la parafernalia nazi decorando parte de la antigua sala Philharmonie. Como ya explicó muy bien mi querido Ángel Guirao este pasado verano en un vídeo similar que tenía como protagonista a Wilhelm Furtwängler, el contraste entre la simbología nazi y la belleza de la música más humanamente fraternal que jamás se haya compuesto es, sencillamente, impactante. En uno de los fragmentos el coro entona la frase: Alle Menschen werden Brüder, que viene a significar, más o menos, que Todas las personas llegarán a ser hermanos… Fue una época difícil, sin duda, y a muchos artistas no les quedó otra opción que resignarse ante los desvaríos hitlerianos. Otros, por contra, se convencieron ingenuamente de los ideales nacional-socialistas, ignorando las barbaridades que se estaban cometiendo en Dachau, Treblinka, Auschwitz, Sorbibor… Otros quizás fueron conscientes del todo y trataron luego de ocultar su intolerable vinculación; otros, los más valientes, plantaron cara y tuvieron que exiliarse ante aquella locura ideológica… Pese a todo lo que se ha escrito acerca de las supuestas simpatías que Knappy sostuvo con el régimen totalitario nazi, lo cierto es que Hitler se refirió a él de modo despectivo en numerosas ocasiones. Es más, los nazis le apartaron de un puesto tan llamativo y carismático como era el de la Ópera de Munich e incluso le llegaron a imponer la prohibición de dirigir. En 1936, no obstante, pasó a ocuparse, de manera interina, de la Ópera del Estado de Viena. (Tengamos en cuenta que en aquellos años, los centros alemanes de Berlín o Munich tenían una relevancia mucho mayor para el régimen nazi que el de la asimilada Austria)

 Con tan solo veinticinco años, Knappertsbusch llegó a ser director de ópera de Erberfeld, su ciudad natal. Tras unos años en Leipzig y Dachau, sustituyó en 1922 a Bruno Walter en la Ópera de Munich. La capital bávara se convirtió en su patria adoptiva desde entonces y, tras la Segunda Guerra Mundial, allí pasó a ser un director invitado y honorífico sumamente estimado. Se consideraron “festivos” aquellos días en los que Knappy dirigía el Tristán o El Caballero de la Rosa; también cuando interpretaba su obra más querida, la Quinta de Beethoven. Wieland Wagner, el nieto del compositor y mandamás de Bayreuth, le rescató para dicho festival al reanudarse las representaciones tras la guerra. Knappertsbusch, con su estilo ceremonioso, triunfante y, en cierta medida, pastoso, representaba el más genuino guardián del Santo Grial wagneriano frente a la nueva corriente de experimentadores. Pero frente a esa fama de hermética rigidez que parecía envolver los conceptos artísticos de Knappy, se escondía un hombre que sentía auténtica antipatía por todo lo relacionado con los ensayos. Le encantaba improvisar desde el podio, con una marcialidad y energía que se apoyaba en una prodigiosa técnica de dirección orquestal. Cuentan que en una ocasión al Führer se le antojó escuchar una representación de Tiefland, una ópera de Eugen D´Albert. Para ello, los músicos de la Ópera de Viena fueron convocados a un ensayo que ocupaba el sagrado tiempo del almuerzo de mediodía. En estas llegó Knappertsbusch ante los músicos y les dijo: –”Señores, al Führer le apetece escuchar Tiefland. Muy bien, ustedes ya han tocado esta obra y confían en mí… Yo también confío en ustedes. Así que, ¡Buen provecho!  Nos veremos durante la representación”–

 Knappertsbusch, filósofo graduado también, fue, en mayor medida que Furtwängler, un maestro de la improvisación dado a la inspiración del momento. Pero más allá de ese pragmatismo rutinario, Knappy fue un espontáneo de proceder consecuente: Se dio cuenta de que en la reproducción de lo aprendido durante un ensayo constante había un peligro mortal para el desarrollo del arte. La inspiración era el vehículo de que se servía para inflamarse en la creación musical que surgía de cada vez. En aquellos tiempos, el repertorio se basaba mayormente en coordinar las fuerzas heterogéneas de la representación por encima de una novedosa frescura a la hora de formalizar un montaje de unas obras que se preparaban a través de largos intervalos de tiempo. Las condiciones de interpretación estaban muy lejos del pretendido perfeccionismo moderno e incluso los conjuntos de cantantes eran más estables que los de hoy en día. Knappy fue un director peculiar, alemán en su aspecto aunque más pragmáticamente latino en su proceder. Nunca fue un erudito y, lo mejor, nunca pretendió serlo aunque, pese a ello, su grabación del ciclo completo de la Tetralogía de Wagner es considerada de absoluta referencia por los especialistas. La Filarmónica de Viena le adoró siempre… Lógico, a esa formación también le disgustan de sobremanera los ensayos.

Sergiu Celibidache: El mejor director de la historia ensayando la obra musical más trascendente 4 Enero 2009

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 Se trata de Sergiu Celibidache ensayando el Réquiem de Mozart con la Orquesta y Coro de la Filarmónica de Munich. Ya con esta frase aclaramos el enunciado de esta entrada… Este vídeo – y los subsiguientes que pueden pincharse en el conocido portal YOUTUBE que pongo como enlace — demuestra porqué Celibidache, el maestro gitano que llegó de Rumanía, ha sido y probablemente será por muchos años el MEJOR DIRECTOR DE ORQUESTA de la historia. No es una cuestión subjetiva de favoritismo personal del autor de este blog: Es, simplemente, una tesitura de obligado cumplimiento para homenajear a una persona que me hizo COMPRENDER los fundamentos de la MÚSICA y de su interpretación, por encima de determinados clichés que no sirven sino para edulcorar un producto que de por sí es sencillamente eterno e imperecedero. El estudio de la Teoría Musical, de la Armonía, de la Fuga y Contrapunto, del Análisis, de la Orquestación e Instrumentación, de la Estética, de la Historia de la Música… Son aspectos esenciales para tratar de asimilar la obra de una serie de privilegiados que prescinden, generalmente, del uso de la palabra para expresar sus emociones. Pero ahí no ha de acabar la labor de todo aquel estudiante que quiera vivir y participar de este arte; ni mucho menos. Amar la Música es tratar de comprender su fundamento, es tratar de dar con la clave del mensaje que el compositor nos brindó en un papel pautado con correcciones y rectificaciones (Excepción de Mozart, quién seguía pulcramente y sin tachas el dictado divino… O del Diablo, quién sabe) y lograr edificar esa circunstancia con arreglo a las pautas creativas. Es una labor complicada y difícil que, por desgracia, no se enseña en los conservatorios. Un ensayo de Celibidache, a mi juicio, tiene tantos créditos musicales — o más — que cualquier tedioso programa de Dirección Orquestal basado en aprender a llevar el ritmo con la mano derecha y matizar con la izquierda. No se trata de leer música y ejecutarla: Se trata de leer, comprender, asimilar, desentrañar, construir y… ¡Transmitir! Así de simple y sencillo. La fidelidad a la partitura ha de ser TOTAL (Escuela de dirección de Swarowsky) pero la transmisión conlleva un ideal de estética abierto a cualquier subjetiva ponderación consecuente para aumentar la belleza expresiva de lo que el compositor dejó anotado en la partitura. Stravinsky, genial compositor, era un mediocre intérprete como director de sus propias obras. También Schumann. Grandes genios de la batuta tuvieron la complicada labor de traducir un sentido metafísico de la obra creada que va mucho más allá del compromiso inicial de su creador. No olvidemos que el principal protagonista de este vehículo artístico de expresión es la MÚSICA, por encima de todo. Celibidache comprendió como nadie esa trascendente labor. Un simple ejemplo: Koussevitzky fue un gran amigo de Prokofiev y su versión de la Sinfonía Clásica se considera veraz según la tesis del autor, con vertiginosos y acelerados tempi. Muchos años después, Celibidache ralentiza hasta la extenuación esos tempi para tratar de descubrir todo el fantástico mundo que encierra esa partitura. ¿Cuál debe ser nuestra opción como oyentes? Simplemente, la que consiga emocionarnos más. Probablemente, Prokofiev hubiera torcido el gesto ante la lentitud mostrada por el director rumano pero habría también descubierto que era mucho mejor compositor de lo que él mismo se creía… Hace poco, en este mismo medio, escribí acerca de las pocas anotaciones expresivas que Mozart indica en la partitura del Ave Verum Corpus: Simplemente “Sotto voce”. Estoy seguro de que Mozart quiso decir: “Ejecutad esto como os salga de las narices… Pero es tan bello que, hagáis lo que hagáis, sonará de fábula. Probad” — Obviamente, esto no es más que mi opinión (Espero que Mozart no se enfade conmigo).

 Sergiu Celibidache procedía de Rumanía, donde estudió matemáticas y filosofía, aunque posteriormente se convirtió en ciudadano alemán a todos los efectos. Comenzó trabajando como pianista en una academia de baile en Bucarest y su amor hacia la música le hizo partir rumbo a París y Berlín donde, aparte de profundizar en los estudios de composición y dirección, perfeccionó las materias de filosofía y matemáticas. Se doctoró en filosofía con un trabajo que abordaba la técnica compositiva del conocido autor medieval Josquin Des Prez. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Celibidache se encuentra en Berlín y, gracias a numerosas apariciones en radio, era bien conocido en los círculos musicales berlineses. En 1946 es elegido titular de la Filarmónica de Berlín tras la repentina muerte de su predecesor, Leo Borchard, y con un contrato un tanto humillante: Sería director mientras que Furtwängler estuviera aún incapacitado para dirigir como consecuencia de la “desnazificación” que se vivía en Alemania en aquellos tiempos. Celibidache conquistó al público berlinés con su estilo efectivo y vigoroso, además de a una orquesta que admiraba sus dotes como artista. Pero al mítico Furtwängler se le levantó la sanción y bajo ningún concepto estuvo dispuesto a renunciar a la jefatura, ni mucho menos compartida, de “su” orquesta berlinesa. Celibidache se largó desilusionado y dio la espalda a muchos homenajes y condecoraciones con las que fue agasajado. No tardó en volver ese desencanto alemán: En 1954 fallece Furtwängler y el nombre de Sergiu suena como más que probable director titular. Tras tensas votaciones y reuniones en el más estricto secreto, la agrupación berlinesa se decanta finalmente por Herbert Von Karajan, aunque por una exigua diferencia de votos. Tres décadas más tarde se repite la historia cuando se empieza a especular con el nombre del sucesor de Karajan. A esas alturas, Celibidache ya ni se lo toma en serio…

 Después de 1950 Celibidache trabaja como director invitado en numerosas orquestas del mundo y sólo en 1961 acepta el puesto de titular en la Orquesta de la Radio Sueca de Estocolmo. Durante aquellos años polemiza en numerosas entrevistas poniendo en cuestión la calidad de muchas orquestas alemanas, pese a que en 1972 ingresa como fijo en la Orquesta Sinfónica de la Radio de Stuttgart. Es preciso señalar que Celibidache evitó siempre el trabajo de continuidad con las llamadas orquestas de élite aunque hay que tener en cuenta que la tenaz resistencia que siempre opuso el maestro rumano a la hora de grabar discos fue también “tomada en consideración” con los directivos de las principales agrupaciones sinfónicas en sintonía con los mandamases de la industria discográfica. Sin embargo, en 1979 se pone al frente de la Orquesta Filarmónica de Munich, sucediendo Rudolf Kempe, fallecido en 1976, y se convierte en una figura de culto por los exigentes círculos filarmónicos de la ciudad bávara. Logra eclipsar a figuras reputadas como Wolfgang Sawallisch, a la sazón director de la Ópera de Munich, y a Sir Colin Davis, titular de la otra y más prestigiosa orquesta muniquesa, la Sinfónica de la Radiodifusión Bávara. Sus conciertos, pese a lo reducido del repertorio, eran esperados con una expectación casi religiosa y logró impulsar a la Filarmónica de Munich a la altura de las mejores orquestas alemanas del momento. Celibidache no sólo consiguió “reeducar” musicalmente a los miembros de la agrupación muniquesa sino que también mejoró sus condiciones de trabajo y consiguientemente sus retribuciones económicas. Esto sirvió para que muchos de esos músicos se concentrasen exclusivamente en la orquesta y abandonasen otras actividades musicales suplementarias. Pero este sabio proceder trajo la inesperada crítica del público: Se le reprochó, torpemente, que su gestión hizo elevar los gastos de la orquesta a niveles inaceptables. Ya se sabe lo que ocurre cuando el poder político entra en escena en el mundo de las artes. También tuvo problemas legales con algún que otro profesor de la orquesta, como el famoso pleito que mantuvo contra la trombonista Abbie Conant y que, tras doce años de batalla jurídica, se saldó con el triunfo de la solista y su posterior rehabilitación. Conant se tomó posteriormente la venganza y acusó de sexista al veterano maestro rumano.

 Celibidache nunca tuvo inconveniente para hacer ostentación de su talento, ni mucho menos, y ello le convirtió en enemigo “de facto” de muchas celebridades de su época. Nunca tuvo reparos para descalificar gravemente a Karajan, Sawallisch o al mítico Knappertsbusch con total naturalidad. De Arturo Toscanini se refería como “un idiota que gobernó por sesenta años”. Al bueno de Karl Böhm le hizo tal menosprecio que el director de Graz declaró que “no dirigiría nunca a la orquesta muniquesa, al menos en un previsible futuro”. Los críticos musicales tampoco escaparon de sus diatribas: Uno de los más afamados críticos alemanes, Joachim Kaiser, fue blanco permanente de sus más mordaces ataques. De esta forma, no sorprendió en absoluto que en 1984, durante una enfermedad y posterior convalecencia que le obligó a renunciar a muchos de sus conciertos, muy pocos directores se “atrevieran” a ocupar el atril temporalmente vacante. Pero Celibidache tampoco ocultó sus simpatías: Leonard Bernstein fue su director más admirado. Y dicen que también Lorin Maazel. Pese a la antaño controversia burocrática con Furtwängler, el maestro rumano estuvo siempre enmarcado en esa línea de romántica libertad interpretativa en la que el mítico director alemán era el referente. Frente a ellos, la otra escuela clásica de fidelidad absoluta, representada por Toscanini, y seguida por Scherchen y Leibowitz (También magistrales directores, por supuesto) suponía el contrapunto.

 Celibidache fue un excéntrico, un divo, una personalidad cautivadora, insustituible y única. La música para él era algo completamente intelectual y a la vez sensual. Enseñó regularmente en Mainz y los numerosos cursos y clases magistrales que impartió fueron de libre asistencia y con entrada gratuita. Era un perfeccionista del género y ello puede explicar porque nunca se introdujo de lleno en la ópera, un mundo ambiguo donde el director no es el único responsable. Su repertorio no fue muy extenso aunque sí muy diversificado. Mozart, Beethoven, Brahms, Berlioz, Dvorak, los sinfonistas rusos y Ravel. En su última etapa abordó a Bruckner de manera magistral y antológica. La llamada música moderna no ocupó en sus programas un lugar especialmente privilegiado. Sus tempi, muy criticados por excesivamente lentos en la última fase de su vida artística, desentrañan una gran arquitectura interior de equilibradas proporciones, chispeante y sólida. Sus últimas intervenciones en el podio, generalmente sentado, nos permiten contemplar a un director contenido, concentrado, parco en movimientos y, sobre todo, elocuente. Con su muerte, acaecida en París en 1996, se cierra una de las páginas más brillantes de toda la historia de la interpretación musical. O, por lo menos, de la más químicamente veraz. Desde entonces, nadie ha ocupado su trono.

Erich Kleiber y Carlos Kleiber: De tal palo… 20 Diciembre 2008

Posted by leiter in Escuela de dirección, Guiños musicales.
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 No deja de ser una de las historias más bellas y poéticas de la historia de la interpretación musical: Erich Kleiber era por entonces uno de los directores de orquesta más aclamados del panorama germano. En 1923 es nombrado director musical de la Ópera de Berlín y allí realiza una labor encomiable, modernizando la institución y promoviendo el estreno de las obras de sus contemporáneos. Así, en 1925, dirige el estreno de Wozzeck, de Alban Berg. Como la segunda ópera del maestro austríaco, Lulú, es etiquetada como “non grata” por las autoridades nazis, el honrado Erich renunció a su cargo de director en Berlín como protesta. De aquellos tiempos, concretamente de 1932, conservamos un vídeo con la interpretación del Vals del Danubio Azul de Johann Strauss al frente de la Orquesta de la Ópera de Berlín. En dicha cinta podemos apreciar el alto concepto artístico que atesoraba Erich Kleiber en aquellos momentos, con una versión grandiosa y técnica del archiconocido vals de Strauss.

 Fueron tiempos difíciles y, obligado por las presiones del gobierno nazi, a Erich Kleiber no le quedó otra alternativa que la de emigrar a la Argentina, sabedor de hasta dónde iba a llegar la locura pangermana del régimen de Hitler. En aquella tierra, ya conocida por haber dirigido allí en anteriores giras, consigue ser nombrado director del famoso Teatro Colón de Buenos Aires. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, las nuevas autoridades alemanas le ofrecen volver a su antiguo puesto de director de la Ópera de Berlín. Erich reniega al darse cuenta de que dicha institución se halla bajo el dominio ruso y no llega a dirigir una sola representación. Pasa a convertirse en un director invitado muy requerido.

Su hijo Carlos, pese a haber nacido en Berlín en 1930, es nacionalizado argentino y allí comienza su educación. El padre se oponía tajantemente a que Carlos se dedicase a la música y surgieron muchos conflictos familiares por ese motivo. Pero las aptitudes de Carlos Kleiber eran enormes y terminó sus estudios musicales especializándose en dirección orquestal. Heredó una considerable fortuna de su padre y nunca se sintió un director convencional. Su repertorio fue muy limitado por el motivo de buscar la mayor perfección en aquellas obras que gustaba dirigir. Su Brahms es inmenso, así como su Beethoven. Se convirtió en un músico idolatrado que no ofrecía entrevistas y que se salía de los habituales cauces de una figura de su talla. Las orquestas le adoraban y la propia Filarmónica de Berlín le hizo llegar una oferta para ser su titular cuando el mítico von Karajan falleció. Renunció y siguió con su política de dar escasos conciertos que eran esperados con religiosidad por parte de unos aficionados que le idolatraban. Se sentía a gusto en su Orquesta del Estado de Baviera y sus contadas actuaciones eran todo un acontecimiento. Fue una figura de culto. Posiblemente no ha habido un director tan elegante como Carlos Kleiber, con sus aires aristocráticos a la hora de dirigir, con su amplio y heterodoxo gesto de dar vueltas con la mano derecha para señalar el discurso melódico, con su cruce de piernas simulando componer un improvisado paso de baile encima del podio y, sobre todo, con su eterna sonrisa de seguridad y amor a la música. Era un hombre enamorado de cuanto le rodeaba y así no tardó en acompañar a su esposa una vez que esta hubo fallecido. Dirigió en dos ocasiones el tradicional Concierto de Año Nuevo en Viena. Aquí os pongo el enlace a un vídeo con su interpretación del Vals del Danubio Azul, la misma pieza que tocó su padre en el anterior vídeo y en aquellos convulsos años berlineses. Es IMPOSIBLE dirigir esta inolvidable pieza mejor. Este vídeo es un homenaje a la MÚSICA. Descansen en paz los Kleiber: De tal palo…

 

¡ATENCIÓN! Un loco anda suelto por Salzburgo… ¡Y sin sin batuta! 7 Diciembre 2008

Posted by leiter in Escuela de dirección, Guiños musicales.
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 ¡Atención! ¡Peligro! Un loco anda dirigiendo a la Orquesta Filarmónica de Viena en el Festival de Salzburgo y además sin batuta. Se ruega avisen a las autoridades en caso de avistamiento. Recomendamos encarecidamente no molestar al individuo so pena de quedarnos hipnotizados ante sus hechizantes movimientos de manos. Tápense los oídos y cierren los ojos: Enorme riesgo de contagio.

 Bromas aparte, aquí os dejo un guiño de VALERY GERGIEV dirigiendo a la Wiener Philharmoniker durante el Festival de Salzburgo del año 2000. El vídeo muestra al gran maestro ruso interpretando el último movimiento de la Sinfonía Clásica de Prokofiev con ese peculiar estilo consistente en dar saltos, fingir la batuta con la prolongación de sus dedos, adoptar expresiones cuasi demenciales y gritar a la orquesta. Si el bueno de Karl Böhm levantara la cabeza y viera tal heterodoxa forma de dirigir a su más querida orquesta, no dudo en que se volvería a la tumba no sin antes haberle dado un par de buenos tortazos al aforado moscovita. Aunque, seguramente, el veterano maestro de Graz hubiese comentado a sus íntimos: –”El caso es que la orquesta suena muy bien…” –. En efecto, se podrá criticar ese estrafalario estilo de dirigir una orquesta, esa manera de despeinarse como consecuencia de los interminables vaivenes sobre el podio y esas pintorescas formas de dibujar la secuencia melódica, pero, hasta el momento, todo lo que yo he escuchado del director ruso me ha parecido, cuanto menos, extraordinario. Sus versiones de Prokofiev son, hoy en día, insuperables (Y, además, le va mucho ese tipo de música a su peculiar modo de dirigir). No me extraña que Gergiev haya sido alumno de Yuri Temirkanov, a quién yo observé en el Real como marcaba las entradas con la nariz en la Cuarta de Chaikovsky. Y tampoco me sorprende que una orquesta tan exigente y comprometida como la London Symphony haya decidido nombrarle director titular, sucediendo al mítico Sir Colin Davis.

¿Y la orquesta?  Pues afirmo que la Wiener Philharmoniker es la mejor del mundo, a pesar de que en un reciente reportaje de la prestigiosa revista británica Gramophone este honorífico puesto haya sido adjudicado a la no menos prestigiosa Concertgebouw de Amsterdam.  Tan sólo me basta con escuchar el sonido de la cuerda y de las maderas en el vídeo del enlace con la interpretación de Gergiev para reafirmar mi predilección por la agrupación vienesa. Por cierto, en breve dejaré colgada la lista con las, a mi juicio, diez mejores orquestas del mundo. Pocas sorpresas, anticipo.

 Un loco anda suelto por Salzburgo sin batuta. Sí, pero un loco genial. Seguiremos muy de cerca las andanzas de Valery Gergiev. Si creéis estar inmunizados contra cualquier tipo de interpretación musical, os dejo este fragmento con el final de El Pájaro de Fuego de Stravinsky, en la misma versión de Gergiev y sus embrujados vieneses. ¡Peligro! ¡Alto voltaje! Final no apto para cardíacos… ¡Brillantísima versión! Tengamos siempre en cuenta que la labor de un director empieza justo en el día en que toma la partitura y la estudia. El concierto es la última parada de un viaje que, por lo general, resulta apasionante. Disfrutad con Gergiev y… ¡Sed prudentes si por casualidad coincidís con él!

Con esta entrada inauguramos una nueva sección en este bar de LEITER´S BLUES,  guiños musicales, que tendrán cabida preferentemente los fines de semana. Teníamos pensado cerrar sábados y domingos pero cuando acudimos al local el sábado por la mañana para limpiar se nos cuela una panda de tangerinos amigos de Celia y no nos queda más remedio que invitarles. Como son gente educada y de principios responden a la invitación con otra. Y claro, como suele ser habitual, yo acabo hablando de música…