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Christoph Willibald Gluck: El primer gran reformador de la ópera 2 Noviembre 2009

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Gluck retratado en 1772

* Nacido el 2 de julio de 1714 en Erasbach, Oberpfalz, este de Baviera
* Fallecido el 15 de noviembre de 1787 en Viena

 Desgraciadamente, sabemos aún muy poco de los primeros años de Christoph Willibald Gluck. Al parecer, era hijo de un guardabosque que se sintió aterrorizado ante la idea de que su hijo quisiera dedicarse a la música. Por ello, a los 13 años, el joven Christoph decide poner fin a esas paternales pesadillas y en consecuencia decide largarse de su casa rumbo a Praga. Se supone que debió ingresar en la Universidad, aparte de cursar los correspondientes estudios musicales, ya que acabó entrando al selecto servicio del príncipe Lobkowitz como músico de cámara, cantante e instrumentista. Según parece, la estancia en Praga se prolongó desde 1727 hasta 1734. Sobra decir que, con esta incipiente precocidad, su talento debió ser del todo formidable.

 Tras su aventura bohemia, Gluck parte para Viena, en donde su estancia duró dos años. Allí, los emperadores Leopoldo I y Carlos VI habían impuesto su profunda pasión por la ópera italiana y Gluck mantuvo contactos con gente destacada. De esta manera, Gluck sopesa la idea de trasladarse a Italia para perfeccionarse en una forma artística imprescindible del todo para prosperar en la capital austríaca. La ocasión le llega de la mano del príncipe Melzi, quien decide contratar a Gluck como músico de cámara y lo lleva a Milán en 1737. Allí permaneció Gluck durante ocho años, formándose con los músicos más relevantes de Italia en ese momento, Sammartini, Lampugnani y Leonardo Leo. Llega el estreno de su primera ópera, Artaserse, que fue muy bien recibida y le granjeó tanta notoriedad que acabó por recibir numerosos encargos. Ya familiarizado con el estilo de ópera que estaba entonces vigente en Europa, Gluck contacta de nuevo con el príncipe Lobkowitz, quien se lo lleva a Londres. Allí Gluck consigue estrenar La caduta de´giganti en 1745, recibiendo por respuesta una más que fría acogida. Las malas lenguas afirman que Haendel dijo de Gluck que sabía menos contrapunto que su propio cocinero… Gluck se vio obligado a alternar la composición con la ejecución pública de instrumentos insólitos, como la armónica de cristal tañida con los dedos mojados en agua. Finalmente, en 1746, decide abandonar Inglaterra y recorre el norte de Europa como director de una compañía de ópera italiana. En Copenhague presentó la ópera La contesa de´Numi en 1749.

 Después de esta etapa, Gluck regresa a Viena en 1750 y decide poner fin a sus problemas económicos declarando su amor exclusivo e imperecedero por Mariana Pergin, una rica heredera con quien finalmente se casó. Con la calma que otorga la despreocupación financiera, Gluck se resuelve como un magnífico compositor al que no paran de lloverle los encargos. El futuro rey Carlos III de España le encarga una partitura y Gluck compone su primera gran obra, La clemenza di Tito — tema sobre el que Mozart escribirá otra ópera años más tarde –, una ópera que a los napolitanos les pareció excesivamente “culta”, aunque resultó un éxito en parte a los buenos oficios del castrado Caffarelli. En esa ópera destacaba un aria, Se mai senti spirarti nel volto, que luego Gluck colocó en su ópera Ifigenia en Tauride, la obra maestra de la reforma gluckiana, con lo que se demuestra que ya en ese momento el artista estaba evolucionando hacia su nuevo estilo.

 En 1756 viaja a Roma y es nombrado caballero de  la Orden de la Espuela de Oro por el papa Benedicto XIV como consecuencia del éxito alcanzado en dicha ciudad con su ópera Antígono; pero es entonces cuando se produce un cambio de estilo debido a la influencia de un libretista que se había establecido en Viena, Rainiero de Calzabigi. Al parecer, dicho poeta, apoyado por el conde Durazzo, intenta contrarrestar el prestigio del poeta Metastasio, libretista oficial de la corte de María Teresa de Austria. Para ello, atrajeron a Gluck a su causa, pese a las excelentes relaciones que mantenía con Metastasio. La intención era la de realizar óperas en un nuevo estilo que mostrasen la insuficiencia de los libretos tradicionales elaborados por Metastasio, desterrando de la ópera italiana los excesos de su tiempo. De esta manera, el 5 de octubre de 1762 se presenta en Viena Orfeo ed Euridice, que fue bien recibida pero sin producir los fulminantes efectos que sus autores esperaban. Quizás debido a ello, Gluck vuelve a su antiguo estilo, estrenando algunas óperas incluso con textos de Metastasio, como La rencontre imprévue, durante los años siguientes. Pero la idea de la reforma seguía dando vueltas en su cabeza y para ello Calzabigi preparó un nuevo texto para la ópera Alceste, estrenada en 1767. En la partitura, Gluck escribió un célebre prólogo en el que comenta los propósitos que impulsaban esta reforma. Este prólogo significa la declaración artística más importante realizada hasta entonces por un compositor y señala el inicio de una nueva era en las relaciones del artista con su producto: Estaba naciendo una nueva manera de componer que afectaría no sólo a la ópera, sino a todo el resto de la música europea.

 En 1770, se estrena, también con libreto de Calzabigi, Paride ed Elena, hoy recordada por su inolvidable aria oh del mio dolce ardor. Tras el estreno, Calzabigi desaparece de la escena y es el propio Gluck quien se ocupa exclusivamente de hacer progresar sus reformas, Así, el compositor viaja a París y comprueba que su reforma se aproximaba a los antiguos ideales de Lully pero, sobre todo, a los recientes de Rameau. Con motivo de una polémica en la que se decía que el francés no era un idioma adecuado para la ópera, Gluck ofrece una versión “francesa” — y en francés, claro está — de su Orfeo ed Euridice en la Ópera de París. Esta polémica dejaba adivinar una soterrada cuestión entre los partidarios de Rousseau y el grupo de enciclopedistas franceses que criticaban el arte musical francés, y la delfina María Antonieta — hija de María Teresa de Austria — que conocía a Gluck de sus años en la corte de Viena y que le apoyó sin discusión para intentar resucitar la gloria de la antigua ópera seria francesa. Por estas razones, Gluck consigue que también se acepte su nueva ópera Iphigénie en Aulide para la Ópera de París, estrenada con enorme éxito el 19 de abril de 1774 pese a las tensiones surgidas durante los ensayos y que sólo la intransigencia demostrada por el compositor en los mismos pudo llevar a buen puerto todo el proceso representativo. Mientras, el Orfeo ed Euridice pasa a ser “oficialmente” una ópera francesa, cambiando el castrato para la que había sido inicialmente escrita por un tenor. La fama de Gluck en París fue incontestable y así, en 1776 y 1777, estrenó sucesivamente Alceste — en su versión francesa — y la nueva Armide.

 Pero estos avasalladores triunfos fueron contestados por los partidarios del estilo italianista, quienes se concentraron en torno a la figura que acababa de llegar a París, Niccolò Piccini, autor de La buona figliuola, una ópera que había hecho llorar, reír y cantar a media Europa. Surgieron así los bandos de gluckistas y piccinistas, enemistados hasta lo indescriptible, aunque el inteligente hecho de que ni Gluck ni Piccini aceptaran involucrarse en esas rencillas consiguió que al menos las disputas no traspasaran los límites de lo estrictamente tolerable. Incluso se dio la circunstancia de que tanto Gluck como Piccini trabajaron simultáneamente — Gluck arreglando la versión italiana — de Ifigenia en Tauride. Piccini dio muestras de su caballerosidad al dejar que el maestro alemán estrenara primero su versión. Gluck intentó también dar un nuevo giro de tuerca con su obra Echo et Narcise, muy mal acogida por el público. Comprendió entonces que su labor había culminado y decidió regresar a Viena, donde llevó una existencia tranquila, llegando incluso a conocer a la familia de Mozart. Un ataque de apoplejía le llevó finalmente a la tumba el 15 de noviembre de 1787.

 Gluck se ganó un lugar en la historia de la música gracias a las reformas que aportó a la ópera. Propugnó una textura más continua, en la que la música servía a la poesía y al drama del libreto, en vez de al virtuosismo del cantante. Con una caracterización intensa, unos argumentos simples y un planteamiento de la música a gran escala, Gluck resucitó temas y emociones universales. Su obra preparó el terreno a las grandes óperas del siglo XIX, aunque sus temas, generalmente inspirados en los mitos griegos, diferían mucho de “la sangre y los truenos” de la misma centuria. Para quien gusta de su estilo, sus obras son refrescantes como un vaso de agua frente a una copa de vino embriagador.

OBRAS

- 30 Óperas, destacando las seis de la reforma: Orfeo, Alceste, Paris y Elena, Ifigenia en Tauride, Ifigenia en Aulide y Armide
- 2 Ballets
- 6 Sonatas en forma de trío
- 9 Sinfonías
- Una Coral sin acompañamiento (De profundis)

Giuseppe Verdi: El músico idóneo para una nueva Italia 5 Octubre 2009

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Giuseppe Verdi hacia 1850

* Nacido el 10 de octubre de 1813 en Roncole, Parma
* Fallecido el 27 de enero de 1901 en Milán

 

 Por paradójico que pueda parecer, Verdi fue inscrito en el Registro Civil de Roncole con los nombres de Joseph Fortunin François… Ello fue debido a que el imperio de Napoleón, que ya tenía las horas contadas, aún ocupaba la Italia septentrional. Los padres de Verdi, Carlo y Luigia, regentaban una humilde posada que era aprovisionada por un rico mayorista de la vecina Busseto, Antonio Barezzi, un hombre que tuvo mucho que ver con la futura educación musical de Verdi. El niño recibió sus primeras nociones musicales en la casa parroquial del pueblo y su padre, haciendo un gran esfuerzo, le regaló una pequeña espineta para que se ejercitara y que la criatura no tardó en destrozar por su forma tan impulsiva de tocar. Con tan sólo ocho años, Verdi había realizado tales progresos musicales que solía sustituir al organista del pueblo. Y ya en aquellos tiempos el espíritu del niño parecía poseer dotes sobrenaturales: Un día, el chiquillo estaba tan absorto escuchando el órgano de la parroquia — por lo que estaba desatendiendo el oficio religioso — que el sacerdote Giacomo Marzini le propinó un bofetón que le hizo rodar por el altar. El airado monaguillo Verdi contestó: –”¡Ojalá te parta un rayo!”– Y, efectivamente, unos años después un rayo fulminó a Marzini y a otras cinco personas al caer sobre la iglesia… Sin duda, el chico prometía.

 A instancias del mayorista Barezzi, Verdi fue enviado con diez años a Busseto para proseguir con su formación musical, Fueron años duros, de una educación casi espartana, en los que el niño tuvo que alternar con sus obligaciones de organista en la vecina Roncole. En uno de estos trayectos se cayó en un pozo y fue salvado de morir in extremis por una aldeana que afortunadamente pasaba por aquel lugar. Durante estos años Verdi fue desarrollando un  peculiar mal carácter que le habría de acompañar a lo largo de toda su vida, un ser cuyos arrebatos de cólera eran realmente temidos. Con 18 años, Barezzi le admite en su propia casa como huésped y Verdi, para agradecer semejante hospitalidad, se enamora de la hija del mayorista, Margherita, con quien acabaría posteriormente casándose. Curiosamente, Barezzi estaba tan convencido de las cualidades musicales de Verdi que, lejos de enfadarse por el cortejo a su hija, consiguió una beca para que Verdi pudiera estudiar en Milán. Pero en el conservatorio de la ciudad lombarda descubrieron que Verdi era muy limitado en sus capacidades pianísticas y fue rechazada su petición de ingreso, teniendo el joven que acudir a la enseñanza privada, también costeada por Barezzi. En Milán, Verdi pudo acudir a diversas representaciones y ensayos en La Scala y en la Sociedad Filarmónica. En una ocasión aconteció que estaban ensayando La Creación de Haydn en la Sociedad Filarmónica y los tres directores titulares de la institución enfermaron. Verdi tomó la batuta y el éxito de la representación fue tal que le encargaron componer una ópera sobre libreto de Antonio Piazza. Pero por desgracia, Verdi tuvo que regresar a Busseto para hacerse cargo del puesto de organista, ya que había fallecido el titular. Lo realmente curioso fue que tal puesto recayó en otra persona y Verdi tuvo que refugiarse como maestro municipal de música. Como la situación no parecía ser muy alentadora, Verdi aprovechó para casarse con Margherita en 1836. Tras ser padre de dos criaturas que desafortunadamente no tardaron en fallecer, Verdi dimite de sus cargos y, con la generosa ayuda de su ya suegro Barezzi, vuelve en 1839 a intentar de nuevo el salto artístico en Milán. El 17 de noviembre del mismo año estrena, con un éxito moderado, Oberto, conte di San Bonifacio en La Scala. El entonces empresario Bartolomeo Merelli, a la sazón gerente de La Scala, vio en Verdi a una gran promesa musical y por ello decide encargarle una nueva ópera, de carácter cómico, por exigencias del equilibrio de géneros en la programación. La obra, Un giorno di regno, fue estrenada, luego de muchas peripecias, el 5 de septiembre de 1840 con un resultado desastroso (Verdi nunca estuvo convencido de la obra). Ello provocó tal depresión en Verdi que se planteó muy seriamente su abandono irreversible como compositor, regresando del todo compungido a Busseto. Aquel año fue del todo trágico ya que su esposa Margherita falleció al no poder superar una enfermedad.

 Verdi aguantó muy poco el ambiente de Busseto — muchos se burlaron despiadadamente de su fracaso en Milán — y decidió regresar de nuevo a Milán ya que allí, al menos, sería un ser del todo anónimo. Sin embargo, Merelli estaba tan convencido de las capacidades musicales de Verdi que, pese al fracaso Un giorno di regno, propuso a Verdi la composición de una nueva ópera sobre libreto de Temístocle Solera. Verdi se negó en un principio pero la insistencia de Merelli fue tan obstinada que al compositor no le quedó más remedio que tomar la pluma y el papel pautado. Durante los ensayos de aquella nueva ópera el clima era del todo eufórico, no ya sólo entre los cantantes y músicos, sino también entre los tramoyistas, pintores e iluminadores que abandonaban sus quehaceres para asistir boquiabiertos a todo lo que estaba ocurriendo en la escena de ensayos. Finalmente, la ópera en cuestión, Nabucco, se estrenó el 9 de marzo de 1842 con un éxito difícil de narrar: Una vez interpretado el famoso coro de esclavos hebreos, Va pensiero, el teatro se levantó de golpe y se concedió, tras casi media hora de aplausos y vítores, un bis del mismo, algo que contravenía la normativa de La Scala. La escena del coro significó para los italianos el reflejo de su propia situación bajo el yugo de la ocupación austríaca y por ello no resultó extraña tal demostración de patriótico entusiasmo. Nabucco fue la primera ópera de Verdi con clara intencionalidad política y el compositor se convirtió en un símbolo de la ansiada independencia italiana. Nabucco, por exigencias de programación, sólo pudo repetirse ocho veces en marzo; pero en verano llegó a representarse durante 57 noches seguidas, algo realmente extraordinario. La vida de Verdi experimentó un cambio radical y su figura fue disputada en todos los salones de la alta burguesía milanesa.

 Tras el clamoroso aldabonazo de Nabucco, Verdi estrenó al año siguiente I lombardi alla prima Crociata, ópera que también contenía un coro, O Signor che del tetto natio, que evocaba las dulzuras de una patria lejana y que de igual manera se empezó a cantar por las calles en clara referencia intimidatoria frente a las tropas austríacas. Dos años más tarde, Verdi estrena el 19 de marzo de 1844 la ópera Ernani, con libreto de Francesco Maria Piave, en La Fenice de Venecia con un éxito absoluto aunque menos arrollador. Empezó una época vertiginosa en la producción operística de Verdi: El 3 de noviembre del mismo año presenta I due Foscari en Roma; el 15 de febrero de 1845, Giovanna d´Arco en La Scala; sólo seis meses después, Alzira en el Teatro San Carlo de Nápoles. Tras muchas vicisitudes con el libretista también consigue estrenar Attila el 17 de marzo de 1846 en La Fenice de Venecia, con un gran éxito aunque muy inferior al que iba a suscitar en el resto de Italia. En dicha ópera, las situaciones a la infeliz situación de Italia bajo dominación extranjera fueron tan manifiestas como numerosas, y en los teatros donde tenían lugar las representaciones estallaban las aclamaciones espontáneas de unas masas enardecidas ante la indignada mirada de los oficiales austríacos. Tras aquellos éxitos, Verdi redujo un tanto el ritmo de trabajo aunque eso no le impidió presentar la novedosa Macbeth el 14 de mayo de 1847 en Florencia y I Masnadieri en Londres el 22 de julio del mismo año…

 Tras el estreno londinense Verdi acudió a París, ciudad en la que se instalaría durante los siete meses siguientes y en donde entabló una relación sentimental con la soprano Giuseppina Strepponi que prácticamente perduró toda la vida. En el parisino Teatro de la Ópera Verdi presentó Jérusalem, nuevo título de I lombardi alla Crociata, ópera modificada con nuevos pasajes musicales y basada ahora en un texto francés. Sin embargo, los acontecimientos acontecidos en Italia durante marzo de 1848 (Sublevación de Milán y Venecia y ataque de las tropas piamontesas al ejército austríaco) hacen que Verdi tenga aspiraciones de componer la música de una nueva Italia, “la música del cañón”. Pero la revolución resultó todo un fracaso. Verdi, luego de cumplir un compromiso adquirido en Trieste, estrenando allí el 25 de octubre de 1848 Il corsaro, se largó hacia Roma (En donde se había declarado una efímera República Romana) y, libre de cualquier censura, escribe de un tirón La battaglia de Legnano, alusiva a la antigua victoria de los ejércitos de la Liga Lombarda sobre las tropas del emperador Federico Barbarroja. Sobra decir que la ópera, dado el clima independentista que se vivía por Italia, constituyó un triunfo apoteósico. Con esta ópera se cierra el ciclo de obras de juventud de Verdi.

 Por estas fechas Verdi gozaba ya de una cómoda independencia financiera y acabó comprándose una villa en Sant´Agata, muy cerca de Busseto, lugar en donde se instaló a vivir en compañía de Giuseppina Strepponi y que dio pie a numerosas habladurías y chismorreos. Con la derrota del movimiento revolucionario, los italianos fueron conscientes de que la libertad sólo podría obtenerse alcanzando la unidad de Italia. Así se inició la época de Cavour y del joven aspirante a rey Vittorio Emanuele. Fue entonces cuando en toda la península italiana empezaron a escribirse las siguientes letras en los muros: VIVA VERDI, anagrama que se descifraba como “Viva Vittorio Emanuele Re D´Italia”. Paradójicamente, la música de Verdi tomó otros derroteros. Desaparecen los coros patrióticos, los lamentos de pueblos oprimidos y los ejércitos en marcha. Por contra, su ópera se orientó hacia la profundización emotiva de la esfera íntima y privada de los individuos. De ahí surgen Luisa Miller (Nápoles, 1849), Stiffelio (Trieste, 1850) y una de las trilogías más geniales de toda la historia de la ópera: Rigoletto (Venecia, 1851), Il trovatore (Roma, 1853) y La traviata (Venecia, 1853). Tras esta trilogía, Verdi buscó una especie de renovación formal en la ópera, con lo que lógicamente los intervalos entre obra y obra aumentaron progresivamente. De esta manera, en 1855 estrena I vispre siciliani en París, con título original en francés; dos años más tarde la primera versión de Simon Boccanegra (Fuertemente silbada en Venecia); y en 1859, Un ballo in maschera, estrenada en Roma tras ser censurada en Nápoles. También en 1859 se casa, casi en secreto, con Giuseppina en Suiza y es elegido diputado en el Parlamento del liberado Piamonte, aunque muy pronto presenta la renuncia. La fama de Verdi crecía como la espuma en toda Europa y así, en 1862, estrena en San Petersburgo La forza del destino. Tres años después revisó Macbeth para su versión francesa y en 1867 presenta en París Don Carlo, una de sus grandes obras maestras. Junto con Wagner, Verdi se alza como la gran figura operística de la época.

 El 24 de diciembre de 1871, con motivo de la apertura del Canal de Suez, se estrena Aida en El Cairo, ópera que dos meses después triunfará clamorosamente en La Scala. La inspiración del maestro parece no tener límites y así, el 22 de mayo de 1874, presenta en Milán el sensacional Requiem, una de sus cimas absolutas. Por aquellos días se empezó a rumorear que el compositor, que ya contaba con 61 años, estaba tonteando con la soprano Teresa Stolz, asunto que enturbió sus relaciones matrimoniales con la Strepponi. Pero, al parecer, la indiscreción y digna conducta de ésta salvaron una situación del todo comprometida, transformando Verdi su amor por la soprano en una “comedida y regenerada” amistad. Durante los últimos años, Verdi entabló una gran relación con el Arrigo Boito, poeta de contrastada corriente filo-germana. Fruto de aquella colaboración fue la revisión de Simon Boccanegra en 1881. Verdi se sintió de nuevo con fuerzas para volver al teatro — su silencio duraba ya trece años — y con libretos de Boito escribió sus dos últimas óperas, Otello (1887) y Falstaff (1893), verdaderos testamentos musicales del compositor que demostraron cuán artificiosas habían sido las polémicas que habían tratado de oponer el arte de Verdi al de Wagner. Los últimos ocho años de Verdi transcurrieron impregnados de soledad, viendo con desolación como poco a poco iban desapareciendo todos sus grandes amigos de siempre. En 1897 murió Giuseppina y el luctuoso hecho dejó al compositor postrado en la más absoluta soledad en las estancias de Sant´Agata. Allí compuso su último mensaje en 1898, las Cuatro piezas sacras. A finales de enero de 1901, Verdi se encontraba alojado en un hotel de Milán, ciudad en la que estaba siendo homenajeado. La muerte le sorprendió en la habitación del hotel el 27 de enero. Siguiendo sus deseos, los funerales se celebraron en la estricta intimidad, pero el traslado de su cuerpo desde el cementerio de Milán hasta la Casa de Reposo para Músicos, un mes más tarde, constituyó una impresionante ceremonia en la que el coro y orquesta de La Scala, dirigidos por Toscanini, interpretaron el Va pensiero. Detrás de su féretro no marchaba tan sólo una multitud. Detrás de su féretro estaba toda Italia.

 Verdi perfeccionó su arte durante toda su vida en base a una triple influencia: Primeramente, con la de compositores como Rossini, Donizetti y Bellini; posteriormente, adaptando su uso a las formas de la Grand Opera francesa; y, finalmente, tomando prestadas algunas innovaciones wagnerianas en sus dos últimas óperas, Otello y Falstaff. Sus óperas solían basarse por lo general en figuras y escenarios literarios o históricos. En lo referido a las historias de pasión, éstas siempre acababan en tragedia. Con el paso de los años, su sentido de la orquestación adquirió un increíble grado de refinamiento al tiempo que sus habilidades dramáticas se perfeccionaron hasta extremos difícilmente superables. Pero además, Verdi destacó como un maestro absoluto de la belleza lírica y de la profundidad emocional. Su música capta perfectamente los giros y entresijos de las oscuras emociones que subyacen bajo los acontecimientos que se están desarrollando. A lo largo de su vida, su originalidad y fecundidad no tuvieron rival y hoy en día es unánimemente considerado como el mayor referente operista italiano. Quien esto escribe, descubrió el mundo de la música clásica con cuatro años de edad al escuchar en un viejo disco, casi de forma casual, una serie de oberturas de Verdi. Es posible que toda mi vida posterior esté en deuda con el incomparable maestro de Roncole.

OBRAS

- 26 Óperas (28 contando las readaptaciones) destacando, Nabucco, Luisa Miller, Rigoletto, Il trovatore, La traviata, I vispre siciliane, Simón Boccanegra, Un ballo in Maschera, La forza del destino, Don Carlo, Aida, Otello y Falstaff
- Requiem
- Cuatro piezas sacras
- 6 Obras corales breves
- Cuarteto de cuerda
- 20 Canciones

Piotr Chaikovski (II): Años de fama y angustia 10 Agosto 2009

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 Fotografía de Piotr Chaikovski tomada en el mismo año de su muerte

 Tras acometer la composición de la ópera Eugenio Oneguin y del ballet El lago de los cisnes, Chaikovski, acomodado en la holgura económica que le dispensaba madame Von Meck, inició la creación de una nueva ópera, La doncella de Orleans, terminada a finales de 1879. Meses atrás, había dado forma al conocido Concierto para violín, obra que por sus enormes dificultades técnicas hubo de ser rechazada por varios solistas. Acogiéndose de nuevo a la desinteresada ayuda de madame Von Meck, Chaikovski fijó su residencia en Roma durante un período, hasta marzo de 1880. Puede afirmarse que a partir de esta fecha su fama como compositor creció enormemente en Rusia, en donde sus obras comenzaron a interpretarse con regular asiduidad. Mucha de su también excelente reputación fuera de Rusia fue debida a la difusión de su Concierto nº1 para piano, pieza obligada de piano para todos los virtuosos de la época. Pero este prestigio era paralelo a los incesantes altibajos y crisis depresivas que el músico padecía. De hecho, entre 1880 y finales de 1881 fue incapaz de componer una sola obra; este vacío creador se quebró con la feliz composición de su extraordinario Trío para piano, violín y violoncelo.

 Tras rechazar el cargo de director del Conservatorio de Moscú, el compositor pareció atravesar una etapa dichosa y feliz, despreocupado totalmente de las contingencias económicas gracias a los dispendios de madame Von Meck. De esa época es su alegre Capricho italiano y el estupendo Sexteto para cuerdas. Entre 1882 y 1883 se dedicó a la composición de una nueva ópera, Mazeppa, cuyo estreno se realizó de manera simultánea en Moscú y San Petersburgo. En esta última ciudad el éxito fue tal que el propio zar Alejandro III le condecoró con la Gran Cruz de Vladimiro. En 1885, Chaikovski adquirió una casa en Klin, a mitad de camino entre Moscú y San Petersburgo. Situada en medio del campo, constituía el lugar ideal con el que el compositor había soñado desde su infancia. Ese mismo año concluye la Sinfonía Manfredo, una de sus obras más originales. Un año después, emprende una triunfal gira a través del Cáucaso, en donde fue agasajado por las autoridades de Georgia, circunstancia que emocionó del todo al compositor. Entre 1887 y 1888 realizó numerosas giras que le llevaron a Leipzig, Berlín, Praga, Hamburgo, París y Londres, ciudades estas en donde Chaikovski, por primera vez, se puso al frente de las distintas orquestas para dirigir sus obras. En todas esas urbes recibió calurosos homenajes y en Hamburgo llegó a conocer personalmente a Brahms, aunque ninguno de los dos músicos pareció entusiasmarse en exceso por el encuentro. En 1889 repetiría la misma gira, añadiendo Dresde y Ginebra en sus visitas.

 Durante el verano de 1889 y en la intimidad de la casa de campo, Chaikovski se enfrascó en la composición del ballet La bella durmiente, una de sus más inspiradas partituras, que se estrenó ante la presencia del zar sin el éxito esperado, aunque la obra logró remontar con posterioridad. El compositor se sintió muy afectado por las circunstancias del estreno y cayó en una enésima depresión que le hizo retirarse a Italia durante unas fechas. Allí, compuso la que es considerada como su mejor ópera, La dama de picas. Sin embargo, este período de prestigio, fama y tranquilidad económica, salpicado por sus frecuentes bajones anímicos, se vio interrumpido por la pérdida de confianza de madame Von Meck, quien cortó con todo tipo de ayuda económica y dejó sumido al compositor en una inevitable crisis de angustia personal.

 Tras esta ruptura, y a partir de 1891, Chaikovski se recluyó en su refugio campestre y se marcó un programa diario de trabajo que en buena medida conseguía frenar su tendencia hacia la depresión. Chaikovski disfrutaba componiendo y para ello comenzaba su jornada invariablemente a las nueve de la mañana, prolongándose hasta la hora del almuerzo. Tras el mismo, salía a dar un paseo para luego retomar su trabajo, generalmente orquestando lo que había dejado escrito por la mañana. Al anochecer, aprovechaba para jugar a los naipes con sus amigos (Una de sus grandes distracciones) o hacía solitarios si se encontraba solo. Justo antes de retirarse a la cama, se bebía un vaso de whisky. (Comentaba que su ingesta le venía estupenda para poder conciliar el sueño). Cuando el compositor se veía privado de realizar esta diaria rutina — mayormente, durante los períodos de viajes y giras — le sobrevenían los desequilibrios emocionales que desembocaban en agudas depresiones, como la que hubo de padecer durante los viajes que efectuó en 1891 a París y a los EEUU, en donde obtuvo un éxito arrollador dirigiendo sus obras, especialmente en Nueva York, Filadelfia y Baltimore. De regreso a Rusia, en verano, compuso el magnífico ballet Cascanueces, estrenado en marzo de 1892 en San Petersburgo con tal éxito que debieron de repetirse algunos números, y Iolanta, su última producción operística.

 En mayo de ese mismo año, Chaikovski adquirió una nueva casa en Klin que, luego de pasar a su sirviente una vez fallecido el maestro (Lo que provocó no pocos comentarios maledicentes), constituye hoy en día el Museo Chaikovski, un lugar de peregrinaje donde se conservan muchos documentos y objetos personales del músico. Ya en verano, Chaikovski pasó una temporada en el balneario de Vichy y a la vuelta a Klin acometió la composición de su magistral Sinfonía nº6, Patética; pero durante este proceso, fue de nuevo víctima de una depresión que le impedía trabajar, por lo que abandonó temporalmente la composición de la obra y aceptó una nueva invitación para realizar una gira de conciertos en Viena, Salzburgo y Praga. A principios de 1893, Chaikovski viajó hasta París, donde recibió el nombramiento de miembro de honor de la Academia Francesa. Posteriormente se trasladó a Londres, en donde fue investido doctor honoris causa por la Universidad de Cambridge. Al regresar a Klin, se centró exclusivamente en terminar la Sinfonía patética, obra sobre la que el propio Chaikovski escribió: –”Toda mi alma está dentro de esta sinfonía”–  En octubre, viaja junto a su sobrino predilecto, Vladimir, a San Petersburgo para supervisar los ensayos de la obra. Sin embargo, los músicos de la orquesta tuvieron muchas dificultades durante los ensayos — parecían no comprender el elevado significado de la obra — y el día del estreno de la misma, el 28 de octubre, la sinfonía pasó con más pena que gloria, circunstancia que sumió al compositor en una nueva y profundísima depresión, toda vez que esta obra representaba para él su verdadero testamento musical. Afortunadamente, unos quince días más tarde, la obra fue nuevamente interpretada, esta vez a cargo del reputado director Napravnik, y en esta ocasión la sinfonía causó una inmejorable impresión, pasando a ejecutarse enseguida por todo el país. En aquellos momentos, Chaikovski era ya todo un mito viviente en Rusia.

 Pero el compositor se encontraba sumido en una depresión tan profunda que la recuperación parecía del todo imposible. El 1 de noviembre, Chaikovski se sintió indispuesto y se negó a comer. Al parecer, bebió un vaso de agua sin haber sido previamente hervida a pesar de que se había declarado una epidemia de cólera en San Petersburgo. La enfermedad no tardó en prender en el compositor con enorme virulencia, por lo que los médicos que le atendieron no pudieron hacer nada para combatirla. Unos días más tarde, Chaikovski cayó en estado de coma y ya nunca más volvió a recuperar la lucidez, aunque a veces murmuraba el nombre de madame Von Meck. Finalmente, a las tres de la madrugada del 6 de noviembre de 1893, Piotr Chaikovski abandonó para siempre el mundo de los vivos. La noticia de su muerte corrió como la pólvora y produjo un gran estupor a lo largo y ancho de toda Rusia. Su cadáver, a pesar de la epidemia, fue expuesto a la veneración del público. Hoy en día, es prácticamente unánime la tesis que sostiene que Chaikovski se suicidó, víctima de una terrible depresión anímica. (Según parece, estaba aterrado con la posibilidad de que, por medio de un chantaje, se hiciese pública su homosexualidad)

 La música intensamente emocional de Chaikovski combina de forma extraordinaria varias influencias en un solo estilo. Así, la música popular rusa se funde con la técnica centroeuropea; el aspecto nacionalista ruso con lo estrictamente personal del compositor; y lo decididamente rimbombante con el más inquieto de los misterios. Aunque, maestro de muchas formas de composición, quizás fue el ballet la construcción donde Chaikovski se encontró más a gusto. Su música presenta ciertas influencias de Beethoven, Schumann y, especialmente, de Glinka, sobre todo en la escritura orquestal. Sus tres últimas sinfonías muestran un característico programa psicológico en el que los temas experimentan notables transformaciones, a semejanza con la alterabilidad del estado de ánimo del compositor. Además, Chaikovski se nos revela como un extraordinario orquestador, muy superior a Rimski-Korsakov, con una prodigiosa capacidad para dotar a sus obras de un sonido deliciosamente multicolor. Para ciertos detractores — que los tiene — la música de Chaikovski adolece de un excesivo componente melodramático que impide cualquier atisbo de improvisada espontaneidad. Otros, más sibilinos, critican la aparente simpleza con que el compositor traza las transiciones intertemáticas, aspecto muy polémico que tradicionalmente ha sido debatido en las aulas de composición y análisis. Pero lo incontestablemente cierto es que Chaikovski es un músico directo que trata al oyente de tú: Sus obras giran y se mueven en direcciones inesperadas, desarrollando cosas previsibles pero nunca de una manera igualmente previsible. Aunque Chaikovski alentó en gran medida a un joven Rachmaninov, su estilo pasó de moda fuera de Rusia conforme los compositores se afanaban en buscar lenguajes más radicales. No obstante, su popularidad e interés ha permanecido hasta nuestros días y muchas de sus obras forman parte del repertorio tradicional de conciertos.

OBRAS

- 6 Sinfonías, destacando la 4, 5 y 6
- Sinfonía Manfred (Fantasía sinfónica)
- 4 Suites
- 2 Oberturas fantásticas, destacando Romeo y Julieta
- 2 Oberturas
- Serenata para cuerdas
- Otras obras orquestales menores
- 3 Conciertos para piano, destacando el nº1
- Concierto para violín
- 7 Piezas para instrumento solista y orquesta, destacando las Variaciones Rococó
- 10 Óperas, destacando Eugenio Oneguin y La dama de picas
- 3 Ballets (El lago de los cisnes, La bella durmiente y Cascanueces)
- 3 Cuartetos de cuerda
- Trío con piano, violín y violoncelo
- Sexteto de cuerdas
- 2 Sonatas para piano
- Las estaciones (Suite para piano)
- 10 Libros de piezas para piano
- 95 Canciones

Piotr Chaikovski (I): Las contradictorias vivencias de la condición humana 3 Agosto 2009

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Joven Chaikovski

* Nacido el 7 de mayo de 1840 en Votkinski, provincia de Viatka; Urales
* Fallecido el 6 de noviembre de 1893 en San Petersburgo

 

 Hijo de un inspector de minas y de una aristócrata francesa, el pequeño Piotr fue de hecho criado por una institutriz suiza que le proporcionó una educación fundamentalmente francesa, ayudándole del todo en sus naturales inclinaciones hacia las artes en general. Esta fusión de elementos rusos y franceses fue fundamental en la posterior evolución musical del compositor. A los siete años, un Piotr extremadamente sensible, reservado y tímido, empezó con sus primeros estudios serios de piano. Además, por diversos testimonios, sabemos que se pasaba largas horas escuchando a solas diversas piezas de Mozart, Bellini y Donizetti por medio de un extraño y caro artilugio antecesor de la pianola, la orquestrola. Con ocho años, la familia se traslada a Moscú y allí Piotr continúa sus estudios pianísticos de la mano del profesor Philippov, realizando grandes progresos en poco tiempo. Dada la elevada posición social de su familia, a Piotr le obligaron a estudiar derecho y por ello el futuro compositor ingresó en la Escuela de Jurisprudencia de San Petersburgo con tan sólo diez años, institución en la que permaneció otros nueve y en la que la forzosa separación de su madre — a quien Piotr adoraba del todo — le produjo un trauma imborrable que se vio dolorosamente reconfirmado cuatro años después, cuando la madre falleció víctima del cólera. Chaikovski sublimaría el perdido amor materno hasta extremos de acrecentar un enorme complejo de Edipo que posiblemente despertó en él una temprana homosexualidad que le acompañaría durante el resto de su vida. Este aspecto de su personalidad era difícilmente asumible en la alta sociedad rusa de aquellos días y obligó a Chaikovski a llevar una aparente condición de “persona normal” que no hizo sino aumentar su innata tendencia a la depresión y al trastorno bipolar.

 En 1859, Chaikovski obtiene por fin la licenciatura en derecho, ingresando en el Ministerio de Justicia de San Petersburgo en calidad de funcionario. En realidad, Chaikovski deseaba dedicarse exclusivamente a la música; sin embargo, sus ingresos como funcionario eran vitales para su familia, ya que, por diversos motivos, había pasado en estos años de la opulencia a la más absoluta bancarrota. No obstante, Chaikovski reservaba para sí parte de su sueldo y lo gastaba en fines propios, como asistencia a óperas, ballets y algún que otro café de más que dudosa reputación. Chaikovski, por estas fechas, ofrecía la imagen de un joven apuesto y romántico, impecablemente vestido y de educados y finos modales, aunque seguía adoleciendo de una insufrible timidez ante la presencia de cualquier mujer. En 1861, decide viajar a Francia y Alemania, países en los que tuvo mucho tiempo para reflexionar sobre su vida. A su regreso a Rusia toma la firme decisión de convertirse en músico y para ello se matricula en el Conservatorio de San Petersburgo en 1862. Abandonó su trabajo como funcionario y se vio obligado a dar clases de piano para subsistir, tornándose su antaño cómoda situación en algo más que una miserable precariedad. En el Conservatorio cosechó una buena amistad con el gran pianista Anton Rubinstein (No confundir con el posterior Arthur Rubinstein), un músico que ayudó y mucho a Chaikovski en sus inicios. En 1865, con 25 años, concluye sus estudios en el Conservatorio, obteniendo un segundo premio en composición y consiguiendo un puesto como profesor interino de armonía en el Conservatorio de Moscú, ocupación que sirvió para paliar un tanto su ruinosa situación económica. Pero mucho más importante fue la amistad que se granjeó con el hermano de Anton Rubinstein, Nikolai, otro reputado — y violentísimo — músico que pronto advirtió el talento de Piotr, abriéndole muchas puertas en el Moscú musical de aquellos días, algo realmente complicado para un músico provinciano como Chaikovski.

 Entre 1866 y 1868, Chaikovski compone sus tres primeras obras de cierta importancia: La Obertura sobre el himno nacional danés, la ópera El voivoda y la Primera sinfonía, aunque el exceso de trabajo le provoca unos preocupantes trastornos nerviosos y un serio desequilibrio emocional. También en 1868 Chaikovski contactó con un grupo de jóvenes músicos — los Cinco Rusos — cuya meta era establecer una conciencia musical nacionalista. Sin embargo, y a pesar de ciertas influencias en futuras composiciones, la relación de Chaikovski con el grupo de los Cinco Rusos (Cui, Borodin, Mussorgski, Balakirev y Rimski-Korsakov) no fue del todo cordial, a excepción de Rimski-Korsakov. Un año después, Chaikovski parece enamorarse de una soprano belga que pasaba por Moscú, Désirée Artôt. El compositor llegó incluso a viajar en verano a París para verla; por desgracia, aquello no cuajó — la chica descubrió las verdaderas afinidades sexuales de Chaikovski — y Désirée acabó casándose con un barítono español. (La noticia no afectó mucho, que digamos, a Chaikovski). Durante los años siguientes, Chaikovski se confirmaría como un gran compositor con obras como Romeo y Julieta, el Concierto nº1 para piano, las sinfonías 2 y 3, el Cuarteto nº1 y la ópera Oprichnik — estrenada con gran éxito de público pero no así de crítica — y también la ópera Ondine, rechazada por el Comité de los Teatros Imperiales y posteriormente destruida por el compositor. Pero, nuevamente, el exceso de trabajo sumió a Chaikovski en una profunda depresión nerviosa. Para paliar estos desequilibrios emocionales, Chaikovski viajaba con frecuencia por Alemania, Suiza e Italia. En uno de estos periplos se detuvo en Bayreuth y asistió al estreno completo de la Tetralogía de Wagner, obra que juzgó aburrida, pesada y excesivamente grandilocuente. No sabemos lo que tuvo que ver el pillo de Wagner en todo esto, pero el caso fue que Chaikovski regresó a Rusia en 1876 completamente deprimido tras asistir a dicha representación…

 A pesar de todo, la fama de Chaikovski como compositor se iba paulatinamente acrecentando pero no así sus costumbres y ciertas relaciones suyas que la sociedad moscovita consideró no menos que escandalosas (Se fue corriendo el rumor de su más que contrastada homosexualidad). Fue entonces, en marzo de 1877, cuando tuvo lugar uno de los más enigmáticos episodios acontecidos nunca en la vida de un compositor: Mientras Chaikovski estaba enfrascado en la composición de Eugenio Oneguin (Una de sus mejores óperas), recibió una apasionada carta de amor de una desconocida a la que siguieron unas cuantas más. Ante tal sucesión de misivas, Chaikovski solicitó entrevistarse con la anónima autora de dichas epístolas y que resultó ser una joven admiradora de 28 años llamada Antonina Miliukova. Chaikovski vio una oportunidad inmejorable para proteger su vida privada y acallar de una vez por todas los rumores sobre su sexualidad, por lo que terminó casándose con ella en julio del mismo año. Como es fácil suponer, aquello acabó como una auténtica tragicomedia: El matrimonio no llegó nunca a consumarse (Chaikovski ponía todo tipo de insólitas excusas para no acercarse ni de bromas al lecho conyugal) y tras dos meses de horrible sufrimiento — a punto estuvo el músico de suicidarse — en septiembre del mismo año la pareja decide separarse. El pobre Chaikovski no reparó en que Antonina, aparte de ser una mujer enferma y entregada a la mitomanía, era además una ninfómana que se enamoraba de cualquier hombre con la única condición de que fuese rico y/o famoso. De hecho, Antonina terminó sus días recluida en un asilo para enfermos mentales.

 Luego de este episodio más propio de un culebrón latinoamericano que de una novela rusa, Chaikovski conoció a otra mujer de signo muy distinto y que resultó capital en la actividad creativa del compositor durante casi trece años. Se trataba de Nadiescha von Meck, una acaudalada viuda de un industrial alemán que además era una mujer de una incontestable madurez, inteligente, poco dada a la vida social y, sobre todo, apasionada de la música, especialmente de la compuesta por Chaikovski. Enterada de sus dificultades económicas, decidió apoyar al músico, convirtiéndose así en una inestimable mecenas. Chaikovski pudo dedicarse desde entonces a la composición libremente y sin presiones económicas de ningún tipo. Madame Von Meck le pasaba una pensión de 6.000 rublos anuales, una cantidad muy considerable en aquella época, aparte de sufragar los gastos de publicación de sus obras y de subvencionar a muchas orquestas europeas para que ejecutaran las obras del compositor. Con todo, Chaikovski le pidió en más de una ocasión dinero extra, abusando notablemente de su generosidad. De cualquier forma, Chaikovski siempre manifestó una devoción especial por aquella mujer, a la que consideraba una persona inteligente, sensible y comprensiva. Nadiescha llegó incluso a ceder al compositor algunas de sus majestuosas residencias en Rusia e Italia para que éste trabajase con total tranquilidad. Aquella estupenda amistad se quebró en 1890, cuando madame Von Meck alegó unas dificultades económicas del todo inexistentes, cortando terminantemente con cualquier mínima inyección monetaria. (Lo que realmente ocurrió fue que la viuda acabó por enterarse de la homosexualidad del compositor). Lo realmente curioso de esta relación fue que Chaikovski y madame Von Meck no llegaron nunca a conocerse personalmente, realizándose toda la comunicación por medio del intercambio de cartas. De todas maneras, madame Von Meck siguió en secreto las evoluciones musicales de Chaikovski hasta la muerte del mismo y es muy posible que muchas de las más grandes obras del compositor pudieran ver la luz merced a sus desinteresadas ayudas.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

Gustav Mahler: La belleza de lo trágico 27 Julio 2009

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Mahler

* Nacido el 7 de julio de 1860 en Kaliste, Bohemia
* Fallecido el 18 de mayo de 1911 en Viena

 

 Aunque Mahler nació en Kaliste, a los tres meses su familia se trasladó a la vecina Jihlava, una ciudad de gran actividad cultural y en donde existían varias posadas que se encargaban de alojar a las columnas del ejército austríaco que allí estaban estacionadas. La influencia de las marchas y sones militares en los oídos del niño Gustav será decisiva en su devenir como compositor. Su padre, carretero de profesión, había mostrado desde siempre un enorme interés por la cultura, asimilada desde una perspectiva autodidacta. Pronto descubrió las cualidades artísticas de Gustav — sorprendido, con sólo cuatro años en un intento de tocar el piano en casa de sus abuelos — por lo que le proporcionó una digna educación musical a cargo del entonces Kapellmeister de Jihlava, Herr Viktorin. Sus progresos fueron tales que con apenas diez años ofrece su primer recital pianístico en Jihlava. Es entonces cuando su padre, una vez terminados los estudios del Gymnasium, decide enviarle a Praga con la intención de que Gustav se labrara un porvenir como concertista de piano. Gustav se alojó en casa de los Grünfeld y allí permaneció en tal lamentables condiciones (Le llegaron a robar hasta los zapatos) que su padre se vio obligado a traérselo de nuevo a Jihlava. Finalmente, el 20 de septiembre de 1875 y tras superar diversos y complicados ejercicios, Gustav es admitido en el Conservatorio de Viena.

 En la capital austríaca, Mahler perfeccionó sus estudios y se reveló como un entusiasta wagneriano. Sin embargo, su situación económica era tan precaria — llegó a solicitar la exención de las cuotas del Conservatorio — que pronto se vio obligado a dar clases. En su primer año, Mahler obtuvo el diploma de piano y ganó el primer premio del mismo gracias a una portentosa ejecución de la Sonata en la menor de Schubert. Por si esto no fuese suficiente, también logró el primer premio de composición merced a un Cuarteto con piano, obra que aún hoy en día resulta muy controvertida para los especialistas. Por contra, el contrapunto le dio más problemas de los previstos. Paralelamente, en esos años Mahler ingresó en la universidad y abordó estudios de humanidades y filología alemana. De 1878 data su primera obra de cierta importancia, la cantata La canción del lamento, que quedó definitivamente terminada en 1880. En este mismo año, y durante las vacaciones que pasó en Jihlava y Seelau, se enamoró de una chica aunque, como Mahler era tan cerebral, él mismo la convenció para que dejaran de verse, informándola de su precaria condición de músico sin empleo (Todo un caballero, vamos). En 1880, tras romper su amistad con el liederista Hugo Wolf — un compositor al que le bailaba más de un tornillo — Mahler recibe una oferta para dirigir opereta en el teatro Bad Hall, en la Alta Austria. Puede afirmarse que con este trabajo, Mahler inició su carrera como afamado director de orquesta. De ahí pasó al Landstheater de Liubliana, en donde el 3 de octubre de 1881 dirige Il trovatore de Verdi, con enorme éxito. Tras una breve estancia en el teatro de Olomuc, Mahler consigue su primer trabajo de auténtica relevancia, la intendencia general del Karltheater de Kassel, en donde conoció al prestigioso director Hans von Bülow (Aquel a quien Wagner tenía tanta estima, aunque mucho más a su mujer). Allí, en 1883, Mahler se enamora de nuevo de una de las cantantes, Johanna Richter, quien le dio poco menos que calabazas. Fruto de aquel desaire, escribe las Canciones de un camarada errante y esboza también su Primera Sinfonía. Pero el Mahler-director era mucho más prestigioso que el casi desconocido Mahler-compositor y, de esta forma, obtiene un clamoroso éxito dirigiendo Las estaciones de Haydn en el Festival de Münden. Dicho triunfo se vio posteriormente refrendado por otra sensacional ejecución del oratorio Paulus de Mendelssohn. La fama de Mahler como director subió como la espuma y consecuentemente recibe una oferta del prestigioso Deutsches Landstheater de Praga. Allí, venciendo la resistencia de público y crítica, Mahler se consagra dirigiendo óperas como Fidelio, Don Giovanni, Los maestros cantores y La valquiria. La severidad, rectitud y capacidad de trabajo de Mahler empiezan a hacerse famosas de tal forma que el Mahler-director eclipsa totalmente al Mahler-compositor, peculiar dualidad que sólo cambiará de signo cuando Mahler fallezca y su música comience a ser conocida. Dos años se mantuvo Mahler al frente de la Ópera de Praga, ciudad en la que acabó por convertirse en un verdadero ídolo.

 En 1886, Mahler negocia un compromiso con el Neues Stadttheater de Leipzig cuando un golpe de fortuna le coloca en una posición privilegiada. Una inoportuna enfermedad de Arthur Nikisch le impide acabar a éste la primera representación íntegra de El anillo del nibelungo. Mahler tomó la batuta para dirigir La valquiria y Sigfrido (Segunda y tercera parte del Anillo) y obtuvo un memorable éxito. Además, allí conoció a un nuevo amor, Marion von Weber. Fruto de aquella relación, Mahler retomó la composición de su Primera Sinfonía y comenzó el ciclo de canciones Des Knaben Wunderhorn. Pero Mahler era un hombre inquieto: Corta con Marion — ofreciendo todo tipo de razonadas explicaciones — y en 1889 acepta el puesto titular en la Real Ópera de Budapest. Mahler revolucionó el panorama musical húngaro — impuso que las óperas se cantasen en ese idioma — y favoreció los sentimientos nacionalistas. Brindó un Don Giovanni tan extraordinario que el propio Brahms, tras asistir a una de las representaciones, declaró que “sólo en Budapest se sabe montar esta obra en toda su grandeza”. Luego de dos exitosos años en Budapest, Mahler aceptó una jugosa oferta de la Ópera de Hamburgo, ciudad en la que vuelve a enamorarse de una cantante, Anna von Mildenburg. Durante cuatro años, Mahler no sólo se encargó de la dirección musical de la Ópera de Hamburgo sino que además fue invitado a dirigir en Londres, Berlín y Moscú. A sus 35 años, Mahler gozaba de una insólita fama en toda Europa por lo que, cuatro años después, planea el asalto al puesto más codiciado, la jefatura de la Ópera Imperial de Viena.

 Mahler reunió todo tipo de apoyos para tal empresa — llegó incluso a entrevistarse con Brahms — aunque topó con un inesperado problema: Sus raíces judías parecían incompatibles para el cargo. Pero Mahler, que siempre fue un hombre práctico, resolvió dicha “pega” haciéndose bautizar en la fe católica el 23 de febrero de 1897. Consecuentemente, en abril de ese mismo año Mahler es nombrado, con sólo 36 años, director de la Hofoper, debutando con un Lohengrin que asombró al público vienés. Un año más tarde es designado director de la Filarmónica de Viena (Orquesta de la propia Ópera) sustituyendo a Hans Richter, con lo que sus poderes en Viena se acrecientan aún más. La relación con la orquesta se rompió en 1901 cuando, convaleciente de hemorroides en Italia, Mahler se entera de que han nombrado como director adjunto a un músico mediocre, Josef Hellmersberger. En su primer año como director de la Ópera de Viena, recibió la visita de Hugo Wolf, aquel músico con quien había discutido en su juventud. Este le pidió que representara su ópera El corregidor. Sin embargo, un comentario jocoso de Mahler desató de nuevo las iras de Wolf, quien llegó a agarrar del cuello al director. Horas más tarde, Wolf fue detenido en Viena cuando se encontraba gritando por las calles y de noche que Mahler había sido expulsado de la Ópera y que él era el nuevo director. Wolf ingresó en un sanatorio para enfermos mentales y murió en 1903; al año siguiente, Mahler representó El corregidor con escaso éxito.

 A finales de 1901 se produce un hecho decisivo en la vida de Mahler: Conoce a Alma Schindler, una joven de 22 años e hija del pintor Jakob Schindler. La mutua fascinación surgió desde el primer momento y así, el 9 de marzo de 1902, Gustav y Alma contrajeron matrimonio en Viena. La influencia de Alma en el proceso compositivo de Mahler fue notable, sobre todo en la elaboración de las sinfonías nº5, 6 y 8, así como también en los dos ciclos de Rückertlieder. Durante los años en Viena, Mahler entabló una buena amistad con Schoenberg, Berg, Webern y Richard Strauss. Por otra parte, el conocido director holandés, Willem Mengelberg, convirtió la sala del Concertgebouw en el santuario mahleriano por excelencia. En el transcurso de los últimos años, Mahler tuvo ciertas dificultades en Viena — como han tenido siempre y sin excepción todos sus sucesores — por las espartanas condiciones de trabajo que el compositor había impuesto en la Ópera y que fueron alimentando los consecuentes resentimientos. (Prohibió la entrada a la sala una vez empezada la función, impidió las manifestaciones de entusiasmo en medio de las obras, sometió a orquesta y cantantes a agotadores e interminables ensayos, supervisó hasta las labores de los empleados de limpieza, mandó corregir una y mil veces las particellas, etc…). Finalmente, el 17 de mayo de 1907, Mahler presentó su dimisión. Pese a todo, su década como director de la Ópera de Viena, entre 1897 y 1907, fue la más fructífera en toda la historia de esta identidad.

 Mahler, mundialmente consagrado como director de orquesta, firma en junio de 1907 un contrato con el Metropolitan de Nueva York, pero la desgracia se ceba con el matrimonio Mahler y, de manera imprevista, fallece su hija María cuando contaba con apenas cinco años de edad. Como consecuencia de este duro golpe, Mahler se somete a unos análisis médicos en los que se le detecta una endocarditis aguda, prescribiéndosele un drástico cambio de vida. De diciembre de 1907 a mayo de 1908, Mahler anduvo de gira por América, con sonados triunfos aunque sin resultar tan expeditivo en sus objeciones como en su anterior etapa de Viena. Ya de vuelta en Europa, el 11 de septiembre de 1908 estrena en Praga su Séptima Sinfonía para retornar a continuación nuevamente a América, en donde rechazó la titularidad de la Filarmónica de Nueva York, aunque firmó dirigir con la misma formación numerosos conciertos durante tres temporadas. Ya en 1910, Mahler parece encontrarse plenamente restablecido de su dolencia cardíaca y dirige febrilmente por toda Europa, estrenando además su monumental Octava Sinfonía en Munich. Sin embargo, por estas mismas fechas, se produce una fuerte crisis sentimental entre Gustav y Alma que acabará solucionándose (Luego de diversos tonteos de Alma con algunos amigos comunes de la pareja) tras unas visitas del compositor al conocido psicoanalista Segismund Freud. Un nuevo viaje a América resultó fatal para Mahler, debiendo regresar de urgencia a Europa en penosas circunstancias al volvérsele a complicar su crisis cardíaca con un extraño virus sanguíneo. El fin parecía inminente cuando desembarcaron en Cherburgo y tomaron rumbo a Viena vía París, trayecto en el que cientos de periodistas inquirían sobre su estado. Nada más llegar a la capital austríaca fue ingresado en el Löw Sanatorium. El 18 de mayo de 1911, tras experimentar una ligerísima mejoría, abrió los ojos y, sonriendo, gritó: –”¡Mozart, Mozart, Mozart…!”– Justo después cayó en coma y falleció alrededor de la medianoche, en medio de una descomunal tormenta eléctrica. Su cuerpo fue depositado junto con el de su ya fallecida hija María.

 Mahler, principalmente conocido como director de orquesta en su época, componía durante su tiempo libre, generalmente durante las vacaciones de verano. Su estilo es romántico tardío, aunque expandió la orquesta tanto en sonido como en tamaño. Sus sinfonías parecen obras teatrales en las que existe la sensación de una clara secuencia de acontecimientos. Lo trágico, sarcástico, irónico y paródico se refleja con una magistral belleza en sus obras, que suelen respirar el tenso ambiente de angustia de finales del siglo XIX. Pese a ser un reputadísimo director de ópera, jamás escribió una ópera propia, basando su fuente compositiva en la forma sinfónica y en la poesía popular alemana en forma de canciones con acompañamiento orquestal. Su música cayó en el más absoluto ostracismo tras su muerte — de hecho, su obra nunca llegó a ser excesivamente popular en vida — debido a la oposición de la Alemania nazi contra todo lo que oliese a “músico judío”. Sólo en la segunda mitad del siglo XX, su legado compositivo adquirió una más que justa popularidad y reconocimiento. Es el último gran sinfonista vienés y su ciclo sinfónico constituye una de las mejores y más completas integrales de la historia de la música occidental. Actualmente, Mahler es considerado un enlace entre la tradición germánica del siglo XIX y el modernismo del siglo XX.

OBRAS

- 10 Sinfonías (La Décima concluida por Deryck Cooke)
- Das klagende Lied (La canción del lamento)
- Das Lied von der Erde (La canción de la tierra)
- Lieder eines fahrenden Gesellen (Canciones de un camarada errante)
- Kindertotenlieder (Canciones a la muerte de los niños)
- Varias docenas de Canciones con piano, destacando los Rückertlieder (En versión también para orquesta)
- Música de cámara (Obras de juventud e inmaduras)

Wolfgang Amadeus Mozart (III): Gloria a cambio de miseria 20 Julio 2009

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 Mozart_Lange

 Retrato de Mozart realizado — sin terminar — hacia 1790 por Joseph Lange: Según Kostanze Mozart, fue el dibujo más fidedigno de todos

 Ya antes de aquella fatídica entrevista del 9 de mayo, Wolfgang había abandonado la residencia del arzobispo, habiéndose instalado a vivir con los Weber en Viena, ciudad en la que Aloysia había conseguido otro estupendo contrato con la ópera de Viena. Como ella seguía ignorando al pobre Mozart, a éste no le quedó otro remedio que fijarse en su hermana Kostanze. Pronto los inevitables rumores llegaron a oídos de Leopold, quien escribió a su hijo para informarse. Wolfgang, genio y figura, negó todas aquellas habladurías y en prueba de ello anunció que en breve abandonaría la residencia de los Weber. (Lo que eludió comentar fue que, a pesar de esta promesa, continuaba con su relación con Kostanze, cada vez más íntima). A poco le da un soponcio al padre cuando a fines de año recibió una carta de Wolfgang anunciando su intención de casarse con Kostanze. Este episodio da buena prueba de que Wolfgang estaba decidido a realizar su propia vida con independencia de que a su padre le gustase o no. El 4 de agosto de 1782, Wolfgang y una veinteañera Kostanze contraían matrimonio en la catedral de San Esteban de Viena. El consentimiento de Leopold llegó un día más tarde.

 Una nueva vida se inició en Viena para un joven de 26 años que con el tiempo se habría de convertir en el compositor más admirado de todos los tiempos. Mozart había logrado ganarse una merecida reputación como profesor, obteniendo rentas suficientes como para ir tirando sin mayores excesos. En lo referente a su proceso compositivo, es en esta época donde se inicia el período más extraordinario del compositor en lo referente a su madurez creativa y ello arranca con la ópera El rapto del serrallo, que fue estrenada el 16 de julio de 1782 con asistencia del mismísimo emperador. La frase ha pasado a la historia: Al finalizar la exitosa velada, el emperador exclamó: –”¡Bravo, Herr Mozart! Demasiado hermosa… Aunque también, demasiadas notas”–  A lo que Mozart contestó: –”Las justas, Señor. Pero si usted no lo cree así, dígame cuántas notas se han de quitar…”--  Un año después, Mozart tuvo su primer hijo, Raimund Leopold, que apenas sobrevivió un par de meses. Con el infortunado bebé, Mozart y Kostanze viajaron a Salzburgo y de esta forma el padre pudo conocer por fin a su nuera y a su nieto. Tras pasar allí tres meses, la pareja regresó a Viena, en donde Mozart continuó con las clases y la celebración de algunos conciertos. De esta época son las Sonatas para violín y piano, la Sinfonía en re menor, K. 385, los cuatro Conciertos para trompa y algunos de los mejores conciertos para piano.

 A finales de septiembre de 1784 nació Karl Thomas, uno de los dos hijos de Mozart que llegarían a vivir plenamente. Un mes más tarde, Mozart fue admitido como miembro de la logia masónica Zur Wohltätigkeit. Mozart ganaba suficiente dinero como para ser feliz con su familia, pero su mala cabeza hacía que viviese muy por encima de sus posibilidades, con lo que siempre se vio envuelto en dolorosas deudas. En 1785, la fama de Mozart se había extendido por toda Alemania, ofreciendo numerosos conciertos y publicando muchas de sus obras. De ese año es su bellísimo Concierto nº20 para piano, y también el Cuarteto en sol menor, K. 478 y la Sonata para violín, K. 481. Pero la ópera le seguía atrayendo irresistiblemente. Tras componer la música escénica de una obra sin grandes pretensiones, El director de escena, a finales de octubre de 1785 Mozart abordó la composición de una de las más geniales óperas de todos los tiempos, Las bodas de Fígaro, que con libreto de Lorenzo da Ponte fue estrenada en el Burgtheater de Viena el 1 de mayo de 1786 con un éxito de los que hacen época aunque, sin embargo, no tuvo mucha continuidad. A finales de ese mismo año, Mozart viajó a Praga — para la ocasión compuso la Sinfonía nº38 – en donde se le encargó una nueva ópera. Ya de vuelta en Salzburgo, mientras estaba metido de lleno en dicha composición, recibió la luctuosa noticia del fallecimiento de su padre Leopold el 28 de mayo de 1787. Al parecer, Mozart se sintió muy afectado por esta circunstancia y algunos críticos afirman que la ópera que estaba por entonces desarrollando, Don Giovanni — que fue estrenada en Praga el 29 de octubre — encierra algunos pasajes que parecen representar la turbulenta relación que envolvió a ambos en los últimos años. El caso fue que los praguenses alucinaron con Don Giovanni y le propusieron a Mozart quedarse en Praga para escribir una nueva ópera. Mozart no aceptó, ya que Gluck, el compositor de la corte de Viena, se estaba muriendo y Mozart parecía muy bien colocado para sucederle. Efectivamente, el 2 de diciembre Mozart fue nombrado compositor de la corte, pero con un sueldo de 800 gulden frente a los 2.000 que cobraba su antecesor.

 Pese a este nuevo cargo, a los conciertos, los encargos y las clases, las dificultades económicas de Mozart eran cada vez más acuciantes, viéndose obligado a mudarse dos veces de casa en poco tiempo. Entre diciembre de 1788 y junio de 1789, Mozart compuso algunas de sus mejores obras, como las tres últimas Sinfonías y el Concierto para piano de la Coronación. (En este intervalo de tiempo nació Therese, la única niña de Mozart que por desgracia falleció en ese mismo mes de junio). Sus alumnos disminuyeron considerablemente pero es muy posible que entre los mismos se encontrase un tal Beethoven, un chaval de Bonn que prometía. Tras un viaje a Prusia en la primavera de 1789, Mozart regresó a Viena y se topó con que Konstanze se encontraba muy enferma, no teniendo más remedio que ingresarla en un costoso balneario de Baviera, situación por la que se agravaron aún más los eternos problemas económicos del compositor. Aún así, antes de acabar el año, Mozart tuvo fuerzas como para componer el magistral Quinteto para clarinete y la no menos extraordinaria ópera Così fan tutte, que fue estrenada en el Burgtheater el 26 de enero de 1790 con gran éxito. En ese mismo año, Mozart compuso los cuartetos K. 589 y 590, luego de ver rechazada su solicitud de kapellmeister de San Esteban por el nuevo emperador Leopoldo II. (Realmente, fue nombrado “ayudante”, pero sin sueldo). Durante la primera mitad de 1791 Mozart parecía del todo desalentado y abatido — Konstanze tuvo que volver a ser ingresada — y sus composiciones no parecían ser muy relevantes. Pero una vez más sacó fuerzas de flaqueza y en muy poco tiempo compuso una de sus mejores óperas, el singspiel La flauta mágica, que fue estrenada el 30 de septiembre con gran éxito en el teatro An der Wien. Ahí no acabó la cosa, porque también recibió el encargo de la ópera de Praga de componer una nueva ópera (Mozart tenía que aceptar ahora el encargo debido a que estaba sin un céntimo) y esta se tituló La clemenza di Tito, estrenada el día 6 del mismo mes de septiembre con un discreto éxito que, sin embargo, fue poco a poco remontando. (Parece increíble como bajo esas circunstancias y con evidentes síntomas de fatiga mental, Mozart fuera capaz de componer dos fabulosas óperas de forma simultánea). En octubre, para descansar un poco, se dedicó a la composición de su Concierto para clarinete, dedicado a su amigo Stadler, y que constituye una de sus mejores obras.

 Durante el mes de noviembre, Mozart acometió la composición de su última obra, el famoso Requiem, cuyas circunstancias han dado pie a todo tipo de infundadas conjeturas, muy conocidas en tiempos recientes gracias al éxito de la extraordinaria — pero con escasa veracidad histórica — película Amadeus (1985) del director Milos Forman. Lo realmente cierto fue que el conde Franz von Walsegg-Stuppach, gran aficionado a la música, encargó a Mozart una composición de estas características para homenajear a su joven esposa, fallecida en febrero de ese mismo año. Enfrascado en dicha tarea, Mozart cayó enfermo y su estado empeoraba día a día, llegando Mozart a ser consciente de que su fin estaba muy próximo (De hecho, a sus amigos les confesó — con cierta dosis de irónico humor — que estaba componiendo en realidad la música de sus propios funerales). El 4 de diciembre, aprovechando una leve mejoría en su estado, a su casa acudieron unos amigos para visitarle y, de paso, ensayaron las diversas partes del Requiem para finalizar en el Lacrimosa, la última música que salió del cerebro — o de sabe Dios dónde — de Mozart. Esa misma noche, tras la velada, el compositor empeoró rápidamente y a la una de la madrugada del ya día 5 de diciembre expiró. El diagnóstico médico estableció que la causa fue una fiebre reumática aguda. Dos días después fue enterrado en el cementerio de San Marcos de Viena. Todas las leyendas que se han tejido en torno al funeral y posterior entierro de Mozart son absolutamente falsas, aunque delatan el carácter de personaje ya legendario que tuvo Mozart desde poco tiempo después de morir: Ni su comitiva fúnebre estuvo formada exclusivamente por la solitaria figura de un perro, ni hubo una terrible tormenta de rayos y viento durante su entierro, ni Salieri se escondió tras unos árboles durante unos días para verificar que Mozart no habría de resucitar, ni fue sepultado como un pordiosero en una fosa común y posteriormente cubierto de cal, ni bobadas por el estilo. A los funerales asistieron muchos amigos, entre ellos el propio Salieri (Ambos músicos se apreciaban mutuamente); la tarde de su entierro fue soleada y apacible en Viena, como así se indica en los archivos meteorológicos de la ciudad; Y en absoluto fue sepultado en una fosa común. Lo que ocurrió fue que al sepulturero — que al parecer iba un poco pasado de copas — se le olvidó apuntar el número de tumba y el dato pasó desapercibido en ese momento (Los acompañantes sólo llegaban hasta una parte del cementerio. El entierro en sí tenía lugar con la sola presencia del sepulturero y de un cura). Posteriormente, fue imposible averiguar la ubicación exacta de su tumba. Tampoco fue cierto que su gloria se esfumase en los años posteriores. Su mujer y los dos hijos que le sobrevivieron pudieron vivir con relativa comodidad gracias a los derechos de autor generados y desde entonces fue considerado como uno de los más grandes compositores de la historia. Se quedaron cortos: Para quien esto escribe, Wolfgang Amadeus Mozart ha sido el músico más genial que jamás haya pisado este planeta, este sistema solar, esta galaxia y este universo…

 Una de las causas por las que la música de Mozart es tan prodigiosa es consecuencia de los numerosos viajes y giras que desde bien niño efectuó por toda Europa y que le familiarizaron con los distintos estilos musicales de los países y ciudades que visitaba. Supo fusionar con inigualable maestría la lírica italiana y la brillantez francesa con los procedimientos compositivos centroeuropeos, diseñando un sentido natural de la simetría que acabó por perfeccionar el refinamiento clásico. Pese a lo que se pueda pensar en un principio, su música no fue especialmente revolucionaria sino que, por el contrario, pulió las formas clásicas ya consolidadas. Aún así, abre las puertas a un inminente Romanticismo mediante sus asombrosos contrastes y sus armonías cada vez más complejas. El proceso creativo de Mozart era realmente inexplicable: Proyectaba las obras en su mente hasta el más mínimo detalle (Al mismo tiempo que daba clases, comía o jugaba al billar) y, tan pronto como podía sentarse junto a la partitura, transmitía todas esas ideas en el pentagrama a la misma velocidad con la que una persona cualquiera escribe una carta. La música parecía fluir en él sin interrupción, algo que resulta del todo comprobable si tenemos en cuenta que en sus 17 años de madurez creativa (Desde los 18 a los 35 años de edad) produjo una media de cuatro composiciones al mes de las que, al menos, una de ellas puede ser considerada como obra maestra. Otro de los rasgos que caracterizaron a Mozart fue que prefirió la variedad y la libertad, con todos los riesgos económicos que ello conllevaba, al puesto fijo y seguro. Si Mozart hubiese trabajado para una sola persona tal vez hubiera adaptado su inspiración a dicho empleo, con lo que habría sido muy probable que muchas de sus geniales obras jamás hubiesen visto la luz. Como comentamos anteriormente, Mozart fue respetado tras muerte, considerándosele como un gran genio de la música. Sin embargo, en un principio su obra no gozó de similar aceptación, ya que — aunque bella y elegante — era vista como simple precursora del Romanticismo. Afortunadamente, la modernidad de fines del siglo XIX y principios del XX se sintió cautivada — como reacción contrarromántica — ante la absoluta perfección musical desarrollada por Mozart. En la actualidad, un gran número de compositores, de directores de orquesta, de solistas, de cantantes líricos, de profesores de música, etc… Consideran a Mozart como el mayor referente musical de todos los tiempos.

OBRAS

- 41 Sinfonías, destacando la 25, 29, 31, 33, 34, 35, 36, 38, 39, 40 y 41
- 27 Conciertos para piano, destacando el 9, 17, 19, 20, 21, 22, 23, 24, 25, 26 y 27
- 5 Conciertos para violín, destacando el 3, 4 y 5
- 4 Conciertos para trompa
- Concierto para flauta
- Concierto para oboe
- Concierto para clarinete
- Concierto para fagot
- Sinfonía concertante para violín, viola y orquesta
- Concierto para dos pianos
- Sinfonía concertante para cuatro instrumentos de viento y orquesta
- Concierto para tres pianos
- Concierto para flauta y arpa
- Concertone para dos violines
- 17 Divertimentos
- 13 Serenatas, destacando Eine kleine Nachtmusik
- 100 Minuetos
- Otras piezas como Gavotas, Marchas, Música masónica…
- 19 Misas, destacando la Misa de la Coronación y el Requiem
- 4 Cantatas, destacando Exultate Iubilate
- Vísperas
- 12 Obras corales breves, destacando el Ave Verum
- 24 Óperas, destacando Idomeneo, rè di Creta, El rapto en el serrallo, Las Bodas de Fígaro, Don Giovanni, Così fan tutte y La flauta mágica
- 40 Arias de concierto
- Docenas de piezas breves para voz y orquesta
- 50 Canciones para voz y piano
- 17 Sonatas para piano, destacando la 10, 11 y 16
- 13 Series de Variaciones para piano
- 4 Fantasías y otras piezas breves para piano, destacando la Fantasía en do menor, K. 475
- Diversas piezas para dos pianos y piano a dúo, destacando la Sonata K. 448 para dos pianos y la Sonata a cuatro manos, K. 521
- 23 Cuartetos de cuerda, destacando el 19
- 6 Quintetos de cuerda, destacando el 3, 4, 5 y 6
- Quinteto para clarinete
- Quinteto para piano y trompa
- Quinteto para piano y viento
- Cuarteto para óboe
- 6 Cuartetos para flauta
- 2 Cuartetos para dos pianos
- 6 Tríos para piano
- Trío para clarinete, viola y piano
- Divertimento para violín, viola y violoncelo
- Sonata para fagot y violoncelo
- Trío de cuerda
- 2 Duetos para violín y viola
- 35 Sonatas para violín
- Minuetos, Adagios y otras obras breves para cámara

Wolfgang Amadeus Mozart (II): La lucha por la vida 13 Julio 2009

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Martini_bologna_mozart_1777 

El retrato llamado “Mozart de Bolonia”, copia efectuada en 1777 de un dibujo realizado en Salzburgo — hoy perdido — y que fue pintado por un artista italiano desconocido a instancias del padre Martini. Según el padre de Mozart, el retrato era de poca calidad artística pero reflejaba perfectamente a su hijo Wolfgang.

 La estancia en Salzburgo duró poco ya que Mozart había adquirido muchos compromisos en Italia. Pero ello no fue óbice para que durante su estancia en la ciudad austríaca Wolfgang sacase tiempo para componer cuatro sinfonías (K. 73, 74g, 75 y 110), un oratorio y un buen número de obras religiosas. El 13 de agosto, Leopold y Wolfgang parten hacia Milán, ciudad a la que llegan el 21 del mismo mes. En apenas 25 días, Wolfgang consigue componer la ópera en dos actos, Ascanio in Alba, que fue estrenada el 17 de octubre con un éxito clamoroso. Para resarcirse del esfuerzo, Mozart compone también dos sinfonías (K. 96 y 112) y el Divertimento K. 113. Leopold intentó poner a su hijo al servicio del archiduque Fernando, capitán general de Lombardía, pero aquello no llegó a cuajar en buena parte debido a las interferencias de la emperatriz María Teresa, quien desaconsejó su contratación. Con esto, los Mozart regresan a Salzburgo el 16 de diciembre y allí reciben la noticia del fallecimiento del príncipe arzobispo Sigismund, un hombre que había tratado a Leopold con gran consideración. Para sucederle, se nombró al conde Hieronymus Colloredo, un ser enérgico que no iba a permitir que las normas fuesen transgredidas así porque sí. Pronto los Mozart se dieron cuenta de que la situación había cambiado para ellos.

 De Milán habían recibido el encargo de una nueva ópera y ésta se estrenó el 26 de diciembre de 1772. Por causas del todo ajenas a la música, Lucio Silla tuvo un discreto éxito el día de su estreno aunque poco a poco fue remontando y llegó a ser repetida unas 26 veces. Mientras, Leopold seguía buscando una colocación para su hijo y, tras el rechazo del archiduque Fernando, llamó a las puertas del duque de Toscana, cuya respuesta fue poco prometedora. Paralelamente, Wolfgang no perdía tiempo en Italia y aprovechó para componer la Sinfonía K. 161, los Cuartetos K. 157 al 160, el Motete Exultate jubilate K. 165 y el Divertimento K. 186. A finales de febrero, Leopold se convenció de que en Italia no iba a encontrar un puesto de relevancia para su hijo y por ello emprendieron el regreso a Salzburgo, en donde llegaron el 13 de marzo de 1773. Mozart ya nunca más volvió a pisar Italia y, a sus 17 años, iba a comenzar una lucha por la vida para la que quizás aún no estaba preparado.

 Luego de que la tranquilidad de Salzburgo sirviera para que en pocas semanas Mozart compusiera las Sinfonías K. 162, 181, 182, 184 y 199, los Divertimentos K. 166 y 167, la Missa brevis K. 115, la Gran Missa K. 167 y otras composiciones religiosas menores (Sí, no me he equivocado; he escrito “pocas semanas”), su padre pensó en realizar un nuevo viaje a Viena aunque esta vez tuvo que contar con la licencia del arzobispo Colloredo, poco dado a conceder las mismas. Aprovecharon que el propio arzobispo tenía que viajar a Viena y los Mozart partieron con él en julio de 1773. Pero Wolfgang ya no era ese simpático niño-prodigio de años anteriores y descubre como es bien recibido allá por donde va, pero sin propuestas mayormente edificantes. Con todo, durante esta breve estancia Mozart tomó contacto con la música de Haydn, algo que a la postre iba a ser fundamental en su desarrollo compositivo, especialmente en lo referido a la música sinfónica. A finales de septiembre, los Mozart estaban de nuevo en Salzburgo, ciudad en donde se mudan a una casa de mayores dimensiones conforme a una situación social de cierto rango. Los meses siguientes, con una cierta paz familiar, fueron aprovechados por Wolfgang para componer sus Sinfonías K. 183, 200, 201 y 202, el Concierto para piano K. 175 (El primero de una extensa serie para este instrumento), el Concierto para fagot K. 191, las cinco Sonatas para piano K. 279 a 283 (Consideradas como el comienzo de la moderna sonata para piano), las dos Missas brevis K. 192 y 194, aparte de otras composiciones menores… (Recordemos que esta vasta producción se correspondía con un chico que tenía 18 años, lo que supone una madurez creativa impropia y difícil de comprender)

 En verano de 1774, Mozart recibe el encargo de componer una ópera para el Carnaval de Munich. Comenzó a trabajar en la obra en septiembre y, a comienzos de diciembre, ya tenía terminada La finta giardiniera, que se estrenó en la capital bávara el 13 de enero de 1775 con un triunfal éxito. Debido a ello, Mozart realizó unos arreglos para que dicha obra pudiera ser cantada en alemán con el título de Die verstellte Gärtnerin. Mozart aprovechó la estancia en Munich para componer la Sonata para fagot y violoncelo K. 292, la Sonata para piano en Re mayor, K. 220, la Missa brevis k. 220 y los Divertimentos K. 196e y 196f, entre otras obras… Acabado el Carnaval, Mozart regresó a Salzburgo el 6 de marzo, en donde permaneció dos años que si bien fueron muy fructíferos para sus producciones artísticas, no es menos cierto que estuvieron igualmente marcados por las crisis internas y sufrimientos de un Wolfgang que se sentía ahogado en aquel ambiente un tanto provinciano. Pese a ello, de esta época son sus cinco Conciertos para violín y orquesta, los Conciertos para piano nºs 6, 8 y 9; el nº7, K. 242, para tres pianos y orquesta. También compuso la ópera Il rè pastore, estrenada el 23 de abril de 1775 en Salzburgo.

 Pero la antipatía y el mutuo descontento entre Mozart y el arzobispo Colloredo fueron aumentando progresivamente, llegando a ser del todo insostenible en 1777. Mozart, con 21 años y 300 composiciones a sus espaldas, sentía el deseo irrefrenable de dar salida a sus posibilidades, de decidir su vida y su futuro lejos de las ataduras de Salzburgo. Para ello, escribió una lacónica petición al arzobispo fechada el 1 de agosto de 1777 en la que solicitaba la dispensa de sus servicios. Justo un mes más tarde, el arzobispo liberaba a Wolfgang — no así a su padre — de sus servicios. Lleno de alegría, Mozart partió, esta vez con su madre, el 23 de septiembre rumbo a Munich, en donde intentó sin éxito ser admitido como compositor de la corte. (Obviamente, se echaba en falta la diplomacia del padre y empezaban a ser sintomáticos los sentimientos de la más pura ingenuidad de Mozart). De allí partió para Augsburg — en donde ofreció algunos conciertos que le proporcionaron algo de dinero — y luego hasta Mannheim. Sin embargo, en ninguna de estas dos ciudades Wolfgang consiguió un puesto de trabajo estable. En Mannheim, Mozart empezó a llevar una vida un tanto bohemia y se vio obligado a pedir dinero prestado a su padre, circunstancia que enturbió un tanto la relación entre ambos. Mozart, muy dado a hacerse castillos en el aire, llegó al torpe extremo de enamorarse de la hija de unos conocidos, Aloysia Weber, una aprendiz de cantante a la que propuso llevarse de gira por París. Cuando Leopold tuvo noticias de este insólito proyecto, prohibió terminantemente a Wolfgang semejante aventura y le conminó dirigirse a París en compañía de su madre, por lo que allí llegaron los dos el 23 de marzo de 1778. Gracias a los contactos que le suministró su antiguo amigo Von Grimm, Mozart consiguió dar clases a distinguidos discípulos de la alta sociedad, con las correspondientes y considerables retribuciones económicas. Fruto de aquellas clases, y como ejercicio de interpretación, compuso el bellísimo Concierto para flauta y arpa, K. 299. Pero Mozart no era del todo feliz en París y su mayor anhelo era volver a Italia. (Llegó incluso a rechazar un puesto de organista en Versalles). La tragedia personal iba a sobrevenir el 3 de julio, fecha en la que su madre, tras padecer una extraña enfermedad, falleció. Mozart no se portó muy bien con ella en aquellos parisinos días, dejándola a menudo a solas en una fría y aburrida habitación durante días. Ciertamente, el compositor pareció arrepentirse con posterioridad, mitigando un tanto su infantiloide carácter pero no así su desesperante ingenuidad. Enterado Leopold del suceso por terceras personas, ordenó a Wolfgang que regresara de inmediato a Salzburgo para ponerse de nuevo bajo las órdenes del príncipe-arzobispo Colloredo. (Nunca podremos imaginar la humillación que debió sentir Leopold al entrevistarse con el arzobispo para rogarle que volviese a admitir al “irresponsable” hijo suyo).

 En Munich, camino de regreso a Salzburgo, se llevó la amarga sorpresa de que Aloysia había sido contratada como prima donna en la ópera de la corte con un nada despreciable salario de 600 gulden anuales (Ironías del destino). Pero mucho más desagradable fue el comprobar cómo la cantante, sintiéndose anteriormente despechada, ignoró por completo al compositor. No obstante, Mozart trató de lograr un puesto en la corte bávara (Cualquier cosa menos regresar a Salzburgo junto con Colloredo) pero sus expectativas se vieron por completo frustradas. Finalmente, el 15 de enero de 1779 Wolfgang llegó a Salzburgo. El puesto que su padre le había conseguido era el de organista, con un estimable sueldo de 450 gulden anuales. Como obligaciones, aparte de tocar el órgano en la corte y en la catedral, debía encargarse de la instrucción de los niños del coro y también componer para cuando a ello fuese requerido. En los dos años que duró el nuevo compromiso de Mozart, su producción fue realmente asombrosa: La Misa de la Coronación, la Missa Solemnis en Do mayor, las Sinfonías 33 y 34, la Sinfonía concertante para dos violines, el Concierto para dos pianos y orquesta, la Sonata para violín y piano, K. 378, la ópera Idomeneo, rè di Creta — encargo del teatro de Munich — y cuyo estreno constituyó un extraordinario éxito. Tras este feliz acontecimiento, Wolfgang, su hermana Nannerl y su padre Leopold se trasladaron a Augsburgo de vacaciones, aunque se vieron abruptamente interrumpidas por la orden de regreso que recibió Wolfgang de parte del arzobispo Colloredo, quien requería al compositor urgentemente en Viena.

 Pocas veces se habrá sentido un compositor tan humillado como Mozart durante su estancia en Viena. El arzobispo, hombre de difícil y riguroso carácter, se tomó cumplida venganza de la antigua petición de renuncia de Mozart y sometió al compositor a todo tipo de vergonzosas situaciones: Le hacía sentarse a la mesa después de los ayudantes de cámara, le prohibía tocar el piano sino era bajo su caprichoso consentimiento y solía recriminarle duramente en público. Ya en Salzburgo, la situación se volvió del todo insostenible y el 9 de mayo, tras una tensa y violenta entrevista en la que Mozart aguantó todo tipo de insultos, el compositor se armó de valor y espetó al arzobispo: –”Pues si Vuestra Eminencia me define de tal manera, ¿A qué demonios espera entonces para despedirme?”– Mozart presentó de nuevo la dimisión que sólo fue aceptada por el arzobispo un mes más tarde.

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

Wolfgang Amadeus Mozart (I): Cuando Dios quiso ser músico 6 Julio 2009

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Mozart en 1763

Retrato de Mozart en 1763, con siete años, obra de autor incierto

* Nacido el 27 de enero de 1756 en Salzburgo
* Fallecido el 5 de diciembre de 1791 en Viena

 

 Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart — con estos nombres fue bautizado al día siguiente de su nacimiento — fue el segundo vástago en superar la infancia de los siete que tuvo el matrimonio formado por Leopold Mozart y Anna Maria Pertl. Con el tiempo, Mozart germanizó su tercer nombre de pila (Wolfgang) y latinizó la forma griega del cuarto (Amadeus). Su padre, Leopold Mozart, procedía de Augsburgo y se había trasladado a Salzburgo con la intención de cursar estudios de filosofía. Pero lo que realmente le apasionaba era la música, materia a la que se dedicó exclusivamente y por la que llegó a convertirse en un extraordinario violinista, ingresando en la orquesta del príncipe-arzobispo de Salzburgo para posteriormente ser nombrado compositor de la corte y vicemaestro de capilla. En el mismo año del nacimiento de Wolfgang, Leopold Mozart publicó una obra pedagógica, Ensayo de un método fundamental de violín, que le dio fama universal y que incluso se sigue utilizando en la actualidad. Pronto advirtió el talento musical de sus dos hijos — Wolfgang y su hermana mayor, Nannerl — por lo que dedicó la mayor parte de su tiempo libre a la formación de los mismos. Aún así, la precocidad de Wolfgang y su innata predisposición para la música no pasó en absoluto desapercibida para su padre. Con sólo cuatro años, Wolfgang no sólo era capaz de ejecutar piezas al clave más propias de estudiantes avanzados sino que incluso también componía y, de hecho, un minueto y un trío están numerados como la primera composición del autor en la conocida compilación de su obra llevada a cabo por Ludwig Ritter von Köchel y que suele abreviarse por KV (Köchel Verzeichnis) o simplemente por K. Los progresos musicales de Wolfgang eran tan asombrosos que en septiembre de 1761 (Con cinco años) Leopold le presentó en un concierto celebrado en la Universidad de Salzburgo. Los asistentes se quedaron alucinados con un crío que a esa edad era capaz de tocar el clave a primera vista, de improvisar, de identificar de oído cualquier nota…

 Al año siguiente, Leopold decide llevar a sus dos hijos a Munich para tocar ante el príncipe elector de Baviera; sin embargo, el primer viaje en serio se produce en septiembre de ese mismo año, cuando llegan a Viena después de pasar por Passau y Linz. En la capital imperial tocaron para la emperatriz María Teresa y el éxito fue tan apoteósico que todo el mundo hablaba maravillas del niño Mozart en Viena y los nobles de la ciudad se lo rifaban para amenizar veladas musicales en las que Wolfgang dejaba sin habla a los privilegiados asistentes con sus prodigiosas dotes. Finalmente, en enero de 1763 los Mozart estaban de nuevo en casa, lugar en el que el niño se sometió a un intenso trabajo durante los siguientes cinco meses y que tenía como objetivo una nueva y más ambiciosa gira que abarcaría París y Londres. Así, en junio de 1763 parte nuevamente de gira hacia París haciendo escala en Munich — en donde recaudan una fabulosa suma de dinero — y posteriormente en Augsburgo, en donde compraron un clavicordio de viaje que les resultó muy útil. Tras pasar por Maguncia, Frankfurt, Coblenza y Aquisgrán, por fin llegaron a París, vía Bélgica, el 18 de noviembre. Leopold Mozart, que como relaciones públicas no tenía precio, se ganó la amistad del barón Melchior von Grimm, quien diseñó para Wolfgang un perfecto programa de conciertos de exhibición para la nobleza parisina. Las galas ofrecidas por el niño Mozart en París tuvieron tal éxito que muy pronto fueron invitados a tocar en la corte de Luis XV en Versalles. Durante su estancia en París, Mozart publicó — ¡Un niño de siete años publicando ya sus obras! — sus cuatro primeras sonatas para clave (K. 6, 7, 8 y 9). Pese a lo mucho que se ha escrito sobre la presumible explotación del padre de Mozart de las sorprendentes dotes musicales de su hijo, lo cierto es que Leopold siempre creyó que era su responsabilidad dar a conocer al mundo — y de paso ganarse unos buenos dinerillos — las cualidades casi divinas de Wolfgang. El niño disfrutaba con la música y no echaba de menos los juegos y demás cosas propias de un chico de su edad. Su mundo era, desde que tuvo uso de razón, la música y puede afirmarse que vivió como un adulto su infancia para, con el paso de los años, sentirse un niño en un mundo de adultos.

 Tras los brillantes éxitos obtenidos en París, en abril de 1764 la familia parte rumbo a Londres, ciudad a la que llegan el día 23 de dicho mes. Nada más pisar tierra británica fueron requeridos para tocar en el palacio real, ya que el rey Jorge III era muy aficionado y entendido de música. La primera audición en el palacio de Buckingham duró tres horas y en ellas Wolfgang, lejos de seguir con sus acostumbradas y casi circenses actuaciones, llevó a cabo una interpretación mucho más seria y original. Los soberanos pusieron a prueba al niño haciéndole tocar a primera vista numerosas piezas de extrema dificultad de Haendel, examen que pasó sin inquietarse lo más mínimo. Se le obligó a improvisar sobre un tema del mismo Haendel y todos se quedaron asombrados con las melodías que Wolfgang inventó para acompañar el tema. Pero ahí no quedó la cosa: Los músicos más expertos de Londres le sometieron a todo tipo de pruebas, cada una más difícil que la anterior, de las que Wolfgang salió airoso y triunfante. Tal fue el asombro que un conocido filósofo, Daines Barrington, hizo de Wolfgang un detenido examen científico para intentar aclarar el misterio de aquel genio que parecía el mismo Dios disfrazado de niño músico. Ese trabajo fue expuesto posteriormente en la Royal Society. La gama de recursos que Wolfgang exhibía iba desde tocar a primera vista cualquier partitura hasta ejecutar piezas con los ojos vendados o cubriendo con un paño la totalidad del teclado. En ocasiones, tras interpretar un complicado pasaje en el clave, posteriormente lo ejecutaba con la misma facilidad al violín. Puede decirse que la visita a Londres fue del todo provechosa, no sólo por ganar dinero y fama, sino porque Wolfgang “amplió” su formación musical gracias a la desinteresada colaboración de dos grandes músicos que vivían en Londres, Johann Christian Bach (El Bach londinense) y Karl Friedrich Abel. Estos dos músicos influyeron de forma decisiva en Mozart, quien desde esos momentos se dedicaría intensamente a la composición. De esa época son sus primeras sinfonías y sus primeras obras vocales, algo verdaderamente insólito para un chiquillo de apenas ocho años de edad.

 El 1 de agosto de 1765 los Mozart embarcan en Dover con la intención de regresar a Salzburgo. Sin embargo, durante el trayecto pasaron por Lille, Gante, Amberes, La Haya, Amsterdam, Utrecht, Bruselas — donde Wolfgang enfermó — y nuevamente París. En esta nueva visita, con tan sólo unos meses de diferencia entre la anterior, Wolfgang demostró unos enormes progresos y fue sometido nuevamente a todo tipo de pruebas de las que salió airoso. De París pasaron a Dijon, Lyon, Ginebra, Lausana, Berna, Zurich, Augsburgo y Munich para llegar finalmente a Salzburgo en los últimos días de noviembre de 1766.

 Tras esta larga y fatigosa gira, Wolfgang fue puliendo concienzudamente sus innatas condiciones para la música y su padre le enseñó además latín e italiano. (Ningún documento acredita que Wolfgang pisara jamás una escuela; tuvo en su padre al mejor maestro posible). Ya en Salzburgo, el arzobispo ponía en duda la verdadera autoría de algunas composiciones de Wolfgang (Sospechaba que se las escribía su padre) y de esta forma mandó encerrar al pequeño en una habitación del palacio durante una semana, ordenándole que compusiera una pieza. Fruto de aquel incomunicado encierro fue la Cantata fúnebre K. 42… Fue en esta misma época cuando a Wolfgang le empieza a interesar la ópera — y eso que el chico sólo tenía 11 años — y sopesa la posibilidad de componer una, algo imposible de realizar en Salzburgo debido a que en esta ciudad sólo tenía cabida la música religiosa. Para ello, Leopold planeó viajar hasta Viena, aprovechando la inminente boda de una hija de la emperatriz, y para allí que partió con Wolfgang en septiembre de 1767. Pero sucedió que una imprevista epidemia de peste se declaró en Viena por la que los Mozart hubieron de refugiarse en Bohemia. Por fin, a principios de enero de 1768, padre e hijo son recibidos en la corte de Viena y, tras muchas negociaciones, reciben el encargo de componer una ópera bajo texto de Marco Coltellini. En sólo tres meses Wolfgang compuso la extensa partitura en tres actos que contó La finta semplice, ópera que, sin embargo, no logró estrenarse en aquellos momentos por diversos problemas. Esperando a que llegaran las soluciones, Wolfgang se entretuvo componiendo otra obra escénica, Bastien und Bastienne, que estrenó en la mansión del acaudalado médico que se la encargó. (En 1768, con apenas doce años, Mozart compone ¡Dos óperas!). Como La finta semplice no terminaba de estrenarse — al parecer, existían envidiosos celos de algunos compositores — se intentó compensar a Mozart con un concierto que tendría lugar durante la consagración de una iglesia vienesa y para el que la criatura escribió una misa, un ofertorio, un concierto para trompeta y un himno (Vamos, cosas sencillitas…). El éxito fue arrollador y durante semanas no se habló de otra cosa en Viena. Con este triunfo, Leopold se dio por satisfecho y la familia Mozart emprendió el regreso a Salzburgo, llegando en enero de 1769 y en donde Mozart iba a permanecer cerca de un año.

 Aprovechando “la onda musical religiosa” de Salzburgo, Wolfgang se sacó de la manga ese año tres Misas (K. 49, 65 y 66), además de una serie de minuetos, marchas serenatas, divertimentos, arias… En mayo, con motivo de la onomástica del arzobispo, se estrena por fin en el palacio arzobispal La finta semplice. Durante todo aquel año Leopold estuvo diseñando el obligado viaje a Italia de Wolfgang que, finalmente, daría comienzo el 12 de diciembre del mismo año. Tras pasar por Innsbruck, Bressanone, Bolzano, Verona y Mantua, llegaron a Milán el 23 de enero de 1770. (En Verona, el chiquillo hizo verdaderas diabluras que dejaron con la boca abierta a todos los músicos de la ciudad. Entre otras cosas, escribió en partitura una composición para orquesta que había escuchado una sola vez… ¡Sin ningún fallo!). Tras ofrecer un concierto en Milán ante lo más selecto de la nobleza y el propio arzobispo, recibe el encargo de componer una ópera. Con el contrato en la mano, salen hacia Bolonia, ciudad en la que visitan al eminente teórico musical, el padre Martini, quien alucina al ver a Mozart improvisando una fuga. Luego de pasar por Florencia, Siena, Orvieto y Viterbo, llegan a Roma el 11 de abril de 1770. Como aperitivo, Mozart transcribe en partitura un famoso Miserere de Allegri cuya copia estaba rigurosamente prohibida… Wolfgang dio numerosos conciertos en Roma con un éxito descomunal, aunque en sus ratos libres sacó tiempo para componer dos sinfonías, una contradanza, un canon, dos arias y un Kyrie a cinco voces… El 14 de mayo llegan a Nápoles, ciudad en la que Wolfgang toma contacto con los principales cantantes de ópera napolitanos del momento, una pléyade de figuras. Vuelven a Roma en junio y el mismísimo Papa Clemente XIV nombra a Wolfgang Caballero de la Espuela de Oro… De vuelta a Bolonia, el padre Martini logra que, contraviniendo los estatutos, Mozart ingrese como miembro de la prestigiosa Academia Filarmónica de la ciudad — se requería una edad mínima de 20 años — tras superar una tremenda prueba: Se le conminó a componer una antífona a cuatro voces (Sin clave u otro instrumento musical a mano: Sólo papel pautado y lápiz) y para ello se le encerró en una habitación contigua. Los examinadores no podían dar crédito cuando, pasada media hora, Wolfgang anunció que ya había terminado… De nuevo en Milán, Mozart cumple con el contrato firmado meses atrás y el 26 de diciembre de 1770 se estrena en el Teatro Ducal Mitridate, rè di Ponto, con un arrollador éxito (Se llegaron a dar 20 representaciones, algo insólito). Tras ello, y luego de dar unos conciertos en Venecia, Padua y Verona, los Mozart llegaron a Salzburgo el 28 de marzo de 1771

FIN DE LA PRIMERA PARTE

Johannes Brahms (II): La belleza de una música inspirada 29 Junio 2009

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JohannesBrahms 

 Aprovechando una mejoría de Robert Schumann en la clínica donde se hallaba ingresado, Brahms propuso a la agotada Clara una excursión por el valle del Rin que prolongó durante diez felices e inolvidables días. Sólo Dios sabe de qué hablaron, pero desde entonces Brahms sintió un amor platónico y metafísico hacia Clara. Meses más tarde, mientras Clara se encontraba en plena gira de conciertos, recibió una carta urgente de Brahms informándole del inminente fin de su marido. El 29 de julio de 1856, Clara, Johannes y Joachim lloraban la pérdida de un gran músico y mejor persona, Robert Schumann. Tras el entierro, Brahms organizó un pequeño viaje a Suiza en el que también participó Joachim y que hizo mucho bien a la afectadísima Clara.

 Brahms pasó una temporada en Detmold, ciudad en cuya corte causó muy favorable impresión musical. En este lugar se gestó su Concierto para piano nº1, estrenado en Hannover con el propio Brahms al piano y Joachim al frente de la orquesta. No fue nada bien acogido y mucho menos en Leipzig, en donde se volvió a interpretar con posterioridad. Sin embargo, y lejos de desanimarse, Brahms supo asimilar este fracaso de manera inteligente, prometiendo que retocaría la partitura. Con 25 años cumplidos, Brahms conoció a Agathe von Siebold en Gotinga, una hermosa cantante para cuya voz compuso numerosas canciones. Se dio por hecho el noviazgo entre ambos pero Brahms regresó de nuevo a Detmold sin haberse comprometido. (Cinco años después, Brahms la dedicó su magnífico Sexteto para cuerdas en Sol mayor, uno de cuyos temas principales está compuesto por las siguientes notas: A-G-A-H-E, la-sol-la-si-mi)

 Tras pasar una tercera temporada en Detmold, Brahms regresó a Hamburgo en 1859. Pero como nadie parece ser profeta en su tierra y observando el desinterés mostrado en su ciudad natal hacia su obra, partió para Viena tres años después. Gracias otra vez a Joachim y a sus cartas de presentación — ¡Eso es un amigo! — Brahms empezó a ser musicalmente conocido en la capital del imperio, siendo sus obras muy interpretadas. Se ganó poco a poco el fervor del famoso crítico Eduard Hanslick, feroz oponente a la llamada “corriente wagneriana”, quien alagó con elogio los estrenos de las dos serenatas de Brahms. En 1863 realiza una breve visita a Hamburgo y logra convencer a su padre para que no se divorcie de su madre, muy enferma y envejecida. De vuelta a Viena, dirige la Singakademie durante un año, aunque de nuevo eligió la libertad, la ausencia de ataduras a puestos fijos en los que el músico se sentía incómodo por su espíritu independiente. Sin embargo, la separación de sus padres no pudo finalmente evitarse y Brahms tuvo que acudir a Hamburgo para arreglar las cosas e intentar que cada progenitor viviera con cierta comodidad. De nuevo en Viena — llevando consigo el manuscrito original de la Sinfonía 40 de Mozart que una princesa le había regalado — recibe la noticia de la muerte de su madre. Su Trio para trompa, violín y piano, especialmente el Adagio, es un sentido homenaje a su madre, aunque la obra donde liberó toda su tristeza por este hecho fue el Requiem Alemán.

 Con el referido Requiem, Brahms inició una etapa instrumental que a partir de ahora va a caracterizar su arte compositivo y que se cierra con el Doble Concierto. Como suele ocurrir con las obras maestras universales, el estreno de las tres primeras partes del Requiem en Viena fue un completo fracaso, aunque posteriormente en Bremen, con la obra ya completa, constituyó un gran éxito. Por esta época, a Brahms se ve afectado por un extraño e inesperado cambio de sentimientos amorosos y se queda prendado de una de las hijas de Clara, Julie, que al parecer le traía el recuerdo de su propia madre Clara en su juventud. Clara se enteró de todo y se sintió muy molesta con el compositor, quien trató en vano de ocultar este sentimiento; finalmente, Julie contrajo matrimonio y dejó a Brahms solitariamente desconsolado. La inspiración de aquel dolor de corazón llegó en forma de Rapsodia para contralto, una de las muchas joyas inolvidables de Brahms. Un par de años después, el padre de Brahms fallecía a causa de un cáncer de hígado. Brahms demostró su enorme humanidad y le prestó una cuantiosa ayuda económica a su madrastra viuda. (Por estas fechas, las obras de Brahms estaban ya siendo muy bien remuneradas). En 1873, Brahms se instala definitivamente en Viena, en el número 4 de la Karlgasse, y se hizo cargo durante tres años de la dirección de Los Amigos de la Música. En 1876, durante un viaje al Báltico y en comunión con la naturaleza, empieza a esbozar su Primera Sinfonía, una forma musical que no acometió hasta que propiamente se sintió en plena madurez creativa, a los 43 años. Con su estreno en Karlsruhe y las posteriores ejecuciones en Mannheim, Munich, Viena y Leipzig, Brahms se consagró como el mejor compositor alemán del momento y fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Cambridge, honor que recogió Joachim, ya que Brahms nunca se desplazó a Inglaterra. Poco tardó en escribir la sensacional y poética Segunda Sinfonía y el no menos bello Concierto para violín, dedicado y estrenado por Joachim en Leipzig en 1879. Con 47 años, la Universidad de Breslau le concede el título de Doctor en Música, para lo cual Brahms aprovecha para componer la alegre Obertura para un Festival Académico que culmina con el conocido himno universitario Gaudeamus igitur. Como réplica y para compensar, no tardó en escribir la Obertura trágica. Por esta época, era público y notorio el aspecto desaliñado que Brahms tenía consigo mismo, incapaz de gastarse un céntimo de su dinero en beneficio propio aunque, por extraño que pueda parecer, se mostraba del todo espléndido y desinteresado cuando se trataba de ayudar a los más necesitados. También, con una capacidad económica muy superior a lo que Brahms consideraba como su básico sustento, el compositor nunca ocultó su desmesurada glotonería y su despreocupada afición a la bebida.

 Tras un breve periplo por Italia, país por el que siempre sintió una gran admiración, terminó su ensoñadora y lírica Tercera Sinfonía. A partir del verano de 1884 pasó a residir en Mürzzuschlag, un pueblo de Estiria, en donde esbozó y terminó la Cuarta Sinfonía, partitura que por poco no fue devorada por un fuego que se desató en la localidad y que destruyó muchas casas. (Nuevamente Brahms contribuyó con cuantiosas ayudas a los damnificados). Durante algunos veranos, el músico se hospedaba en Hofstetten, bellísima localidad suiza a orillas del lago Thun; allí puede decirse que culminó su obra instrumental y sinfónica con la composición del Doble concierto para violín y violoncelo en 1887, posiblemente una de sus obras más logradas. Brahms había demostrado su talento en el tratamiento de las grandes formas y decidió volver a la verdad desnuda de la intensidad expresiva con la mayor economía de medios, retornando a las pequeñas formas, a la voz solista y al piano solo.

 En este último período Brahms descubrió la mágica sonoridad de un instrumento, el clarinete, y para ello compuso dos sensacionales piezas en 1891, el Trio y el Quinteto para clarinete, esta última una de sus obras más intimistas y conmovedoras. Los años siguientes los dedicó al piano, su instrumento más querido y fiel intérprete de sus más profundos sentimientos, con unas obras exentas de virtuosismo y del todo introspectivas. En 1895 Brahms terminó sus dos sonatas para clarinete y piano y las Canciones Populares Alemanas. Al acabar el año se reunió con Clara en Frankfurt, donde se vieron por última vez. Clara fallecería el 20 de mayo de 1896 mientras que el compositor se encontraba en Bad-Ischl, por lo que apenas pudo llegar a tiempo para el entierro celebrado en Bonn. Brahms nunca se recuperó de aquel golpe y sus últimas composiciones son auténticamente sobrecogedoras, como saludando a una próxima y, quien sabe, si ya deseada muerte: Cuatro cantos serios y Once preludios corales… Desde 1897 sus días estaban contados a causa de un cáncer de hígado, la misma enfermedad de la que murió su padre. El 7 de marzo se interpretó en la Sociedad Filarmónica su Cuarta sinfonía, con asistencia del compositor que fue homenajeado por todo lo alto, obligándosele a saludar tras cada uno de sus movimientos. Finalmente, el 3 de abril de 1897 murió plácidamente en Viena.

 Aunque la música de Brahms encuentra sus raíces en el clasicismo de maestros anteriores — Mozart y Beethoven — su naturaleza expresiva y de proporciones gigantescas era en esencia romántica. Considerada la antítesis pasada y un tanto anacrónica de Wagner y Liszt, su obra ha demostrado por ella misma no sólo ser conmovedora sino también muy influyente en el posterior desarrollo de la música. Esa dicotomía entre el “clasicismo” de Brahms y la música “progresista” de Wagner, Liszt y Bruckner fue un tema clave en la historia musical del siglo XIX. Brahms recurrió a la recuperación y modificación constante de pequeños fragmentos de materia musical a medida que avanzaba la composición. Este estilo creativo allanó el camino de la música en la que cada aspecto de la composición surge de la misma unidad temática. Pero es quizás el incomparable “sonido” de su música lo que le ha asegurado un lugar de privilegio en la historia. Su música es otoñal, apasionada y romántica, a la vez que controlada, refinada y llena de melancolía. Su influencia en el desarrollo de la música del siglo XX es más que notable, como bien demostró Schoenberg. Para quien esto escribe, posiblemente Brahms sea su compositor más querido y admirado.

OBRAS

- 4 Sinfonías
- 2 Serenatas
- 2 Oberturas
- Variaciones sobre un tema de Haydn (También en versión para dos pianos)
- 2 Conciertos para piano
- Concierto para violín
- Doble concierto para violín, violoncelo y orquesta
- 21 Danzas húngaras (Escritas originariamente para piano)
- 3 Sonatas para piano
- Variaciones sobre un tema de Haendel
- Variaciones sobre un tema de Paganini
- Variaciones sobre un tema de Schumann
- Valses y otras obras para piano a cuatro manos-
- Baladas, rapsodias, intermezzos, etc…
- 2 Quintetos para cuerda
- Quinteto para clarinete
- Quinteto para piano
- 3 Cuartetos con piano
- 3 Trios para violín, violoncelo y piano
- Trio para violín, trompa y piano
- 3 Sonatas para violín y piano, destacando la nº1
- 2 Sonatas para clarinete (O viola) y piano
- Requiem Alemán
- Rinaldo
- Canto del destino
- Canto de las parcas
- Canto del triunfo
- Rapsodia para contralto
- 4 Cantos serios
- Ciclos de Magelone
- 22 Grupos de canciones corales
- 28 Arreglos de canciones para coro
- 200 Canciones
- 7 Libros de canciones populares para voz y piano

Johannes Brahms (I): Las poéticas brumas del norte 22 Junio 2009

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Johannes_Brahms_1853

Fotografía de Brahms tomada en 1853, cuando el compositor contaba con veinte años

* Nacido el 7 de mayo de 1833 en Hamburgo
* Fallecido el 3 de abril de 1897 en Viena

 

 Johannes Brahms nació en una humilde vivienda de los barrios bajos de Hamburgo. Su padre era un hombre bonachón, amable y extrovertido que además sabía tocar varios instrumentos, especialmente el contrabajo y la trompa, y que se ganaba la vida ofreciendo conciertos en cervecerías y al aire libre. Por contra, su madre, 17 años mayor que su marido, era costurera y, pese a su bondad interior, adolecía de un difícil carácter por causa de una cojera. Parece ser que tenía una buena voz cuando cantaba canciones populares e himnos religiosos y este aspecto dejó una profunda huella en el futuro compositor. El pequeño Johannes comenzó a ir a la escuela a los seis años pero no tardó en abandonar los estudios para dedicarse exclusivamente a la música, espoleado por el padre al descubrir el innato talento del chico, quien poseía el llamado oído absoluto. Esta carencia cultural la fue solucionando posteriormente Brahms a base de tesón y de muchas lecturas. Con sólo siete años se puso al magisterio del pianista Otto Cassel aunque hubo de solucionar previamente un problema puntual: La casa de los Brahms, humilde entre las humildes, carecía de piano. El pequeño Brahms se las tuvo que apañar practicando en una fábrica de pianos en donde le fue concedido tal permiso. A los nueve años, un carruaje de caballos atropelló al chico y a poco nos quedamos sin futuro compositor… Pero este mozo estaba protegido por las musas y logró recuperarse del todo. Para celebrarlo, ofreció su primer concierto público a los diez años con un éxito apoteósico. El prestigioso maestro musical Eduard Marxsen, profesor a su vez de Cassel, continuó con la formación de Brahms y, lejos de recriminarle por sus ensayos compositivos, le alentó a ello al darse cuenta de lo que anunciaban.

 Pero la situación familiar era tan precaria que al joven Brahms no le quedó otro remedio que el de alternar sus estudios musicales con algún trabajo que aportara algo de dinero a la casa. Encontró empleo como pianista en un café cantante de los barrios portuarios de la ciudad. Allí, en un ambiente absolutamente impropio para un niño de su edad, Brahms tocaba al piano un repertorio de canciones que hacían las delicias de marineros y meretrices, despertando la imagen cándida del niño extraños sentimientos maternales en aquellas mujeres que exteriorizaban en torpes manifestaciones de cariño. Brahms siempre aludió, incluso con orgullo, a esa época de su vida y declaró además que aquellas prostitutas “al menos tenían bondad de corazón, lo que no puede decirse de muchas otras mujeres vienesas de excelente reputación”. El trato prematuro de Brahms con mujeres públicas condicionó posteriormente las relaciones del músico con las mujeres (Brahms, fuera de sus amores platónicos, se sentía incómodo en presencia de las mismas, permaneciendo soltero durante toda su vida). Cuentan que en aquellos cafés portuarios, Brahms llegó a alcanzar tal nivel evasivo a la hora de tocar el piano — lo hacía “automáticamente” al tiempo que leía un libro sobre el atril — que su capacidad de abstracción, fundamental para entender su obra, le hizo crearse un mundo ideal paralelo en su mente, muy distinto al de las penurias económicas y ambientes sórdidos de la realidad más mundana. Su música, casi siempre, es un fiel reflejo de ese mundo irreal.

 Aquella atmósfera recargada de los cafés acabó por pasar factura al joven Brahms cuya salud, ya quebradiza por naturaleza, se resintió hasta extremos preocupantes. Gracias a un amigo del padre, y a cambio de dar clases de piano a su hija, Brahms se instaló durante una temporada en una granja situada en Winsen, a las afueras de Hamburgo, en donde además de curarse en salud pudo completar su formación cultural gracias a la extensa biblioteca que el amigo del padre allí disponía. Incluso el coro de la localidad fue dirigido por el joven Brahms y pasó a la posteridad por interpretar las primeras composiciones del autor. Finalizado el verano, Brahms regresó a Hamburgo en donde continuó con las lecciones impartidas por Marxsen y con su duro trabajo nocturno en las tabernas portuarias. En esos días, cuando Brahms contaba con 14 años, recibió la triste noticia de la muerte de Mendelssohn. En un acto de certera profecía, Marxsen no dudó en declarar que Brahms sería aún más grande que él.

 Tras un nuevo invierno en Winsen, el profesor Marxsen dio por concluida la formación pianística del quinceañero Brahms, quien continuó dando conciertos en cafés y en los salones de algunas nobles casas, visitando con reiteración la fábrica de pianos ante la imposibilidad de hacerse definitivamente con uno. Allí, una tal Louise Japha, le habló de Schumann, que en breve acudiría a Hamburgo para dar un concierto. Brahms, tímido hasta la desesperación, no se atrevió a solicitar una entrevista con el músico sajón y se limitó a enviar unas partituras al hotel donde se hospedaba. Al poco tiempo, Brahms recibió el paquete devuelto y sin abrir del hotel, en lo que consideró como un serio agravio. Esta decepcionante contingencia fue compensada por el hecho de conocer a un magnífico violinista, Ede Reményi, con el que Brahms formó un dúo que ofreció una gira de conciertos por todo el norte de Alemania y en la que obtuvieron más éxito que dinero. Fue entonces cuando, por recomendación de Joachim, un magnífico violinista amigo de Reményi, Brahms pudo visitar a Liszt en la corte de Weimar. El pianista húngaro, animado por el contenido de las cartas de Joachim, solicitó a Brahms que ejecutase algunas de sus composiciones al piano. Brahms, un tanto remiso ante el esplendor y ceremonial que rodeaban a Liszt, optó por dejar las partituras al diabólico pianista quien, en una demostración de increíble talento, tocó de primera vista el difícil Scherzo en mi bemol menor. Ante los vítores de los allí presentes, Liszt se arrancó después con su propia Sonata en si menor. Durante la interpretación, Liszt observó como Brahms se había quedado dormido en el sofá, aspecto que molestó y mucho al legendario pianista húngaro…

 Tras este anecdótico incidente, Reményi le comunicó a Brahms que se quedaba en Weimar y que por lo tanto no continuaría con las giras. Al verse libre, Brahms fue a Gotinga en busca de Joachim, comenzando así una gran amistad entre ambos artistas. Joachim, pese al “éxito” de su recomendación a Liszt, le prometió a Brahms que irían a visitar a Schumann a Düsserldorf. Sin embargo, fue realmente Brahms quien se presentó a solas en casa de los Schumann, aprovechando una visita de su amiga Louise Japha, que se encontraba de viaje por Düsserldorf. El encuentro entre estos dos músicos no pudo ser más cordial y, en esta ocasión, Brahms sí que tocó algunas de sus composiciones, llegando a entusiasmar a Schumann. Junto a Clara, Schumann le pidió a Brahms que tocara una por una toda su obra, a lo que el hamburgués accedió encantado. Al finalizar la velada, Schumann sentenció: –”Es usted a quien yo estaba esperando desde hace mucho tiempo”–  Al hacerse muy de noche, Brahms fue invitado a cenar con la familia, sintiéndose feliz por estar sentado a la mesa de un verdadero hogar. Aquello fue el comienzo de una de las más bellas amistades entre dos músicos.

 Schumann promocionó a Brahms con todas sus fuerzas, escribiendo elogiosos artículos en la revista que dirigía y recomendándoselo a los editores. También se integró en su círculo de amistades, entre los que se encontraba la mencionada Louise Japha. A este grupo pronto se unió Joachim, cuya llegada fue celebrada con una pequeña fiesta en la que se interpretó una sonata en donde cada uno de sus movimientos era de un compositor diferente — Schumann, Dietrich y Brahms — y que Joachim identificó sin vacilar. De regreso a Hamburgo, en 1853, Brahms llegó precedido de una merecida fama al haber escrito Schumann a su padre Johann Jakob anunciándole que su hijo iba a ser un gran compositor. Además, en la maleta del veinteañero Brahms se encontraban todas sus composiciones ya impresas. Antes de acabar ese año, Berlioz hizo elogiosos comentarios sobre Brahms, pero la música del galo — ¡Hay qué ver qué incomprendido era! — no le interesó para nada a Brahms.

 Fue por esa misma época cuando Brahms también conoció al director de orquesta Hans von Bülow quien, pese a todo, tardaría algún tiempo en comprender la verdadera dimensión del compositor. Años más tarde, el propio Von Bülow otorgó a Brahms el título de la “tercera B alemana”, junto a Bach y Beethoven. Tras un tiempo dando conciertos con Joachim y otros amigos, Brahms se enteró de que su amigo Schumann había intentado suicidarse arrojándose al Rin. Inmediatamente, el compositor se dirigió hacia Düsserldorf y trató de servir de consuelo a Clara. Comenzó entonces una larga y penosa etapa centrada en la locura de Schumann y en la que Clara se vio obligada a dar conciertos y clases para sacar adelante a sus siete hijos, permaneciendo Brahms fiel a su lado y arrimando el hombro como el mejor amigo posible. Sin embargo, tras aquella fidelidad, se empezó a gestar una apasionada e incomprendida historia de amor que se vio reflejada en una serie de geniales e inspiradas partituras con las que Brahms nos obsequió para la posteridad.

FIN DE LA PRIMERA PARTE