MSTISLAV ROSTROPOVICH 17 Diciembre 2009
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Mstislav Rostropovich fue uno de esos intérpretes que lograron alcanzar una popularidad que traspasó los límites de su propia actividad musical. Vivió de cerca los grandes acontecimientos mundiales protagonizados por la URSS; acabó exiliándose a mediados de la década de los setenta por defender al escritor Solzhenitsyn y acabó retornado a una nueva Rusia tras tocar su violoncelo frente a las ruinas del Muro de Berlín. Fue un enamorado de España, país que resultó casi adoptivo en su singladura existencial, gracias a su amistad con la reina doña Sofía. Quien esto escribe, tuvo el inolvidable privilegio de asistir en primera fila a uno de los ensayos que efectuó con la Orquesta Sinfónica de RTVE en el antiguo Teatro Real de Madrid con ocasión de un concierto en el que interpretó el Concierto en Do mayor de Haydn para posteriormente dirigir la Quinta de Shostakovich. Rostropovich derramaba música por los cuatro costados.
Mstislav Rostropovich nació en Bakú (Azerbaiyán) el 27 de marzo de 1927 en el seno de una familia muy aficionada a la música y especialmente al violoncelo. Con cuatro años, recibe de su madre sus primeras clases de piano (Rostropovich fue también un gran pianista) y con ocho ingresa en la Escuela Infantil de Música de Moscú para preparar su acceso al Conservatorio, hecho que se produce en 1937. Allí se pone bajo las órdenes de Senyon Kozopulov, jefe del departamento de violoncelos del Conservatorio, miembro del Cuarteto Moscú y fundador de la moderna escuela soviética de violoncelo. El binomio artístico resultó perfecto y Rostropovich, con sólo 18 años, obtiene el premio especial del Conservatorio. No tarda también en conquistar el Concurso Internacional de Praga (1947) y el de Budapest (1949), galardones que le abren las puertas de una imparable carrera como concertista. El talento del joven Rostropovich es divulgado mediante largas e inacabables giras lo largo de toda la Unión Soviética que compagina con sus actividades docentes en el Conservatorio de Moscú. Así, de forma inusualmente precoz, es galardonado con los Premios Lenin y Stalin y condecorado como Artista del Pueblo de la Unión Soviética. Durante la década de los años cincuenta, Rostropovich acomete su carrera internacional y ofrece conciertos en Occidente. En marzo de 1956 debuta en el Festival Hall de Gran Bretaña y al mes siguiente en el Carnegie Hall de Nueva York. La crítica se rinde ante el peculiar estilo de Rostropovich. Pero es en la década de los sesenta cuando Rostropovich se convierte en artista internacionalmente reconocido gracias a sus conciertos y recitales por toda Europa. En esos años, aparte de acompañar en ocasiones como pianista a su esposa, la soprano Galina Vishnievskaia, empuña también la batuta y dirige Eugenio Oneguin en el Bolshoi y en París. Desde entonces, Rostropovich alterna su carrera como virtuoso del violoncelo con la de director de funciones en el Bolshoi, logrando también una enorme reputación como director. Su figura era ya legendaria en todo el mundo, especialmente en la Unión Soviética, cuando en 1974 decide abandonar la URSS ante el apoyo que brinda al entonces Premio Nobel Alexander Solzhenitsyn. El conflicto se inició en 1970, cuando Rostropovich escribió un carta a los periódicos y revistas soviéticas defendiendo al autor de Archipiélago Gulag como protesta a las restricciones a su libertad. En el mismo año de su exilio, Rostropovich recibe el premio de la Liga Internacional de Derechos Humanos. Su salida de la URSS, estado que le retiró la nacionalidad soviética en 1978, coincidió con un impresionante resurgimiento de su carrera como solista y director. En 1977, sucede a Antal Dorati como director titular de la Orquesta Sinfónica Nacional de Washington y también es nombrado director del Festival de Aldenburgh, evento que fue fundado por su íntimo amigo, el compositor Benjamin Britten. La amistad de Rostropovich con la reina doña Sofía conllevó que el artista actuase con asiduidad en España, país del que Rostropovich se enamoró desde el primer momento, llegando a inaugurar el Festival de Cadaqués en 1990. Ese mismo año, y dados los acontecimientos que se produjeron en Rusia, Rostropovich volvió a pisar su tierra natal y se mostró como un fiel aliado del entonces presidente Gorbachov durante el intento de golpe de estado en 1991 (Rostropovich llegó a ser fotografiado portando una metralleta durante aquellos inquietantes episodios). A partir de entonces se instaló de nuevo en Rusia y llegó a ser homenajeado por el gobierno presidido por Vladimir Putin. En 1994 abandona la titularidad de la formación norteamericana y reduce su actividad como solista. Vivió sus últimos años con extraordinaria placidez, olvidando el forzoso exilio al que se vio sometido, y colaborando en diversas actividades culturales y benéficas promovidas por el gobierno ruso. Falleció a causa de un cáncer el 27 de abril de 2007 en un hospital de Moscú.
Rostropovich supo conjuntar una técnica perfecta con una musicalidad fuera de lo común, algo de lo que sólo unos pocos y elegidos intérpretes pueden presumir. Su dominio abarcaba todos los registros, especialmente los agudos, con una afinación y un sonido verdaderamente portentosos. El tipo de sonido que obtenía con su instrumento, vigoroso y a la vez enérgico, se identificaba muy bien con la música escrita a partir de Beethoven, aunque ello no significa que compositores como Bach o Haydn no fuesen magistralmente abordados por el violoncelista de Bakú. Pero es realmente en el repertorio decimonónico donde Rostropovich se mostraba inigualable, con interpretaciones de verdadera antología. Muchos compositores escribieron obras para él — alrededor de 60 obras le fueron dedicadas — y, de esta forma, Shostakovich le dedicó sus dos conciertos para violoncelo; Prokofiev, una sonata y una sinfonía concertante; Britten, tres suites, una sonata y una sinfonía… La extensa lista se completa con Beck, Berio, Boulez, Dutilleux, Fortner, Ginastera, Halffter, Henze, Holliger, Huber y Lutoslawski.
Rostropovich poseía varios violoncelos de gran calidad, pero uno de ellos sobresalía por encima de todos, el célebre Duport, un Stradivarius construido en 1711. Rostropovich se lo compró en 1974 a Gerald Warburg en un excelente estado de conservación, excepto una señal en la parte baja de su cuerpo supuestamente causada por el mismísimo Napoleón tras solicitar examinar el instrumento luego de un concierto ofrecido por Jean Louis Duport. A la muerte de este antiguo intérprete, el instrumento pasó a ser propiedad de su hijo, quien lo vendió en 1843 a August Franchomme, uno de los mejores violoncelistas franceses del siglo XIX, por la cifra record en aquellos tiempos de 22.000 francos. No resulta entonces extraño que un instrumento que fue pasando por sucesivas generaciones de afamados violoncelistas haya generado, en manos de Rostropovich, un sonido fascinante y de una calidad difícilmente superable.
Aparte de los galardones y méritos obtenidos en la URSS y ya mencionados, Rostropovich acaparó numerosos honores durante su exilio: Miembro de honor de la Academia de Santa Cecilia de Roma, de la Academia de Arte y Ciencia de los EEUU y también de la Royal Society inglesa. En 1976 recibió el prestigioso Premio Ernst von Siemens y fue nombrado Caballero de la Orden del Imperio Británico. Además, fue investido Doctor honoris causa por las universidades de Harvard, Yale, Cambridge y Sussex. Junto con Yehudi Menuhim, recibió en 1997 el Premio Príncipe de Asturias por la Concordia y unos años más tarde el Premio de la Fundación Wolf de Jerusalén.
Rostropovich dejó un legado discográfico que abarcó todo el repertorio fundamental de la música escrita para violoncelo. Así, podemos destacar las Suites para violoncelo solo de Bach (EMI); las 5 Sonatas para violoncelo y piano de Beethoven, acompañado por Sviatoslav Richter (DECCA); el Triple concierto de Beethoven, acompañado por Oistrakh, Richter y la Filarmónica de Berlín dirigida por Karajan (EMI); la Rapsodia hebraica de Bloch, acompañado por la Orquesta Nacional de Francia dirigida por Leonard Bernstein (EMI); las Sonatas para violoncelo de Brahms, acompañado por Rudolf Serkin (DG); la Sinfonía para violoncelo de Britten, acompañado por la Sinfónica de Londres dirigida por Rozhdenstvenski (INTAGLIO); las Variaciones rococó de Chaikovski, acompañado por la Sinfónica de Boston dirigida por Ozawa (DG); el Concierto para violoncelo de Dutilleux, acompañado por la Orquesta de París dirigida por Serge Baudo (EMI); el Concierto para violoncelo de Dvorak, acompañado por la Filarmónica de Londres dirigida por Giulini (EMI: Grabación antológica, mítica e insuperable); los 2 Conciertos para violoncelo de Haydn, acompañado por la Academy of St. Martin-in-the-Fields dirigida por Iona Brown (EMI); el Concierto para violoncelo de Saint-Säens, acompañado por la Filarmónica de Londres dirigida por Giulini (EMI); el Concierto para violoncelo de Schumann, acompañado por la Orquesta Nacional de Francia dirigida por Leonard Bernstein (EMI); el Concierto nº1 para violoncelo de Shostakovich, acompañado por la Orquesta de Filadelfia dirigida por Ormandy (CBS); y Don Quijote de Richard Strauss, acompañado por la Filarmónica de Berlín dirigida por Herbert von Karajan (EMI).
DAVID OISTRAKH 19 Noviembre 2009
Posted by Leiter in Grandes intérpretes.Tags: Violín, Oistrakh
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David Oistrakh fue unánimemente considerado como uno de los más grandes violinistas de toda la historia de la música, aspecto que adquiere aún más mérito si tenemos en cuenta que el desarrollo de su carrera no fue en absoluto fácil, en un mundo donde las relaciones entre los dos bloques políticos (Norteamericano y soviético) no atravesaban sus mejores momentos. Efectivamente, la admiración que despertó Oistrakh entre los públicos de Inglaterra y Estados Unidos no hubiera sido posible si no se hubiese mostrado como un artista verdadero y completo, ya que eran muchos los críticos musicales de estos dos países que no veían con buenos ojos la escuela violinística soviética, a la que tachaban de retrógrada y anticuada. Oistrakh superó estos iniciales prejuicios en base a una técnica insuperable, a una belleza incomparable de sonido y, fundamentalmente, a un enorme grado de intensidad emocional.
Nacido en Odessa el 30 de septiembre de 1908, comenzó su formación musical a los cinco años, cuando sus padres le regalaron un pequeño violín. Desde este instante, Oistrakh se puso bajo las órdenes del profesor Piotr Stoliarsky, maestro de muchos célebres violinistas, y esa relación se mantuvo inalterable durante el desarrollo de toda su carrera. Con sólo seis años de edad ofreció su primer concierto y a los quince debutó junto a la Orquesta del Conservatorio de Odessa interpretando el Concierto en la menor de Bach. En 1926 finalizó sus estudios en el Conservatorio de Odessa, obteniendo los títulos de violín y viola. Uno de los primeros hitos de su carrera sucedió el 10 de octubre de 1928, al interpretar en Leningrado el Concierto de Chaikovski bajo las órdenes de Nikolai Malko. En 1930 se casó con la pianista Tamara Rotareva, natural también de Odessa aunque de origen búlgaro, y tras obtener algunos galardones y ofrecer numerosos recitales, mayormente en Ucrania y en la Rusia europea, fue nombrado profesor-ayudante del Conservatorio de Moscú en 1934. Tras obtener un segundo premio, en unas circunstancias del todo difíciles, en el prestigioso Concurso Internacional Wieniavski de Varsovia, orientó su carrera como concertista e inició una gira por toda Europa que culminó con la obtención del primer galardón en el Concurso Ysaÿe de Bruselas en 1937. Ascendido a profesor titular de violín en el Conservatorio de Moscú, Oistrakh era ya un violinista reconocido incluso fuera de Rusia y participó en muchos conciertos ofrecidos en el frente durante el asedio nazi a Leningrado. Finalizada la guerra, Oistrakh se dedicó con ahínco a su doble actividad como concertista y profesor, consagrándose como uno de los mejores violinistas del mundo y resolviéndose además como un humanista interesado por todo tipo de temas políticos, culturales y sociales, aspecto que le granjeó la consideración en los círculos musicales de Occidente y América. En 1955 debutó en Nueva York estrenando el Primer concierto de Shostakovich, dedicado al propio solista por el compositor. Cinco años más tarde debutó como director de orquesta en Moscú, actividad que provocó que no tuviese apenas tiempo para descansar y que a la postre deterioraría su salud. Efectivamente, el continuo e intenso trabajo a que estaba sometido y su natural predisposición a la obesidad provocaron que en 1964 sufriese un infarto de miocardio durante un concierto que se estaba celebrando en Leningrado. Luego de este episodio, el violinista redujo un tanto su actividad pero su salud estaba ya minada y en 1973 tuvo que ser de nuevo hospitalizado. Un año después, luego de acabar un ciclo dedicado a Brahms en Amsterdam con la Orquesta del Concertgebouw, sufrió un nuevo ataque al corazón y en dicha ciudad falleció el 24 de octubre de 1974. Su esposa Tamara, sumida en una irrecuperable depresión por la pérdida, sólo le sobrevivió cuatro años. Su hijo Igor, también violinista y que acompañó a su padre en muchísimos conciertos, es también un excelente intérprete que, sin embargo, ha tenido que soportar siempre el peso y la fama de su progenitor.
Oistrakh acumuló innumerables galardones, premios y distinciones a lo largo de toda su vida: Premio Stalin en 1943, Artista del Pueblo de la URSS en 1954, Premio Lenin en 1960. Asimismo, fue homenajeado y condecorado por la Royal Academic of Music londinense, por el Conservatorio de Santa Cecilia de Roma y por la Academia de las Artes y las Ciencias de EEUU. Fue también nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Oxford. Pero una de las mayores aportaciones de Oistrakh fue su inmenso legado discográfico, con más de 350 composiciones llevadas al disco. Dentro de este ingente testimonio fonográfico, podemos destacar los Conciertos nº1 y 2 de Bach y el bellísimo Concierto para dos violines del mismo autor, acompañado por su hijo y la misma formación (DG); el Concierto para violín de Beethoven con la Orquesta Nacional de la Radiodifusión Francesa dirigida por André Cluytens (EMI); el Triple Concierto de Beethoven, junto Rostropovich, Richter y la Orquesta Filarmónica de Berlín dirigida por Herbert von Karajan (EMI); la serie de 10 Sonatas para violín de Beethoven acompañado por Lev Oborin al piano (PHILIPS); el Concierto para violín de Brahms con la Orquesta Nacional de la Radiodifusión francesa dirigida por Otto Klemperer (EMI); las 3 Sonatas para violín de Brahms acompañado por Sviatoslav Richter (LE CHANT DU MONDE); el Concierto para violín de Chaikovski con la Orquesta de Filadelfia dirigida por Eugene Ormandy (SONY-CBS); los 5 Conciertos para violín de Mozart con la Orquesta Filarmónica de Berlín dirigida por él mismo (EMI); la Sinfonía concertante K. 364 de Mozart acompañado por su hijo Igor y la Orquesta Filarmónica de Berlín (EMI); Tzigane de Ravel acompañado al piano por Frida Bauer (PRAGA) y los 2 Conciertos para violín de Shostakovich con las orquestas filarmónicas de Moscú y Leningrado dirigidas por Mravinski y Kondrashin respectivamente (LE CHANT DU MONDE). Pero esta selección no es sino una mínima muestra, reiteramos, del enorme legado discográfico que nos otorgó Oistrakh.
Una de las claves del éxito de David Oistrakh fue su extraordinaria capacidad expresiva que acababa atrapando al oyente. Oistrakh fue un intérprete con un estilo muy personal que le hacía diferenciarse de los demás violinistas del momento. Pese a que su sentimiento fue una constante esencial en sus ejecuciones, nunca cayó en el amaneramiento. Dotado de una maravillosa formación musical, Oistrakh tenía la virtud de tocar a velocidad vertiginosa cualquier composición a primera vista, virtud que fue fruto de sus primeros años como músico, cuando en numerosas ocasiones se vio obligado a tocar en condiciones más que adversas. Peculiar como ningún otro fue su sentido del vibrato, en absoluto rápido y que fue incluso convirtiéndose más lento con los años. Con ello, lejos de restar brillantez a sus interpretaciones, éstas resultaban cálidas y con un sonido maravilloso. Oistrakh solía usar con tres Stradivari: Uno de ellos fabricado en 1705 y que perteneció al violinista francés Martin Marsick; otro fabricado en 1714 y que había pertenecido a Jacques Thibaud; y un tercero que le regaló la reina Isabel de Bélgica. Asimismo, poseía una excepcional viola fabricada en el taller de Andrea Guarnieri. Sin embargo, por raro que pueda parecer, Oistrakh nunca utilizó arcos de primerísima calidad y se valía de arcos muy largos fabricados en Alemania.
La trayectoria artística de David Oistrakh está plagada de anécdotas y sucesos un tanto peculiares: En 1927, en pleno intento de ganarse un nombre como concertista, interpretó el Scherzo del Concierto nº1 de Prokofiev ante el propio compositor, oportunidad de la que esperaba obtener importantes enseñanzas. Sin embargo, el compositor no estuvo de acuerdo con la versión del joven Oistrakh y le regañó airadamente delante de todo el mundo. Años más tarde, Oistrakh y Prokofiev fueron excelentes amigos y el compositor recordaba aquel incidente con cierta vergüenza. En otra ocasión, durante el anteriormente comentado debut en Leningrado con el Concierto de Chaikovski, Oistrakh llegó tarde al ensayo y los profesores de la orquesta miraron despreciativamente a aquel “joven de provincias” que quería triunfar como solista. Por si no fuera poco, Oistrakh se vio obligado a tocar aquel concierto con un instrumento de escasa calidad… Al finalizar el mismo, los profesores de la orquesta le felicitaron uno por uno. En 1928 Oistrakh vio frustradas sus intenciones de ingresar como primer violín en la Orquesta del Ballet del Bolshoi. Se vio entonces obligado a ganarse la vida en Moscú como músico ambulante y su dormitorio particular fueron las estaciones de ferrocarril, ya que su vida era un constante ir y venir de ciudad en ciudad. En 1935, durante el comentado certamen del Premio Internacional Wieniavski de Varsovia, Oistrakh contó con la desventaja de su ascendencia rusa en un país como Polonia, de clara animadversión contra los soviéticos. Cuentan que el encargado de dar los premios, Jozef Beck, de ideas filonazis, se negó en rotundo a conceder el máximo galardón a Oistrakh y este fue a recaer en una jovencísima violinista francesa, Ginette Neveu. Mucho se ha hablado también de las relaciones de Oistrakh con el gobierno soviético. En 1942, Oistrakh se afilió al PCUS y se convirtió en una persona muy influyente en el ámbito musical soviético. Sin embargo, no estuvo siempre de acuerdo con lo que propugnaba el gobierno soviético y así salió en defensa de Shostakovich cuando este cayó en desgracia y lo mismo hizo con Prokofiev años después. Su posición frente al anti-semitismo imperante entonces en la Unión Soviética fue incluso más comprometida — Oistrakh siempre se consideró pro-judío — y se negó en rotundo a firmar un documento anti-sionista que redactó el gobierno soviético con motivo de la Guerra de los Seis Días.
ARTUR RUBINSTEIN 22 Octubre 2009
Posted by Leiter in Grandes intérpretes.Tags: Chopin, Piano, Romanticismo, Rubinstein
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Arthur Rubinstein — versión americanizada de su verdadero nombre, Artur — encarna de manera emblemática la figura del concertista de piano. Su larguísima trayectoria, sumada a la difusión y calidad de sus interpretaciones, le otorgaron un prestigio y una popularidad tan merecidos como inusuales. La alegría de vivir y la celebración de la música como una fiesta compartida fueron el secreto de su envidiable vitalidad, un legado de rigor y hondura interpretativa que lo hicieron único. Para muchos, Rubinstein fue el pianista que mejor supo transmitir la fuerza expresiva de todos aquellos compositores a los que interpretaba. Por ello, su repertorio se centró casi con exclusividad en el Romanticismo.
Nacido en Lodz (Antigua Rusia y actual Polonia) el 28 de enero de 1887, recibió las primeras lecciones musicales en Varsovia de la mano de Alexander Rózycki y ofreció su primer recital de piano el 4 de diciembre de 1894, con apenas seis años, durante una velada caritativa en Varsovia. Posteriormente ingresó en el Conservatorio de Varsovia y luego en el de Berlín, bajo la tutela de los profesores Max Bruch y Robert Kahn. A los doce años, ofreció su primer concierto de gran relevancia en Berlín, ejecutando una obra de Mozart bajo la dirección musical del prestigioso violinista Joachim, el inseparable amigo de Brahms. En 1905 toca por primera vez en París, en una sesión de los conciertos Lamoureux, y al año siguiente realiza su primera gira por el continente norteamericano. La Primera Guerra Mundial la pasó en Inglaterra, país en donde ofreció innumerables recitales junto al violinista Ysaÿe con fines caritativos. En 1916 realizó una gira por España, país del que se enamoró por completo, interpretando obras de Falla, quien le dedicó su Fantasía bética. Desde entonces, siempre fue considerado uno de los más grandes intérpretes del compositor español. En 1932, se casó con Aniela Mlynarski, hija del eminente violinista y director polaco Emil Mlynarski. El matrimonio duró toda la vida y el músico declaró en sus memorias que “a ella le debo todo”. En 1939, y ante el ambiente prebélico que se vivía en Europa, Rubinstein se instaló en Hollywood, aunque, finalizada la Segunda Guerra Mundial, emprendió una constante vida de giras concertísticas que le hizo célebre y le llevó a casi todos los rincones del planeta. De cualquier manera, en 1946 obtuvo la ciudadanía estadounidense. Uno de los momentos más emotivos de su trayectoria se produjo en 1958, cuando regresó a Polonia. El público le recibió con lágrimas en los ojos y con cerradas ovaciones de pie. Tocó prácticamente hasta los últimos días de su vida — fue capaz de interpretar los dos conciertos para piano de Brahms con ochenta años en una memorable velada — aunque una progresiva ceguera le obligó a retirarse en Inglaterra en 1976. Falleció plácidamente el 20 de noviembre de 1982 en Ginebra, tras una vida plena, intensamente vivida y llena de éxitos; posteriormente, sus cenizas fueron trasladadas a Jerusalén.
El legado discográfico de Rubinstein — una de los principales motivos de su popularidad — es inmenso y abarca casi todo el repertorio romántico, aunque su especialidad fue, sin duda, Chopin, compositor del que Rubinstein nos ha brindado una discografía que es un verdadero Patrimonio Artístico de la Humanidad. Ya sea en los nocturnos, valses, polonesas, barcarolas, estudios, scherzos, baladas, fantasías o conciertos, la interpretación chopiniana de Rubinstein es, a día de hoy, insuperable. Pero, no por ello podemos dejar de destacar sus también magníficas interpretaciones de Beethoven, Brahms, Chaikovski, Grieg, Liszt, Schumann, Schubert o Rachmaninov. Otro aspecto fundamental de Rubinstein fue su labor docente, impartiendo numerosos cursos magistrales de interpretación a lo largo de su vida, sobre todo en sus últimos años.
La esencia de Rubinstein como intérprete es “la de un pianista romántico de moderna escuela que deja a un lado el manierismo. Un pianista romántico pero no sobreviviente, sino perfectamente inscrito en la historia de la interpretación de la que él mismo determina su evolución” (Riccardo Risaliti). Rubinstein supo conciliar distintos aspectos de la subjetividad propios de su manera de tocar: Las exigencias de su libertad de virtuoso y los imperativos evidentes de la música. Pero no por ello rompió con la tradición a la que pertenecía, puesta en peligro a veces por otros grandes ejecutantes. Rubinstein fue un intérprete natural, inimitable, amalgama de virtudes pianísticas y musicales inseparables. Atesoraba una técnica ejemplar en la posición de las manos sobre el teclado, con una pasmosa facilidad para obtener el máximo resultado con el mínimo esfuerzo. Esa técnica alimentó tanto sus dotes sonoras como su particular fraseo, una rara proporción entre pedal y brazo, a la manera de una respiración. Pero Rubinstein tuvo también un exquisito sentido del tempo que otorga a sus versiones, una nobleza no reñida con una estricta naturalidad. Rubinstein — en contraste con toda una generación de intérpretes — se volcó en examinar con humilde atención las partituras. La grandeza de su arte reside en ese momento mágico en el que concilia los imperativos de su imaginación con los rigores del pentagrama.
Una vida plena y tan llena de vivencias ha dado lugar, consecuentemente, a un jugoso anecdotario: Durante un concierto, ejecutó con tanto temperamento la sonata Appasionata de Beethoven que rompió la banqueta del asiento. Medio de pie, medio sentado, Rubinstein acabó el recital como buenamente pudo. También se cuenta que durante los ensayos de un recital en Palma de Mallorca, el afinador no daba con el preciso ajuste de una nota. Rubinstein, viendo el extraordinario e inútil esfuerzo del afinador, le dijo: –”Déjelo, hombre. Si nadie se va a dar cuenta…”– En una ocasión, Rubinstein fue invitado a comer por Rachmaninov, velada a la que también asistió Stravinski. (Los dos rusos se odiaban a muerte). Durante el ágape, la conversación se hizo difícil y el clima fue adquiriendo tintes preocupantemente tensos. Rachmaninov se burló de Stravinski — a los postres, con buen vodka por medio — y le dijo que jamás había podido sostenerse con los derechos de autor generados por sus obras. Stravinski no se quedó ni mucho menos callado y replicó que lo mismo le había ocurrido a Rachmaninov con la edición rusa de algunas de sus obras. Rubinstein, asustado comensal que veía como ambos compositores iban a llegar a las manos, propuso que ambos se pusieran a pensar en lo que habían dejado de ganar por esos conceptos. Los tres se sentaron alrededor de una mesa camilla y soñaron con fortunas que nunca ganaron ni ganarían. Stravinski y Rachmaninov salieron juntos y tan amigos… Unos días antes de ofrecer un recital en París junto con Pau Casals, Rubinstein solicitó al violoncelista un pequeño préstamo en base a los honorarios que ambos habrían de cobrar. Una vez que Casals se lo hubo dado, Rubinstein se largó al carísimo restaurante Maxim´s y se pagó una comida pantagruélica. Finalizado el concierto, Rubinstein “se olvidó” de devolver el préstamo. Casals nunca perdonó este imperdonable olvido y cuando Rubinstein llamó a su casa para tratar de cerrar una nueva actuación, Casals le cerró la puerta sin contemplaciones. En una ocasión, a Rubinstein le preguntaron sobre su forma de preparar los conciertos en casa: –”Si un día dejo de tocar por cualquier motivo, lo noto claramente; si estoy dos días sin tocar, mi esposa lo nota enseguida; si estoy tres días, lo nota hasta mi gato…”– Existe una cierta leyenda urbana que versa sobre los fallos y desajustes que cometía Rubinstein durante los ensayos, a veces producto de una insólita falta o precipitación de memoria. El autor de esta página pudo conversar hace años con una relevante figura de la crítica musical madrileña — lamentablemente ya fallecido — que le declaró lo siguiente: –”En Londres, nos “colamos” en un ensayo del maestro. Empezó a ejecutar una sonata de Mozart. De pronto, tras unos extraños pasajes, sonó Beethoven; luego, Brahms. Alguno de los del grupo acertó a escuchar a Chopin en algún momento… Finalmente, Rubinstein pareció recobrar la lucidez y siguió con la sonata de Mozart…”–
