Miguel, el “Goyas” 3 Noviembre 2009
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No existía bar, cafetería, taberna, cervecería, tasca o restaurante en toda la barriada que no estuviera adornado por al menos uno de esos indescriptibles cuadros en formato de bodegón que Miguel, un experto tratante de arte según su propia definición, se encargaba de revender después de largas y no menos complicadas negociaciones con los respectivos dueños. Pero más que un marchante de pintura propiamente dicho, bien hubiera podido definirse a Miguel como un vendedor de marcos, soporte por el que realmente resaltaban sus anodinos objetos pictóricos. Así lo comentaba mi padre cada vez que Miguel le proporcionaba un nuevo bodegón con vistas a renovar un tanto la ya desfasada decoración del bar: –”Ese, Miguel, ese de la izquierda me gusta más. Tiene un marco color oro viejo que pega muy bien con la pintura de la pared…”– Incluso desde la más benévola apreciación crítica, nunca observé cuadro alguno procedente de Miguel en la barriada que superase unas mínimas cualidades estéticas; los óleos se caracterizaban por ser unos bodegones fríos, inexpresivos, carentes de originalidad, sin firma y más tristes que un Viernes Santo. A saber de dónde demonios los habría adquirido aquel cincuentón aragonés de ojos claros, lengua mordaz y de risa sobreaguda y no menos contagiosa llamado Miguel y apodado El Goyas por la clientela del bar, en una clara muestra de inverosímil y verbenera asociación conceptual entre el ser humano y su conocida ocupación. La reventa de cuadros era su actividad más conocida aunque Miguel, muy ceremonioso, comentaba que “en realidad, yo soy profesor de estadística en la Universidad de Deusto. El arte, para mí, es una atractiva y lucrativa afición…” una declaración que, por supuesto, nadie se creía dados los comportamientos de Miguel, un cliente acostumbrado al “apúntame” a la hora de pagar y al “bueno, ya que usted insiste, me tomaré un vinito…” a la hora de consumir. Además, Miguel apareció por el barrio y allí que se instaló por muchos años, siendo sus ausencias tan breves como esporádicas. (Cuando éstas ocurrían, se jactaba de haber efectuado un viaje relámpago a Londres para contemplar una exposición de pintura). A todo ello se añadían los estrafalarios y un tanto provincianos modos de vestir de Miguel — pantalón de pinzas, camiseta de manga corta en verano y unas delirantes sandalias de correa cruzada que permitían contemplar unos remendados calcetines de color azul en invierno y unos dedos de los pies sospechosamente turbios en verano — que no armonizaban en absoluto con su presunta capacidad intelectual. Sin embargo, a Miguel le traía al pairo lo que los clientes del bar pudieran pensar acerca de su persona. Proyectaba una personalidad tan incierta como inexistente y fingía no escuchar los jocosos comentarios de algún parroquiano ávido por desenmascarar la falsa figuración de un dicharachero vendedor ambulante de tristes bodegones. Empero, gracias a su carácter abierto y a su facilidad para sumarse a todo tipo de improvisadas tertulias, Miguel el Goyas se fue convirtiendo en uno de los clientes más populares y conocidos del bar. Su afición por el Athlétic de Bilbao, club de fútbol del que se declaraba forofo seguidor, le ocasionó algún que otro contratiempo con una clientela que se sentía mayoritariamente madridista. Así ocurrió aquella noche de sábado, durante la retransmisión televisiva de la final de la Copa del Generalísimo que disputaron en el estadio del Manzanares el Athlétic de Bilbao y el Club Deportivo Castellón y que se saldó con la victoria de los leones por dos goles a cero. Miguel, completamente alborozado y fuera de sí ante la victoria de su equipo, comenzó a lanzar toda serie de proclamas en el bar que, si bien no suponían alegato o apología de la ya muy tristemente conocida banda de criminales, sí que llegaban a cuestionar las políticas practicadas por el gobierno dictatorial de entonces en las llamadas Provincias Vascongadas. El revuelo que provocó Miguel en el bar con sus lacerantes soflamas políticas fue de tal calibre que el señor Bonilla, un veterano teniente de infantería que se encontraba de paisano en el bar tomándose una cerveza, le conminó a guardar silencio, luego de identificarse, so pena de arresto por “insultar gravemente al Jefe del Estado y a los Principios Fundamentales del Movimiento”. Miguel, un tanto sorprendido por el imprevisto alegato de la autoridad castrense, atemperó sus críticas políticas pero en la misma medida que amplificó las indudables virtudes futbolísticas del Athlétic de Bilbao. La tensión que reinaba en el ambiente se desvaneció por completo cuando Miguel le indicó al teniente Bonilla: –”¡Vamos, vamos, mi teniente… No se enfade usted! Venga, pruebe un poco de este chorizo que me han traído del pueblo. De esto no come usted en el cuartel, seguro… ¡Hombre que si está bueno, mi teniente! ¡Cómo se nota que usted sabe apreciar lo exquisito…!”– Algunos testigos afirman que Miguel le acabó endosando un bodegón aquella misma noche al teniente Bonilla, aspecto que no ha podido ser contrastado del todo por quien esto escribe.
Miguel el Goyas solía almorzar casi todos los días en el salón-comedor del bar de mi padre, juntándose para tal menester con habituales de la casa, como Alejandro, Paco el taxista y algún que otro operario de reformas domiciliarias. Sentía auténtica devoción por las albóndigas en salsa de los lunes y generalmente traía consigo, envuelto en una servilleta, un enorme pan candeal — “como el que hacen en mi pueblo” — que él mismo se encargaba de partir, valiéndose de una rudimentaria y roñosa navaja, y del que ofrecía desinteresadamente esponjosas rebanadas incluso aunque no le fueran solicitadas. Siempre se acomodaba de cara al viejo aparato de televisión en blanco y negro que presidía el salón desde lo alto de una esquina, comentando con sumo interés las noticias del Telediario de mediodía que emitía una de las dos únicas cadenas estatales entonces existentes, lo que daba lugar a animadas tertulias entre los parroquianos allí presentes en las que se debatía tanto el presente político de la nación así como las perspectivas de futuro, habida cuenta de la ya más que deteriorada salud del general Franco. A Miguel, como a otros tantos, se le abría una cuenta que puntualmente abonaba a primeros de mes no sin antes discutir acaloradamente con mi padre alegando ciertas inexactitudes en la nota, mayormente por exceso que por defecto. Pero mi padre exhibía la nota — una servilleta arrugada de papel y con lamparones de anís — que guardaba bajo el cajón metálico de la caja registradora como prueba irrefutable del contenido de la demanda. Al final, Miguel pagaba religiosamente la cuenta en su totalidad (Murmurando entre dientes) aunque no dejaba ni una peseta de propina, circunstancia por la cual nunca fue bien considerado por parte de la dependencia. Tras la comida, y ya en el salón principal, se organizaban grandiosas partidas de dados en las que muchos habituales, como Miguel, se jugaban los cafés y los chispazos *. Miguel se encargaba de realizar los apuntes pertinentes y animaba la partida en base a sus mordaces y muy picantes comentarios. Tenía una facilidad endiablada para silbar y, cada dos por tres, emitía el florido arranque trompetero de En er mundo, famoso pasodoble torero; aunque recuerdo con especial simpatía como se lanzaba, mediante un afinadísimo silbido, con el baile jotero de la introducción de La boda de Luis Alonso, conocido sainete lírico del maestro Giménez, cuando en las series obligadas conseguía dos o más figuras de un mismo color. Estas demostraciones de humor y jolgorio de Miguel obedecían, en buena medida, a la presencia de alguna que otra cajera del economato anexo al bar entre los miembros de la partida y que provocaba en Miguel una admiración que traspasaba los límites de la confiada amistad. Y así, ocurrió que Miguel tuvo el inestimable honor de haber sido rechazado en sus pretensiones amorosas por todas y cada una de las cinco míticas cajeras del economato que durante tantos años cumplieron con su labor con gran diligencia y esmero profesional. Primeramente, Miguel lo intentó con Esperanza, aquella mujerona murciana de risa fácil y contagiosa. En el transcurso de una partida, Esperanza dejó totalmente abochonado a Miguel delante de toda la concurrencia: –”¡Es la última vez que te lo digo, Miguel! Como vuelvas a pasarme la mano por la falda te arreo un sopapo que te dejo sin dentadura. ¡Estás avisado!”– Posteriormente, Miguel lo intentó con Carmen, pero desistió de tal empeño al comprobar que ésta se encontraba perdidamente enamorada del Bienpeinado, con quien acabó uniéndose a no mucho tardar. Una sobremesa de sábado, a la hora de la película, observé como Manoli, sin duda la cajera más sensual y atractiva de todas, una exótica morenaza de la que todos los adolescentes del barrio — y muchos post-adolescentes — estábamos platónicamente enamorados, negaba insistentemente con la cabeza a Miguel al tiempo que comentaba con una voz paradisíaca: –”No, no, Miguel. Estoy sola, sin novio, y quiero seguir estando sola. Soy libre para decidir con quién me apetece salir a cenar una noche… Y, contigo, pues como que no. ¿Vale? De todas formas, te agradezco la invitación que me has hecho para que vaya a tu pueblo algún día. Si en algún momento paso por allí, te avisaré para que me invites a comer a esa tasca en la que dices que preparan tan rica la tortilla con pimientos…”– comentaba sonriendo con una angelical dulzura Manoli. Por su parte, Nani cortó de raíz cualquier pretensión de Miguel: –”¡Chicos, esperad un momento! Esta ronda, con independencia del resultado de la partida, la pago yo. Quiero daros una buena noticia: ¡Estoy embarazada! ¡No veáis qué contento que está mi marido!”– Por un momento, pareció que con Rosa el asunto iba a cuajar, pero Miguel no calibró bien la situación: Rosa era simpatiquísima con todo el mundo y ello dio pie a que Miguel se crease falsas expectativas. Durante otra sobremesa de sábado – solía ser el día elegido por Miguel para tomar la iniciativa en sus sentimentales proposiciones — Rosa puso las cartas boca arriba: –”Miguel, eres muy simpático y pareces una excelente persona, en verdad te lo digo. Pero… ¡Deja de pellizcarme el brazo cuando estés conversando conmigo, hombre! ¡Que me haces daño! Te repito que tengo aún muy reciente la desaparición de mi marido y que por nada del mundo me apetece estar con otro hombre… De momento”– No hubo manera: Por más que lo intentó, Miguel no consiguió el amoroso consentimiento de ninguna de las cinco cajeras del economato. Aunque, y no como otros que se burlaban de él, tuvo la valentía de al menos intentarlo.
Una tarde, la casualidad permitió que coincidieran en el bar María la Gallega, una antigua clienta entrada en años que había retornado a su Galicia natal y que se encontraba de paso en Madrid, y el inefable Miguel el Goyas. Pronto advirtió Miguel una de las más peculiares y visibles características de María la Gallega y que no era otra que la insólita manía que dicha mujer tenía con morderse el labio inferior de una manera ciertamente lasciva cuando conversaba con cualquier varón. Miguel creyó que por fin había llegado su estelar momento de gloria sentimental: –”¡Leiter, Leiter… Pon aquí otros dos vinitos para Mary y para mí! Esto… Lo apuntas donde ya sabes” – dijo esta última frase bajando moderadamente el tono de voz. En un momento en que María se dirigió hacia los lavabos, mi padre se vino desde el fondo de la barra hasta donde se encontraba Miguel: –”Pero bueno, Miguel ¿Tú estás tonto o qué? ¿Quieres que te cuente a qué se dedicaba María la Gallega en este barrio hace algunos años? Sólo te diré que trabajaba en los antiguos chalecitos de la Calle de las Naciones…”– Miguel adquirió una coloración similar a la de un tomate maduro: –”Joder, don Caesar Imperator, ya podía usted habérmelo advertido antes ¡Encima que la he invitado!”– Aquello, obviamente, no cuajó y Miguel cortó rápidamente la conversación con María la Gallega cuando ésta regresó del excusado. (Por cierto, durante aquella misma jornada, María la Gallega se me acercó y, acariciando con ternura mi adolescente pecho, me señaló: –”¡Hay que ver cómo has crecido, Leiter! La última vez que te vi aún llevabas pañales…” – María empezó a componer aquellas estrambóticas muecas en sus labios, ahora adornadas con indescriptibles trazos en su lengua –”… Y ahora se te ve tan guapo y tan apuesto… ¡Cómo! ¿Qué todavía no tienes novia? Apuesto a que todas las chicas del barrio están locas por ti… ¡Huy, que carita más rica!” – Enseguida comprendí que el inevitable paso de los años había hecho mella en la percepción visual de María y que requería urgentemente de la visita a un oftalmólogo)
Aquella tarde de viernes, el padre Raúl, competente profesor de Historia del Arte del colegio escolapio en donde yo estudiaba, acabó por perder la paciencia ante el inevitable y colectivo alborozo que sentíamos por la cercana presencia del fin de semana. –”Muy bien, muchachitos. Como veo que hoy no hay manera de que prestéis atención a mis explicaciones, os pondré algo de tarea para el fin de semana: Para el próximo lunes quiero que cada uno de vosotros presente un trabajo en forma de comentario a un cuadro cualquiera de los pintores españoles del siglo XVII con la única condición de que se halle en el Museo del Prado. Ya sea mañana sábado o el domingo, tendréis que acudir obligatoriamente a dicho museo y será del todo imprescindible que el ticket de entrada sea grapado junto al trabajo. Nadie aprobará la asignatura en junio de no presentar el trabajo el lunes, el cual calificará como media con la nota final del curso…”– Al finalizar la clase llegué totalmente enfadado al bar, con la sensación de que me habían chafado el fin de semana con la dichosa visita al Museo del Prado y la inevitable redacción de un comentario. Nunca antes había estado en el museo y, ciertamente, a mis trece años no me apetecía lo más mínimo ¡Y menos un sábado! Ya en el bar de mi padre, observé como Miguel el Goyas portaba un extraño objeto de cartón en forma cilíndrica. Ante mi curiosidad, respondió: –”Ah, Leiter, mira que reproducción más bonita me han regalado de este cuadro de Velázquez, El triunfo de Baco. Es una pintura soberbia”– Se me brillaron los ojos al instante. –”Miguel, una pregunta. Ese cuadro de Velázquez… ¿Se encuentra en el Museo del Prado?”– Una vez que Miguel me hubo contestado afirmativamente le conté lo que nos había ocurrido en el colegio y le interrogué acerca de la posibilidad de que me ayudara a realizar un comentario sobre dicha pintura. –”Claro, Leiter. Tú ya sabes que soy todo un entendido en pintura. Ven, siéntate aquí… ¿Has merendado ya? Anda, toma y prueba un poco de este chorizo de mi pueblo…¡Una maravilla! Pero dile a tu padre que me tiene que invitar al vino, eh… Espera que extienda la lámina sobre la mesa… Veamos ¿A que parece una fotografía? Las caras de los personajes se parecen un poco a algunos de los borrachines que vienen por aquí, eh… ¡Ja, ja, ja! Pues eso es porque Velázquez era un pintor naturalista y…”– Rápidamente, saqué un bloc de la cartera y empecé a tomar notas de todo lo que Miguel me iba contando acerca del cuadro. Al día siguiente, no tuve más remedio que acudir al Museo del Prado para hacerme con el ticket de entrada. Me encontré con muchos compañeros de clase en su interior aunque, mientras que éstos se empleaban en la difícil tarea de elegir una pintura para comentar, yo me dediqué a contemplar muchas obras, sobre todo aquellas que tenía vistas en las ilustraciones del manual de Historia del Arte que disponíamos para esa asignatura. Descubrí un mundo inédito y a la vez maravilloso. El viernes siguiente, el padre Raúl comenzó a hacer públicos los resultados de nuestros trabajos: –”Bien, muchachitos: En general, se nota que os habéis aplicado. Los trabajos están francamente bien. En especial, me ha gustado mucho el de Leiter y el de…”– Tras permanecer muchos años en la barriada, Miguel desapareció y ya nunca más fue visto. En cierto modo fue algo lógico: Con el paso del tiempo, los bares y tabernas modernizaron tanto las instalaciones como la decoración, por lo que los patéticos bodegones que Miguel se encargaba de vender ya no tenían cabida en los locales al uso. Al parecer, Miguel el Goyas se retiró a su pueblo, en donde heredó una modesta casa rural y una pequeña parcela agraria. Vivió tranquilamente de sus ahorros y de algún circunstancial apaño hasta el día de su fallecimiento.
Cuentan que un lejano lugar del universo los arcángeles están que trinan porque algunas estancias celestes han sido redecoradas con unos insufribles bodegones. Según fuentes de toda solvencia, el ángel encargado de la Oficina Cultural Celeste ha sido vilmente sobornado para lograr tal despropósito artístico: –”Pruebe, pruebe usted de este choricito que me han traído del pueblo… ¡Gloria bendita, eh!”–
*NOTA ACLARATORIA: Desde tiempos inmemoriales, un chispazo es una pequeña dosis de brandy generalmente servida en una copa de cognac de reducidas dimensiones, hoy en día difícil de encontrar. De un tiempo a esta parte, este término ha sido paulatinamente sustituido por el de chupito, consistente en una dosis similar en cantidad y servida comúnmente en un diminuto envase cilíndrico de proporciones similares al envase copero anteriormente mencionado. Viene esto a colación por una espantosa y reciente campaña publicitaria que asocia el “novedoso” término chispazo a una lamentable combinación de vermut con refresco de cola, algo realmente repugnante y propio de paladares tan chabacanos como embrutecidos.
Las bienaventuranzas de Alfonso 6 Octubre 2009
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Ya durante la media hora de recreo, en aquel inmenso patio arenoso en donde los curas escolapios nos dejaban a nuestro libre albedrío, intuíamos que aquel compañero de estudios de un curso superior al nuestro caminaba por una ascética senda que habría de conducirle hacia la futura y no lejana toma de los más piadosos y castos hábitos. En efecto, no podía ser otra la percepción sobre Alfonso, un joven que parecía atesorar todas las nobles y pertinentes cualidades santíficas que contemplábamos con fervor en las distintas ilustraciones que acompañaban a aquel catecismo color butano que los curas se empeñaban en obligarnos a memorizar al pie de la letra. Con un peinado a raya descompuesta por rebeldes acanaladuras que delataban un negro cabello con más grietas que brillo, unas lentes redondeadas en forma de pera limonera, un acné cuyo mayor exponente lucía orgulloso, inmaculado y a punto de reventar entre las comisuras infranasales, y con una expresión anímica nebulosamente adornada por la tierna visión de los incisivos frontales, Alfonso se pasaba la media hora de recreo tratando de memorizar los obligados textos del descolorido catecismo, o bien, enfrascado en hallar la solución a un complicado ejercicio de geometría. Muchas tardes, como la casa de mis padres se encontraba relativamente cerca de la de los suyos, le observaba a cierta distancia durante el trayecto desde la puerta del colegio en donde ambos estudiábamos aunque, como pertenecía a otra letra de grupo distinta a la mía, nunca nos llegamos a cruzar palabra alguna, algo muy soberbiamente característico de los alumnos escolapios de aquella época. Alfonso, con una pesada cartera marrón de doble y dorado broche sobre sus espaldas, caminaba leyendo con auto imperativa concentración los deberes impuestos para esa jornada por el padre Eusebio, sin lugar a dudas, el profesor más temido por todos los alumnos sin excepción — sobre todo desde aquel día en que abofeteó a Ortega de punta a punta del aula por el simple hecho de mirarse el reloj durante una de sus temibles clases — y con quien acababas aprendiendo matemáticas por las buenas o por las malas. Ataviado con un jersey verde de punto sobre cuyo pico sobresalían aparatosamente las blancas solapas de la camisa, Alfonso deambulaba ceremonioso y pausado por los largos corredores del colegio, a veces, con la lógica preocupación de no acertar a dar con la solución de alguno de los endemoniados problemas matemáticos propuestos por el ya mencionado padre Eusebio y cuya corrección tendría lugar esa misma mañana, requiriendo para ello los servicios de algún alumno escogido al azar que generalmente se santiguaba justo antes de salir a solas al encerado ante la imponente figura del sacerdote… Sí, Alfonso iba para santo. Jamás se le vio mezclado en riña alguna entre los compañeros y sólo pisó la sala — famoso castigo escolapio del que no se libraba absolutamente nadie — en una ocasión, correspondiendo con una sanción colectiva a todo el aula. Sin embargo, y a poco de acabar el bachillerato, nunca nadie supo más de Alfonso; ni en el colegio ni en la barriada. Desapareció sin dejar rastro alguno y muchos pensamos que tal vez habría ingresado en un seminario… Algunos años después, una mañana observé, con profunda desolación, como nada más levantar los cierres del bar a las seis de la mañana, una pandilla de nocturnos verbeneros, procedentes sin duda de los bajos de Hermosilla, tenía intenciones de prolongar la festivalera madrugada en el local de mi padre, con las consiguientes y ruidosas molestias para los tradicionales clientes que acudían a tomarse un estimulante primer café — algunos, regándolo con brandy Fundador — y, mayormente, para la sufrida dependencia. Pero el negocio es el negocio y, tras soportar las bromas y chanzas de aquella banda de juerguistas, incapaces de asimilar que un servidor no se encontraba allí precisamente para unirse a su estrafalaria fárraga sino para trabajar, comencé a tomar nota de sus espirituosas peticiones. Luego de servir media docena de cubatas entre las embriagadas aclamaciones del festivalero grupo y ante las sorpresivas miradas del resto de la clientela, me sumí en la más completa perplejidad al observar con más detenimiento a uno de ellos, un chico de mi edad que parecía ser el más reservado de todos… Se trataba de Alfonso, ahora ataviado con una negra t-shirt serigrafiada con el logotipo de una inmortal banda de Heavy Metal que parecía prolongarse en unos pantalones tejanos enteramente parcheados. Su angelical expresión era exactamente la de antaño, la de los tiempos del colegio, aun con los ojos encarnadamente vidriosos producto de los excesos alcohólicos de la nocturna velada. Nunca supe si Alfonso hubo de ingresar realmente en un seminario, empero sus ineludibles entradas capilares, más pronunciadas en la zona del casquete craneal, animaban a confirmar tal hipótesis en la inevitable comparación con la característica tonsura monacal. Conservaba todavía las mismas gafas en forma de pera limonera y sobre el cuello de su camiseta asomaban tímidamente unos varoniles cabellos rizados que delataban un frondoso y masculino vello corporal. Alfonso intentaba disimular con poco éxito su estado, cercano a la plena embriaguez, con lo que acentuaba aún más si cabe su espiritual y circunspecta expresión. Traté de ponérselo fácil y, tras recordarle algunos clichés propios del colegio, Alfonso por fin me contestó: –”¡Claro, claro! ¡Así decía yo que me sonaba tu cara! Del colegio, claro, claro… Encantado de saludarte… ¿Leiter me dices que te llamas? Bien… No, no llegué a acabar los estudios. Una pena. Me puse a trabajar bien pronto. Tuve problemas en casa de mis padres y no me quedó más remedio que alquilarme una habitación. Ahora estoy de camarero en un pub de ahí, en los bajos… Estos son mis coleguillas… Son buena gente, de verdad. Ahora mismo les voy a decir que bajen un poco el tono de voz… Compréndelo, Leiter; acabamos de cerrar y nos apetecía tomar una copa por ahí… ¡Eh, eh, eh, chavales! ¡Bajad un poco la voz que estáis molestando a mi amigo y al resto de la clientela! (Sobra comentar que a Alfonso no le hicieron ni caso). Bueno, sabiendo que trabajas aquí, ya me verás alguna que otra mañana. Pero te prometo que vendré solo o, acaso, con mi novia, la cual no ha podido estar aquí hoy… Jo, tío, me parece que mis colegas se están ya pasando… Perdona, Leiter. No te los volveré a traer más por aquí… Cuando puedas, hazme la cuenta de todo lo que se debe. Como no pague yo, me parece que éstos se van a escaquear…”– Sólo esos instantes de conversación me sirvieron para confirmar que Alfonso seguía siendo un bendito y que no pegaba ni con cola en ese ambiente de colegas más que sospechosos. Trató en todo momento de mostrarme una faceta de “tipo duro y curtido”, pero la cara es el espejo del alma; y Alfonso seguía conservando esa angelical expresión de joven e iluminado seminarista… ¡Pese a la t-shirt de Iron Maiden!
No tardó ni dos días en volver a aparecer por el bar, a las mismas intempestivas y madrugadoras horas, el bueno de Alfonso. Sin embargo, en esta ocasión iba acompañado exclusivamente de una mujer algo más mayor que él, sospechosa y provocadoramente ataviada y con marcado acento suramericano. Pero lo más llamativo de aquella fémina en cuestión era que llevaba consigo una borrachera de campeonato, viéndose obligado Alfonso a sostenerla disimuladamente de un brazo para evitar que la pobre se desplomase redonda hacia el suelo. Tras conseguir depositar a la embriagada mujer junto a una mesa del salón principal, Alfonso, muy ceremonioso y serio, como en él era costumbre, me solicitó un par de whiskies con cola: –”Tranquilo, Leiter. Es mi novia… Aunque hoy está un poquito colocada porque le ha dado por acordarse de sus padres, a los que no ve desde hace casi un año y que viven en Colombia. Ya verás como se calma con este whisquito…”– La estampa que componían tanto Alfonso, un heavy con rostro angelical y modales exquisitos, como aquella mujer colombiana, de trazos más que dudosamente éticos, provocó no sólo mi asombro, sino también el de los clientes habituales que se encontraban en el bar a esas horas. Mientras que la colombiana se expresaba casi a gritos, Alfonso hacía gala de su congénita timidez utilizando como réplica una entonación apenas perceptible. Ya con el segundo cubata, a la mujer le entró la inevitable llorera: –”¡Ay, Alfonso! Tú también lo has podido escuchar… Mi mamá me dijo que no quería saber nada de mi hija y que me la comiera con papas fritas… ¡Con papas fritas! ¡Buáaaah…!”– Alfonso trataba de consolar a la colombiana a base de ligeros besos en los labios que la mujer sutilmente rechazaba: –”Tranquilízate, mi amor… Yo te ayudaré. Te vendrás a vivir conmigo a la habitación que tengo alquilada…” – Empero, la colombiana no parecía atender los delicadas y nobles proposiciones de Alfonso: –”…Que me quede con mi hija y que me la coma con papitas fritas… ¡Buáaaah…!”– Mi madre, quien en esos momentos se encontraba conmigo tras la barra, me susurró al oído: –”Desde luego, ¡Vaya melopea que lleva la moza! Tiene pintas de… En fin, me voy a callar. Pero mira al pobre chico. Tiene cara de buena persona y se le ve muy enamorado… ¡Pobre hombre!”– La salida de ambos del bar, a eso de las doce del mediodía, fue del todo memorable, con el bueno de Alfonso agarrando a la mujer mientras que esta pedía lumbre para encender un cigarrillo a otros clientes del bar que se estaban desternillando de risa ante tal tragicómica escena de etílicas resonancias. Mientras, mi madre seguía con su particular letanía: –”¡Vaya tiparraca! Pero el chico bien majo que es… Al ir al servicio se ha cruzado conmigo en el reservado y me ha dicho: Señora, cocina usted estupendamente. ¡Hay que ver qué agradable y qué educado es! Pero, claro, el pobre se ha enfurruscado con la fulana esa… ¡Si es que los hombres no tenéis cabeza! ¡Perdéis el sentido por cualquier falda!”– Alfonso y la colombiana llegaron a hacerse realmente populares en la barriada, ya que raro era el día en que no repetían la misma escena, con renovados y muy jugosos matices. Sin embargo, una mañana acudió Alfonso al bar de mi padre algo más tarde de lo que era habitual en él, a eso de las ocho de la mañana, sin más compañía que la de su sombra y la de una más que evidente sobrealimentación etílica. Aún así, su tono de conversación, con ligeros deslizamientos en la pronunciación de las linguoalveolares, no había perdido ningún ápice de educación y cortesía. –”Leiter…¡Vaya faena! Me acaban de despedir del trabajo… El jefe no se ha creído que me hayan atracado tres veces en tan sólo un mes. Piensa que todo es un cuento y que me quedo con la recaudación del pub… En fin, tendré que buscarme la vida en otra parte. Quisiera agradecerte todas las atenciones que durante estos meses has tenido conmigo y con mi novia… Bueno, con mi ex-novia. Me dejó ayer… Otro problema, por si no fuera poco. Además, tuve que darle el dinero que yo tenía ahorrado para pagar la habitación por si surgía algún contratiempo… A ver, no la iba a dejar sola por ahí y sin un céntimo”– Enseguida comprendí que Alfonso era tan buena como ingenua persona, aunque parecía desprender un cierto tufillo a gafe consigo mismo, un ser cuyas circunstancias se empeñaban en volverse fatídicamente en su propia contra, como injustamente le suele suceder a la gente de buen y sincero corazón. Me sentí tan entristecido por lo que me estaba contando el pobre Alfonso — sin trabajo, sin novia y sin dinero — que, contraviniendo las más elementales normas de la hostelería, le serví otro whisky de mi parte una vez que hubo abonado la cuenta, con lo que su borrachera pasó de ser torpemente encubierta a resultar manifiestamente ineludible. Salió del bar dando trastabillazos y componiendo extrañas piruetas que sólo los borrachos saben ejecutar con gran maestría. Pero Alfonso en ningún momento perdió la compostura y ni mucho menos alteró la tranquilidad de otros clientes. La satánica estampa del logotipo del grupo Motörhead que exhibía en la espalda de su negra camiseta definía, en cierto modo, un devenir existencial predestinadamente maldito. Mi padre, como no podía ser de otra manera, recriminó severamente mi actitud de invitar a otro whisky a una persona que daba muestras invariables de estar ya bebida: –”Leiter, ¿Tú te crees que estamos aquí para ir invitando a la clientela así porque sí? Si el chico se empeñaba en pagarte el whisky pues habérselo cobrado, hombre…”–
No había pasado una semana cuando, de manera imprevista y en horas de comida, Alfonso se presentó de nuevo en el bar, plenamente recuperado y en sobrias condiciones. Alfonso advirtió enseguida mi expresión de asombro al observar como había cambiado su t-shirt de trazo heavy por el atuendo de un grasiento mono azul de trabajo que llevaba bordado el inconfundible logotipo del garaje que se encontraba junto al bar. –”Necesitaban un guarda para el turno de tarde y solicité el puesto. Ya mismo empiezo…”– Puestos a escoger, y dados los atributos espirituales de Alfonso, todavía sigo pensando que hubiera sido mejor para él continuar como camarero en aquel antro de noctámbulos borrachuzos y mujeres de más que dudosa reputación que pasar a formar parte de la plantilla de los por entonces empleados de aquel garaje, un memorable y selecto grupo de individuos — Pepe el Lobo, Ramón Pintajamones, Juan el Capelares y Antonio el Chorizo – hombres curtidos en todos los aspectos de la vida y dirigidos con mano de hierro por el encargado, Víctor el Legionario. A pesar de que al bueno de Alfonso le ofrecieron en un principio el turno de tarde, en realidad acabó adoptando el sufrido puesto de correturnos, con lo que algunos días entraba a trabajar a las seis de la mañana, otros a las tres de la tarde y algunos a las doce de la noche. Pronto supimos de primera mano los innumerables problemas que tuvo que afrontar Alfonso durante el ejercicio de su nuevo cometido profesional: –”¡Madre mía! – Comentaba Ramón Pintajamones una mañana en el bar, botellín de cerveza en mano –”¿Pero de dónde han sacado al pipiolo ese de Alfonso? Lleva ya cinco coches rayados en menos de una semana, ja ja… Para mí que no tiene ni permiso de conducir… Tendrías que verle, Leiter, manejándose con la marcha atrás. Se pone colorado y a sudar como un pollo… Y el caso es que no parece mal chaval, de veras…”– Pero aún fue mucho más extraordinario lo que le ocurrió a Alfonso una tarde, en plena Feria de San Isidro, cuando no calculó bien el número de vehículos que podían estacionar en modo parking por horas. Alfonso fue aceptando automóviles de tal manera que no hubo forma de estacionarlos en el interior del garaje, llegando a ocupar algunos el estrecho pasillo de entrada. Aquel despropósito llegó a mayores a eso de las once de la noche, hora en la que se presentó Pepe el Lobo para el correspondiente relevo en un estado de absoluta embriaguez, como solía ser costumbre, y contempló el desaguisado allí formado. El Lobo, ni corto ni perezoso, cerró el portón del garaje y obligó a Alfonso a acompañarle a la comisaría más cercana: –”Mire usted, señor comisario”– declaró Pepe arrastrando etílicamente la pronunciación –”Resulta que mi compañero está muy verde en esto y, claro, el pobre se ha visto desbordado por su inexperiencia. Como al encargado no le sale de los cojones enseñarle, resulta que se ha montado un lío con los coches de tres pares de narices. Así que nada; yo cierro el garaje y ahí le dejo las llaves para que usted disponga…”– Según me comentó Alfonso con posterioridad, el comisario interrumpió bruscamente el inefable discurso de Pepe: –”¿Y qué coño pinta la policía en este asunto? Hagan el favor de retirar esas llaves de mi despacho y lárguense con viento fresco. Y procure moderarse con la bebida, tío borracho, que me ha dejado la sala apestando a vino… ¡Y encima del barato!”– Cuando Pepe y Alfonso regresaron al garaje, una media docena de personas que estaban allí, esperando resignadas para sacar sus vehículos, a poco les linchan… Durante unos días, este insólito suceso provocó la rechifla generalizada entre las gentes de la barriada. Un sábado de noche, Alfonso entró en el bar de Boni, una vez finalizado su turno, para tomarse una merecida y refrescante cerveza. Observé que iba acompañado de una mujer mucho mayor que él y de un chico en edad preadolescente. La mujer de Boni no tardó mucho en tratar de enterarse de esta nueva coyuntura: –”¿Y ese chico quién es, Alfonso? ¿Es hijo tuyo?”– Alfonso, adoptando una expresión trascendentalmente solemne, respondió: –”Bueno, realmente es como si lo fuera. Es el hijo de mi actual novia…”– Y muy actual debió ser aquella mujer, ya que jamás volvimos a verla por el barrio. Tras casi un año de prestar sus servicios en aquel garaje, Alfonso entró una mañana en el bar ataviado con una t-shirt serigrafiada con el logotipo de Ramones. –”Leiter… Me acaban de abonar la liquidación. Ya no quieren que siga trabajando en el garaje. Ahora que ya le estaba cogiendo el truco… ¡Una pena! Pero, en fin, habrá que seguir buscando otras cosas por ahí…”– Alfonso, a pesar de ser el mejor candidato posible para recibir en exclusiva las Bienaventuranzas de Nuestro Señor Jesucristo, tuvo la gallardía de invitar a todos los clientes que se hallaban en ese momento en el bar, a modo de melancólica despedida. Nunca se volvió a ver a Alfonso por el barrio.
Hace un par de años, en pleno mes de agosto y en vísperas de trasladarnos a Málaga para disfrutar de nuestras vacaciones de septiembre, Celia y yo paseábamos por el barrio de Moratalaz, luego de haber visitado a su hija y al chico con quien convive. Decidimos sentarnos en la terraza de uno de los escasos bares que por allí había abiertos con el objeto de picar algo que nos ahorrase el tener que hacernos la cena en casa. Las gafas en forma de pera limonera de aquel camarero etiquetado con pajarita me resultaron tremendamente familiares: –¡Qué sorpresa, Leiter! ¿Cuánto tiempo hace que no nos veíamos? Por lo menos 25 años…” – Alfonso nos atendió de inmejorable manera e incluso me invitó al whisky que sellaba una copiosa cena. Debido al poco público allí presente, y tras solicitar al encargado del local el correspondiente permiso, Alfonso accedió a compartir una cerveza con nosotros: –”Llevo pocos días trabajando aquí y… No sé. Me parece a mí que esto no funciona como debiera. Cuando me echaron del garaje, encontré trabajo como camarero en una sala de bingo. No me fue mal del todo, ya que se ganaba un buen dinerillo con las propinas. Pero lo tuve que dejar. Unos atracadores la tomaron conmigo y me asaltaron al salir de madrugada en tres ocasiones, con la mala fortuna de que en todas dieron con el dinero de la nómina de a fin de mes. Parecía como si el mismísimo diablo les hubiera confesado cuándo iba a cobrar para que fueran a robarme. Una pena… Luego me embarqué en un buque mercante que hacía la ruta a Sudamérica, como empleado de cocina. Un trabajo duro y exigente en el que permanecí unos años… Hasta que una tripulación filipina se instaló en el buque y me hizo la vida imposible… ¡Claro, como yo era el único español, pues la tomaron conmigo!… ¿Que si me he casado? No, que va, Leiter. Me junté con una mujer algo mayor que yo, con dos hijas fruto de su antiguo matrimonio. Nos iba muy bien… Pero acabó volviendo con su marido. Dijo que lo hacía por las niñas… No sé, me da que pensar que no fue muy sincera conmigo. Ahora sigo viviendo sólo en una habitación que tengo alquilada… Estoy ahorrando para poder hacerme con el traspaso de algún bar… Le tengo el ojo echado a uno de un señor mayor que se va a jubilar… ¡Vamos a ver si tengo suerte y me rebaja un poco el precio!”– Yo estoy seguro de que Alfonso, algún día, será el encargado del mejor bar de Madrid. Sólo rezo para que, cuando por fin llegue ese día, no sea precisamente la víspera del Día del Juicio Final…
Los metafísicos monólogos de Antonio 21 Julio 2009
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Treinta y tantos años atrás, don Antonio, insigne y reconocido notario con despacho y domicilio en la calle de Ayala, comentaba del todo resignado con mi padre en el bar: –”No puedo hacerme cargo de mi hijo… Es imposible, un caso perdido. Todos los doctores que le han reconocido afirman que padece una enfermedad mental que no tiene cura. Me he recorrido la ciudad en busca de los mejores especialistas y nada. No hay manera. Es un caso de paranoia sin solución y el único remedio es mantenerle atontado con pastillas y más pastillas. Escúcheme atentamente, don Caesar Imperator: Ofrezco un millón de pesetas a quien tanga la virtud de sanar a mi hijo o, en su defecto, a quien me presente un doctor que me dé una solución más efectiva, aunque sea a largo plazo. Lo digo muy en serio, don Caesar Imperator”– Por desgracia, don Antonio jamás se vio obligado a entregar esa generosa y prometida cantidad de dinero; al poco de esta conversación, se marchó a la tumba amargado, vencido y derrotado. Dejó viuda desconsolada y mancebo homónimo, la fuente de todos los disgustos de su padre. Y ocurría que las conductas de aquel veinteañero Antonio, el único vástago del prestigioso notario, no pasaban en absoluto desapercibidas para los vecinos de la barriada, para vergüenza y desolación de su sufrido progenitor. Afectado por un extraño y misterioso síndrome, Antonio se caracterizaba por efectuar las más insólitas extravagancias que uno sea capaz de imaginar. De esta manera, al controvertido hecho de caminar por las calles hablando solo consigo mismo se le unía la circunstancia de cubrirse su rapada cabeza con un pañuelo de gitanas estampas. Pero eso no era precisamente lo más anecdótico: En ocasiones, cuando los efectos de su particular síndrome parecían repuntar, se despojaba de cualquier prenda mínimamente ortodoxa, paseando descalzo y con una camiseta interior de tirantes que simulaba hacer juego con unos descosidos pantalones tejanos cuyos imprecisos flecos delataban la improvisada intervención de unas tijeras de pescadero. Estas peculiares trazas — del todo estrambóticas hace treinta años y mucho más en un barrio como el madrileño de Salamanca — provocaban el pánico y la histeria de las respetables señoras que salían de oír misa de doce los domingos en la parroquia de la calle Conde de Peñalver y que se agarraban con fuerza del brazo de sus también asustados maridos cuando la fantasmagórica silueta de Antonio se cruzaba en sus trayectorias. A pesar de estas estrafalarias e inexplicables conductas, Antonio poseía un coeficiente intelectual que superaba con creces al de la media, como así atestiguaba siempre su notario padre, firmando con excelentes calificaciones tanto el bachillerato como el posterior curso preuniversitario. Su ingreso en la universidad fue rechazado al no obtener la correspondiente y necesaria certificación médica, toda vez que sus trastornos psicológicos parecían aumentar con el paso de los años. Según Paco el taxista, que había consultado la Enciclopedia Durvan que tenía en su casa, Antonio se veía aquejado de “un tipo especial de neurosis obsesiva con algunas tendencias esquizofrénicas”. No muy desencaminado debía de ser tal juicio, ya que Antonio caminaba con paso cadencioso por las callejuelas del barrio ensimismado en sus pensamientos, con la cabeza siempre inclinada hacia su izquierda al tiempo que su mano derecha, con el dedo índice perfilado, acompasaba el extraño monólogo que mantenía consigo mismo en un tono grave y apenas perceptible. Su expresión, del todo trascendente, evidenciaba tal profundidad retórica en su discurso que nunca jamás nadie acertó a desentrañar los contenidos de semejantes y metafísicos monólogos. Sus ojos claros, a medio abrir, componían una afilada mirada de connotaciones más filosóficas que amenazantes, aunque no lo entendían así muchos de los vecinos, quienes no dudaban en cruzar la acera si observaban a lo lejos la presencia de Antonio. Una tarde, regresando del colegio, me mantuve un buen rato a dos prudenciales pasos por la espalda de Antonio con el curioso objetivo de tratar de escuchar el contenido de sus enigmáticos discursos consigo mismo. –”Vanidad… Es todo un acertijo, ja, ja… Témpanos de hielo o, mejor dicho, varillas de hielo que se derriten… ¡Eso! Paseantes y transeúntes… No lo tengo muy claro: El motor del 1430 es más potente… ¡Chorradas! Eso no se puede definir, es un simple acertijo. ¿Motor Diésel? ¡No, hombre no! Témpanos de hielo… Pero tienen mucha vanidad, ja, ja…”– Obviamente, y ante tal traca de frases inconexas y sin sentido, sólo acerté a certificar que Antonio estaba más loco que una cabra. Por desgracia, durante una temporada Antonio llegó a ser más que temido en toda la barriada, llegando los paseantes a esconderse tras las acacias si por casualidad coincidían con Antonio por las aceras. Fue una época en la que a Antonio le dio por beber alcohol, circunstancia que, dada su inestable arquitectura psicológica, dinamitaba su pacífico comportamiento hasta llegar a una inconcebible y violenta agresividad, no ya sólo con las personas, sino con cualquier inerte objeto que le saliese al paso. Así, fue muy comentado aquel suceso que tuvo lugar una tarde de primavera cuando Antonio, tras “discutir” acaloradamente con el escaparate de una zapatería, estampó literalmente su rapada cabeza contra el mismo, provocando el consiguiente destrozo cristalero amén de una tremenda y chillona hemorragia sanguínea en su testa. Entre la policía y los operarios de una ambulancia consiguieron a duras penas reducir a Antonio para posteriormente introducirlo en el interior de un vehículo sanitario. Sin embargo, al poco tiempo de aquel lamentable incidente, Antonio fue visto de nuevo en el barrio, descalzo, en camiseta y portando, como novedad, una botella de ginebra Larios en su mano derecha. La policía se lo volvió a llevar, no sin que antes Antonio hubiese estrellado la botella de Larios contra el marmóreo poyete que daba acceso al bar de mi padre. Cuando, transcurridos un par de años en los que todo el mundo en el barrio parecía haberse olvidado de Antonio, una tarde fue avistado de nuevo, correctamente vestido y con evidentes síntomas de una más que notable mejoría conductiva. Fue entonces cuando nos enteramos que su sufrida y desesperada madre acababa de fallecer.
Pasaron algunos años durante los cuales Antonio no volvió a dar nunca motivos de alarma a los vecinos de la barriada, mayormente porque parecía seguir a rajatabla una severa medicación impuesta por los tutores sociales que se encargaban de vigilar su conducta y comportamiento. Además, Antonio nunca más fue visto consumiendo alcohol o con las inevitables consecuencias de su ingesta. Todas las mañanas, como un vecino más, acudía con su carrito de la compra al supermercado anexo al bar de mi padre, ofreciendo una inmejorable impresión de hombre totalmente sanado, al menos en apariencia, de su extraña enfermedad mental. Por esas fechas, y aprovechando la cercanía a su lugar habitual de compras, empezó a frecuentar de nuevo el bar con cierta regularidad. Hacía su entrada a eso de media mañana, aparcando en un rincón el estampado carrito de la compra, y solicitaba invariablemente un café solo y un vaso de agua. Una vez servido, se acomodaba alrededor de una mesa, dirigiendo su mirada hacia un imaginario infinito y fumando un cigarrillo tras otro. Aquellas personas que desconocían su pasado le observaban como a un cliente más, con sus peculiaridades y circunstancias, aunque en algunas ocasiones mostrase algún incomprensible ademán que por momentos parecía descarrilarle un poco en ese complicado equilibrio emocional que tanto le costaba conseguir. A un período de contrastada normalidad le seguía otro en el que Antonio caía de nuevo en los desajustes psíquicos, aunque sin llegar ni por asomo a los violentos episodios de años anteriores. Los que trabajábamos en el bar, nos dábamos enseguida cuenta de aquellas transiciones anímicas de Antonio con tan sólo observar su comportamiento diario: El día que nos pedía un segundo café, comprendíamos que Antonio se encontraba inmerso en pleno proceso de metamorfosis espiritual, hipótesis que se veía del todo confirmada cuando Antonio permanecía mucho más tiempo de lo habitual sentado junto a la mesa del bar. No pasaba del tercer día, una vez manifestados los primeros síntomas de su particular alteración, cuando Antonio comenzaba de nuevo con sus excéntricos e indescifrables monólogos de voz tenue: –”Eso es asunto del porvenir… No hay duda. No creo que sólo con trescientos soldados Leónidas… Bueno, ¿Podría ser?… Depende si los escudos eran de gasóleo… O de un cubicaje mayor. Los persas, unos bobos. No tenían bolsas de palomitas en las alforjas… Así no se puede hacer nada, claro.”– El proceso de cambio anímico se confirmaba plenamente cuando Antonio, absorto durante más de veinte minutos en la contemplación de la vitrina que protegía los aperitivos y raciones del día, solicitaba alguna de esas viandas: – ¿Esto de aquí qué es, Leiter? Ah… Pescadilla rebozada… ¿Seguro? Yo creí que era empanada de berberechos… ¿Tienes empanada? No, pues sírveme entonces una ración de ese pescado rebozado que parece una empanada… ¿No hay empanada? Entonces, pescadilla… Pescadilla con forma de empanada”– Una vez que Antonio había recibido su ración de pescado rebozado volvía a sentarse junto a la mesa para dar buena cuenta de tan apetitoso aperitivo. No tardaba en regresar de nuevo a la barra para pedir otro café solo, añadiendo: –”Ah, y déjame también el frasco de Ketchup”– Completamente sorprendido por su estrafalaria petición, no me quedó más remedio que preguntarle: –”Perdona, Antonio, pero es que no lo acabo de entender. ¿Pretendes echar ketchup en la pescadilla rebozada?” – Antonio, componiendo un sorpresivo gesto, contestaba: –”No, no, Leiter, ¡Qué ocurrencias más graciosas tienes! El ketchup es para el café… ¡Otra cosa! El agua que me has servido hoy es distinta, tiene otro sabor… Como más ácida”– Totalmente desconcertado ante las incomprensibles puntualizaciones de Antonio, sólo acertaba a responder: –”¡Es el mismo agua del grifo que te pongo todos los días, Antonio!” -- Antonio, negando con la cabeza y esbozando una sonrisa que se me antojaba del todo psicótica, me aclaraba: –”No, no, Leiter. Es agua del valle del Ródano… ¿No aprecias un tono ligeramente más oscuro?”– Durante los días posteriores, a la manera de un maléfico e irremediable guión ya conocido por todos, Antonio descuidaba su aspecto, dejando de afeitarse y olvidándose de la existencia de la ducha. Sobrevenía entonces el punto álgido de su transitoria paranoia, llegando incluso a perturbar la pacífica presencia de otros clientes con aberrantes e improvisadas cuestiones del tipo: –”Perdone… ¿Usted prefiere el olor de coníferas al de eucaliptus? No, no, por favor, no se vaya, contésteme…”– que ponían en guardia al consumidor más timorato, estupefacto ante los insólitos arranques de un Antonio cuya expresión facial, mirada afilada revestida de sonrisa nebulosa, no parecía invitar al más ameno de los diálogos. En este estadio, sin duda el más conflictivo en sus pertinentes descarrilamientos emocionales, optábamos por la prudente decisión de no permitirle el acceso al local, para lo cual tirábamos de un muy simple pero efectivo recurso: – “Lo siento, Antonio. No hay café; se nos acaba de estropear la cafetera…”– Antonio, lejos de enfadarse por una explicación cuanto menos evidentemente sospechosa — mucha de la clientela tomaba café en esos momentos — se arrascaba detenidamente su cabeza para luego seguir con su periplo por la calle, caminando con las manos juntas hacia atrás y con esos indescifrables monólogos como compañía. Pero aquella piadosa escusa por nuestra parte adolecía de su lamentable contrapartida: Durante todo el resto del día, cada media hora más o menos, Antonio asomaba su pelada cabeza por la puerta: – ¿Hay ya café? No, no hay café… Todo es relativo… Perdona, Leiter ¿No tendrás agua de las termas de Caracalla? Vaya, tampoco… Avísame cuando la recibas. Es exquisita…”-- Esta reiterada situación acababa por desquiciarnos a todos, hasta el punto de que si por casualidad Antonio paseaba junto a las puertas del bar, aunque no nos requiriese nada en esos momentos, ya le contestábamos por mero automatismo: –”No, no hay todavía café, Antonio”– Sin embargo, no nos sentíamos obligados a concederle un nuevo permiso de admisión cuando los síntomas de su transitoria locura parecían remitir: Tras unos días de ausencia, Antonio volvía a entrar al bar con total desenfado, tomándose su café solo y su vaso de agua en completo silencio y sin molestar en absoluto a ningún cliente. Todo parecía entonces haber vuelto a la normalidad. Una tarde me ocurrió un hecho singular: Llevaba a mi gatita Mireille de visita rutinaria al veterinario de la calle de Ayala, alojada en el trasportín al uso, cuando al enfilar dicha calle me di de bruces con Antonio. Jamás he vuelto a ver tal derroche de ternura frente a un asustado animal: –”¡Oh, qué gato más bonito! Ah, ah…es gata, claro, claro… ¿Y cómo se llama? Ah, Mireille… Muy bien, muy bien. Dime Leiter: ¿Tiene Mireille cosas para jugar? Es importante, muy importante que los gatos tengas cosas para que puedan jugar… ¿Le das fruta para comer? No, Leiter, no es ninguna tontería… Es bueno que los gatitos coman fruta… ” — Ante las reiteradas insistencias de Antonio, no me quedó más remedio que abrir la puerta del trasportín en plena calle y dejar la gata en sus manos por unos instantes (Estaba completamente seguro de que no iba a ocurrir nada extraño). Lo realmente sorprendente fue que mi gata, generalmente arisca con gente desconocida, sintonizó a la perfección con Antonio, quien no paraba de acariciarla con una ternura y delicadeza que llegó a conmoverme. Mireille incluso comenzó a ronronear, algo verdaderamente insólito. Aquella tarde descubrí que Antonio era un tipo mucho más interesante de lo que hasta entonces yo presuponía, un ser que luchaba a diario por equilibrar su alma pero que, además, poseía una sensibilidad del todo admirable, como mi gata y yo pudimos de primera mano comprobar.
Han pasado ya muchos años. Suelo ver con frecuencia a Antonio desde que, hace como cosa de un lustro, regresé de nuevo a la calle de Alcántara. Pasea con su carrito de la compra y aparenta estar del todo recuperado… Bueno, la verdad es que durante los equinocios trastabilla un poco aún; pero eso no tiene importancia. Se le nota el paso de los años, como a todos, pero todavía conserva un cierto halo místico en su proceder. Una calurosa tarde de primavera, justo a la altura en donde se encontraba el bar de mi padre, me crucé con Antonio. Paseaba con la misma parsimonia de siempre, tocado con un exótico sombrero de paja y ocultando su afilada mirada mediante unas oscuras gafas de sol. Observé como también seguía componiendo delirantes monólogos que acompañaba con ligeros trazos en su brazo derecho. Increíblemente, Antonio seguía recordándome después de tanto tiempo: –”¡Hombre, Leiter! ¿Qué tal? Tu madre vive todavía, ¿No?… Ah, ¿Y la gatita?”– Desgraciadamente, Mireille había fallecido una década antes. Pero oculté este hecho a Antonio quien, de manera insólita, también recordaba a mi querida gata: –”Ah, muy bien, muy bien… ¿No ha tenido gatitos todavía? Bueno, bueno… No se te olvide nunca darle cosas para que juegue, es muy importante. Y fruta, mucha fruta”– Antonio, sin despedirse, prosiguió con su paseo como si tal cosa. Los estrafalarios atuendos de Antonio seguían provocando las controvertidas expresiones de los transeúntes y de aquel antiguo cliente del bar que, al percatarse de mi presencia, me saludó desde el interior del local: –”¡Leiter, cuánto tiempo! ¿Qué es de tu vida, hombre? Por aquí todo sigue igual… Ya ves. Te he visto charlando con Antonio… ¡Anda que no está chiflado el amigo!” – A continuación, aquel antiguo cliente dirigió su conversación al hijo del nuevo dueño del bar: –”¡Niño! Cámbiame otros diez euros en monedas, que la puta máquina esta no me quiere dar el premio…”–
El reverso tenebroso de Conchita 16 Junio 2009
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Por más que han pasado los años, sigo pensando que Conchita, la tímida e introvertida hermana de la señorita Trini, ha sido la persona más parecida físicamente a una de esas estampas que nos muestran la caricatura de una vieja y fea bruja volando en horizontal sobre una mágica escoba y tocada por un lúgubre capirote negro de troncocónica prolongación. No quisiera yo expresar con esta maléfica comparación que Conchita fuese una bruja, ni mucho menos, pero, por sus inconfundibles trazos, a mí, un mocoso catequizante en vísperas de comunión, sí que me lo parecía. De cualquier manera, bastante tenía la pobre Conchita con aguantar a diario el irreductible mal genio de su jefa y hermana, refiriéndonos siempre en términos de jerarquía, la incombustible e inefable señorita Trini. Y a ello había que añadir, por si no fuera suficiente, los arrebatos erótico-festivaleros con que el tarado de su sobrino y también cohabitante, Galo, tenía a merced de obsequiar en forma de imprevistos pellizcos en las partes más femeninamente pudorosas. Conchita, rondando por entonces la cincuentena de primaveras, permanecía soltera y sin conocer varón — según la tesis expuesta a todos los vecinos de la finca por doña Lola, la portera – debido a la implacable imposición de su hermana mayor, la señorita Trini, también soltera, como sugiere su denominación, durante el transcurso de todo su devenir existencial. Al parecer, la prohibición de ejercer el sagrado sacramento del matrimonio también se extendía a Galo, pese a las excepcionales dotes físicas (Atendiendo de igual manera al relato de doña Lola) que el mancebo atesoraba para la necesaria y consecuente consumación marital. Pero en lo relativo a Conchita, quizás esa referida carencia afectiva fuese el motivo por el que, muchas tardes, cuando mi madre me dejaba a su custodia durante unas horas, podía yo observar como la infeliz se agarraba al palo de una fregona (Por algo me daba a mí aspecto de bruja) cuando por el viejo aparato de radio a válvulas que se encontraba en lo alto de la repisa de su cocina se escuchaban las notas de El reloj, de Lucho Gatica. – “Reloj, detén tu camiiinooo” — Entonaba Conchita abrazada a un imaginario galán en forma de palo enmochado. Y, tal vez, esa amarga soledad sentimental era la que daba origen a una más que sospechosa afición por la botella, aspecto este del todo confirmado por doña Lola: –”¡Mira tú si el pijo ahora! ¡Pues no me llama la otra mañana, a eso de las nueve, para pedirme un vasico de vino fresco para guisar! ¡María santísima! ¡Si tenía toda la cara encarnada del pimple…!”– Sin embargo, y a pesar de estas veladas y espirituosas acusaciones, Conchita me trataba siempre muy bien cuando me hallaba bajo su cuidado y el de su hermana en el piso contiguo al de mi familia. Conchita adoptaba un léxico del todo acaramelado conmigo aunque viciado con algunas frases del todo incongruentes en su empeño de imitar a una mujer culta como lo era su hermana, habitual lectora de revistas de moda escritas en francés. –”Escúchame Leiter, pequeñín – solía repetirme Conchita –”Los niños como tú han de obedecer siempre a lo que dicen los papases y las mamases…”– Pero aquellas pretendidas muestras de finura por parte de Conchita se derrumbaban del todo ante los reiterados y convulsos ataques aerofágicos que a duras penas podía no ya disimular, sino también contener. En opinión de doña Lola, esos imprevistos y sonoros golpes de tos abdominal eran fruto “del chorrico de Casera que se echa para asustar al vino”. De cualquier manera, Conchita adoptaba siempre una pose serena y decididamente marcial ante mi menuda presencia, aspecto que, sin embargo, se teñía de medrosa palidez cuando se oía desde el fondo el martilleante sonido argentino originado por la plateada campanilla con la que se valía la señorita Trini para requerir de inmediato su presencia en el salón de estar de la casa. Yo, pese a tener sólo seis o siete años de edad por aquel entonces, advertía de una serie de gritos y palabras malsonantes emitidas por la señorita Trini para con posterioridad observar como Conchita regresaba a la cocina con las manos temblorosas para, acto seguido, servirse un vaso de vino que apuraba prácticamente de un trago. Me daba pena Conchita. Mi madre comentaba que su vida había sido siempre muy triste y que estaba convertida en una verdadera esclava por parte de su hermana, la señorita Trini, careciendo además de libertad y sin posibilidad alguna de iniciativa propia. Conchita sólo se ausentaba de su domicilio para ir al mercado — a la plaza, como así lo llamaba doña Lola — y regresar con las manos dolorosamente entumecidas por el excesivo peso con el que acarreaba en las bolsas. No conocía otro mundo que el de su lúgubre entorno y, quizás por ello, mantuvo siempre una amistosa confidencialidad con su más próxima vecina, que no era otra que mi madre.
Por esas fechas, y a base de muchos esfuerzos y sacrificios, mi padre había adquirido un apartamento de recreo en una población cercana a la sierra madrileña. De esta manera, con la llegada del buen tiempo, a partir de mayo, mi madre y todos mis hermanos tomábamos el coche de línea los viernes y acudíamos allí para pasar un saludable y tranquilo fin de semana. Por su parte, a mi padre no hubo nunca quien le moviera del bar… Bastante tenía el hombre con quedarse solo el fin de semana. Fue en la víspera de uno de ellos cuando mi madre estimó oportuna la iniciativa: –”Conchita, ¿Por qué no te vienes este viernes a la Sierra conmigo y los críos? Creo que te vendría muy bien cambiar un poco de aires…”– La sorprendida Conchita, con el rostro ligeramente desencajado y agarrándose con firmeza del brazo de mi madre, apenas acertó a contestar:–”¡Ay, doña Taratatiana…! ¡Ya me gustaría a mí! Pero estoy segura de que mi hermana no me concederá permiso. Además, ¿Quién cuidará en mi ausencia del borrico de mi sobrino Galo?”– Ante estos pesimistas presagios de Conchita, mi madre no tuvo más remedio que entrevistarse con la señorita Trini en su domicilio. La veterana modista, sentada sobre el mismo sillón donde trabajaba, comía, sesteaba y veía de vez en cuando la televisión, contestó un tanto risueña y provocando el bamboleo del pitillo de Vencedor que siempre sostenía entre sus labios: –”¡Coño! Es la primera vez que alguien me requiere los servicios de la pánfila de mi hermana. Sí, que se vaya contigo, Taratatiana; no le vendrá mal. Y si decide no regresar, mejor que mejor. Pero sólo impongo una condición: ¡Ni una gota de alcohol! Ya sabes que a Conchita le gusta mucho el alpiste…”– Tras el visto bueno de la señorita Trini, quien esto escribe jamás podrá borrar de su mente los indescriptibles saltos de alegría que se marcó una desenfrenada Conchita en la cocina de su casa, alzando los brazos de la misma forma en que lo hace un futbolista cuando logra un gol para su equipo. Ante tal derroche de algarabía, me uní a la fiesta particular de Conchita imitando sus mismos saltos y expresiones de conmovedora alegría. Conchita me alzó con sus brazos y no paró de darme cariñosos besos, observando como de sus labios salía el mismo olor que desprendía la chaquetilla con la que se uniformaba mi padre para trabajar en el bar. Ya a bordo del autocar que nos transportaba rumbo a la Sierra, mi madre abrió una bolsa y se la arrimó a Conchita: –”Mira, le he pedido a mi marido dos botellas de vino. Nosotros no lo probamos pero sé que a ti te gusta tomar vino en las comidas. Además, en el mueble-bar del apartamento queda alguna botella de anís y cognac que tenemos ahí por si surge alguna visita. Creo que están sin empezar”– Conchita, cuyo rostro se iluminó de una extática alegría, se agarró al brazo de mi madre: –”¡Ay, doña Taratatiana, qué bien se porta usted conmigo! No tenía por qué haberse molestado con el vino… ¡Huy!” – En ese preciso instante, el inconfundible y oclusivo sonido de un gaseoso regüeldo rasgó la monótona letanía musical interpretada por el motor diésel del autocar. –”¡Conchita! ¡Por el amor de Dios!” – Gritó horrorizada mi madre al tiempo que se tapaba la boca en un intento por contener la graciosa carcajada. –”Perdone, doña Taratatiana… Ha sido sin querer; se me ha escapado”– Los cruces de miradas entre mis hermanos y yo fueron absolutamente delirantes, teniendo que hacer un sobrecogedor esfuerzo para no estallar de risa, tapándome la nariz — recurso que tenía muy estudiado de mi estancia en el colegio de curas escolapios — y evitando la complicidad risueña de las atónitas miradas de mis hermanos. Ante los gestos de reprobación de alguno de los pasajeros, mi madre sacó un abanico del bolso y comenzó a batirlo en un intento de despejar la invisible y fétida nube originada por la explosión ventricular de Conchita. Desde el fondo del autocar se escuchó una lejana e imperativa frase: –”¡Qué barbaridad! ¡Qué falta de respeto! ¡Abran las ventanas, por favor!”-- Pero lo más sorprendente fue que, a todo esto, Conchita se revolvió de su asiento y, girando su cabeza hacia atrás, me espetó: –”¡Hay que ver, Leiter! Te he dicho mil veces que esas cosas no se hacen en público”– Completamente ruborizado, contesté: –”¡Oye, Conchita, que yo no he sido!” – A lo que ella apuntilló: –”Sí, sí, has sido tú… Los gases de los niños suenan como “Valladolid” mientras que los de los adultos lo hacen como “Pamplona”. Y yo he oído “¡Valladoliiiid!”– Jamás entendí el enigmático sentido de aquellas misteriosas comparaciones onomatopéyicas.
¡Tendríais que haber visto qué bien que se lo pasó Conchita con nosotros durante aquel inolvidable fin de semana en la Sierra! Pese a las reiteradas e insistentes negativas por parte de mi madre, Conchita se empeñó en colaborar con las tareas domésticas, haciendo las camas después de que nos hubiésemos levantado o ayudando en la cocina a preparar las comidas. Aún no me explico cómo se las pudo apañar, pero el sábado nos hizo un delicioso postre a base de bizcocho, canela y limón que estaba como para chuparse los dedos. Recuerdo como la pobre Conchita se ruborizaba al recibir de nosotros las pertinentes felicitaciones por tal prodigiosa demostración culinaria. Con los ojos humedecidos, afirmaba: –”¡Qué va, qué va! Ya os prepararé en Madrid uno mejor. ¡Qué pena no haber tenido leche condensada aquí!”– Por las tardes, y gracias a un tocadiscos portátil de maletín que siempre llevábamos a cuestas, Conchita se lo pasaba en grande escuchando y tarareando al mismo tiempo las canciones de Adamo o de Los Tres Sudamericanos. Incluso se atrevió a bailar con mi hermano Césare Hyppocraticus el conocido Bolero a Murcia, un disco que doña Lola, ceheginera de pro, nos había regalado y cuyas primeras estrofas jamás podré olvidar: “Se está vistiendo la huerta, de oro, rubí y esmeralda; como si fuera una novia, la hermosa huerta murciana. Hay sauces arrodillados, entre naranjos en flor; y en los almendros parece, que al amanecer nevó…” A Conchita se le iluminaba el rostro cuando mi madre, en medio del improvisado guateque, le apuntaba: –”Conchita, tú aquí como en tu casa. No estés pidiendo permiso para cualquier cosa que se te antoje. Anda, sírvete una copita de anís, que sé que te gusta…”– Por las noches, y en contra de lo indicado por mi madre, Conchita se quedaba en la cocina fregando los cacharros de la cena y acompañándose, como no podía ser de otra manera, de alguna que otra copa de anís o cognac. Pero todo lo bueno se acaba pronto y así, no tardó en llegar la tarde noche del domingo y el consiguiente y obligado regreso a Madrid. En esta ocasión, no hubo concierto de vientos en el autocar aunque por contra sí que pude escuchar los lamentos de Conchita, cuya expresión era del todo triste y melancólica –”¡Qué bien que me lo he pasado, doña Taratatiana! Me da mucha pena volver con la fiera de mi hermana y con el bruto de Galo… Escuche, se lo digo muy en serio: Si algún día necesita usted de una asistenta no dude en contar conmigo. No me importa nada cambiarme de piso y quedarme con ustedes…”– Mi madre, totalmente conmovida por aquella sincera y patética declaración, contestó: –”No, Conchita. Sois tres personas viviendo juntas y habéis de respetaros entre sí. Yo comprendo que es muy difícil para ti aguantar el carácter tan tremendo que tiene tu hermana y que Galo, tu sobrino, esté un poco, digamos, trastornado. Pero tú, Conchita, te has ido dejando pisotear un tanto durante muchos años y quizás debas imponer tu personalidad poco a poco, hablando las cosas con tranquilidad y evitando las discusiones. La señorita Trini es mucho más receptiva de lo que tú misma te puedes imaginar. Para mí eres una buena amiga, aparte de mi vecina, y nunca podría consentir que trabajaras a mi servicio. Date por invitada para todos los fines de semana que quieras pasar con nosotros en la Sierra. Y, por cierto, Conchita: Ya que somos amigas, deja ya de llamarme de usted y de doña, por favor”–
Sin embargo, lo que parecía que iba a consolidarse como una sincera e imperecedera amistad acabó por estropearse de la manera más absurda e insólita posible. A los dos días de haber regresado de la Sierra y con la perspectiva de volver el próximo fin de semana, Conchita se cruzó en el rellano de la escalera con mi madre. –”Oye, Taratatiana. ¿Tú por qué motivo me has tenido que enfrentar con mi hermana? ¡Eres una chivata y no te lo perdono!” – Mi madre no daba crédito a lo que estaba escuchando y optó por una prudente retirada ante el violento cariz verbal que estaba adquiriendo aquella imprevista conversación –”Bueno, Conchita. Calla y déjame en paz. No sé de qué demonios me estás hablando y tampoco comprendo a qué vienes con estas ahora” – Por la tarde llegaron las respuestas a la incomprensible actitud mostrada por Conchita debido a que la señorita Trini tenía por costumbre salir con el sillón al balcón de su casa para aliviarse con la reparadora brisilla que mitigaba los rigores de un mes de mayo que estaba resultando particularmente caluroso. Como los balcones de la casa de mis padres y de la señorita Trini estaban en línea, era del todo factible sostener una conversación entre los mismos. Aunque mi madre saludó a la señorita Trini como si nada hubiese sucedido, la modista fue directamente al grano: –”Pero bueno, Taratatiana. ¿Qué demonios os pasado a mi hermana y a ti esta mañana en el rellano? Si os he podido escuchar todo lo que estabais discutiendo a través de la mirilla… Esta hermana mía es una cafre. ¡Ya sé que tú a mí no me has contado nada, mujer! Pero no pude evitar llamar a la atención a Conchita ante el pestazo a anís que echaba por su aliento cuando vino de vuelta de la Sierra. Sé de sobra que tú no lo hiciste con mala intención, Taratatiana, pero esta inútil de Conchita se pierde ante cualquier copa de anís o cognac que tenga a mano. La muy imbécil se cree que tú me lo has contado todo ¡Encima de lo bien que te has portado con ella! Déjala por imposible, Taratatiana. Tú ya sabes que aquí me tienes a mí para lo que requieras…”– De aquel malentendido se pasó a una enemistad entre mi madre y Conchita que fue del todo irreversible. Pero lo peor fue que Conchita, aquella mujer con la que yo había pasado muchas veladas en su casa de niño y que siempre me había tratado con diligencia y cariño, acabó por tomarla conmigo de una manera cruel y manifiestamente injusta. Todo comenzó una tarde, cuando Conchita y yo coincidimos en los balcones contiguos que daban a la fachada principal del edificio. Conchita, con síntomas de transitoria locura y obcecación, empezó a dedicarme una serie de gestos despectivos, acoplados a un ininteligible lenguaje de connotaciones presumiblemente soeces y que a su vez iban acompañados por extraños ademanes en sus brazos, muy en la manera con la que ciertas brujas — como posteriormente hube de descubrir — lanzan terribles conjuros a sus víctimas. Poco menos que asustado, corrí en busca de mi madre, más que para comentar aquella insolente afrenta, para encontrar una aliviada protección ante mi infantil espanto. Mi madre, enterada de tales enmiendas, salió al balcón y contempló a una calmada Conchita que fingía no hacer nada para vernos. Pero al retirarse mi madre – “Yo creo que tú ves visiones, Leiter”– del balcón y volver a quedarme yo solo en el mismo, Conchita, como si tuviese ojos en su espalda, volvió a ejecutar esa infernal y aterradora danza que sabe Dios qué significado habría de tener. Aquellas pavorosas y supuestas maldiciones que al parecer Conchita vertía ante mi presencia — y que me llegaron a asustar hasta el punto de no salir nunca al balcón de mi casa estando a solas — cesaron cuando hice saber de las mismas a doña Lola, la portera. La inolvidable empleada de la finca, indignada ante los esotéricos arrebatos de Conchita para con quien esto escribe, dio con el remedio ideal para aplacar a una desconocida Conchita, víctima de algún pasajero síndrome que provocaba la aparición de su lado más oscuro. –”Hijico mío” – me dijo doña Lola –”Si vuelve Conchita a hacerte esos gestos que me cuentas no te pongas nervioso; haz que sonríes y canta esto en voz alta, para que ella te pueda escuchar con claridad: A la lima y al limón, te vas a quedar soltera; a la lima y al limón, que no quieres quien te quiera… Y tú tranquilo, mi zagalico, que yo rezo por ti todas las noches a la Virgen de las Maravillas y tienes su bendición…” – Dicho y hecho. Aunque si no llego apartarme a tiempo, el puñado de tierra de tiesto que Conchita me hubo de arrojar cuando entoné aquella salvífica coplilla habría impactado irremediablemente en mi cara. Pero Conchita, pese a que ya nunca más hubo de someterme a sus conjuros si coincidíamos en nuestros respectivos balcones, se tomó cumplida venganza por la injustificable chanza de mi socorrido cántico: Una tarde, regresando del colegio, sentí como alguien golpeaba mi cabeza con violencia por detrás. Al volverme, sólo pude ver apreciar la figura de Conchita caminando aceleradamente en sentido opuesto al mío. Un señor que por allí pasaba me dijo, tras observar mi dolorida cabeza, que había sido ella quien me había atizado. Decididamente, Conchita había optado por el reverso tenebroso en su vital devenir…
Pasaron los años y, tras el súbito fallecimiento de la señorita Trini, Conchita hizo las maletas y se largó para siempre a su pueblo, dejando a un desconsolado Galo a solas. Una víspera de Nochebuena, cuando me encontraba almorzando en casa de una ya jubilada doña Lola, la incombustible ex-portera del edificio donde hoy en día sigue habitando mi madre me informó: –”¡Ay, con la Conchita! ¿Te acuerdas de ella, Leiter? No tardó mucho en reunirse con su hermana en la sepultura. Me lo contó una sobrina de ella. Por cierto, nene: ¿Sigue viviendo aún el zanguango de Galo en la casa? Para qué te voy a contar, hijico mío. Tú ya eres mayor y estás hecho un hombre. No te puedes imaginar lo que le colgaba a aquel burro entre las piernas… Igualico que al “tontoelpijo” de mi marido… ¡Mírale! Ahí como un gilipollas y sin enterarse de nada…”
Estoy convencido de que en algún recóndito lugar del universo se está celebrando una boda en estos momentos. Puedo adivinar a ver a Conchita, con un inmaculado y sedoso vestido nupcial, escoltada por una legión de arcángeles ataviados de blanco satén y agarrada de la mano de un apuesto príncipe de ojos azules y cabellos dorados. Juraría que además puedo escuchar, desde la universal distancia, los compases de la Marcha Nupcial de Mendelssohn. Pero lo que realmente sé, a ciencia cierta, es que Conchita estará entonando para sus adentros una bellísima canción: “Reloj, no marques las horas…”
Don Caesar Imperator Pater Leitaeris 26 Mayo 2009
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A la derecha y en primer plano, don Caesar Imperator en una instantánea tomada en el que ya era su bar en 1953. Junto a él, vemos a un asustado empleado, Pepe, sosteniendo una botella.
No me resulta en absoluto incómodo reconocer que jamás he sabido con certeza cuántos hermanos llegó a tener mi padre, don Caesar Imperator, ya que hasta él mismo se mostraba indefectiblemente dubitativo ante esa referida cuestión. Según algunas fuentes llegaron a ser 23 los hermanos, divididos a su vez en 13 hembras y 10 varones. Sin embargo, en aquel paraje montañoso perteneciente a la parroquia de Pola de Allande — Asturias — donde mi padre vio la luz por primera vez, se incrementaba esta primera cifra hasta llegar a los 25 y eso sin incluir los tres desgraciados procesos abortivos que hubo de sufrir mi abuela Matutina, personaje a quien apenas conocí y del que guardo un vago y nebuloso recuerdo. Fuesen 23 ó 25 la totalidad de hermanos y hermanas, lo realmente cierto es que mi padre se crió en aquella aldea rural formada por siete dispersas casas, contando con la del cura, que se ubicaba a medio camino entre Cangas del Narcea y Besullo, este último pueblo natal del conocido escritor asturiano Alejandro Casona. Un singular acontecimiento acaecido durante la más tierna infancia de mi padre marcó su consiguiente devenir existencial a lo largo de los tiempos y este no fue sino la experiencia de vivir un inesperado eclipse solar que cubrió de tinieblas todo el valle del Arganzinas a plena hora del ángelus. Los vecinos, aterrados por esta insólita circunstancia de conjunciones planetarias del todo desconocida para ellos, se dirigieron junto con sus vacas a la parroquia de la aldea pensando que aquello no era sino un signo cósmico del inminente fin de los tiempos. Desde aquel día, mi padre se convirtió en un auténtico devoto de la fe católica y de todas sus permitidas extensiones piadosas, llegando a atesorar al final de su existencia una espectacular colección de reproducciones de santos en formato de estampitas que celosamente guardaba en el cajón de su mesita de noche. Fiel a su devoción, jamás eludía celebración eucarística alguna, ya fuese ordinaria o de difuntos, y de esta forma compiló también una paralela colección de recordatorios funerarios que hoy en día permanecen también en el mismo y referido compartimento, encabezados todos ellos por el suyo propio. La primera gran oportunidad que se le presentó a mi padre fue cuando, cumplidos los 18 años, le llegó la hora de cumplir con la patria. Tuvo suerte y le tocó servir en el cuartel de Tetuán, enclave norteafricano al que tardó tres días y tres noches en llegar y en el que no sufrió el más mínimo problema de adaptación debido a que apareció con la cara tan abetunada por el hollín que pronto se integró como uno más de los allí lugareños. Siempre me juró que durante aquella militar estancia norteafricana sostuvo un terrorífico y espiritual encuentro con Aisa Kandisa, una extraña deidad musulmana, en los jardines de Larache y de la que sólo pudo liberarse componiendo la cristiana señal de la cruz. Aunque yo creo que lo que en realidad le aconteció fue que, sin él saberlo, aceptó un cigarrillo de Kif que le provocó alguna que otra alteración de tipo perceptivo. Trascurridos aquellos tres inolvidables años de servicio militar, mi padre abordó de nuevo el tren en Algeciras con vistas a regresar a su amada aldea rural asturiana, mas, en el obligado tránsito de la madrileña estación de Atocha se apeó para estirar un poco las piernas, quedándose tan prendado de los cosmopolitas aires capitalinos que decidió quedarse allí, dando con un palmo de narices al sucio y polvoriento tren que de nuevo arrancaba rumbo al norte. Pronto se colocó como ayudante en un bar, aprendiendo los entresijos de un oficio que habría de acompañarle hasta el resto de su vida. Pero aquellos fueron años duros, de melancólicas y susceptibles soledades, de dormir al raso en los bancos públicos de la Glorieta de Bilbao, de bañarse una vez a la semana en los sanitarios públicos y de constante abstinencia cárnica. Sin embargo, su fuerte espíritu norteño le ayudó a sobreponerse de aquella época de calamidades y a los seis meses dio con una modesta pensión de a perra y media la noche. También supo ahorrar para comprarse su primer traje de chaqueta con el que acudía todos los domingos al Retiro en busca de una flor silvestre. Según me contaba, una tarde llegó a quedar con siete chicas a la misma hora y en el mismo lugar, épica escena contemplada a bordo de un taxi que contrató para verificar tal proeza escondido en el asiento de atrás, puro en ristre aparte. Comprobando que todas las féminas habían acudido puntualmente a la cita, mi padre ordenó puntualmente al chófer que se alejase de allí a toda velocidad ante el temor de llegar a ser reconocido y humillantemente descubierto. Tan sorprendido se quedó el taxista ante esa pretendida hazaña que se negó en redondo a cobrar estipendio alguno por la carrera, interrogando a mi padre acerca de cómo se las podía ingeniar uno para llevar a efecto esa demostración de galantería. Esta anécdota, mil veces narrada por él mismo sin ninguna contradicción, delataba el carácter marcadamente egocéntrico de mi padre y de sus alegrías con el dinero ahorrado, aspecto bien continuado por quien esto escribe. Pero las circunstancias que envolvían a mi padre cambiaron radicalmente cuando por fin hubo de contactar con una hermana suya que también se había instalado en los madriles y que, por esos extraños e incomprensibles azares de la vida, se había casado con un paisano que regentaba un bar en la Calle de Alcántara. Por mediación de su hermana, mi padre se colocó en aquel garito triste y desdibujado que a duras penas mantenía su escaso fondo de comercio entre los más que sospechosos clientes que acudían a los ya decadentes chalecitos de la Calle de las Naciones en busca de eventuales compañías femeninas previo pago por adelantado y que tan bien fueron retratados por don Camilo José Cela en sus novelas San Camilo, 1936 y La Colmena. En tres meses, mi padre logró renovar aquella extraña clientela a base de ganarse a los numerosos empleados de la Empresa Municipal de Transportes, cuyo inmenso edificio hacía de chaflán en la esquina con la Calle de Ayala. Dos años más tarde, su cuñado decidió retirarse de la barra y dedicarse a tareas de cocina ante el exclusivo y singular protagonismo que había adquirido mi padre al frente de la citada barra. Finalmente, tres años más tarde y tras negociaciones que en absoluto fueron complicadas, mi padre se convirtió en el nuevo y flamante propietario de aquel bar.

Navidades de 1968: Mi padre, enfundado en su inseparable chaquetilla blanca, brindando junto con unos clientes en el bar. Justo a su izquierda y, mirándole de perfil, su paisano y conocido cantante Víctor Manuel. El artista asturiano estaba aún empezando pero ya daba muestras de su clase

Callejón de la Plaza de Toros de Las Ventas, Feria de San Isidro de 1969: Mi padre junto al diestro Paco Camino, uno de sus mayores ídolos en materia taurina
Tanto el local como mi padre empezaron a hacerse famosos a lo largo de toda la barriada, convirtiéndose aquel bar en centro de reuniones y tertulias compuestas por lo más variopinto de una acrisolada clientela deseosa de comentar la actividad social y política del país en unos tiempos donde no era muy recomendable la pública discrepancia con respecto a las actuaciones gubernativas. Según me narraron los clientes más antiguos y de toda la vida, mi padre solía generar las polémicas políticas, taurinas o futboleras mediante el ingenioso recurso de tirar la primera piedra y esconder luego la mano; y así debía ser, ya que lo único que en realidad le interesaba a mi padre era que aquellos improvisados tertulianos de barra desgastasen tanto su perspicaz lengua que luego no tuviesen otro remedio que el de seguir solicitando consumiciones para tonificar la misma, con el consiguiente desembolso económico que tan bien repercutía en la niquelada caja registradora. Y es que, sencillamente, esa era la verdadera obsesión de don Caesar Imperator, la generación de los suficientes recursos como para estabilizar su vida y cumplir su obligado sueño de fundar una familia. De hecho, durante alguna que otra temporada, mi padre se pasaba las veinticuatro horas del día en su local, sirviendo el reservado de improvisada vivienda por las noches. Ocurrió que una tarde doña Lola, la portera del edificio en cuyos bajos se albergaba el bar, le comentó a mi padre que el piso quinto estaba en venta ya que su último inquilino, un militar retirado, había amanecido más tieso que la mojama sobre la cama del dormitorio. En tan sólo dos meses, mi padre se vio obligado a acudir al ilustre notario don Blas Piñar para formalizar las correspondientes escrituras del piso. Ya tenía mucho más de lo que podía haber soñado desde aquella tarde de iluminados descubrimientos en la Estación de Atocha: Negocio y domicilio de su propiedad. El siguiente paso a dar fue el encontrar a alguien adecuado para llenar de vida esa solitaria casa. Pese a la fama de mujeriego que entonces había adquirido mi padre en la barriada — condición que también hemos heredado sus cuatro hijos varones — pronto le hubo de echar el ojo a aquella morena de ojos verdes que vivía con su hermana y su cuñado en el portal de enfrente y que, puntualmente, acudía todos los mediodías al bar en busca de una botella de gaseosa para mezclar con el vino tinto en la comida. Seis meses después, y luego de haber firmado unos documentos ante testigos en la vicaría de la iglesia de Manuel Becerra, aquella joven de Vicálvaro se mudó definitivamente al portal de enfrente. Don Caesar Imperator quiso emular a mi abuelo y fue a vástago por año, aunque con el cuarto, y tras dos procesos abortivos que pusieron en serio peligro la vida de mi madre, el matrimonio dio por finiquitada dicha empresa reproductora. Y así, mano a mano, mi padre tras la barra del bar y mi madre junto a los fogones de la cocina del mismo, fueron consolidando un negocio que dio además para adquirir otros dos pisos en Madrid, aparte del apartamento vacacional en la Sierra del Guadarrama. Pero lo más importante es que, tanto a mi madre como a todos los hermanos, nunca nos faltó de nada. Fue entonces cuando por el barrio se empezó a extender el malicioso rumor acerca del excesivo y rudo carácter de mi padre en relación con sus eventuales empleados bajo su cargo, que eran siempre dos, uno para el turno de la mañana y otro para el de la tarde. En aquellos tiempos no era como ahora, que se contratan empleados con un mero carácter provisional y sin ninguna posibilidad de superación personal. Antiguamente, el que valía para trabajar en la barra de un bar, aunque permaneciese allí años y años, terminaba por abrir, generalmente, su propio negocio. Fue la época de una lista de camareros y dependientes que pasaban a ser como de la familia y que para los ojos de un chiquillo de cinco años como yo se me antojaban como unos verdaderos héroes y compañeros de trabajo de mi padre (Por entonces, yo aún no tenía claro que mi padre fuese “el jefe”). De aquel período, recuerdo a Justo, Lino, José… Hombres que siempre me gastaban bromas cuando yo aparecía por el bar. Más adelante, cuando otro de aquellos inolvidables empleados, Pablo, se despidió, me dijo: –”Hay que tener los huevos muy grandes para estar aguantando los años que yo he estado con tu padre, Leiter. Es el tío más brusco que he visto en mi vida. Pero, eso sí: Si ahora voy a poder abrir mi propio bar es gracias a todo lo que el muy cabrón me ha enseñado. Todo lo que yo he aprendido aquí de hostelería no se enseña en ninguna parte, de veras, y tu padre, pese a su abrupta forma de ser y de trabajar, es el mejor jefe que he tenido en mi trayectoria profesional. Aunque no te lo creas, me jode tener que abandonarle, pero es ley de vida”– Pese a las recomendaciones de signo contrario por parte de mi padre, yo empecé a echar una mano en el bar y acabé por convertirme en un empleado más y, nunca, como “el hijo del jefe”, alternando mi trabajo con los estudios y otros quehaceres de la vida. No fue nada fácil la relación laboral con mi padre quien, detrás de la barra, me trataba con obligada displicencia y decoro, aunque en determinadas ocasiones surgieran los inevitables conflictos. Para mi padre, cualquier acción del negocio, por nimia que pudiera parecer, tenía su sentido y consecuentemente trataba de explicármelo. Una mañana, estaba yo muy enrevesado con una tortilla de jamón serrano que un cliente me había solicitado. Mi padre, observando mis dificultades, se acercó hasta la plancha y me dijo: –”¡Joder, qué manera de complicarte la vida! Piensa en que esa tortilla es para ti; piensa que estás en casa y que tienes hambre. Te apetece una tortilla de jamón. Dime la verdad, ¿No sabrías hacértela tú mismo? Quítate la vergüenza, que aquí lo único que interesa es que ese señor se coma su bocadillo y lo pague. Lo demás, no importa…”– De todas maneras, mi padre y yo éramos muy distintos tanto de ideas como de caracteres, por lo que terminábamos chocando por cualquier asunto sin importancia. Sí, éramos muy distintos: El, un hombre muy de derechas, católico practicante hasta la médula y seguidor ferviente del arte de Paco Camino. Por el contrario, yo era un marxista convencido, un declarado ateo y un admirador de la muleta de Antoñete… Fue curioso lo que le ocurrió a mi padre durante los últimos años de su vida. El, que durante muchas Ferias de San Isidro por las tardes se vestía de chaqueta y corbata para acudir a los festejos taurinos de Las Ventas, renegó de todo lo relacionado con los toros. Aún así, pienso que mi padre sentía por mí un cariño especial y que, a pesar de las frecuentes disputas que manteníamos, siempre estaba ahí cuando yo le necesitaba. Una mañana me brindó una de esas lecciones que jamás se olvidan: Llevábamos unos días sin hablarnos él y yo como consecuencia de una fuerte discusión relacionada con las tareas propias del bar, como no podía ser de otra manera. Por si no fuera poco, aquella mañana yo debía estar un tanto alineado con el mismísimo diablo ya que llamé a la atención a mi madre con unas groseras maneras por el simple hecho de que ésta había preparado unos aperitivos de forma distinta a la que yo había previamente solicitado. Mi madre, mujer de armas tomar, esperó a que se despejase momentáneamente de gente el bar para, saliendo de la cocina, dirigirse hasta mí en un tono manifiestamente colérico y molesto: –”¿Tú te crees que esas son formas de decirme las cosas? ¿Acaso me vas a enseñar tú ahora a mí a cocinar? ¿Sabes que te digo? Que eres un perfecto cretino y un gilipollas en toda regla, Leiter. Y quiero decirte una cosa: ¡No tienes ni puta idea de trabajar! ¿Te enteras? ¡No le llegas a tu padre ni a la suela de los zapatos! ¡Listillo, que eres un listillo de mierda…!”– Mi padre, que estaba sentado junto a una mesa tomándose un café, observó la violenta escena dialéctica sin abrir en ningún momento la boca mientras que yo me sentí muy dolido con aquellas frases de mi madre que, dada su poderosa entonación, parecían ser del todo sinceras. Finalizado mi turno de trabajo, me retiré totalmente desanimado hacia mi apartamento de la Calle Montesa, habiendo de parar en un bar vecino de la referida calle con las imperiosa necesidad de tomarme una cerveza, ensimismado en mis pensamientos por aquel desagradable episodio. Se me estaban escapando las lágrimas, dando vueltas a la jarra de cerveza y reflexionando sobre mi estúpida conducta, cuando por sorpresa apareció mi padre por aquel bar (El jamás visitaba los bares vecinos). Luego de acarrear con un taburete, y colocándose junto a mi lado en la barra, me dijo: –”Bueno, hijo: Ya has conseguido enfadarte con tu padre y con tu madre al mismo tiempo. Escucha, no llevo dinero encima… ¿Me invitas a una cerveza? Si no te importa, y pese a que llevamos unos días sin hablarnos tú y yo, quisiera decirte una cosa: Tú madre es la mejor mujer del mundo y no se merece esos desaires tuyos. Pero, tú tranquilo. Pídela perdón y ya está. ¡Joder, Leiter, que tienes los ojos humedecidos! ¡No pasa nada, hombre! Ya sabes cómo son las mujeres… Se enfadan por nada. Yo sólo quiero decirte que estoy muy orgulloso de ti y de tu trabajo en el bar…”–

Año 1971: Mi padre, quizás en su mejor momento, siendo observado por dos clientes del bar que han sido convenientemente retratados por mí en otra sección de esta página

Año 1973: Mi padre “saludando” a un retrato dedicado del maestro Antonio Chenel, “Antoñete”, torero que visitaba con frecuencia el bar. El diestro de la foto inferior es el venezolano Curro Girón.
La década de los años noventa significó el paulatino declive físico de mi padre, quien empezó a sentirse aquejado por una enfermedad de tipo nervioso que mermaba de buen grado su capacidad para trabajar. A esto se le sumó un inesperado proceso diabético por el que diariamente se veía obligado a inyectarse por vía intravenosa una dosis de insulina. Pero lo que realmente acabó por deteriorar la salud de don Caesar Imperator fueron tantos y tantos años de diario esfuerzo y sacrificio en un oficio tan complicado como el de “dar de abrevar” a la parroquia, como algunas veces así lo definía. Pese a las recomendaciones tanto familiares como facultativas, seguía bajando desde su casa al bar a diario, aunque su labor se limitaba a permanecer sentado y en silencio alrededor de una mesa, leyendo parsimoniosamente las páginas del ABC y deteniéndose más de lo habitual en la sección necrológica y de esquelas de dicho diario. También observaba con el rabillo del ojo la labor que realizábamos los que por entonces estábamos trabajando en el bar, supervisando que las cuentas de las consumiciones no fuesen erróneas, mayormente por defecto. Acudía puntualmente a misa de doce aunque al regreso se le notaban evidentes síntomas de fatiga tanto física como mental. Una de sus mayores ilusiones era la de darse un paseo con un simpático cachorrillo de caniche propiedad de una clienta y vecina de un edificio colindante. Una mañana nos sentimos alarmados al comprobar que, ya pasada la una del mediodía, no teníamos noticia ni de mi padre ni del perro. Avisamos a la Policía y al poco dieron con ellos en un banco del parque de Manuel Becerra. Mi padre había sufrido un repentino ataque de amnesia y no recordaba absolutamente nada acerca de su entorno y circunstancias. Afortunadamente, el perrillo pareció comprender la imprevista contingencia y no se hubo de separar de mi padre en lo que resultó ser una buena prueba de canina fidelidad. Incluso, según me contaron los policías, enseñó los dientes a los mismos una vez que estos se acercaron al banco para proceder con la comprobación del supuesto desaparecido. Por esas enigmáticas paradojas que suelen acontecer en la vida, aquel valiente y fiel perrillo acabó siendo adoptado por quién esto escribe muchos años después y en la actualidad, pese a que el veterinario afirmó que sería difícil que sobreviviera a estas últimas navidades, Pepito sigue dándonos todo lo que buenamente puede de sí, que no es poco. Vamos a ver si puede resistir los calores del verano… Tras sufrir una crisis cardíaca en el transcurso de unas vacaciones, el estado de salud de mi padre se deterioró aún más, resultando estériles los tratamientos médicos que, si bien paliaban las insuficiencias respiratorias, acrecentaban peligrosamente los complicados procesos derivados de la diabetes. Don Caesar Imperator se encontraba extraordinariamente fatigado por entonces y las diarias visitas a misa de doce se convirtieron en todo un suplicio para él. Un sábado por la tarde debió ser ingresado de urgencia al presentar un complicado cuadro con todo tipo de insuficiencias imaginables. Cuando era introducido en camilla al interior del vehículo sanitario observé como dirigía su lacónica mirada hacia las acristaladas puertas del bar. Pienso que, por unos instantes y de alguna manera, fue consciente de que aquello suponía una irremediable despedida. El lunes por la tarde, a las 18 horas y 11 minutos, falleció en el hospital. La noticia corrió como la pólvora por toda la barriada y al día siguiente no paró de acudir gente a la sala del tanatorio donde se hubo de exponer su cadáver. Con la desaparición de don Caesar Imperator Pater Leitaeris, aquel mítico bar de la Calle de Alcántara ya nunca volvió a ser el mismo.
Es muy posible que, en algún remoto lugar del universo, don Caesar Imperator esté sonriendo al comprobar que uno de sus hijos ya no es tan marxista – aunque se siga sintiendo de izquierdas — y que, al menos, haya pasado de considerarse ateo a proclamarse agnóstico. Pero de lo que sí tengo una total y absoluta certeza, es que mi padre estará muy ilusionado al comprobar como aquel amiguito suyo con el que salía a pasear al parque por las mañanas se encuentra ahora bajo mi protección –” Tranquilo, Pepito; se fuerte y aguanta. Te estoy esperando aquí con la correa para dar muchos paseos y para enseñarte de cerca la luna y las estrellas. Pero no tengo prisa; aquí nunca se tiene prisa. Anda, quédate un poquito más con Leiter y Celia…”–
En el día de hoy, 26 de mayo de 2009, se cumple el XII aniversario del fallecimiento de mi padre. Este humilde post va dedicado a su memoria
La azarosa vida de Pepe, el torero 21 Abril 2009
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San Sebastián de los Reyes, año 1967: Espeluznante cogida de El Bala en el segundo de la tarde. Como consecuencia de la misma hubo de serle amputada la pierna días más tarde. Ya por la mañana durante en el encierro, ese mismo toro — según algunos testigos — hirió mortalmente a un mozo. En dicha corrida intervino, aparte de Vicente Perucha y el malogrado El Bala, el protagonista de nuestro relato.
Pese a haber llegado quizás demasiado tarde al soñado debut con picadores, los esfuerzos bien que merecieron la pena. Fueron largos y duros inviernos caminando a través de los campos, de aquí para allá, de capea en capea, con el hatillo sobre las espaldas y con la firme voluntad de cambiar el insustancial destino existencial que el azar le había otorgado desde su nacimiento. Ya dijo don Luis Mazzantini a principios del siglo XX que en la España de entonces sólo existían dos puntuales formas para hacerse famoso y millonario sin contravenir los oportunos preceptos legales: Convertirse en un virtuoso cantante de ópera o meterse a torero (Sin dejar uno de arrimarse, claro está, ya que si de un cuerno pende la tragedia, no menos del otro la fortuna). Puede decirse que don Luis, el torero más ilustrado que jamás haya pisado ruedo alguno, triunfó en ambas facetas, bien inscribiendo su nombre en el libro de oro de la historia de la Tauromaquia, bien destacando como un excepcional intérprete pianístico de Beethoven en sus ratos ociosos. Pero el caso de Pepe, aquel hombre serio y circunspecto del que por el barrio se comentaba que había sido torero en sus años mozos, era bien distinto al del mítico don Luis Mazzantini. De orígenes más que humildes, quiso hacer del valor la enseña de su oficio y durante años peleó junto a muchos otros maletillas para hacerse con un hueco en el complicado y poco accesible Planeta de los Toros. –”No veas, Leiter; aquella tarde del debut con caballos, en San Sebastián de los Reyes, le corté las dos orejas a cada uno de mis toros. Me sacaron a hombros del albero y comenzaron a lloverme los contratos. No hubo plaza en la provincia de Madrid donde no llegase a torear. No recuerdo tarde donde, al menos, diese una vuelta al coso y, lo mejor… ¡Ni una cogida seria! Percances y sustos, todos. Y empecé a ganar dinero de verdad. Yo, que tuve que alquilar los ternos de toda la cuadrilla en mi debut… Esa misma temporada me llegaron a pagar hasta 10.000 duros por tarde… Y eso que el canalla de mi apoderado se empeñó en quitarme un porcentaje doble del que previamente habíamos pactado. Pero había que tragar… “– Pepe, el maestro, de estatura más bien mediana, de duras y marcadas facciones donde se reflejaban de igual manera los años y los excesos, con un acuoso peinado que trataba de amansar los rebeldes rizos de su ya canoso cabello y con esa expresión altiva en su mirada que sólo quién se ha las ha visto delante de un toro sabe adoptar, me relataba orgulloso y soberbio sus hazañas de juventud, mezclando nostalgia y sobrada vanidad a partes iguales y componiendo una mágica iconografía al nebuloso aire que desprendía el eterno Ducados que sujetaban sus dedos color brea. Le brillaban los ojos al narrar aquellos épicos episodios, y mayormente cuando humedecía su lengua con la inseparable caña de vino blanco que su otra mano sostenía. Pero Pepe solía interrumpir su discurso, ignorando a cualquier interesado interlocutor, cuando la chirriante melodía de una máquina tragaperras anunciaba un inesperado aunque perseguido premio. –”¡La madre que la parió! Pues no me da la hija de puta “las sandías” después de los mil duros que llevo gastados… “– Todos en el barrio sabíamos que Pepe no disponía de tal capacidad económica como para hacer frente a sus constantes arrebatos lúdicos. Al parecer, Pepe jugaba a la máquina compinchado con uno de los camareros de La Villa –”¡Vamos, Pepe, que la revientas!”– Le grita burlonamente Rafa el Lince, al tiempo que solicita una ronda para los allí presentes. –”No, Leiter, no te creas que yo me burlo de Pepe. Al revés, hombre. Debe ser muy duro el trago que ha tenido que pasar en la vida, estar ahí, en la cresta de la ola y que de buenas a primeras te sientas marginado, sin un puto duro y que encima la gente te venga a tocar los cojones… “– Fueron años de gloria, aquellos en donde una temporada tras otra ocupaba los primeros puestos del escalafón de novilleros. La alternativa era tan sólo una cuestión de tiempo y madurez personal, un paso irremediable y obligado para un diestro que estaba llamado a conquistar a la afición por su empaque y ortodoxa elegancia, muy lejos de los irreverentes tremendismos que caracterizaban a muchas de las figuras de aquella época. –”Tú no sabes, Leiter – prosigue Rafa el Lince — cómo manejaba viruta Pepe en aquellos tiempos. Llegó a comprarse un Buick descapotable, un coche inmenso, como pocos de los que se veían por entonces en Madrid y que adquirió a un militar de los de la base de Torrejón. Y, no veas con que compañías se le veía… ¡Unas tías de escándalo!”– Efectivamente, aquellos triunfales años que preludiaban una envidiable carrera artística se reflejaron en decenas de impecables trajes a juego con la corbata y de gabardina ceremoniosamente liada al brazo junto con el ABC, estratégicamente abierto justo por la página donde aparecían las reseñas taurinas firmadas por Díaz-Cañabate. Fueron tiempos de imperativas consignas: –”¡Niño, invita a todo el mundo de mi parte!”–, de puntuales y muy oportunos admiradores y de amigos “de toda la vida”. Y por fin llegó la tarde de la alternativa.
¡Cuántos prometedores diestros que apuntaban a figuras se han eclipsado en semejante trance! Una cosa es lidiar con novillos y otra, bien distinta, es enfrentarse a un morlaco cinqueño de proporciones más que considerables. El toricantano Pepe recibió los trastos de matar una soleada tarde de junio en la plaza de Motril y desde aquel trascendente momento su trayectoria fue tan evanescente como efímera. El resto de la temporada transcurrió con más bajos que altos y ya en las postrimerías de la misma, casi finalizado septiembre, recibió su bautismo de sangre, ineludible suceso con el que más tarde o temprano ha de enfrentarse todo torero, por muy renombrado y técnico que sea. –”Fue también en Granada” – relataba el maestro –”Durante una de esas corridas que sirven para limpiar los corrales. Mi primer astado había resultado muy duro y bronco, por lo que no me quedó más remedio que hacerle una faena de aliño sin ninguna vistosidad de cara al respetable. Me la tuve que jugar de todas todas en el segundo, un morucho que flojeó en el caballo pero que se creció en banderillas. Desde la tarde de la alternativa había perdido mucho el sitio y me vi obligado a pegar un buen arreón de cara a la próxima temporada. Me fui a por el bicho a los medios y le pegué una buena tanda de ayudados por alto. Le gané el sitio y el muy cabrón quería pelea, se lo leí en los ojos. Culminé aquella tanda con un pase del desprecio y la plaza se puso en pie, envalentonándome con la ovación. Aquel toro no se me iba a escapar por nada del mundo y estaba dispuesto a cortarle hasta los cojones, si fuese preciso. Me crucé para iniciar los derechazos y el toro se arrancó como un avión al primer cite; guardándole la muleta en la cara, se la bajé para ligar el segundo derechazo cuando… El hijo de puta se me coló. Todavía no comprendo que fue lo que pudo ocurrir. Cargué la suerte, le marqué el pase… Pero el canalla se me coló. 25 centímetros de herida”– Pepe se alzó el pantalón con prudencia y me enseñó la espantosa cicatriz – “…Y suerte de que sólo me llegó a rozar la femoral. Si me la parte, no lo cuento”– Pepe reapareció durante la siguiente temporada pero luego de una dolorosa y complicada rehabilitación invernal que concedió tiempo más que suficiente como para reflexionar entre las frías paredes del Montepío de Toreros. Ya nunca fue el de antaño, aquel torero valiente y arrojado que dibujaba verdaderos carteles taurinos en cada uno de sus pases con la muleta. Aquella temporada la cerró sin alcanzar las diez corridas que únicamente había podido apalabrar e incluso en alguna de ellas llegó a poner dinero de su bolsillo en busca de una efímera gloria ante las terroríficas estampas de unos marrajos que las figuras de postín no querían ver ni en pintura. Desencantado, con escasa ilusión y no más positivas perspectivas, Pepe decidió cortarse la coleta sin haber cumplido su sueño de, al menos, confirmar la alternativa en su querido coso venteño. Como si de una ley física se tratase, el dinero ahorrado hasta entonces se fue extinguiendo de manera proporcional a un desánimo vital cuyo máximo exponente se reflejaba en inacabables veladas nocturnas empapadas de whisky con fragancias de humo. No tardó en vender el Buick y los dos apartamentos que había adquirido en Manuel Becerra por mediación de su antiguo apoderado. La dueña de una pensión le exigió un mes por adelantado y en los mismos bares donde no mucho antes había sido el centro de atención se negaron a servirle si previamente no abonaba las consumiciones solicitadas. – “Y los amigos… ¡Ay, los amigos! ¡Ni siquiera llegaron a invitarme a un triste café!”– Añade Pepe – “Muchos de los que antes me sobaban constantemente la espalda ahora ni se dignaban en saludarme. Siempre tuve la impresión de que mi decadencia personal era motivo de alegría para ellos”– Pepe se encontró solo, arruinado, humillado por las penosas circunstancias de una vida que no suele conceder tregua alguna a los ídolos caídos. Aún así, tuvo la suerte de colocarse como mecánico en un taller de coches, cambiando el reluciente terno por un mono grasiento. Pero, sobre todo, contó con la caritativa ayuda de una hermana que no dudó en cederle una habitación donde poder dormir y asearse. Así, con lo poco que ganaba y alguna propinilla, tuvo margen suficiente para un paquete de Ducados y unos cuantos chatos de vino blanco al día. Asumió su destino con la misma dignidad que aún conservaba de su fugaz y triunfal pasado como matador de toros. Y nunca dejó de sentirse torero. Aún así, siempre tuvo que soportar con estoica gallardía los irreverentes comentarios de una clientela activamente ignorante, sobre todo cuando a través del viejo aparato de televisión del bar de mi padre se retransmitía alguna corrida de El Cordobés. –”Nunca pude entender como aquella panda de catetos que se juntaba en el bar de tu padre se admirase de aquel toreacabras cuyo único mérito consistía en hacer el payaso en la mismísima Plaza de Toros de Madrid…”– A punto estuvo de llegar la sangre al río en una de esas televisivas tardes de Feria de San Isidro. Un tal Patricio que se las daba de antiguo banderillero se empeñó en darle indicaciones desde el taburete del bar a Paco Camino, quién esa tormentosa tarde no andaba muy ducho con la cruceta. –¡A dos dedos por detrás de la testuz! ¡Qué no te enteras, Paco Camino! – gritaba socarronamente Patricio con una croqueta en la mano a modo de estoque simulado. –”Mírale…¡Otra vez! ¡Qué no te enteras, desgraciado! ¡A dos dedos!”– Pepe ya no pudo contenerse más: –”¿Te quieres callar ya de una puta vez, Patricio? ¿No sabrá Paco Camino mejor que tú lo que tiene que hacer?” – A esta afrenta, el banderillero contestó: –”¡Oye, tú… Que yo he descabellado a muchos toros, eh! ¡Y sé muy bien lo que digo!”– Pero Pepe, con esa enigmática e irónica sonrisa que siempre le ha acompañado, le replicó: –”¿Tú? ¡Vamos, anda! Si lo más cerca que has estado de un toro en tu puta vida ha sido desde una andanada de sol… ¿Torero tú? No me toques los cojones, Patricio, que yo sé de sobra que tu mayor mérito fue ejercer de sobresaliente en una novillada de tercera…”– De no ser por la intervención de algunos clientes, entre ellos Paco el taxista, gran aficionado, de las veladas acusaciones se hubiese pasado a los violentos puñetazos.
A Pepe parecía perseguirle un mal fario existencial y, en consecuencia, perdió su empleo en el taller de vehículos dos años antes de jubilarse como consecuencia de haber cambiado de dueño el local. Tuvo que ser nuevamente su hermana quién, con un gran esfuerzo, se encargara de darle todos los lunes un billete de 500 pesetas… Y así hasta la fecha, aunque ahora ya por fin cobra una modesta pensión de jubilado. Hace unos veinte años, mientras me estaba tomando una cerveza en el bar de Los Paletos, Pepe vino a mi encuentro. Tras solicitar un chato de vino blanco Pepe me habló de una manera que yo entendí como confidencial: –”Esto… Leiter… Tengo que hablar contigo”– Un tanto sorprendido respondí: –”Usted me dirá, maestro”– Casi al oído, Pepe comenzó con su particular confesión: –”He visto que eres muy aficionado a la fotografía y que tienes un buen equipo. Esto que te voy a pedir te ruego que quede entre nosotros, Leiter. Verás, tengo un dinerillo ahorrado y no me quiero morir sin probarme de nuevo ante un toro. Bueno… Mejor un novillo. He hablado con unos conocidos que regentan una placita de tientas en un pueblo de la Sierra y el negocio es del todo factible. Yo sólo te pido que me grabes con una cámara de esas, de vídeo, y que me hagas un reportaje fotográfico. Eso sí, claro, yo corro con todos los gastos de carretes y revelado… Y de las pilas.”– Me quedé con la boca abierta. –”Maestro, no me lo tome usted a mal, pero…”– Pepe me cortó la respuesta. –”Sí, Leiter, sí; ya sé que estoy muy mayor para esta empresa que no es sino un capricho pero… No sé cómo explicártelo: Necesito ponerme delante de un toro. Quiero volver, aunque sólo sea una vez, a sentirme torero. Es la única ilusión que me queda ya en esta puta vida”– Me llegaron a emocionar las sinceras palabras de Pepe, de tal forma que no tuve más remedio que contestar: –”Maestro, sea como fuere, cuente usted conmigo para lo que quiera”– Pero nunca más Pepe me volvió a comentar esa peligrosa y arriesgada iniciativa. Tal vez, fue un arrebato melancólico; o quizás Pepe no se sintió con las facultades necesarias como para colocarse frente a un novillo y desistió de tal empeño. Pero lo cierto es que nunca me ha vuelto a comentar nada en estos veinte años. En la actualidad, apenas se ve ya a Pepe por el barrio. La edad y los achaques de salud le obligan a permanecer casi todos los días en el hogar, al cuidado de su fiel y enviudada hermana. Muchos vecinos, las pocas veces que se pueden ya cruzar con él, ignoran que esa persona de rígidos y serios ademanes fue un torero como la copa de un pino a quién, lamentablemente, le falló la suerte en un momento puntual de su vida. Hoy tan sólo quedan unos recuerdos en una serie de recortes de periódico que el maestro guarda como su mayor tesoro y una breve reseña, con foto incluida, en el tomo VI de El Cossío.
El profesor Neftalí 10 Marzo 2009
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La famosa y muchas veces aquí mencionada calle de Alcántara
Aparecía por el barrio en la primera semana de junio y ya no se marchaba hasta bien entrado septiembre para luego reaparecer fugazmente durante las fiestas navideñas, cuando nos obsequiaba con aquellos amarguillos que traía consigo de su tierra salmantina. El profesor Neftalí, en vísperas de la jubilación, como así delataban aquellas húmedas y aplastadas canas peinadas al septentrión, con su traje gris a juego con la corbata, y con su seria y circunspecta expresión, ponía la nota intelectual entre toda la variopinta clientela que pululaba por el bar de mi difunto padre en aquellos años. Profesor de literatura y lenguas clásicas en un instituto rural salmantino, poseía además un extraordinario conocimiento de los distintos idiomas de raíz indoeuropea, aunque su verdadera pasión era el llamado esperanto, una lengua artificial inventada por un polaco y de la que el profesor Neftalí era uno de sus máximos valedores en España, siendo tal su autoridad en la materia que era continuamente invitado a los diferentes congresos y eventos que se celebraban con tal fin a lo largo y ancho del mundo… Siempre según su propio testimonio, claro está. Aunque confirmaba la propiedad de un piso en Madrid y de grandes extensiones de terreno en su provincia natal, muchos clientes del bar juraban haberle visto merodear por distintas casas de huéspedes de la barriada. A su edad, permanecía aún soltero y jamás fue visto en femenina compañía, motivo que dio pie a distintos rumores que aludían a su condición sexual, como solía ser habitual en esa época y mucho más en un distrito tan aparentemente remilgado como lo era — y sigue siéndolo — el del madrileño barrio de Salamanca. Pese a sus modales, excesivamente edulcorados para un entorno tabernario, el profesor Neftalí exhibía una gran empatía a la hora de relacionarse con los clientes habituales del bar, y tal llegó a ser el grado de sus sentencias y afirmaciones en todo lo relativo a la vida y circunstancias del barrio que, con el discurrir de los años, se convirtió en uno de los personajes más populares del bar, siendo cortésmente saludado por la mayoría de los clientes quienes apreciaban en muy buena medida la exquisita oratoria del maestro, semejante a la de los más inflamados sermones sacerdotales de aquel momento. Quizás ese fuera el motivo por el que, siendo yo niño, eludía cualquier encuentro con el profesor Neftalí. Bastante tenía yo con aguantar a diario a los curas escolapios de mi colegio como para luego tener que soportar las prédicas del profesor Neftalí en mi propio bar. – “Vamos a ver, Leiter, jovencito… ¡No se haga usted el despistado conmigo! Venga aquí, que su padre me ha pedido que le examine para ver cómo marchan esos estudios. A ver, dígame en inglés la siguiente frase: El lápiz rojo está en la mesa… “– Quién realmente se ponía colorado era un servidor, aterrorizado ante tal improvisada prueba de conocimientos delante de mi propio padre… ¡Y del resto de la clientela! – “¡No, no no! ¡Muy mal! The red book is ON, ON, the table, no IN the table. Sigamos, jovencito. Dígame, ¿Qué libro o libros está usted leyendo en la actualidad aparte de los obligados de texto? ¿Cómo? ¿Emilio Salgari? ¡¡Paparruchas!! Comience a leer ahora mismo La Biblia, alternando dicha lectura con la del Lazarillo de Tormes… Y no pierda tiempo, jovencito. En cuanto mismo vuelva por aquí en Navidades le efectuaré el oportuno examen sobre las referidas lecturas…” – Mi padre, hombre devoto hasta la beata exageración, apuntaba desde la barra: –”Eso, eso… ¡La Biblia! Sube a casa ahora mismo y que no me entere yo que no estás estudiando…” – Por si eso no hubiera sido suficiente del todo, cuando mi padre subía a casa por la noche, una vez cerrado el bar, continuaba con la plática: –”Leiter, me ha dicho el profesor Neftalí que estás fuera de órbita en los estudios… Has de esforzarte más. El profesor Neftalí es un hombre de mucha cultura y sabe muy bien lo que dice. Además, es un hombre muy católico y lleva la misma estampa de la Virgen que también llevo yo en la cartera. Le he pedido que cada vez que te vea por el bar te examine para comprobar si has progresado en tus conocimientos…”– Sin embargo, el profesor Neftalí adolecía de una incomprensible variabilidad de carácter con respecto a mi persona, tan pronto poniéndome a prueba, tan pronto ignorándome del todo. Así, una tarde regresaba yo feliz y contento del colegio exhibiendo vanidosamente en mi mano el examen corregido de Religión en el que había obtenido, nada más ni nada menos, que un “Muy bien”. Nada más hacer yo acto de presencia en el bar, vi como el profesor Neftalí se encontraba sentado junto a una mesa del reservado y hasta allí que me fui a por él con la intención de mostrarle mi inestimable galardón académico. Pero el profesor, alzando la mano y con un elocuente gesto imperativo, me detuvo: –”¡Quieto, quieto, jovencito! No me moleste usted ahora, que llevo un día muy ajetreado y ahora estoy enfrascado en la elaboración de un poema… ¡Retírese! Necesito total y absoluta concentración…” – Me produjo tal rabia contenida aquella insolente indiferencia que, pese a mi corta edad, estuve en un tris de contestarle: –”Pues vaya sitio que se busca usted para escribir poesía… No, si lo que dicen los clientes va a ser cierto: Está usted más tieso que la mojama y no tiene dónde caerse muerto… ” – Pero, obviamente, me contuve y no le dije nada. De todos modos, mi padre sí que supo obsequiarme por mis académicos esfuerzos en materia religiosa. Con los cinco duros que me regaló pude comprarme kikos, palomitas y flash de naranja en la tienda de don Fidel.
Con el transcurso de los años, y estando yo ya finalizando el bachillerato, el profesor Neftalí dejó de ser para mí ese señor tan serio y tan pelmazo que no paraba de interrogarme para convertirse en una apreciada persona con la que podía conversar sobre materias mucho más profundas en contenido que las propias de un bar de barrio. Poco a poco fui descubriendo, tal y como así lo había afirmado anteriormente mi padre, que el profesor Neftalí era un individuo de firmes convicciones religiosas – “Soy católico, apostólico y romano” – acordes con una mentalidad políticamente muy conservadora, aunque en absoluto conforme con el régimen del general Franco. Su expediente académico no era nada desdeñable, uniendo a sus ya mencionadas licenciaturas en Filología clásica y anglosajona un inestimable doctorado en Filosofía pura. Sin embargo, sus afinidades no iban más allá de Santo Tomás, ignorando a Ockham y al resto de nominalistas. Aunque sentía cierta estima por el idealismo de Kant, renegaba de Hegel y de la escuela de los historicistas –¡Bárbaros!” –. Y si bien Marx y Nietzsche le provocaban violentas convulsiones, la sola mención de Sartre le hacía acudir presto a los excusados. Algunas noches, mayormente las de los viernes, nos enganchábamos en apasionados debates filosóficos que inducían a la hilaridad general del resto de la clientela. –”No, Leiter, no; la existencia de Dios es una premisa I-NA-MO-VI-BLE. Sobre dicho y sagrado precepto se construye toda la epistemología que, a fin de cuentas, no es sino un vehículo para TRATAR de comprender a Dios. Santo Tomás no ya sólo demuestra sobrada e incontestablemente la existencia de Dios sino que además cristianiza a Aristóteles, un gran filósofo que inspirado por la luz divina preparó el camino al futuro Hijo del Hombre sin ser consciente de ello, una prueba más de la sabiduría celestial. Leiter, tú que admiras a Johann Sebastian Bach, has de tener en cuenta que toda creación artística, ya sea literaria, plástica o musical, ha de ser un medio para enaltecer a Dios. Y Bach así lo entendió… ¡Por favor! ¡Por favor! Jamás vuelvas a leer ni una sola página de ese perturbado llamado Nietzsche. Hazme caso, en San Agustín y Santo Tomás se resume todo el acto de fe y sabiduría, la justificación al pretendido y previo paganismo de Platón y Aristóteles. No dejes nunca de leer sus tratados, Leiter…” – Y tanto que los leí que… En fin. (Muy pocas personas saben cuánto hubo de influir en mí el profesor Neftalí en distintas decisiones académicas que posteriormente acabé por tomar). A pesar de que manteníamos concepciones más bien opuestas sobre los principios fundamentales de la filosofía, cada día que pasaba me resultaba más grato charlar con el profesor Neftalí, y aún más cuando me obsequió con un ejemplar dedicado de una colección de poesía religiosa que acababa de publicar en una editorial tan aparentemente humilde como desconocida, aunque, la verdad sea dicha, no había por donde coger los poemas, sosos, aburridos e infantiloides, al menos, para mi gusto. Obviamente, nunca le confesé este aspecto, más bien mi “admiración” por un “trabajo sensacional”. – “Gracias, Leiter, gracias. Cierto es que me lleva un trabajo de mil demonios el poder dar a luz estos breves poemas…” – Recuerdo que en ocasiones me llamaba mucho a la atención el hecho de observar como el profesor Neftalí se inmiscuía en tertulias no precisamente académicas con otros clientes que generalmente acababan desembocando en unas temáticas de contenido más que sospechoso y que aludían, en mayor medida, a los encantos femeninos, con muy poco de lirismo y sí mucho de fandanguero. Las picantes ocurrencias y los chistes llamados “verdes” no tardaban en hacer acto de presencia y el profesor Neftalí, pese a su estricto celo religioso, se sumaba divertido al jolgorio, sobresaliendo sus orgullosas y graves carcajadas (En staccato y muy retardadas) al tiempo que, agitando de arriba a abajo su mano derecha, solía exclamar: -”¡Inconmensurable…¡Jo! … ¡Jo! … ¡Inconmensurable! Esa ocurrencia se merece otra copita de Cointreau, señores…¡Jo!…¡Jo!…” – Sobra decir que en ningún momento recuerdo haber visto al profesor Neftalí pasado de copas.
Fueron muchas las ocasiones donde pudimos observar como el profesor Neftalí tomaba notas en un discreto cuadernillo de hojas holandesas. Interrogado sobre semejante proceder, afirmaba estar elaborando un libro acerca del bar de mi padre y de los distintos personajes que lo frecuentaban. Nadie de los allí presentes le creyó capaz de tal insólita e interesante empresa, pero una buena tarde apareció el profesor Neftalí por el bar con un aparatoso paquete de libros recién salidos de imprenta, los cuales, excepto el que firmado y dedicado le regaló a mi padre, fue vendiendo uno tras otro a los clientes más habituales –”Eso sí, con el lógico descuento” – El proyecto había cristalizado y allí teníamos a nuestra disposición el esperado libro, Las Noches del Parajas, que así era como realmente se denominaba el bar de mi padre. Su lectura provocó no pocos comentarios en la barriada, algunos no muy favorables, debido a la forma metafórica y atrevidamente irónica que adoptó el profesor Neftalí a la hora de describir los distintos personajes y situaciones que aparecían en el libro, todos ellos perfectamente identificables. Muchos no supieron comprender el perspicaz modo literario del profesor Neftalí y en reiteradas ocasiones le solicitaron las correspondientes explicaciones y a veces no de muy buenas maneras. Pero el que quizás peor parado salía era, precisamente, mi padre, don Caesar Imperator, a quién el profesor Neftalí retrataba como un ser excesivamente avaricioso y con unos rudos modales que dejaban mucho que desear. Aunque mi padre se quedó un tanto sorprendido por aquella visión que de él perfiló el profesor Neftalí, fue realmente mi madre quién se terminó por ofender del todo y, de esta manera, en el transcurso de una sobremesa intercambió con el profesor unas palabras algo subidas de tono y forma. Ante este y otros requerimientos, el profesor Neftalí siempre argüía que –”Simplemente se trataba de una novela de ficción que, de manera casi circunstancial y anecdótica, había tomado como referencia el entorno del bar. Bajo ningún concepto, los personajes allí descritos habían necesariamente de corresponderse con tantos y tantos que, a modo de pura y recurrente casualidad, podían sentirse reflejados en ellos. Esto es simplemente un ejercicio novelado, sin mayores pretensiones que las de dar rienda suelta a mis necesidades expresivas…” – Pero aquellas razonadas explicaciones no llegaron a convencer a nadie, máxime cuando incluso los personajes del libro eran bautizados exactamente con el mismo patronímico que en la realidad. De esta forma, mi padre, Caesar Imperator, era mencionado igualmente como Caesar Imperator, Murillo como Murillo, Paco el taxista como Paco el taxista… Así, desde luego, quedaba muy poco margen para la duda. Sin embargo, para quien esto escribe, aquel trabajo fue el mejor libro escrito nunca por el profesor Neftalí, un extraordinario ensayo que lamentablemente no pasó de tener una reducida difusión exclusivamente centralizada en el entorno del madrileño barrio de Salamanca. Además, ha sido el único libro que se ha escrito hasta ahora sobre el bar de mi padre… De momento. Desgraciadamente, y en uno de los descuidos más torpes que he cometido en toda mi vida, el único ejemplar que conservaba se extravió durante una de mis muchas mudanzas de piso. Cada vez que me encuentro por el barrio con Paco, el taxista, me pregunta por el dichoso libro y no sé ya cómo confesarle que lo he perdido y que ya no conozco a nadie que pueda poseerlo. De todas formas, le he dado la dirección de un bar virtual de copas por si le sirve de consuelo…
Doy fe de que una de las ocasiones donde pude observar más triste y desconsolado a mi padre fue cuando, hace ya más de dos décadas, le comunicaron que el profesor Neftalí había fallecido repentinamente en su tierra. Es muy posible que en algún lejano rincón del universo se encuentren los dos charlando de religión y preguntándole al primer ángel que vean pasar: –”Disculpe, señor ángel. Es que tenemos una discusión mi amigo don Caesar Imperator y yo y tal vez usted nos pueda dar alguna respuesta. ¿Nos podría decir cuál es su sexo?”–
Los Paletos, unos hermanos ciertamente inseparables 10 Febrero 2009
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Calle de las Naciones
Uno de los mayores espectáculos que podían contemplarse por esta suntuosa barriada capitalina era el de las continuas disputas que mantenían Salus y Horacio, los dos hermanos que regentaban el conocido bar de Los Paletos en la calle de las Naciones. Salus, el hermano mayor que además ejercía de jefe, se encabritaba a las primeras de cambio con su hermano y en consecuencia comenzaba a largar toda una insultante retahíla de absurdas recriminaciones desde fuera de la barra que llegaba a poner los pelos de punta a la clientela menos acostumbrada. Mientras, Horacio, en el interior de la alargada barra, bastante tenía con esquivar el vociferante discurso de Salus a base de deambular nervioso sobre la tarima en sentido contrario a los impulsivos vaivenes de su hermano. El pobre Horacio, cuando ya no tenía mayor escapatoria, terminaba por introducirse en la cocina del bar con visibles muestras de contrariedad acompasadas por un regular movimiento de sus antebrazos. Estas violentas discusiones dialécticas, que servían de velado regocijo a los clientes más habituales, solían originarse por situaciones aparentemente sin importancia, al menos para el privilegiado espectador que tuviese la dicha de contemplar el inicio de las mismas, algo que en absoluto resultaba especialmente difícil a poco que uno fuese asiduo cliente del bar. Así ocurrió una mañana cuando el bueno de Horacio descubrió por sorpresa la presencia de un granuja amante de lo ajeno en el interior del bar justo en el instante en que se disponía a liberar los cierres de la metálica y roñosa enrejada. Alarmado por tal desagradable contingencia, volvió a aplicar los cierres nerviosamente, en un intento de dejar encerrado al ladronzuelo, y se vino apresuradamente hacia el bar de mi padre, sabedor de que iniciaba sus actividades comerciales a la misma hora, las seis de la mañana. Tras el monumental esfuerzo al que me vi obligado para entender el sentido de las atropelladas palabras de Horacio, quién se expresaba en un intraducible acento asturiano con matices galaicos, marqué el número de la policía en el teléfono público. –”¿Policía? Por favor, acudan a la calle de las Naciones, al bar de Los Paletos. En estos momentos un caco se halla en su interior robando… Les llamo desde un bar vecino. Vengan cuanto antes, por favor, no ya por el ladrón en sí sino porque a su dueño le va a dar un patatús del susto…”-- Efectivamente, la policía no tardó en hacer acto de presencia consiguiendo capturar al malhechor con las manos en la masa, pero al desdichado de Horacio le dio verdadera angustia contemplar como todos los clientes habituales suyos no tenían más remedio que acercarse hasta el bar de mi padre para poder tomarse el primer cafelito de la mañana. Horacio, colorado y nervioso como nunca le hube de volver a ver, se desgañitaba sacando billetes de cien pesetas del bolsillo e indicándome: –”Leiter, cóbrame esos cafés… Leiter, lo de estos señores lo pago yo…”– en un desesperado intento de contrarrestar el repentino trasvase de los clientes de un bar a otro, alterándose ante la escena de lo que él entendía como una puesta de cuernos de tipo comercial. Por si no fuera poco, muchos de sus clientes, observando el cómico estado de nervios del pobre Horacio, se aprovechaban inmisericordemente de esta circunstancial coyuntura para hacerle de rabiar: –”Oye, pues os digo que este café está mucho mejor que el de Los Paletos… No sé si mañana vamos a volver aquí otra vez” – Comentaban en alto al mismo tiempo que me guiñaban un ojo. Yo, de la misma forma y animado por la general chanza, me sumaba al pitorreo en una clara muestra de insensibilidad corporativa por mi parte. –¡Qué no falte de nada, señores! ¡Venga, tomen un chispacito de coñac de parte de la casa!”– Sobra comentar que, alzando las cejas y guiñando también el ojo, dirigía con la vista a los clientes hacia un desolado Horacio… Finalmente, y tras las obligadas pesquisas policiales, Horacio pudo abrir al fin su bar a eso de las ocho de la mañana, pero… ¡La que se armó cuando su hermano Salus apareció por el mismo y se enteró del suceso acaecido! Al mediodía, desde el bar de mi padre, situado a unos escasos cien metros del de Los Paletos, se podían escuchar con total nitidez los gritos recriminadores de Salus. Esa misma tarde me acerqué a su bar para contar con una mejor información acerca del episodio del robo; me fue imposible tomar nada ya que la bronca de Salus seguía siendo tan monumental que al bueno de Horacio no le quedó otra alternativa que la de atrincherarse en la cocina. No hubo forma de hacerle entender a Salus la total inocencia de su hermano en aquel anecdótico incidente del ladrón –”¡Memo, que es un memo! Y si no, dime tú, Leiter, ¿Por qué demonios no hubo el memo de mi hermano de abrir el bar y servir a los clientes mientras la policía detenía a ladrón, eh? Pues yo sí lo sé, porque es tonto de capirote…”–. La verdad era que Salus y Horacio, hermanos inseparables, solterones ambos, de escaso calado cultural y muy rudimentarios en sus formas, eran bien distintos entre sí.
Salus, el hermano mayor y auténtico dueño del negocio, siempre comentaba lo mucho que había trabajado en su juventud por las tierras de su Asturias natal, aunque su obesa apariencia, unida a una desesperante lentitud del conjunto de sus movimientos, hacía sospechar de semejante afirmación. Adoptaba una sobrada expresión risueña en su gigantesca y desproporcionada boca y sus saltones ojos se iban cubriendo de un brillo vidrioso a medida que avanzaba el día como consecuencia de la extraña manía que tenía consistente en beberse los restos de aquellas botellas de vino que no habían sido consumidas en su totalidad durante las tandas de comidas que diariamente servía en su local. De esta forma, al caer la tarde, el estado de Salus no era muy sobrio que se dijera. Jamás se introducía en el interior de la barra a no ser para servirse una caña de tinto y una alita de pollo que devoraba con total desenfado entre los continuos saludos y reverencias que en todo momento brindaba a sus clientes. En eso, realmente, consistía su trabajo, en ejercer de relaciones públicas de su propio bar aunque para ello adquiriese unos modales, cuanto menos, estrambóticos. No había acto que más le satisficiera que el de exhibir fanfarronamente sus presumibles capacidades pecuniarias, mostrando con indisimulado orgullo unos aparatosos fajos de billetes de a mil que puntualmente sacaba de los bolsillos de su pantalón tejano, prenda que, pese a su avanzada edad, combinaba estrepitosamente con una camisa oscura a cuadros y una corbata de tonos claros repleta de grasientos lamparones. Tenía por costumbre agarrarme del brazo cuando visitaba su bar para acto seguido comentarme con una intimidad más que sospechosa: –”No veas, Leiter; no damos a basto para servir las comidas… Hoy hemos dado más de cien…” — Y seguidamente me sacaba a relucir los ya referidos fajos de billetes de a mil. Yo tenía la certeza de que esto me lo comentaba para que yo a su vez se lo hiciese saber a mi padre y, de esta forma, provocarle una lacerante envidia. Pero Salus era tan cómico y elocuente en sus gestos, interpretados con un alto grado de atemperado cinismo, que a mí se me antojaban tan graciosos como poco malignos en sí, con lo que yo mismo adoptaba el papel de “joven sorprendido y admirado” para así animar aún más las soberbias enmiendas de Salus. Pese a su obesidad, preocupante por su ya avanzada edad, Salus también presumía de un inestimable vigor masculino aunque, según sus palabras, se viese obligado a pagar peaje para refrendar sus amorosos impulsos. Yo fingía expresión de anonadada y envidiosa admiración ante las pretendidas proezas con las que adornaba lo más íntimo de sus relatos de alcoba y disfrutaba con la inmensa sonrisa que mi estudiada inocente apariencia provocaba en el rostro de Salus, quién se animaba hasta el paroxismo de forma directamente proporcional a los vasos de tinto que por doquier ingería para amenizar aún más la velada. Muchos domingos acudía a comer a su local — yo también tenía mis propios métodos para ejercer las relaciones públicas — y Salus siempre terminaba por sentarse alrededor de mi mesa. Sin pedirme permiso, se servía de mi botella de vino y con un aire de encubierta intimidad comenzaba a interrogarme, golpeándome repetidamente con la palma de su mano en la pierna: –”Bueno, muchacho…¿Y qué? ¿Vas a seguir tú con el negocio de tu padre? Me han dicho que tiene pensado jubilarse en breve… Yo creo que a ti eso no te gusta, Leiter. Tú eres más de estudiar, ¿No?” – Ante estas sutiles y más bien torpes maneras de intentar sacarme información yo también fingía el padecer una duda trascendental al respecto y gracias a mi “confesión espiritual” conseguía que Salus, satisfecho por creerse que me tenía plenamente conquistado a nivel confidencial, me invitase a la copa y al puro. Pese a ser paisanos y casi vecinos, mi padre y Salus apenas se dirigían la palabra si se cruzaban por la calle y los juicios del primero sobre el segundo no eran precisamente todo lo cordiales que uno pudiera esperar. A mí no me importaban esas cínicas y descaradas maneras de Salus; era un tipo que en el fondo me caía bien y al que acabé apreciando, y mucho más desde aquella mañana en que fue el primero de una incontable lista de personas que hicieron su aparición en la sala del tanatorio donde reposaban los restos de mi padre.
Horacio, por el contrario, representaba la cara amable de este peculiar y pintoresco binomio familiar. Nunca he conocido a alguien con tal capacidad para el trabajo: Su jornada empezaba a eso de las cinco y media de la mañana, cuando entraba en el bar y encendía la cafetera para que estuviese caliente y a pleno rendimiento media hora más tarde, cuando abría sus puertas al madrugador público. Allí pasaba todo el día en el interior de la barra, comiendo a base de bocadillos y otros espontáneos picoteos, para retirarse a su casa — vivía con su hermano Salus — a eso de las diez y media de la noche. Y así todos los días sin excepción, sábados, domingos, festivos… Incluso en Nochebuena y Nochevieja. El bar de Los Paletos siempre permanecía abierto los 365 días del año con la incombustible labor de un risueño Horacio tras la barra, un ser que no entendía ni de períodos vacacionales ni de días libres. Un día, a últimos de julio, le pregunté a Horacio si iban a cerrar el bar por vacaciones en agosto. –”No, no, Leiter, ¿Qué dices? Imposible, hay muchos gastos…” – Me extrañaba esa aseveración de Horacio toda vez que tanto Salus como él eran solteros, compartían piso y bar en propiedad, no tenían hijos ocultos y, para el nivel de actividad que el bar desarrollaba a diario — servían una cantidad nada despreciable de comidas diarias — tan sólo contaban con la colaboración de una cocinera y un eventual ayudante de barra y mesas. Pero Horacio, lejos de mostrarse un tanto amargado por soportar una rutina diaria sin descanso que a cualquiera habría acabado por desquiciarle, aparecía como un hombre feliz y contento. Poseía un espíritu tan dócil e ingenuo y era tan estrecho de miras que determinados comportamientos suyos, tan estrambóticos como estrafalarios, hacían las delicias de una clientela tan perspicaz como consentidamente maliciosa. Así, un domingo por la mañana, Pepe el Pulpo le pidió un café con leche y una bayonesa para mojar. El bueno de Horacio confundió el sabroso hojaldre relleno de cabello de ángel con la no menos famosa salsa mahonesa y, ni corto ni perezoso, le plantó a Pepe el café acompañado por un frasco de cristal de donde sobresalía una cucharilla con manchas amarillentas. Aquel desliz fue objeto de la general rechifla y, obviamente, de la consecuente y despiadada bronca de su hermano. En otra ocasión, un desconocido cliente solicitó un pincho de tortilla de patatas y, luego de servírselo, Horacio salió de la tarima, se puso de pié sobre la barra y comenzó a limpiar las molduras superiores justo por debajo de donde el infeliz comensal estaba dando buena cuenta de la apetitosa tortilla. De no ser por la mediación de Salus, aquel sorprendido cliente habría estado ya, hoja de reclamaciones en mano, camino de la calle del Príncipe de Asturias, travesía donde se ubicaba la comisaría del barrio. Cuentan que a la algarabía que produjo aquel episodio se sumaron las voces de un irritado Salus que, debido a su intensidad, pudieron ser escuchadas hasta en el cruce con la calle de Montesa. Horacio se expresaba con un tono de voz muy agudo, en una intraducible jerga bable de acentos marcadamente rurales, por lo que cualquier diálogo fluido con él era tarea imposible del todo. Además, las recurrentes risas en forma de semicorchea en tresillo con las que solía culminar las frases hacía aún más difícil la comprensión de sus opiniones y ocurrencias. Por lo demás, Horacio exhibía una notable capacidad de entonación musical plasmada, sobre todo, en constantes desarrollos sílbicos que servían de acompañamiento tanto melódico como rítmico a la música emitida por un viejo aparato de radio que pendía del mismo grupo de ganchos de donde se colgaban los jamones y demás chacina. Una tarde fui testigo de cómo se despachó El Emigrante, de Juanito Valderrama, con unos silbidos bellísimamente floreados mientras fregaba tazas y platos en una improvisada palangana que hacía las veces de pila. Pese a sus maneras, poco ortodoxas con los criterios que se le han de exigir a todo buen barman, y sus peculiares excentricidades, derivadas de una excesiva confianza en su relación con los clientes, Horacio era muy apreciado en toda la barriada, lo cual no significó que fuese paralelamente igual de respetado.
Salus y Horacio eran uña y carne. Tanto dependía Horacio de su hermano mayor, a pesar de aguantar su diaria ración de insultos, enfados y broncas, que no permitió dar volumen al viejo aparato de radio mientras su hermano Salus estuvo ingresado en un hospital como consecuencia de una repentina indisposición. Contraviniendo las recomendaciones de los facultativos, Salus siguió disfrutando de generosas raciones de potes y otros potajes, regadas en todo momento por inestimables cantidades de buen vino. No tardó un mes en volver a ser ingresado de urgencias en La Paz. De allí salió nuevamente pero esta vez rumbo al cementerio. Horacio, emocionalmente hundido, no tardó un mes en hacerle compañía. Es muy posible que en algún recóndito lugar del universo se encuentre una celestial taberna donde los ángeles se escandalicen ante los terribles insultos que Salus le estará dedicando a su hermano Horacio por no haberle servido bien el café con porras a San Pedro.
Julio “Proy”, un luchador de profesión 20 Enero 2009
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Dos eran los ingeniosos recursos que utilizaba mi padre para contrarrestar la ludópata adicción que en mi mocedad padecía con respecto a las máquinas de bolas Texaco (También llamadas Flipper) que periódicamente instalaban en una esquina del bar y que, gracias a unas milagrosas llaves que me liberaban de tener que echar el consabido duro para obtener dos créditos, suponían la obsesión de quién esto escribe. Uno de ellos, sin duda el más abrupto, consistía en cortar el suministro eléctrico del artilugio — Tras reiteradas llamadas de atención que por un oído me entraban y por el otro me salían — Mediante un interruptor situado en un extremo de la barra. La otra opción, mucho más sibilina, requería de la inconsciente colaboración de Julio, aquel mancebo boxeador zamorano aspirante al título regional de los pesos pesados. Obviamente, ello no significaba que mi padre fuese tan extraordinariamente cruel conmigo, como bien pudiera desprenderse de una primera lectura, sino más bien que incitaba a Julio a contemplar cómo me las entendía con las bolas de la Texaco. Julio, ser fornido tanto de apariencia como de corazón y con un botellín de cerveza en la mano, disfrutaba tanto con mis habilidades en la máquina que, al menor riesgo de perder la bola en su trayectoria por los temibles pasillos laterales, arreaba tales zurriagazos a la pobre Flipper que no tardaba en aparecer el maléfico TILT en la pantalla, condenando el juego y la consiguiente partida. No había forma de poder explicarle que de ninguna manera, fuera de los golpes precisos, había que sacudir el artefacto. Al final, desmotivado por las continuas interrupciones del juego, acababa por abandonar la máquina ante las sentidas protestas de Julio y la vengativa y silenciosa sonrisa de mi padre desde el fondo de la barra. Julio, conocido artísticamente como Proy, me puso en serios aprietos aquella ocasión en la que coincidimos en un salón de juegos recreativos muy popular en la barriada, el Sport Club de la calle de Alcalá. Por entonces, existían unas máquinas que tenían dos bandejas superpuestas repletas de monedas de a duro y que se desplazaban en movimientos paralelamente discontinuos sobre el plano horizontal. El reto consistía en introducir un duro con la estudiada y difícil precisión para que desplazase algunas monedas de la bandeja superior y, a su vez, estas mismas empujasen a las que se encontraban al borde de la bandeja inferior hasta la apertura de salida. Parecía relativamente fácil pero como en todo juego, había truco y este no era otro que la ligera inclinación hacia arriba de la bandeja inferior impidiendo la precipitada caída y consecuente ganancia de un buen puñado de duros. Aún así, en contadas ocasiones la máquina dejaba escapar algún que otro duro para enganchar a los más incautos. Julio Proy no se lo pensó dos veces y, tras haber perdido unos diez duros, le soltó un tremendo mandoble a la infeliz máquina que, aparte de soltar una considerable cantidad de duros, también activó su rudimentario sistema de vigilancia y manipulado, provocando una aguda y chirriante alarma y la posterior y amenazadora presencia de uno de los vigilantes del local. –”Oigan ustedes, no se le pueden dar golpes a la máquina” –. A lo que un indignado Julio Proy contestó: –”Esta máquina es una estafa. He echado más de diez duros y se los ha tragado, la muy cabrona. Debe tener por ahí un imán o algo por el estilo que impide que los duros caigan a la bandeja… “–. El encargado, con cara de pocos amigos, nos invitó a abandonar el local no muy de buenas maneras, pero Julio Proy no se amedrentó y volvió a sacudir al aparato con tal violencia que lo dejó sin corriente eléctrica. A continuación dijo: –”¿Has visto qué hostia? Pues es la misma que te voy a dar a ti si no abres el chisme este para que yo vea cómo funciona y si tiene algún tipo de trampa.” –. Yo estaba aterrorizado ante la escena y no paraba de repetir: –”Venga, Julio, vámonos. Déjalo ya y vámonos de aquí.”–. Afortunadamente Julio se fue calmando y por fin abandonamos el local, para tranquilidad mía (Y del encargado, quién se puso pálido ante la descomunal fuerza exhibida por el brazo de Julio). Ya en la calle, me comentaba: –”Joder, con el chulo de mierda ese… ¿Cómo se ha puesto por un golpecito de nada? Si le llego a arrear fuerte desarmo allí mismo la máquina…”--. Pero Julio, pese a sus rudas maneras y su extraña forma de caminar, con los brazos ligeramente arqueados marcando músculo y sin apenas movimiento de los mismos en relación con los pasos, era un ser tremendamente bondadoso, incapaz de hacer daño a una mosca, aunque… Una mañana de domingo me invitó a que conociera el apartamento donde se alojaba junto con su hermano. Su habitación estaba repleta de posters de conocidos boxeadores y de algún que otro cartel anunciando su nombre en otras tantas veladas federativas. Me enseñó distintos tipos de guantes e incluso me animó a que me probara uno de ellos, procedimiento mucho más complicado de lo que yo inicialmente creía. Lo malo fue que él también se acopló un par y pasó a instruirme en los rudimentos de la práctica pugilística: –”Mano izquierda pegada, protegiendo con el codo el estómago… Así. Derecha por encima, oscilando. Venga, muy bien. Paso adelante y paso atrás, como bailando… Eso. No olvides ladear el cuerpo para evitar que te centre el contrario. Así, así… ¡Muy bien!”–. De las teóricas explicaciones pasó a los ejemplos prácticos y comenzó a obsequiarme con ligeros golpecitos en la mandíbula. –”Protege la cabeza levantando en posición los dos brazos… ¿Lo ves? Si no duele. Mira, para pegar duro, has de utilizar el gancho; escondes la izquierda por debajo, tal que así… Y, girando, impactas en el mentón… ¡Así!”–. El tortazo que recibí fue tan aparatoso que tuve la sensación de que su guante se me había quedado pegado a la cara. Por un momento se me nubló la vista y creí perder el sentido del equilibrio aunque lo peor fue la reacción de Julio Proy ante mi atontamiento: –”Joder…¡Pero si estás pálido! ¡Qué débil estás, coño! ¡Madre mía, como te has puesto por un simple roce…! ¡Pero si esto es lo que hacemos en el ring para calentar y tonificar la cara!”--. Muchos clientes del bar afirmaban que Julio Proy dejaba escapar los combates por su manía de dialogar con el adversario cuando éste se encontraba prácticamente noqueado. –”¡Vamos, tú. Levántate y pelea, coño, que para eso nos pagan. Pero si esto no ha hecho más que empezar…!”–. Y, claro, al rival le daba tiempo a reponerse y poner en práctica los consejos de Proy, con resultados del todo desfavorables para el entrañable púgil de nuestra barriada.
Durante algunos años nos dio por organizar en el bar de mi padre casi todos los viernes al anochecer, y ya a puerta cerrada, unas memorables reuniones de carácter gastronómico entre los clientes más asiduos y de mayor confianza. Nosotros poníamos el local y los fogones de la cocina y el resto se encargaba de traer, uno el vino, otro las viandas, otro más los aperitivos… Y así nos tirábamos hasta las tantas de la mañana en un ambiente solidario de franca camaradería donde no faltaba el buen humor y la alegría a raudales. Julio Proy solía encargarse del vino, un buen caldo de su tierra zamorana aunque con elevado grado de acidez. Se reservaba una botella entera para sí mientras que los demás tocábamos a una por cada tres personas. Julio apoyaba el frasco directamente en el suelo junto a la mesa donde, de forma pantagruélica, daba buena cuenta de tal cantidad de chuletas de cordero (El plato más repetido) como su cuerpo pudiera resistir. Una noche le llegamos a contar hasta diecisiete chuletas con sus respectivas raciones de patatas fritas, amén del pan y los aperitivos previos. Tras este festín y, luego de servirnos unos pelotazos, Julio se arrancaba bien por Manolo Caracol, bien por Pepe Marchena, y nos deleitaba a todos con una improvisada selección de coplas que en no pocas ocasiones provocaron la inesperada presencia de la Policía advirtiéndonos de las molestias que estábamos ocasionando al colindante y sufrido vecindario. Julio Proy, absorto en su clase magistral de interpretación, no dejaba pasar esta circunstancia para intentar sumar nuevos amigos y socios a nuestra folklórica tertulia. –”Pero, ¡Coño, agente! Pase y tómese un chato con nosotros, que somos gente de bien. Leiter, mira a ver si ha quedado alguna chuletilla por ahí… “–. De cualquier manera, Julio no se daba por enterado ante la lógica negativa de los agentes de seguridad. –”Bueno, joder, ya que no quieren ustedes participar en esta velada por lo menos acepten estos bocadillitos con una chuletilla. Envuélveselos, Leiter, que luego de madrugada entra el gusanillo y hace frío por ahí fuera. Ah, espere, espere, agente… ¡Leiter! Echa el vino que queda en una botella vacía de esas, de Casera, y dáselo a los señores agentes… ¡Joder, que con algo habrán de pasar las chuletillas!” –. Nunca podré olvidar las expresiones que adoptaron los dos miembros de la patrulla policial. Pero Julio, animado, seguía como si tal cosa. Empezó a hurgar en una vieja cartera de cuero de donde sobresalía un peine color ámbar y añadió: –”Además… ¡Tomen! Dos entradas para que puedan presenciar mi próximo combate, de mañana en ocho días, en el Campo del Gas. ¡No se lo vayan a perder, eh! Le voy a poner la cara como un tomate al pollo ese de Carabanchel que ha tenido los santos cojones de retarme… “–. Juro por mi conciencia que la pareja de policías se despidieron amablemente de nosotros y únicamente nos hubieron de recriminar con advertencias del estilo: –”Bueno, señores, sigan con la reunión pero procuren no armar mucho alboroto. Buenas noches”–. Mas, el momento cumbre en las animadas sesiones copleras de Julio se produjo una fría noche de invierno cuando, en un alarde de facultades y mayormente desenfadado por la ingesta de unos cuantos whiskies posteriores a la opípara cena, se atrevió con la Hija de Juan Simón, del inolvidable Antonio Molina, en una de las interpretaciones más emotivas que yo haya escuchado nunca. Tal fue la admiración que desató en la concurrencia que don J. Antonio, en un conmovedor arrebato producto de un espiritual deseo de acompasar el cante con espasmódicos movimientos de su cuerpo, se desequilibró, cayendo de espaldas y abriéndose la cabeza ante el descomunal impacto de la misma contra la vieja máquina jukebox de discos. En realidad, nunca averigüé del todo si el batacazo fue consecuencia del súbito desplazamiento del espirituoso líquido que don J. Antonio transportaba alegremente en su cuerpo o bien fue por un exceso de confianza a la hora de reclinar su silla. El caso fue que, tras el susto y la consecuente cura, Julio Proy siguió cantando como si tal cosa. (Don J. Antonio solicitó otro “whisquicito” para mitigar los dolores de la aparatosa brecha). Decidimos prolongar la juerga en un local de la calle de las Naciones y nos jugamos la ronda de copas a una épica partida de dados. Con lo que no contábamos era con la escasa dosificación de fuerzas que Julio Proy iba a aplicar al cubilete de dados en sus respectivos turnos de juego y así, en dos terceras tiradas, y obligándose al As, el impacto del recipiente de dados fue tan brutal que provocó un pequeño movimiento sísmico en la barra, de tal forma que las copas más cercanas al epicentro se volcaron, poniendo todo el mostrador perdido de una extraña mezcla de whisky, ron, coca-cola y carámbanos de hielo flotando. Esta vez el encargado nos disculpó, pero no así a la segunda ocasión en que, a modo de réplica, dio con el propio vaso cubatero de Julio por los suelos. El encargado, con un monumental enfado pese a conocernos de sobra, nos invitó a salir –”Id por ahí a otro local a liarla, ¡Panda de borrachuzos!” — del pub. Julio, para terminar de arreglar el desaguisado, intentó dialogar con tal aspaviento de manos que otra copa, esta de Licor 43, corrió la misma suerte que las anteriores. Menos mal que los buenos oficios de Fustel y de Fermín, el de Telefónica, consiguieron aplacar tanto la justificada ira del encargado como la inapropiada dialéctica de Julio Proy. Al final, la cosa no pasó a mayores y conseguimos que el encargado nos pusiera otra ronda para limar asperezas. Julio Proy y el encargado acabaron charlando amigablemente, luego de las oportunas disculpas del primero.
Por fin llegó la noche del esperado combate entre Julio Proy y aquel osado púgil de la barriada de Carabanchel. Se celebró en el Campo del Gas y hasta allí se desplazó una buena comitiva compuesta por numerosos clientes del bar de mi padre para acompañar y animar a Julio durante la pelea. Si mal no recuerdo, entre otros acudieron Quintín, Candi, Milagros y su novio, el policía secreta; el Bienpeinado, don Pedro, el que salía en las fotos con los toreros; don J. Antonio, Covadonga, la del ropero; Gonzalo, Rafa Piedra, quién se pasó toda la velada comiendo avellanas; Capelares, el del garaje; y también el profesor Neftalí, quién no paró de componer visibles muecas de contrariedad a medida que avanzaban los asaltos. Julio Proy salió pegando fuerte aunque no paraba de mirar con el rabillo del ojo a toda la nutrida representación de la calle Alcántara. Por momentos, la pelea pareció decantarse a su favor pero el mozo de Carabanchel se defendía como gato panza arriba. En el último asalto, Julio acorraló a su rival en una esquina del ring y animado por el griterío trató de noquearle, sin éxito. El combate acabó en tablas ante la sonora protesta de todos los que hasta allí nos habíamos desplazado excepto del profesor Neftalí quién, en un alarde de sinceridad consigo mismo– Y de atrevimiento — afirmó que “Julio había dejado descubrir sus armas con mucha e inconsciente precipitación”. Finalizado el combate, el grupo regresó de nuevo al barrio y en el bar se organizaron apasionadas tertulias y debates sobre cuanto había dado de sí la pelea. Pasadas unas horas, ya casi cerrando, apareció Julio Proy con la cara entumecida a causa de los golpes recibidos: –”¡Me cago en mi sangre! Se defendió bien el cabrón ese… Pero para mí que el combate estaba apañado. ¿No visteis cómo el árbitro no le llamaba la atención cuando no paraba de abrazarse durante mis ataques? Dame un botellín… ¡Me voy a cagar en…!” –. Todos intentamos consolar a Julio, en vano. No pasaron ni dos meses y Julio desapareció de la barriada. Nunca nadie supo más de él. Quizás aquellos sueños de luchador profesional se desvanecieron ante la triste realidad de un futuro más que incierto. De cualquier forma, Julio Proy siempre permanecerá en el recuerdo de este barrio como aquel gran boxeador que pudo haber sido y no lo fue. Y, además, como una persona que bajo su amenazadora apariencia escondía un enorme e ingenuo corazón.
Las profecías de la gitanilla 23 Diciembre 2008
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Todos los sábados, alrededor de las ocho de la mañana, puntualmente aparecía la gitanilla por el bar de mi padre con los décimos de lotería que aún le quedaban por vender para el sorteo correspondiente al mediodía. – “Buenos días, señores. ¡Llevo los millones! Me quedan sólo el tres y el siete… Para hoy.” –. La gitanilla mostraba ostensiblemente los décimos para provocar la inconsciente duda condicional del cliente, por lo que no era raro que de una tacada y a modo de efecto dominó vendiese cinco o seis décimos seguidos. Lo realmente complicado, según me dijo en confidencia, era colocar el primero; una vez superado ese inicial escollo, los demás caían por sí solos. – “Los payos sois muy envidiosos, Leiter.” –. A esas tempranas horas del sábado el bar de mi padre no daba a basto para atender a los desayunos del personal del supermercado y de la Empresa Municipal de Transportes, cuyas cocheras y oficinas centrales estaban a un palmo. La gitanilla, con muy buen criterio, aprovechaba estas corporativas reuniones para ofertar su lúdica mercancía, yéndose de vacío en raras ocasiones. Nunca supimos su verdadero nombre y todos la conocíamos como “la gitanilla”, pese a ser una mujer entrada en años, de considerable altura, con un orgulloso garbo y un no menos voluminoso trasero. Muchos clientes desconfiaban de ella, contando peseta a peseta y en su presencia las vueltas por el pago de algún décimo de lotería. Carlos, el mecánico de la EMT, siempre me advertía: – “¿Te has fijado, Leiter, como la gitanilla nunca se acerca a mí? Antes paraba mucho por mi barrio y nos acabó dando gato por liebre a unos cuantos. Observa cómo me mira de reojo, la muy cabrita… ” –. Era del todo cierto: La gitanilla miraba de reojo a Carlos de la misma forma en que yo miraba a su novia, también empleada de la EMT, sin duda, la mujer más guapa que haya pisado nunca el bar de mi padre… A pesar de las advertencias, la gitanilla se sacaba un buen pellizco todos los sábados en el bar, incluyendo el desayuno. — “Leiter, dame un café en vaso bien calentito y una porra… Mira a ver si tienes la del centro… ¡Vamos, señores! A ver quién me invita hoy al desayuno.” En realidad, nunca se lo tuve que apuntar a cuenta ya que siempre, aunque fuese en el último momento, algún cliente terminaba por pagarlo. Pero el mercadeo de la gitanilla no se basaba exclusivamente en la venta de décimos de lotería, sino que también abarcaba la lectura de manos y su posterior interpretación a los incautos que se prestaban a ello, aspecto para el que decía contar con unas enormes facultades adivinatorias. – “Anda, payo, que por cinco durillos te leo el porvenir en la mano… ¡Ya puedo ver cómo te miran los ojos de una morena que está loca de amor por ti!” –. Los habituales no le hacían ni caso pero pobre de aquel inocente que se dejase llevar por los proféticos manejos de la gitanilla. Una mañana, ya despejado el bar de las numerosas tandas de desayunos, la gitanilla advirtió de la presencia de una joven pareja de turistas extranjeros que estaban tomando un café alrededor de una de las mesas. – “Déjalos en paz, gitanilla” – Le sugerí — “Son alemanes y no te van a entender ni una palabra.” –. La gitanilla, lejos de calmar sus pretensiones, se animó aún más. – “¡Huy, de Alemania! ¡Si allí tengo yo unos primos que viven en París!” –. El chico, quién parecía entender un poco el castellano, accedió amablemente a la petición de lectura predictiva de manos previo pago de diez duros (Tarifa para extranjeros). — “¿Esta es tu novia, no? Mira qué guapa es y que ojazos azules tiene… Pero… A ver… ¡Huy, huy, huy, lo que estoy leyendo! Aquí te sale una morena que te está mirando con los ojos enamorados… Anda, dame otros diez duros, que aquí hay mucho por leer… ” –. Hasta quinientas pesetas le sacó la gitanilla a esa pareja de teutones quienes, contra lo que uno pudiera imaginar, salieron muy felices y contentos del bar con las predicciones de la gitanilla. Al día siguiente volvieron y me preguntaron que por qué no había acudido la gitanilla… Una gélida mañana de invierno, en víspera de Navidades, le compré un décimo extraordinario a la gitanilla y, de paso, le serví un nuevo café. – “Gracias, Leiter, prenda mía… ¡Déjame la mano un momento, que a ti te la leo gratis!… Hum… Ahora veo que no tienes novia, pero… Aquí leo que una morena te está mirando con ojos de enamorada y… “ –. Creo que, aunque tardó mucho en cumplirse, en esta ocasión la gitana acertó en sus profecías.
Determinados clientes eran reacios a comprar lotería a la gitanilla por un motivo bien sencillo: Si los números que ella vendía eran posteriormente agraciados con algún premio menor, circunstancia que se repetía con cierta frecuencia, la gitanilla no dudaba en exigir una comisión de las ganancias. – “Anda, payo, que la semana pasada te vendí el siete y ha tocado a duro la peseta. ¿Qué menos que me des cinco duros de propinilla? ¡Mira, que tengo ocho criaturas que alimentar!” –. Según me contaron, en una ocasión la gitanilla vendió unos décimos que posteriormente resultaron beneficiados con el segundo premio, una cantidad nada despreciable de dinero. La gitanilla fue pidiendo la propina a todos aquellos afortunados (Esta mujer tenía una memoria comercial infalible) y, quién más y quién menos, le obsequió con algún que otro billete de mil pesetas. Pero un individuo se negó en rotundo y no quiso saber nada de comisiones post premio. Dicen que la gitanilla se presentó una mañana en el bar por donde solía parar aquel tipo con su marido, unos primos, no menos cuñados y sus ocho churumbeles. Cuentan que, al final, el buen hombre acabó tirando de cartera… Fue en aquellas mismas navidades cuando el azar quiso premiar con el reintegro a los numerosos décimos que la gitanilla había vendido para el sorteo extraordinario de esas fechas. Esa mañana de sábado, con cierto ambiente festivo propio de las fechas, la gitanilla hizo su particular agosto canjeando casi todos los décimos premiados por otros tantos correspondientes para el próximo sorteo, el conocido como el de El Niño. De pronto, uno de los mozos del economato entró en el bar portando una vieja y acartonada guitarra española. — “¡Leiter, pon una ronda de chispazos, que estamos en Navidad…!” –. La gitanilla, no queriendo ser de menos, se auto incluyó en la generosa ronda. – “A mí de anís, Leiter, que la coñá no me gusta…” –. Los mozos se arrancaron por los villancicos más populares entre los acordes de una guitarra que pedía a gritos una completa afinación. La gitanilla comenzó a batir palmas y se marcó unos bailes aflamencados, levantando la falda y mostrando pícaramente el refajo en numerosas ocasiones, en el peculiar modo bailable gitano. Ciertamente, la danza no acompañaba mucho a la música, pero la gitanilla se fue animando y, con los ojos un tanto brillantes como consecuencia del anís, le requirió al mozo solista: — “¡Niño, tócate algo de la Perlita!” –. El mozo rasgó las cuerdas y se produjo el milagro: ¡Qué manera de cantar tan potente! Jamás he vuelto a escuchar una interpretación tan magistral del Qué bonita que es mi niña, calcando el timbre de voz de Perlita de Huelva. Luego le siguieron el Amigo conductor, donde bordó con maestría el fandango final, y una serie de villancicos, inéditos para mí, y con letras un tanto extravagantes. Aquel improvisado festejo se interrumpió súbitamente cuando mi padre hizo acto de presencia en el bar. — “¡Feliz Navidad, don Caesar Imperator!” – Le dijeron a coro los mozos. Mi padre ni se inmutó; mirándome con un rictus muy poco bondadoso, me dijo: — “Supongo que todo lo que están tomando estos cretinos estará bien apuntado, Leiter…” –.
Un sábado entró la gitanilla en el bar a unas horas que no eran las habituales suyas. Me solicitó un café y se acomodó en un taburete sin muchos aparentes propósitos de ofrecer lotería a los pocos clientes que en ese momento permanecían en el bar. En un momento en el que nos quedamos a solas, me llamó y me dijo en voz baja: – “Leiter, esto… Mira, he tenido un problemilla en casa… Y, claro, ahora no sé cómo voy a poder hacer la compra… Y los churumbeles no tienen comida… Y digo yo, ¿No me podrías dejar tres mil pesetillas hasta el sábado que viene?. Ya sabes que yo soy mujer de palabra y que la palabra de un gitano va siempre a misa… Además, sabes que aquí tengo mi clientela y… ” –. A juzgar por la sombría expresión de la gitanilla, quién no paraba de llevarse las manos a la cabeza, con los ojos vidriosos al borde del llanto, pensé que era del todo veraz su exposición de motivos y, sacando de por allí y rebuscando por allá, conseguí reunir las tres mil pesetas y se las presté. — “Gracias, prenda mía. Eres un sol. Bueno, me voy, que mira qué horas son ya. El café me lo apuntas, que también te lo pagaré la semana que viene.” –. Esa misma tarde, Boni me comentó en El Paraíso: – “Me parece que la gitanilla me ha tomado el pelo esta mañana. Me contó una historia muy rara y me acabó pidiendo tres mil pesetas. Como yo soy un gilipollas, se las he acabado dando. Me han comentado que también ha ido pidiendo dinero en El Baretu y en El Fernández. El paleto le ha mandado a tomar por el culo… No sé, me huele muy mal el tema.” –. Y le llegó a oler mucho peor cuando yo mismo le confirmé que había sido otro de los requeridos. Llegó el sábado siguiente y la gitanilla no apareció por el barrio. Ni tampoco al otro. Pasaron muchos años y a la gitanilla jamás se la volvió a ver por la calle Alcántara. Recordé lo que me había advertido Carlos, el mecánico de la EMT. — “Esa mujer no es trigo limpio, créeme.” –.
Han pasado ya muchos años desde aquel episodio protagonizado por la gitanilla. Recientemente, me encontraba almorzando en El Rescoldo, el bar de mi querido amigo Antonio, en la calle de Padilla, cuando observé que entraba una mujer mayor, con cabellos muy canosos y de rasgos inconfundiblemente agitanados. Comenzó a ofrecer lotería de mesa en mesa. Don Blas, un respetado anciano de la zona, estaba sentado en un taburete, tomándose tranquilamente su vermut. La gitana se le acercó: – “Anda, esaborío, dame esa mano, que por tres euros te voy a leer el porvenir… Ya puedo ver cómo te miran los ojos de una morena que está loca de amor por ti…” –. Al bueno de don Blas casi le da un soponcio y, con exquisitas maneras, logró desembarazarse de la gitana, quién puso rumbo a mi mesa. Clavó sus ojos en mí, se dio la media vuelta y se largó, sin decirme ni ofrecerme nada. ¡Hay que ver qué memoria selectiva sigue poseyendo la gitanilla! ¡Si yo ya ni me acordaba!