Las brisas mexicanas 23 Octubre 2009
Posted by leiter in Vivencias.3 comments

Panorámica del bungalow — tomada de un folleto — en donde Malena y yo pasamos un fin de semana
Ya decía yo que eso de apuntar a golpe de bolígrafo la numeración de los asientos en nuestras tarjetas de embarque era algo muy poco ortodoxo y que a la postre tendría sus impertinentes consecuencias, como así se hubo de confirmar posteriormente. En efecto, ya en el interior de la estrecha cabina del Boeing 727 de Mexicana de Aviación, Malena y yo observamos con estupor como nuestros respectivos asientos, según lo dispuesto en las rudimentarias tarjetas de embarque, estaban ocupados por otras dos personas. Afortunadamente para nosotros, la tripulación de la aeronave estuvo a la altura de la circunstancias – el mencionado contratiempo debía ser algo rutinario para ellos — y así pudieron habilitar para Malena un asiento libre situado en la cola del aparato mientras que a mí, felizmente, me ubicaron en la misma cabina de los pilotos, el cockpit, sobre una banqueta extensible situada a espaldas de ellos. Esta insólita incidencia provocó que aquel vuelo directo de México D.F. a Acapulco, de apenas una hora de duración, se convirtiese en una inolvidable experiencia para quien esto escribe debido a mi afición por todo lo relacionado con el mundo de la aeronáutica, una de mis grandes pasiones. Por si esto no fuera suficiente, tanto los dos pilotos como el ingeniero de vuelo (Estos aparatos todavía llevaban a bordo la figura del ingeniero de vuelo) se mostraron decididamente cordiales conmigo y me explicaron con todo lujo de detalles algunos procedimientos del vuelo, toda vez que comprobaron que yo atesoraba conocimientos de aeronáutica. Especialmente fantástico me resultó el giro final a izquierdas para enfilar la senda de planeo, una impecable maniobra en la que el comandante Cárdenas demostró toda su maestría, haciendo posar la aeronave en la pista 28 de aterrizaje con absoluta suavidad y precisión, algo realmente complicado teniendo en cuenta la adversa climatología, con lluvia y severas ráfagas de viento. Pese a que no teníamos ninguna vinculación sentimental – éramos simplemente amigos aunque separados por una enorme y atlántica distancia — Malena, aquella mujer mexicana a la que conocí en Madrid unos años atrás, y yo llegamos al hotel de Acapulco agarrados de la mano. (Hacían descuento a las parejas). Tras unos meses de duro trabajo decidí tomarme un fin de semana libre y, siguiendo los consejos de Malena, opté por una escapada desde el Distrito Federal hasta Acapulco para alojarme en el mejor y más lujoso hotel que he conocido a lo largo de toda mi vida, Las Brisas, un extraordinario complejo formado por pequeños bungalows dotados todos ellos con piscina propia e individual. El lujo y esplendor de aquel hotel contrastaban irónicamente con la preocupante y deprimida situación social del país mexicano en aquellos años de aguda crisis económica. Malena, perteneciente a una clase social humilde — lo que en México significa un estado que roza la pobreza – me habló repetidamente y con tanta pasión de aquel complejo hotelero que, como premio a su asesoramiento turístico y a todas las desinteresadas ayudas que me había brindado durante mi estancia en México D.F., opté por invitarla a la pequeña excursión que yo había planeado. Para ser sinceros, no me salió muy caro el importe de su pasaje y alojamiento habida cuenta de que en el caso de que yo hubiese viajado solo las tarifas se habrían incrementado considerablemente debido a tal singularidad. Además, un sitio tan aparentemente glamuroso y romántico bien que merecía una agradable compañía femenina, y Malena reunía dichas condiciones. Sólo por recordar la cara de éxtasis que compuso Malena cuando en un bar de hotel de México D.F. le enseñé los dos pasajes de avión – “Venga, Malena. Prepara tu equipaje que nos vamos los dos a Acapulco…” – aquel viaje había merecido la pena. Por más que había repasado decenas de folletos turísticos en los que se apreciaban las virtudes de aquel maravilloso hotel, su visión in situ me resultó aún más impactante, todo un precioso y elegante complejo eficazmente gestionado para que la única preocupación del cliente fuese la de elegir la mejor forma de relajarse y de olvidarse de los cotidianos problemas. Cada bungalow disponía de un Jeep color blanco a disposición de los clientes con el objeto de trasladarse con el mismo por las amplias instalaciones del complejo hotelero. Cualquier requerimiento era rápidamente atendido por la recepción y además, cosa de agradecer en México, las propinas directas estaban terminantemente prohibidas, cargándose un suplemento diario adicional en la factura por este concepto. Si bien la decoración de los bungalows era sensacional, con todo lujo de detalles, lo mejor, sin duda, era el disponer de una enorme terraza con una piscina que se iluminaba automáticamente por las noches y en la que no faltaban unos decorativos nenúfares en su superficie. Por si esto no fuera poco, el agua de la misma se mantenía a una temperatura constante con independencia del clima exterior. En cuanto al precio de semejante lujo, dada la caída del dólar con respecto a la peseta en aquellos años, no era excesivamente caro para los bolsillos de un europeo. Un hotel céntrico de París o Londres en aquellas fechas resultaba mucho más costoso. Nos gustó tanto el bungalow a Malena y a mí que, tras darnos un chapuzón en la piscina, decidimos pedir la cena a recepción y quedarnos el resto de la jornada en ese idílico marco de exóticas resonancias. Malena, en cuyo rostro se percibía un indescriptible gozo con trazos de Cenicienta, seguía carteándose con Pepe el Pulpo, según me narró durante la íntima y romántica cena que compartimos a la luz de las velas. Al parecer, y ante la imposibilidad de retornar de nuevo a España, Malena le planteó al Pulpo que fuese él mismo quien decidiera instalarse en México. Según me habían comentado por el barrio, Pepe el Pulpo había sopesado seriamente el tomar esa emigrante iniciativa aunque, según mi propio entender y conociendo al Pulpo como yo le conocía, aquella no habría de obedecer sino a una misión de matices aventureros más que a un romántico viaje de reencuentros amorosos propiciado por Malena. En todo caso, Malena se mostraba tan ilusionada con la posible llegada a México de Pepe el Pulpo que no dudó en invitarme a su lecho aquella primera noche, en un claro derroche de amistosa y amorosa solidaridad con un ser tan solitario como yo.
Tras aquella primera noche de apasionadas reminiscencias, Malena me despertó agitando un papel junto a mi rostro: –”Leiter; han dejado esta nota bajo la puerta. Nos proponen apuntarnos a una excursión facultativa en barco, visitando La Quebrada, y con la posibilidad de almorzar en alta mar, baño incluido…”– El tono de Malena sugería claramente un deseo de aceptar la propuesta. Desperezándome, contesté: –”Vale, vayamos si tú quieres. Si es sólo hasta la hora del almuerzo y nos deja la tarde libre para disfrutar de nuestra estancia, estupendo”– A primera hora de la mañana embarcamos en una coqueta nave de recreo a la que no le faltaba de nada, con todo tipo de refrescos, licores y aperitivos para tomar a voluntad. Junto a nosotros se encontraba una familia que hablaba en un extraño inglés, con matices claramente mexicanos. Malena me aclaró disimuladamente aquella circunstancia: –”No, no son gringos; son tan mexicanos como yo. Lo que ocurre es que entre las familias de elevada posición social, el hecho de platicar en inglés es toda una muestra de identidad que parece haberse puesto ahora de moda”– Ante mi sorpresa por dicha declaración, no dudé en añadir, alzando la voz a propósito: –”Pues tiene narices que en España nos estemos gastando una fortuna en pos de extender y fomentar el uso del castellano fuera de nuestras fronteras para que luego los propios hispano-parlantes tengan a bien expresarse entre ellos en la lengua de Shakespeare… ¡Muy bonito, sí señor!”– Yo no sé si realmente aquella familia escuchó mi comentario, pero lo cierto fue que ya no volvieron a manejarse en inglés durante toda la travesía. Aún más impactante me resultó el contemplar los espectaculares saltos de unos osados nadadores desde lo alto del acantilado de La Quebrada. –”Sí, es espectacular”– me comentó Malena –”Es una de las mayores atracciones turísticas de Acapulco… Pero muchos accidentes han tenido ya lugar. No hay año donde no se mate algún saltador. Algunos nadadores suben un poco bebidos, no calculan bien la llegada de la ola y se dejan las tripas al contactar con el agua… En fin, esta es su forma de ganarse la vida, algo realmente peligroso y arriesgado”– Lo mejor de aquella excursión sobrevino cuando, a mucha distancia de la orilla, el capitán de la nave nos invitó a tomar un baño en alta mar, sobre unas verdes aguas del todo cristalinas. Por más que rogué a Malena que me acompañase no hubo forma de convencerla. Finalmente, me confesó: –”No sé nadar, Leiter. Me da miedo meterme en una zona tan profunda”– Me encantó disfrutar por unos momentos de la soledad que envuelve el poder bañarse en el mar abierto. Sin embargo, al ir a incorporarme de nuevo a la cubierta del barco, una ola chocó justo tras de mí cuando apoyaba el pecho en una reposadera, causándome dicho impacto un agudo dolor torácico. El capitán, muy atento en todo momento, me ofreció tomar algún analgésico para mitigar el dolor y yo le contesté que eso era precisamente lo que estaba necesitando. De esta manera, y ya casi a la hora del almuerzo, me serví un generoso whisky que, si bien no alivió del todo mis molestias, sí sirvió para que el viaje de regreso fuese mucho más ameno. Además, Malena comenzó a obsequiarme con unos agradecidos masajes en el cuerpo que a buen seguro la hicieron recordar a su añorado Pepe el Pulpo, ya que de los mismos pasó pronto a unos gozosos y no menos estimulantes besos, para mayor envidia de aquella familia de mexicanos angloparlantes que nos acompañaba. Tras el almuerzo en el puerto, volvimos a nuestro particular y exótico nido de amor con la intención de prolongar nuestros románticos escarceos. Empero, las molestias que sufría en mi pecho como consecuencia del golpe con aquella traicionera ola, dieron al traste con todas mis concupiscentes pretensiones, debiendo tumbarme en la cama única y exclusivamente para guardar reposo.
No sé cuánto tiempo hube de quedarme dormido pero en el momento de despertarme observé que ya era noche cerrada, aunque los súbitos fogonazos lejanos de lo que presumía ser una tormenta eléctrica añadían una nota de vivo color a aquel paradisíaco escenario. Malena estaba recostada en la cama, junto a mí, manipulando el mando a distancia del televisor. –”Ah, ya te despiertas, mi amor… Te has quedado completamente dormido y no he querido molestarte. Me estoy entreteniendo viendo la televisión por satélite… ¿Qué tal? He estado pensando en que quizás sería una buena idea de que fuésemos a cenar al restaurante musical del hotel. Tiene piano y tal vez quieras…”– Asentí, pero al tratar de incorporarme de la cama sentí como si me apuñalaran el pecho. Aquel dolor, lejos de haberse atemperado, me impedía moverme no sin sufrir agudos y punzantes pinchazos. –”Leiter, no estás en condiciones de salir a ninguna parte. Será mejor que llamemos ahora mismo a un médico para que venga a examinarte el pecho”– Ya a cubierto bajo el porche que daba acceso a la piscina, contesté: –”Me duele un montón, sobre todo al respirar pero, bueno… Vamos a esperar. Si mañana sigo en estas condiciones llamaremos a un médico. Si no te importa, pediré que hoy también nos traigan la cena. No tengo muchas ganas de ir al disco-bar ese con estas molestias…”– Malena comprendió la situación y, lejos de entristecerse, agarró el teléfono y solicitó una opípara cena con los platos más caros y exclusivos del hotel. (A mí, la verdad, me apetecía una tortilla de patatas, la misma que sólo mi madre sabe preparar con inigualable maestría…) –”No te preocupes, Malena; ya que no podemos salir a cenar, pide todo lo que se te antoje. Además, vamos a celebrar que esta es nuestra última noche en este hotel… ¡Demonios! ¡Vaya rayos! La que está cayendo es de aúpa. Cenaremos bajo el porche, aquí en la terraza, observando la tormenta… En tu compañía no me asustan. Ya te dije que siento auténtico pavor por las tormentas nocturnas…”– Lo que debiera haberse traducido en una gloriosa noche de salvaje amor desembocó en una agradable cena y una no menos amena tertulia que se prolongó hasta casi las seis de la mañana y en la que conocí los principales aspectos que dibujaban la personalidad de Malena en base a la extensa e íntima conversación que sostuvimos, regada en todo momento por una botella de ron que apuramos hasta la última gota. Malena me contó muchas interioridades de su vida, de sus perennes dificultades económicas para salir a diario a flote en compañía de su madre, y de las escasas perspectivas de mejorar su situación social que su país estaba en condiciones de ofrecer. Pero lo que más me impactó fue el conmovedor y pormenorizado relato que me narró del terrible terremoto acontecido en México D.F. unos años atrás. Entre los tremendos relámpagos y truenos, la historia contada por Malena me hizo sensibilizarme del todo: –”Aquella mañana estábamos mi madre y yo desayunando en la cocina cuando, de repente, todo empezó a temblar con unas fuerza inusitada. Aquí, como sabes, estamos acostumbrados a los pequeños temblores de tierra, pero esta vibración fue enorme. La lámpara empezó a menearse y los enseres domésticos parecieron cobrar vida propia. Rápidamente, agarré a mi mamá y nos situamos bajo la protección del quicio de una puerta. Empezamos a sentir unos espantosos golpes y nos abrazamos las dos llorando y presas del pánico. Pasados un par de minutos, la vibración principal cesó aunque sentimos otras réplicas menores. En ese instante, agarré un pequeño aparato de radio a pilas y escuché en directo como un corresponsal que estaba en la calle afirmaba nervioso que lo que había ocurrido era el mismísimo apocalipsis… Estaba narrando entre sollozos que se encontraba frente a la terraza de un bar en la que unos viandantes se estaban tomando un café y como la marquesina del edificio se había precipitado sobre ellos. Acertaba a ver extremidades sangrientas sobresaliendo de entre los escombros. Salí a la calle y me encontré con un espectáculo aterrador: Parecía como si una bomba atómica hubiese caído sobre el Distrito Federal esa mañana. Lo más repugnante fue observar como algunos agentes de policía, de manera impune, les arrebataban los relojes y otros objetos de valor a los fallecidos. Me quejé ante esa situación del todo injusta e irrespetuosa junto con otras personas y un policía me detuvo y me envió al calabozo de una comisaría cercana. Allí pasé unas horas asustada, pensando en mi mamá, pero finalmente me liberaron sin cargos. Durante unos días ejercí como voluntaria civil para intentar rescatar víctimas… Nunca te podrás imaginar las dantescas escenas que llegué a contemplar… Tú siempre me preguntas que por qué quiero tanto a España: Cuando por fin abrieron el aeropuerto Benito Juárez al tráfico, el primer avión que tomó tierra en el mismo era de la Fuerza Aérea Española. Acudía con toneladas de ayuda humanitaria…”– Fue una de esas ocasiones en las que, gracias al relato de Malena, me sentí muy orgulloso de ser español.
Tras una madrugada relativamente tranquila, durmiendo unas pocas horas cada uno en su cama, me desperté con unos dolores asfixiantes, hasta el extremo de que el simple acto de la inspiración suponía un verdadero tormento para mí. Antes de las doce del mediodía estábamos obligados a abandonar el bungalow para posteriormente dirigirnos hacia el aeropuerto, pero Malena no dudó en descolgar el teléfono para solicitar un servicio médico que lo único que hizo fue sacarme el dinero y confirmar que debía ser examinado en un hospital…¡Por un médico! El vuelo hasta México D.F. fue toda una odisea, tanto por mi quebradizo estado de salud como por las aparatosas turbulencias que hubo de soportar la aeronave. Nada más aterrizar, tomamos un taxi y nos dirigimos hacia el Hospital Español de México en donde, tras una serie de radiografías, me confirmaron que sufría una fisura en una costilla. Me vendaron como a una momia y me recetaron unas pastillas que aplacaron en buena medida el dolor, no sin antes advertirme que guardara reposo absoluto, algo difícil de cumplir puesto que en dos días regresaba de nuevo a España. Malena estuvo en todo momento haciéndome compañía y su comportamiento conmigo fue del todo irreprochable, ejerciendo de fiel y esmerada enfermera. Había perdido una amante, pero, sin duda, había ganado una estupenda amistad. En esos momentos comprendí muchas de las peculiares circunstancias de Malena y empecé a experimentar un fraternal cariño hacia ella. Pese a que el jumbo con destino a España no salía hasta la medianoche, Malena y yo nos despedimos después de comer en un coqueto restaurante capitalino, quedándome yo a solas posteriormente en el hotel. Me regaló unos colgantes de bisutería que aún conservo mientras que, por mi parte, le puse disimuladamente un sobre anaranjado sobre la palma de su mano derecha: –”Para ti y para tu madre”– Malena no quiso aceptar el presente, pero no tuvo más remedio que hacerlo ante mi cabezona insistencia. Aquellos dólares sobrantes representaban más bien un capricho para mí, pero también algo más de dos mensualidades para cualquier trabajador mexicano de clase media. Con aquel interminable abrazo que se empeñaba en no querer poner fin a nuestra particular leyenda, Malena colocó en el bolsillo de mi camisa un diminuto sobre color fucsia: –”Ábrelo cuando haya despegado el avión, por favor” – Así lo hice. Nunca he olvidado los versos de aquella inolvidable misiva: “Viviré en tu recuerdo, como un simple aguacero, de estrellitas y duendes.Vagaré por tu vientre mordiendo cada ilusión…”. Todavía recuerdo como Malena me sonreía cuando me transportaba en una silla de ruedas por los fríos pasillos del Hospital Español de México. –”Leiter, yo creo que ha sido Huitzilopochtli quién provocó que te hirieses con la ola… No quiere que te marches de México. Tal vez haya escuchado mis conjuros para que te quedes aquí y te cases conmigo…”– Aunque hoy en día no me puedo quejar, ni mucho menos, de mi situación sentimental, siempre he pensado que Malena y yo habríamos formado una pareja estupenda… Desgraciadamente, tras unos intercambios de cartas y alguna que otra llamada telefónica, perdí el contacto con Malena hace ya más de catorce años. ¡Ah, y Pepe el Pulpo nunca llegó a viajar a México! Ojalá Malena lea algún día estas líneas y podamos retomar de nuevo una hermosa amistad. De momento, he dado con ella en un portal social de la red. Pero creo que ya no es momento de felices reencuentros… Pese a que Celia me anima a ello: –”Leiter, esa mujer te quiso con locura. Nunca lo olvides. Tú fuiste su única esperanza de abandonar un mundo de auténtica marginalidad. Al menos, trata de dar con ella y de retomar una vieja amistad. Se lo merece”– Seguro que sí.
Colosimo´s: Copas con glamour 31 Julio 2009
Posted by leiter in Vivencias.4 comments

El “auténtico” Colosimos norteamericano y el de Miguel
Sin ningún género de dudas, si existe un bar de copas en la barriada con personalidad propia, con la leyenda y sabor que otorgan los muchos años que lleva en funcionamiento, y donde es posible solicitar cualquier marca espirituosa, por extraña, rara y cara que pueda parecer, ese es el bar de Colosimo´s, gestionado con enorme profesionalidad y brillantez por su propietario de siempre, Miguel. Bajar las escaleras de acceso a Colosimo´s supone adentrarse en un local y ambiente más propio de la Quinta Avenida neoyorquina que del peculiar barrio de Salamanca, un bar exquisito donde no tienen cabida la cañita de cerveza acompañada por un triste y desangelado platillo de aceitunas resecas, sino más bien el trago largo, combinado o no, de exclusivas marcas que difícilmente podremos encontrar en otros locales. Y mucho mejor si no dejamos asesorar por Miguel, todo un entendido en estas artes, cuya trayectoria profesional está lo suficientemente acreditada. Obviamente, los precios son acorde con el impecable servicio y la pulcra limpieza que Miguel en todo momento orgullosamente exhibe. Colosimo´s no es un lugar fashion, de gente joven, ni mucho menos — aunque todo el mundo es bien recibido aquí — sino un local propio para gente de mi edad, para un público que busca tranquilidad, calidad y la posibilidad de mantener cualquier conversación o tertulia sin estridencias musicales que dañan salud y oídos, acompañados de un insuperable combinado. El mismo Miguel es una proyección de su local, un ser amable, algo reservado y que sabe guardar perfectamente las distancias. Conoce a la perfección su oficio y tiene muy claro dónde empieza y termina su trabajo. Observar como Miguel manipula los artilugios necesarios para preparar cualquier combinado, por simple y conocido que sea, es toda una experiencia digna de ser visionada en las mejores escuelas de hostelería. Tengo la sana costumbre de acudir a Colosimo´s todos los sábados, desde finales de mayo hasta septiembre, para tomarme un par de gin-tonics en su terraza, con la única compañía de mi MP3, escuchando la música que en ese momento me apetece, según mi estado de ánimo. Cuando viene Celia a buscarme nos vamos, ya que ella no ha probado nunca una gota de alcohol en su vida y se aburre de estar sentada junto a una mesa, tomando una coca-cola que nunca se termina del todo. Por eso, cuando sabe que me largo al Colosimo´s se las apaña para aparecer una hora y media más tarde, el tiempo que suelo requerir para pimplar un par de gin-tonics. Es todo un espectáculo contemplar con qué mimo y arte Miguel me prepara el gin-tónic, sin lugar a dudas, de los mejores que pueden tomarse en Madrid a día de hoy. Fue el propio Miguel quién me recomendó la marca Bombay Shapire como aglutinante de tan conocida combinación. Para prepararla, Miguel se sirve de una copa que recuerda a la de tipo “balón”, pero algo más estilizada en sus formas, más armonizada en sus proporciones, por decirlo de alguna manera. Miguel añade el hielo justo, un tipo de hielo fuerte y robusto, no de esa clase de hielo japonés, frágil y hueco, que lo único que provoca es sobrehidratar penosamente los cubatas. Resulta patético como en otros lugares te cargan de hielo el vaso hasta arriba y al ir a dar el primer trago…¡Zas!, corbata al tinte. A continuación exprime con sumo cuidado y sirviéndose de un filtro media lima. Después, valiéndose de dos pinzas, frota repetidamente la corteza de un limón convencional sobre el borde del recipiente y sirve la dosis alcohólica precisa. Un buen gin-tónic debe saber a gin-tónic, no a alcohol de quemar ni a simple agua tónica. Luego, pausadamente, deja caer el refresco y, como toque final, con una cucharilla alargada mece suavemente la mezcla, de abajo a arriba, lejos de los nerviosos y banderilleros modos de otros profesionales del sector. ¿El resultado?… ¡Inolvidable! Miguel también recomienda dejar reposar el gin-tónic al menos un minuto antes de darle el primer trago, cosa que se me antoja harto difícil.
Conozco a Miguel desde hace muchos años y posiblemente sea el propio Miguel la única persona que a su vez haya conocido a todos mis ligues, lista tan intensa como poco extensa, algunos de ellos coyunturalmente prohibidos. Desde Ana hasta Celia, a todas las chicas con las que he ligado –o, en algunos casos, simplemente he intentado — me ha gustado llevarlas al Colosimo´s, un lugar relajado que favorece la intimidad de los encuentros pasionales. Alguna se me quejó de que por qué acudíamos a un sitio de viejos… En fin, Miguel tiene un pequeño piano de pared en su local y a mí me gustaba lucirme delante de mis ligues interpretando piezas excesivamente edulcoradas. Miguel nunca me puso impedimento alguno, pero observé como su rostro siempre se tornaba más serio cada vez que yo tocaba el piano. Tenía razón, aquel piano no era para tocar, sino un instrumento meramente decorativo (y bastante desafinado, por cierto). Miguel le echó el cierre a la tapa y jamás le he vuelto a pedir la llave. Además, ahora ya no me hace falta… De momento. Aunque, lo cortés no quita lo valiente, Colosimo´s también fue testigo de alguna ruptura sentimental, como aquella noche cuando le dije a Isabel, la enfermera, y poniéndome el disfraz de valiente, que yo era muy joven para una mujer como ella, mucho más existencialmente experimentada que yo. He dicho que me puse el disfraz de valiente pero luego, a solas, lloré como un gilipollas. A Isabel la quería un montón… También Colosimo´s fue testigo de nuestros primeros y clandestinos encuentros entre Celia y un servidor. Pero lo mejor fue que en el propio Colosimo´s me reencontré con un antiguo compañero de colegio al que no veía desde hacía casi 30 años y que, gracias a la red virtual y al aviso que así mismo me dio una amiga virtual, pudo dicho reencuentro hacerse realidad. Miguel, con su habitual discreción, jamás ha hecho mención alguna del tema de mis pasados ligues, incluso cuando estoy a solas. Nunca me ha preguntado por tal o cuál chica y, no sólo eso, sino que, si en alguna ocasión el enfado con alguna chica era evidente, jamás me interrogó después acerca del motivo. Pienso que Miguel, a lo largo de su dilatada trayectoria como gerente del Colosimo´s, ha sido testigo de numerosos e insólitos encuentros pasionales en su local, algunos de ellos quebrando los vínculos benditos de las uniones más pretendidamente sagradas e imperecederas… Esa es una de las mejores cualidades de Miguel, la discreción. Nunca le he oído comentar nada de nadie — a no ser algo que resalte las virtudes –, muy diferente a lo que sucede en otros bares de la zona donde cuando accedes siempre se está hablando de una tercera persona entre la dependencia y la clientela, la cual, paradójicamente, nunca está presente en esos momentos. Este año, Miguel está solo al frente de Colosimo´s y se le nota más cansado; se lo comento cuando me sirve el segundo gin-tónic en la terraza: — “No puede ser, Leiter. Este año estoy solo porque ya sabes lo que pasa cuando metes aquí a alguien para que te ayude. Suelo ser moderadamente riguroso con ciertos aspectos, pero con el de la bebida soy inflexible. Cuando se entrevistan conmigo les dejo bien claro que aquí, mientras se trabaja, no se bebe; luego, fuera de horas de trabajo, que tomen lo que quieran… Pero nada. Escucha lo que me pasó con el último: No me pareció malo en los días que estuvo de prueba. Fue dejarle solo y ¡Adiós!. Me presenté una vez de incógnito y estaba como una cuba. Se lo recriminé y encima el tío me lo negaba, aunque me pasé toda la tarde descubriendo cubatas empezados por los sitios más insólitos. Total, que tuve que vigilarle de cerca para que no bebiera. Y para eso, pues me quedo yo solo. No sé qué les pasa. Será porque tienen la bebida tan a mano, digo yo… ” –. Estoy seguro que le van a sentar muy bien estos merecidos días libres que se va a tomar Miguel en agosto.
El pasado domingo fui a despedirme de Miguel ya que era el último día que abría Colosimo´s como consecuencia de las referidas vacaciones veraniegas. Como el calor era tan sofocante, no quise estar en la terraza y opté por bajarme directamente al local. Allí, Miguel me contó un poco por encima la leyenda del auténtico Colosimo, un personaje que abrió un bar en Chicago en los albores del siglo XX y que poco a poco fue controlando todos los sectores hosteleros de la ciudad, logrando edificar un gran emporio económico. Hizo algún que otro trato con el famoso Al Capone y al principio las cosas parecieron rodar bien. Pero algo tuvo que estropearse, ya que el pobre Colosimo apareció un día tiroteado supuestamente por parte de unos sicarios que obedecían las órdenes de Capone. Fue en ese momento donde entró en vigor la célebre “Ley Seca” que desató tantos crímenes y asesinatos entre miembros de bandas rivales. Yo no sé cómo serían los bares de aquella época, repletos de personajes de muy dudosa condición y procedencia. Pero de lo que sí estoy seguro es que ni Capone ni ninguno de sus esbirros jamás hubieron de probar un gin-tónic tan bien elaborado y servido como los que hoy prepara Miguel. Lo tengo más claro que el agua de Lozoya.
Besos de amor y justicia 10 Julio 2009
Posted by leiter in Vivencias.5 comments

Primera página autógrafa de la versión para orquesta que realicé de la pieza musical que dediqué a Begoñita
Aún sin ser excesivamente atractiva en absoluto resultaba particularmente fea. Sin embargo, desde aquel fin de semana en el que nuestros destinos se hubieron de cruzar en las nevadas cumbres de la Sierra madrileña, me sentí cautivado ante la desprendida inocencia de su azabache mirada y la ensoñadora melodía de su dulce expresión. Begoñita parecía disfrutar como una irresponsable adolescente con mi inesperada presencia en aquella improvisada guerra de arrojadizos copos de nieve que repentinamente organizamos como colofón a un fin de semana de escolares excursiones compartidas. –”Me han comentado que estudias música, Leiter. Me gustaría escuchar cómo tocas el piano… O, mejor aún, me encantaría que compusieras algo en mi honor.”– Mi fijación por Begoñita se acrecentó no ya sólo por su inestimable y melómana petición, sino también por una singular circunstancia asimismo relacionada con el mundo de Orfeo: –”¿Sabes, Leiter? Mi padre es profesor de armonía del Conservatorio y también compone…”– Aún no sé si aquello supuso realmente un acicate para mí pero, fruto de una momentánea inspiración, Begoñita ya tuvo en su poder el sábado siguiente la partitura que contenía una breve bagatela en Fa sostenido mayor y que, según los amigos más íntimos que previamente a su entrega pudieron escucharla en mi casa, era sugestiva y de marcados tintes melancólicos, seguramente por la sucesión de acordes disminuidos que acompañaban la sencilla y repetitiva melodía. El domingo por la mañana Begoñita me llamó: –”Leiter… ¡Preciosa la composición! Me ha encantado, muchas gracias. Aunque siento decirte que mi padre, al ejecutarla, me ha comentado que estás muy verde en armonía… ¡En fin! Pero eso no importa. A mí me ha gustado un montón… ¿Cuándo podemos vernos?”– Lo que aparentaba ser el comienzo de una romántica y mutua atracción entre nosotros me obligó a que una veraniega noche, en el marco incomparable del madrileño Parque del Oeste y a la luz de una luna llena que me sonreía enamorada, declarase mis más íntimos sentimientos a Begoñita: –”Esto… Quisiera decirte… ¿Quieres salir conmigo, Begoñita?”– La joven no pareció comprender del todo mi suplicante pregunta: –”¿Salir? Sí, bueno… Pero, ¿En qué sentido me lo preguntas?”– Total, que como ya venía siendo práctica habitual en mi vida sentimental de torpe diecisieteañero, Begoñita rechazó mi posterior y más explícita petición –”¿Quieres ser mi novia?”– alegando: –”Es pronto, Leiter. No, por ahora no… Yo quiero ser tu amiga, nada más”– No me extrañó nada aquella decepcionante enmienda ya que Begoñita había sido, si mal no recuerdo, la cuarta mujer que me contestaba exactamente lo mismo en lo que iba de año. ¡Vaya panorama más desolador! Una de dos: O yo era por entonces rematadamente feo — subjetiva apreciación que no seré yo quien confirme o desmienta — o era particularmente gilipollas. Aunque, puestos a pensar, puede que estos dos factores se diesen de manera conjunta. Fuera lo que fuese, aquella frustrada noche me despedí de Begoñita junto al portal de su casa en el antiguo paseo de Onésimo Redondo y posteriormente busqué con desesperación un árbol, pero no para llorar desconsoladamente y en soledad por un rechazo que ya me esperaba y temía, sino más bien para aliviar mi sufrida vejiga urinaria, toda vez que los nervios del amoroso envite habían precipitado la condensación de los líquidos que dan lugar al proceso de la micción. Mientras me retiraba con paso cansino y de madrugada hasta el apartado domicilio de mis padres, con la única compañía de la siempre tonificante brisa de alborada, sólo un simple pensamiento ocupaba toda mi derrotada mente: –”Que estoy muy verde en armonía, que estoy muy verde en armonía… ¡No te jode! ¡Mira que ir a dar con la hija de un profesor del Conservatorio!”– Como solía ser regla general en estos casos, imaginé que no volvería a ver nunca más a Begoñita, al menos a solas; sin embargo, y contra todo pronóstico, de un rechazo amoroso surgió la llama de una fraternal amistad que habría de consolidarse con los años. –”Leiter… ¿Qué haces? Te llamo para ver si te apetece quedar un rato el sábado conmigo… La otra noche te encontré muy triste cuando nos despedimos y yo no quiero verte así. Yo quiero ser tu amiga, de verdad…”– Nos llamábamos una vez a la semana y quedábamos, al menos, un sábado por la tarde cada mes. Nos contábamos nuestras respectivas cuitas y confidencias, llegando a establecerse un verdadero sentimiento de relacionada intimidad sólo compartida por nosotros. Yo mismo empecé a apreciar a Begoñita como a una de mis mejores amigas, si no la mejor, una persona con la que podía charlar abiertamente de arte, de música clásica, de amor, de ilusiones, de proyectos y de inquietudes. Pasé de quererla como a una princesa enamorada a amarla como a la hermana que jamás hube de tener. Siempre estaba a mi lado cuando yo más lo necesitaba, como aquel verano en donde, para celebrar con retardo mi decimoctavo cumpleaños, no se me ocurrió otra cosa que estrellar el coche de un amigo — y consiguientemente de su padre, una alta autoridad militar de la isla – contra una torreta de alta tensión en la isla de Menorca, viéndome obligado a salir por patas y en barco hasta Barcelona para luego allí mendigar entre los transeúntes de la estación de Sants un billete de vuelta a Madrid. En el andén de la estación de Chamartín sólo me esperaba Begoñita, a quien yo había informado telefónicamente del percance. –”La que he liado, mi princesa… De esta puedo terminar hasta en la cárcel”– Comenté moralmente abatido. Begoñita me abrazó, luego de secar mis lágrimas con un pañuelo sedoso, y me dijo: –”Tranquilo, Leiter. Peor hubiera sido que tú o algún otro hubierais resultado heridos. No te ocurrirá nada, ya lo verás. Hay que tratar de solucionar este tema de la mejor manera posible”– Begoñita fue la que más me ayudó en aquellos días — vendiendo libros, solicitando dinero prestado de sus amigos, etc… — en los que no tuve más remedio que juntar 100.000 pesetas de las de entonces (Intentando que mis padres no se enterasen de nada) para reparar los daños del coche siniestrado y evitar, en lo posible, males mayores. En aquellos delicados momentos comprendí que Begoñita no era únicamente mi amiga; era realmente mi hermana. Fue entonces, una vez solucionado aquel suceso, cuando decidimos establecer de mutuo acuerdo una promesa: –”El día 19 de marzo del año 2.000, pase lo que pase entre nosotros, estemos donde estemos y vivamos con quien vivamos, quedaremos tú y yo en Madrid para recordar estos tiempos”– Sellamos la promesa con un entrañable y prolongado abrazo. ¡Anda que no quedaban años todavía para el 2.000…!
Los años fueron pasando y, de forma tan lógica como consecuente, nuestros respectivos destinos se volvieron cada vez más divergentes. Begoñita obtuvo su anhelada licenciatura en Geografía e Historia un poco antes de que yo terminara con mis estudios, alternando dicha tarea intelectual con mi trabajo en el puto bar de los cojones, circunstancia que, sin duda, alteró mis iniciales planes de doble licenciatura. Sin embargo, y pese a la separación, Begoñita y yo seguíamos manteniendo un regular contacto telefónico aunque la frecuencia de nuestras citas se viese reducida a un par de ellas por año. Begoñita, aparte de ganar en belleza y sensualidad, no perdió ni un ápice de su cristalino encanto, con aquella luminosa sonrisa de niña buena que transmitía bondad y seguridad a partes iguales. Seguíamos siendo muy buenos amigos aunque ya sin esa intensidad de los años adolescentes. Nunca olvidaré todos los esfuerzos que durante unas funestas Navidades realizó para intentar apaciguar una inevitable ruptura sentimental con Ana, una chica que ella misma me había presentado y con la que sostuve una peculiar relación. Pocos años después, Begoñita conoció a un chico estupendo, un joven que trabajaba como guía turístico de grupo y con el que siempre pensé que ella terminaría casándose. Algunas veces quedamos con nuestras respectivas parejas, pudiendo observar como Begoñita era feliz con aquel muchacho, como se la veía enamorada hasta la médula y como tenía verdaderos deseos de compartir el resto de su vida con él. Aunque, por contra, la mujer que por entonces compartía lo más íntimo de mis sentimientos no opinaba lo mismo: –”Leiter, yo no sé qué rollo os habéis traído Begoñita y tú durante todos estos años pero a mí esa mujer no me engaña. Está completamente enamorada de ti, se lo puedo leer en la cara…”– Para celebrar mi trigésimo aniversario decidí organizar una fiestecilla en El Rojo, un sábado por la tarde, a la que asistieron mis amistades más íntimas. Begoñita apareció sola, con una enigmática y muy forzada sonrisa dibujada en sus labios. Me sorprendió que se pidiera un whisky — ella apenas bebía — y que a no tardar mucho repitiera con otro. Luego de formarse los habituales corrillos en ese tipo de festivaleras reuniones y de que mi entonces pareja hubiese de abandonar la reunión por cuestiones laborales, Begoñita se me confesó en un rincón apartado de El Rojo: –”Leiter… Estoy muy mal y no tenía ganas de acudir, pero no podía abandonarte en tu fiesta de cumpleaños. No sé absolutamente nada de Miguel desde hace dos semanas. Ha desaparecido. Se lo ha tragado la tierra”– No podía dar crédito a lo que Begoñita me estaba narrando. –”Pero… ¡Si estabais a partir un piñón los dos! No lo puedo entender… ¿Desaparecido?”– Begoñita aguantaba a duras penas las lágrimas: –”Bueno, en realidad, no se quiere poner al teléfono. No quiere darme ninguna explicación. Le he enviado ya unas cinco cartas y no he obtenido respuesta alguna… No, las cosas no nos iban muy bien últimamente”– Poco a poco, los invitados a la fiesta fueron marchándose por lo que Begoñita y yo nos quedamos a solas. Ya en la estricta intimidad, Begoñita comenzó a llorar desconsoladamente: –”Lo que más me duele, Leiter, es que no me de ninguna explicación, que haya decidido romper unilateralmente nuestra relación así por las buenas; que no quiera al menos verme aunque fuese por última vez…”– Intenté animar como mejor pude a Begoñita mientras, ya a altas horas de la madrugada, paseábamos juntos hasta la parada de taxis de Manuel Becerra. –”Perdóname, Leiter; me parece que te he aguado la fiesta. No tenía ganas de acudir pero necesitaba hablar a solas contigo”– De regreso, al abrir la puerta del domicilio donde vivía mi por entonces pareja sentimental, me extrañó verla despierta a esas intempestivas horas. Pero mucho más me sorprendió el hecho de que ésta se pusiese a besarme y abrazarme con una indescriptible y desconocida animosidad. –”Leiter, no, no… No te quiero perder… ¡Abrázame! ¡No te quiero perder! Os he visto a Begoñita y a ti abrazados desde la terraza. Esa zalamera está detrás de ti… He visto como te intentaba besar… ¿No te has dado cuenta que ha venido sola? ¿Y su novio? ¡Ay, Dios mío, que esa pelantrusca va a por ti! ¡Yo no te quiero perder! ¡Abrázame, abrázame! ¡Dime que me quieres!”– Tras explicar por enésima vez a mi pareja los verdaderos sentimientos que me unían a Begoñita y el motivo de sus fraternales abrazos durante la madrugada, sólo con las primeras luces del alba mi pareja pareció convencerse. Ya en el interior de la cama noté como mi pareja me abrazaba por la espalda: –”Pues lo siento de veras por ella, Leiter. Es una verdadera lástima que su novio haya decidido abandonarla. Pero tú cuidadín con ella, eh…”– Begoñita nunca supo nada más de aquel chico y durante una temporada estuvo afectada por una severa depresión emocional y una preocupante disminución de su autoestima.
A nadie se le puede escapar que la vida, en determinadas ocasiones, es una verdadera caja de sorpresas. A los pocos meses de los acontecimientos anteriormente relatados descubrí una insólita y extraña circunstancia: Me fui percatando de que, cuando paseaba con mi pareja por las calles, nuestras figuras proyectaban no dos, sino tres sombras sobre la acera… Paulatinamente, mis tímidas e iniciales sospechas se fueron confirmando del todo. No tardé en requerir — ahora yo – apoyo por parte de mi amiga. Un par de semanas después, Begoñita y yo nos encontrábamos almorzando en La taberna del alabardero: –”Me dejas de piedra, Leiter… ¡Pues sí que estamos apañados los dos! Yo todavía me acuerdo de Miguel y tú… Se nota que lo estás pasando mal. Tienes muy mala cara. No sé que comentarte, Leiter, pero entiendo que la situación ha de ser muy difícil para ti”– A los postres, alcé la copa de vino y propuse un desesperado brindis: –”¡Que les den por donde les quepa a Miguel y a la otra! Lo único importante es que tú y yo volvemos a ser como hermanos. Parece como si el destino hubiera querido que nos volviéramos a rencontrar, como en los años de adolescencia…”– Finalizado el ágape, Begoñita y yo estuvimos paseando por los alrededores de la zona más bella de Madrid, el entorno comprendido por el Teatro Real y la Plaza de Oriente, terminando por entrar en un pub para tomar una copa. Mientras charlábamos en la intimidad sentí un irresistible impulso de amor y venganza, de amor y justicia, de amor y espiritualidad. No sabía cómo poder expresar a Begoñita todo cuanto buenamente sentía por ella, todo en lo que apreciaba su fiel amistad de años y años, todo lo que la quería por ser mi amiga de siempre, la hermana que nunca tuve. –”Leiter… Esta situación me está recordando a ese programa de televisión que tanto te gusta en el que el presentador, al finalizar el mismo, obsequia al invitado de turno con una entelequia y luego añade: Esto, por lo que pudo haber sido y no fue…”– Miré detenidamente a Begoñita y fui acercando con la mayor lentitud posible mis labios a los suyos, con la seguridad que otorga el amor verdadero. Aquel beso que se había escondido durante veinticinco años hizo por fin su aparición. Y si yo puse pasión, más ardor me brindó ella. Ambos necesitábamos una dosis de amor verdadero y, como éramos tan buenos amigos, ese amor nos lo concedimos en forma de beso mil veces repetido. No necesitamos llegar a más porque no hay beso más completo que el que surge desde las más sinceras profundidades del alma. No, no necesitamos llegar a más… Los días posteriores transcurrieron para mí envueltos en una interrogante nebulosa de contradictorias sensaciones. Begoñita me llamó al día siguiente para preguntarme si acaso sabía yo cómo definir el nuevo status de nuestra peculiar relación, que oscilaba entre la más pura y desnuda amistad hasta la más inocente y novedosa atracción amorosa. Advertí como también Begoñita estaba sumergida en un mar de trascendentes dudas sentimentales por lo que decidimos quedar para el sábado siguiente cerca de mi apartamento de la calle de Montesa. Durante aquella jornada conversamos sobre todo lo divino y lo humano aunque sólo acertamos a besarnos en las mejillas para saludar nuestro esperado encuentro. De madrugada, sentí en lo más hondo de mi alma la inminente partida de Begoñita, mi amiga, mi hermana. –”Begoñita, quédate conmigo esta noche. Vamos a intentarlo tú y yo… Necesito tu compañía… Te necesito”– Sin embargo, Begoñita, mirándome a los ojos y cogiéndome de la mano, me contestó: –”No, Leiter, hoy no… No me atrevo todavía… No quiero perder tu amistad”– Ante mis reiteradas insistencias, Begoñita empezó a llorar en silencio: –”Dame un tiempo, Leiter… Por favor te lo pido… Dame un tiempo”– Después de acariciar tímidamente sus labios con los míos Begoñita se fue alejando a lo largo de la calle de Alcalá. A los cinco pasos, se dio la media vuelta y me envió un beso soplando sus labios sobre la palma de la mano. A pesar de mi congénita miopía, pude apreciar como las lágrimas rodaban por su cara como fuentes de agua cristalina. Como siempre, regresé solo hacia mi apartamento — mi anterior pareja sentimental y yo habíamos roto definitivamente en el mismo unos días atrás. Transcurrieron un par de semanas en las que a duras penas conseguí no descolgar el teléfono para llamar a Begoñita; por encima de todo, seguía siendo mi amiga, mi hermana. Finalmente, un sábado, a horas de sobremesa, me encontraba tumbado boca arriba sobre la solitaria cama de desencuentros cuando el teléfono sonó: –”¿Qué haces, Leiter? No, hoy no puedo quedar. Te llamaba precisamente para comentarte algo. He estado pensando en lo que nos ocurrió el otro día tras la comida en aquel restaurante. Creo que ninguno de los dos estábamos atravesando nuestro mejor momento y yo ya he olvidado todo cuanto pasó. Quiero seguir siendo tu amiga, Leiter, nada más… Tú y yo somos muy peculiares y duraríamos juntos muy poco. Quiero seguir contando contigo el resto de mi vida y pienso que eso es incompatible con una relación que vaya más allá de lo estrictamente amistoso. Además… No sé como contártelo… A ti no te lo puedo ocultar… El pasado fin de semana me fui de excursión por la Sierra con Ana y su marido… Bueno, también vino un chico con ellos. Creo que yo le gusto tanto como él a mí… Y quiero que tú seas el primero en saberlo. He quedado con él esta tarde…”– Al colgar el auricular, y luego de desear suerte a Begoñita en su nueva aventura, me quedé en la misma posición pensativa a lo largo de un par de horas. Desde la ventana que daba acceso al patio se escuchaban, a lo lejos, los sones de unas rancheras mexicanas que algún vecino estaba reproduciendo por el radio-cassette. Finalmente, me duché y salí a cenar y a ver el partido de fútbol al bar de mi querido amigo Antonio, El Rescoldo: –”Hombre, Leiter; pensé que hoy ya no venías… ¿Te ocurre algo? Tienes mala cara…”– Begoñita acabó casándose años después con aquel chico — acudimos Celia y yo a la boda — y hoy en día ella y Raúl son padres de una hermosa criatura.
Aquella soleada mañana de sábado parecía confirmar, tras un frío invierno, la esperada llegada de la primavera. Caminaba sin rumbo fijo por los alrededores del Estanque del Parque del Retiro sin más compañía que la del suplemento cultural del ABC del día anterior y el ejemplar de EL PAÍS del presente, enrollados ambos bajo mi brazo derecho. Me llamaron la atención las banderolas que portaban algunos paseantes y que daban a entender el trascendental partido de fútbol que esa tarde habrían de disputar los dos equipos capitalinos. Justo cuando mi reloj señalaba las doce en punto del mediodía, observé su preciosa sonrisa a lo lejos: –”Si te soy sincero, no esperaba que acudieras a esta cita…”– Begoñita, con los ojos humedecidos por la emoción y agarrándome por la mano, me contestó: –”Pues yo sí estaba segura de que tú acudirías… Hace muchos años me dijiste que habría que adelantar la cita al día anterior, ya que caía en sábado y podría facilitarnos este encuentro. ¿Cómo iba yo a olvidar que tú y yo teníamos una promesa por cumplir el 19 de marzo de 2.000… ? Bueno, el 18 según tus rectificaciones… Recuérdalo, Leiter: Pase lo que pase, estemos donde estemos, vivamos donde vivamos… Hoy tú y yo teníamos una cita muy particular… Anda, dame un besito, kapellmeister… Te quiero mucho…”–
Unas vacaciones bien aprovechadas 12 Junio 2009
Posted by leiter in Vivencias.4 comments

El primer semestre de aquel año había resultado especialmente duro para mí, no ya en el aspecto profesional, sino más bien en el ámbito estrictamente personal e íntimo. Hasta entonces, yo era de ese tipo de personas a quienes les cuesta asumir cualquier derrota o fracaso en el transcurso del devenir existencial y por esta circunstancia no terminaba por asimilar del todo en mis pensamientos que algo tan sencillo como las relaciones que envuelven a los seres humanos son, en ocasiones, como un azaroso juego de tómbola en donde un simple paso de casilla en la ruleta de los acontecimientos provoca que la hasta entonces aparente y apañada felicidad personal se transforme en una horrorosa pesadilla que parece no tener fin. Estaba tan seguro y convencido de todo cuanto me rodeaba que aquella inesperada ruptura, insistentemente profetizada por quienes inicialmente consideré como enemigos, provocó tal convulsión espiritual en mi vida interior que durante casi un par de años no acerté a vislumbrar un simple atisbo de luz en el negro túnel sentimental en el que me veía atrapado. De un período inicial caracterizado por las soledades compartidas con el whisky durante los inacabables y melancólicos fines de semana pasé a un segundo estadio donde, afortunadamente, la ingesta alcohólica disminuyó en beneficio de la eterna búsqueda de algún alma misericordiosa que suplantase a quien con su ausencia había cimentado el abismo sentimental en el que me veía envuelto. Sin embargo, cuando la cabeza de uno no está en el sitio adecuado es bastante difícil llegar a buen término cualquier tentativa de esta índole, mayormente porque uno trata en vano de reflejar el recuerdo de la ausencia en la novedosa y estimulante aparición. De esta fase pasé a una tercera consecuentemente definida por la reflexión interior que desemboca en una viciada subestimación que llega incluso a salpicar cualquier ámbito de tu trayectoria vital. Es entonces cuando uno decide ponerse al amparo de unos supuestos especialistas médicos que no paran de recetarte pastillas ansiolíticas para contrarrestar la anímica y reactiva depresión. De esta manera, y siguiendo las prescripciones facultativas, por las noches solía retirarme a dormir estando ya insólitamente dormido y casi anestesiado por unos fármacos que me salían por un ojo de la cara y que además tenían efectos colaterales sobre aquellas capacidades físicas que paradójicamente también suelen estar relacionadas con lo afectivo. Aunque esta difícil circunstancia, dada mi soledad de entonces, tampoco me preocupaba en exceso. Al final, opté voluntariamente por regresar a las formalidades de mi primera terapia aunque, eso sí, economizando el whisky de los sábados de manera recurrente y en absoluto como condición necesaria. Observé una leve mejoría espiritual felizmente acompañada por el florido despertar de ese apéndice físico y telescópico al que todos los hombres consideramos de capital importancia y que se había aletargado por efecto de los fármacos. Pero, desgraciadamente, seguía encontrándome más solo que la una… Poco a poco fui sobreponiéndome de mi depresión aunque, para ser sinceros, seguía percibiendo un enquistado dolor en mi corazón que en ocasiones muy puntuales me provocaba algún que otro cortocircuito emocional sin mayores consecuencias. Así, con la llegada de la primavera, tomé como sana costumbre la de pasear por entre los bulevares de la calle de Juan Bravo, degustando aquel lánguido sol de atardecer que acariciaba con mimo las fachadas de los suntuosos edificios. Aquel comportamiento conseguía relajarme y me llenaba además de una extraña melancolía “positiva” que, lejos de sumirme en la nostalgia, parecía compadecerse de mis soledades afectivas y sentimentales. –” Debes aprovechar al máximo estos momentos de soledad que estás viviendo. Tal vez, algún día los eches de menos”– sentía como me gritaba una sorda voz interior. Fue una época donde me encontraba especialmente sensibilizado para la asimilación artística y así, casi todos los sábados por la tarde y aprovechando el buen y primaveral tiempo, nada más almorzar me escapaba hacia el Museo del Prado, estancia donde me tiraba unas cuantas horas en la contemplación de una docena de cuadros, a lo sumo, que previa y mentalmente había seleccionado. A la vuelta, cenaba en el restaurante El Rescoldo de mi amigo Antonio y me distraía viendo el partido de fútbol que puntualmente retransmitían por televisión… ¡Qué demonios! ¡Era un lujo mi soledad! Hacía todo lo que me daba la gana y no me veía obligado a ir otorgando explicaciones por allí y por allá. Pero aún así, seguía encontrándome solo por las noches y dormía de lado y abrazado a la almohada, en una especie de búsqueda trascendental de alguien que aplacase mis vacíos anímicos.
La casualidad permitió que durante la última semana de mayo de aquel año me encontrase con mi hermano Ludovico el Magnífico en Nürnberg, República Federal de Alemania. Una noche tuvimos la oportunidad de compartir un magnífico codillo asado, unos extraños cuba-libres y una no menos interesante y amena conversación del todo íntima y familiar. –”¿Cómo lo llevas, Leiter? Mamá está muy preocupada por ti. Dice que te ve más delgado y que se ha enterado de que ya no acudes a la consulta de don Javier… Sabe que estás pasando una mala racha y nos ha pedido a todos los hermanos que te ayudemos en lo posible ¡Y mira tú por dónde vamos a coincidir aquí, en Alemania! ¿Sabes? yo creo que lo que a ti realmente te pasa es que estás enclaustrado en Madrid. Ya no sales a ninguna parte y estás muy contaminado de toxinas urbanas… ¿Qué piensas hacer este verano? ¡Nada, como siempre! Hazme caso, Leiter: Vete unos días con mamá a Guadarrama, al apartamento de la Sierra… Ya sabes que yo me acabo de mudar allí, a una casa que está a tiro de piedra de nuestro apartamento. Escúchame: Durante el mes de julio me voy a tomar al menos quince días libres. Vente, coño, y salimos por ahí a pasear, a montar en bici, a nadar, a tomar copas, a ligar… Conozco a los dueños de un garito donde ofrecen actuaciones en directo. Ya verás, Leiter, la que liamos tú y yo con la guitarra y el piano. Vamos a dejar alucinadas a todas las tías buenas que por allí paran… Anda, dame tu número de teléfono móvil que te llamaré en cuanto mismo vaya para allá”– Un tanto sorprendido, contesté: –”Ludovico, yo no dispongo de teléfono móvil. Además, ¿Para qué cojones quiero yo un cacharro de esos que ahora se han puesto de moda si todo el que me conoce sabe en dónde encontrarme?”– Sin embargo, nada más aterrizar de vuelta en Madrid adquirí uno de esos teléfonos celulares que, comparados con los de hoy en día, parecía un auténtico ladrillo con antena extensible. Como casi nunca nadie se dignaba en llamarme, yo daba el número a todos aquellos conocidos o no con quienes me encontraba y, en las pocas ocasiones en que dicho artefacto sonaba, me sentía un ser importante de cara a la galería. (Hemos de tener en cuenta que hace unos trece años, el hecho de poseer un teléfono portátil suponía más bien toda una novedad). Una tarde, en vísperas de julio, mi hermano me llamó: –”Escucha, Leiter. El próximo sábado me tomo un receso de quince días. Te espero por Guadarrama. ¡No me falles!”– Tras sopesarlo mucho, finalmente me decidí a acompañar a mi madre unos días en el apartamento, llevándome incluso las dos gatas que por entonces tenía y que me otorgaban una inestimable compañía, Mireille y Rebeca. Este aspecto, si bien inicialmente disgustó a mi madre, acabó por ser una de las mejores ideas de toda mi estancia vacacional, ya que mi progenitora se encaprichó con ellas sobremanera, y mucho más desde que descubrió que unos simples animales pueden llegar a ser tus mejores amigos. Nada más llegar a Guadarrama, y a instancias de mi hermano, adquirí una bicicleta de montaña y con la misma le acompañé a lo largo de numerosas rutas que me enseñó por los pedregosos senderos de la hermosa Sierra madrileña, iniciándome en una afición al pedaleo que ha perdurado hasta hoy en día. Las dos primeras noches acompañé a mi hermano a esos locales de copas que estaban tan de moda pero, la verdad sea dicha, ni ligué ni lo intenté. Fue curioso, pero lo que quizás menos me apetecía durante aquellos días era trasnochar… Me marqué, casi de forma inconsciente, un plan de vida vacacional que consistía principalmente en madrugar y salir a hacer kilómetros y kilómetros de bicicleta para posteriormente tirarme un par de horas ejercitándome con la natación en la piscina comunitaria. Paulatinamente, me fui sintiendo en forma y a gusto conmigo mismo, logrando olvidar el trauma que tanto me estaba afectando a nivel psicológico. Lo que inicialmente iba a suponer una visita — prácticamente de cortesía — de una semana de duración se acabó convirtiendo en un verdadero período vacacional de tres semanas, sintiéndome cada día más dichoso y percibiendo con meridiana claridad la diferencia entre llevar una vida urbanamente desordenada e impulsar una alternativa con claros matices deportivos y en el marco saludable de la Sierra madrileña del Guadarrama. A todo ello ayudó mucho el hecho de que mi madre jamás interfiriese en mis decisiones durante aquellos inolvidables días de verano, quizás observando un positivo cambio de actitud a la hora de afrontar mis vivencias. Por su parte, mi hermano Ludovico, viendo que yo desarrollaba mi vida tranquilamente, no me importunó en exceso y apenas volvimos a vernos durante aquellos días de vacaciones. Otro de los remedios que adopté en esos estivales días fue el de la lectura. Por las tardes y hasta bien entrada la madrugada, devoraba libros y libros sin cesar sobre los temas más diversos aunque en ningún caso sobre asuntos relacionados con mi profesión. Antes de cenar, me bajaba al kiosco que estaba instalado junto a la piscina comunitaria y me apretaba un par de buenos gin-tonics que me hacían más fácil la lectura. Casi sin darme cuenta, noté como mis enquistados complejos emocionales se iban diluyendo poco a poco, adquiriendo una mayor autoestima que me servía para irme relacionando socialmente con otros veraneantes que por allí estaban, compartiendo con ellos alguna que otra partida de mus. Fue una tarde-noche de esas, en plena sesión de lectura con gin-tonic incluido, cuando el inconfundible sonido del Motorola me devolvió por unos instantes al mundo real. –”¿Sí?”– Contesté adoptando una pose de manifiesta chulería al sentirme observado por el resto de clientes de aquel kiosco, notable síntoma de mi recuperación anímica.
–”Vaya, ¡Qué sorpresa!“– Respondí sorprendido – “No sabía que tuvieras mi número de móvil… ¡Claro! ¡Se lo doy a todo el mundo! ¿Qué te cuentas, guapetona?… Sí, ya… No, yo ahora estoy en la Sierra del Guadarrama… Dado lo que ocurrió la otra noche no esperaba que me llamaras, la verdad… Debiste aburrirte un montón con mis gilipolleces, con el relato de mis putos problemas. Y luego, encima, no se me ocurre otra cosa mejor que intentar besarte junto a la misma puerta de tu casa… ¿Cómo dices?… Ya, te entiendo. Es demasiado pronto para iniciar una relación, claro… Mujer, si te encuentras tan mal coge el coche y vente aquí… ¿Mi madre? Ella pasa de todo; tú no te preocupes por eso… Ya, entiendo… Escucha: Aún tengo intención de quedarme una semana más por aquí pero el sábado tenía previsto bajar a Madrid para arreglar unos asuntos. Si tú quieres, nos vemos un rato por la tarde… Eso sí, te prometo que voy a ser más cortés contigo y no te voy a intentar besar de nuevo… Ya, ya, pero, ¡Joder, es que estás tan buena que…! Ya… Vale, no he dicho nada… Sí, el sábado; pasado mañana. Podemos quedar en… ¿Conoces Sixto, en la calle de Ortega y Gasset? Venga, pues allí nos vemos a las ocho… Vale, mejor a las nueve… ¿Cómo quieres que te componga una melodía si aquí no tengo ni piano ni papel pautado?… Bueno, ya veré cómo lo puedo hacer… Tranquilízate, mujer. Cenamos y me cuentas tus problemas sosegadamente. Ahora seré yo quién te tenga que escuchar… Tú también me caes muy bien y sabes que en lo poco que aún te conozco, te aprecio mucho… De veras que lamento lo del otro día… No, pero para mí si tuvo importancia y me siento bastante avergonzado contigo… Creo que podemos ser muy buenos amigos… Bueno, cálmate y no pienses en esos problemas ahora. Espérate a pasado mañana y hablamos… Vale… Yo también tengo ganas de verte… Me lo pasé muy bien contigo la otra noche… Venga, a las nueve en Sixto. Sí, el sábado… ¡Qué no, qué no se me olvida, mujer!… Vale, otro para ti. Chao, Celia…”–
El amargo sabor de la decepción 24 Abril 2009
Posted by leiter in Vivencias.3 comments
Las circunstancias que envolvieron mi primer encuentro con María José no pudieron ser más accidentadas: Regresaba yo por la mañana a mi domicilio después de haber dado un breve paseo con mi perro cuando, ya en el interior del portal de la finca, observé como un grupo de chicas jóvenes bajaban las escaleras procedentes de la entreplanta. De pronto, una de ellas debió de tropezar con algo y, tras un par de circenses titubeos, comenzó a rodar sobre los peldaños en unos instantes que se me antojaron del todo angustiosos. La pobre se dio tal encontronazo contra el rellano final que hasta mi perro se puso a ladrar despavorido. Tan pronto como pudimos reaccionar, don Francisco — el conserje del edificio — y un servidor acudimos prestos en su ayuda, temiéndonos que tal considerable impacto contra la marmórea loseta hubiese tenido las preocupantes consecuencias que afortunadamente para la chica no se hubieron posteriormente de confirmar. Sentamos a la joven sobre un sofá del portal y ésta nos tranquilizó al indicarnos que, pese al dolor que sufría puntualmente en una cadera, se encontraba bien, que todo no había sido sino un percance sin mayores complicaciones que las lógicas molestias. Mientras que sus compañeras, ya calmadas, volvían a subir a la entreplanta en busca de un vaso de agua que la joven accidentada había solicitado, al pronto vi bajar corriendo por las mismas a una mujer aparentemente de mi edad, de menuda estatura, en cuya expresión se advertía un claro gesto de sincera preocupación. Sin percatarse de mi presencia, se acercó al sofá donde se encontraba la chica recién accidentada: –”Ana…¿Estás bien? He escuchado un golpe tremendo desde la oficina y las compañeras me han dicho que te has caído… ¿Quieres que llamemos a una UVI móvil? ¿De veras que te encuentras bien?”-- Tras explicarle con detenimiento a aquella mujer lo que había acontecido con Ana, quién ya se encontraba del todo restablecida, se me presentó: –”¿Es usted vecino de aquí? Ah… Gracias. ¡Vaya manera de inaugurar las nuevas oficinas! Le agradezco mucho su interés por mi compañera de trabajo. Me llamo María José”– Durante esos breves instantes de cortesía me apercibí de como María José no dejaba de dirigir su mirada hacia los llamativos y exagerados tacones que portaba la recién accidentada Ana, componiendo simultáneamente una pícara sonrisa que me resultó del todo cómplice. –”Desde luego, Ana, con esos tacones tan altos que sueles llevar no creo que esta sea la última vez que hayas de caerte por las escaleras…”– Según me informó don Francisco con posterioridad, el local de la entreplanta había sido arrendado a una empresa subsidiaria de una conocida compañía de suministros eléctricos. Dicha empresa se encargaba de tramitar las numerosas incidencias que surgían a diario como consecuencia del inmenso volumen de clientes y para ello contaba con una plantilla de unas quince jóvenes a cuyo mando se encontraba la encargada, María José. Me alegré de aquel soplo de bendita juventud que adquiría el edificio, máxime cuando la edad media de su vecindario rondaba los 75 años, aproximadamente — Y eso, tirando por lo bajo — y en el que los únicos “jóvenes” que habitaban el mismo éramos Celia y yo. Aunque yo creo que lo que más me llegó a animar fue el hecho de que con frecuencia me cruzaba en el vestíbulo con aquellas guapas y simpáticas chicas, algo realmente estimulante para todo un incondicional admirador de la belleza femenina como yo. Muchas fueron las ocasiones en las que coincidí con María José en la entrada del portal y ello era debido, mayormente, al compulsivo vicio de fumar del que adolecía la encargada y que provocaba que cada dos horas, aproximadamente, se ausentase unos minutos de la oficina para liarse un pitillo junto a la cancela del portal. Siempre nos sonreíamos mutuamente al vernos y ante mis requerimientos sobre el estado de salud de la antaño accidentada, María José me respondía: –”No, está bien, de veras. Le duele un poco la espalda y tiene un moratón en un brazo, pero se encuentra bien… ¡Con esos tacones! … Jé, jé…”– Paulatinamente fuimos alcanzando una mayor confianza durante nuestros esporádicos encuentros y así, una mañana, en lugar de compartir un cigarrillo juntos, decidimos irnos a tomar un café al bar más próximo. –”Estamos hasta arriba de trabajo, Leiter, pero lo resolvemos bien. Formamos un buen equipo entre todas… ¿Mi labor como encargada? Bueno, en un colectivo de quince mujeres trabajando en una oficina, sin presencia de hombres, los conflictos suelen surgir con cierta periodicidad. No, en serio, no lo digo por una mera cuestión sexista, ni mucho menos. Es posible que los hombres no lo entendáis, pero trabajar sólo con mujeres, en ocasiones, es complicado. Aún así, no me puedo quejar. Llevo más de veinte años en la empresa y este es uno de los mejores grupos, aunque siempre hay una bala perdida que, inconscientemente, desequilibra la labor colectiva. De todas maneras, las chicas están contentas con este traslado a una zona más céntrica. Antes estábamos en el quinto pino y ni siquiera podíamos salir a la calle a echar un pitillo. Ya ves que paradoja, Leiter. Catorce de las quince chicas fuman y en la oficina tenemos terminantemente prohibido hacerlo…”– Durante aquella amena e interesante conversación, observé como María José se encendía un cigarrillo con el rescoldo del precedente. –”Sí, lo reconozco, Leiter. Fumo un montón, pero te aseguro que sólo aquí, en el trabajo. La labor que desempeñamos estresa bastante. Los jefes no paran de traernos partes y más partes de incidencias y hay que tenerlo todo solucionado antes de que acabe cada jornada. Las chicas, llegada su hora, se van, pero yo tengo que quedarme un par de horas o tres más para supervisar todo y montar una guardia… ¿Mucho dinero? ¡Qué va! Yo gano sólo un poco más que ellas como encargada pero, si te digo la verdad, no compensa. ¿Las horas extras? No, esas no me las pagan; forma parte de mi labor…”– De aquella conversación saqué dos conclusiones: Por una parte, María José era una persona tremendamente eficaz en su labor, un lujo para cualquier empresa por su alto grado de compromiso. Por otra parte, y mucho más importante, María José aparentaba ser una persona encantadora y extraordinariamente comunicativa. En absoluto me hube de equivocar en mis apreciaciones.
Vinieron los calores del verano y poco a poco María José y yo llegamos a alcanzar un alto grado de empatía y confidencialidad. Raro era el día en el que no coincidíamos en el portal y, consiguientemente, departíamos un rato ameno de charla. A esas improvisadas tertulias se solía unir con frecuencia Marian, la funcionaria de Correos, quién pronto se ganó con su espontaneidad y sabiduría a María José, a pesar de que, incluso delante de mí, le advirtió: –”María José, ten cuidado con Leiter. Ahí donde le ves, y aunque parezca que no ha roto un plato en su vida, es un ligón compulsivo. No tiene remedio; le pierden las mujeres…”– Aquella “simpática” — y no menos verdadera apreciación de Marian — tuvo su origen en un particular momento en el que pregunté a María José por una de las chicas con quién a menudo la veía conversar. –”Sí, mujer, el otro día venía yo con el carro del supermercado y te vi hablando con ella. Es una chica monísima — mejorando lo aquí presente, claro está — jovencita que apenas rondará los treinta años, rubia, de ojos claros, finita… ¡Una chica preciosa!”– Maria José, afirmando con la cabeza, me contestó: –”¡Ahhh… Ya sé a quién te refieres! ¡A Anna, la rusa! No, no; no es española, aunque habla perfectamente el castellano, sin ningún acento. Sí, la verdad es que la chica es muy guapa y, sobre todo, buena trabajadora. Entiende todo a la perfección y su labor es absolutamente encomiable. Últimamente afirmaba no encontrarse bien de salud y por eso me has visto hablando con ella… ¡Pobrecita! Decía que tenía la sensación de que se iba a morir pronto… Yo creo que tiene un poco de melancolía por su tierra, eso es todo. Pero, en realidad, es una niña estupenda. No da problemas y cumple con su trabajo a las mil maravillas”– Otra mañana, desde lo lejos, observé como María José discutía acaloradamente con otras dos chicas junto a las inmediaciones del portal. No quise molestar, ni mucho menos entrometerme en conversaciones del todo ajenas, por lo que opté por pasar de largo. Días después, María José me explicó el motivo de aquella aparente disputa dialéctica: –”De un tiempo a esta parte las cosas están un poco revueltas en la oficina. Los jefes nos aprietan cada día más y tanto agobio provoca que por nada salten los conflictos. Esas dos chicas se habían mutuamente insultado por una tontería, por una cuestión sin importancia. Es lógico y lo comprendo; nos están atiborrando de trabajo y, aún así, no quieren meter más personal. Lo he hablado en decenas de ocasiones con los jefes, pero ni caso. Basta con que una chica se acoja a una baja temporal por cualquier motivo para que todo repercuta en el resto del grupo. Así, no damos abasto… El otro día me tuve que poner seria con esas dos compañeras; no puedo consentir que se llegue al insulto, que se desequilibre toda la labor del grupo. Pero, con este ritmo de trabajo… No sé. No me gusta nada cómo se están desarrollando los acontecimientos en la empresa durante estos últimos meses”-- Fue esta la primera vez que noté un tanto tensa a María José, sin esa contagiosa sonrisa que iluminaba bellamente su rostro. Pero cuando más me hubo de sorprender María José fue una tarde-noche de ese caluroso verano, en plena jornada intensiva, cuando saliendo Celia y yo del edificio con la intención de dar un paseo aprovechando la tenue brisa, nos encontramos en el portal con María José: –”¿Pero qué demonios haces tú aquí a estas horas? ¿No estabais ya en jornada intensiva?”– Pregunté sorprendido, luego de presentarle a Celia. –”Ya ves, Leiter; esta semana se me han puesto enfermas dos chicas y, encima, otra se ha largado. Se ha despedido. Como encargada, me tengo que hacer cargo de todo el trabajo de ellas y no me llega el tiempo… No, no; no te creas que estas horas extraordinarias me las pagan. El trabajo hay que terminarlo y punto. En fin, que este verano me estoy chupando horas y horas como una gilipollas…”– Durante algunas semanas no tuve oportunidad de sostener ni una mínima charla con María José ya que siempre que nos cruzábamos por las inmediaciones del portal estaba acompañada de dos o más chicas. Una mañana, antes del mediodía y cuando me disponía a salir a comprar el periódico, noté un tremendo alboroto en el vestíbulo del portal. Con la mirada, interrogué a don Francisco, el conserje: –”No sé qué ocurre hoy en la oficina, señor Leiter, pero están las chicas continuamente subiendo y bajando. He podido ver cómo protestaban entre ellas e incluso como dos estaban llorando a lágrima viva… No sé, pero me huelo que algo raro pasa aquí”– Una semana antes de marcharme de vacaciones, estaba ya entrando en el portal después de haberle dado un paseo a mi perro cuando, de forma sorpresiva, dadas las circunstancias, María José me agarró del brazo: –”¡Hombre, Leiter! Te tengo abandonado últimamente. Venga, vamos a tomarnos un vino… ¿El perro?… ¡Anda, joder, déjaselo un rato al portero!”– Observé como María José se encontraba visiblemente alterada y con unas ganas tremendas de querer expresar muchas cosas al mismo tiempo. –”¡Qué mal rollo estamos teniendo en la oficina! Estos cabrones de jefes, que sólo se pasan por aquí para darnos el coñazo, cada día nos exigen más con menos medios. Lo malo es que ahora parecen haberla tomado conmigo. No paran de molestarme y de darme justificaciones que considero del todo absurdas. ¡Joder, que llevo más de veinte años en la empresa y sé a la perfección cómo he de realizar mi trabajo! Ahora, ya nadie se fía de nadie y las chicas apenas se hablan entre ellas… ¡Con lo que era este grupo! Me da en la nariz de que va a haber cambios en breve y que, por si no fuera poco, van a despedir a alguna chica… ¡Encima! ¡Como tenemos tan poco trabajo! ¡De veras, no lo entiendo, Leiter!”– En los escasos diez minutos que duró nuestra conversación, María José se encendió hasta tres pitillos, uno de ellos cuando ya tenía otro recién prendido… Sinceramente, nunca he llegado a comprender las extrañas y complicadas actuaciones que realizan los dirigentes y ejecutivos de determinadas empresas. Parece como si alguno tratase de justificar su labor poniendo trabas al trabajador ¿No será mejor tener un buen ambiente de trabajo para lograr una mayor eficiencia y productividad en el mismo? ¿O, quizás, la política de conseguir mayores beneficios al menor costo posible significa que necesariamente se intente exprimir a los empleados hasta extremos del todo insostenibles? Yo, que la única experiencia en estos temas ha sido la de dirigir un pequeño bar durante unos años, procuré que los empleados a mi cargo trabajasen en unas condiciones inmejorables, intentando crear para ello un ambiente laboral que consideré sensato y llegando incluso a comprometerles a unas mayores ganancias en virtud al incremento de la facturación. Si en algún momento me veía obligado a dar un toque de atención a alguno, procuraba hacerlo a puerta cerrada y a solas con el empleado de turno, exponiéndole claramente el origen de mis quejas y preguntándole si existía alguna desconocida circunstancia para mí que provocaba un menor rendimiento cualitativo sobre lo que solía ser habitual. Si al final eché el cierre al negocio fue porque el bar suponía un verdadero quebradero de cabeza para mí, acabando por ignorar todo cuanto tenía relación con él. Así se lo hice saber a los empleados, preocupándome de que tuvieran preparada una alternativa laboral — e implicándome en la misma — antes de que llegara la hora fatídica del definitivo cierre del negocio. Clausuré el bar porque me dio la gana, pero nunca por los malos oficios de mis empleados quienes, en el tiempo en que yo estuve como encargado, cumplieron con su trabajo con la mayor dignidad posible, unos mejor que otros, como es natural.
Tardé en volver a coincidir con María José a la vuelta de las vacaciones. Ocurrió durante una sobremesa, cuando volvía de compartir una estupenda comida y posterior velada con unos antiguos compañeros de estudios y de trabajo. –”¡Hombre, ya estás aquí de nuevo, Leiter!” – La cara de esta nerviosa y menuda mujer era todo un poema, con síntomas más que evidentes que reflejaban una situación anímicamente tensa. –”Tengo poco tiempo, Leiter. Ya te lo contaré más despacio. He de subir ahora mismo a la oficina… ¿Sabes? Ya no soy la encargada… Me han rebajado y ahora tengo el status laboral de una empleada más…”– Pese a las inquietas prisas que mostraba María José, no pude sino preguntar del todo sorprendido: –”¿Cómo dices? ¿Qué te han rebajado de categoría? ¿A ti, que te has pasado todo el santo día encerrada en esta oficina? ¡No me lo puedo creer! Pero, entonces… ¿A quién han puesto en tu lugar?”– María José bajó resignada la cabeza y aprecié cómo se le humedecían lacónicamente sus ojos. –”A Anna, la rusa…” – Mi expresión de indignación no pasó desapercibida para María José. –”Mira, Leiter… Yo no tengo la culpa de no contar con una cara de muñequita como ella… Ni de tener sus ojos azules y su pelo tan rubio… No sé si me explico, Leiter…” – Una lágrima empezó a deslizarse por el melancólico rostro de María José. – “Por desgracia, para el gilipollas del nuevo jefe que tenemos, es mucho más importante el físico de una persona que su hoja de servicios a la hora de atesorar méritos… No, Leiter, no seas ingenuo. Esa niñata ya ni me dirige la palabra sino es para censurarme algo delante de todo el grupo. Ahora ya no la sirvo de nada… He pasado a ser su subordinada y me está puteando durante todo el día… Es muy humillante para mí”– En esa misma semana, coincidí con María José a la entrada del portal a punto de caer la tarde: –”¡María José!”– Pero, con un gesto oscilante de su brazo izquierdo, me hizo unas silenciosas indicaciones que no invitaban precisamente al diálogo. Las lágrimas brotaban como chorreones de sus ojos mientras que apoyaba su espalda contra la marmórea fachada del edificio, componiendo una mirada que destilaba, entre las nebulosas de su sempiterno cigarrillo, el amargo sabor de la decepción. Comprendí que no era el momento más adecuado para sostener una conversación y me fui de allí procurando ser lo más discreto posible. Ya nunca más volví a ver a María José y, transcurridas unas semanas de aquella patética escena, no tuve más remedio que preguntar a don Francisco, el conserje de la finca: –”No, ya no trabaja aquí, señor Leiter… Esto… ¡Leiter! — perdóneme, es que no me acostumbro a llamarle así… A llamarte, quiero decir — Según me contó, acabó por renunciar al trabajo y solicitó la liquidación. Me da a mí que a esa pobre le estaban haciendo la vida imposible. Y, créame, señor… ¡Créeme, Leiter! Que para nada era mala chica esa tal María José. Siempre que salía a echarse su pitillo me decía si quería un café o un refresco… Conmigo siempre fue respetuosa y amable, pero ya se sabe cómo son las envidias… Por cierto, al despedirse, me dio muchos recuerdos para us… ¡Para ti, Leiter!”–
Han pasado ya muchos meses de aquellos tristes episodios que culminaron con la penosa y a todas luces injusta marcha de María José de aquella compañía que aún sigue ocupando el local de la entreplanta del edificio donde habito. A menudo suelo seguir viendo a alguna que otra chica fumándose un cigarrillo junto a la puerta de acceso a la finca y no puedo entonces dejar de acordarme de María José, una mujer de la que guardo un estupendo y entrañable recuerdo. Estoy convencido de que, pese a la actual crisis económica y laboral que padecemos, no habrá tardado en encontrar otro trabajo acorde con sus extraordinarias dotes. O, al menos, ese es mi mayor deseo. ¿La rusa? Por ahí sigue y en algún momento nos hemos cruzado en el vestíbulo del portal, aunque yo me hago el despistado cuando dicha anecdótica circunstancia ocurre. De todas maneras, me dan unas ganas tremendas de espetarla a la cara: –”¡Guapetona… ! Quién a hierro mata, a hierro muere. Nunca lo olvides…”–
Dos bautizos y una búlgara 27 Marzo 2009
Posted by leiter in Vivencias.15 comments
Conocí a Tzveta durante la celebración de un bautizo y a la semana siguiente ya estábamos almorzando juntos en La Taberna del Alabardero. En aquellos tiempos, el fenómeno de la inmigración extranjera era aún prácticamente anecdótico en nuestro país y la presencia en el barrio de una bella y joven búlgara como Tzveta suponía toda una exótica novedad. Tzveta eludía cualquier comentario sobre los motivos y circunstancias que la habían inducido a abandonar su patria y, en mayor medida, los pormenores de su periplo, que en absoluto debió ser fácil para ella toda vez que por entonces Bulgaria se hallaba sometida a la férrea dictadura comunista de Todor Zhivkov, una de las más duras de todo el antiguo bloque del Este. Hasta donde pude averiguar, Tzveta se había liado, pese a la diferencia de edad, con un conocido personaje del barrio pero el asunto no llegó a cuajar del todo. Posteriormente fue acogida por un matrimonio que regentaba un bar no muy lejos de donde se hallaba el de mi padre, ayudando en cambio en las tareas domésticas y en las propias de la taberna. Algunas voces en la barriada sugirieron la lujuriosa posibilidad de que dicha colaboración laboral se extendiera también a otros ámbitos más íntimos, pero todo eso me fue categóricamente negado por Tzveta durante aquel almuerzo. –”Para nada, Leiter”– Tzveta se expresaba en un correctísimo castellano. –”La señora está muy delicada de salud y apenas puede hacerse cargo de las faenas domésticas. Yo ayudo por las tardes en el bar mientras que por la mañana cuido y limpio la casa. Los señores se portan muy bien conmigo; tengo una habitación para mí sola y a finales de mes la señora siempre me concede una cantidad de dinero. De no ser por ellos, estaría en la calle durmiendo… ¡Huy, qué tarde! Tengo que irme al bar ya mismo, Leiter. Gracias por tu invitación… Si quieres, llámame a este número el sábado por la tarde, que tengo libre, y seré yo quién te invite a cenar”– Pese a las bondades físicas de Tzveta, una mujer extraordinariamente atractiva, y a su petición de que volviésemos a quedar para el próximo sábado, no tenía yo la ardiente impresión de haber “ligado” con ella — aunque, quizás ese fuese mi mayor deseo — ya que Tzveta, si bien cercana y amable en el trato, se mostraba excesivamente fría para cualquier romántica pretensión. De todas formas, volvimos a quedar el sábado siguiente y, para mi sorpresa, Tzveta me llevó a cenar a un lujoso restaurante impidiendo cualquier tentativa mía en pagar la consecuente y elevada factura. Dada su llamativa y silvestre belleza, luciendo una espectacular y sedosa mata de pelo negro, observé como de buenas a primeras se convirtió en el centro de atención de muchas miradas del resto de la clientela y a ello contribuyó, de buena manera, la considerable pero muy armonizada estatura de Tzveta, aspecto que hacía sentirme un tanto incómodo y estúpidamente acomplejado. Pero Tzveta acabó por desconcertarme del todo cuando, finalizada la cena, me propuso acudir a probar suerte a una sala de bingo. Durante el trayecto, no tuve más remedio que preguntar: –”Perdona Tzveta… Creí que tu situación económica era más modesta. La cena te ha salido muy cara y ahora pretendes gastarte más dinero en el bingo. No sé…”– Tzveta, con una altivez que me resultaba particularmente atractiva, me interrumpió: –”Apenas piso la calle, Leiter. De casa al bar y del bar a casa. Tengo algún dinero ahorrado y para una vez que salgo me gusta divertirme y pasármelo bien; creo que me lo merezco ya que no paro de trabajar en todo el día.”– Me llamó mucho la atención el hecho de que, teniendo en cuenta su procedencia, Tzveta poseía un gusto exquisito para vestir y usaba prendas de marca no precisamente baratas. Salimos del bingo con más pena que gloria y Tzveta aceptó mi propuesta de tomarnos la “penúltima” copa en un pub cercano. Fue allí donde la besé por primera y última vez, aunque Tzveta no mostró en ningún momento el más mínimo atisbo de pasión que semejante e íntimo trance suele generar. Creo que aceptó mi inadvertido beso más por cortesía que por cualquier otra cosa, si es que el referido término de “cortesía” puede definirse con tal acepción. Aquella insustancialidad amorosa provocó que no sugiriese, por mi parte, una estimulante prolongación de la velada en la intimidad de mi apartamento, aunque estaba convencido de que Tzveta era tan directa y natural que, de habérselo propuesto, hubiéramos acabado acostándonos juntos esa misma noche. Me despedí de ella de la misma forma en que uno se despide de un amigo íntimo, sin ningún tipo de demostración pasional: Un “adiós” con la propina de un gélido beso en los labios. Ya a solas en mi apartamento de la calle Montesa, tuve la extraña sensación de que ya nunca más la iba a volver a ver a pesar de que habíamos prometido llamarnos nuevamente. Además, también se me quedó el amargo regusto de pensar que había actuado como un completo gilipollas esa noche con ella. –”Me cago en la puta… ¡Lo bien que nos lo estaríamos pasando ahora en esta cama!”– Reflexionaba a solas, fumando un cigarrillo y recostado junto a la almohada…
Una sobremesa, cuando tenía por costumbre tomarme un café en el bar de Boni para sentir la libertad de hacerlo fuera de mi propio entorno, me volví a encontrar allí con Tzveta quien, seguramente, paladeaba con mis mismos condicionantes un refrigerio a la espera de reincorporarse a su turno en el otro bar. –”Ah, Leiter… ¡Gracias a Dios! Te estaba buscando y no quería que te viesen conmigo en el bar de tu padre… Tengo que hablarte”– Salimos a dar un garbeo y noté como la búlgara estaba muy alterada anímicamente. –”Me han echado de casa y del trabajo… No me preguntes el porqué pero la señora se ha enfadado conmigo y me ha puesto de patitas en la calle. No sé qué hacer, Leiter. Estoy sola y sin trabajo…”– Intenté ponérselo aún más fácil a Tzveta. –”Bueno, ¿Qué quieres que yo te diga? Sabes que ahora vivo solo en un minúsculo apartamento y a veces echo en falta algo de compañía… Tú en la calle no te vas a quedar, claro…”– Tzveta aparcó su aparente intranquilidad y volvió a mostrarse tan naturalmente concisa, como siempre. –”Sí, yo sé… Te acabas de separar y quizás eches de menos a esa persona…”– Decidí entonces poner las cartas sobre la mesa. –”Tzveta, si quieres y, mientras encuentras otra alternativa, puedes quedarte en mi casa. Y ahí empieza y termina todo. Si algo más ocurre, que sea de mutuo acuerdo”– Tzveta me sonrió, en una expresión bastante inusual en ella. –”Vale, Leiter; me parece muy adecuado tu razonamiento. Yo intentaré molestarte lo menos posible. Esta misma noche tengo una entrevista de trabajo en un pub…”– Aquella situación se complicaba por un hecho en absoluto intrascendente: En mi apartamento sólo había un sofá-cama… Durante los días donde Tzveta compartió alojamiento conmigo en el apartamento me vi obligado a dormir sobre una improvisada colchoneta; y eso que Tzveta solía llegar de madrugada, tras regresar de trabajar en el pub donde finalmente había sido contratada. Alguna noche, se dio la paradoja de que ella regresaba justo cuando yo me levantaba para abrir el bar, situación que se producía alrededor de las cinco de la mañana. Durante aquella estancia, Tzveta se mostró muy cariñosa en todo momento conmigo aunque jamás llegamos a traspasar las indecorosas barreras del amor, y no por falta de ganas, por lo que a mí concernía, ya que la contemplación de Tzveta en ropa interior me excitaba sobremanera. Y a ello se añadía la propia y pasmosa naturalidad de la búlgara, quién no pocas veces se paseaba por casa con total desenfado (A veces en bikini; otras, en monokini; y algunas, inolvidables, simplemente en “kini”…). Pienso que yo debía representar para ella el papel de un hipotético hermano mayor, mucho más que el de un simple y platónico amante. Un viernes, aprovechando que yo no tenía que madrugar para ir a trabajar el día siguiente, esperé a su llegada. Apareció sobre las cuatro de la mañana con síntomas evidentes de estar muy fatigada. Tras darse una reconfortante ducha, se tumbó sobre la cama y comenzamos a charlar (Yo sobre la colchoneta, claro está). Me fui embobando, aún más, con la escultural belleza de su cuerpo y animado por unas copas que previamente nos habíamos servido, solicité su permiso para hacer de todo con ella en la cama menos dormir… –”No, Leiter; estoy muy cansada. Fíjate qué hora es; y mañana tengo que realizar unas gestiones antes del mediodía. Me piden unos papeles para darme de alta y no sé aún cómo voy a poder conseguirlos. He quedado con una compatriota que tiene algún contacto en la embajada… Escucha; cuando vuelva, me invitas a comer por ahí y después subimos y hacemos el amor durante toda la tarde…”– Aún conociendo ya de antemano el inverosímil desparpajo de Tzveta, me sorprendió tanto su respuesta que no supe qué añadir aunque, obviamente, acabé aceptando sus propósitos, circunstancia que elevó todavía más mi concupiscente ánimo. Pero Tzveta no terminó ahí: –”Ah, por cierto, Leiter. Te quería pedir un favor. ¿Podrías prestarme hasta primeros de mes 13.000 pesetas? Tengo que mandar un giro urgente a mi familia en Bulgaria y ahora mismo estoy sin un céntimo”– Yo, que estaba dibujando en mi mente unos esbozos sobre lo que iba a ocurrir la sobremesa del día siguiente, asentí sin pensármelo mucho: –”Claro, sin problemas. Ahora no tengo todo el dinero aquí. Mañana acudiré a un cajero y te dejaré el dinero en casa… O mejor, espera. Tengo aquí la recaudación de esta noche del bar… A ver… Sí, entre todo juntamos las 13.000 pesetas. Tómalas. Ya haré yo las cuentas mañanas y repondré el dinero del bar”– Tzveta se incorporó de la cama y guardó en su bolso el dinero prestado. Su visión, paseando medio desnuda por el apartamento, a poco me provoca un volcánico estallido espiritual. Peor lo pasé cuando se me acercó y me dio un beso en la mejilla –”Gracias, Leiter; te quiero mucho”– Al volver a arroparse en la cama, poética escena que me indujo a soñar despierto, Tzveta añadió:–”Bueno, me voy a dormir, Leiter. Mañana quiero salir cuanto antes para hacer todo lo que te he dicho. Tú quédate durmiendo, que yo voy a estar ocupada durante toda la mañana. A eso de las dos de la tarde quedamos en El Rescoldo y comemos, ¿Vale?”– Asentí –”¿Y?”– Ya con la luz apagada, Tzveta me contestó:–”Sí, Leiter, sí; ya verás qué bien nos lo pasamos luego… De veras, me apetece mucho hacerlo contigo. Venga, que descanses. Yo ya me duermo; estoy agotada…”– Aún no sé cómo pude conciliar el sueño aquella noche, repleta de ardientes y apasionadas sensaciones y no menos gozosas perspectivas.
Tal y como habíamos arreglado la noche anterior, me presenté en El Rescoldo a las dos de la tarde para compartir almuerzo con Tzveta, en lo que habría de suponer el preludio a una tarde del todo inolvidable para mí. Pero fueron pasando las horas y Tzveta jamás apareció por allí, provocándome una creciente intranquilidad, amén de una desolada fractura en mis festivaleras pretensiones. Por más que busqué por todos los lugares donde presuntamente pudiera encontrarse la búlgara no fui capaz de dar con ella, preocupándome por el hecho de que quizás hubiese sufrido algún extraño percance. Sin embargo, ya por la noche en mi apartamento, llegué seriamente a sopesar la posibilidad de que Tzveta me hubiese “estafado” 13.000 pesetas, asunto que empezaba a rondarme por la cabeza y al que no terminaba por dar crédito por parecerme del todo incongruente. Lo que sí me llamó, y mucho, la atención fue el hecho sintomático de que la maleta que contenía todos los enseres personales de Tzveta había también desaparecido del apartamento, circunstancia que me provocó el mayor de los desconciertos posible. Pasaron unos días y un conocido me trajo una tarjeta publicitaria del pub donde supuestamente trabajaba Tzveta en el turno de noche, no sin antes mostrar su extrañeza por mi sospechoso requerimiento. Sin dudarlo, llamé durante las horas en las cuales se suponía que Tzveta debía de estar allí trabajando. –”¿Quién es?… Ah, sí, Leiter… Bueno, eh… Ya te contaré. Ahora mismo no puedo hablar. Ya iré a verte. Chao”– Me fastidió el vanidoso y cortante tono de Tzveta, quién no sólo no quiso ofrecer explicación alguna a su inesperada desaparición sino que también se mostró indisimuladamente molesta conmigo. A las dos semanas, tiempo en el que Tzveta ni apareció por el barrio ni mucho menos por mi apartamento, sufrí un impulsivo ataque de orgullo personal y volví a descolgar el teléfono:–”Tzveta… ¡No, no, escúchame tú a mí un momento! Me da exactamente igual que vuelvas o no por mi casa pero, al menos, recuerda que me debes algo…”– Cortándome, Tzveta me empezó a gritar desde el otro lado del auricular:–”¡Tú eres un gilipollas! ¡Haz el puto favor de no volver a molestarme en mi trabajo! ¡Yo a ti no te debo nada! ¿Te enteras? ¡No se te ocurra volver a llamar aquí!”– En ese momento, por fin, me di cuenta de que había sido utilizado miserablemente por Tzveta. Me sentí completamente engañado y con la hiriente sensación de haber hecho el completo gilipollas con ella. Además, por si no fuera poco, la aventura también me había supuesto la pérdida de 13.000 pesetas de las de entonces… Me entristeció aquel episodio tanto — y mayormente teniendo en cuenta la difícil situación anímica por la que yo estaba atravesando desde hacía unos meses — que durante unos días caí en un estado de fuerte depresión reactiva, subestimándome hasta extremos psicológicamente preocupantes. Pero aún faltaba la guinda a todo ese pastel de despropósitos. Unos meses después, en plena primavera y de forma diabólicamente increíble, volvimos a coincidir Tzveta y yo en otra ceremonia de bautizo de uno de los retoños de un colega de bar del barrio. En los preámbulos de la religiosa ceremonia, me acerqué hasta donde se encontraba Tzveta e intenté ser lo más decidido y directo con ella que pude:–”Oye, guapa; ¡Tienes mucha cara! ¿Cuándo demonios me vas a devolver el dinero que te presté?”– Tzveta, encolerizada, me agarró de un brazo y me llevó tras uno de los árboles que estaban plantados en aquel jardín escolar donde iba a tener lugar la celebración eucarística. –”¡Eres un hijo de la gran puta! ¡Yo a ti no te debo nada, cabronazo! Te lo advierto, Leiter; si vuelves otra vez a molestarme te arranco la cabeza de una hostia… ¿Te enteras, hijo de puta? ¡Vete a la mierda y olvídame!”– Puedo asegurar que, dada la musculosa envergadura de Tzveta y su indescriptible expresión de ira, jamás me ha asustado tanto una mujer en toda mi vida. La bella cara de Tzveta se había transformado en un rostro irascible que reflejaba un odio completamente visceral y en ningún momento dudé de que hubiera sido capaz de cumplir su amenaza en cualquier momento. Al poco de haberse alejado Tzveta de la escena, vino a mi encuentro Pablo, el camarero — y buen amigo — que trabajaba conmigo en el bar de mi padre. Muy alterado, me confesó:–”Oye, Leiter… ¿Pero qué coño te pasa a ti con la búlgara? ¡Joder, lo que me ha dicho la tía! Dice que te va arrancar la cabeza de una hostia como la sigas molestando… Y me ha pedido que te lo diga. Pero, tío… ¡No me jodas que tú y ella habéis estado liados! ¡Qué cabrón eres, tío! ¡Qué calladito te lo tenías! Aunque no sé, tío, a mí esa gachí me da mal rollo. Me ha llegado a acojonar cuando me ha hablado de ti… ¡Joder, la tiene tomada contigo! Seguro que está celosa…”– Tras contarle un poco por encima a Pablo la historia de lo que me había acontecido con Tzveta unos meses antes, decidimos irnos de allí y no acudir al convite posterior al bautizo (Yo estaba totalmente acongojado por las amenazas de Tzveta) Finalmente nos fuimos Pablo y yo a un pub y terminamos la noche totalmente borrachos, aunque mi cogorza fue de las sentimentales, llorera incluida. Decididamente, nunca llegué a comprender los motivos que indujeron a Tzveta a comportarse conmigo de ese modo tan violento. Es muy posible que se viese envuelta en alguna circunstancia del todo desconocida para mí y que, de alguna manera, condicionó su extraña e incomprensible actitud. Creo que no actué correctamente cuando me decidí por llamarla telefónicamente al pub donde trabajaba pero, para ser sinceros, su injustificado silencio fue el que provocó tal coyuntura. Al poco tiempo de aquel incidente, Tzveta desapareció del barrio y nunca se supo más de ella. Lógicamente, yo tampoco llegué nunca a recuperar las 13.000 pesetas…
–”¡Andá, eso es mi idioma! ¿Dónde lo ha aprendido a hablar?”– Me preguntaba hace muy poco un operario búlgaro que se encontraba realizando unas reparaciones de albañilería en mi domicilio. –”No, por favor, tan sólo sé decir alguna frase suelta”– Contesté, añadiendo:–”¿Me dice usted que dónde lo he aprendido? En fin, es una historia muy larga…”–
Mi primer periplo hacia la otra Europa (y IV) 27 Febrero 2009
Posted by leiter in Vivencias.add a comment
Nada más llegar a Belgrado pregunté por la posibilidad de llegar hasta Zagreb en otro medio que no fuese el tren, vistas las experiencias tan insufribles de días pasados. Me indicaron dónde se encontraba la estación de autobuses principal y hasta allí que me fui andando y cargado con mi mochila. Mala suerte: El precio del trayecto en autobús hasta Zagreb superaba mis diez dólares… Pero no así el trayecto hasta el pueblecito de Drazen, mi verdadero destino. Sólo me quedó dinero para una sufrida botella de agua mineral y con ella me mantuve casi ocho horas sentado en un destartalado autobús, cómodamente, eso sí, pero pasando más hambre que en la Mili. Una vez en el pueblo de Drazen, éste se alarmó mucho con mi relato del atraco sufrido en Bucarest y, para dejarme más intranquilo aún, me garantizó que había tenido una enorme fortuna de que sólo se hubiesen llevado dinero. De madrugada, hice cuentas y todavía me quedaba una cantidad de dinero considerable como para pasar el resto de días de aquel periplo por Europa. Fue una magnífica idea la de preservar buena parte de mi dinero en casa de Drazen. Pese a las sugerencias de mi amigo croata para que visitase Budapest, por mi mente ya sólo pasaba la idea de retornar a España. Habían sido muchos días viajando en soledad, durmiendo en compartimentos de trenes y alimentándome de cualquier manera, y ello me hacía sentirme anímicamente un tanto derrotado. Aunque la causa principal de mi desánimo era, sin duda, el recuerdo del penoso incidente vivido en la estación de Bucarest. Aquello me afectó profundamente y me precipitó de nuevo a ese estado de melancolía que ya había mostrado sus primeros síntomas en tierras rumanas. Decidí regresar a España. Fuera se había quedado Grecia pero a cambio había podido conocer la maravillosa ciudad de Dubrovnik, sin duda la joya de mi excursión. Los dos últimos días que pasé con Drazen en su pueblo fueron tremendamente felices para mí, sintiéndome arropado en todo momento por sus amigos croatas. Antes de salir, la última noche, Drazen me comunicó lo siguiente: –”No estaría mal que organizáramos una fiestecilla de despedida. Tú invita a la cerveza y nosotros traeremos pollo y paprika. Como en España… Por cierto, Leiter. He visto un anuncio en la JAT (Antiguas líneas aéreas yugoslavas) ofertando billetes a Madrid desde Zagreb, vía París. Es muy barato y tal vez te pueda interesar, teniendo en cuenta que sólo sería un trayecto”– La verdad es que me abrumaba un tanto el tener que soportar otras tres noches de tren y sus correspondientes días pateando por distintas ciudades hasta llegar a mi destino. Sopesé la alternativa y decidí reservar telefónicamente un billete aéreo cuyo importe no excedía de los 200 dólares, algo extraordinariamente barato en aquellos tiempos donde el transporte aéreo aún no estaba liberalizado. Aún así, todavía me quedaban de fondo otros 200 dólares; Con tan solo 50, estuvimos bebiendo cerveza en el bar del amigo de Drazen hasta altas horas de la madrugada, acabando todos con una borrachera de escándalo. Me declaré a Tanija y le juré amor eterno, para regocijo de los allí presentes. Desgraciadamente, con el primer y resacoso despertar al día siguiente, tuve la sensación de haber hecho el más espantoso de los ridículos… Obviamente, y para su fortuna, Tanija no aceptó mis amorosas pretensiones, aunque ella fue la encargada de darme el regalo colectivo de despedida que entre todos habían comprado, un disco de Rock & Roll yugoslavo, algo verdaderamente insólito en aquellas tierras de Dios y que creo que hoy debe valer una fortuna por ser pieza rara para coleccionistas. Lamentablemente, durante uno de mis cambios de domicilio, se perdió aquella reliquia. (Era verdaderamente delicioso escuchar una pieza de Rock en serbo-croata…)
Drazen y yo nos despedimos aquella mañana en la estación de tren de su pueblo como lo suelen hacer las personas que se estiman mutuamente, sin grandes aspavientos pero con cierto melancólico brillo de ojos. No sé hasta qué punto él se lo había pasado bien en su anterior visita a Madrid pero lo que sí puedo afirmar es que su comportamiento conmigo durante toda mi estancia en su pueblo fue digno de elogio. Prometimos volver a vernos en un futuro no muy lejano aunque aún tengo la impresión de que los dos sabíamos que era muy difícil que volviéramos a coincidir algún día. Tras un viaje de aproximadamente una hora en tren, y luego de tomar un autobús desde allí, finalmente llegué al aeropuerto de Zagreb con tiempo suficiente como para realizar unas llamadas telefónicas a España y advertir de mi inminente llegada, toda vez que mi familia me esperaba unos días más tarde. Observé que reinaba una gran desorganización en el aeródromo a la hora de formalizar los trámites para obtener la tarjeta de embarque, de tal manera que, una vez pasado el control de pasaportes, nos dejaron tirados literalmente en una de las pistas a todo el grupo de personas que allí estábamos a la espera de subir a bordo de una de las dos aeronaves que se encontraban frente a nosotros, de fabricación norteamericana, para mi sorpresa. Creo que ha sido la única vez en mi vida dónde me he visto obligado a preguntar hacia dónde se dirigía cada uno de los aviones, como si me encontrase más propiamente en una estación de autobuses de pueblo que en un aeropuerto internacional. Ya aclaradas las dudas e instalado en mi correspondiente asiento, lo que sucedió a continuación es uno de esos extraños episodios que nunca he adivinado a comprender, sin duda por desconocer la lengua eslava del lugar. Tras una media hora de vuelo, el avión comenzó a descender a una velocidad que provocó más de un susto en el pasaje, con dubitativos cruces de mirada entre los pasajeros acompañados de conversaciones del todo incomprensibles para mí. Mi sorpresa fue mayúscula cuando, desde la ventanilla, observé como el avión se disponía a aterrizar en un aeropuerto de proporciones considerables. No podía ser posible que, tras media hora de vuelo, el avión ya hubiese llegado a París, trayecto calculado en aproximadamente dos horas y media. Mientras la aeronave rodaba por las pistas pude leer, en grandes caracteres, una leyenda que me dejó atónito: FERIHEGY – BUDAPEST. Llegué a ponerme pálido ante la más que probable circunstancia de que me hubiese equivocado de aeronave… Pero pronto observé como el resto de pasajeros se revolvían nerviosos de sus asientos y trataban de buscar con la mirada a las azafatas intentando obtener una respuesta. La megafonía del avión, acompañada de unos molestísimos pitidos de acoplamiento sonoro, explicó algo en croata que no debió de resultar muy del agrado del pasaje en tanto que fue recibido con una fortísima tanda de pitos y abucheos. Allí estuvimos estacionados, sin poder bajar del avión, unas dos horas, aproximadamente, tiempo durante el cual las azafatas no paraban de ofrecernos zumo de naranja. Yo solicité un whisky, recibiendo una firme negativa: – “No alcoholic drinks”. Ni mostrando un billete de cinco mil dinares conseguí mi espirituosa y relajante pretensión. Como nadie de mis vecinos de asientos más próximos hablaba en inglés, jamás supe qué diablos había ocurrido pero el caso es que, tras esas dos aburridas horas allí sentados en el interior de la aeronave, nos fuimos de nuevo al aire. Esta vez sí que aterrizamos posteriormente en París. (Yo ya estaba tan alucinado que pensé que volvíamos a Zagreb). Afortunadamente, la conexión del vuelo con destino a Madrid estaba prevista para la media tarde, con lo que no hubo ningún problema ocasionado por la incomprensible demora de Budapest. El vuelo a Madrid lo efectuamos a bordo de un avión de Iberia, según me explicaron, por compartir código con la JAT yugoslava. Atrás quedaban París, Munich, Zagreb, el pueblecito croata de Drazen, Dubrovnik, Belgrado y Bucarest. Ah, y Budapest, claro. Al llegar al domicilio de mis padres descubrí con horror como a mi madre le había dado por efectuar una obra integral en la vivienda, aspecto que me ocultó en las distintas conversaciones telefónicas que mantuve con ella durante mi excursión. No me quedó más remedio que irme a casa de una tía y residir allí de huésped durante unos días que se me antojaron insufribles. Menos mal que al día siguiente pude quedar con Ana…
Dos años más tarde regresé a tierras yugoslavas, si bien no llegué a ver a Drazen debido a que en esta ocasión los motivos del viaje fueron distintos. Pero Drazen sí que pasó fugazmente por Madrid en compañía de un amigo y de esta forma pudimos volver a vernos durante unas horas sentados alrededor de una terraza de verano y dando buena cuenta de innumerables cervezas. Pasados unos años y, como consecuencia del estallido de la guerra independentista de Croacia, telefoneé a Drazen con preocupación: Su pueblo había salido en los periódicos como escenario de violentos combates. Me tranquilizó y me hizo saber que, efectivamente, habían tenido allí lugar algunos episodios bélicos pero que afortunadamente ni él ni ninguno de sus amigos habían resultado heridos. Eso sí, aquel mítico bar por donde pasábamos las noches de tertulia fue enteramente destruido por un proyectil. Después de aquella conversación telefónica, nunca volví a saber nada más acerca de Drazen… Bueno, la verdad es que, gracias a Internet, sí he podido conocer que actualmente trabaja y vive en Zagreb. Su profundo conocimiento de los idiomas y su buena disposición como estudiante le han hecho llegar muy lejos en su trayectoria profesional y hoy en día es un personaje de cierta relevancia en lo relativo a la vida cultural de la capital de la República de Croacia. Quizás algún día volvamos a coincidir… ¿Quién sabe?
THE END
Mi primer periplo hacia la otra Europa (III) 20 Febrero 2009
Posted by leiter in Vivencias.add a comment

Según me había informado Drazen, las dos principales ciudades yugoslavas, Zagreb y Belgrado, no estaba comunicadas a nivel ferroviario con una imaginada y virtual línea recta, sino que desde ambas capitales los principales trayectos en tren tomaban la dirección sur rumbo a Sarajevo, punto neurálgico de comunicaciones de aquella Yugoslavia, y desde allí se enlazaba de nuevo, atravesando buena parte de los Balcanes, con las dos urbes más importantes, en una especie de triángulo isósceles invertido. Así, un trayecto que no debiera emplear más de unas cinco o seis horas, ampliaba su duración hasta las doce o incluso trece insoportables y sufridas horas. Y ese tiempo fue el que nuevamente hube de aguantar estoicamente de pie a bordo del tren rumbo a Belgrado, tan abarrotado como el que me trajo y con la incertidumbre de saber si en Sarajevo habría de duplicar su aforo. Así fue, desgraciadamente. Por lo menos, durante este penoso trayecto, estuve más distraído por conocer a unos jóvenes yugoslavos que, advirtiendo mi condición española, no pararon de hacerme preguntas (En una rudimentaria mezcla de italiano e inglés) acerca de distintos aspectos de la vida social española. Lo más sorprendente fue que esos muchachos estaban afiliados a la liga comunista yugoslava y tenían conocimientos nada desdeñables sobre personajes como Santiago Carrillo o La Pasionaria… Afortunadamente, en el espacio situado entre dos vagones, pudimos sentarnos y charlar amigablemente sobre las cuestiones referidas. Al final, y ante mi sorpresa y la de muchos de los viajeros, se pusieron a cantar sin ningún tipo de rubor La Internacional, siendo la primera y única ocasión donde he tenido la oportunidad de escuchar este histórico y musicalmente bello himno en serbo-croata. Los últimos compases fueron también tarareados por mí (En español, claro) puño en alto y eso motivó que me rogaran que les cantase la versión en español, asunto que me provocó la mayor de las vergüenzas posibles, no por el contenido de la canción, ni mucho menos, sino por mis escasas cualidades líricas de barítono. Además, no era cuestión de negarse ante sus reiteradas peticiones, sobre todo cuando ya habían — habíamos — vaciado una botella de Rakija, un fortísimo aguardiente de aquellas tierras. En estas condiciones de amistad y franca camaradería llegamos por fin a Belgrado a eso de las cinco de la mañana. A pesar de jurarles de que les iba a llamar atendiendo a su cortés proposición de hacer de cicerones en la capital yugoslava, opté por descartarlo y nunca más supe de aquella simpática pandilla. Afortunadamente, el albergue que había reservado para mi estancia en Belgrado se ubicaba junto a la estación, por lo que me dio tiempo para, una vez depositados allí mis enseres, tomar una gratificante ducha e incluso dormir un par de horas que me sentaron divinamente (Y ayudaron a evaporar los excesos de la Rakija). A eso de las nueve de la mañana, tras desayunar en el albergue, salí a pasear por las calles de Belgrado, una ciudad que me defraudó un poco, sobre todo porque fue enteramente reconstruida tras las Segunda Guerra Mundial y su aspecto era un tanto frío visualmente, con multitud de edificaciones cimentadas bajo los parámetros de la más pura arquitectura popular y funcional de los países del este. Contra lo que me había advertido Drazen, sus habitantes, por lo general, me parecieron educados a más no poder, siempre atentos a mis requerimientos callejeros para preguntar por tal calle o monumento. Observé, además, que en aquella ciudad se vivía la práctica del juego del ajedrez con verdadera pasión, no habiendo esquina donde no se encontraran dos jubilados en plena partida, algunas de ellas, sobre todo en un parque, seguidas con enorme interés por un grupo numeroso de personas también de edad avanzada. En ningún momento me dio la impresión de que se estuviesen apostando dinero, y así me lo indicó un lugareño en perfecto español (Había combatido en la Guerra Civil Española dentro de las llamadas Brigadas Internacionales) con el que luego me tomé unos excelentes vinos en una curiosa taberna a la que me llevó. Aquel hombre mayor, del que por desgracia ya no recuerdo su nombre, mostró verdadero interés por España, un país del que se declaraba enamorado y con la ilusión de regresar algún día de visita turística. Me llegó a sorprender cuando empezó a entonar canciones españolas del frente republicano, haciendo todo un alarde de memoria. Posiblemente ese fue uno de los momentos más entrañables de mi periplo. A pesar de que le dejé mi dirección y teléfono de Madrid, nunca supe más de él. Quizás esos recuerdos de España que me brindó aquel entrañable anciano precipitaron mi primer bajón anímico de aquella gira y me vi envuelto en una extraña sensación de melancolía que mi hizo añorar un tanto mi país de origen y que, afortunadamente, se disipó tan fugazmente como vino.
Para acometer la siguiente etapa del viaje, Rumanía, tuve que trasladarme hasta otra estación ferroviaria, la conocida como Dunav, que era el lugar de donde salían los trenes con destino a aquel país. Sorpresivamente, y en comparación con las más recientes experiencias, no había apenas pasajeros esperando la partida del tren que allí estaba estacionado. El convoy, que debía ser rumano a tenor con las indicaciones que aparecían grabadas en su interior, parecía mucho más moderno que los hasta ahora probados en Yugoslavia y carecía de esos compartimentos express que estaban resultándome del todo incómodos. A la hora de partir, ya de noche, sólo pude contemplar a dos personas en el interior del espacioso vagón y durante el trayecto hasta la frontera rumana no efectuó ninguna parada. Ya en la aduana, la demora se me hizo muy pesada desde el momento en que un oficial de fronteras rumano estuvo casi veinte minutos leyendo y tomando notas en mi visado. Aproveché para formalizar el obligado cambio de divisas correspondiente a cuatro días para así poder despreocuparme de tan molesta empresa. (Ya anticipo que me dieron 6 lei por dólar, cuando en pleno centro de Bucarest y de forma clandestina, me llegaron a ofrecer hasta 35 lei por dólar). Cuando por fin el tren volvió a rodar, alrededor de la medianoche, seguíamos los mismos individuos en el vagón. Tras dar cuenta de un bocadillo de queso (O algo parecido a queso) y una cerveza tibia que compré a una señora ya entrada en años que transportaba un carrito con viandas de esa guisa, me tumbé sobre los dos asientos contiguos al mío y de esta forma llegué a Bucarest, en lo que supuso uno de los viajes más cómodos que he realizado nunca en tren. Finalmente, a eso de las nueve de la mañana, el tren hizo su entrada en la estación de Bucarest, ciudad cuya primera impresión por medio de lo contemplado a través de las ventanillas parecía diferir notablemente con todo lo visto hasta ahora y no precisamente para mejor. Sin embargo, jamás podría haber imaginado el penoso incidente que me ocurrió a continuación y que marcó, en buena medida, todo el devenir del resto de mi gira: Después de asearme en un lavabo de la estación me vi de pronto rodeado por tres individuos bastante mayores que yo y cuyos rostros no parecían exhibir ningún atisbo de amabilidad. No me dio tiempo para mayores análisis desde el instante en que uno de ellos me golpeó violentamente en el estómago provocando que me hincara humillantemente de rodillas. Un bofetón con la mano extendida terminó por tumbar mi cuerpo sobre el encerado. Aterrado, pronto comprendí el propósito de aquellos malhechores y la imposibilidad de defenderme, por lo que instintivamente saqué de mi bolsillo un puñado de dólares y los tiré lo más lejos posible para intentar que desviaran su atención hacia mí. Afortunadamente, los tipos se fueron tras los billetes, momento que aproveché para incorporarme, magullado, dolorido y con una pesada mochila a cuestas, y salir de allí pitando, en la desesperada búsqueda de una salida. Pude escuchar como los delincuentes corrían tras de mí, gritando en rumano (supongo), y provocándome una aceleración de mis pulsaciones cardíacas al borde del infarto. Con el corazón en un puño, vi una puerta de salida y no lejos de allí a alguien que parecía ser personal de la estación. Corrí hacia él con todas mis fuerzas y gritando: –”Please, help me, help me!!” – Ya estando a su lado y de manera acelerada, le conté en inglés lo que acababa de ocurrirme, no dejando de mirar a mi alrededor para ver si aquellos ladrones aún me estaban siguiendo. El hombre, sorprendido y sin dejar de examinarme de arriba a abajo, no parecía entenderme y dio la impresión de asustarse ante mi atolondrada presentación. Finalmente, aparecieron otros dos empleados uniformados y, ante mis mímicos gestos intentando hacerles comprender que había sido objeto de un asalto, me acompañaron hasta una garita donde se hallaban tres policías rumanos para los que pasé a ser más un sospechoso, a juicio con las intimidantes miradas que me brindaron, que la pobre víctima de un atraco. Tras estar media hora revisando mi pasaporte, visado y pertenencias, me “dejaron” en libertad. La situación era preocupante: Los cacos se habían apoderado de buena parte de mi dinero en efectivo, dejándome tan sólo con cien dólares en Travel Checks que guardaba ocultos entre mi pasaporte. Drazen ya me había advertido de los peligros que podía encerrar mi estancia en Rumanía y me recomendó distribuir el dinero aunque, según él, lo más importante era salvaguardar bajo cualquier circunstancia mi pasaporte, objeto muy apreciado por las bandas de cacos rumanos. Afortunadamente, no dieron con aquel conducto que mantenía guardado junto con lo más íntimo y telescópico de mi anatomía y además tuve la buena suerte de haber dejado bajo custodia de Drazen una cantidad considerable de dinero. Como ya había efectuado el obligatorio cambio oficial de divisas en la frontera rumano-yugoslava, no tuve más remedio que recurrir al mercado negro para estirar cuanto pudieran dar de sí los 100 dólares. Conseguí cambiarlos por 3.000 lei, cantidad más que suficiente para pasar sin mayores apuros un par de días en Rumanía.
Aquel penoso incidente en el que me vi envuelto trastocó todos los planes que tenía previstos para Rumanía y de esta forma, acortando mi visita obligatoriamente a causa del dinero robado, me fue imposible visitar la ciudad costera de Constanza, a orillas del Mar Negro, un lugar que me recomendó encarecidamente mi amigo Drazen. Quizás por este motivo mi estancia en Bucarest se vio envuelta en una extraña sensación de sentirme perseguido y observado, con un irracional miedo a pasear solo por calles apartadas ante la posibilidad de que fuese nuevamente asaltado. Llegué a obsesionarme tanto que en absoluto disfruté de mi visita, buscando siempre cualquier grupo de jóvenes estudiantes en donde cobijarme, con lo que voluntariamente coarté un tanto mi libertad de movimientos. Tampoco ayudó mucho a elevar mi ánimo la estampa que me ofreció la capital rumana, una ciudad que me pareció tristísima, sin vida y como aletargada en el tiempo. Particularmente penosa me resultó la imagen de un enorme edificio que se estaba construyendo el entonces dictador Ceaucescu en medio de una avenida fantasmagórica rodeada de verdaderos lodazales, un símbolo que en absoluto tenía que ver con lo que se suponía debían ser unos ideales socio-políticos basados en la igualdad de todos y cada uno de los ciudadanos y que contrastaba violentamente con el resto de callejuelas de Bucarest, muy sucias y pésimamente iluminadas al caer la tarde (En ocasiones, con una humilde bombilla para toda una manzana de edificios). Por ese mismo motivo, me recogía pronto en el albergue, evitando pasear por calles tan tristes como desiertas. Además, se dio la circunstancia de que no paró de lloviznar durante esos dos días en los que permanecí en Bucarest, aspecto que sin duda coadyuvó a que mi estado de ánimo no consiguiera resarcirse del todo. Por si no fuera todo esto suficiente, la comida me resultó extraña y difícil de asimilar (Particularmente, recuerdo una especie de albóndigas en una salsa como de mahonesa que se mi hicieron del todo indigeribles) y no menos la cerveza, casi siempre a una temperatura excesivamente cálida para mis gustos carpetovetónicos. Es probable que el robo que sufrí nada más pisar tierra rumana condicionase mi pesimismo con respecto a este país, una nación que nunca he vuelto a visitar y de la que estoy seguro que no me volvería a causar ese profundo desánimo. Aunque no me cuesta reconocer que aquella visión de Bucarest trastocó mis juveniles ideales un tanto revolucionarios hacia posiciones políticas más moderadas y acordes con la social democracia, ideas que hoy en día sigo manteniendo.
Tras aquellos dos días donde mis expectativas se vieron un tanto defraudadas en Bucarest llegaba la hora de volver al pueblo de Drazen en Yugoslavia. El hecho de pensar en la más que probable incomodidad del viaje de retorno, sobre todo en el tramo comprendido entre Belgrado y Zagreb, me hizo sopesar la idea de una alternativa en lo referido al medio de transporte a utilizar, aunque todos mis propósitos chocaban con la cruda realidad de encontrarme sin apenas dinero para poder llevar a cabo tal pretensión. Antes de partir desde la estación de Bucarest rumbo a Belgrado volví a cambiar los lei que aún me quedaban por dinares yugoslavos, algo que no me resultó en absoluto fácil toda vez que descarté los abusivos cambios oficiales. Finalmente, una pareja de rumanos que venían precisamente de zona yugoslava accedieron a mi petición de trueque de divisas por un importe ligeramente superior al oficial. Con una cantidad cercana a los diez dólares en moneda yugoslava y un tanto cansado tanto física como mentalmente, subí a bordo del tren en el que, afortunadamente, pude tomar asiento sin ningún tipo de contratiempos. Unas diez horas me separaban de Belgrado, tiempo suficiente como para descansar y reflexionar acerca de cómo serían mis últimas jornadas de aquel primer gran viaje por la otra Europa.
TO BE CONTINUED
Mi primer periplo hacia la otra Europa (II) 13 Febrero 2009
Posted by leiter in Vivencias.add a comment
Tras una hora de viaje, aproximadamente, por fin llegué a mi principal destino, el pequeño enclave a mitad de camino entre Zagreb y Slavonski Brod. Desde la ventanilla del tren observé a Drazen acompañado de numerosos amigos y, por unos momentos, me sentí como alguien famoso y popular. Tras depositar mi mochila en su casa, tomé una reconfortante y obligada ducha, ya que acumulaba porquería en mi cuerpo de tres días, así como de otros tantos países. Drazen se mostró impecablemente servicial en todo momento y por ello no tardé en ganarme la confianza de todo su grupo de amistades quienes no acertaban a entender qué demonios hacía un español por aquel pueblecito de Yugoslavia. Pronto descubrí que a aquellos croatas les gustaba la cerveza más que a mí y, de esta manera, esa misma madrugada tuvimos un pequeño incidente con la policía del pueblo. Tras regresar de un bar que no cerraba hasta que nosotros se lo permitíamos, contraviniendo las estrictas normas de aquel lugar, estuvimos paseando por unas callejuelas alternando los conocidos himnos que se suelen cantar cuando uno va bolinga, esto es, el “Asturias, patria querida” por mi parte y por la de Drazen, quién sorprendentemente conocía tal cántico, y por otras que debían ser muy divertidas a tenor con el entusiasmo que mostraban todos aquellos croatas durante su interpretación. En estas estábamos, cerca de un descampado, cuando se nos acercó un coche, un Seat 600 — aunque allí se denominaba Zastava — con la leyenda “Milicija” en sus puertas y una sirena azul sobre la capota que le daba un aspecto tan ridículo como enternecedor. Del utilitario se apearon dos policías quienes, luego de pedirme la documentación, se pusieron a charlar tranquilamente con Drazen, convertido en improvisado portavoz de nuestro juerguista grupo. Unos minutos después, los policías se marcharon no sin antes despedirse cordialmente de todos nosotros. No pude evitar mi extrañeza ante aquel insólito encuentro y rogué a Drazen que me narrase el contenido de la conversación: –”No, nada malo, Leiter. Algunos vecinos se han sentido alarmados por nuestro alboroto y han telefoneado a la policía. Nos han preguntado a qué se debía este comportamiento nuestro y les he explicado que habías venido expresamente de visita para hacer un reportaje sobres nuestras costumbres… Les dije que eres periodista y que, claro, habíamos bebido un poco y estábamos contentos. Nada, nos han dicho que no alcemos la voz y eso… Y qué a ver si fuera posible que mañana les entrevistases para tu documental… ” — Mi cara no escondía el asombro ante las atrevidas palabras de Drazen, quien añadió: –”Aquí nos llevamos bien con la policía, de veras. Este es un pueblo tranquilo. Si esto llega a ocurrirnos en Serbia, primero nos hubieran golpeado y luego nos habrían preguntado…” – Como ya comenté anteriormente, el sentimiento yugoslavo brillaba por su ausencia en aquellas gentes. Pese a constituir aún un país, Yugoslavia, ellos se consideraban ante todo croatas y sus referencias hacia lo relacionado con Serbia no eran precisamente muy amables. Durante las cuatro o cinco noches que permanecí en aquel pueblo junto a Drazen y sus amigotes me vi obligado a invitar en más de una ocasión a todos ellos a una ronda de cervezas, algo totalmente lógico si tenemos en cuenta que el precio de una ronda no superaba al de una caña en España, por lo que no me suponía ningún esfuerzo económico, aparte de quedar como todo un señor con ellos. Como yo invitaba y ellos me correspondían, no hubo noche donde Drazen y yo no acabásemos borrachos del todo aunque, eso sí, sin ninguna nueva queja vecinal. Una mañana Drazen me acompañó hasta Zagreb y allí pasamos todo el día juntos, enseñándome la totalidad de los lugares más interesantes de la capital croata. Recuerdo que, ya en su pueblo, me señaló el punto exacto que hacía de frontera histórica con el Imperio Otomano y de paso me persuadió para que renunciara a visitar Grecia ni, mucho menos Estambul, pretensión que había tomado cuerpo durante mi estancia en aquel pueblo (Aunque ese viaje no entraba en las zonas delimitadas de mi abono ferroviario, el precio desde Atenas a Estambul, tal y como pude informarme en una oficina de turismo yugoslava, era del todo asequible)
Drazen me animó a visitar Dubrovnik, la histórica ciudad medieval situada en la costa dálmata. Tanto me insistió que, finalmente, opté por eliminar Atenas de mi ruta e ir hacia Dubrovnik y de allí hacia Belgrado. Desde la capital yugoslava no tendría mayor problema para conectar con Bucarest, en Rumanía. Además, Drazen argumentaba que Grecia merecía un viaje exclusivo de varios días y no un lento y tortuoso trayecto de ida y vuelta en el tren en el que, como poco, perdería tres días y acabaría agotado del todo. Decidí dejar parte de mis enseres y dinero en casa de Drazen ya que tenía previsto regresar a mi vuelta de Dubrovnik y Bucarest, circunstancia que a la postre resultó decisiva en el devenir de aquel viaje por Europa del Este. La última noche, previa a mi salida a Dubrovnik, se organizó un pequeño guateque en el bar donde nos reuníamos los amigos de Drazen y yo hasta tal punto que, a la hora de recogernos, se me metió por la cabeza solicitar a una de las amigas de Drazen a que me acompañase esos días. Menos mal que Tanija, la bellísima chica croata de 20 años que noche a noche me estaba haciendo perder el sentido, no estaba tan borracha como yo en aquella velada nocturna. Además, no nos hubiéramos entendido de ninguna de las maneras, ya que Tanija sólo hablaba croata y chapurreaba el ruso. Bueno, quién sabe; quizás sí nos hubiéramos acabado entendiendo mutuamente…
El viaje en tren hasta Dubrovnik significó toda una verdadera odisea para quién esto escribe. Primero había que llegar hasta Ploce (Kardelijevo) y desde allí tomar un autobús hasta Dubrovnik, enclave que no contaba con estación ferroviaria. Pese a tener reservado asiento, un grupo de yugoslavos me impidió acceder al compartimento que me correspondía y que ellos estaban ocupando merced a mostrarme una serie de documentos del todo ilegibles para mí. Además, sus expresiones no eran muy amables por lo que decidí que lo mejor era evitar cualquier conflicto, resignándome a efectuar todo el recorrido a pie, unas diez horas, en el pasillo del tren expreso. No hubo manera de encontrar sitio libre, ni siquiera en la zona de unión entre dos vagones, ya que el tren iba atestado de gente y resultaba prácticamente imposible moverse por el corredor del mismo, lleno de infelices con la misma cara de idiota que yo. Pero lo peor aconteció cuando el tren se detuvo en la ciudad de Sarajevo, más o menos a medio camino. En aquella estación habría no menos de dos mil personas y debido a ello mis pensamientos se tornaron inquietantemente pesimistas: –”¿No irá toda esa gente a subirse al tren?”– Mis oscuros presagios se confirmaron y al salir de la bellísima ciudad bosnia el tren parecía a uno de esos que se ven en los reportajes sobre la India, con la gente subida hasta en los techos de los vagones. Es difícil explicar la situación de angustia que me produjo el verme literalmente atrapado entre tres filas de personas en un ya de por sí estrecho corredor de un tren expreso configurado con compartimentos. Al cansancio físico se le sumaba el estrictamente fisiológico y creo que esa fue la ocasión donde más he tenido que aguantar forzosamente una micción, algo que ahora pienso que no me ocurría a mí sólo. Cuando el tren se detuvo en otra estación, nos apeamos un gran número de personas y, de manera solidaria y sin ningún tipo de complejo, nos aliviamos cara al tren, sin importarnos qué habrían de pensar los pasajeros que cómodamente permanecían en sus compartimentos y que, sinceramente, no nos prestaban ninguna atención. Ya más reconfortado, subí de nuevo a bordo y me acoplé como pude en un hueco del pasillo. Al rato observé cómo dos chicos noruegos — así lo indicaban los parches que lucían en sus mochilas — que tenía por delante hablaban en inglés con un compañero que debía ser canadiense. Me sumé como pude a la conversación, a pesar de que mi inglés en aquellos tiempos dejaba mucho que desear, y uno de ellos nos confesó que había visto un lugar en el tren, durante la colectiva meada en la anterior estación, donde podríamos tumbarnos y descansar un poco. Al parecer, se trataba de un vagón vacío de carga que se encontraba dos coches por detrás del nuestro. Casi con el secretismo que nos otorgaba el hecho de expresarnos en una lengua posiblemente desconocida para el resto de los viajeros, nos juramentamos los cuatro en apearnos tan pronto como el tren efectuase la siguiente parada para, acto seguido, correr a toda prisa en busca del anhelado vagón. Para ello, nos fuimos situando estratégicamente junto a las puertas de salida a base de ligeros empujones adornados de sonrientes disculpas. Efectivamente, nada más parar el tren salimos pitando de allí rumbo al vagón de carga que, afortunadamente, se encontraba justo donde uno de los avispados noruegos había anteriormente advertido. No era realmente un vagón de carga, sino de ganado, aunque nos dio igual (Estaba vacío del todo) y nos tumbamos derrotados en el suelo y con elocuentes signos y gritos de victoria, sin percatarnos de la grasa que cubría en su totalidad el firme de madera que hacía de suelo en el vagón. Al llegar a Ploce, a eso de las seis de la mañana, descubrimos con horror como todo nuestro cuerpo y mochilas estaban embadurnados de una asquerosa grasa que olía a putrefacto y de la que resultaba imposible desprenderse. Más de una hora permanecimos los noruegos, el canadiense y yo en los lavabos de la estación (Que tampoco relucían, dicho sea de paso) intentando retirar de nuestros cuerpos aquella capa de apestosa y negra porquería…
Tras esta lamentable, y en absoluto bien resuelta tarea, los nórdicos se largaron por su cuenta y en su lugar aparecieron cinco jóvenes uruguayos a los que me sumé dada la cercanía del idioma y luego de explicarles el origen de mi extraño y sospechoso olor corporal. Ellos pretendían pactar el precio con dos chóferes privados que nos ofrecían sus vehículos particulares para llegar antes y más cómodamente a Dubrovnik, por lo que mi presencia resultó del todo adecuada para abaratar aún más el precio global, ya que seis eran el número total de plazas que los avispados taxistas piratas nos ofertaban. Por el doble de lo que nos costaba el autobús, cantidad del todo irrisoria, pudimos viajar descansados los seis hasta Dubrovnik, aunque con las ventanillas completamente abiertas… (De nuevo, me vi obligado a aclara al chófer de nuestro vehículo el origen de mi particular “perfume”, para bochorno mío y jolgorio de los sufridos uruguayos, quienes no pararon de realizar bromas al respecto). Dos días pasé en Dubrovnik, sin duda una de las ciudades más bellas que jamás hayan visto mis ojos, con un maravilloso sabor medieval en sus callejuelas y una imborrable sensación de estar paseando en un entorno donde el tiempo parecía haberse detenido en algún momento del siglo XV. Sin lugar a dudas, aquello fue la joya de mi particular viaje y agradecí, obviando los episodios del fatigoso trayecto en tren, las sabias recomendaciones de mi amigo Drazen. Conseguí alquilar una habitación particular de las muchas que los lugareños ofrecían junto a la estación de autobuses merced a unas cuartillas donde se podía leer ”Rent a room” por un precio relativamente barato — y tras volver a explicar al oportuno arrendatario el origen de mis “fragancias” corporales — de manera que mi estancia en la preciosa ciudad adriática resultó del todo relajada y confortable. (No os podéis imaginar cómo se quedó el agua del baño que solicité nada más tomar posesión de mi cuarto). A la vuelta, tras tomar el autobús de regreso a Ploce, volvieron a surgir todos los temores en la estación ferroviaria a la espera del tren que me habría de llevar a Belgrado.
TO BE CONTINUED
Mi primer periplo hacia la otra Europa 6 Febrero 2009
Posted by leiter in Vivencias.add a comment
En Semana Santa llegó Drazen desde la antigua Yugoslavia y en julio me tocaba a mí devolverle la visita. Durante aquellos días en los que permaneció en Madrid, Drazen, aquel joven algo mayor que yo y que tenía la extraordinaria virtud de saber expresarse en decenas de idiomas, se acabó enamorando de nuestro país y de nuestras autóctonas costumbres; también de una íntima amiga mía en quién yo tenía depositadas infinitas esperanzas de cara a futuros acuerdos prematrimoniales y de una conocida marca cervecera con sabor de cinco estrellas. La noche previa a su regreso, borrachos los dos como cubas y a horas intempestivas, en la Plaza Mayor y bajo los atributos genitales de la escultura ecuestre que preside el entorno, nos juramentamos para volver a vernos en los próximos meses. Fue el propio Drazen quién tomó la iniciativa: –”Leiter, ahora tú ir a Yugoslavia y visitar mi pueblo y Zagreb, la capital de la República Federada de Croacia”– Por aquel entonces, Yugoslavia era una República Federativa que aglutinaba a cinco pueblos distintos, tres religiones así como tres distintas lenguas escritas en dos diferentes alfabetos. Noté como Drazen nunca se refería él mismo como yugoslavo sino particularmente como croata, en una época incierta que se correspondía con la nueva etapa surgida desde el entonces reciente fallecimiento de Tito. Juzgué interesante la propuesta y decidí viajar en julio de aquel mismo año, correspondiendo con la finalización de mis exámenes y con un merecido descanso en mis alternativos quehaceres dentro del bar de mi padre. Pese a que tenía un dinerillo ahorrado que me hubiera permitido costearme el viaje por avión me decanté finalmente por un bono de tren que, atendiendo a mi calidad de estudiante y por una cantidad en modo alguno excesiva, posibilitaba realizar un ilimitado número de trayectos a través de toda Europa, con excepción de Albania y la URSS. Además, al ser una de mis primeras salidas al extranjero, planeé visitar también París y Munich dentro de la ruta que diseñé para llegar a Zagreb, principal parada de mi periplo. Estimé que mi plan era del todo acertado ya que conseguía ahorrarme muchos duros en base a la original idea de viajar de noche, pernoctando así en los compartimentos de los trenes, y visitar las ciudades programadas durante el día aunque fuese de manera fugaz, concretando sitios específicos y descartando otros no menos interesantes. De cualquier manera, con ello me bastaría para tener una idea aproximada de París y Munich, teniendo aún mucho tiempo posteriormente para conocer dichas urbes más a fondo. Tenía poco más de 23 años y toda una vida por delante…
Planifiqué una duración aproximada del viaje de veinte días de los que cinco pasaría en el pueblo de Drazen, un pequeño enclave situado al este de Zagreb y a una hora de tren del mismo. Otros diez días emplearía en visitar Rumanía y Grecia, mientras que el resto serían tanto para la ida hasta Zagreb como la obligada vuelta a Madrid. Aún así, dejaba cierto margen para la improvisación, ya que un viaje de ese tipo implica que se puedan dar situaciones que alteren el itinerario previsto. Mi primera y grata sorpresa me llegó al enterarme de que no era necesario que formalizase ningún visado para entrar en territorio yugoslavo aunque, por contra, en la Embajada de Rumanía me concedieron una original visa sellada a dos colores cuyo precio me pareció excesivo y que me comprometía, para mayor inri, a tener que cambiar obligatoriamente cada día una determinada cantidad de dólares en moneda local, con lo que, al tratarse de un cambio oficial, se perdía dinero (En el mercado negro y, adelantándome a los acontecimientos, llegaban a ofrecerte hasta siete veces más… Y eso que yo nunca supe “regatear”). Debí caerle simpático al agregado cultural de la embajada rumana ya que el tipo me invitó a pasar a una sala profusamente decorada donde, tras estar durante casi media hora hablándome de las excelencias del régimen de Ceaucescu, me animó incluso a probar un vino dulce de la tierra acompañado de unas pastas, según él rumanas también, aunque en el envase se podía leer “Producto de La Puebla de Montalbán”… Yo creo que aquel hombre estaba más aburrido que una ostra y aprovechó una petición informativa mía para charlar un rato — y tomarse de paso unos chatillos — con alguien ajeno a aquel suntuoso búnker. Al despedirnos, y como yo era teóricamente muy revolucionario en aquellos tiempos — ahora también, pero de sofá y puro, claro — alcé el puño: –”¡Salud!” -- El tipo se emocionó tanto que, a través del rabillo del ojo, pude observar cómo se servía otro trago de vino.
Por fin llegó la fecha de partida, a mediados de julio, un día después de haber celebrado mi cumpleaños en la terraza de un bar de la calle Ortega y Gasset en donde coincidí con una chica estupenda que me habían presentado en fechas recientes y con la que posteriormente se iba a gestar una poética relación. Se llamaba Ana y prometí llamarla a mi regreso… Por la tarde, tuve la enorme suerte de dar con un compartimento vacío en el tren que me iba a llevar, en la primera etapa del viaje, hasta la frontera francesa de Irún-Hendaya. Tras depositar el equipaje — una pesada mochila — y realizar las pertinentes visitas al vagón-bar, me tumbé a lo largo de los asientos del vacío compartimento y me quedé profundamente dormido, despertándome con la terrorífica tormenta eléctrica que estalló cerca de San Sebastián (De siempre he padecido ansiedad con las tormentas nocturnas). Ya en Hendaya, con el cambio de vías, tomé otro tren de madrugada rumbo a París, aunque en esta ocasión compartiendo habitáculo con una mujer francesa que iba acompañada de sus dos pequeños hijos. Apenas intercambiamos palabra y, para una vez que lo hicimos, no nos llegamos a comprender. Fue en ese trayecto cuando caí en la cuenta de mis problemas para evacuar líquidos residuales a bordo de un tren, circunstancia que aún hoy no he podido solventar del todo. No hay manera, me pongo nervioso con el traqueteo y no logro concentrarme para que fluya una aliviada micción. Y lo peor es que cuando ya parece que la fuente mana, como tardo tanto hasta llegar a ese estadio, golpean insistentemente la puerta, provocándome una insana interrupción en tan humano menester. En fin, por la mañana temprano llegamos a París y lo primero que hice fue tomar el metro rumbo a la estación de partida de mi siguiente tren con la intención de dejar allí en consigna mi mochila y así poder pasear más cómodamente por las calles parisinas. Descubrí que el suburbano de la capital gala tenía precios de primera y segunda clase, como los trenes, y escuché a unos ingleses que decían que las ruedas de los vagones eran de goma, como los coches. A pesar de esta presumible hibridez del metropolitano parisino, a mí me pareció tan convencional como el de Madrid, con sus mismos ruidos y silbatos de aviso. Aquella jornada, opté por caminar en paralelo al Sena hasta llegar a la Torre Eiffel, a eso del mediodía. Dejé de lado el Louvre y otros lugares similares con la intención de visitarlos a la vuelta, dedicándome en esas horas a tener una primera y general toma de contacto con la capital francesa. París me pareció una ciudad hermosa y muy elegante, llena de vida y con un notable componente cultural. Además, se me asemejó extraordinariamente amplia, ya que en el plano que tenía a mano las distancias parecían realmente mayores al recorrer en comparación con las de Madrid. Tras tomarme un bocadillo en los Campos de Marte, inicié el viaje de regreso hasta la estación tomando una calle que salía del Arco de L´Etoile hasta llegar a la Estación del Este. Llegué con la hora un poco justa y embarqué en un nuevo tren rumbo a Munich, la capital del Estado de Baviera y siguiente parada de mi viaje.
Esta vez el compartimento del tren se encontraba repleto y el largo viaje no fue en absoluto cómodo, sobre todo desde el instante en que un chico hindú — o pakistaní, por los rasgos — tomó la natural decisión de quitarse los zapatos. Noté como el resto de viajeros se echaban la mano instintivamente hacia la nariz, buscando un piadoso resquicio por el que respirar sin tener que soportar el genuino aroma indostánico. Por si no fuera poco, a la altura de la frontera alemana de Estrasburgo, estalló la mayor tormenta eléctrica que yo haya visto nunca en mi vida, con unos relámpagos que iluminaban fantasmagóricamente las oscuras siluetas del vagón. A todo esto, el hindú seguía dormido y ajeno a la colectiva impresión que causaba tanto el espectáculo visual de los rayos como el menos confortable de las fragancias orientales. Por fin, ya en plena alborada, el hindú se apeó en Stuttgart y el resto de pasajeros del compartimento aplaudimos la feliz y nueva coyuntura, con lo que la llegada a Munich se produjo en un ambiente de sana – y depurada — camaradería. No lo pude evitar y, aún temprano, me desayuné tres enormes Bratwurst en la Marienplatz, acompañadas por una estrepitosa jarra de cerveza. No tuve mayores problemas para dejar en consigna la mochila en la misma estación donde esa misma tarde partiría para Zagreb y de esta forma tuve casi doce horas libres para conocer la capital bávara. Munich me pareció moderna y, sobre todo, limpia, aparte de parecerme pequeña en comparación con Madrid y no digamos con París. Lo que más me gustó, con independencia de la Marienplatz, fue la bellísima fachada de su Teatro de Ópera. Me dio tiempo a visitar la Alte Pinakhotek y comí maravillosamente bien en unos jardines que se hallaban a unos pasos de la céntrica plaza muniquesa y que tenían la característica de que sus mesas eran alargadísimas, no existiendo separación en los bancos para sentarse, con lo que era fácil iniciar una improvisada tertulia con los lugareños. Contra todo lo que se pueda pensar a priori, los muniqueses me parecieron gente muy abierta y dada al diálogo, con la amabilidad de tratar de conversar en inglés para hacerse entender ante los despistados y eventuales turistas que por allí pululábamos. Sobra decir que me puse tibio de cerveza y, por ello, ya a bordo en el tren rumbo a Zagreb, padecí de reiterados y ya relatados inconvenientes a la hora de aliviar el líquido sobrante de mi cuerpo. Hasta ahora, todo había discurrido sin mayores problemas.
Casi oscureciendo, el tren hizo una parada en la inolvidable Salzburgo y no pude dejar de pensar durante unos instantes que aquella ciudad, dominada por una fortaleza en lo alto, había sido la cuna del mayor artista surgido en todos los tiempos. Como me había cundido mucho la estancia en Munich, planeé que para la vuelta haría una obligada parada en esta mítica ciudad, teniendo como principal objetivo la visita a la casa donde vio la luz por primera vez Wolfgang Amadeus Mozart. De nuevo en marcha, me había quedado profundamente dormido — gracias a la cerveza bávara — cuando un policía de aduanas yugoslavo me requirió el pasaporte, dentro del compartimento y con el tren estacionado en el puesto fronterizo. Al ir a mostrárselo, el guardia advirtió mi carnet de socio del Real Madrid y me pidió que se lo enseñase. En una estrafalaria mezcla de italiano y francés, el simpático policía me preguntó si yo era jugador del club… De todas formas, el funcionario aquel empezó a recitar de memoria algunos jugadores del Madrid de aquella época: –”Santi Liana, Pigui, Camajo…” – Fue curioso, pero una circunstancia muy similar me ocurrió unos meses después en la entonces frontera austro-checoeslovaca — Aquella anécdota balompedística sirvió para que durante el resto del viaje se iniciase una apasionada tertulia entre los compañeros de compartimento y un servidor acerca de diversos aspectos sociales de España, corridas de toros incluidas, con lo que me fue imposible conciliar de nuevo el sueño. Con las primeras luces del alba llegamos a Zagreb, ciudad donde en ningún momento percibí que estuviese bajo un régimen político distinto a los occidentales que yo conocía. Ya me habían advertido que la entonces Yugoslavia se regía por un sistema peculiar y bien diferenciado del resto de los países de la órbita comunista, el llamado federativismo autogestionario. Aprovechando que el tren que partía rumbo al pueblo de Drazen tenía programada su salida a las tres de la tarde, aproveché para dar una vuelta por la ciudad, un lugar que me pareció encantador, con multitud de estatuas al aire libre, amplias plazas de inconfundible aroma centroeuropeo y un barrio antiguo deliciosamente bello. Allí me contaron la terrible historia de un rey que no quiso descoronarse ante los invasores de turno — no recuerdo de quién se trataba — y éstos, muy brutos ellos, le acoplaron una corona de hierro al rojo vivo en la cabeza… Antes de abordar el tren, me senté para comer en una acogedora terraza de verano en la Plaza de Tomislav, el primer rey croata, en las proximidades de la estación. La comida me resultó exquisita del todo, más si cabe por los días que ya llevaba alimentándome a base de bocadillos. Además, al cambio, la factura no llegó ni a los cinco dólares, cantidad que debía ser muy elevada para los lugareños, ya que en aquel lugar contrastaba visiblemente mi chaleco de fotógrafo con los numerosos trajes de chaqueta y corbata de quienes probablemente serían privilegiados funcionarios. Esta era una de las muchas ventajas que tenían entonces los países del Este para los bolsillos de cualquier occidental. Después de comer, me subí al tren que habría de llevarme, por fin, a la principal parada de mi periplo, el pueblecito donde vivía Drazen.
TO BE CONTINUED
